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miércoles, 2 de septiembre de 2020

Alicia a través del espejo.- Lewis Carroll (1832-1898)

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Capítulo 5: La oveja y su madeja

  «-¡Vaya! -dijo Alicia-. Parece que el cuervo se ha marchado, y la verdad es que me alegro...
 -¡Ay! -dijo la Reina, lanzando un nuevo suspiro-. ¡Ojalá yo también me pudiera alegrar, pero la verdad es que se me ha olvidado cómo...! ¿Cómo se alegra uno? ¡Se me han olvidado las instrucciones! ¡Dichosa tú, que vives en este bosque y puedes alegrarte cuando quieres!
 -¡Si no fuera porque me encuentro tan sola! -dijo Alicia en tono melancólico; y, al pensar en su soledad, dos grandes lagrimones rodaron por sus mejillas...
 -¡Niña, no te pongas así! -gritaba, desesperadamente, la pobre Reina, retorciéndose las manos-. Piensa que eres una niña estupenda..., piensa en lo mucho que has avanzado hoy..., piensa en la hora que es... ¡Piensa en lo que quieras, pero no llores!
 Ante aquellas palabras de la Reina, Alicia no sabía si reír o llorar.
 -¡Ya veo que usted todo lo arregla pensando!
 -¡Pues claro que sí! -dijo la Reina-. ¡O lloras o piensas: no se pueden hacer las dos cosas a la vez! Yo prefiero pensar... Vamos a ver, pensemos en tu edad... ¿Cuántos años tienes?
 -Tengo exactamente siete años y medio.
 -Sobra lo de "exactamente" -contestó la Reina-. Para ser "exactos" hay que hablar con exactitud... Yo, por ejemplo, tengo ciento un años, cinco meses y un día.
 -¡No me lo puedo creer! -repuso Alicia.
 -¿De veras no puedes? -le dijo la Reina en tono compasivo-. ¡Anda, inténtalo, haz un esfuerzo y prueba de nuevo!
 -¡No se arregla nada con probar! -exclamó Alicia, divertida-. ¡Las cosas imposibles no pueden creerse, por más que uno pruebe!
 -¿Tú crees? ¡Será porque no lo has intentado! -dijo la Reina-. ¡Cuando yo tenía tu edad, me pasaba media hora al día probándolo! ¡Y había días que, antes de desayunar, ya me había creído por lo menos seis cosas imposibles! ¡Cuidado, allá va mi mantón!
 El broche se le había soltado de nuevo y una ráfaga de viento le había arrebatado el mantón... La Reina, abriendo los brazos, salió volando tras él hasta darle alcance al otro lado de un pequeño arroyo.
 -¡Ya lo tengo! -le gritó triunfante a Alicia-. ¡Verás cómo ahora me lo pongo sin ayuda de nadie!
 -En ese caso, espero que su dedo esté mejor -le dijo Alicia muy cortésmente, mientras cruzaba el río en pos de la Reina.
 -¡Mejor, mucho mejor! -le gritó la Reina, y su voz se elevó hasta convertirse en un chillido, mientras repetía-: ¡Mucho meejor! ¡Meeeejor! ¡Meeejor! ¡Meeeee!
Alicia a través del espejo (Paperback) by Lewis Carroll: New Paperback  (2017) | The Book Depository EURO Alicia miró de nuevo a la Reina y pudo observar que su mantón se había convertido en una gruesa capa de lana que la envolvía. Alicia no podía dar crédito a sus ojos por más que se los restregara... No tenía la menor idea de lo que había ocurrido, pero... ¿no era aquello una tienda? Y la persona que la atendía detrás del mostrador, ¿no era acaso una oveja? Por más que abría y cerraba los ojos no podía dejar de constatar que se encontraba, efectivamente, en una pequeña tienda, y se apoyaba con los brazos en el mostrador, y que la persona que tenía enfrente era una vieja oveja, que hacía punto sentada en un sillón, observándola de vez en cuando a través de sus grandes anteojos.
 -¿Qué deseas, niña? -le preguntó la Oveja al fin, levantando la vista de la labor por un momento.
 -Todavía no lo sé -le contestó Alicia con mucha cortesía-. ¿Le importaría que echara antes un vistazo a mi alrededor?
 -Puedes mirar hacia adelante o hacia los lados -le dijo la Oveja-. Pero mirar alrededor... ¡eso es imposible! A no ser que tengas ojos en la nuca. 
 La tienda, desde luego, parecía estar repleta de los objetos más extraños... Pero lo más curioso era que, al mirarlos, parecían desaparecer de la vista. Si su mirada se posaba en una determinada estantería, ésta se quedaba de repente vacía, aunque las que había a su alrededor estuvieran atiborradas de cosas...
 -Aquí lo que no corre, vuela -se decía Alicia, después de pasarse varios minutos tratando de alcanzar un objeto grande y brillante, que lo mismo podía ser una muñeca que un costurero, y que siempre parecía estar un estante más arriba del que estaba examinando-. ¡Este chisme me está poniendo negra! ¡No hay forma de cazarlo! Pero se me ocurre una idea -añadió, repentinamente iluminada-. Voy a seguirlo de estante en estante hasta el más alto... ¡Veremos cómo se las arregla para atravesar el techo!
 Pero se las arregló... ¡vaya que si se las arregló! El objeto se coló por el techo, como si fuera la cosa más natural del mundo...
 -¿Tú qué eres, una niña o una peonza? -le preguntó la Oveja mientras se armaba con un nuevo par de agujas-. ¡Me vas a marear, si sigues dando vueltas!
 La Oveja estaba tejiendo con catorce pares de agujas, y Alicia la miraba asombrada.
 -¿Cómo se las arreglará para tejer con tantas agujas a la vez? -se decía la niña-. ¡Con tanta aguja está empezando a parecerse un erizo!
 -¿Sabes remar? -le preguntó la Oveja, mientras le ofrecía a la niña un par de agujas.
 -Pues sí... algo..., ¡pero nunca lo he probado en tierra firme y con un par de agujas! -comenzó a decir Alicia; pero, al instante, las agujas se transformaron en remos y la niña vio que se encontraban en una barquita que se deslizaba por el río entre dos verdes riberas... ¡así que no le quedaba más remedio que empuñar los remos como mejor sabía!»

