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martes, 18 de mayo de 2021

La ruta de la seda.- Thomas O. Höllmann (1952)


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4.-Estados y confederaciones

El gobernante de los creyentes

 «En el mundo islámico la pretensión de dominio se dirigía originariamente sobre todo a la comunidad de los creyentes. Según la tradición suní, el califa (“sucesor”) asumía la función de jefe religioso de todos los musulmanes y basaba su posición en una línea de descendencia en cuyo origen estaba el Profeta. Más tarde, esa pretensión de universalidad se abandonó. Muchas competencias que sostenían su autoridad civil se transfirieron de hecho al sultán (“señor”). Al menos en principio, éste dependía de la investidura y únicamente gobernaba en un determinado terreno.
 Sin embargo, se trató una y otra vez de mezclar el poder político y el religioso de tal modo que la autoridad y el poder no pudieran ser minados de inmediato por intrigas y amenazas de armas. Una inscripción del siglo XI aconseja nombrar a un imán (“caudillo”), que uniría ambas posiciones y resume sus tareas en diez puntos: (1) preservar los principios del Islam y evitar innovaciones inadmisibles; (2) arbitrar en litigios y conflictos; (3) garantizar la seguridad pública; (4) controlar la administración de justicia en caso de alta traición y delitos económicos; (5) asegurar las fronteras con los países no musulmanes; (6) llevar la guerra santa contra los infieles; (7) recaudar los impuestos preceptivos; (8) distribución de los ingresos del Estado según criterios razonables; (9) delegar las tareas de gobierno en colaboradores dignos de confianza y competentes; (10) examinar todas las decisiones políticas importantes y rectificar posibles errores. Evidentemente, todo esto no podía realizarse.
 Como los líderes de otras dinastías musulmanas, los sultanes del Imperio Otomano llevaban también el título de “califas”. Sin embargo, hasta el siglo XVIII no volvieron a asociar al título la pretensión de universalidad. El propósito era en primer lugar la creación de una base ideológica para llevar a la realidad ideas de amplio panislamismo. Hasta entonces habían preferido que se les llamara “guardianes de los santos lugares”. El dominio de La Meca y la protección de la peregrinación eran los mejores garantes de una legitimación general amplia, como ya sucedió en tiempos de los Omeyas (661-750 en Damasco), Abasidas (750-1258 en Bagdad) y Mamelucos (1250-1517 en El Cairo).
 El hadj es uno de los cinco pilares del Islam. Cada musulmán libre mayor de edad, que esté psíquica y económicamente capacitado, está obligado por el Corán a emprender una peregrinación a La Meca al menos una vez en su vida, incluso si vive en un país lejano y el viaje es largo y arriesgado. La protección de los caminos de peregrinación, incluidos en gran medida en la red de los de la Ruta de la Seda, era una de las prioridades de un soberano universalmente respetado. Igualmente importante era el mantenimiento de extensas zonas de influencia, pues sólo cuando la seguridad, el abastecimiento y el transporte estaban garantizados por un complicado juego de acuerdos, signos de favor y actitudes amenazantes, el hadj podía llegar a término con éxito. Éxito no sólo para cada peregrino, sino para el correspondiente “gobernante de los creyentes”.
 Por otra parte, La Meca no era únicamente un lugar de contemplación piadosa, era también un importante mercado. Y no sólo los mercaderes aprovechaban la ocasión: muchos peregrinos vendían objetos que habían traído consigo para cubrir los gastos del viaje. A su vez, adquirían con preferencia productos que a su vuelta podían revender más caros. Sobre todo cambiaban así de dueño raros artículos de lujo. Hasta la porcelana china llegaba a la ciudad en tan gran cantidad que se convirtió en el regalo preferido de la nobleza local. Aun así, no siempre despertaba tal regalo un agradecimiento entusiasta. Por ello, un visir otomano de visita en Bagdad hizo que sus caballos pisotearan un juego de porcelana de más de mil piezas porque quien le daba hospitalidad no había observado la necesaria etiqueta al ser obsequiado con éste.

