Mostrando entradas con la etiqueta Individualidad. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Individualidad. Mostrar todas las entradas

domingo, 21 de junio de 2020

El siglo de los niños.- Ellen Key (1849-1926)

Resultado de imagen de ellen key 

Volumen I
Capítulo III: La educación

  «Mme. Stäel ha dicho perfectamente que para instruir a los niños es preciso, ante todo, saberlos entretener; para educarlos lo primero es acercarse a ellos todo lo posible. Lo cual no quiere decir que tengamos que imitar sus juegos y su charla infantil, pues los niños fácilmente descubren y desprecian el artificio. Significa dejarse absorber por ellos con la sencillez profunda con que la vida les absorbe, y tratarlos con la discreción, delicadeza y confianza que creemos un deber demostrar a los adultos. No quiere decir que tengamos que guiarles, obligándoles a ser como quisiéramos que fuesen, sino que debemos hacerles imitar nuestro ejemplo sin que se den cuenta de ello. No quiere decir que les tratemos con violencia o con astucia, sino con su misma seriedad y honradez.
  Dice Rousseau: “La educación no puede dar buenos frutos porque la naturaleza no hizo los padres para que educasen, ni los hijos para ser educados”. ¿Por qué no seguir este precepto de la naturaleza que nos enseña que el mejor secreto educativo consiste... en no educar?
  El error más grande de la educación actual es el de ocuparse demasiado de los niños. El ideal de la educación futura será crearles un ambiente bello, en el sentido más extenso y elevado de la palabra, en donde podrán crecer y moverse libremente, teniendo por única limitación los derechos intangibles de los demás. Sólo entonces conseguirán penetrar los adultos en el reino actualmente casi desconocido del alma infantil.
  Un verdadero instinto de conservación impide que el niño abra su alma al maestro, quien no cesa de hacerle preguntas inútiles o indiscretas, como la eterna interrogación: “¿En qué piensas?”, a la cual generalmente no se contesta, o se contesta con una mentira grande o pequeña; al maestro que investiga y reprende toda acción, todo intento; que hace públicos y se burla sin consideración de los más delicados sentimientos; que aplaude o censura delante de gente extraña, y a veces en un momento de enfado abusa, dándoles el giro que le conviene, de confidencias recibidas en un momento de sincero abandono.
  El axioma de que dos seres humanos nunca podrán comprenderse, y en el caso más favorable apenas podrán tolerarse, se aplica sobre todo a las relaciones entre hijos y padres, a la cual falta en general la característica más profunda y necesaria del afecto, la íntima inteligencia recíproca.
  Para citar un solo caso: los padres no comprenden que la infancia tiene necesidad de una grandísima tranquilidad; tranquilidad interna, profunda, a pesar de su aparente movilidad continua. El niño tiene un mundo nuevo e infinito que estudiar, explorar y conquistar, y sólo encuentra obstáculos, avisos y prohibiciones inoportunas. Debe siempre hacer, dejar de hacer, buscar o querer algo que no es aquello que haría, buscaría o querría espontáneamente; y es impulsado sin descanso en sentido opuesto a sus tendencias. Todo, naturalmente, por amor, por cariño, por deseo mal entendido de ayudar, aconsejar y dirigir, y también por la ambición de moldear con aquella blanda arcilla humana, un ejemplar perfecto en la especie de niños-modelo.
  A una niña de tres años oí que le llamaban “mala” porque quería ir a jugar en el bosque, mientras su niñera trataba de llevarla a la ciudad; y a otra de seis años le pegaban, porque había sido “mala” con una amiguita, a quien llamó “cochina”, epíteto sobremanera educativo para una chiquilla que nunca quería lavarse: en estos dos casos tenemos ejemplos típicos de violencia hecha al sano instinto de los niños. ¿Conocéis una frase más espontánea que la de aquel niño que oyendo la descripción del cielo de los niños buenos, preguntó a su madre si después de haber sido bueno durante toda la semana en el cielo, le dejarían los sábados ir al infierno a jugar con los niños malos?
  El niño siente en el fondo de su corazón que también tiene el derecho de ser “malo”; derecho al cual, como nos consta, no renuncian los adultos por cuenta propia. Y no tan solo de ser malo, sino de que le dejen en paz con sus travesuras, cuyos peligros y alegrías quiere saborear.
