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viernes, 14 de agosto de 2020

El origen de las especies.- Charles Darwin (1809-1882)

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IV.-Selección natural, o la supervivencia de los más aptos

  «Puede decirse metafóricamente que la selección natural está haciendo diariamente, y hasta por horas en todo el mundo, el escrutinio de las variaciones más pequeñas; desechando las que son malas, conservando y acumulando las que son buenas, trabajando insensible y silenciosamente donde y cuando se presenta una oportunidad en el mejoramiento de todo ser orgánico, en relación con sus condiciones orgánicas e inorgánicas de vida. Nada vemos de estos pequeños cambios en progreso, hasta que la mano del tiempo haya marcado el sello de las edades, y aun entonces tan imperfecta es nuestra vista para alcanzar a las épocas geológicas remotas, que lo único que vemos es que no son hoy las formas de vida lo que en otro tiempo fueran.
 Para que una especie pase por una gran cantidad de modificación, es preciso que una variedad ya formada quizás, después de un largo intervalo de tiempo, siga variando o presentando diferencias individuales de la misma naturaleza favorable que antes; es necesario también que estas diferencias se conserven, y así sucesivamente, paso por paso. Apenas puede considerarse como inverosímil esta suposición, puesto que vemos que continuamente vuelven a ocurrir diferencias individuales de la misma clase; pero si es verdadera, sólo lo podemos juzgar viendo cuán de acuerdo está la hipótesis  con los fenómenos generales de la naturaleza, y de qué  modo los explica. Por otra parte, la opinión ordinaria de que la suma de variación posible es una cantidad estrictamente limitada, es asimismo una simple aseveración.
 Aunque la selección natural pueda solamente obrar por y para el bien de cada ser, los caracteres y las estructuras que estamos dispuestos a considerar de importancia muy secundaria, pueden ser de este modo influidos por ella. Cuando vemos coloreados de verde a los insectos que se alimentan de hojas, y moteados en gris a los que se alimentan de cortezas; al ptarmigan de los Alpes blanco en invierno, la gallina silvestre del color del brezo, tenemos que creer que estos tintes son útiles para dichos pájaros o insectos, porque los preservan de peligros. Las gallinas silvestres llegarían a ser innumerables, si no se destruyeran en algún período de sus vidas: ya se sabe que sufren mucho por las aves de rapiña, que se guían por su vista para hacer su presa, de tal modo que, en algunas partes del continente, se aconseja a la gente que no tenga palomas blancas, porque son las que están más expuestas. Se comprende que la selección natural produzca efectos, al dar a cada gallina silvestre el color conveniente, y al conservar ese color constante y verdadero una vez adquirido. No debemos creer tampoco que la destrucción accidental de un animal de un color particular produciría un efecto pequeño: recordemos cuán esencial es en un rebaño de carneros blancos destruir el carnero que presente la mancha negra más insignificante. Hemos visto cómo el color de los cerdos que se alimentan de la raíz de la pintura en Virginia, determina si vivirán o no. En las plantas, la pelusa que tienen ciertas frutas, el color de su carne, son considerados por los botánicos como caracteres de una importancia muy insignificante; sin embargo, sabemos por un excelente horticultor, Downing, que en Estados Unidos las frutas de piel lisa son mucho más atacadas por una especie de gusano que las que la tienen vellosa; que las ciruelas de color púrpura sufren más de