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domingo, 19 de febrero de 2023

Anábasis de Alejandro Magno.- Lucio Flavio Arriano (h. 86 - 175)

Flavio Arriano - Wikipedia, la enciclopedia libre
Libro II

El nudo gordiano

   «Una vez Alejandro en Gordio, se apoderó de él un vivo deseo de subir a la ciudadela, donde se encontraba el palacio de Gordio y de su hijo Midas, para ver su carro y el nudo del yugo de su carro. Existía una leyenda muy difundida entre los habitantes de la región a propósito de aquel carro. Decían, en efecto, que Gordio fue un antiguo pobre frigio que sólo poseía un puñado de tierra que trabajar y dos yuntas de bueyes; una le servía para arar, y con la otra Gordio llevaba el carro. Encontrándose cierto día arando, un águila se posó sobre el yugo y permaneció posada en él hasta que fue la hora de desuncir los bueyes; Gordio, maravillado ante lo que veía, se puso en marcha a dar conocimiento del prodigio a los adivinos telmiseos, ya que estos telmiseos eran sabios en la interpretación de prodigios, don éste que habían heredado (y que también poseían sus mujeres y niños) de sus mayores. Al acercarse a un poblado telmiseo, se encontró con una joven que estaba sacando agua, y le contó lo que le había sucedido con el águila. Ella (que también era de familia adivina) le ordenó que regresara a aquel sitio e hiciera un sacrificio a Zeus Rey. Pidióle él que le acompañara y le explicara el sacrificio, y Gordio lo celebró tal como ella le había indicado. De sus relaciones con la muchacha les nació un hijo al que llamaron Midas. Llegado a la edad adulta, fue Midas un hombre noble y de buen porte; pues bien, sufrían por aquel entonces los frigios una guerra civil y les había vaticinado el oráculo que un carro les traería un rey que pondría fin a su guerra fratricida. Cuando aún estaban éstos deliberando sobre ello, apareció Midas acompañado de su padre y de su madre, e hizo detener su carro en plena asamblea. Los frigios, interpretando el oráculo, reconocieron en él a aquel hombre que, según el dios, vendría en el carro. A continuación le hicieron su rey, y fue así como Midas puso fin a la guerra civil. En agradecimiento a Zeus Rey por haberle enviado el águila, depositó el carro de su padre como ofrenda en la acrópolis de la ciudad.
 A más de ésta, corría otra leyenda sobre este carro: estaba vaticinado que quien fuera capaz de soltar el nudo del yugo del carro gobernaría en toda el Asia. El nudo era de hilachas de cornejo, y parecía no tener principio ni fin. Alejandro, en vista de lo difícil que resultaba encontrar un modo de desatarlo y como, de otra parte, no podía consentir que quedara atado, no fuera a ser que ello influyera en el ánimo de sus hombres, cercenó —según dicen— el nudo con un golpe de su espada y exclamó: ¡Ya está desatado!
 Aristobulo, sin embargo, cuenta que Alejandro, desenganchando la clavija de la lanza del carro (se trataba de una estaquilla que atraviesa de parte a parte la lanza), sujetó simultáneamente el nudo hasta liberar el yugo de la lanza del carro.
 No puedo yo precisar de qué modo actuó Alejandro en este asunto del nudo; el caso es que él y los suyos dejaron el carro seguros de que el oráculo sobre la liberación del nudo estaba cumplido, pues además también aquella noche hubo truenos y relámpagos en el cielo, como indicios de algo prodigioso. Alejandro, a la vista de ello, ofreció al día siguiente sacrificios en honor de los dioses que habían manifestado estas señales por la desatadura del nudo.