  Buscar en cada defecto la virtud correspondiente significa tratar de vencer el mal con el bien. Todo lo demás es pretender sofocar inútilmente las fuerzas naturales, y crear virtudes artificiales que no resistirán las pruebas a las que seguramente se verán expuestas.
  La victoria del bien sobre el mal es una necesidad simple solamente en apariencia, pero en realidad no hay nada mas lento ni mas complicado. Es más fácil decir lo que no debe hacerse, que lo que se debe hacer para transformar, por ejemplo, la obstinación en firmeza, la astucia en prudencia, la coquetería en amabilidad, el inquieto en emprendedor. Y sólo llegaremos a conseguirlo admitiendo que el mal — cuando no es producido por el atavismo o una tendencia perversa — es tan natural e indispensable como el bien, y no se convierte verdaderamente en mal sino por el desarrollo desproporcionado de alguno de sus elementos.
Tras los pasos de la Infancia y la Adolescencia - Línea del Tiempo ...  El educador quisiera conseguir desde el primer momento que el niño fuese perfecto del todo, y le exige un orden, una fuerza de ánimo, una honradez y una conciencia del propio deber que los adultos suelen haber olvidado. Debéis recordar que los niños, a quienes en casa y en la escuela se reprende la menor tontería, son testigos constantes y jueces inexorables de nuestros defectos y errores.
  El arte de la educación consiste en saber cerrar los ojos de cada diez veces nueve, en evitar intervenciones demasiado directas y por lo general inútiles, y en dirigir todo cuidado a reformar el ambiente en que viven los niños, y sobre todo nosotros mismos.
  Pero los educadores que se ocupan del atento y consciente mejoramiento de ellos mismos y del ambiente, son muy raros. Los más gastan a un tiempo los intereses y el capital de la educación recibida, que después de haber hecho de ellos niños modelos destruye todo deseo de continuar educándose.
  Y no hay duda de que sólo mejorándonos continuamente a nosotros mismos, asimilándonos sin descanso los mejores frutos de la época, llegaremos a transformarnos, poco a poco, en aquellos compañeros de los cuales tienen necesidad nuestros niños.
  Educar un niño significa tener su alma constantemente entre las manos, guiándole por un estrecho sendero. Significa no exponerse nunca a leer en sus ojos aquel mudo reproche que nos juzga insuficientes en nuestra misión e ilógicos en los procedimientos usados; significa reconocer humildemente que existen muchos modos de perjudicarle y muy pocos de favorecerle. Muy pocas veces se da cuenta el educador de que un niño de cuatro o cinco años comprende, juzga y compara con infalible rectitud, y reacciona como una sensitiva a toda impresión. La más pequeña desconfianza, una tontería, una injusticia, una burla inmerecida pueden dejar en sus tiernas almas una herida incurable; y una palabra afectuosa, una leve caricia, un justo reproche dejan un recuerdo profundo y duradero en aquellos corazones que consideramos blandos como la cera y machacamos como si fuesen de suela.
  En el fondo la mejor educación era la antigua que enseñaba a ser “honrados y corteses”. Si no formaba una individualidad, por lo menos no la deformaba. Bastaría que los padres empleasen, interviniendo activamente en la vida de los niños, la centésima parte de la energía que emplean hoy, guardando el resto para guiarles sin intervenir directamente, siendo como una providencia invisible que ayuda sin mandar y a la cual los niños puedan recurrir en un momento de necesidad. Y por el contrario no les dejamos un momento en paz, y tratamos de imponerles nuestras opiniones. Con demasiada frecuencia el educador olvida o ignora que tiene a su cargo el cuidado de un alma, de una nueva individualidad, cuyo derecho más sagrado es el de reflexionar por sí mismo sobre las cosas que ve. Consideramos el alma del niño como una edición nueva del hombre antiguo, como una cosecha de vino nuevo que nos apresuramos a meter en botellas viejas. Enseñamos al nuevo hombre a no robar, a no mentir, a no ensuciarse el vestido, a estudiar la lección, a no malgastar, a obedecer, a rezar, a pelear con sus compañeros para criar fuerzas; ¿pero quién le enseña el camino de la vida? ¿Quién piensa que la necesidad de individualidad pueda ser tan ardiente que convierta la educación uniforme, dulce o severa, en la tortura silenciosa de toda una infancia?»