cierta enfermedad que las amarillas, mientras que otra enfermedad ataca más a los melocotones de carne amarilla que a los que la tienen de otro color. Si con todos los auxilios del arte estas pequeñas diferencias hacen una gran diferencia al cultivar las diversas variedades, seguramente en el estado silvestre en que los árboles tienen que luchar con otros árboles y con una caterva de enemigos, esas diferencias acabarán por fijar qué variedad ha de obtener el triunfo, si la piel lisa o vellosa, si la fruta de carne amarilla o color de púrpura.
 Al considerar muchos puntos pequeños de diferencia entre las especies que, en cuanto nuestra ignorancia nos permite formar juicio, parecen no tener importancia alguna, no debemos de olvidar que el clima, el alimento, etc., han producido sin duda algún efecto directo. También es necesario tener presente que, por la ley de correlación, cuando varía una parte y se acumulan las variaciones por medio de la selección natural, tienen que seguirse a menudo otras modificaciones de la naturaleza más inesperada.
El origen de las especies: Amazon.es: Darwin, Charles: Libros Así como vemos que aquellas variaciones que en la domesticidad aparecen en cualquier período particular de la vida tienden a reaparecer en los descendientes en la misma época; por ejemplo: la forma, tamaño y sabor de las semillas de las muchas variedades de nuestras plantas culinarias y agrícolas; en los períodos de oruga y capullo de las variedades del gusano de seda, en los huevos de corral y en el color de la pluma de los pollos; en los cuernos de nuestros carneros y vacas cuando van a llegar a la edad adulta; del mismo modo en el estado silvestre la selección natural podrá ejercer su acción y modificar seres orgánicos en cualquier edad acumulando las variaciones ventajosas en dicha edad y por medio de la herencia, en una que sea correspondiente. Si conviene a una planta que el viento disemine más y más extensamente sus semillas, no veo mayor dificultad en que esto se efectúe por medio de la selección natural que la que tiene el plantador de algodón en aumentar y mejorar por medio de la selección el vello en las vainas de sus algodoneros. La selección natural puede modificar y adaptar la larva de un insecto a una porción de contingencias completamente distintas de las que conciernen al insecto ya maduro; y estas modificaciones pueden afectar por la correlación la estructura del adulto. Así también, por el contrario, las modificaciones en el adulto pueden afectar la estructura de la larva; pero en todos los casos la selección natural asegurará que dichas modificaciones no serán nocivas, porque si lo fuera la especie se extinguiría.
 La selección natural modificará la conformación del joven con relación al padre y del padre con relación al joven. En los animales sociales adaptará la estructura de cada individuo al provecho de toda la comunidad, si la comunidad gana con el cambio seleccionado. Lo que la selección natural no puede hacer es modificar la estructura de una especie sin darle ninguna ventaja y en provecho de otra especie; y aunque hay en las obras de historia natural manifestaciones que tienden a probarlo, no he podido encontrar un solo caso que salga bien de la investigación. Una conformación usada solamente una vez en la vida de un animal puede ser modificada algún tanto por la selección natural si es de alta importancia para aquel; por ejemplo, las grandes quijadas que poseen ciertos insectos y que las usan exclusivamente para abrir el capullo, o la extremidad endurecida del pico de los pájaros que no han salido del cascarón, y que es por ellos usada para romper el huevo.»

