sábado, 6 de enero de 2018

Sab.- Gertrudis Gómez de Avellaneda (1814-1873)


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Primera parte. Capítulo I

«El viajero después de haber atravesado sabanas inmensas donde la vista se pierde en los dos horizontes que forman el cielo y la tierra, y prados coronados de palmas y gigantescas ceibas, tocaba por fin en un cercado, anuncio de propiedad. En efecto, divisábase a lo lejos la fachada blanca de una casa de campo, y al momento el joven dirigió su caballo hacia ella; pero lo detuvo repentinamente y apostándole a la vereda del camino pareció dispuesto a esperar a un paisano del campo que se adelantaba a pie hacia aquel sitio, con mesurado paso, y cantando una canción del país cuya última estrofa pudo entender perfectamente el viajero:
Una morena me mata, / tened de mí compasión,
Pues no la tiene la ingrata / que adora mi corazón.
  El campesino estaba ya a tres pasos del extranjero y viéndole en actitud de aguardarle detúvose frente a él y ambos se miraron un momento antes de hablar. Acaso la notable hermosura del extranjero causó cierta suspensión al campesino, el cual por su parte atrajo indudablemente las miradas de aquél.
  Era el recién llegado un joven de alta estatura y regulares proporciones, pero de una fisonomía particular. No parecía un criollo blanco, tampoco era negro ni podía creérsele descendiente de los primeros habitadores de las Antillas. Su rostro presentaba un compuesto singular en que se descubría el cruzamiento de dos razas diversas, y en que se amalgamaban, por decirlo así, los rasgos de la casta africana con los de la europea, sin ser no obstante un mulato perfecto.
  Era su color de un blanco amarillento con cierto fondo oscuro; su ancha frente se veía medio cubierta con mechones desiguales de un pelo negro y lustroso como las alas del cuervo; su nariz era aguileña pero sus labios gruesos y amoratados denotaban su procedencia africana. Tenía la barba un poco prominente y triangular, los ojos negros, grandes, rasgados, bajo cejas horizontales, brillando en ellos el fuego de la primera juventud, no obstante que surcaban su rostro algunas ligeras arrugas. El conjunto de estos rasgos formaba una fisonomía característica; una de aquellas fisonomías que fijan las miradas a primera vista y que jamás se olvidan cuando se han visto una vez.
  El traje de este hombre no se separaba en nada del que usan generalmente los labriegos en toda la provincia de Puerto Príncipe, que se reduce a un pantalón de cotín de anchas rayas azules, y una camisa de hilo, también listada, ceñida a la cintura por una correa de la que pende un ancho machete, y cubierta la cabeza con un sombrero de Yarey bastante alicaído: traje demasiado ligero pero cómodo y casi necesario en un clima abrasador.
  El extranjero rompió el silencio y hablando en castellano con una pureza y facilidad que parecían desmentir su fisonomía septentrional, dijo al labriego:
  -Buen amigo, tendrá Vd. la bondad de decirme si la casa que desde aquí se divisa es la del ingenio de Bellavista, perteneciente a don Carlos de B...
  El campesino hizo una reverencia y contestó:
  -Sí señor, todas las tierras que se ven allá abajo, pertenecen al señor don Carlos.
  -Sin duda es Vd. vecino de ese caballero y podrá decirme si ha llegado ya a su ingenio con su familia.
  -Desde esta mañana están aquí los dueños, y puedo servir a Vd. de guía si quiere visitarlos.
  El extranjero manifestó con un movimiento de cabeza que aceptaba el ofrecimiento, y sin aguardar otra respuesta el labriego se volvió en ademán de querer conducirle a la casa, ya vecina. Pero tal vez no deseaba llegar tan pronto el extranjero, pues haciendo andar muy despacio a su caballo volvió a entablar con su guía la conversación, mientras examinaba con miradas curiosas el sitio en que se encontraba.
  -¿Dice Vd. que pertenecen al señor de B... todas estas tierras?
  -Sí señor.
  -Parecen muy feraces.
  -Lo son en efecto.
  -Esta finca debe producir mucho a su dueño.
  -Tiempos ha habido, según he llegado a entender -dijo el labriego deteniéndose para echar una ojeada hacia las tierras objeto de la conversación-, en que este ingenio daba a su dueño doce mil arrobas de azúcar cada año, porque entonces más de cien negros trabajaban en sus cañaverales; pero los tiempos han variado y el propietario actual de Bellavista no tiene en él sino cincuenta negros, ni excede su Zafra de seis mil panes de azúcar.
  -Vida muy fatigosa deben de tener los esclavos en estas fincas -observó el extranjero-, y no me admira se disminuya tan considerablemente su número.
  -Es una vida terrible a la verdad -respondió el labrador arrojando a su interlocutor una mirada de simpatía-: bajo este cielo de fuego el esclavo casi desnudo trabaja toda la mañana sin descanso, y a la hora terrible del mediodía jadeando, abrumado bajo el peso de la leña y de la caña que conduce sobre sus espaldas, y abrasado por los rayos del sol que tuesta su cutis, llega el infeliz a gozar todos los placeres que tiene para él la vida: dos horas de sueño y una escasa ración. Cuando la noche viene con sus brisas y sus sombras a consolar a la tierra abrasada, y toda la naturaleza descansa, el esclavo va a regar con su sudor y con sus lágrimas al recinto donde la noche no tiene sombras, ni la brisa frescura: porque allí el fuego de la leña ha sustituido al fuego del sol, y el infeliz negro girando sin cesar en torno de la máquina que arranca a la caña su dulce jugo, y de las calderas de metal en las que este jugo se convierte en miel a la acción del fuego, ve pasar horas tras horas, y el sol que torna le encuentra todavía allí... ¡Ah!, sí; es un cruel espectáculo la vista de la humanidad degradada, de hombres convertidos en brutos, que llevan en su frente la marca de la esclavitud y en su alma la desesperación del infierno.
  El labriego se detuvo de repente como si echase de ver que había hablado demasiado, y bajando los ojos, y dejando asomar a sus labios una sonrisa melancólica, añadió con prontitud:
  -Pero no es la muerte de los esclavos causa principal de la decadencia del ingenio de Bellavista: se han vendido muchos, como también tierras, y sin embargo aún es una finca de bastante valor.
  Dichas estas palabras tornó a andar con dirección a la casa, pero detúvose a pocos pasos notando que el extranjero no le seguía, y al volverse hacia él, sorprendió una mirada fija en su rostro con notable expresión de sorpresa. En efecto, el aire de aquel labriego parecía revelar algo de grande y noble que llamaba la atención, y lo que acababa de oírle el extranjero, en un lenguaje y con una expresión que no correspondían a la clase que denotaba su traje pertenecer, acrecentó su admiración y curiosidad. Habíase aproximado el joven campesino al caballo de nuestro viajero con el semblante de un hombre que espera una pregunta que adivina se le va a dirigir, y no se engañaba, pues el extranjero no pudiendo reprimir su curiosidad le dijo:
  -Presumo que tengo el gusto de estar hablando con algún distinguido propietario de estas cercanías. No ignoro que los criollos cuando están en sus haciendas de campo, gustan vestirse como simples labriegos, y sentiría ignorar por más tiempo el nombre del sujeto que con tanta cortesía se ha ofrecido a guiarme. Si no me engaño es usted amigo y vecino de D. Carlos de B...
  El rostro de aquel a quien se dirigían estas palabras no mostró al oírlas la menor extrañeza, pero fijó en el que hablaba una mirada penetrante: luego, como si la dulce y graciosa fisonomía del extranjero dejase satisfecha su mirada indagadora, respondió bajando los ojos:
  -No soy propietario, señor forastero, y aunque sienta latir en mi pecho un corazón pronto siempre a sacrificarse por D. Carlos no puedo llamarme amigo suyo. Pertenezco -prosiguió con sonrisa amarga-, a aquella raza desventurada sin derechos de hombres... soy mulato y esclavo.
  -¿Conque eres mulato? -dijo el extranjero tomando, oída la declaración de su interlocutor, el tono de despreciativa familiaridad que se usa con los esclavos-: bien lo sospeché al principio; pero tienes un aire tan poco común en tu clase, que luego mudé de pensamiento.
  El esclavo continuaba sonriéndose; pero su sonrisa era cada vez más melancólica y en aquel momento tenía también algo de desdeñosa.
  -Es -dijo volviendo a fijar los ojos en el extranjero-, que a veces es libre y noble el alma, aunque el cuerpo sea esclavo y villano. Pero ya es de noche y voy a conducir a su merced al ingenio ya próximo.
  La observación del mulato era exacta. El sol, como arrancado violentamente del hermoso cielo de Cuba, había cesado de alumbrar aquel país que ama, aunque sus altares estén ya destruidos, y la luna pálida y melancólica se acercaba lentamente a tomar posesión de sus dominios.
  El extranjero siguió a su guía sin interrumpir la conversación:
  -¿Conque eres esclavo de don Carlos?
  -Tengo el honor de ser su mayoral en este ingenio.
  -¿Cómo te llamas?
  -Mi nombre de bautismo es Bernabé, mi madre me llamó siempre Sab, y así me han llamado luego mis amos.
  -¿Tu madre era negra, o mulata como tú?
  -Mi madre vino al mundo en un país donde su color no era un signo de esclavitud: mi madre -repitió con cierto orgullo-, nació libre y princesa. Bien lo saben todos aquellos que fueron como ella conducidos aquí de las costas del Congo por los traficantes de carne humana. Pero princesa en su país fue vendida en éste como esclava.
  El caballero sonrió con disimulo al oír el título de princesa que Sab daba a su madre, pero como al parecer le interesase la conversación de aquel esclavo, quiso prolongarla:
  -Tu padre sería blanco indudablemente.
  -¡Mi padre!... yo no le he conocido jamás. Salía mi madre apenas de la infancia cuando fue vendida al señor don Félix de B... padre de mi amo actual, y de otros cuatro hijos. Dos años gimió inconsolable la infeliz sin poder resignarse a la horrible mudanza de su suerte; pero un trastorno repentino se verificó en ella pasado este tiempo, y de nuevo cobró amor a la vida porque mi madre amó. Una pasión absoluta se encendió con toda su actividad en aquel corazón africano. A pesar de su color era mi madre hermosa, y sin duda tuvo correspondencia su pasión pues salí al mundo por entonces. El nombre de mi padre fue un secreto que jamás quiso revelar.
  -Tu suerte, Sab, será menos digna de lástima que la de los otros esclavos, pues el cargo que desempeñas en Bellavista prueba la estimación y afecto que te dispensa tu amo.
  -Sí, señor, jamás he sufrido el trato duro que se da generalmente a los negros, ni he sido condenado a largos y fatigosos trabajos. Tenía solamente tres años cuando murió mi protector don Luis el más joven de los hijos del difunto don Félix de B... pero dos horas antes de dejar este mundo aquel excelente joven tuvo una larga y secreta conferencia con su hermano don Carlos, y según se conoció después, me dejó recomendado a su bondad. Así hallé en mi amo actual el corazón bueno y piadoso del amable protector que había perdido. Casose algún tiempo después con una mujer... ¡un ángel! y me llevó consigo. Seis años tenía yo cuando mecía la cuna de la señorita Carlota, fruto primero de aquel feliz matrimonio. Más tarde fui el compañero de sus juegos y estudios, porque hija única por espacio de cinco años, su inocente corazón no medía la distancia que nos separaba y me concedía el cariño de un hermano. Con ella aprendí a leer y a escribir, porque nunca quiso recibir lección alguna sin que estuviese a su lado su pobre mulato Sab. Por ella cobré afición a la lectura, sus libros y aun los de su padre han estado siempre a mi disposición, han sido mi recreo en estos páramos, aunque también muchas veces han suscitado en mi alma ideas aflictivas y amargas cavilaciones.
  Interrumpíase el esclavo no pudiendo ocultar la profunda emoción que a pesar suyo revelaba su voz. Mas hízose al momento señor de sí mismo; pasose la mano por la frente, sacudió ligeramente la cabeza, y añadió con más serenidad:
  -Por mi propia elección fui algunos años calesero, luego quise dedicarme al campo, y hace dos que asisto en este ingenio.
  El extranjero sonreía con malicia desde que Sab habló de la conferencia secreta que tuviera el difunto don Luis con su hermano, y cuando el mulato cesó de hablar le dijo:
  -Es extraño que no seas libre, pues habiéndote querido tanto don Luis de B... parece natural te otorgase su padre la libertad, o te la diese posteriormente don Carlos.
  -¡Mi libertad!... sin duda es cosa muy dulce la libertad... pero yo nací esclavo: era esclavo desde el vientre de mi madre, y ya...
  -Estás acostumbrado a la esclavitud -interrumpió el extranjero, muy satisfecho con acabar de expresar el pensamiento que suponía al mulato-.
  No le contradijo éste; pero se sonrió con amargura, y añadió a media voz y como si se recrease con las palabras que profería lentamente:
  -Desde mi infancia fui escriturado a la señorita Carlota: soy esclavo suyo, y quiero vivir y morir en su servicio.
  El extranjero picó un poco con la espuela a su caballo: Sab andaba delante apresurando el paso a proporción que caminaba más de prisa el hermoso alazán de raza normanda en que iba su interlocutor.»
 