       [El texto pertenece a la edición en español de Editores Henrich y Compañía, 1906.]

lunes, 2 de julio de 2018

Sobre las últimas cosas.- Otto Weininger (1880-1903)


Resultado de imagen de otto weininger           
Comentarios aforísticos

«-La más alta expresión de toda moralidad es: ¡Sé!
[...]
 -El dormir y el soñar tienen, sin ninguna duda, algo en común con nuestro estado previo al nacimiento.
 -El álgebra es conceptual, la aritmética es intuitiva.
 [...]
 -Lo que también conduce siempre al determinismo es el hecho de que se obliga constantemente a aceptar la lucha. En un caso concreto, la decisión puede ser tomada de forma totalmente ética, pudiendo decidir una persona en favor de lo bueno; pero la decisión no es duradera, debe volver a luchar de nuevo. Hay libertad, podría decirse, sólo para el momento.
 Y eso se halla en el concepto de libertad. Pues qué tipo de libertad sería la que yo hubiera logrado para siempre a través de un buen acto en alguna ocasión previa: el orgullo humano consiste precisamente en el hecho de que puede ser nuevamente libre en todo momento.
 No hay libertad ni para el futuro ni para el pasado; el hombre no tiene ningún poder sobre ellos.
 De ahí que el hombre no pueda entenderse nunca a sí mismo; pues él mismo es un acto atemporal, un acto que realiza una y otra vez, y no hay un solo momento en que no lo realice, tal y como es necesario para que él se entienda a sí mismo [1].
 La ética puede ser definida así: Actúa con plena conciencia, es decir, actúa de tal modo que en cada momento estés Tú al completo, que en cada momento se halle toda tu individualidad. El hombre experimenta esta individualidad en el curso de su vida sólo en momentos consecutivos; por eso el tiempo es inmoral y ninguna persona viva es santa o perfecta. Si el hombre actúa una sola vez con la más fuerte voluntad, de modo que toda la universalidad de su yo (y del mundo, pues él es el microcosmos) se concentre en el momento, entonces ha vencido al tiempo y se ha vuelto divino.
 Los motivos musicales más poderosos de la música mundial son esos que intentan representar este atravesar el tiempo en el tiempo -la ruptura hacia fuera del tiempo-, esos en los que el acento rítmico recae en una nota que absorbe las demás partes de la melodía (que representa el tiempo como un todo, siendo los puntos individuales integrados por el yo), y por eso trasciende la melodía. Tanto el final del motivo del Grial en Parsifal como el motivo de Sigfrido son melodías de este tipo.
 Sin embargo, hay un acto que, por así decir, absorbe el futuro en sí mismo, que experimenta con antelación toda futura recaída en la inmoralidad como culpa, no menos que todo pasado inmoral, y por ello supera a ambos: es un establecimiento atemporal del carácter, el renacimiento. Es el acto por medio del cual surge el genio.
 Es un precepto moral que en toda acción debe resultar evidente la completa individualidad de la persona; cada acción debe ser una completa superación del tiempo, lo inconsciente, y la estrechez de conciencia. Pero la mayoría de las veces el hombre no hace lo que quiere, sino lo que ha querido. Con estas decisiones se da siempre a sí mismo no más que una cierta dirección en la que se mueve hasta el próximo momento de reflexión. No queremos continuamente, sólo queremos intermitentemente, a intervalos. Así evitamos querer: principio de economía de la voluntad. Mas el hombre superior siempre experimenta esto como totalmente inmoral. El presente y la eternidad están relacionados: los juicios atemporales, universales y lógicos se formulan en presente (la lógica es la ética lograda): Y por tanto toda la eternidad debe hallarse también en cada momento del presente. Tampoco debemos determinarnos desde dentro; este último peligro, esta última engañosa apariencia de la autonomía también ha de ser evitada.
 ¡Quiere! Es decir: ¡Quiérete por completo!
 Lo correcto del socialismo es que así como cada hombre debería buscarse a sí mismo, su singularidad, además de intentar encontrarse a sí mismo, también debería esforzarse por adquirir su propiedad; y aquí sus posibilidades no deben ser restringidas de inicio desde el exterior.
 Un hombre puede estar orgulloso de las riquezas adquiridas y con derecho puede admirarlas como un símbolo moral de trabajo interno.
[...]
 -El estado de la infancia humana es mucho más miserable que el del animal recién nacido y el de la planta recién nacida y sólo por ello el hombre debe ser criado y educado en solitario, pues aquí el alma se ha perdido a sí misma; de ahí que el niño se halle tan desamparado y débil y (¡mortalidad infantil!) mucho más cerca del peligro de la muerte que el adulto y por eso sufre el hombre ante las enfermedades infantiles que ni los animales ni las plantas conocen. 
[...]
 -Así como el hombre se relaciona con cada uno de los más pequeños e insignificantes de sus movimientos psíquicos, se relaciona Dios con el hombre. Ambos buscan manifestarse y realizarse en ellos. 
 
