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domingo, 27 de septiembre de 2020

Novelas amorosas y ejemplares.- María de Zayas (1590-1661)




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Novela tercera: El castigo de la miseria

  «A servir a un grande desta Corte vino de un lugar de Navarra un hidalgo, tan alto de pensamientos como humilde de bienes de fortuna, pues no le concedió esta madrastra de los nacidos más riqueza que una pobre cama, en la cual se recogía a dormir y se sentaba a comer este mozo, a quien llamaremos don Marcos, y un padre viejo, y tanto que sus años le servían de renta para sustentarse, pues con ellos enternecía los más empedernidos corazones. Era don Marcos, cuando vino a este honroso entretenimiento, de doce años, habiendo casi los mismos que perdió a su madre de un repentino dolor de costado, y mereció en casa deste Príncipe la plaza de paje, y con ella los usados atributos de, picardía, porquería, sarna y miseria. Y aunque don Marcos se graduó en todas, en esta última echó el resto, condenándose él mismo de su voluntad a la mayor lacería que pudo padecer un padre del yermo, gastando los dieciocho cuartos que le daban con tanta moderación que, si podía, aunque fuese a costa de su estómago y de la comida de sus compañeros, procuraba que no se disminuyesen, o ya que algo gastase, no de suerte que se viese mucho su falta.
 Era don Marcos de mediana estatura, y con la sutileza de la comida, se vino a transformar de hombre en espárrago. Cuando sacaba de mal año su vientre, era el día que le tocaba servir la mesa de su amo, porque quitaba de trabajo a los mozos de plata, llevándoles la que caía en sus manos más limpia que ellos la habían puesto en la mesa, proveyendo sus faltriqueras de todo aquello que sin peligro se podía guardar para otro día.
 Con esta miseria pasó la niñez, acompañando a su dueño en muchas ocasiones, dentro y fuera de España, donde tuvo principales cargos. Vino a merecer don Marcos pasar de paje a gentilhombre, haciendo en esto su amo en él lo que no hizo el cielo. Trocó pues los dieciocho cuartos por cinco reales y tantos maravedís; pero ni mudó de vida, ni alargó la ración a su cuerpo, antes, como tenía más obligaciones, iba dando más nudos a su bolsa. Jamás se encendió en su casa luz, y si alguna vez se hacía esta fiesta, era el que le concedía su diligencia y el descuido del repostero algún cabo de vela, el cual iba gastando con tanta cordura, que desde la calle se iba desnudando, y en llegando a casa dexaba caer los vestidos, y al punto le daba la muerte. Cuando se levantaba por la mañana tomaba un jarro que tenía sin asa, y se salía a la puerta de la calle, esperando los aguadores, y al primero que vía, le pedía remediase su necesidad, y esto le duraba dos o tres días, porque lo gastaba con mucha estrecheza. Luego se llegaba donde jugaban los muchachos y, por un cuarto llevaba uno que le hacía la cama y barría el aposento; y si tenía criado, se concertaba con él, que no le había de dar ración más de dos cuartos, y un pedazo de estera en que dormir. Y cuando estas cosas le faltaban llevaba un pícaro de cocina que lo hacía todo, y le vertiese una extraordinaria vasija en que hacía las inexcusables necesidades; era del modo de un arcaduz de noria, porque había sido en un tiempo jarro de miel, que hasta en verter sus excrementos guardó la regla de la observancia. Su comida era un panecillo de un cuarto, media libra de vaca, un cuarto de zarandajas, y otro que daba al cocinero, porque tuviese cuidado de guisarlo limpiamente, y esto no era cada día, sino sólo los feriados, que lo ordinario era un cuarto de pan y otro de queso. Entraba en el estado donde comían sus compañeros, y llegaba al primero y le decía:
 -Buena debe de estar la olla, que da un olor que consuela. En verdad que la he de probar.
 Y diciendo y haciendo sacaba una presa; y desta suerte daba la vuelta de uno en uno a todos los platos; que hubo día que en viéndole venir, el que podía se comía de un bocado lo que tenía delante, y el que no ponía la mano sobre su plato.
 Con el que tenía más amistad era con un gentilhombre de casa, que estaba aguardando verle entrar a comer o cenar, y luego con su pan y queso en la mano, entraba diciendo:
 -Por cenar en conversación os vengo a cansar.
 Y con esto se sentaba en  mesa y alcanzaba de lo que había.
 Vino en su vida lo compró, aunque lo bebía algunas veces, en esta forma: poníase a la puerta de la calle, y como iban pasando las mozas y muchachos con el vino, les pedía en cortesía se lo dexasen probar, obligándoles lo mismo a hacerlo. Si la moza o muchacho eran agradables les pedía licencia para otro traguillo. Viniendo a Madrid en una mula y con un mozo, que, por venir en su compañía, se había aplicado a servirle por ahorrar de gasto, le envió en un lugar por un cuarto de vino, y mientras que fue el mozo por él, se puso a caballo y se partió, obligando al mozo a venir pidiendo limosna. Jamás en las posadas le faltó algún pariente que haciéndose gorra con él, le ahorraba de la comida. Vez hubo que dio a su mula la paja del xergón que tenía en la cama, todo a fin de no gastar.
Resultado de imagen de novelas amorosas y ejemplares de maria de zayas Varios cuentos se decían de don Marcos, con que su amo y sus amigos pasaban tiempo y alegraban sus corazones, tanto que ya era conocido en toda la Corte, por el hombre más reglado de los que se conocían en el mundo; porque guardaba castidad, que decía él, que en costando dineros, no hay mujer hermosa, y en siendo de balde no la hay fea, y mucho más si contribuía para cuellos y lienzos, presentes de mujeres aseadas.
 Vino don Marcos desta suerte, cuando llegó a los treinta años, pues vino a juntar, a costa de su opinión y hurtándoselo a su cuerpo, seis mil ducados, los cuales se tenía siempre consigo, porque temía mucho las retiradas de los ginoveses; pues cuando más descuidado ven a un hombre, le dan manotada como zorro. Y como don Marcos no tenía fama de jugador, ni amancebado, cada día se le ofrecían varias ocasiones de casarse, aunque él lo regateaba, temiendo algún mal suceso. Parecíales a las señoras que lo deseaban para marido más falta ser gastador que guardoso, que con este nombre calificaron su miseria.»
 