 [El extracto pertenece a la edición de la Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes.]

viernes, 5 de enero de 2018

Lírica (Sonetos).- Anónimo (ss. XVI-XVII)


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Cuando en tus brazos, Filis, recogiéndome

«Cuando en tus brazos, Filis, recogiéndome,
el pecho me descubres, hermosísimo,
allí donde el tocar es sabrosísimo
estás un breve rato entreteniéndome.

Y cuando lo que quiero concediéndome,
un beso das sabroso, otro dulcísimo,
y en aquel deleite süavísimo,
deleite das y tomas respondiéndome,

las hojas de los árboles meneándose,
al céfiro mil vientos sucediéndole,
serían perezosas, imitándonos.

Mas cuando el dulce fin viene llegándose,
la noche se hace día bendiciéndole,
y la luna se alegra contemplándonos.

El vulgo comúnmente se aficiona

El vulgo comúnmente se aficiona
a la que sabe que es doncella y moza,
porque ansí le parece al que la goza
que le coge la flor de su persona.

Yo, para mí, más quiero una matrona
que con mil arteficios se remoza,
y, por gozar de aquel que la retoza,
una hora de la noche no perdona.

La doncella no hace de su parte,
cuando la gozan, cosa que aproveche,
ni se menea ni da dulces besos.

Mas la otra lo hace de tal arte,
y amores os dirá, que en miel y leche
convierte las médulas de los huesos.

Una nueva locura se ha asentado

Una nueva locura se ha asentado
en los entendimientos desta era,
que no hay quien a la hermosa dama quiera,
si no es discreta y sabia en sumo grado.

Por la hermosura no dan un cornado,
y adóranla si es fea y es parlera,
como si en el aviso consistiera
tener la dama el cuerpo bien formado.

¡O necio humor, no amor, mas devaneo!
¡Como, porque es astuta, la raposa
y no como, por simple, la gallina!

Cualquiera vaya, pues, tras su deseo,
que de mujeres quiero la hermosa,
pues hermosura busco y no dotrina.

Ninguna mujer hay que yo no quiera

Ninguna mujer hay que yo no quiera,
a todas amo y soy aficionado;
de toda suerte, condición y estado,
todas las amo y quiero en su manera.

Adoro la amorosa y la austera,
por la discreta y simple soy penado,
y por morena y blanca enamorado,
ora sea casada, ora soltera.

Todo lo que Dios cría es buena cosa,
tan mujer es aquésta como aquélla,
lo que tiene la una, la otra tiene.

Agora sea fea, agora hermosa,
siempre es tenella por hermosa y bella,
que en la mujer el hombre se conviene.»

jueves, 4 de enero de 2018

Wilt.- Tom Sharpe (1928-2013)