[1] Motivo (variación) de Parsifal, Acto III ("La santa lanza te devolveré").»
 
[Los fragmentos pertenecen a la edición en español de la editorial A. Machado Libros, en traducción de José María Ariso. ISBN: 978-84-7774-656-0.]

lunes, 28 de mayo de 2018

Los complejos y el inconsciente.- Carl Gustav Jung (1875-1961)


Resultado de imagen de carl jung  
Libro primero. Exposición
2.-Reconquista de la conciencia

«En el dominio psicológico siempre he sentido una extremada dificultad en comunicar a mi auditorio cosas asequibles al gran público. Ya tropezaba con esta dificultad cuando, siendo un joven médico, me encontraba en el asilo de alienados. En efecto, todo psiquiatra descubre, con asombro, que su opinión sobre la salud mental y sus trastornos no es tenida por competente y que la gente común pretende saber mucho más que él sobre esta materia. El enfermo, le dicen, todavía no se sube por las paredes, sabe dónde se encuentra, reconoce a sus parientes, ni siquiera ha olvidado su nombre; no está, pues, seriamente afectado, sino sólo un poco triste o un poco exaltado, y la idea del psiquiatra de que su enfermo padece tal o cual enfermedad no es más que un profundo error.
 Esta frecuente constatación se ha extendido ya al dominio psicológico. Aquí las cosas son todavía mucho peor, pues todo el mundo pretende con gran seguridad que la psicología es precisamente lo que él conoce mejor. "Psicología" es siempre, para el que acaba de llegar, su psicología (que él es el único en conocer), cualquiera que sea la psicología a secas existente. Por instinto, todo hombre supone que su constitución psíquica, por personal que sea, pertenece a la "condición humana" y que cada uno, dentro del conjunto, es semejante a los demás, es decir, a él mismo. El hombre espera esta semejanza de su mujer; la mujer, del hombre; los padres, de los hijos; los hijos, de los padres, etc. Es como si cada uno mantuviera con su mundo interior las relaciones más inmediatas, íntimas y pertinentes, y como si el alma personal representara al alma de toda la humanidad, de suerte que no hubiera obstáculo en conferir, por generalización, un valor universal a lo que se encuentra en sí mismo. El sujeto es presa de un asombro sin límites, se siente entristecido, asustado e incluso exasperado cada vez que esta regla no se confirma manifiestamente, es decir, cada vez que descubre que otro ser es realmente otro. Las diversidades psíquicas no despiertan por lo general el interés que se concede a simples curiosidades más o menos atractivas; se las siente más bien como penosas y casi insoportables o incluso como intolerables, falsas y condenables. Un comportamiento que difiere de una manera manifiesta de la norma general y admitida produce el efecto de una perturbación introducida en el orden del mundo, es como un error que debe ser reparado lo antes posible, como una falta que es un deber denunciar y reprimir. Hay, incluso, como es sabido, importantes tareas psicológicas cuyo principio supone la similitud en todo lugar y en todo tiempo del alma; hay motivos, pues, para explicarla -cualesquiera que sean las circunstancias- desde un solo punto de vista. La monotonía aplastante, postulada por semejantes teorías, está contradicha por la diversidad individual, que en el dominio psíquico llega a lo infinito. No obstante, prescindiendo de estas variaciones individuales, una de las teorías a las que aludo explica principalmente la fenomenología psíquica por la biología del instinto sexual (Freud), mientras que otra (Adler) se basa en la no