Alejandro enfermo

  Al día siguiente, Alejandro se puso en camino hacia Ancira, en Galacia. Se presentó ante él una embajada del pueblo paflagonio con ofertas de sumisión y promesas de formalizar un pacto, solicitándole a cambio no entrar en el país por la fuerza. Alejandro les ordenó que prestaran obediencia a Cala, el sátrapa de Frigia, mientras él se adentraba en la región de Capadocia, atrayéndose a su bando a toda la zona hasta el río Halis, y gran parte de la del otro lado del río. Dejó a Sabictas como sátrapa de Capadocia, y se puso al frente de sus tropas en dirección a las Puertas Cilicias.
 Al poco llegó al campamento de Ciro (a quien acompañara Jenofonte en su expedición), y al ver que las Puertas estaban custodiadas por una poderosa guarnición, dejó allí a Parmenión con los batallones de infantería que estaban dotados de armamento más pesado, mientras que él, a la hora del cambio de la primera guardia, tomó a sus hipaspistas, arqueros y agrianes, y avanzó durante la noche contra las Puertas, con intención de caer sobre la guardia cogiéndolos por sorpresa. Aunque su avance no pasó desapercibido, su acto de osadía tuvo el mismo efecto, ya que los centinelas, al ver que era el propio Alejandro quien abría la expedición, abandonaron su puesto y se retiraron en huida. Al día siguiente, a la hora del alba, cruzó con todas sus fuerzas las Puertas, iniciando así el descenso hacia Cilicia. Le llegaron noticias por entonces de que Arsames, que antes planeaba conservar la ciudad de Tarso para los persas, pensó ahora abandonarla al haberse enterado de que Alejandro ya había sobrepasado las Puertas, por lo cual los habitantes de Tarso temían que Arsames se entregara al saqueo de la ciudad antes de abandonarla. Enterado de esto Alejandro, llevó a la carrera hacia Tarso a la caballería y las tropas más ligeras, para que Arsames, al percatarse de lo inmediato de su ataque, abandonara Tarso y se reuniera con el rey Darío sin dejarle expoliar la ciudad.
Anabasis Alejandro Magno libros i-iii: 049 B. CLÁSICA GREDOS ... Dice Aristobulo que Alejandro fue víctima aquí de una enfermedad; según otros, sin embargo, ocurrió que Alejandro contrajo unas fuertes fiebres que le provocaron convulsiones e insomnio después de haberse bañado (sudoroso y acalorado como estaba) durante un buen rato en el río Cidno, cuyas aguas fluyen puras y frías por medio de la ciudad, después de atravesar una zona despejada desde las cimas del monte Tauro. Los médicos creyeron que Alejandro no sobreviviría, aunque Filipo, un médico acarnanio que acompañaba a Alejandro y que gozaba de fama de hombre entendido en medicina, y que era además de acreditado comportamiento en el campo de batalla, fue partidario de purgar a Alejandro, quien a su vez se mostraba plenamente de acuerdo con el tratamiento. Mas ocurrió que cuando ya le preparaban la copa, le fue entregada a Alejandro una carta de parte de Parmenión que decía: “Cuídate de Filipo, he oído que ha sido comprado por el dinero de Darío para darte muerte mediante un brebaje.” Alejandro leyó la nota con atención, y teniéndola aún en la mano, cogió la copa de purgante y dio a leer a Filipo la nota, bebiéndose el purgante al tiempo que Filipo leía la nota de Parmenión.
 Al poco rato se hizo evidente que Filipo había acertado plenamente en la prescripción del remedio; es más, no se turbó siquiera al leer la nota, sino que lo único que le rogó a Alejandro fue que le obedeciera hasta el final en cuanto le había recomendado, porque su salvación dependía de que siguiera sus instrucciones. En verdad, el purgante hizo efecto y cesó su dolencia.
 Alejandro dio pruebas así a Filipo de ser un amigo que da crédito a sus amigos, y las dio también a sus generales de que él confiaba plenamente en sus amigos incluso ante circunstancias insospechadas, demostrándoles al mismo tiempo su valentía frente a la muerte.