   [El texto pertenece a la edición en español de Grupo Editorial Luis Vives, 2017, en traducción de Ramón Buckley. ISBN: 978-84-140-1030-3.]

viernes, 13 de marzo de 2020

La metamorforsis.- Franz Kafka (1883-1924)


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«Al despertar Gregorio Samsa una mañana, tras un sueño intranquilo, encontróse en su cama convertido en un monstruoso insecto. Hallábase echado sobre el duro caparazón de su espalda, y, al alzar un poco la cabeza, vio la figura convexa de su vientre oscuro, surcado por curvadas callosidades, cuya prominencia apenas si podía aguantar la colcha, que estaba visiblemente a punto de escurrirse hasta el suelo. Innumerables patas, lamentablemente escuálidas en comparación con el grosor ordinario de sus piernas, ofrecían a sus ojos el espectáculo de una agitación sin consistencia.
 -¿Qué me ha sucedido?
 No soñaba, no. Su habitación, una habitación de verdad, aunque excesivamente reducida, aparecía como de ordinario entre sus cuatro harto conocida paredes. Presidiendo la mesa, sobre la cual estaba esparcido un muestrario de paños -Samsa era viajante de comercio-, colgaba una estampa ha poco recortada de una revista ilustrada y puesta en un lindo marco dorado. Representaba esta estampa una señora tocada con un gorro de pieles, envuelta en un boa también de pieles, y que, muy erguida, esgrimía contra el espectador un amplio manguito, asimismo de piel, dentro del cual desaparecía todo su antebrazo.
 Gregorio dirigió luego la vista hacia la ventana: el tiempo nublado (sentíanse repiquetear en el cinc del alféizar las gotas de lluvia) infundióle una gran melancolía.
 -Bueno -pensó-; ¿qué pasaría si yo siguiese durmiendo un rato y me olvidase de todas las fantasías? -Mas era esto algo de todo punto irrealizable, porque Gregorio tenía la costumbre de dormir sobre el lado derecho, y su actual estado no le permitía adoptar esta postura. Aunque se empeñaba en permanecer sobre el lado derecho, forzosamente volvía a caer de espaldas. Mil veces intentó en vano esta operación; cerró los ojos para no tener que ver aquel rebullicio de las piernas, que no cesó hasta que un dolor leve y punzante al mismo tiempo, un dolor jamás sentido hasta aquel momento, comenzó a aquejarle en el costado.
 -¡Ay, Dios! -díjose entonces-. ¡Qué cansada es la profesión que he elegido! Un día sí y otro también de viaje. La preocupación de los negocios es mucho mayor cuando se trabaja fuera que cuando se trabaja en el mismo almacén, y no hablemos de esta plaga de los viajes: cuidarse de los enlaces de los trenes, la comida mala, irregular; relaciones que cambian de continuo, que no duran nunca, que no llegan nunca a ser verdaderamente cordiales, y en que el corazón nunca puede tener parte. ¡Al diablo con todo!
 Sintió en el vientre una ligera picazón. Lentamente, se estiró sobre la espalda, alargándose en dirección a la cabecera, a fin de poder alzar mejor la cabeza. Vio que el sitio que le escocía estaba cubierto de unos puntitos blancos, que no supo explicarse. Quiso aliviarse tocando el lugar del escozor con una pierna; pero hubo de retirar ésta inmediatamente, pues el roce le producía escalofríos.