menos conocida voluntad de poder. Esta contradicción conduce a ambas teorías a encerrarse en su principio inicial y a pretender que fuera de ella no hay salvación. Cada una de ellas niega el fundamento de la otra, y uno se pregunta en vano, a primera vista, cuál de las dos es la verdadera. Por mucho que los sostenedores de los dos partidos se esfuercen recíprocamente por ignorarse, su actitud no basta para eliminar la contradicción. La clave del enigma es, sin embargo, de una simplicidad desconcertante: cada una de estas dos teorías tiene razón en su sentido, al describir una psicología conforme a la de sus partidarios. Es, libremente ilustrada, la célebre frase del Fausto: "Te pareces al espíritu que concibes".
 Pero volvamos a ese prejuicio, por así decirlo, inexpugnable del sentido común, de que todo en los demás es igual que en uno mismo. Aunque, en general, se concede sin dificultad la diversidad de las almas humanas, no por ello se olvida perpetuamente en la práctica que "el otro" es, en realidad, otro ser, cuyos sentimientos, pensamientos, percepciones y deseos son diferentes de los nuestros. Hay incluso teorías científicas, como hemos visto, que llegan hasta suponer que a todos nos aprieta el zapato en el mismo sitio. Junto a estas querellas intestinas entre concepciones psicológicas (divertidas, en último término), hay numerosos postulados de igualdad, plenos de consecuencias sociales y políticas que olvidan, con gran ligereza, la existencia de las almas individuales.
 En lugar de irritarme en vano ante semejante estrechez de puntos de vista, me he extrañado de su existencia y me he dedicado a buscar los motivos a los que se puede achacar. Esta manera de considerar el problema me ha conducido a estudiar la psicología de los pueblos primitivos. En efecto, desde hacía mucho tiempo me sorprendió ver que lo que inclina las más de las veces al hombre hacia el prejuicio de igualdad de estructura psicológica y de identidad es, en parte, cierta ingenuidad. En la humanidad primitiva este prejuicio se extiende, en efecto, no sólo a todos los hombres, son también a las cosas de la naturaleza, a los animales, a las plantas, a los ríos, a las montañas, etc. Todo posee algo de psicología humana, hasta los árboles y las piedras, que están dotados de palabra. Y al igual que entre los humanos hay algunos que se apartan manifiestamente de la norma común y que pasarán por ser magos, hechiceros, jefes de clanes o medicine-men, así también entre los animales habrá coyotes-médicos, pájaros-médicos, lobos-hechiceros, etc. títulos honoríficos que sólo se confieren a un animal si se comporta de forma inusitada, contraviniendo el prejuicio tácito de la igualdad. Este prejuicio es manifiestamente una supervivencia poderosa de un estado de espíritu primitivo que se basa, en el fondo, en una diferenciación insuficiente de la conciencia individual. La conciencia individual o conciencia del yo es una conquista tardía de la evolución. Su forma original es una simple conciencia de grupo, todavía tan rudimentaria en ciertas tribus contemporáneas que ni siquiera se dan un nombre propio que las distinga de las poblaciones vecinas. Así he encontrado en África oriental una pequeña tribu que se llamaba a sí misma "la gente que está aquí". Esta primitiva conciencia del grupo se perpetúa en la conciencia familiar moderna; es frecuente encontrar familias en las que sería difícil caracterizar a sus miembros de otra forma que mediante su apellido, lo que, por otra parte, no parece afectar mucho a los interesados.»
 