Alejandro en Tarso
 
 Poco después envió a Parmenión hacia el otro paso que divide el territorio cilicio del asirio para que lo ocupara él primero y poder controlar desde allí todos los accesos. Cedió a Parmenión para que le acompañaran toda la infantería aliada, los mercenarios griegos y los tracios que mandaba Sitalces, así como los jinetes tesalios. Alejandro fue el último en levantar el campamento de Tarso, para llegar al día siguiente a la ciudad de Anquíalo, que, según la leyenda, había construido el asirio Sardanápalo. Por su perímetro y por los cimientos de sus murallas se veía que esta ciudad había sido una gran construcción, y que su poderío había debido alcanzar gran importancia. La tumba de Sardanápalo está cerca de los muros de Anquíalo, y el propio Sardanápalo está sentado sobre ella, con sus manos entrelazadas como si fuera a tocar palmas, y había inscrito en ella un epigrama en caracteres asirios; según los asirios, era una inscripción en verso y el sentido de sus palabras, el siguiente: "SARDANÁPALO, EL HIJO DE ANACINDARAJES, CONSTRUYÓ LAS CIUDADES DE ANQUÍALO Y TARSO EN UN SOLO DÍA. TÚ, EXTRANJERO, COME Y BEBE Y DIVIÉRTETE, PORQUE TODO LO DEMÁS EN LA VIDA NO VALE ESTO" (aludía al aplauso que las palmas hacen al batir), aunque decían que el "DIVIÉRTETE" tenía en lengua asiria mayor picardía.
 Desde Anquíalo llegó Alejandro a Solos, e impuso a sus habitantes una guarnición y los penalizó con una multa de doscientos talentos de plata por haberse mostrado mejor predispuestos para con los persas. Reuniendo tres batallones de infantería macedonios, todos los arqueros y los agrianes, partió desde aquí contra los cilicios que ocupaban las alturas. En total empleó siete días en desalojar por la fuerza a unos y atraerse a otros mediante pactos; al cabo de este tiempo regresó a Solos.
 Tuvo noticias entonces de que Tolomeo y Asandro habían derrotado a Orontóbates, el persa encargado de la protección de la ciudadela de Halicarnaso y de la custodia de Mindo, Cauno, Tera y Calípolis, y a quien estaban sometidas también Cos y Triopio. La nota le decía que Orontóbates había sido derrotado en una gran batalla en la que habían muerto setecientos de sus infantes y unos cincuenta jinetes, a más de habérsele capturado no menos de mil prisioneros. En Solos, Alejandro ofreció un sacrificio a Asclepio, participando él en persona y todo el ejército, y celebró una carrera de antorchas e instituyó un certamen gimnástico y literario. A los habitantes de la ciudad les permitió gobernarse según su régimen democrático.
 Poco después se puso de nuevo en marcha en dirección a Tarso, y mientras tanto envió a Filotas al frente de la caballería para que se dirigiera a través de la llanura de Aleia hacia el río Píramo, mientras él se acercaba con la infantería y el escuadrón real a Magarso, donde ofreció sacrificios a Atenea de Magarso. Desde aquí marchó a Malo, y sacrificó según correspondía a su héroe Anfíloco. Acabó con la revuelta civil en que encontró a sus habitantes, y perdonó los tributos que pagaban al rey Darío, ya que la ciudad de Malo era una colonia de Argos, y él se consideraba descendiente de los Heraclidas de Argos.»
 
     [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Gredos, 1982, en traducción de Antonio Guzmán Guerra, pp. 166-171. ISBN: 84-249-0266-1. Tomo I.]

lunes, 1 de febrero de 2021

Pequeño tratado de los grandes vicios.- José Antonio Marina (1939)

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Segunda parte: Los vicios capitales
Tercer vicio: la envidia
1.-Una pasión compleja