El dueño del mundo

 Si se les pide que traten de identificar los imperios universales, a los europeos cultos probablemente se les ocurrirán las más diversas propuestas. En su mayoría pensarían en la propia historia, del Imperium Romanum al British Empire. La inclusión del Imperio Mongol del Gran Kan sería excepcional: aún hoy mucha gente le asocia en principio la imagen de hordas asesinas recorriendo las estepas a caballo, y no la creación de un Estado organizado.
 No es posible rechazar del todo dicha asociación con “pueblos malditos, abominables y odiosos”: el recurso ostensible a la violencia era de hecho una de las estrategias centrales de los mongoles. Aun así no puede pasarse por alto que en el transcurso de la historia ningún otro imperio, incluida la Unión Soviética, logró tener bajo su control un territorio cerrado tan gigantesco y garantizar aquella paz que se conoce como Pax Mongolica. Su zona de dominio abarcaba del mar de la China al Báltico, una superficie alrededor de setenta veces la de la actual Alemania y casi toda la que corresponde a la red de caminos de la Ruta de la Seda.
 El imperio alcanzó dicha extensión tan sólo unos decenios después de la muerte de Gengis Kan (1227), pero sin sus exitosas campañas de conquista y sus reformas sociales nunca habría llegado a existir. Logró acabar con jerarquías heredadas y crear un orden en el que la posición social ya no estuviera regulada por el linaje, sino por las propias acciones y servicios. Los miembros de la casa real estaban excluidos de este principio, pero el Kan era partidario de conceder la protección debida a sus secuaces lealmente comprometidos.
 Según este principio, y sin tener en cuenta su origen, podían integrarse no sólo personas o grupúsculos, sino pueblos enteros. A pesar de algunas ordenanzas que situaban en primer lugar las líneas de separación entre los grupos étnicos –y sobre todo la exclusividad de los mongoles-, las diferencias de lengua, cultura y estructura social funcionaban sólo como trabas para la integración gradual. A quien se oponía se le masacraba brutalmente, ya que la estrategia desarrollada por Gengis tendía a la victoria total sobre el enemigo, no a conseguir un botín sin más. Y así, no sólo atendían a la posibilidad de una integración relativamente sin complicaciones y a la perspectiva de ascenso social en el futuro, sino al terror psicológico que surge de una permanente demostración de la superioridad.
 En la generación siguiente se terminaron de crear las bases administrativas que garantizarían la duración del imperio en expansión. En el contexto de la Ruta de la Seda, la emisión de papel moneda fue tan importante como la construcción de instalaciones de abastecimiento, en particular de fuentes y depósitos. Se estableció una medida totalmente nueva, como la creación de un servicio de correos con más amplia infraestructura y más rápido que el anterior, no caracterizado por su excesiva velocidad. La descripción de Marco Polo, sin embargo, es un poco exagerada:
Resultado de imagen de thomas höllmann la ruta de la seda En cada uno de los caminos principales se pueden hallar lugares de parada para alojarse y comer los viajeros […] a una distancia de veinticinco o treinta millas. […] Allí están a disposición cuatrocientos magníficos caballos para que todos los enviados del Gran Kan y todos los mensajeros puedan detenerse allí y cambiar sus caballos. Incluso existen tales servicios en montañas despobladas […] apartadas de las grandes rutas. Las gentes que allí viven por orden del Gran Kan tienen que cultivar la tierra y cumplir el servicio de postas. […] No menos de doscientos mil caballos están a disposición de los correos, y diez mil edificaciones están provistas de las instalaciones necesarias. […] Entre las mencionadas paradas de postas se encuentran cada tres millas pequeños pueblos con unas cuarenta cabañas en las que se instalan los mensajeros al servicio del Gran Kan. Su llegada puede percibirse ya desde lejos porque de sus cinturones cuelgan varias campanillas. Así puede el correo del pueblo siguiente mantenerse alerta para coger el envío y salir corriendo con él.
 A pesar de tales medidas, el imperio se desmembró relativamente pronto, sobre todo porque no logró armonizar el dominio legitimado por éxitos militares y carisma personal con instituciones que se habían tomado prestadas de las estructuras burocráticas de Estados sometidos y organizados de manera por completo diferente. Faltaba además una doctrina política elaborada y una imagen del mundo bien estructurada, de modo que la autoridad del “Kan del gran pueblo poderoso, igual al océano” (como se dice en una carta de Guyuk al papa Inocencio IV), no podía estar cimentada de forma duradera.