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«-Lo que pasa con Wilt, en mi opinión, es que le falta empuje -dijo el jefe del Departamento de Inglés, que era por su parte, un hombre débil que tendía a enfocar y resolver los problemas con un grado de error que compensaba su falta natural de autoridad.
 El Comité de Ascensos asintió con un gesto global de cabeza por quinto año consecutivo.
 -Quizá le falte empuje, pero es un individuo comprometido -dijo el señor Morris, librando su combate anual desde la retaguardia en favor de Wilt.
 -¿Comprometido? -preguntó con bufido el jefe del Departamento de Abastecimiento-. ¿Comprometido con qué? ¿El aborto, el marxismo o la promiscuidad? Ha de ser con una de esas tres cosas. Aún no he conocido ni a un solo profesor auxiliar de Humanidades que no fuese un chiflado, un pervertido o un revolucionario radical, y muchos de ellos eran las tres cosas.
 -Bien, bien -dijo el jefe del Departamento de Ingeniería Mecánica, en cuyos tornos un alumno chiflado había fabricado varias bombas de tubería.
 El señor Morris se encrespó.
 -Admito que uno o dos profesores auxiliares han sido... en fin... un poco exaltados políticamente, pero rechazo la imputación de que...
 -Dejemos las generalidades a un lado y volvamos a Wilt -cortó el subdirector-. Decía usted que es una persona comprometida.
 -Necesita aliento -dijo el señor Morris-. Demonios, el hombre lleva diez años con nosotros y aún sigue en el Grado Dos.
 -Eso es precisamente lo que quiero decir yo cuando digo que no tiene empuje -dijo el jefe de Departamento de Inglés-. Si se hubiese merecido un ascenso, ya se le habría nombrado profesor titular.
 -He de decir que estoy de acuerdo -dijo el jefe del Departamento de Geografía-. Un individuo que acepta pasar diez años con Instalaciones de Gas y Lampistería es evidente que no tiene condiciones para desempeñar un puesto administrativo.
 -¿Tenemos que ascender únicamente por razones administrativas? -preguntó cansinamente el señor Morris-. Da la casualidad de que Wilt es un excelente profesor.
 -Si se me permite un comentario -dijo el doctor Mayfield, jefe del Departamento de Sociología-, en este momento es vital que tengamos en cuenta que, dada la introducción inminente del título de licenciatura especial conjunta en Estudios Urbanos y Poesía Medieval, título cuya aprobación provisional por el Consejo Nacional de Títulos Académicos tengo el placer de anunciar, al menos en principio, mantengamos una actitud viable en cuanto al personal en lo que respecta a los profesores titulares, adjudicando plazas a candidatos con conocimientos especializados en esferas determinadas de la actividad académica en vez de...
 -Si se me permite interrumpir sólo por un momento -dijo el doctor Board, titular de Idiomas Modernos-, ¿quiere usted decir que deberíamos tener puestos de profesores titulares para especialistas muy cualificados que no saben enseñar en vez de ascender a profesores auxiliares sin doctorado que sí saben?
 -Si el doctor Board me hubiese permitido continuar -dijo el doctor Mayfield- habría podido entender que lo que yo decía...
 -Dudo que -continuó el doctor Board-, prescindiendo de su sintaxis...
 Y así por quinto años consecutivo se olvidó el ascenso de Wilt. La Escuela de Artes y Oficios Fenland se estaba ampliando. Proliferaban los cursos nuevos y aparecían más estudiantes con menos cualificaciones para que les enseñasen más profesores con más cualificaciones, hasta que un día la escuela dejase de ser una mera Escuela de Artes y Oficios y ascendiese de estatus pasando a ser Escuela Politécnica. Era el sueño de todo jefe de departamento y mientras tanto se ignoraban el amor propio de Wilt y las esperanzas de Eva Wilt.
 Wilt se enteró de la noticia justo antes de comer en la cantina.
 -Lo siento, Henry -dijo el señor Morris cuando hacían cola con sus bandejas-, es esta condenada presión económica. Tuvieron que hacer una reducción hasta en Idiomas Modernos. Sólo hubo dos ascensos.
 Wilt asintió con un cabeceo. Era lo que había llegado a esperar. Un departamento inadecuado, un matrimonio inadecuado y una vida inadecuada. Se llevó sus filetes de pescado a una mesa de un rincón y comió solo. A su alrededor otros miembros del personal discutían las perspectivas del Nivel A y quién se sentaría en el Comité de curso al año siguiente. Enseñaban Matemáticas o Economía o Lengua, materias que contaban y donde el ascenso era fácil. Humanidades no contaba y no se planteaba el ascenso. Era así de sencillo. Wilt terminó su almuerzo y subió a la biblioteca de libros de referencia a buscar insulina en la farmacopea. Tenía entendido que era el único veneno indetectable.
 
A las dos menos cinco, sin saber más que antes, bajó al aula 752 a ampliar la sensibilidad de quince aprendices de carnicero, designados en el tablón de horarios como Carne Uno. Como siempre llegaron tarde y borrachos.
 -Hemos estado bebiendo a la salud de Bill -se excusaron cuando fueron entrando a las dos y diez.
 -¿De veras? -dijo Wilt, entregándoles ejemplares de El señor de las moscas-. ¿Y qué tal está Bill?
 -Muy mal -dijo un joven grande que tenía pintado en la espalda de su chaqueta de cuero "Puaf"-. Vomita sin parar. Es su cumpleaños y se tomó cuatro vodkas y un Babycham...
 -Estábamos en la parte en que Piggy está en el bosque -dijo Wilt, desviándoles de una enumeración de todo lo que había bebido Bill por su cumpleaños. Cogió el borrador y borró de la pizarra el dibujo de un diafragma.
 -Ésa es la marca de fábrica del señor Sedgwick -dijo uno de los carniceros-. Siempre está hablando de anticonceptivos y cosas así. Está obsesionado con eso.
 -¿Que está obsesionado con eso? -dijo lealmente Wilt.
 -Sí, ya sabe, control de la natalidad. Bueno, antes era católico, ¿no? Y ahora ya no lo es, y quiere compensar el tiempo perdido -dijo un jovencito de pálido rostro desenvolviendo un caramelo.
 -Alguien debería hablarle de la píldora -dijo otro joven alzando soñoliento la cabeza de la mesa-. Con el chisme ese no puedes sentir nada. La píldora es mucho más emocionante.» 
 
 
 [El extracto pertenece a la edición en español de RBA Editores, 1992, en traducción de J. M. Álvarez Flórez. ISBN: 84-473-0011-0.] 
 

miércoles, 3 de enero de 2018

Estreno en Broadway.- Rodolfo Usigli (1905-1979)


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Estreno en Broadway (Première en B'way) o El viejo autor novel
Marbete
«El estado o la marcha actual del teatro, su propender a una desindividuación y a una alienación general, sus tendencias neoexpresionistas apoyadas en recursos de orden mecánico y colectivo que reflejan el sistema de producción industrial en cadena y en serie de ensamble y el nuevo método bélico de destrucción en masa, permiten considerar legítima una resurrección del monólogo, del soliloquio o unipersonal como solía llamárselo en el siglo XIX. Ejercicio dramático tan superfluo en un momento dado y tan retórico alarde como el acróstico o el verso de pie forzado en poesía lírica -sin hablar de los inmortales soliloquios insertos como parte fundamental o cimientos en Hamlet en La vida es sueño y en Fausto, existen ejemplares maestros, sin embargo, en este género menor, y en especial en la producción de Chejov, a cuya influencia nobilísima me acojo y me encomiendo, como El canto del Cisne y Los perjuicios del tabaco. Se trata de búsquedas del individuo, esto es, del carácter singular que, por serlo, proyecta la efigie genérica de la humanidad tal como aquello que es local en plenitud, desborda los límites y se vuelve universal. En rigor, el monólogo es a la pieza o a la comedia lo que el soneto al poema mayor, lo que el gerifalte a la familia de las aves. En su aspiración, al menos.
Oslo, septiembre 10-69 a mayo 17-70

Monólogo con ECOS incidentales y LA IMAGEN que sale del espejo.
Se oye sonar tres veces tres palmadas. El escenario aparece a oscuras. La luz de un reflector, partiendo del extremo izquierdo se difunde horizontalmente por el piso hasta el extremo derecho, donde cobra un impulso vertical y asciende hasta iluminar la parte superior de una mesa y la figura de un hombre sentado a ella, que en apariencia termina de leer un manuscrito. Al volver la última página, EL HOMBRE exhala un hondo suspiro de alivio y sonríe con una especie de cazurra beatitud mientras cierra la cubierta del manuscrito y coloca las dos manos sobre ello. Tres palmadas. Su corbata blanca de lazo es visible a la luz moderada del reflector.
 