Resultado de imagen de la metamorfosis alianza editorial -Estos madrugones -díjose- le entontecen a uno por completo. El hombre necesita dormir lo justo. Hay viajantes que se dan una vida de odaliscas. Cuando a media mañana regreso a la fonda para anotar los pedidos, me los encuentro muy sentados, tomándose el desayuno. Si yo, con el jefe que tengo, quisiese hacer lo mismo, me vería en el acto de patitas en la calle. Y ¿quién sabe si esto no sería para mí lo más conveniente? Si no fuese por mis padres, ya hace tiempo que me hubiese despedido. Me hubiera presentado ante el jefe y, con toda mi alma, le habría manifestado mi modo de pensar. ¡Se cae del pupitre! Que también tiene lo suyo eso de sentarse encima del pupitre para, desde aquella altura, hablar a los empleados, que, como él es sordo, han de acercársele mucho. Pero, lo que es la esperanza, todavía no la he perdido del todo. En cuanto tenga reunida la cantidad necesaria para pagarle la deuda de mis padres -unos cinco o seis años todavía-, ¡vaya si lo hago! Y entonces, sí que me redondeo. Bueno; pero por ahora, lo que tengo que hacer es levantarme, que el tren sale a las cinco.
 Volvió los ojos hacia el despertador que hacía su tictac encima del baúl.
 -¡Santo Dios! -exclamó para sus adentros.
 Eran las seis y media y las manecillas seguían avanzando tranquilamente. Es decir, ya era más. Las manecillas estaban casi en menos cuarto. ¿Es que no había sonado el despertador? Desde la cama podía verse que estaba puesto efectivamente en las cuatro; por tanto, tenía que haber sonado. Mas ¿era posible seguir durmiendo impertérrito, a pesar de aquel sonido que conmovía hasta a los mismos muebles? Su sueño no había sido tranquilo. Pero, por lo mismo, probablemente tanto más profundo. Y ¿qué se hacía él ahora? El tren siguiente salía a las siete; para cogerlo era preciso darse una prisa loca. El muestrario no estaba aún empaquetado y, por último, él mismo no se sentía nada dispuesto. Además, aunque alcanzase el tren, no por ello evitaría la filípica del amo, pues el mozo del almacén, que habría bajado al tren de las cinco, debía de haber dado ya cuenta de su falta. Era el tal mozo una hechura del amo, sin dignidad ni consideración. Y si dijese que estaba enfermo, ¿qué pasaría? Pero esto, además de ser muy penoso, infundiría sospechas, pues Gregorio, en los cinco años que llevaba empleado, no había estado malo ni una sola vez. Vendría de seguro el principal con el médico del Montepío. Se desataría en reproches, delante de los padres, respecto a la holgazanería del hijo, y cortaría todas las objeciones alegando el dictamen del galeno, para quien todos los hombres están siempre sanos y sólo padecen de horror al trabajo. Y la verdad es que, en este caso, su opinión no habría carecido completamente de fundamento. Salvo cierta somnolencia, desde luego superflua después de tan prolongado sueño, Gregorio sentíase admirablemente, con un hambre particularmente fuerte.
 Mientras pensaba y meditaba atropelladamente, sin poderse decidir a abandonar el lecho, y justo en el momento en que el despertador daba las siete menos cuarto, llamaron quedo a la puerta que estaba junto a la cabecera de la cama.
 -Gregorio -dijo una voz, la de la madre-, son las siete menos cuarto. ¿No ibas a marcharte de viaje?
 ¡Qué voz más dulce! Gregorio se horrorizó al oír en cambio la suya propia, que era la de siempre, sí, pero que salía mezclada con un doloroso e irreprimible pitido, en el cual las palabras, al principio claras, confundíanse luego, resonando de modo que no estaba uno seguro de haberlas oído. Gregorio hubiera querido contestar dilatadamente, explicarlo todo; pero, en vista de ello, limitóse a decir:
 -Sí, sí. Gracias, madre. Ya me levanto.
 A través de la puerta de madera, la mutación de la voz de Gregorio no debió de notarse, pues la madre se tranquilizó con esta respuesta y se retiró.»