Entre autonomía y despotismo

 La creación de un imperio tan gigantesco fue un caso espectacular, pero aislado. Por lo demás, Asia central estaba formada por unidades regionales menores, cuyos habitantes trataban de preservar su identidad dentro de una dependencia de poderes que cambiaban con frecuencia. Soportaban más o menos estoicamente esta dependencia. La unidad territorial no era algo presupuesto, y también las ciudades-Estado –o ligas libres de éstas- podían resultar de muy larga vida.
 Esto muestra por ejemplo la historia de Sogdiana. En la zona situada entre el Amu-daria y el Syr-daria se practicaba una agricultura intensiva, para lo que ya en época muy temprana se establecieron sistemas de regadío bien ideados. Durante siglos, la importancia de su comercio fue al menos de igual nivel.
 Absolutamente legendario era el sentido para los negocios de la población, por lo que “sogdiano” se usaba en la lejana Khotan como una denominación más general referida a comerciantes de cualquier origen. Para ensalzar sus dotes de individuos emprendedores se crearon todo tipo de leyendas en consonancia, e incluso los chinos se animaron a hacer algunas fantasiosas descripciones:
 Las madres dan a sus hijos de comer azúcar, en la esperanza de que sus palabras se hagan dulces después; les untan engrudo en las palmas de las manos para que los tesoros [que toquen] se [les] queden adheridos. Estas gentes son hábiles comerciantes. Con cinco años se les acostumbra a los muchachos al estudio de los libros. Una vez que los han entendido, sigue el aprendizaje [de la práctica] del comercio.
 Los vestigios arquitectónicos conservados transmiten en primer lugar la impresión del estilo de vida urbano que esto posibilitó. Pues no sólo los restos del palacio del soberano, que en el siglo VIII se levantó en la ciudadela de Pendshikent (en el actual Tayikistán), dan un soberbio testimonio, sino numerosas casas privadas que apenas le iban a la zaga en magnificencia. Las excavaciones arqueológicas reflejan un orden político que sólo llegó a florecer en Sogdiana cuando el país ya no estuvo sometido a sus vecinos en expansión, como tantas veces ha ocurrido en la historia.»

   [El texto pertenece a la edición en español de Alianza Editorial, 2008, en traducción de Elena Bombín Izquierdo, pp. 85-92. ISBN: 978-84-206-4929-0.]

sábado, 21 de noviembre de 2020

El imperio vikingo de Tiahuanacu.- Jacques de Mahieu (1915-1990)