En lo alto del escenario, al fondo, relampaguean destellos de luces de colores, intermitentes, y, en grandes letras luminosas que cubre y descubre alternativamente y en forma sincopada una proyección de nubes, pueden leerse en destellos reiterados la palabra «Broadway» y su abreviatura «B'way».
 
Se escucha entonces una atronadora salva, una tempestad más bien, de aplausos. EL HOMBRE golpea suavemente su manuscrito; se levanta ajustándose la corbata y, precedido por la luz del reflector, avanza hacia el proscenio aclarándose un tanto ruidosamente la garganta. Los aplausos crecen sinfónicamente mientras EL HOMBRE hace un profundo saludo, y cesan cuando el levanta las dos manos con las palmas hacia afuera. Puede verse ahora, aunque sin gran detalle, que viste de frac.
 
 
El hombre:   (Al hacerse el silencio.)  Señoras y señores, gracias. ¡Muchas gracias! Lamento en verdad que mi limitado conocimiento de la lengua ejemplar de Shakespeare, Jonson y Marlowe, Bacon, Bunyan, Milton, Wilde, Shaw y O'Neill me impida expresar a ustedes todo lo que siento en mi corazón y que lo desborda.  (Aplausos.)  Estoy muy conmovido. ¡Muchas Gracias!
Un eco:  Speech! Speech!
Ecos: Speeeech! Speeeeeech! Speeeeeech!
El hombre:  (Vergonzoso y halagado.) ¡Oh, gracias!, es un honor excepcional. Y por lo menos esa frase sí la he aprendido en vuestra lengua. I take my deepest bow to you.
Un eco: No! Broadway takes a bow to you!
Ecos: A playwright at last! At last a play! A real play! A human, inspiring, revealing play! A wonderful play!
El hombre: Entiendo, sí, sí. Los públicos se sentían perdidos en el rompecabezas sin corazón de Ionesco y de Beckett, de Albee, de sobre todo, de Brecht y de Weiss y de ese hombre que vive, duerme, cumple con todas sus funciones fisiológicas en su propio apellido: Arrabal. Productos de nuestro tiempo, muy inteligentes, muy extraordinarios sin duda todos, buscando nuevas formas para el teatro y olvidando que el teatro es el hombre, que el hombre es el teatro a la vez y que lo que falta es un fondo vivo, nuevo. Comprendo que los públicos se sintieran todos perdidos, desamparados, en la más cruel de las intemperies, esperando desesperadamente una pieza que tuviera principio, medio y fin. Pero debo recordaros que mi obra tuvo que esperar muchos años para llegar a Broadway. ¿Y qué es Broadway señoras y señores? Es el sueño, la amada, la Princesa Lejana del Poeta Dramático, Broadway, toisón y vellocino de oro, fuente de Juvencio, consagración, orden de caballería, alternativa y corona. ¿Qué poeta dramático no ha soñado con ese amanecer único, con esa aurora del espíritu que despunta a las cuatro de la mañana en las páginas de los diarios? Todo hombre digno de ese nombre, tiene un sueño menos los políticos, los líderes, y los economistas, claro, que sin duda tienen solo pesadillas. Mi sueño era estrenar en B'way, en la Gran Vía Blanca que no conoce la noche. Y lo he realizado al fin. Debo aceptar que mi obra es buena. Estoy seguro. Es muy fácil escribir piezas de teatro. Lo difícil es pensarlas, y en el pensamiento de esta trabajé tantos años como Miguel Ángel trabajó en los pliegues de la túnica de su Moisés. Y después de todos esos años de maduración me senté a escribir y acabé al fin esta pieza -esta tragedia en rigor sobre el hombre y su destino, sus pasiones, sus sueños.
¿Y qué es el hombre, me diréis, ese extraño animal que huye desde siempre de la tierra, que construye y destruye sin tregua, que ama y odia solo en función de sí mismo, que engendra y asesina, que vuela y cae, que muere y resucita sin fin? ¿Y qué es y en qué consiste su destino? Mi pieza, como sabéis, no lo dice, no puede decirlo. Su autor está, como todos nosotros, ante una puerta cerrada que solo puede franquearse muriendo.
Pero quizás. ¡Digo solo quizás! Descorre el velo en un milésimo, en un millonésimo de milímetro cuando apunta que el hombre y su destino son lo mismo. Una sola y única cosa reversible e irreversible a un tiempo. Y yo entreveo, y os muestro solo un diezmillonésimo de milímetro de eternidad. Pero, ¿es el destino el generador, el padre del hombre?, ¿o es el hombre el autor, el padre de su destino? Ajá, that is the question, y no hagamos caso de algunos críticos que aseguran que mi pieza es autobiográfica a causa de la teoría del padre -no, señoras y señores- el arte autobiográfico es como la Christian science, que es como los grape nuts, que no son ni nuts ni grapes.