[El extracto pertenece a la edición en español de Alianza Editorial, en traducción de Jesús López Pacheco. ISBN: 84-206-3935-4.]

domingo, 18 de diciembre de 2016

"Alma primitiva".- Lucien Lévy-Bruhl (1857-1939)


Resultado de imagen de lucien levy-bruhl  
 Capítulo IV: Elementos y límites de la individualidad (continuación)
 V

« Para nosotros la semejanza consiste en una relación entre dos objetos de los cuales uno reproduce al otro. Nuestra imagen, lo mismo que nuestra sombra, que es nuestra imagen en el suelo, o el reflejo de nuestra persona en el agua, resulta algo exterior a nuestra persona. La imagen es, ciertamente, una reduplicación de nosotros mismos y en este sentido nos afecta muy de cerca. Decimos al mirarla: "Soy yo". Pero sabemos al mismo tiempo que experimentamos con ello una semejanza, no una identidad. Mi imagen tiene una existencia distinta de la mía y su suerte no tiene influencia alguna sobre mi destino. Para la mentalidad primitiva sucede de otro modo. La imagen no es una reproducción del original distinto de éste. Es este mismo original. La semejanza no es simplemente una relación efectuada por el pensamiento. En virtud de una participación íntima, la imagen, lo mismo que la pertenencia, es consustancial al individuo. Mi imagen, mi sombra, mi reflejo, mi eco, etc., soy yo mismo, y hay que entender esto al pie de la letra. Quien posea mi imagen me tendrá en su poder. De ahí la práctica universal de la hechicería que no difiere en nada de otras formas, tan variadas, de embrujamiento por medio de las pertenencias.
 Pero quizás se diga que hasta el primitivo más primitivo sabe muy bien que su imagen o su sombra es una cosa y que él mismo es otra. Cuando su sombra se proyecta sobre el suelo o cuando su imagen aparece en el agua, se reconoce sin duda, pero las ve distinto a él mismo. Por íntima que sienta la relación de esta imagen con su persona, no las confunde la una con la otra. Las percibe separadamente, igual que nosotros. Todo esto es verdad, pero este hecho no contradice lo que antes decíamos. En las representaciones de la mentalidad primitiva, lo que predomina de ordinario no es, como en las nuestras, los elementos que llamamos objetivos, suministrados y controlados por la experiencia. Son los elementos místicos. Se ha visto esto ya por lo que se refiere a las pertenencias. Ateniéndose a los datos de la percepción sensible y de la experiencia objetiva, para el primitivo, al igual que para nosotros, su sudor, sus excrementos, las huellas de sus pasos, los vestidos que ha llevado, los instrumentos que ha manejado, en una palabra, todas sus pertenencias, son objetos exteriores a su persona: no puede ignorarlo. Pero las siente y se las representa como partes integrantes de su individualidad. Ellas son él mismo y sus actos prueban de manera indudable que esta convicción es preponderante en su espíritu. No es del todo combatida por la experiencia objetiva que, por otra parte, no sabría desmentirla. Se puede incluso llegar a decir que en este caso la presencia y la fuerza de los elementos místicos en las representaciones hacen que los primitivos, a pesar de las apariencias, no perciban del mismo modo que nosotros.
 Por lo mismo poco le importa a la mentalidad primitiva que la imagen y el original sean dos cosas distintas en el espacio, y que parezcan subsistir independientemente la una de la otra. Percibe este hecho y no pretende en absoluto negarlo. Simplemente no lo  tiene en cuenta. No le presta ninguna atención. Siente la imagen consustancial al individuo y se comporta de forma enteramente emocional y mística con respecto a esta representación.
 No basta, pues, con decir, como se hace de ordinario, que la sombra es un "segundo yo", como si tuviera una existencia realmente distinta de la del "primer yo". En realidad no es más que otro aspecto del "primer yo". O bien, si se persiste en hablar de un "segundo yo", conviene representárselo al modo como lo hacen los primitivos.
 Unidad, dualidad o pluralidad no son categorías o esquemas habituales de los objetos para su pensamiento en el mismo sentido que lo son para el nuestro. Nosotros estamos acostumbrados a la consideración abstracta de números y de sus relaciones. La oposición lógica del uno y de lo diverso nos es tan familiar desde nuestros primeros años como la de lo mismo y de lo otro. Por el contrario, la mentalidad primitiva, incluso entre los adultos, practica poco la abstracción, sobre todo la abstracción lógica. [...]
 Que un mismo ser sea a la vez uno, dos o varios, es algo que a la mentalidad primitiva no le sorprende como a nosotros nos sorprendería, si fuera el caso. Lo admite sin darle demasiada importancia en una infinidad de casos en que la ley de participación entra en acción, lo que no le impide en otras ocasiones contar tranquilamente con el principio de contradicción. Por ejemplo, cuando se trata de trueques o de salarios. A su entender la imagen es un ser, el original es otro ser: son dos seres y, sin embargo, es el mismo ser. Es igualmente verdadero para esa mentalidad que sean dos y que sea uno: dos en uno o uno en dos. No ve en ello nada extraordinario. Nosotros tenemos otro parecer. Pero los hechos prueban que estaríamos equivocados en imponer nuestras exigencias lógicas en sus representaciones.»

lunes, 2 de noviembre de 2015

"A y B".- Giorgio Manganelli (1922-1990)