   [El texto pertenece a la edición en español de Ediciones Orbis, 1983, en edición de José Luis López de Zubiria, pp. 84-86. ISBN: 84-7530-443-5.]
 

jueves, 26 de septiembre de 2019

Un forastero llegó a la granja.- Mika Waltari (1908-1979)

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Capítulo VII

«-Primero pensé dedicarme a la jardinería -empezó-. Al principio, como ayudante de jardinero en los jardines de la fábrica. Luego fui llamado para el servicio militar. Al volver a casa, un año más tarde, murió mi padre y se acabó el dinero para que yo pudiera realizar mi propósito. Durante un par de años fui capataz en el departamento de pruebas de la fábrica. Ahorraba parte de mi salario para poder ir a la Escuela de Agricultura. Pero me sentía siempre solo... No podía llegar a ser como los demás. Conocí a una mujer; era mayor que yo. Solíamos encontrarnos en los bailes del sábado por la noche. Cuando la hube conseguido una vez, pensé que tenía que casarme con ella. Ella quería que me asegurara un empleo fijo en la fábrica; los tiempos eran buenos y la fábrica prosperaba. Se negaba a venir conmigo al campo donde decía no se encontraban diversiones ni había personas con quienes hablar. Al fin me comunicó que esperaba tener un hijo. Sin embargo, iba siempre de un lugar a otro, contraía amistades y daba fiestas. Mis ahorros empezaron a disminuir. Llegué a temerla y deseé romper con ella. Sin embargo, el niño iba a nacer y no pensé que podía no ser mío. Así fue como definitivamente me empleé en la fábrica y, en verdad, no tuve motivos de queja. Los jefes y el ingeniero estaban contentos de mí y no tardé en ganar un buen jornal. Luego me dieron una parcela de tierra y un préstamo para edificar; no podía seguir viviendo en la habitación que habíamos alquilado, sin jardín, sin árboles. Los gramófonos y las radios atronaban por todas las ventanas, las mujeres discutían en el patio y por todas partes colgaban pañales.
 Aaltonen permaneció silencioso con las manos grandes inquietas sobre las rodillas y los ojos fijos ante sí. Volvió a recordar el pasado... Sentía aún la sucesión de los días miserables y respiraba el aire saturado de olor a azufre de la fábrica...
 La mujer suspiró. Entonces él prosiguió:
 -Era difícil acostumbrarse a la fábrica una vez se ha trabajado la tierra. Las horas eran cortas, por supuesto, y el trabajo no era demasiado pesado... Pero no me gustaba. Era como si un peso aplastara mi pecho... no me dejaba respirar. Pasó cierto tiempo y no pude soportar a la mujer. Se portó bien el primer año; después empezó a aburrirse. Por fin no quiso quedarse en casa ni una sola noche, o bien tenía alguna reunión en el club o una película o un baile... Y si no tenía nada que hacer, se iba a charlar con los vecinos, antes que quedarse en casa. Insistía en que fuera con ella, y a mí me era imposible seguirla... No podía hablar, no sabía, como los otros, ni sabía reír de las cosas que no encontraba graciosas. Me era mucho más agradable arrancar hierbas de mi jardín. En invierno solía arreglar bicicletas y cerraduras, o hacer reparaciones eléctricas. Me había propuesto seguir ahorrando para no estar en deuda y lograr que la casa fuera completamente nuestra. Siempre nos peleábamos por esto. Muchas veces, al salir de noche, no volvía hasta que tenía la seguridad de que yo dormía. Estas salidas nocturnas se prolongaban algunos sábados hasta que se hacía de día cuando regresaba. Volvía con la boca pintada y oliendo a alcohol. Otras veces venía a casa con amigos