No necesito escribir una pieza para trazar mi autobiografía que es simple y humilde. ¿Mi vida? ¿Mi carrera? Iguales a las de todos los hombres. Ascenso -caída- esperanza y luz -oscuridad y desesperación. Mi tragedia puede, debe sin la menor duda cubrir esas generalidades comunes a la humanidad, pero nada más, y representa al hombre desnudo y sin otro padre que él mismo, el mío quiero decir, mi padre, aquí entre nosotros, señoras y señores, no anduvo desnudo nunca aunque en realidad poco le faltaba -el hombre- quiero decir, mi padre... ¡Oh, me ruboriza confesarlo! Pero la verdad quema y limpia a fuego como el sol -el hombre, pues... bebía- pero no bebía como un hombre -bebía... bebía como... como un regimiento de cosacos. Y yo siento como si no me hubiera dejado nada de beber aquí. La herencia es siempre el reverso de la medalla, y por eso la mía no es líquida. Pero tregua de filosofías. Como mi personaje, estoy solo en el mundo, solo ante vosotros, mis benévolos jueces que me habéis dado la sangre nueva del aplauso. Porque estreno al fin por primera vez, después de tantos años de amarga espera, y estreno en Broadway y realizo el gran sueño en torno al cual edifiqué mi vida. Y recobro mi tiempo perdido y mi juventud marchita. Tenéis ante vuestros ojos un raro espécimen de dramaturgo: el viejo autor novel. Y en mi vejez solitaria este sueño hecho aplauso y tiempo, sangre y champaña frescamente embriagador, me da ánimos para pedir a la gran actriz que me interpreta como la Mujer del Hombre, la mujer única, (La mujer) que comparta conmigo esa sangre, ese caviar y ese champaña en la virginal fiesta de las crónicas matutinas que para mí son los clarines del alba.
Un eco:  More! More!
Ecos: Tell us more! More about you! About you! About you!
El hombre: ¿Y qué podría deciros? Ya sé que esta es la gloria y que ahora la prensa del mundo tendrá que hablar de mí, que nutrir a millones de lectores con el ejemplo de este viejo autor. Que todos querrán conocer mi vida privada, mis amores, mis preferencias, mi signo del zodíaco, mi piedra preciosa y mi flor favorita, el tipo de mujer que me atrae. Es el precio de la celebridad y estoy dispuesto a pagarlo. (Aplausos tumultuosos.)
¡Ah, esa música que ni Bach ni Beethoven ni Mozart ni Debussy ni Stravinsky compusieron jamás! ¡Esa música que solo pueden orquestar las manos palpitantes en acto de comunión del público al que se ha podido hacer comulgar en el misterio de la creación!, ¡toda mi vida fue esperar y buscar el teatro -de ciudad en ciudad, de país en país! Y donde quiera eran compases de espera, largas pausas, hondas desilusiones, vacíos vertiginosos. Nadie quería mis obras. Llegué a pensar que los lectores y los directores de los teatros que me cerraban sus oídos y sus puertas conspiraban contra mí, contra mi genio. Quise hacerme actor para penetrar al fin en el sagrado recinto, pero mis tentativas no llegaron a tener fruto. Viví años enteros en un mundo de espaldas indiferentes, heladas y aceradas. Entonces creé un teatro mío y formé, con mis manos, a jóvenes actores que en cuanto pudieron piar y hacer un ejercicio de vuelo, me dejaron porque no tenía yo teatro y no podía pagarles y, sobre todo, porque no entendían mi obra, mi tragedia del hombre, la misma que acabáis de aplaudir vosotros. Y a la vez, había que vivir, que comer. Y entonces decidí hacerme camarero, pero solo porque había un Café del Teatro, y pensé que allí estaría yo más cerca de la realidad que perseguía desesperada, infatigablemente. Y allí conocí a muchos jóvenes directores, actores, colegas dramaturgos. ¡Que se reían de mí! Uno llegó a llamarme «El hombre que estrenó en B'way», otro me puso «El fantasma de B'way». Para mí, B'way seguirá siendo el sueño y el Café del Teatro, mi único escenario, era una pesadilla de veinticuatro horas diarias. La más cruel de cuantas he tenido. Pero eso ya no importa gracias a vosotros. ¡Veremos qué dicen ahora los desdeñosos, los escépticos, los burlones! ¡Veremos qué dice mi mujer! Porque debo deciros que me casé -era una muchacha maravillosa que me dijo que creía en mí y era como la otra cara de mi sueño, pero solo quería ser actriz- la eduqué, le enseñé todo lo que yo sabía, la ensayé el gran papel que actuó esta noche ante vosotros esta maravillosa actriz vuestra. Todo fue inútil -solía despertarme a la mitad de la noche para decirme que no hacía el papel porque era demasiado trabajo. ¡Demasiado Trabajo! Os lo pregunto, se lo pregunto a esta nueva y sublime Eleonora Duse. ¡Demasiado trabajo!  (Risas y aplausos.)  Me dejó, mi mujer, digo, aquella que solo era maravillosa porque yo la veía en mí mismo y no como era. Me dejó por un gigolo, por un hippie por un nada, y ahora, ¿Sabéis qué es? ¡Es cirquera! Ni siquiera cirquera. ¡Es portera de un circo! (Risas.)  Pero no debo abusar de vuestro tiempo. Es cierto que otra mujer tuvo fe en mí, pero me abandonó porque mi genio no me servía para ganar dinero -¿Qué dirá ahora que recibe mi cabeza la lluvia de oro de Danae que solo puede caer en Broadway? Señoras y señores, I take my deepest, humblest, proudest bow to you! ¡Muchas Gracias!
(Aplausos prolongados mientras. EL HOMBRE se enjuga la frente y los ojos, sonríe ampliamente y saluda con las manos juntas. Al cesar el torrente suenan otra vez tres veces tres palmadas y es EL HOMBRE quien las ha dado.) 
El hombre:  ¡Ah, esos cómicos malos! ¿Qué puedo hacer? ¿Y cuándo me dejará soñar el mundo?
  (Toma de la mesa una servilleta que coloca sobre su brazo izquierdo, como si fuera a servir en alguna mesa. Da unos pasos hacia el fondo y de pronto emerge de la sombra OTRO HOMBRE, vestido también de frac y con la servilleta al brazo. Por un instante podría creerse en la imagen reflejada por un espejo.)
 