  «Ninguna de las pasiones y vicios estudiados cumple las condiciones populares de la pasión: una intensidad deseable. Pero tampoco merecen ser erradicadas. Porque hay un afán de excelencia elogiable y una ira justa. Con la envidia las cosas están menos claras. Es una pasión que hace sufrir y que parece difícil de transfigurar, integrándola en el dinamismo de la anábasis. Es un sentimiento juzgado malo sin apelación en todas las culturas, triste privilegio que comparte con la cobardía y la avaricia. La envidia es incluso considerada vergonzosa por el propio sujeto que la padece, razón por la que, como ya señalara Luis Vives, “nadie se atreve a decir que es envidioso”. Es un sentimiento –la tristeza por el bien del que otro disfruta-, pero en ciertas personas se convierte en una pasión, es decir, en un sentimiento desmesurado, monotemático, obsesivo, que abduce la conciencia entera. La novela Abel Sánchez, de Unamuno, cuenta uno de esos casos. Esta invasión de la mente nos permite entender mejor el significado de la expresión “vicios capitales”. La envidia, como veremos, altera todo el dinamismo afectivo de una persona. Para Castilla del Pino, es un “modo de instalarse en la realidad”. Se convierte en una forma de vida oblicua. Es casi una enfermedad, aunque, al contrario de un cercano pariente suyo –los celos-, no produce conductas patológicas, como los delirios.
 Pero la envidia no es voluntaria. Es el resultado consciente de una compleja alquimia no consciente. Está producida por la inteligencia generadora. No puede, por lo tanto, juzgarse mala,  porque sólo los actos voluntarios pueden someterse a esa evaluación moral. El envidioso, es cierto, puede desear la desdicha del envidiado, pero eso no quiere decir que vaya a comportarse cruel o injustamente con él. A veces, precisamente por la inquietud que le produce ese sentimiento, se esfuerza hasta la exageración en elogiar, proteger o alabar al envidiado. Quien experimenta el sentimiento de envidia puede reconocerlo en sí mismo. Pero quien siente la pasión de la envidia no. Toda su capacidad crítica, de autoconocimiento, ha quedado falseada por la pasión. No puede reconocer que es envidioso. Piensa que su sentimiento de dolor o de ira ante el éxito del envidiado está justificado. Suele por ello tener un afán proselitista. Intenta convencer a los demás de que es injusto lo que a él le mortifica, que el otro, que disfruta de la prosperidad o del prestigio, es un farsante que debe ser desenmascarado. Al envidioso no le interesa arrebatar sus bienes al envidiado, eso es una envidia infantil. Le interesa que el envidiado sea humillado, desacreditado, puesto en su sitio.

2.-Volvamos al principio

 Había buenas razones para que la envidia formara parte del catálogo de los vicios capitales cristiano. En la Biblia se lee: “Por la envidia del diablo entró la muerte en el mundo” (Sab 2,24). Previamente, el ángel se había convertido en diablo por un acto de soberbia: quiso ser como Dios. Pero además sintió envidia al ver que Dios amaba a una criatura inferior a él, y por eso tentó a Adán y Eva. Pronto, los hombres fueron imitadores del demonio: por envidia, Caín mató a Abel; Esaú se enfrentó a Jacob; José fue vendido por sus hermanos; David persiguió a Saúl. Los primeros teólogos comprendieron el peligro. Cipriano (siglo III) la definió como “la raíz de todos los males, fuente de infortunio. Vivero de delitos” (De zelo et livore, 6). No hay enemigo más peligroso, dice Juan Crisóstomo (siglo IV), porque “una vez desaparecida la causa de la guerra, el que combate pierde todo sentimiento de hostilidad; por el contrario, el envidioso no podrá ser nunca amigo. Uno ataca al descubierto, otro disimulando. Uno puede invocar numerosas causas posibles para la guerra que libra; mientras que el otro no tiene más que su locura y su voluntad satánica” (In epistolam ad Romanos homiliae, VII, 6). Añadía gravedad a la envidia el que incluso los niños pudieran experimentarla. Casiano la incluyó ya en su catálogo, advirtiendo que es el vicio más difícil de curar (Consolationes, XVIII, 16). Gregorio la pone en segundo lugar después de la soberbia y una vez más hace escuela.