   [El texto pertenece a la edición en español de Ciro Ediciones, 2011, en traducción de Enrique Godínez. Depósito legal: M-7406-2011.]

viernes, 13 de marzo de 2020

La metamorforsis.- Franz Kafka (1883-1924)


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«Al despertar Gregorio Samsa una mañana, tras un sueño intranquilo, encontróse en su cama convertido en un monstruoso insecto. Hallábase echado sobre el duro caparazón de su espalda, y, al alzar un poco la cabeza, vio la figura convexa de su vientre oscuro, surcado por curvadas callosidades, cuya prominencia apenas si podía aguantar la colcha, que estaba visiblemente a punto de escurrirse hasta el suelo. Innumerables patas, lamentablemente escuálidas en comparación con el grosor ordinario de sus piernas, ofrecían a sus ojos el espectáculo de una agitación sin consistencia.
 -¿Qué me ha sucedido?
 No soñaba, no. Su habitación, una habitación de verdad, aunque excesivamente reducida, aparecía como de ordinario entre sus cuatro harto conocida paredes. Presidiendo la mesa, sobre la cual estaba esparcido un muestrario de paños -Samsa era viajante de comercio-, colgaba una estampa ha poco recortada de una revista ilustrada y puesta en un lindo marco dorado. Representaba esta estampa una señora tocada con un gorro de pieles, envuelta en un boa también de pieles, y que, muy erguida, esgrimía contra el espectador un amplio manguito, asimismo de piel, dentro del cual desaparecía todo su antebrazo.
 Gregorio dirigió luego la vista hacia la ventana: el tiempo nublado (sentíanse repiquetear en el cinc del alféizar las gotas de lluvia) infundióle una gran melancolía.
 -Bueno -pensó-; ¿qué pasaría si yo siguiese durmiendo un rato y me olvidase de todas las fantasías? -Mas era esto algo de todo punto irrealizable, porque Gregorio tenía la costumbre de dormir sobre el lado derecho, y su actual estado no le permitía adoptar esta postura. Aunque se empeñaba en permanecer sobre el lado derecho, forzosamente volvía a caer de espaldas. Mil veces intentó en vano esta operación; cerró los ojos para no tener que ver aquel rebullicio de las piernas, que no cesó hasta que un dolor leve y punzante al mismo tiempo, un dolor jamás sentido hasta aquel momento, comenzó a aquejarle en el costado.
 -¡Ay, Dios! -díjose entonces-. ¡Qué cansada es la profesión que he elegido! Un día sí y otro también de viaje. La preocupación de los negocios es mucho mayor cuando se trabaja fuera que cuando se trabaja en el mismo almacén, y no hablemos de esta plaga de los viajes: cuidarse de los enlaces de los trenes, la comida mala, irregular; relaciones que cambian de continuo, que no duran nunca, que no llegan nunca a ser verdaderamente cordiales, y en que el corazón nunca puede tener parte. ¡Al diablo con todo!
 Sintió en el vientre una ligera picazón. Lentamente, se estiró sobre la espalda, alargándose en dirección a la cabecera, a fin de poder alzar mejor la cabeza. Vio que el sitio que le escocía estaba cubierto de unos puntitos blancos, que no supo explicarse. Quiso aliviarse tocando el lugar del escozor con una pierna; pero hubo de retirar ésta inmediatamente, pues el roce le producía escalofríos.