para jugar a las cartas; los hombres traían coñac. No me hacían el menor caso. El asco se apoderaba de mí y salía; me quedaba fuera, a oscuras, maldiciéndolos. Me rompía la cabeza al pensar cómo podía salir de aquella situación. Todo me parecía inútil. Mi mujer también se portaba mal con la niña. Algunas veces se ocupaba de ella y entonces la emperifollaba, para presumir ante la gente; en otras ocasiones, no se acordaba ni de darle de comer... La criatura tenía que jugar en el patio de otras casas y pedir comida y acostarse, luego, sucia... Suponiendo que volviera, puesto que a veces tardaba varios días en aparecer. Además, acabaron por estar de acuerdo contra mí. Esto desde que la niña empezó a andar y a hablar. Yo era el hombre malo que no sabía reír ni jugar... el aguafiestas. Se burlaban las dos de mí, me injuriaban... Llegó que, a veces, el fuego de la cólera cegaba mis ojos y les pegaba a las dos. Hasta que me encerré en el cobertizo, me hice una cama allá y cuidaba yo mismo de mi comida.
 De nuevo calló Aaltonen y la mujer preguntó jadeante y con el rostro vuelto hacia él:
 -¿Era... era hermosa su esposa?
 El hombre sopesó sus palabras. Quería ser justo y todo estaba tan muerto y tan lejano que no se hacía difícil hablar de ello.
 -Tenía los ojos grandes y oscuros y la tez clara. Baja, mucho más baja que yo, y bien parecida. Los hombres le sonreían y no era mujer para cerrarles el paso. Tardé ocho años en saber lo que mi buena fe me impedía descubrir: no era una esposa, sino una prostituta. Sí, conmigo también. Se servía de su cuerpo para hacer que le diera cuanto deseaba... Hasta que sentía asco de mí mismo... Y obtenía cosas. Así era como obtenía cosas de los demás, del mismo modo... cosas que yo no quería darles. Trapos, bisutería, entradas de cine, y bebidas y bailes y cualquier otra fruslería que deseara... El hombre que la besaba tenía que pagar. Ignoro si veía o no mal en ello; estaba hecha así. Tardé ocho años en saberlo, porque me tenía miedo y no supo disimularlo. Esto era fácil, porque yo no tenía amigos en la ciudad que pudieran abrirme los ojos. Con la ayuda del tiempo supo envenenarlo todo... Se las componía siempre para que yo fuera el que no estuviese en lo cierto y la privara de sus diversiones. No hubo modo de hacerla cambiar, y si por casualidad pensaba algo más de lo que suelen pensar las prostitutas, creía sin duda que me estaba muy bien empleado el que me deshonrara y durmiera con otros hombres en mi propia casa. Desde el primer año me había parecido una desconocida. Luego, al desbordar su frenesí todo recato y disimulo, ya ni siquiera fue mi mujer... sino lo que he dicho... Me era imposible dormir por las noches... Retenía en casa a sus amigos más allá de medianoche. No le importaba que yo tuviera que ir al trabajo al día siguiente. Les oía reír y golpear la mesa al tirar las cartas de juego... Seguían los murmullos y el andar cauteloso, los crujidos y las risas...
 Aaltonen proseguía con la mirada fija ante sí. Y las manos apoyadas en las rodillas. Volvió la cabeza y miró a la mujer, que seguía a su lado sentada en los escalones, con la cabeza inclinada y el cabello como una aureola de luz. Sus brazos desnudos mostraban su inmaculada blancura y sus ojos miraban obstinadamente al suelo.
 -¿Continúo? -preguntó Aaltonen como si se hubiera dado cuenta de pronto de que nada de todo aquello tenía que ver con ellos dos.
 Era la historia de un mundo falso y contrahecho, con el que ya no existía ningún contacto. Estaba acabado y muerto.»