    [El texto pertenece a la edición en español de Alianza Editorial, 1980. ISBN: 84-206-1004-6.]

martes, 5 de marzo de 2019

Fábulas.- Cayo Julio Higino (64 a.C.-17 d.C.)


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CXXVII.- Telégono
 
«1.-Telégono, hijo de Ulises y de Circe, enviado por su madre a buscar a su padre, fue arrastrado por una tempestad hasta Ítaca. Y allí, acuciado por el hambre, comenzó a devastar los campos. Ulises y Telémaco, que no sabían quién era, midieron sus armas con él.
 2.-Ulises fue asesinado por su hijo Telégono, porque se le había augurado que se guardara de una muerte procedente de su hijo. Cuando Telégono supo quién era, por mandato de Minerva, regresó con Telémaco y Penélope a su patria, a la isla de Eea. Llevaron el cadáver de Ulises ante Circe y allí le dieron sepultura.
 3.-Por consejo de la misma Minerva, Telégono y Telémaco tomaron por esposas a Penélope y a Circe respectivamente. De Circe y de Telémaco nació Latino, que dio su nombre a la lengua latina. De Penélope y de Telégono nació Ítalo, que dio su nombre a Italia.
[...]

CXXIX.- Eneo
 
 Cuando Líber llegó para hospedarse a casa de Eneo, hijo de Partaon, se enamoró de Altea, hija de Testio y esposa de Eneo. Al darse cuenta de ello, Eneo salió de la ciudad por propia iniciativa y fingió ofrecer unos sacrificios. Líber, por su parte, yació con Altea, de la que nació Deyanira. A cambio de su generosa hospitalidad Líber le dio a Eneo la vid como regalo y le enseñó el modo de cultivarla, y decidió que el fruto de ella fuera llamado óenos* por el nombre del anfitrión.     »
 

CXXX.- Icario y Erígone
 
  1.-Cuando Líber Pater se dirigió hacia los hombres para mostrarles la suavidad y dulzura de sus frutos, fue acogido en casa de Icario y Erígone con generosa hospitalidad. Les dio un odre lleno de vino como regalo y mandó que lo difundieran por todas las regiones.
 2.-Cargado un carro, llegó Icario con su hija Erígone y la perra Mera a la tierra del Ática y mostró a unos pastores tal género de dulzura. Como los pastores bebieron si ninguna moderación, cayeron embriagados. Pensando ellos que Icario les había propinado una pócima nociva, lo mataron a palos.
 3.-La perra Mera, por su parte, mostró a Erígone con sus ladridos que Icario había sido asesinado y dónde yacía su padre insepulto. Cuando llegó allí, se ahorcó en un árbol sobre el cuerpo de su padre. Por este hecho, Líber Pater, airado, afligió a las hijas de los atenienses con un castigo semejante.
 4.-Solicitaron entonces de Apolo un oráculo sobre este hecho, y se les respondió que habían desdeñado la muerte de Icario y de Erígone. Una vez dada esta respuesta, castigaron a los pastores e instituyeron en honor de Erígone la Fiesta de los Columpios por motivo de la peste y una libación con las primicias de los frutos durante la vendimia, en honor de Icario y Erígone.
5.-Por voluntad de los dioses, fueron inscritos en el número de los astros: Erígone es el signo de Virgo, a la que nosotros llamamos Justicia; Icario fue llamado Arturo entre las estrellas; y la perra Mera, Canícula.
 