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I.-El gran viaje

  «Los cataclismos del final del siglo XIII constituyeron el principio de un largo período de decadencia debido, en gran parte, al enfriamiento de la región, pero también, en el curso de las últimas centurias antes de nuestra era, a la expansión anárquica de los celtas en la Europa occidental, que cortó las rutas del ámbar. Los cimbros y los teutones, primero, y luego los longobardos, los burgundos y los godos, se lanzaron hacia el Sur, donde chocaron con los romanos. Pronto, sin embargo, gracias a estos últimos, el comercio se reactivó  y la prosperidad volvió a Escandinavia, favorecida por una suavización del clima. La descomposición del Imperio acabó, una vez más, con la exportación del ámbar. Conflictos internos entre tribus o entre señores, y hasta actos de bandolerismo lisos y llanos, vinieron a agravar la crisis. Los anglos, los jutos y los sajones se lanzaron sobre la Gran Bretaña, mientras otras tribus, en olas sucesivas, iban a juntarse con los germanos continentales en su marcha hacia el Sur. Paradójicamente, la anarquía que imperaba en Occidente pronto favoreció a los pueblos escandinavos que no sufrían amenazas de ninguna índole. Desde el siglo V, y durante trescientos años, se vivió una edad de oro: el comercio y la piratería hicieron concentrarse en los puertos de las dos penínsulas buena parte de los tesoros de Europa. Ciudades de cierta importancia surgieron a orillas del Báltico. Los odales empezaron a federarse bajo la presión de los jarls más ambiciosos y más dotados de sentido político. En el siglo VII, la expansión demográfica provocada por la prosperidad reencontrada y el descontento suscitado, en muchos señores, por el nuevo orden social, crearon una tensión cuyas consecuencias ya conocemos: se iniciaba la era de los vikingos. 
 La historia, por lo general, la escriben los vencedores. La de los piratas escandinavos que asolaron a Europa occidental en los siglos IX y X, la redactaron las víctimas y no por ello, naturalmente, resultó más imparcial. Casi no se sabía escribir, en aquella época, sino en los conventos. Ahora bien: los vikingos saqueaban preferentemente monasterios e iglesias. No por odio religioso: los paganos se mostraban muy tolerantes y, cuando el cristianismo empezó a introducirse en Escandinavia, no se molestó en absoluto a sus adeptos. Hasta se les eximía de asistir a las ceremonias, obligatorias para los demás, que podían violentar su fe. Simplemente, los saqueadores eran atraídos por los tesoros que encerraban edificios que, para ellos, no eran más sagrados que los castillos. No es nada sorprendente, pues, que hayan dejado malos recuerdos a los historiadores eclesiásticos y que éstos nos los hayan presentado como agentes de Satanás. Sólo muy recientemente se ha empezado a medir el pro y el contra.
Resultado de imagen de jacques de mahieu el imperio vikingo  Los vikingos no eran ángeles ni demonios: simplemente hombres de su tiempo, de una época violenta poco adicta a la sensiblería. Lo que llamamos piratería no era para ellos sino una actividad tan loable como la corsa para los ingleses o los franceses del siglo XVII. Se labraba la tierra en otoño y en primavera, se partía en expedición en verano, se pasaba el invierno en fiestas y diversiones: ésta era la norma, al ritmo de las estaciones. Esos rudos guerreros, cuya moral toda estaba hecha de heroísmo, lealtad y camaradería, respetaban a las poblaciones indefensas, pero trataban a las que les resistían como se trataban entre sí en el curso de los conflictos esporádicos que oponían violentamente a bandas y odales. No se mostraban más tiernos para con los francos que Carlomagno para los sajones que convertía al cristianismo mediante argumentos... contundentes. Y si les parecía normal apropiarse del oro y las mujeres de los vencidos, lo podemos entender recordando que no hace tanto tiempo que el derecho de botín, reconocido a los ejércitos regulares, fue suprimido por convenios internacionales, no siempre respetados, por cierto.
 Esto aclarado, los vikingos no eran salvajes. Su mitología mucho se parecía a la de los griegos, derivada de ella, por lo demás. Los poemas de sus escaldas no tenían nada que envidiar a los romances de los troveros francos. Los libros de historia que les debemos -las sagas-, desconocidos en la Europa occidental hasta el siglo pasado, son más precisos y mejor escritos que los que nos dejaron en latín los monjes de la época. Sus armas y sus piezas de orfebrería atestiguan un arte refinado, del todo original. Su arquitectura naval produjo uno de los barcos mejor diseñados de todos los tiempos. Y si, por no utilizar la piedra, no construyeron, por lo menos en Escandinavia, grandes edificios que hubieran perdurado hasta nosotros, las esculturas sobre madera que se han conservado evidencian, en sus autores, una capacidad de creación que los sitúa, por lo menos, a la altura de los imagineros de Occidente.»
 
  [El texto pertenece a la edición en español de Ediciones de Nuevo Arte Thor, 1985, pp. 13-16. ISBN: 84-7327-102-5.]
 

sábado, 26 de enero de 2019

Cartas a Miranda.- Quatremère de Quincy (1755-1849)


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Inventario de los robos hechos por los franceses en los países que han invadido sus ejércitos