Resultado de imagen de la metamorfosis alianza editorial -Estos madrugones -díjose- le entontecen a uno por completo. El hombre necesita dormir lo justo. Hay viajantes que se dan una vida de odaliscas. Cuando a media mañana regreso a la fonda para anotar los pedidos, me los encuentro muy sentados, tomándose el desayuno. Si yo, con el jefe que tengo, quisiese hacer lo mismo, me vería en el acto de patitas en la calle. Y ¿quién sabe si esto no sería para mí lo más conveniente? Si no fuese por mis padres, ya hace tiempo que me hubiese despedido. Me hubiera presentado ante el jefe y, con toda mi alma, le habría manifestado mi modo de pensar. ¡Se cae del pupitre! Que también tiene lo suyo eso de sentarse encima del pupitre para, desde aquella altura, hablar a los empleados, que, como él es sordo, han de acercársele mucho. Pero, lo que es la esperanza, todavía no la he perdido del todo. En cuanto tenga reunida la cantidad necesaria para pagarle la deuda de mis padres -unos cinco o seis años todavía-, ¡vaya si lo hago! Y entonces, sí que me redondeo. Bueno; pero por ahora, lo que tengo que hacer es levantarme, que el tren sale a las cinco.
 Volvió los ojos hacia el despertador que hacía su tictac encima del baúl.
 -¡Santo Dios! -exclamó para sus adentros.
 Eran las seis y media y las manecillas seguían avanzando tranquilamente. Es decir, ya era más. Las manecillas estaban casi en menos cuarto. ¿Es que no había sonado el despertador? Desde la cama podía verse que estaba puesto efectivamente en las cuatro; por tanto, tenía que haber sonado. Mas ¿era posible seguir durmiendo impertérrito, a pesar de aquel sonido que conmovía hasta a los mismos muebles? Su sueño no había sido tranquilo. Pero, por lo mismo, probablemente tanto más profundo. Y ¿qué se hacía él ahora? El tren siguiente salía a las siete; para cogerlo era preciso darse una prisa loca. El muestrario no estaba aún empaquetado y, por último, él mismo no se sentía nada dispuesto. Además, aunque alcanzase el tren, no por ello evitaría la filípica del amo, pues el mozo del almacén, que habría bajado al tren de las cinco, debía de haber dado ya cuenta de su falta. Era el tal mozo una hechura del amo, sin dignidad ni consideración. Y si dijese que estaba enfermo, ¿qué pasaría? Pero esto, además de ser muy penoso, infundiría sospechas, pues Gregorio, en los cinco años que llevaba empleado, no había estado malo ni una sola vez. Vendría de seguro el principal con el médico del Montepío. Se desataría en reproches, delante de los padres, respecto a la holgazanería del hijo, y cortaría todas las objeciones alegando el dictamen del galeno, para quien todos los hombres están siempre sanos y sólo padecen de horror al trabajo. Y la verdad es que, en este caso, su opinión no habría carecido completamente de fundamento. Salvo cierta somnolencia, desde luego superflua después de tan prolongado sueño, Gregorio sentíase admirablemente, con un hambre particularmente fuerte.
 Mientras pensaba y meditaba atropelladamente, sin poderse decidir a abandonar el lecho, y justo en el momento en que el despertador daba las siete menos cuarto, llamaron quedo a la puerta que estaba junto a la cabecera de la cama.
 -Gregorio -dijo una voz, la de la madre-, son las siete menos cuarto. ¿No ibas a marcharte de viaje?
 ¡Qué voz más dulce! Gregorio se horrorizó al oír en cambio la suya propia, que era la de siempre, sí, pero que salía mezclada con un doloroso e irreprimible pitido, en el cual las palabras, al principio claras, confundíanse luego, resonando de modo que no estaba uno seguro de haberlas oído. Gregorio hubiera querido contestar dilatadamente, explicarlo todo; pero, en vista de ello, limitóse a decir:
 -Sí, sí. Gracias, madre. Ya me levanto.
 A través de la puerta de madera, la mutación de la voz de Gregorio no debió de notarse, pues la madre se tranquilizó con esta respuesta y se retiró.»