    [El texto pertenece a la edición en español de Plaza & Janés Editores, 1977, en traducción de Rosa S. de Naveira. ISBN: 84-01-44181-1.]

jueves, 25 de octubre de 2018

Teoría general de la ocupación, el interés y el dinero.- John Maynard Keynes (1883-1946)


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Libro III: La propensión a consumir
9.-La propensión a consumir.
II. Los factores subjetivos

«I.- Queda por ver la segunda clase de factores que afectan el monto del consumo realizado con cierto ingreso o sea aquellos alicientes subjetivos y sociales que determinan lo que se ha de gastar, dado el volumen total del ingreso medido en unidades de salarios y dados también los principales factores objetivos que ya se han examinado. Mas como el análisis de estos factores no presenta novedad alguna, tal vez sea suficiente hacer una relación de los más importantes, sin extenderse más allá en considerarlos.
 Hay en general ocho motivos o fines importantes de carácter subjetivo que impulsan a los individuos a abstenerse de gastar sus ingresos:
 1) formar una reserva para contingencias imprevistas;
 2) proveer para una anticipada relación futura entre el ingreso y las necesidades del individuo y su familia, diferente de la que existe en la actualidad, como, por ejemplo, por lo que respecta a la vejez, la educación de la familia o el sostenimiento de quienes dependen de uno;
 3) gozar del interés y la apreciación, es decir, porque un consumo real mayor en fecha futura se prefiera a un consumo inmediato menor;
 4) disfrutar de un gasto gradualmente creciente, ya que complace más al instinto normal la perspectiva de un nivel de vida que mejore gradualmente que lo contrario; aun cuando la capacidad de satisfacción vaya disminuyendo;
 5) disfrutar de una sensación de independencia y del poder de hacer cosas, aun sin idea clara o intención definida de acción específica;
 6) asegurarse una masse de manoeuvre para realizar proyectos especulativos o de negocios;
 7) legar una fortuna;
 8) satisfacer la pura avaricia, esto es, inhibirse, de modo irracional pero insistente de actos de gasto como tales.
  Podríamos llamar a estos ocho motivos: precaución, previsión, cálculo, mejoramiento, independencia, empresa, orgullo y avaricia; e incluso podríamos formular una lista correspondiente de motivos para consumir, tales como disfrute, imprevisión, generosidad, error, ostentación y extravagancia.
  Además de los ahorros acumulados por individuos, también hay esa gran proporción de ingreso, variable quizá entre uno y dos tercios de la acumulación total en una sociedad industrial moderna, tal como Gran Bretaña o Estados Unidos, que retienen los gobiernos centrales o locales, las instituciones y sociedades de negocios —por motivos muy semejantes pero no idénticos a los que impulsan a los individuos, siendo los principales los cuatro siguientes:
 1) el motivo empresa: asegurar recursos para efectuar mayores inversiones de capital sin tener que incurrir en deuda ni obtener más capital del mercado;
 2) el motivo liquidez: asegurar recursos líquidos para enfrentarse a las emergencias, las dificultades y las depresiones;
 3) el motivo mejoramiento: asegurar un ingreso en aumento gradual que, incidentalmente, pueda proteger a la gerencia contra la crítica, ya que el aumento del ingreso debido a la acumulación rara vez se distingue del crecimiento del mismo debido a la eficacia;
 4) el motivo prudencia financiera y el afán de sentirse seguro haciendo una reserva financiera que exceda del costo de uso y del suplementario, de manera que se amortice la deuda y se recupere el costo del activo adelantándose y no atrasándose con relación a la tasa real de desgaste y obsolescencia, dependiendo la fuerza de este motivo principalmente de la cantidad y el carácter del equipo productor y la rapidez de los cambios en la técnica.
  Correspondiendo, a estos motivos que favorecen la retención de parte del ingreso, retirándolo del consumo, también actúan a veces motivos que provocan un excedente del consumo sobre el ingreso. Algunos de los motivos de ahorro positivo, clasificados antes como factores que afectan a los individuos, tienen su contrapartida en el ahorro negativo en fecha posterior, como ocurre, por ejemplo, con el ahorro hecho para proveer a las necesidades de la familia o a la vejez. Sería mejor considerar como ahorro negativo el subsidio a la desocupación financiado por préstamos.
  Ahora bien, la fuerza de todos estos motivos variará enormemente, según las instituciones y la organización de la sociedad económica que supongamos, según los hábitos formados por la raza, la educación, los convencionalismos, la religión y las corrientes morales; según las esperanzas y la experiencia, según la escala y técnica del equipo productor y según la distribución de la riqueza y los niveles de vida establecidos. En el cuerpo de este libro, sin embargo, no nos ocuparemos de los resultados de los cambios sociales de largo alcance ni de los efectos lentos del progreso secular, excepto en digresiones accidentales. Esto quiere decir que daremos por supuesta la base principal de los motivos subjetivos para ahorrar y consumir, respectivamente. En la medida en que la distribución de la riqueza esté determinada de una manera más o menos permanente por la estructura social de la comunidad, esto puede, igualmente, considerarse como un factor sujeto nada más a cambios lentos y en largos periodos, lo que podemos dar por supuesto en el contexto.
 