El hombre: ¡Ah, perdón!, creí que estaba en el Café del Teatro. La cuenta, por favor.
(LA IMAGEN le tiende un papel. EL HOMBRE saca algunas monedas del bolsillo y los pone en la mano de LA IMAGEN.)
 
El hombre:  Gracias. Perdone, soy nuevo en la ciudad. ¿Podría decirme por dónde se llega a Broadway?
(LA IMAGEN retrocede, levanta y extiende el brazo derecho en una dirección indeterminada. EL HOMBRE deja la servilleta que tenía, recoge su manuscrito, lo aprieta contra su pecho y sale.)
 
 
                                                                       TELÓN»

 [La obra pertenece a la edición de Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes.]

martes, 2 de enero de 2018

La cerda.- Andrew Cowan (1960)


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Veinticuatro

«-Háblame más de la India -dije.
Apoyó una mejilla sobre las manos y me miró. Sus ojos eran oscuros, no parpadeaban, y cuando habló, su voz sonó suave, casi como un susurro:
 -La casa en la que vivíamos era la casa donde yo habría nacido si mi familia no se hubiese venido a Inglaterra. Habría crecido allí. Habría restregado cazuelas y sartenes con ceniza y habría encendido el fuego con estiércol de vaca. Se trabaja sin parar. Cortan el agua y la electricidad cada pocas horas. Te sientes cubierto de polvo todo el tiempo. A mí me pasaba. La vida allí es muy dura; hay que trabajar mucho.
 -Aquí también hay que trabajar mucho -dije.
 -Pero tú no te tomas la molestia de hacerlo -replicó. Me encogí de hombros y ella dijo-: Nunca habría sabido lo que es un condón. No habría tenido novios, ni nada. Seguramente no me dejarían salir y mucho menos como salgo aquí, sin que nadie sepa dónde estoy -el brazalete se le clavaba en la mejilla. Levantó la barbilla y movió la muñeca.
 -En ese caso estás mejor aquí.
 -Tal vez -dijo, frunciendo el ceño-. Pero tampoco sería tan horrible. Es cuestión de costumbre, ¿no crees? Tomábamos leche fresca de buey todos los días y yogur y kilos de fruta. Y las mujeres tienen mucha más responsabilidad allí; se las respeta mucho más, de modo que haces lo que te dicen. Los hombres no se hacen tanto los machitos como aquí.
 -¿A quién te refieres?
 Se incorporó sobre los codos y se sacó el brazalete de la mano:
 -A ti, por ejemplo.
 -Yo no soy un machito.
 Surinder sonrió. Hizo girar el aro de acero entre sus dedos, frotando el metal donde estaba sucio.
 -Probablemente ya me habría casado.
 -Con ese pobre gordo.
 -Es posible -se puso el brazalete alrededor de un ojo y me miró a través del aro-. A lo mejor salía bien. Nunca se sabe. Las cosas serían distintas. Después de vivir con él durante años y años podría acabar enamorada de él. Se supone que eso es lo que pasa; al cabo de cien años no te importa que sea feo.
 Se sentó en el borde del colchón, con un pie debajo del cuerpo y el otro sobre el suelo polvoriento. Parecía cohibida, se apartó el pelo de la cara, evitando mis ojos.
 -Ven -dijo, y sacó mi brazo de debajo de mi cuerpo. Intentó ponerme el brazalete en la mano, estrechándome los dedos entre los suyos. Pero el aro era demasiado pequeño y no pasaba de los nudillos.
 -Déjame a mí -dije. Me senté frente a ella. Mis manos eran grandes y el brazalete se me clavaba en la base del pulgar. Lo empujé poco a poco, primero por un lado y luego por otro, metiendo las uñas por debajo del metal. Surinder me observaba-. ¿Cómo se llama? -pregunté.
 -Kara -dijo, como con desgana y lanzando un suspiro-. Sirve para proteger el brazo con el que sostienes la espada.
 -¿Sí?
 -Al parecer representa la unidad de Dios -sus ojos se encontraron con los míos y sonrió-. Algo así.
 El aro se deslizó de pronto y entró fácilmente hasta la muñeca. Me chupé los arañazos de los nudillos.
 -La espada se llama kirpan -dije.
 -¡Muy bien!
 -Cuéntame más cosas.
 -¿Sobre qué?
 -Háblame del matrimonio.
 Surinder se estiró para coger la ropa y la arrastró hacia sí.
 -Algunos matrimonios concertados salen bien -dijo-. A veces funcionan -metió los brazos en las mangas de la camiseta y se la pasó por la cabeza. Luego continuó-: Mi hermano no quería casarse al principio, pero es un asunto de interés común, eso dicen todos... une a todo el mundo porque el matrimonio es compartido por todos, no es sólo cosa de la pareja. Es cosa de dos familias. Y ahora está muy feliz, se alegra de haberse casado -dijo para concluir, separando las perneras de sus vaqueros de los míos.
 El brazalete era mucho más ligero de lo que pensaba. Moví el brazo y lo admiré. Tenía marcas azuladas en el dorso de la mano.
 -¿Vendrás conmigo a ver a mi abuelo? -pregunté.
 Surinder deslizó los vaqueros sobre los tobillos y se los subió hasta las caderas al tiempo que se levantaba. El aire era más fresco, más oscuro. Cogió la jarra de flores y fue hasta la ventana.
 -Tal vez -dijo. La lluvia empezó a golpear con fuerza sobre el tejado, inesperadamente. Vació la jarra en el jardín y cerró la ventana. Mientras se daba la vuelta, dijo-: Ya no podrás quitarte el brazalete. ¿Y si tu abuelo te pregunta por él?
 -Le diré que es un kara y que sirve para proteger el brazo con el que luchas, y que significa la unidad de Dios.
 -¿Y si te pregunta por mí?
 -Le diré que me lo regalaste.»