 
Resultado de imagen de giorgio manganelli
Fregoli

 "A: Pero, ¿qué significa para usted imitar? Usted se ha convertido, como sabrá, en un emblema, un nombre común, "es un Fregoli", decimos en la Tierra. Usted era una figura burlesca, y al mismo tiempo había algo de siniestro en su monstruosa vocación mimética... ser otros, recoger aquellos signos inconfundibles que hacen a un ser humano tan tétricamente reconocible en medio de la multitud de sus iguales... Signos perecederos, pero en cierto modo inscritos en el gran registro del universo. Había en usted algo de espía, de burlón ángel de la guarda, de policía, de delator, y la plasticidad del fantasma, del ectoplasma que sale de la boca de la médium y se convierte en mano, anciano barbudo, gato, pañuelo...
 B: Que fuera una cualidad siniestra, lo dice usted no sin razón; y así la vivía yo, entre las infinitas carcajadas de los demás. ¿Qué era para mí imitar? Era correr un riesgo. No se captura impunemente la sombra de un hombre, su tic nervioso, una extravagante deformación de su pronunciación. Uno se acerca exactamente a las contraseñas del destino, y basta cualquier cosa para hundirse en ese destino, como un suicida en el lago. Cuán viscoso es un ser humano, basta tocar una de sus manos perecederas, pero tocarla realmente, y sentirla al mismo tiempo objeto y viva, e inmediatamente comenzamos a resbalar, estamos en una mezcla de cuerpo y alma y destino, nos desenredamos, nos debatimos, rozamos "su" muerte, la muerte del otro... Créame, era mucho más difícil desimitar que imitar... Aquel salto final fuera de un personaje era siempre un salto mortal. Había cierta alegría impía en manipular los destinos ajenos, caminar dentro del laberinto de otro. Burlarse de un destino; copiar las marcas depositadas por un cuerpo, un gesto, una mueca... ¿Un espía, dice usted? ¿Un delator? Sí, me gusta; pero, ¿para quién?, ¿a cambio de qué? ¿A las órdenes de quién? Usted dirá: era la vocación del espía, la vocación pura, el delator prepara páginas secretas, cuadernos de notas que luego quema: falta el destinatario, no el remitente.
 A: Exactamente. Pero por lo que parece también puede ser usted mismo... ¿En este momento es Fregoli, y le imita?
 B: Ni lo uno, ni lo otro. Desde que he muerto, ya no consigo ser Fregoli. El peligro es realmente mortal. Entiéndame, si yo caigo dentro de mí, ya no salgo más, y esto, si no me equivoco, se parece condenadamente a la condenación. Usted dice: un imitador de Fregoli; pero un imitador de Fregoli debe entrar en Fregoli, precipitarse en éste, este... digamos, esta nada, esta niebla. Y puesto que el Fregoli terrestre, de una manera extremadamente desviada, subrepticia, falsa, ha vivido un discontinuo pero también personal destino, y lo ha vivido hasta el fondo, el peligro sería irreparable. Un imitador de Fregoli correría el peligro de caer dentro del destino de Fregoli, y allí ahogarse miserablemente, como un desventurado perdido en un laberinto de arenas movedizas y de letales ciénagas endémicas. Pero, ¿quién soy yo, por tanto? ¿Me lo pregunta usted? 
 A: Me gustaría preguntárselo, pero me siento en puertas de un momento tan solemne, que tal vez no tengo derecho...
 B: Usted es educado, tiene soltura, pero hace las preguntas equivocadas. Tendría que preguntarme: pero si usted no es un imitador de Fregoli, ni Fregoli, ¿cómo consigue ser Carlos V, Plutarco, o qué sé yo?
 A: Tendría que suponer que es usted algo más que Fregoli, o que tal vez Fregoli siempre había sido, incluso en vida, algo más.
 B: ¿Y no será algo menos? Si yo no puedo ser Fregoli, y ni siquiera un imitador de Fregoli, en el sentido en que se decía, ¿no podría ser algo que no corre ningún riesgo de insinuarse en el destino ajeno? Algo más, decía usted; pero, mire, siempre hay algo improbable en un ser superior que cada vez debe desenmarañarse de las ciénagas de otra connotación. Y, además, usted ha hablado de espía, de delator, ¿no es cierto? ¿Le parece la contraseña de algo superior? No creo, aunque existan momentos en que los espías son muy, muy apreciados, ¿no es cierto? Un ángel de la guarda burlón, ha dicho usted. Pero yo no custodiaba nada; yo era cómplice, yo necesitaba indicios de su infierno, ¿me entiende usted? Si alguien me hubiera hecho frente sin llevar las señales de su infierno, yo habría sido derrotado. Mi privilegio -el privilegio del delator- consistía precisamente en esto: que nadie podía ocultar esas contraseñas; yo copiaba un gesto del hombro y en realidad hablaba de avaricia, desconfianza, soledad y muerte; y ahora un cierto paso, ensimismado y lento, y era lascivia, gula de moribundo por otro moribundo, soledad y muerte; un modo de estrechar la mano y de exhibir la gracia afilada de las uñas, y era ferocidad, furia, deseos de funerales ajenos, soledad y muerte... Oh, usted tenía razón, cuando decía que esos tics nerviosos, esos gestos necios y efímeros eran contraseñas anotadas en el gran registro del universo..." 
     