  II.-Por tanto, ya que la base principal de los alicientes subjetivos y sociales cambia lentamente, mientras que las influencias a corto plazo de las alteraciones en la tasa de interés y los demás factores objetivos son con frecuencia de importancia secundaria, llegamos a la conclusión de que los cambios a la corta en el consumo dependen en gran parte de las modificaciones del ritmo con que se ganan los ingresos (medidos en unidades de salarios) y no de los cambios en la propensión a consumir una parte de los mismos.
  Sin embargo, debemos precavernos contra una confusión. Lo anterior significa que la influencia de los cambios moderados en la tasa de interés sobre la propensión a consumir es generalmente pequeña. No quiere esto decir que las modificaciones en la tasa de interés tengan sólo una influencia exigua sobre las cantidades que realmente se ahorran y se consumen; todo lo contrario. La influencia de cambios en la tasa de interés sobre el monto que realmente se ahorra es de vital importancia, pero se ejerce en dirección opuesta a la que generalmente se supone; porque aun cuando la atracción de un ingreso futuro mayor debido a una tasa de interés más alta tenga por consecuencia el menguar la propensión a consumir, podemos estar seguros, no obstante, de que un alza de la misma dará por resultado una reducción de la suma realmente ahorrada. Esto se debe a que el ahorro total está determinado por la inversión total; un alza en la tasa de interés (a menos que esté contrarrestada por un cambio correspondiente en la curva de demanda de inversión) hará bajar la inversión; de aquí que una elevación de la tasa debe tener el efecto de reducir los ingresos a un nivel tal que los ahorros desciendan en la misma medida que la inversión; Como los ingresos bajarán en una suma absoluta mayor que la inversión, es indudable que, cuando la tasa de interés sube, la de consumo desciende; pero no quiere decir que por ello habrá un margen mayor para el ahorro; al contrario, ambos (ahorro y gastos) decrecerán.
  En consecuencia, aunque un alza en la tasa de interés fuera motivo de que la sociedad ahorrara más con un ingreso dado, podemos estar completamente seguros de que dicha elevación de la tasa de interés (suponiendo que no ocurra ningún cambio favorable en la curva de demanda de inversión) hará disminuir el monto global real de los ahorros. Siguiendo el mismo argumento podríamos averiguar en qué proporción hará descender los ingresos, ceteris paribus, una elevación de la tasa de interés; porque los ingresos tendrán que decaer (o ser redistribuidos) en el monto exacto que se requiere, con la propensión a consumir existente, para hacer bajar los ahorros en la misma cantidad en que el alza en la tasa de interés hará bajar las inversiones, con la eficacia marginal existente del capital. Un examen detenido de esta cuestión ocupará el próximo capítulo.
  El alza en la tasa de interés podría inducirnos a ahorrar más, si nuestros ingresos permanecieran invariables; pero si la tasa elevada de interés retarda la inversión, nuestros ingresos no permanecerán ni podrán seguir inalterables. Tienen forzosamente que bajar hasta que la descendente capacidad para ahorrar haya compensado lo suficiente el estímulo correspondiente ocasionado por la mayor tasa de interés. Cuanto más virtuosos seamos, cuanto más resueltamente frugales y más obstinadamente ortodoxos en nuestras finanzas personales y nacionales, tanto más tendrán que descender nuestros ingresos cuando el interés suba relativamente a la eficiencia marginal del capital. La obstinación sólo puede acarrear un castigo y no una recompensa, porque el resultado es inevitable.
  Por tanto, después de todo, las tasas reales de ahorro y gasto totales no dependen de la precaución, la previsión, el cálculo, el mejoramiento, la independencia, la empresa, el orgullo o la avaricia. La virtud y el vicio no tienen nada que ver con ellos; todo depende de hasta qué punto sea favorable a la inversión la tasa de interés, después de tener en cuenta la eficiencia marginal del capital. No, esto es una exageración. Si la tasa de interés estuviera dirigida de tal manera que mantuviera continuamente la ocupación plena, la virtud recobraría su dominio; el coeficiente de acumulación de capital dependería de la debilidad de la propensión a consumir. De este modo y una vez más, el tributo que los economistas clásicos le ofrendan se debe a su encubierto supuesto de que la tasa de interés está siempre gobernada de ese modo.»
 