 [El extracto pertenece a la edición en español de Editorial Siruela, 1997, en traducción de Catalina Martínez Muñoz. ISBN: 84-7844-343-6.] 

lunes, 1 de enero de 2018

Inteligencia emocional.- Daniel Goleman (1946)


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Parte II: La naturaleza de la inteligencia emocional
 3.-Cuando el listo es tonto
 La inteligencia emocional y el destino 

«Recuerdo a un compañero de clase que había obtenido cinco puntuaciones de 800 en el SAT (1) y otros tests de rendimiento académico que nos habían pasado antes de ingresar en el Amherst College. Pero, a pesar de sus extraordinarias facultades intelectuales, mi amigo tardó casi diez años en graduarse porque pasaba la mayor parte del tiempo tumbado, se acostaba tarde, dormía hasta el mediodía y apenas sí asistía a las clases.
 El CI (2) no basta para explicar los destinos tan diferentes de personas que cuentan con perspectivas, educación y oportunidades similares. Durante la década de los cuarenta, un período en el que -como ocurre actualmente- los estudiantes con un elevado CI se hallan adscritos a la Ivy League (3) de universidades, se llevó a cabo un seguimiento de varios años de duración sobre noventa y cinco estudiantes de Harvard que dejó meridianamente claro que quienes habían obtenido las calificaciones universitarias más elevadas no habían alcanzado un éxito laboral (en términos de salario, productividad o escalafón profesional) comparativamente superior a aquellos compañeros suyos que habían alcanzado una calificación inferior. Y también resulto evidente que tampoco habían conseguido una cota superior de felicidad en la vida ni más satisfacción en sus relaciones con los amigos, la familia o la pareja.
 En la misma época se llevó a cabo un seguimiento similar sobre cuatrocientos cincuenta adolescentes -hijos, en su mayor parte de emigrantes, dos tercios de los cuales procedían de familias que vivían de la asistencia social- que habían crecido en Somerville, Massachusetts, un barrio que por aquella época era un "suburbio ruinoso" enclavado a pocas manzanas de la Universidad de Harvard. Y, aunque un tercio de ellos no superase el coeficiente intelectual de 90, también resultó evidente que el CI tiene poco que ver con el grado de satisfacción que una persona alcanza tanto en su trabajo como en las demás facetas de su vida. Por ejemplo, el 7% de los varones que habían obtenido un CI inferior a 80 permanecieron en el paro durante más de diez años, lo mismo que ocurrió con el 7% de quienes habían logrado un CI superior a 100. A decir verdad, el estudio también parecía mostrar (como ocurre siempre) una relación general entre el CI y el nivel socioeconómico alcanzado a la edad de cuarenta y siete años, pero lo cierto es que la diferencia existente radica en las habilidades adquiridas en la infancia (como la capacidad de afrontar las frustraciones, controlar las emociones o saber llevarse bien con los demás).
 Veamos, a continuación, los resultados -todavía provisionales- de un estudio realizado sobre ochenta y un valedictorians y salutatorians (4) del curso de 1981 de los institutos de enseñanza media de Illinois. Todos ellos habían obtenido las puntuaciones medias más elevadas de su clase pero, a pesar de que siguieron teniendo éxito en la universidad y alcanzaron excelentes calificaciones, a la edad de treinta años no podía decirse que hubieran obtenido un éxito social comparativamente relevante. Diez años después de haber finalizado la enseñanza secundaria, sólo uno de cada cuatro de estos jóvenes había logrado un nivel profesional más elevado que la media de su edad, y a muchos de ellos, por cierto, les iba bastante peor.
 Karen Arnold, profesora de pedagogía de la Universidad de Boston y una de las investigadoras que llevó a cabo el seguimiento recién descrito afirma: "creo que hemos descubierto a la gente 'cumplidora', a las personas que saben lo que hay que hacer para tener éxito en el sistema, pero el hecho es que los valedictorians tienen que esforzarse tanto como los demás. Saber que una persona ha logrado graduarse con unas notas excelentes equivale a saber que es sumamente buena o bueno en las pruebas de evaluación académicas, pero no nos dice absolutamente nada en cuanto al modo en que reaccionará ante las vicisitudes que le presente la vida".
 Y éste es precisamente el problema, porque la inteligencia académica no ofrece la menor preparación para la multitud de dificultades -o de oportunidades- a la que deberemos enfrentarnos a lo largo de nuestra vida. No obstante, aunque un elevado CI no constituya la menor garantía de prosperidad, prestigio ni felicidad, nuestras escuelas y nuestra cultura, en general, siguen insistiendo en el desarrollo de las habilidades académicas en detrimento de la inteligencia emocional, de ese conjunto de rasgos -que algunos llaman carácter- que tan decisivo resulta para nuestro destino personal. Al igual que ocurre con la lectura o con las matemáticas, por ejemplo, la vida emocional constituye un ámbito -que incluye un determinado conjunto de habilidades- que puede dominarse con mayor o menor pericia. Y el grado de dominio que alcance una persona sobre estas habilidades resulta decisivo para determinar el motivo por el cual ciertos individuos prosperan en la vida mientras que otros, con un nivel intelectual similar, acaban en un callejón sin salida. La competencia emocional constituye, en suma, una meta-habilidad que determina el grado de destreza que alcanzaremos en el dominio de todas nuestras otras facultades (entre las cuales se incluye el intelecto puro).
 Existen, por supuesto, multitud de caminos que conducen al éxito en la vida, y muchos dominios en los que las aptitudes emocionales son extraordinariamente importantes.»
 
 (1) Test de Aptitud Académica (abreviatura de Scholastic Aptitude Test).
 (2) Coeficiente intelectual.
 (3) La Ivy League constituye un grupo selecto de ocho universidades privadas de Nueva Inglaterra famosas por su prestigio académico y social.
 (4) Los valedictorians son los alumnos que pronuncian los discursos de despedida en la ceremonia de entrega de diplomas, mientras que los salutatorians son aquéllos que pronuncian los discursos de salutación en las ceremonias de apertura del curso universitario. 

 [El extracto pertenece a la edición en español de Ediciones Kairós, en traducción de David González Raga y Fernando Mora. ISBN: 978-84-7245-371-5.]