 Envidia significa etimológicamente “mirar con mal ojo”. Covarrubias recoge la etimología “in-video”, porque la envidia mira siempre con mal ojo, y por eso dijo Ovidio de ella: “Nusquam recta acies”. Algo así como: nunca mira derechamente. “Es un dolor, concebido en el pecho, del bien y prosperidad agena. Su tossigo es la prosperidad y buena andança del próximo, su manjar dulce la adversidad y calamidad del mismo; llora quando los demás ríen y ríe quando todos lloran. Entre las demás emblemas mías, tengo una lima sobre un yunque con el mote Carpit et carpitur una. Símbolo del embidioso que royendo a los otros, él está consumiendo el propio corazón”. Los envidiosos aman la oscuridad. Su mirada está envenenada como la del basilisco. Dante describe la masa ondeante de los envidiosos en el purgatorio: “un hilo de hierro une sus párpados”.
 Todos los tratadistas medievales se extrañan porque es un pecado que no procura ni placer ni alegría, sino sólo dolor. “Es un tormento sin pausa, una enfermedad sin remedio, una fatiga sin descanso, una pena continua” (Alain de Lille, siglo XII). Es un suplicio para sí misma, había dicho ya Ovidio en las Metamorfosis. El envidioso ve en el bien del otro un mal para sí mismo. Es, pues, una perversión del juicio capaz de ver malo lo bueno. “Transforma el vino en agua, el oro en cobre, el día en noche”, dice Juan de San Gimignano.
 ¿Qué impulsa al envidioso a semejante inversión de la realidad? Un peligro para su excelencia, responde Tomás de Aquino. La posibilidad de no ser el preferido, el más estimado, el más amado. Esa comparación sólo puede hacerse con los que están a la misma altura, como dijo Aristóteles. En el fondo, el envidioso es un orgulloso defraudado en su voluntad de excelencia. La tradición –Agustín, Casiano, Gregorio y muchos otros- había visto en la soberbia el origen de la envidia. Luis Vives había señalado que es hija de la soberbia y de la pequeñez, porque nadie que confía en su valía envidia los bienes de otro. El envidioso vigila las venturas del envidiado, rebaja sus méritos o, al contrario, los ensalza desmesuradamente, movido por el remordimiento. Cree percibir cuando en realidad interpreta. Joaquín de Montenegro, el protagonista de la novela de Unamuno, arrebatado por su pasión, no cree que sea envidia lo que siente. Piensa que percibe objetivamente la malignidad de sus envidiados. “Ellos se casaron por rebajarme, por humillarme, por denigrarme, ellos se casaron para burlarse de mí, ellos se casaron contra mí”. 
El envidioso desea “ser el preferido, por eso tiene una parte de soberbia. Pero también una extrema debilidad. “El error del envidioso”, escribe Castilla del Pino, “al inaceptarse a sí mismo y proponerse ser otro, hace de su vida un proyecto imposible”. “Sufre”, dice Alberoni, “por una carencia de ser, una carencia que es evocada por la presencia del otro”.
 Lo que el envidioso no puede tolerar es que alguien pueda disfrutar más que él. Un ejemplo citado por Juan de Salisbury (siglo XII) lo muestra: “Un rey pidió a dos hombres, uno avaro y otro envidioso, que le pidieran lo que quisieran, porque se lo concedería y daría al otro el doble. El avaro decide no pedir el primero, porque así recibirá más. El envidioso, después de larga meditación, pide que le arranquen un ojo, porque así al otro le sacarán los dos” (Policraticus, VII, 24).
[…]


4.-Una caracterización moderna de la envidia

  La envidia es una relación asimétrica a favor del envidiado, que es vivida como intolerable por el envidioso. La envidia no se dirige al bien, no es codicia, sino que va dirigida al otro. Por eso está tan cercana al odio. Eso explica por qué en la lista de los vicios capitales no está el odio que, sin embargo, parece que debería ser el vicio capital. Los analistas de la perversidad consideran que el odio es efecto de otras pasiones más profundas. Por ejemplo, la envidia, a la que Kant incluía dentro de los vicios de la misantropía junto a la ingratitud y la alegría por el mal ajeno. El envidioso no quiere tanto arrebatarle el bien al envidiado como verlo hundido, humillado, desdichado. Tomás de Aquino relaciona la envidia y el odio porque ambos son pecados contra la caridad (Sum. Theol., 2-2, q. 36). Una barrera se eleva entre el envidioso y el resto de los hombres, por eso, como dice Schopenhauer, es una pasión solitaria. […]
 Se ha convertido en una pasión política. Helmut Schoeck la considera un motor del progreso económico y social. Se basa en la percepción de una diferencia que se considera injusta y que es intensificada por las creencias igualitarias. Cuando se une a un sentimiento de impotencia, la envidia se convierte en resentimiento. Nietzsche lo consideró origen de la moral, que era la victoria del débil contra el fuerte, del enfermo frente al sano, o, por usar el lenguaje que he utilizado, de la víctima frente a su verdugo.»
 