CXXXI.- Niso
 
 1.-Cuando Líber guiaba a su séquito hacia la India, entregó la regencia del reino de Tebas a su ayo Niso, hasta que él volviera allí. Pero después de que Líber hubiera regresado, Niso se negó a cederle el trono.
 2.-Líber no quiso litigar con su ayo y permitió que éste ocupara el reino hasta encontrar la ocasión propicia de recuperarlo para sí. Y así, al cabo de dos años se congració con él y fingió que deseaba celebrar en el reino unos sacrificios que son llamados "Trietérica" porque los realizaba cada dos años. Introdujo soldados con atuendo femenino en lugar de bacantes, capturó a Niso y recobró su reino.
 
CXXXII.- Licurgo
 
 1.-Licuro, hijo de Driante, expulsó a Líber de su reino. Tras haber dicho que él no era un dios y después de haber bebido vino, estando ya ebrio, quiso violar a su propia madre. Entonces intentó arrancar las vides, porque decía que aquél era un brebaje nocivo que trastornaba las mentes.
 2.-Él, víctima a su vez de un ataque de locura infundido por Líber, mató a su esposa y a su hijo. Al propio Licurgo Líber lo arrojó a unas panteras en Ródope, que es un monte de Tracia, tierra sobre la que reinaba. Dice la tradición que aquí Licurgo se amputó un pie en lugar de cortar las vides.
 

CXXXIII.- Amón
 
 Se dice que cuando Líber buscaba agua en la India pero no la encontraba, surgió de repente un carnero de la arena, bajo cuya guía Líber encontró el agua. Pidió éste a Júpiter que lo incluyera en el número de los astros y todavía hoy es llamado Carnero equinoccial. Además, en este lugar donde había encontrado el agua erigió un templo que es llamado de Júpiter Amón.
 

CXXXIV.- Los tirrenos
 
1.-Los tirrenos, que más tarde fueron llamados etruscos, practicaban la piratería. Líber Pater, siendo un muchacho, se embarcó en una nave de ellos y les rogó que lo llevaran a Naxos. Ellos lo tomaron y quisieron violarlo a causa de su belleza, pero el timonel Acetes se lo impidió y sufrió injurias de su parte.
 2.-Al ver Líber que ellos permanecían en su propósito, convirtió los remos en tirsos, las velas en pámpanos, las maromas en yedra; después surgieron leones y panteras.
 3.-Ellos, cuando lo vieron, aterrados, se precipitaron al mar y todavía en el mar los transformó en otro prodigio, pues cada uno de los que se había arrojado al agua fue metamorfoseado en delfín, por lo que los delfines fueron llamados "tirrenos" y aquel mar es conocido como "Tirreno".
 4.-Fueron doce con los siguientes nombres: Etálides, Medón, Lícabas, Libis, Ofeltes, Melas, Alcimedonte, Epopeo, Dictis, Simón, Acetes; éste fue el timonel a quien Líber salvó por su clemencia.»
    
 
*Juego etimológico intraducible en español. En griego, vino es oinos, similar al nombre del anfitrión, Oineus (latín Oeneus > español Eneo).
 
      [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Gredos, 2009, en traducción de Javier del Hoyo y José Miguel García Ruíz. ISBN: 978-84-249-3598-6.]
 

viernes, 23 de diciembre de 2016

"Las metamorfosis".- Publio Ovidio Nasón (43 a.C. - 17 d. C.)


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 Libro duodécimo

«I. Argumento: Príamo, creyendo muerto a su hijo Esaco, manda celebrar sus exequias, a las cuales únicamente falta Paris, su hermano, que había marchado a Grecia.

