Mostrando entradas con la etiqueta Ingeniería. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Ingeniería. Mostrar todas las entradas

miércoles, 11 de mayo de 2022

¿Puede pensar una máquina?.- Alan M. Turing (1912-1954)


Basta la prueba de Turing para definir la “inteligencia artificial ...
Capítulo 7
Máquinas que aprenden


 «Habrá comprobado el lector que no dispongo de argumento positivo alguno lo bastante convincente para apoyar mi tesis. Si lo tuviera, no me habría tomado tanta molestia en exponer detalladamente las falacias de las tesis contrarias. Ahora expondré la evidencia en favor de mi punto de vista.
 Volvamos brevemente a la objeción de lady Lovelace, quien afirmaba que la máquina sólo puede hacer lo que nosotros le mandemos. Podríamos decir que una persona puede “inyectar” una idea en una máquina y que ésta respondería hasta cierto límite, quedándose quieta a continuación, como la cuerda de un piano percutida por un martillo. Otro símil podría ser una pila atómica de tamaño inferior al crítico: una idea inyectada correspondería a un neutrón que penetra desde fuera en la pila. Cada uno de estos neutrones provoca una determinada alteración que acaba por disiparse. Sin embargo, si aumentamos suficientemente el tamaño de la pila, la alteración causada por el neutrón incluso irá en aumento hasta la completa destrucción de la pila. ¿Existe un fenómeno equivalente para las mentes, y se da también en el caso de las máquinas? En el caso de la mente humana parece haberlo. La mayoría de los cerebros parecen ser “subcríticos”, es decir, que corresponden en esta analogía a pilas de tamaño subcrítico. Una idea presentada a este tipo de mente, no inducirá generalmente más que una idea por respuesta. Una reducidísima proporción de cerebros son supercríticos. En ellos una idea da origen a toda una “teoría” formada por ideas secundarias, terciarias y de todo orden. Las mentes animales parecen decididamente ser subcríticas. Siguiendo la analogía, nos preguntamos: “¿Se puede hacer que una máquina sea supercrítica?”
 La analogía de la “piel de cebolla” también es válida. Si consideramos las funciones de la mente o del cerebro, observamos determinadas operaciones explicables en términos puramente mecánicos. Lo que decimos no es aplicable a la auténtica mente: es una especie de piel que hay que quitar si queremos verla realmente. Pero, luego, en lo que queda, encontramos otra piel que hay que eliminar, y así sucesivamente. Con este método, ¿llegamos con seguridad a la mente “real”, o simplemente a la piel que no encierra nada? En tal caso toda mente es mecánica. (De todas formas, hemos explicado ya que no es una máquina de estado discreto).
 Los últimos párrafos no pretenden ser argumentos convincentes, sino más bien deben tomarse como «una letanía destinada a inculcar una creencia». El único apoyo realmente satisfactorio que puede darse a la opinión manifestada al principio del apartado 6 es el que consiste en esperar a finales de siglo y luego efectuar el experimento señalado. ¿Pero qué podemos decir entretanto? ¿Qué pasos hemos de dar ahora para que dé buen resultado el experimento?
 Como he dicho, el problema fundamental estriba en programar. También serán imprescindibles progresos de ingeniería, pero creo que estarán a la altura de las necesidades. Las estimaciones de la capacidad de almacenamiento del cerebro oscilan entre 1010 y 1015dígitos binarios. Personalmente me inclino por el valor más bajo y creo que sólo una pequeña parte se utiliza para los tipos más elevados de pensamiento. La mayor parte de esta capacidad se emplea seguramente en la retención de impresiones visuales. Me sorprendería que se necesitara más de 109 para jugar bien al juego de imitación, en cualquier caso contra un hombre ciego. (Nota: la capacidad de la Encyclopaedia Britannica, decimoprimera edición, es de 2×109). Una capacidad de almacenamiento de 10 7 sería una posibilidad bastante real, aun con las técnicas actuales. Probablemente no será preciso aumentar la velocidad de operación de las máquinas. Partes de las máquinas modernas, que podríamos calificar de auténticas células nerviosas, trabajan mil veces más rápido que éstas. Con esto se conseguiría un «margen de seguridad» para compensar pérdidas de velocidad producidas por diversos motivos. El problema estriba, en último extremo, en saber cómo programar estas máquinas para jugar al juego. Con mi actual ritmo de trabajo produzco unos mil dígitos de programa diarios; en consecuencia, unas sesenta personas, trabajando asiduamente durante cincuenta años, podrían llevar a cabo esta tarea si no traspapelaran nada. Parece deseable un método más expeditivo.