   [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Anagrama, 2011, pp. 99-104 y 106-107. ISBN: 978-84-339-6336-9.]
 

lunes, 18 de abril de 2016

"Anábasis".- Jenofonte (c. 430 a.C. - c. 355 a.C.)


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Libro primero.
I

 "Darío y Parisátile tuvieron dos hijos: el mayor, Artajerjes; el menor, Ciro. Enfermó Darío, y sospechando que se acercaba el fin de su vida quiso que los dos hijos estuviesen a su lado. El mayor se encontraba ya presente, y a Ciro lo mandó a llamar del gobierno del que le había hecho sátrapa, nombrándole al mismo tiempo general de las tropas que estaban reuniendo en la llanura de Castolo. Acudió, pues, Ciro llevando consigo a Tisafernes, a quien tenía por amigo, y escoltado por trescientos hoplitas griegos a las órdenes de Jenias de Parrasia. Muerto Darío y proclamado rey Artajerjes, Tisafernes acusa a Ciro ante su hermano diciéndole que conspiraba contra él. Créelo el rey y prende a Ciro con la intención de darle muerte. Pero la madre consiguió con súplicas que lo enviase de nuevo al gobierno. Y Ciro, de vuelta, después de haber corrido tal peligro y con el dolor de la afrenta, se puso a pensar en la manera de no hallarse en adelante a merced de su hermano y aun, si fuese posible, ser rey en su lugar. Su madre, Parisátile, le era favorable porque le quería más que al rey Artajerjes y él, por su parte, trataba de tal suerte los que a él venían de la corte, que retornaban más amigos suyos que del rey. Procuraba al mismo tiempo que los bárbaros a su servicio estuviesen bien preparados para la guerra, y se esforzaba por ganar sus simpatías. Con el mayor sigilo fue reuniendo tropas griegas a fin de coger al rey todo lo más desprevenido posible. La manera que tuvo de reunirlas fue la siguiente: en todas las ciudades donde tenía guarnición ordenó a los jefes que alistasen el mayor número de soldados peloponenses, y los mejores posibles, pretextando que Tisafernes pensaba atacar las ciudades. Pues las ciudades jamás habían sido antes de Tisafernes, dadas por el rey, pero entonces se habían pasado a Ciro; todas, excepto Mileto. En Mileto, Tisafernes, presintiendo que pensaban hacer lo mismo -pasarse a Ciro-, mató a unos y a otros los expulsó. Y Ciro, tomando bajo su protección a los desterrados, reunió un ejército y puso sitio a Mileto por tierra y por mar, con el propósito de que los expulsados volvieran a sus hogares. Esta empresa le servía también de pretexto para reunir tropas. Y al mismo tiempo envió mensajeros al rey pidiéndole le concediese a él, que era su hermano, el gobierno de las ciudades con preferencia a Tisafernes. La madre le apoyó en esta súplica; de suerte que el rey no advertía las maquinaciones de Ciro y pensaba que, en guerra contra Tisafernes, el sostenimiento de las tropas le obligaría a grandes gastos. Por eso no veía con disgusto que los dos estuviesen en guerra. Ciro, además, tenía cuidado de enviarle los tributos de las ciudades que estaban bajo la jurisdicción de Tisafernes.
 Mientras tanto, iba reuniendo otro ejército en Quersoneso, enfrente de Abidos, por el siguiente procedimiento: Clearco era un desterrado lacedemonio. Ciro tuvo ocasión de tratarlo y, lleno de admiración por él, entrególe diez mil daricos. Clearco aceptó el dinero, levantó con él un ejército y tomando el Quersoneso como base de operaciones entró en guerra con los tracios que habitaban por encima del Helesponto. Y como en estas luchas resultaban favorecidos los griegos, las ciudades helespontinas proporcionaban voluntariamente recursos para sostener las tropas. De esta forma mantenía ocultamente aquel ejército, sin suscitar sospechas.
 Sucedió también que un amigo suyo, Aristipo, de Tesalia, apretado en su ciudad por un partido contrario, acudió a Ciro pidiéndole dinero para alistar durante tres meses a dos mil mercenarios, con los cuales pensaba vencer a sus enemigos. Ciro le dio para cuatro mil durante seis meses pero bajo la condición de no llegar a un acuerdo con los adversarios sin antes consultárselo. Y también de este modo mantenía el ejército de Tesalia sin suscitar sospechas". 