    [El texto pertenece a la edición en español de Alianza Editorial, 1980. ISBN: 84-206-1004-6.]

viernes, 29 de noviembre de 2019

La vida de los insectos.- Viktor Pelevin (1962)

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I.-El bosque ruso

«Arthur alzó el vuelo e, intentando zumbar lo más quedo posible, se acercó a Sam. Éste todavía no había hecho ningún agujero y se encontraba sentado en unos montículos de la piel, entre los cuales se elevaban varios pelos que hacían pensar en abedules jóvenes.
 Sam se levantó, se apoyó sobre uno de los abedules y, pensativo, fijó la mirada en los cerros lejanos de los pezones cubiertos de espesos matorrales rojizos.
 -¿Saben? -dijo Sam cuando Arthur aterrizó a su lado-. Yo viajo mucho y siempre me sorprende lo irrepetible y único de cada paisaje. Hace no mucho estuve en México. Por supuesto, no se puede comparar. Aquella es una naturaleza rica, generosa, incluso demasiado generosa. A veces sucede que, para poder beber, hay que adentrarse mucho en los matojos pectorales hasta encontrar el lugar apropiado. No te puedes descuidar ni un instante, porque desde la cima de un pelo puede lanzarse contra ti un piojo salvaje y entonces...
 -¡Cómo! ¿Puede abalanzársete un piojo? -preguntó incrédulo Arthur.
 -Verán, los piojos mexicanos son muy perezosos y por supuesto les resulta más fácil chupar la sangre del delicado estómago de un mosquito que procurarse el alimento a base de trabajo honrado. Sin embargo, son muy torpes y, cuando un piojo se te echa encima, suele darte tiempo de levantar el vuelo. Pero luego, en el aire, te puede atacar una pulga. En pocas palabras, es un mundo difícil, cruel y, al mismo tiempo, apasionante. Aunque a mí, debo reconocerlo, me gusta más Japón. Inmensos espacios amarillos, casi privados de vegetación, pero que no tienen aspecto de desierto. Cuando los ves desde lo alto te parece que has caído en la antigüedad profunda. Bueno, créanme que es algo digno de verse. No hay nada más hermoso que las nalgas japonesas cuando los primeros rayos del sol las iluminan con su luz dorada y sopla un viento suave... ¡Dios mío, qué hermosa puede ser la vida!
 -¿Y le gusta lo de aquí?
 -Cada paisaje tiene su encanto -respondió Sam de manera evasiva-. Yo compararía estos parajes (señaló con la cabeza la oreja que sobresalía del cuello) con Canadá, con la región de los Grandes Lagos. Sólo que aquí todo está más cerca de la naturaleza indómita, todos los olores son naturales... (Tocó con la pata la base de un pelo.) Casi hemos olvidado el olor de nuestra húmeda madre-piel...
 Por el tono con que Sam pronunció estas últimas palabras, Arthur entendió que estaba haciendo gala de conocer los giros idiomáticos del ruso.
 -En una palabra -añadió Sam-, la diferencia es más o menos la misma que entre Japón y China.
 -¿Ha estado usted en China? -preguntó Arthur.
 -He tenido ocasión.
 -¿Y en África?
 -Varias veces.
 -¿Y qué tal?
 -No puedo decir que me haya gustado particularmente. Uno tiene la sensación de haber caído en otro planeta. Todo es negro, sombrío. Y además... Entiéndanme bien, no es que sea racista, pero los mosquitos locales...
 Arthur no encontró más preguntas que hacer; entonces Sam le sonrió, amable, y se puso manos a la obra. Todo era insólito. Separó las protuberancias laterales y su aguda trompa comenzó a girar a una velocidad increíble y se hundió en el suelo junto a la base del abedul más cercano como se hunde un cuchillo en un trozo de embutido.
 Arthur también estaba listo para saciar su apetito, pero tras imaginar su burda y gruesa nariz entrando con un crujido en la piel rígida, se sintió avergonzado y decidió esperar. Sam se las había ingeniado para encontrar el capilar desde el primer intento y su barriguita iba perdiendo poco a poco el tono marrón y se teñía de rojo.
 La superficie bajo los pies tembló y hasta ellos llegó el suave mugido de una exhalación. Arthur estaba convencido de que el cuerpo hacía eso por razones propias e internas, que nada tenían que ver con lo que estaba sucediendo, pero de todas formas se sintió ligeramente incómodo.
 -Sam -dijo-, quítese. Esto no es Japón.
 Sam no prestó ninguna atención a esas palabras. Arthur lo miró y se estremeció. El sedoso pico de Sam, hasta hacía sólo un momento tan sensato e inteligente, se desfiguró de forma muy extraña, y sus ojos prominentes y peludos, rodeados de una delgada línea negra que hacía pensar en un par de lentes, perdieron toda expresión, como si hubieran dejado de ser el espejo del alma para convertirse en dos faros apagados. Arthur se acercó y lo empujó ligeramente.
 -Eh -le dijo con insistencia-, ya es hora.
 Sam no reaccionó. Entonces Arthur lo empujó con más fuerza, pero aquél parecía estar hundido en la tierra. Su panza continuaba inflándose. De pronto el cuerpo que estaba bajo sus pies se giró y dejó escapar un rugido ronco. Presa del pánico, Arthur pegó un salto y gritó con todas sus fuerzas:
 -¡Arnold! ¡Aquí!
 Pero Arnold, alertado por el ajetreo y los gritos, ya se acercaba volando.
 -¿Por qué zumbas tan alto? ¿Qué pasa?
 -Algo le sucede a Sam -respondió Arthur-. Creo que se ha paralizado. No logro moverlo.
 -Llevémoslo en alas. Así, muy bien. Cuidado, le estás pisando una pata. Sam, ¿puede volar?
 Sam asintió débilmente con la cabeza. La piel sobre la que estaban parados se estremeció y comenzó  a escurrirse hacia la derecha.»