  En el proceso de intentar la imitación de una mente humana adulta estamos obligados a pensar muy en serio sobre el proceso por el que se ha llegado al estado en que se halla. Se observarán tres factores:
1. El estado inicial de la mente al nacer.
2. La educación que ha tenido.
3. Otras experiencias, aparte de la educación, a que haya estado sometida.
 En lugar de intentar la elaboración de un programa que imite la mente adulta, ¿por qué no establecer uno que simule la mente infantil? Si luego la sometemos a un curso adecuado de formación, podría obtenerse un cerebro adulto. Podemos decir que el cerebro infantil es como el cuaderno recién comprado en una papelería: poco mecanismo y muchas hojas en blanco. (Mecanismo y escritura son casi sinónimos desde nuestro punto de vista). Nuestra esperanza se funda en que hay tan poco mecanismo en el cerebro infantil que debe resultar fácil programar algo similar. Podemos suponer que la cantidad de trabajo formativo, en una primera aproximación, sea muy parecida a la aplicable en el caso de un niño.
 De este modo, el problema queda dividido en dos partes: el programa infantil y el proceso formativo. Ambos estrechamente vinculados. No puede esperarse construir una buena máquina infantil al primer intento; hay que experimentar enseñando a la máquina, y comprobar si aprende bien. Luego puede probarse otra vez y ver si es mejor o peor. Evidentemente existe una clara relación por analogía entre este proceso y el de la evolución:
Estructura de la máquina infantil = Material hereditario
Cambios de la máquina infantil = Mutaciones
Selección natural = Juicio del experimentador
 Sin embargo, es de esperar que este proceso sea más expeditivo que el de la evolución. La supervivencia del más apto es un método lento para valorar las ventajas. El experimentador, aplicando su inteligencia, debe ser capaz de acelerarlo. De igual importancia es el hecho de que no está limitado por mutaciones aleatorias. Si el experimentador descubre la causa de determinada debilidad, puede probablemente decidir el tipo de mutación que la mejore.
 A la máquina no se le podrá aplicar exactamente el mismo proceso de aprendizaje que a un niño. Ya que, por ejemplo, no tendrá piernas y no se le podrá ordenar que vaya a por un cubo de carbón. Seguramente tampoco tendrá ojos. Y por mucho que se compensen estas deficiencias con una buena ingeniería, no se podrá enviar a la criatura a la escuela porque sería motivo de burla de sus compañeros. Habrá que darle clases particulares, sin preocuparnos por las piernas, los ojos, etc. El caso de Helen Keller demuestra que es posible la labor educativa a condición de que se establezca una comunicación bilateral entre maestro y alumno por el medio que sea.
 Normalmente asociamos castigos y recompensas al proceso educativo. Algunas máquinas infantiles simples pueden construirse o programarse ateniéndose a ese principio. Hay que construir la máquina de tal modo que los acontecimientos que preceden brevemente a la aparición de la señal de castigo cuenten con mínimas posibilidades de repetición, y que, por el contrario, la señal de recompensa incremente la posibilidad de repetición de secuencias que la motivan. Estas especificaciones no presuponen tipo de sentimiento alguno por parte de la máquina. He realizado algunos experimentos con este tipo de máquina infantil y he logrado enseñarle varias cosas, pero utilicé un método de aprendizaje excesivamente heterodoxo para que el experimento pueda considerarse un éxito.