   [El texto pertenece a la edición en español de Fondo de Cultura Económica, en traducción de Eduardo Hornedo. ]
 

jueves, 4 de octubre de 2018

La riqueza de las naciones.- Adam Smith (1723-1790)


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Libro segundo: De la naturaleza, acumulación y empleo del capital
De la acumulación del capital o del trabajo productivo e improductivo

«Existe un tipo de trabajo que aumenta el valor al objeto al cual se aplica y hay otro tipo que no tiene ese efecto. El primero, en tanto que produce valor, puede denominarse trabajo productivo; y el segundo, trabajo improductivo. De este modo, el trabajo de un obrero industrial añade generalmente al valor de los materiales con los que trabaja el de su propia manutención y el del beneficio de su superior. En cambio, la labor de un sirviente no añade valor  a nada. Aunque el superior haya adelantado al obrero industrial su salario, nada viene a costarle en realidad, porque el valor de ese salario se recupera normalmente junto con el beneficio en mayor valor del objeto sobre el que emplea su trabajo. Por otro lado, la manutención de un sirviente nunca se recupera. Un hombre se hace rico si contrata a muchos obreros, pero empobrece si mantiene a una multitud de sirvientes. El trabajo de estos últimos tiene valor y merece una remuneración tanto como el de los primeros. Pero el trabajo de un obrero industrial se fija en un objeto concreto o producto vendible, que perdura a lo largo de algún tiempo una vez finalizado el trabajo. Representa, por así decirlo, cierta cantidad de trabajo acumulada y almacenada para ser empleada, si es necesario, en otra ocasión. El objeto, o lo que es lo mismo, el precio del objeto puede más adelante, si es necesario, poner en movimiento una cantidad de trabajo igual a la que originalmente lo produjo. Pero el trabajo de un sirviente, por el contrario, no se fija ni incorpora en ningún objeto concreto ni producto vendible. Sus servicios perecen normalmente en el mismo momento de ser prestados y es raro que dejen valor alguno a cambio del cual pueda conseguirse después una cantidad de servicios igual.
 Algunos de los trabajos más respetables de la sociedad son como el de los sirvientes: no producen valor alguno que se fije o incorpore en un objeto permanente o producto vendible, que perdure una vez realizado el trabajo, y a cambio del cual se pueda procurar después una misma cantidad de trabajo. El soberano, por ejemplo, y todos los altos cargos que lo sirven, tanto de justicia como militares, el ejército y la marina completos, son trabajadores improductivos. Son servidores públicos y son mantenidos con una fracción del producto anual del trabajo de otras personas. Sus servicios, por muy honorables, útiles y necesarios que sean, no producen nada a cambio de lo cual pueda conseguirse después igual cantidad de servicios. La protección, seguridad y defensa de la comunidad, que son el efecto de su trabajo de un año, no comprará la protección, seguridad y defensa del próximo año. En la misma categoría hay que situar algunas de las profesiones más serias e importantes y también algunas de las más liberales: sacerdotes, abogados, médicos, hombres de letras, actores, payasos, músicos, cantantes de ópera, bailarines, etc. El trabajo del más modesto de todos ellos tiene un valor determinado, según los mismos principios que regulan el de cualquier otro tipo de trabajo; y el del más noble y útil no produce nada que pueda después comprar o procurar una cantidad igual de trabajo. Como el guión del actor, la dialéctica del orador y la melodía del músico, la labor de todos ellos perece en el mismo instante de su producción.
 Los trabajadores tanto productivos como improductivos y aquellos que no trabajan en absoluto, son todos ellos mantenidos con el producto anual de la tierra y el trabajo del país. Este producto puede ser muy grande, pero jamás infinito, ya que siempre tendrá unos límites. Por ello, en función de que la proporción destinada cada  año a mantener trabajadores improductivos sea menor o mayor, quedará más para los productivos en algunos casos que en otros, y el producto anual del año siguiente será, en consecuencia, mayor o menor.
 La proporción entre trabajadores productivos e improductivos en cada país depende, en gran medida, de la relación entre esa parte del producto anual que, tan pronto como surge de la tierra o de las manos de los trabajadores productivos, se destina a reponer el capital y la que adopta la forma de ingreso, ya sea como renta o beneficio. Esta relación no es acorde entre los países ricos y los pobres. [...]
 La proporción entre capital e ingresos parece determinar en todas partes la relación entre trabajo y ocio. Cuando predomina el capital, prevalece el trabajo; cuando lo hace el ingreso, predomina la pereza. Cada incremento o disminución del capital, por tanto, tiende naturalmente a incrementar o disminuir la cantidad real de trabajo, el número de trabajadores productivos y el además el valor del cambio del producto anual de la tierra y el trabajo del país, la riqueza real y el ingreso de todos sus habitantes.
 Los capitales crecen con la frugalidad y disminuyen con la prodigalidad y la mala gestión.
 Todo lo que una persona ahorra de sus ingresos lo añade a su capital y lo invierte en emplear un número adicional de trabajadores productivos o permite que lo haga otra persona, prestándoselo a cambio de un interés, es decir, una participación en los beneficios. Así como el capital de un individuo puede alargarse gracias a los ahorros de sus ingresos o ganancias anuales, lo mismo sucede con el capital de una sociedad, que es lo mismo que el capital de todos los individuos que la componen y sólo puede crecer de este modo.
 La frugalidad, y no el trabajo, es la causa inmediata del aumento del capital. El trabajo suministra, con toda seguridad, el objeto que la frugalidad acumula. Pero por mucho que el trabajo consiga, si no ahorra en sobriedad, el capital jamás podrá crecer.
 La frugalidad, al incrementar el fondo destinado a mantener la mano de obra productiva, tiende a incrementar el número de dicha mano de obra, cuyo trabajo aumenta el valor del objeto. De este modo tiende a aumentar el valor de cambio del producto anual de la tierra y el trabajo del país; pone en marcha una cantidad adicional de trabajo, lo que otorga un valor adicional al producto anual.
 Lo que cada año se ahorra se consume regularmente, por un conjunto diferente de personas, en el mismo período y casi al mismo tiempo. La parte de ingresos que un hombre rico gasta anualmente es, en la mayoría de los casos, consumida por invitados ociosos y sirvientes que no dejan nada a cambio de su consumo. La fracción que ahorra anualmente, y que al buscar una rentabilidad la invertirá enseguida como capital, resulta consumida del mismo modo y casi en el mismo momento, pero por otro tipo de personas: trabajadores, operarios y artesanos que aportan un beneficio al valor anual de su consumo. [...]
 El único uso que se debe dar al dinero es la circulación de bienes de consumo. A través de él, las provisiones, los materiales y los productos terminados, se compran, venden y distribuyen entre sus respectivos consumidores.»
 