«En este inventario no he hecho mención del robo de todas las pinturas, estatuas, bustos, manuscritos y monumentos de las artes, que estos canallas han sacado de las provincias conquistadas.
 Como todas las expediciones de la Francia se han emprendido con la mira del botín, han seguido a sus ejércitos constantemente numerosos cuerpos de gentes, con el proyecto de comprar los géneros hurtados que fuesen demasiado pesados para conducirlos con el bagaje. Jamás se ha movido Bonaparte sin una legión de estos avarientos y pudientes traficantes en su comitiva, los que estaban siempre prontos a comprar a un precio bajo cualquiera cosa que él y sus harpías podían agarrar en las casas que despojaban, desde la del habitante de la choza hasta la del príncipe. Este jefe de chamarileros o corredores ha vendido por sí mismo más muebles y efectos de casa, como vajillas, vinos, pinturas, bustos, adornos, etc. que la mitad de los prenderos de Europa. Los varios mueblecillos que pudo robar al paso en las casas particulares donde le alojaron, le habilitaron para dar la suma de veinte y tres mil libras esterlinas de dote a su hermana cuando se casó con el general Le Clerc, uno de los mayores canallas que ha deshonrado la noble profesión militar.
 Mr. Duppa, hombre de integridad, y buen observador, a quien he citado en mi primera carta, dice que fue testigo ocular cuando el Papa salió de Roma, que inmediatamente que abrieron el palacio del Vaticano y Quirinal, se hizo un inventario de todos los artículos; se permitió entonces comprar con ciertas condiciones cuanto escogió la compañía de corredores que seguía al ejército y después llamaron a los judíos de Gatta para que tomasen el resto. Estos corredores abastecían el ejército de Italia y cuando Bonaparte atravesó los Alpes la primera vez, les concedió la condición que ellos habían de elegir los primeros en el botín que hiciesen; pero le habían de pagar un tanto por ciento. Esta condición prueba una disposición previa en Bonaparte a no conquistar por amor a la consolidación y reposo de la Francia, sino por el saqueo. La rapiña pública y los robos particulares han sido característicos de este monstruo y de sus compañeros viles bandidos, sedientos siempre de derramar sangre y recoger el oro. Así el desgraciado pueblo de los países en que la sangrienta y mortal bandera de este agente infernal ha tremolado triunfante, puede exclamar justamente con el lúgubre lenguaje del escritor sagrado: "Aquello que ha dejado el gusano de la palma, ha comido la langosta, y aquello que ha dejado ésta, ha comido el gusano de la gangrena; y aquello que ha dejado este insecto, ha comido la oruga". En el África el fiero tigre salta únicamente sobre una víctima, la devora y despedaza; pero entre los franceses desde el jefe principal al inmediato en mando, desde éste al general, y aun hasta el pífano y el tambor hay arreglada una escala de despojo y de rapiña, que nadie se escapa de sus garras; y para coronarlo todo, una cuadrilla de comisarios, proveedores, etc. completan la obra de la desolación y la miseria, quienes arrebatan los restos que el voraz apetito de los militares no pudo consumir. Todo esto forma una numerosa oligarquía que se extiende sobre millones de gentes. Estas aves de rapiña devoradoras hacen que por los poros de los desgraciados habitantes por donde han invadido estos ejércitos de bandidos, haya habido una corriente de sangre y oro que los ha extenuado y aniquilado, quedando revueltos en sus ruinas y en una desolación lamentable...
 Es imposible pensar sin indignación la frialdad con que miran estos agentes monstruosos los actos más atroces, habiéndose familiarizado con la sangre, el robo y toda especie de inmoralidad. Han asolado y destruido la parte más hermosa de Europa y han triunfado, con impunidad de sus crímenes. Pero no falta una vista oculta que los observa: han estado abandonados a su presunción y así se han arrojado desenfrenadamente a la destrucción; pero nuestra energía frustrará el abominable designio que han tenido de destruir la libertad de Europa, y se debe esperar también que la Providencia con aquella mano oculta que dirige la justicia, que tan a menudo deshace los proyectos de la iniquidad, decretará, y hará que el artífice del mal sea destruido; y aunque este malvado se burla escandalosamente del poder del cielo y de todas las virtudes de la tierra; que comete todas las iniquidades escandalosamente; que cree y se jacta de tener encadenada la fortuna; estas legiones, cuyos excesos han llenado el mundo de terror, y han confundido los más poderosos gobiernos de Europa, pagarán en nuestras costas sus impunidades y crímenes, y en su humillante catástrofe confesarán que obra la justicia retributiva. La mano del Señor está levantada, y la de aquel que sólo obra grandes maravillas: el león británico, una vez despierto, puede hacer que nos dirijamos pronto a las naciones de la tierra, con aquel sublime y despertador lenguaje que Moisés usó una vez con los Israelitas, diciéndoles: No temáis: estad quietos y mirad la salvación del Señor: lo que habéis visto hoy en el enemigo, no lo volveréis a ver jamás.
 Nota
 El autor de esta carta no hace mención de los robos y saqueos que han hecho los ejércitos franceses en los países de Alemania, Austria, Prusia y demás por donde han transitado en las últimas campañas, y menos los que han hecho en los desgraciados pueblos de nuestra península. Pero por un juicio comparativo pueden calcular nuestros lectores lo que han robado en los citados países, y a lo que hemos estado expuestos si la energía española no se hubiese desplegado con valor, para destruir los pérfidos proyectos del corso usurpador.
 Aunque no constan de oficio todas las noticias que hemos dado, la carta que hemos traducido de Alfredo se ha tenido por verídica e imparcial cuando se publicó en Londres, y los datos de este inventario la mayor parte son públicos y conocidos de toda Europa.»
    