 El empleo de castigos y recompensas puede a lo sumo formar parte del proceso de aprendizaje. En términos generales, si el enseñante no dispone de otros medios de comunicación con el alumno, la cantidad de información que éste recibe nunca excede el número de recompensas y castigos. Cuando un niño ha aprendido finalmente a repetir “Casabianca”, se sentirá probablemente muy afligido si la única manera de dilucidar el texto es la técnica de las “Veinte preguntas” y cada “NO” supone una bofetada. Por lo tanto, es necesario disponer de otros canales de comunicación “no emocionales”. Si los hay, se puede enseñar a una máquina por el método de premios y castigos a obedecer órdenes dadas en una lengua determinada, es decir un lenguaje simbólico. Estas órdenes se transmiten por canales “no emocionales”, y el empleo de dicho lenguaje disminuye notablemente la cantidad de castigos y premios.
Puede pensar una máquina? | Biblioasturias Puede existir diversidad de opiniones en cuanto a la complejidad adecuada de la máquina infantil. Puede intentarse una construcción lo más simple posible, coherente con los principios generales. O puede dotársela de un sistema completo integrado de inferencia lógica, en cuyo caso el almacenamiento estará fundamentalmente ocupado por definiciones y proposiciones. Estas proposiciones serían de diversa índole: hechos bien establecidos, conjeturas, teoremas matemáticamente demostrables, afirmaciones hechas por una autoridad, expresiones con forma lógica de proposición pero de valor no creíble. Algunas proposiciones serían “imperativas”. La máquina estaría construida de forma que, en cuanto una imperativa se clasificara como “bien establecida”, se produjera automáticamente la acción apropiada. Como ejemplo, supongamos que el maestro dice a la máquina: “Ahora haz los deberes”. Esto podría dar lugar a que “El maestro dice ‘Ahora haz los deberes’” quedara incluido en los hechos bien establecidos. Otra posibilidad sería: “Todo lo que dice el maestro es cierto”. Ambas posibilidades combinadas podrían dar por resultado que la imperativa “Ahora haz los deberes” quedara incluida entre los hechos bien establecidos, lo cual, con arreglo a la construcción de la máquina, significaría que se inician realmente los deberes, pero el efecto es muy poco satisfactorio. El proceso de inferencia que utilice la máquina tiene que satisfacer al lógico más riguroso. Por ejemplo, no habrá jerarquía de tipos, lo que no significa que no se produzcan falacias de tipos, semejantes al riesgo de caer por un precipicio no señalizado. Unos imperativos adecuados (expresados dentro de los sistemas, pero que no formen parte de las reglas del sistema), tales como “No emplees una clase si no es una subclase de las mencionadas por el maestro”, ejercerían la misma función que un letrero que indicara: “No acercarse al borde”.
 Las imperativas a las que obedece una máquina sin miembros son necesariamente de índole intelectual, como en el ejemplo citado (hacer los deberes). Entre dichas imperativas son importantes las que rigen el orden en que hay que aplicar las reglas del sistema lógico correspondiente, ya que, en cada fase de la utilización de un sistema lógico, hay una amplia alternativa de pasos que pueden seguirse para no transgredir las reglas de ese sistema lógico. Estas opciones marcan la diferencia entre un razonador brillante y otro torpe, pero no la diferencia entre uno serio y otro tramposo. Las proposiciones que conducen a las imperativas de esta clase pueden ser: “Cuando se mencione a Sócrates, utiliza el silogismo en Bárbara”, o “Si se ha demostrado que un método es más rápido que otro, no uses el método lento”. Algunas pueden “basarse en una autoridad”, pero otras puede producirlas la propia máquina por inducción científica, por ejemplo.