   [El texto pertenece a la edición en español de Ciro Ediciones, 2011, en traducción de Carlos González. Depósito legal: M-7407-2011.]

viernes, 31 de agosto de 2018

Sin mañana.- Vivant Denon (1747-1825)


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Roseta. Los árabes beduinos

«Roseta no ofrece ningún monumento curioso. Su antigua circunvalación revela que fue más grande de lo que es ahora. Se reconoce la primera muralla por los montículos de arena que la cubren de oeste a sur, formados por murallas y torres que sirven de núcleos a estos terrenos. Al igual que en Alejandría, la población de esta ciudad va decreciendo. Se construye poco y lo que se construye se hace con ladrillos viejos de los edificios que se convierten en ruinas por falta de habitantes y de arreglos. Las casas, por lo general mejor edificadas que en Alejandría, son aun así tan frágiles que, de no protegerlas el clima, que no destruye nada, pronto no existiría ni una sola casa en Roseta. Los pisos, que siempre sobresalen con respecto al de debajo, acaban casi tocándose, lo que vuelve las calles muy oscuras y tristes. Las viviendas que están a orillas del Nilo no tienen este inconveniente. La mayoría pertenecen a los negociantes extranjeros. Esta parte de la ciudad sería fácil de embellecer. Sólo habría que construir en la orilla del río un muelle alternativamente en declive y cubierto. Las casas, aparte de la ventaja de tener vistas a la navegación, poseen el aspecto alegre de las riberas del delta, isla que no es sino un jardín de una legua de extensión.
 Esta isla se convirtió primero en nuestra propiedad, nuestro paseo y, por último, en el jardín donde disfrutábamos del placer de la caza, al que se añadía el de la curiosidad, ya que cada pájaro que matábamos era un nuevo conocimiento.
 Pude observar que los pobladores de la orilla izquierda del Nilo, es decir, los habitantes del delta, eran más afables y sociables. Creo que esto hay que atribuirlo tanto a una mayor abundancia como a la ausencia de los árabes beduinos, que, al no cruzar nunca el río, los dejan en un estado de paz que no disfrutan los demás en ningún momento de sus vidas.
 Observando las causas, uno tiene casi siempre menos tendencia a quejarse de los efectos. ¿Cómo puede reprocharse a los árabes agricultores el que sean hoscos, desconfiados, avaros, descuidados, faltos de previsión para el futuro, cuando se piensa que, aparte de la vejación que les inflige el amo del suelo que cultivan, el ávido bey, el jeque, los mamelucos, hay un enemigo errante, siempre armado, acechando sin cesar el instante propicio para arrebatarle todo lo superfluo que tuviera la osadía de mostrar? El dinero que puede ocultar y que representa los placeres de los que se priva es todo cuanto puede considerar verdaderamente suyo. Por esto, el arte de esconderlo es su principal dedicación. Las entrañas de la tierra no le parecen fiables; los escombros, los harapos, toda la parafernalia de la miseria: espera defender sus riquezas de la avidez de sus amos poniendo estos tristes objetos al alcance de sus miradas. Le interesa inspirar piedad. No compadecerse de él sería denunciarlo. Inquieto mientras acumula ese peligroso dinero, turbado cuando lo posee, su vida transcurre entre la desgracia de no tenerlo y el terror de ver cómo se lo arrebatan.
 Bien es verdad que habíamos expulsado a los mamelucos. Pero al echarlos a nuestra llegada, habida cuenta de que experimentábamos todo tipo de necesidades, ¿no los habíamos reemplazado? Y a esos árabes beduinos, mal armados, sin resistencia, con arenas movedizas por toda muralla, sin más línea que el espacio ni más refugio que la inmensidad, ¿quién podrá vencerlos o contenerlos? ¿Acaso trataremos de seducirlos ofreciéndoles tierras que cultivar? Pero los campesinos de Europa que se convierten en cazadores dejan de cultivar la tierra para siempre; y el beduino es el cazador primitivo. La pereza y la independencia son las bases de su carácter. Y para satisfacer una y defender la otra, se agita sin cesar y se deja asediar y tiranizar por la necesidad. No podemos, pues, proponer a los beduinos nada que equivalga a la ventaja de robarnos; y el cálculo es siempre la base de sus tratados.