    [El texto pertenece a la edición en español de Nausícaä Edición Electrónica, 2007, en traducción de Ilduara Pintor Mazaeda. ISBN: 978-84-96633-36-0.]

viernes, 31 de agosto de 2018

Sin mañana.- Vivant Denon (1747-1825)


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Roseta. Los árabes beduinos

«Roseta no ofrece ningún monumento curioso. Su antigua circunvalación revela que fue más grande de lo que es ahora. Se reconoce la primera muralla por los montículos de arena que la cubren de oeste a sur, formados por murallas y torres que sirven de núcleos a estos terrenos. Al igual que en Alejandría, la población de esta ciudad va decreciendo. Se construye poco y lo que se construye se hace con ladrillos viejos de los edificios que se convierten en ruinas por falta de habitantes y de arreglos. Las casas, por lo general mejor edificadas que en Alejandría, son aun así tan frágiles que, de no protegerlas el clima, que no destruye nada, pronto no existiría ni una sola casa en Roseta. Los pisos, que siempre sobresalen con respecto al de debajo, acaban casi tocándose, lo que vuelve las calles muy oscuras y tristes. Las viviendas que están a orillas del Nilo no tienen este inconveniente. La mayoría pertenecen a los negociantes extranjeros. Esta parte de la ciudad sería fácil de embellecer. Sólo habría que construir en la orilla del río un muelle alternativamente en declive y cubierto. Las casas, aparte de la ventaja de tener vistas a la navegación, poseen el aspecto alegre de las riberas del delta, isla que no es sino un jardín de una legua de extensión.
 Esta isla se convirtió primero en nuestra propiedad, nuestro paseo y, por último, en el jardín donde disfrutábamos del placer de la caza, al que se añadía el de la curiosidad, ya que cada pájaro que matábamos era un nuevo conocimiento.
 Pude observar que los pobladores de la orilla izquierda del Nilo, es decir, los habitantes del delta, eran más afables y sociables. Creo que esto hay que atribuirlo tanto a una mayor abundancia como a la ausencia de los árabes beduinos, que, al no cruzar nunca el río, los dejan en un estado de paz que no disfrutan los demás en ningún momento de sus vidas.
 Observando las causas, uno tiene casi siempre menos tendencia a quejarse de los efectos. ¿Cómo puede reprocharse a los árabes agricultores el que sean hoscos, desconfiados, avaros, descuidados, faltos de previsión para el futuro, cuando se piensa que, aparte de la vejación que les inflige el amo del suelo que cultivan, el ávido bey, el jeque, los mamelucos, hay un enemigo errante, siempre armado, acechando sin cesar el instante propicio para arrebatarle todo lo superfluo que tuviera la osadía de mostrar? El dinero que puede ocultar y que representa los placeres de los que se priva es todo cuanto puede considerar verdaderamente suyo. Por esto, el arte de esconderlo es su principal dedicación. Las entrañas de la tierra no le parecen fiables; los escombros, los harapos, toda la parafernalia de la miseria: espera defender sus riquezas de la avidez de sus amos poniendo estos tristes objetos al alcance de sus miradas. Le interesa inspirar piedad. No compadecerse de él sería denunciarlo. Inquieto mientras acumula ese peligroso dinero, turbado cuando lo posee, su vida transcurre entre la desgracia de no tenerlo y el terror de ver cómo se lo arrebatan.