domingo, 30 de agosto de 2015

"Eros y civilización".- Herbert Marcuse (1898-1979)

Resultado de imagen de marcuse
 
La dialéctica de la civilización

 "La mayor parte de los clichés con los que la sociología describe el proceso de deshumanización en la actual cultura de masas son correctos; pero parecen estar dirigidos en una dirección equivocada. Lo que es retrogresivo no es la mecanización y la regularización, sino su contenido; no la coordinación universal, sino su encubrimiento bajo libertades, elecciones e individualidades espurias. El alto nivel de vida en el dominio de las grandes corporaciones es restrictivo en un concreto sentido sociológico: los bienes y servicios que los individuos comparan controlan sus necesidades y petrifican sus facultades. A cambio de las comodidades que enriquecen su vida, los individuos venden no sólo su trabajo, sino también su tiempo libre. La vida mejor es compensada por el control total sobre la vida. La gente habita en edificios de apartamentos -y tiene automóviles privados con los que ya no puede escapar a un mundo diferente-. Tienen enormes refrigeradores llenos de comida congelada. Tienen docenas de periódicos y revistas que exponen los mismos ideales. Tienen innumerables oportunidades de elegir, innumerables aparatos que son todos del mismo tipo y los mantienen ocupados y distraen su atención del verdadero problema -que es la conciencia de que pueden trabajar menos y además determinar sus propias necesidades y satisfacciones.
 La ideología de hoy se basa en que la producción y el consumo reproducen y justifican la dominación. Pero su carácter ideológico no altera el hecho de que sus beneficios son reales. La represión de la totalidad se basa en un alto grado de su eficacia: aumenta la magnitud de la cultura material, facilita la adquisición de los bienes de la vida, hace la comodidad y el lujo más baratos, lleva áreas cada vez más grandes a la órbita de la industria -y, al mismo tiempo, sostiene el trabajo con esfuerzo y la destrucción-. El individuo paga sacrificando su tiempo, su conciencia, sus sueños; la civilización paga sacrificando sus propias promesas de libertad, justicia y paz para todos.
 La discrepancia entre la liberación potencial y la represión actual ha llegado a la madurez: envuelve todas las esferas de la vida en todo el mundo. La racionalidad del progreso. La cohesión social y el poder administrativo son suficientemente fuertes para proteger el conjunto de la agresión directa, pero no son los suficientemente fuertes para eliminar la agresividad acumulada. [...]
 Bajo estas circunstancias, la pregunta sobre si el estado actual de la civilización es demostrablemente más destructivo que los anteriores no parece ser muy relevante. [...] Hay algo más que una diferencia cuantitativa en el hecho de que las guerras sean realizadas por ejércitos profesionales en espacios fijos o tengan lugar contra poblaciones enteras en una escala mundial; en el hecho de que las invenciones técnicas que pueden liberar al mundo de la miseria sean empleadas para la conquista o para la creación del sufrimiento; en el hecho de que miles sean asesinados en el combate o millones sean exterminados científicamente con la ayuda de doctores e ingenieros; en el hecho de que los exiliados puedan encontrar refugio, atravesar las fronteras o sean cazados por toda la tierra; en el hecho de que la gente sea naturalmente ignorante o sea hecha ignorante por medio de la información y la diversión diaria. El terror es asimilado a la normalidad y la destructividad a la construcción con mayor facilidad. Sin embargo, el progreso sigue adelante y sigue debilitando las bases de la represión. En la cumbre de sus logros progresivos, la dominación no sólo mina sus propios fundamentos, sino que también corrompe y liquida la oposición contra ella. [...]
 La enajenación del trabajo es casi completa. La mecánica de la línea de ensamble, la rutina de la oficina, el ritual de comprar y vender, están libres de cualquier conexión con las potencialidades humanas. Las relaciones de trabajo han llegado a ser en gran parte relaciones entre personas tratadas como objetos intercambiables por directores científicos y expertos en eficiencia. [...] La individualidad es literalmente sólo un nombre en la específica representación de "tipos" (tales como vampiresa, mujer de su casa, ondina, mujer de carrera, etc.), del mismo modo que la competencia tiende a ser reducida a variedades arregladas con anterioridad en la producción de aparatos, envolturas, sabores, colores y cosas por el estilo. [...] La existencia humana en este mundo es una mera esencia, un asunto, una materia que no tiene el principio de su movimiento en sí misma".