jueves, 24 de marzo de 2016

"Anábasis".- Saint-John Perse (1887-1975)


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X

 "[...] las curaciones de bestias en los suburbios, los movimientos de multitudes ante los esquiladores, los poceros y los castradores; las especulaciones al soplo de las cosechas y la ventilación de hierbas, en la punta de las horquillas, sobre los techos; las construcciones de murallas de tierra cocida y rosa, de escalonados secadores de viandas, de galerías para los sacerdotes, de capitanías; los patios inmensos del veterinario; las duras prestaciones para el mantenimiento de los caminos arrieros, de senderos en espiral en las gargantas; las fundaciones de hospicios en lugares incultos; las escrituras a la llegada de las caravanas y los licenciamientos de escoltas, en los barrios de los cambistas; las popularidades nacientes bajo el tejadillo, ante las tinas de fritada; el protesto de títulos de deuda; las destrucciones de bestias albinas, de blancos gusanos subterráneos, las hogueras de zarzas y de espinos en los lugares contaminados de muerte, la fabricación de un hermoso pan de cebada y sésamo, o de escanda; y el vaho de los hombres en todos los lugares...
¡Ah! Toda suerte de hombres en sus vías y maneras: ¡comedores de insectos, de frutos acuosos; portadores de emplastos, de riquezas!, el agricultor y el adalingue, el acupuntor y el salinero; el peajero, el herrero; mercaderes de azúcar de canela; de copas para beber en metal blanco y lámparas de cuerno; el que hace un vestido de cuero, sandalias de madera y botones en forma de aceituna: el que da a la tierra sus obras; y el hombre de ningún oficio: hombre del halcón, hombre de la flauta, hombre de las abejas; el que halla su placer en el timbre de su voz, el que encuentra su empleo en la contemplación de una piedra verde; el que hace arder para su regocijo un fuego de cortezas sobre su techo; el que hace en tierra un lecho de hojas aromáticas, y sobre él se tiende y reposa; el que piensa en dibujos de cerámica verdes para estanques de aguas vivas; y el que hace viajes y sueña con partir de nuevo; el que ha vivido en un país de muchas lluvias; el que juega a los dados, a la taba, al juego de los cubiletes; o el que ha desplegado sobre el suelo sus tablas de cálculo; el que tiene ideas sobre la utilización de una calabaza; el que arrastra un águila muerta como un haz de ramas tras sus pasos (y la pluma es donada, no vendida, para el empenachado de los cercos); el que recoge el polen en  un vaso de madera (y mi placer, dice, está en este color amarillo); el que come buñuelos, gusanos de palma, frambuesas; el que ama el sabor del estragón; el que sueña con un pimiento; o también el que masca una goma fósil, el que lleva una concha a su oído y el que espía el perfume del genio en las grietas frescas de la piedra; el que piensa en el cuerpo de mujer, hombre libidinoso; el que ve su alma en el reflejo de una cuchilla; el hombre versado en las ciencias, en la onomástica; el hombre favorito en los consejos, el que bautiza las fuentes, dona bancos bajo los árboles, lanas teñidas para los sabios; y hace empotrar en las encrucijadas muy grandes cuencos  de bronce para la sed; aún mejor, el que no hace nada, tal hombre y tal en sus maneras, ¡y tantos otros todavía!, los recogedores de codornices en los repliegues del terreno, los que cosechan en las malezas los huevos con pintas verdes, los que se apean del caballo para recoger cosas, ágatas, una piedra azul pálido que tallan a la entrada de los arrabales (a manera de estuches, tabaqueras y broches, o de bolas para rodar en las manos de los paralíticos): los que, silbando, pintan cofrecillos al aire libre, el hombre del bastón de marfil, el hombre de la silla de mimbre, el ermitaño adornado con manos de niña y el guerrero licenciado que ha plantado su lanza en su umbral para atar de ella un mono... ¡ah!, ¡toda suerte de hombres en sus vías y maneras! y, de repente, aparecido en sus ropas de noche y zanjando a la redonda toda cuestión de precedencia, el Cuentista que toma sitio al pie del terebinto..."