 Bien es verdad que habíamos expulsado a los mamelucos. Pero al echarlos a nuestra llegada, habida cuenta de que experimentábamos todo tipo de necesidades, ¿no los habíamos reemplazado? Y a esos árabes beduinos, mal armados, sin resistencia, con arenas movedizas por toda muralla, sin más línea que el espacio ni más refugio que la inmensidad, ¿quién podrá vencerlos o contenerlos? ¿Acaso trataremos de seducirlos ofreciéndoles tierras que cultivar? Pero los campesinos de Europa que se convierten en cazadores dejan de cultivar la tierra para siempre; y el beduino es el cazador primitivo. La pereza y la independencia son las bases de su carácter. Y para satisfacer una y defender la otra, se agita sin cesar y se deja asediar y tiranizar por la necesidad. No podemos, pues, proponer a los beduinos nada que equivalga a la ventaja de robarnos; y el cálculo es siempre la base de sus tratados.
 La envidia, plaga de la que no está exenta ni la morada misma de la pobreza, se cierne también sobre las arenas ardientes del desierto. Los beduinos guerrean con todos los pueblos del universo, no odian ni envidian más que a los beduinos que no son de su horda. Emprenden todas las guerras, se ponen en movimiento en cuanto una riña interna o un enemigo extraño turba el reposo de Egipto, y, sin unirse a ninguno de los bandos, aprovechan la refriega para robar a los dos. Cuando llegamos a África, se mezclaban con nosotros, raptaban a los rezagados, y habrían saqueado a los alejandrinos si éstos hubieran salido de sus murallas a combatir. Donde esté el botín está el enemigo de los beduinos. Siempre dispuestos a negociar -porque hay presentes ligados a las estipulaciones-, no conocen más compromiso que la necesidad. Su crueldad, sin embargo, no tiene nada de atroz. Los prisioneros que nos hicieron, al recordar los males que habían padecido en su cautiverio, los consideraban más como una consecuencia de la manera de vivir de este pueblo que como un resultado de su barbarie. Unos oficiales que habían sido prisioneros suyos me dijeron que el trabajo que se les había exigido no había tenido nada de excesivo ni cruel: obedecer a las mujeres, cargar y conducir los burros y los camellos. Bien es verdad que había que acampar y levantar el campo a cada momento. Se recogían todos los pertrechos y en un cuarto de hora, como mucho, ya se estaba en camino. Pero, por lo demás, los pertrechos en cuestión consistían en un molino de trigo y café, una placa de hierro para asar las tortas, una cafetera grande y otra pequeña, varios odres, unos cuantos sacos de grano y la tela de la tienda, que servía para envolverlo todo. Un puñado de trigo tostado y doce dátiles eran la ración común en los días de marcha, y algo de agua que, dada su escasez, había servido para todo antes de beberse. Pero esos oficiales, al no tener el alma marcada por maltrato alguno, no conservaban ningún recuerdo amargo de una condición desgraciada que no habían hecho más que compartir.
 Sin prejuicios religiosos, sin culto exterior, los beduinos son tolerantes. Unas cuantas costumbres reverenciadas les sirven de leyes. Sus principios se asemejan a virtudes que resultan suficientes para sus asociaciones parciales y su gobierno paternal.
 Debo mencionar un rasgo de su hospitalidad. Un oficial francés llevaba varios meses prisionero de un jefe árabe. Una noche en que nuestra caballería entró por sorpresa en su campamento, sólo tuvieron tiempo de huir. Tiendas, rebaños, provisiones, todo les fue arrebatado. A la mañana siguiente, errabundo, aislado, sin recursos, el jefe árabe saca de sus ropas un pan y, dando la mitad a su prisionero, le dice: "No sé cuándo comeremos otro. Pero no se me acusará de no haber compartido el último con amigo que me he hecho". ¿Se puede odiar a un pueblo así, por bárbaro que pueda ser en otros aspectos? Y ¿no le da ventaja sobre nosotros esa sobriedad comparada con las necesidades que nos hemos creado? ¿Cómo persuadir o reducir a hombres semejantes? ¿No tendrán siempre que reprocharnos el que hayamos sembrado ricas cosechas sobre las tumbas de sus antepasados?»
 
 [El fragmento pertenece a la edición en español de Ediciones Atalanta, en traducción de Anne-Hélène Suárez Girard. ISBN: 84-934625-0-0.]