   [El texto pertenece a la edición en español de Círculo de Lectores, 2001, en traducción de Selma Ancira. ISBN: 84-226-8915-4.]

martes, 25 de abril de 2017

"Doce pequeños huéspedes".- Karl R. von Frisch (1886-1982)


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12.- Garrapatas
 Biografía habitual de una garrapata

«Una vez que han caído al suelo, las hembras empiezan a los catorce días la puesta de los huevos, los que llevan consigo sobre la cabeza y en el lomo. Después de que se han entregado durante algunas semanas a esa ocupación, se van consumiendo poco a poco y mueren cubiertas por algunos millares de huevos.
 Cuando las garrapatas pequeñuelas hacen eclosión de los huevos sólo tienen al principio seis patas, lo que es realmente algo inaudito para un arácnido. El último par de patas crecerá algo más tarde. Durante los dos primeros estadios larvales suelen saciar sus ansias de sangre en las lagartijas y en las culebras, a veces también en los polluelos de las aves que construyen sus nidos en el suelo. Los nidos que se encuentran elevados, en los arbustos y en los árboles, no están al alcance de su esfera vital. Su tercer y último almuerzo de sangre lo hacen por regla general en el cuerpo de un mamífero.
 Todo esto suena muy fácil. Pero imaginémonos por un momento que somos unas garrapatas diminutas y que nos encontramos por la hierba o en alguna hoja cercana al suelo, sabiendo que no encontraremos nada de comer hasta que no nos hayamos encaramado a lo alto de una lagartija o, si es que somos mayores, hasta que no hayamos trepado por las patas de un zorro o de algún otro mamífero...; pienso que se nos irían las ganas de vivir. Cómo se las arreglan las garrapatas más jóvenes para hacerse con su lagartija, eso es algo que no sé. Probablemente no hagan nada más que ponerse a esperar, a ver si una les pasa por encima por casualidad, para poderse aprovechar entonces de la ocasión. Muchas garrapatas jóvenes esperarán en verdad inútilmente; la mayoría morirá miserablemente de hambre. No obstante, dos circunstancias impiden la extinción de las garrapatas.
 En primer lugar, no se mueren tan fácilmente de hambre. Incluso las más jóvenes pueden esperar perfectamente durante un año su primer almuerzo. Una persona bastante incrédula y desconfiada decapitó a sus garrapatas para estar completamente seguro de que no tomarían comida a escondidas. En su descabezamiento vivieron aún cuatro largos años y no murieron tampoco de muerte natural. Pues bien, con esto las cosas se ven algo distintas. Cierto es que no hay demasiadas posibilidades de que hoy o mañana se deslice un reptil por encima de nosotros, si nos encontramos como un puntito diminuto perdidos en la hierba. Pero con el correr de los meses puede ocurrir muy bien tal cosa; y si no ocurre ahora, será el año que viene. Pero si los lugares son los inapropiados y toda la espera resulta inútil, dejando a un lado los destinos individuales, todo esto será compensado por lo numeroso de la prole. Es ley universal de la naturaleza que los animales con bajas esperanzas de vida se caracterizan por engendrar una prole especialmente numerosa. Entre esos millares de retoños de garrapata, alguno que otro, después de haber esperado y pasado hambre durante el tiempo suficiente, será rozado por una lagartija o por una culebra.
 Las garrapatas mayorcitas, por las que somos tenidos en cuenta como posibles donantes de sangre, son algo más emprendedoras. Trepan por los hierbajos y se apostan en las cabezas de los tallos a la espera de algo comestible. Con frecuencia eligen sus asientos en lugares más elevados, para dejarse caer en el momento apropiado. No podré olvidar nunca un descanso que hicimos bajo el tosco tejado de tablas de una glorieta a orillas del lago Wolfgangsee. Poco después estábamos cubiertos de garrapatas. ¿Cómo advirtieron nuestra presencia?

 Animales faltos de gusto

 Nuestras garrapatas no tienen ojos. Las del tejado, por tanto, no pudieron habernos visto. Ellas mismas revelan al observador atento el sentido que están utilizando. Olfatean mientras se encuentran apostadas y al acecho en sus elevados lugares.
 El acto de olfatear, por cierto, reviste formas distintas a las nuestras entre las garrapatas. Y es que sus órganos olfatorios se hallan en pequeñas hendiduras situadas cerca de los extremos del primer par de patas. Es por eso por lo que se sientan con las patas delanteras levantadas y ejecutan una especie de lento pataleo en cuanto son excitadas por algún olor.
 Además de esto, un sentido del calor muy desarrollado significa una ayuda importante para encontrar a su huésped. Si colocamos algunas garrapatas sobre la superficie de un papel y mantenemos un objeto caliente a varios centímetros de ellas, los animales se encaminarán hacia el objeto y se dejarán conducir por la fuente de calor hacia el sitio que uno quiera.
 Si se les va guiando entonces hasta un campo aromático atrayente, hasta las emanaciones de un trozo bien oculto de piel fresca, por ejemplo, empezarán inmediatamente a mover en el aire las patas delanteras, las que mantienen elevadas durante la marcha como si se tratase de antenas, se detendrán y se quedarán clavados en un punto.
 Es evidente que también en la naturaleza serán dirigidas desde sus puestos de acecho hasta el huésped por el calor que despiden los animales y el hombre, a lo que sumarán las percepciones olfativas.
 Con el fin de poder observar mejor su manera de comer, se ha intentado inducir a las garrapatas a chupar de una botellita llena de sangre, a la que se había provisto de una membrana delgada como tapa. Si la sangre se calienta a la temperatura necesaria, serán atraídas por ella, pero no la chuparán. Es muy probable que el sentido del olfato le sindique que no se encuentran en el terreno apropiado. Efectivamente, sólo necesitamos amputarles los extremos de las patas con las hendiduras olfativas y tendremos un éxito completo. En el momento mismo en que la nariz cesa de producir su alarma, el calor cautivante adquiere una fuerza seductora. Taladran entonces la membrana con sus trompas y se llenan el estómago con el contenido de la botellita, importándoles bien poco si el contenido está compuesto realmente por sangre o si un hombre movido por las ansias de saber la ha llenado de sopa, ácido acético o agua salada. Parece ser que carecen totalmente del sentido del gusto. Desde tiempos inmemoriales el calor y el aroma han sido más que suficientes para conducirlas hasta las fuentes de las que manaba el zumo vivificante de sus vidas. La creación no tuvo para nada en cuenta las artimañas de la ciencia.»