 La envidia, plaga de la que no está exenta ni la morada misma de la pobreza, se cierne también sobre las arenas ardientes del desierto. Los beduinos guerrean con todos los pueblos del universo, no odian ni envidian más que a los beduinos que no son de su horda. Emprenden todas las guerras, se ponen en movimiento en cuanto una riña interna o un enemigo extraño turba el reposo de Egipto, y, sin unirse a ninguno de los bandos, aprovechan la refriega para robar a los dos. Cuando llegamos a África, se mezclaban con nosotros, raptaban a los rezagados, y habrían saqueado a los alejandrinos si éstos hubieran salido de sus murallas a combatir. Donde esté el botín está el enemigo de los beduinos. Siempre dispuestos a negociar -porque hay presentes ligados a las estipulaciones-, no conocen más compromiso que la necesidad. Su crueldad, sin embargo, no tiene nada de atroz. Los prisioneros que nos hicieron, al recordar los males que habían padecido en su cautiverio, los consideraban más como una consecuencia de la manera de vivir de este pueblo que como un resultado de su barbarie. Unos oficiales que habían sido prisioneros suyos me dijeron que el trabajo que se les había exigido no había tenido nada de excesivo ni cruel: obedecer a las mujeres, cargar y conducir los burros y los camellos. Bien es verdad que había que acampar y levantar el campo a cada momento. Se recogían todos los pertrechos y en un cuarto de hora, como mucho, ya se estaba en camino. Pero, por lo demás, los pertrechos en cuestión consistían en un molino de trigo y café, una placa de hierro para asar las tortas, una cafetera grande y otra pequeña, varios odres, unos cuantos sacos de grano y la tela de la tienda, que servía para envolverlo todo. Un puñado de trigo tostado y doce dátiles eran la ración común en los días de marcha, y algo de agua que, dada su escasez, había servido para todo antes de beberse. Pero esos oficiales, al no tener el alma marcada por maltrato alguno, no conservaban ningún recuerdo amargo de una condición desgraciada que no habían hecho más que compartir.
 Sin prejuicios religiosos, sin culto exterior, los beduinos son tolerantes. Unas cuantas costumbres reverenciadas les sirven de leyes. Sus principios se asemejan a virtudes que resultan suficientes para sus asociaciones parciales y su gobierno paternal.
 Debo mencionar un rasgo de su hospitalidad. Un oficial francés llevaba varios meses prisionero de un jefe árabe. Una noche en que nuestra caballería entró por sorpresa en su campamento, sólo tuvieron tiempo de huir. Tiendas, rebaños, provisiones, todo les fue arrebatado. A la mañana siguiente, errabundo, aislado, sin recursos, el jefe árabe saca de sus ropas un pan y, dando la mitad a su prisionero, le dice: "No sé cuándo comeremos otro. Pero no se me acusará de no haber compartido el último con amigo que me he hecho". ¿Se puede odiar a un pueblo así, por bárbaro que pueda ser en otros aspectos? Y ¿no le da ventaja sobre nosotros esa sobriedad comparada con las necesidades que nos hemos creado? ¿Cómo persuadir o reducir a hombres semejantes? ¿No tendrán siempre que reprocharnos el que hayamos sembrado ricas cosechas sobre las tumbas de sus antepasados?»
 
 [El fragmento pertenece a la edición en español de Ediciones Atalanta, en traducción de Anne-Hélène Suárez Girard. ISBN: 84-934625-0-0.]