 Príamo, que ignoraba la transformación de su hijo Esaco, lloraba su muerte, mientras que Héctor y los otros hermanos de ese infortunado príncipe le levantaban una tumba con su nombre inscrito en ella. Paris fue el único de los hijos de Príamo que no asistió a esta ceremonia. Éste es el mismo Paris que, por el rapto de Helena, proporcionó a su patria una sangrienta guerra. Toda la Grecia, conjurada, tomó las armas en favor de Menelao, esposo de esa princesa. Se reunieron mil embarcaciones y la afrenta hubiera sido bien pronto vengada si los vientos contrarios no hubieran impedido a la flota salir del puerto de Aulis. Cuando los griegos ofrecían en la orilla del mar un sacrificio a Júpiter, vieron a una serpiente que, subida a una llanura próxima al altar, devoró nueve pajarillos que estaban en su nido. Todos los que vieron este prodigio quedaron extrañados pero Calcas, que leía en el porvenir, les habló así: "Regocijaos, griegos; la ciudad de Troya será destruida, pero nos costará largos y penosos trabajos. Estos nueve pájaros que la serpiente acaba de devorar me anuncian que el sitio de esta ciudad durará nueve años." Durante este discurso, la serpiente, que estaba enroscada alrededor de un tronco, fue transmutada en árbol.
 Los vientos, siempre contrarios, impedían la salida de la flota y se temía que Neptuno favorecía a la ciudad de Troya, a la que él mismo levantó sus murallas. Calcas pensaba de otra manera; sabía que para salir del puerto de Aulis era preciso sacrificar a una virgen, para aplacar a Diana, irritada contra Agamenón. Así que el interés de lo público triunfó sobre el cariño paternal y los sentimientos de rey se impusieron a los de padre. Los pastores, deshechos en llanto, condujeron a Ifigenia al altar. Diana, apaciguada por esta sumisión, raptó entre una nube al altar y los sacrificadores, y puso en lugar de la princesa una serpiente, que fue inmolada. Después de este sacrificio, la mar se tranquilizó y un viento favorable condujo en poco tiempo la flota griega a las playas de Troya.
 El centro del Universo es un lugar igualmente alejado del cielo, de la tierra y del mar, y que sirve de límite a estos tres imperios. Se descubre desde este punto todo lo que pasa en el mundo y se oye todo lo que se dice. En este lugar habita la Fama sobre una torre rodeada de mil avenidas. El techo está horadado por todas partes; no se encuentra en ella ninguna puerta y permanece abierta día y noche. Las murallas están hechas de un metal sonoro, que repite todo lo que por el mundo se dice. Aunque el reposo y el silencio sean desconocidos en este lugar, jamás se oyen grandes gritos; solamente un ruido sordo y confuso, que semeja al del mar lejano o al que hacen las nubes después del relámpago. Los pórticos de este palacio están siempre llenos de una gran multitud que va y viene sin cesar; se oyen  mil comentarios, tan pronto verdaderos como falsos. Allí reina la tonta credulidad, el error, una falsa alegría, el temor de alarmas sin fundamento, la sedición y los murmullos misteriosos de autores desconocidos. La Fama, que es de aquel lugar la soberana, ve todo lo que en el cielo, mar y tierra sucede y examina todo con inquieta curiosidad.
 Como la Fama ya había prevenido a los troyanos que los griegos venían a atacarlos con una poderosa flota, no se sorprendieron de su llegada. En el primer combate que se libró perdió la vida Protesilao; la muerte de este ilustre griego hizo concebir ideas de venganza que serían satisfechas sobre Héctor. Esta primera batalla costó mucha sangre a los griegos y la pérdida de valientes capitanes. Las pérdidas de los troyanos fueron también considerables. El promontorio de Sigeo estaba tinto en sangre. En el calor del combate, Cione, que debía el ser a Neptuno, mató por su propia mano a numerosos griegos. Aquiles, subido en su carro, se abre paso a través de las legiones. Arrasa todo lo que encuentra a merced y se encuentra con unos enemigos tan invencibles como Héctor y Cione. Excita con sus gritos a los caballos, se acerca a Cione y blandiendo su pica con aire amenazador, le dirigió estas palabras: "Quienquiera que seáis, joven temerario, tendréis, al morir, el consuelo de haber sido vencido por Aquiles." Esto decía y al mismo tiempo le arrojó su lanza; el golpe no hizo blanco y Cione, que quedó ileso, replicóle: "Hijo de Tetis, parecéis sorprendido de que vuestra lanza no haya maltratado mi cuerpo. Cese vuestra extrañeza; este casco que llevo sobre mi cabeza y esta malla me sirven más que de adorno. Despojado de mis armas no soy menos invulnerable. Es glorioso, no os lo niego, tener por madre a una Nereida; pero lo es infinitamente más tener por padre al dueño de Nereo, de sus hijas y el soberano de los mares." Así hablaba Cione cuando lanzó su pica contra Aquiles con tanta furia que atravesó los nueve primeros cueros y no se paró hasta el décimo. Aquiles, después de arrancarla, dirigió a su enemigo otro segundo golpe tan desafortunado como el primero; en seguida, un tercero, que no tuvo mejor éxito. Furioso como un toro, Aquiles miró la punta de su lanza para ver si seguía el hierro en ella.»