 

sábado, 16 de abril de 2016

"Hijos de la ira".- Dámaso Alonso (1898-1990)


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Nota preliminar a "Los insectos"

 "Protesta usted, indignada, de mi poema Los insectos. Ya la hubiera querido ver a usted en aquella noche de agosto de 1932, en este desierto de Chamartín, en este Chamartín, no de la Rosa, sí del cardo corredor, de la lata vieja y del perro muerto. Altas horas. La ventana abierta, la lámpara encendida, trabajaba yo. Y sobre la lámpara, sobre mi cabeza, sobre la mesa, se precipitaban inmensas bandadas de insectos, unos pegajosos y blandos, otros con breve choque de piedra o de metal: brillantes, duros, pesados coleópteros; minúsculos hemípteros saltarines, y otros que se levantan volando sin ruido, con su dulce olor a chinche; monstruosos, grotescos ortópteros; lepidópteros en miniatura, de esos que Eulalia llama capitas; vivaces y remilgados dípteros; tenues, delicadísimos neurópteros. Todos extraños y maravillosos. Muchos de ellos, adorables criaturas, lindos, lindos, como para verlos uno a uno, y echarse a llorar, con ternura de no sé qué, con nostalgia de no sé qué. Ah, pero era su masa, su abundancia, su incesante fluencia, lo que me tenía inquieto, lo que al cabo de un rato llegó a socavar en mí ese pozo interior y súbito, ese acurrucarse el ser en un rincón, sólo en un rincón de la conciencia: el espanto. He leído terrores semejantes de viajeros por el África ecuatorial. Un reino magnífico y fastuoso, un reino extraño, ajeno al hombre e incomprensible para él, había convocado sus banderas, había precipitado sus legiones en aquella noche abrasada, contra mí. Y cada ser nuevo, cada forma viva y extraña, era una amenaza distinta, una nueva voz del misterio. Signos en la noche, extraños signos contra mí. ¿Mi destrucción?
 Y había dos géneros monstruosos que en especial me aterrorizaban. Grandes ejemplares de mantis religiosa venían volando pesadamente (yo no sabía que este espantoso y feroz animal fuera capaz de vuelo) y caían, proféticos, sobre mí o chocaban contra la lámpara. Cada vez que esto sucedía, corría por mi cuerpo y por mi alma un largo rehilamiento de terror. Junte usted además el espanto de las crisopas. Son éstas unos neurópteros delicadísimos, de un verde, ¿cómo decírselo a usted?, de un verde no terreno, trasestelar, soñado, con un cuerpo minúsculo y largas alas de maravillosa tracería. Como su nombre indica, y usted sabe (puesto que usted ha hecho, como yo, los primeros pinitos de griego) tienen los ojos dorados: dos bolitas diminutas de un oro purísimo. Oh, créame usted, mucho más bellas que lo que llamamos oro. Pero ocurrió que me pasé las manos por la cara y quedé asombrado: yo estaba podrido. No, no era a muerto: no estaba muerto, no. No era la podredumbre que se produce sobre la muerte, sino la que se produce en los seres vivos. Oh, perdone usted, perdóneme usted, mi querida amiga: piense usted en una cloaca que fuera una boca humana, o en una boca humana que fuera una cloaca. Y ahora intensifique ese olor; multiplique su fría animosidad, su malicia antihumana, su poder de herir o picar en la pituitaria y producir una conmoción, una alarma frenética en no sé qué centro nervioso, atávicamente opuesto a su sentido; concentre usted aún más y piense en la idea pura del olor absoluto. Y entonces tendrá usted algo semejante. ¡Oh, Dios mío! ¡Oh, gran Dios! Sin duda la fétida miseria de mi alma había terminado de inficionar mi cuerpo. Porque aquello era mucho más que mi habitual putrefacción. El horrendo olor se repitió muchas veces, y llegué a observar que, siempre, después de tocarme una crisopa. No lo sabía antes. Luego he podido comprobar que estos animales (por los menos en las noches de verano) son nada más que bellísimas sentinas.
 Oh, yo la hubiera querido ver allí, mi querida amiga. Mi alma se llenó de náuseas, de espanto y de furia, y, alucinado, demente, escribí el poema que a usted tanto le molesta".