 La idea de una máquina que aprende puede parecer paradójica a algunos lectores. ¿Cómo pueden cambiarse las reglas de operación de la máquina? Estas deben especificar punto por punto cómo debe reaccionar la máquina independientemente de su historia y al margen de los cambios que experimente. Por lo tanto, las reglas son bastante invariables con respecto al tiempo. Y es bien cierto. La explicación de la paradoja consiste en que las reglas que cambian en el proceso de aprendizaje son de un tipo menos pretencioso y sólo tienen validez efímera. El lector puede establecer un paralelismo con la Constitución de los Estados Unidos.
 Una característica importante de la máquina que aprende es la de que el profesor ignora muchas veces la mayoría de los procesos internos, aunque hasta cierto punto sea capaz de predecir el comportamiento de su alumno. Esto es tanto más aplicable a la formación ulterior de una máquina que tenga por origen una máquina infantil con un diseño (o programa) perfectamente experimentado. Situación muy distinta al procedimiento normal de emplear una máquina para hacer cálculos, ya que el objeto, en este caso, consiste en disponer de una imagen mental clara del estado de la máquina en cada momento de la computación. Este propósito sólo es alcanzable con una imposición. La opinión de que “la máquina sólo hace lo que queramos que haga parece extraña a la vista de lo expuesto”. La mayoría de los programas que podemos introducir en la máquina la hará hacer algo que no entendemos o que consideramos como comportamiento totalmente aleatorio. El comportamiento inteligente consiste probablemente en una desviación del comportamiento absolutamente disciplinado que implica la computación, aunque relativamente leve y sin que provoque un comportamiento aleatorio o loops repetitivos inútiles. Otro importante resultado de la preparación de una máquina para que intervenga en el juego de imitación, merced a un proceso de enseñanza y aprendizaje, radica en que la “falibilidad humana” suele quedar descartada de una forma bastante natural, sin necesidad de «entrenamiento» especial. Los procesos que se aprenden no procuran una certeza absoluta de resultados; si así fuera, nunca fallaría su aprendizaje.
 Quizá convenga introducir un elemento aleatorio en la máquina que aprende. Un elemento aleatorio resulta bastante útil en la búsqueda de la solución de un problema. Supongamos, por ejemplo, que deseamos hallar un número entre 50 y 200 que sea igual al cuadrado de la suma de sus cifras; empecemos por el 51 y sigamos con el 52 hasta encontrar la combinación justa. Otra alternativa sería elegir números al azar hasta hallar uno que nos sirva. Este método presenta la ventaja de que nos ahorra la necesidad de mantener el registro de los valores que se han probado, y el inconveniente de que se corre el riesgo de probar dos veces el mismo número, pero esto no es tan importante si hay varias soluciones. El método sistemático presenta el inconveniente de que puede haber una serie enorme sin solución en la región que hay que investigar en primer lugar. El proceso de aprendizaje puede considerarse como la búsqueda de una forma de comportamiento que satisfaga al profesor (o cualquier otro requisito). Como probablemente existe un gran número de soluciones satisfactorias, el método aleatorio parece mejor que el sistemático. Se advertirá que es el que interviene en el proceso análogo de la evolución, y que en ella no es posible el método sistemático. ¿Cómo sería posible conservar el registro de las distintas combinaciones genéticas ensayadas para evitar probarlas de nuevo?
 Esperemos que las máquinas lleguen a competir con el hombre en todos los campos puramente intelectuales. ¿Pero cuáles son los mejores para empezar? También es una ardua decisión. Muchos piensan que lo mejor es una actividad de naturaleza tan abstracta como jugar al ajedrez. También puede sostenerse que lo óptimo sería dotar a la máquina de los mejores órganos sensoriales posibles y luego enseñarla a entender y a hablar inglés. Es un proceso que podría hacerse con arreglo al aprendizaje normal de un niño: se señalan los objetos, se los nombra, etc. Vuelvo a insistir en que ignoro la respuesta adecuada; creo que hay que experimentar los dos enfoques.
Sólo podemos prever el futuro inmediato, pero de lo que no cabe duda es que hay mucho por hacer.»

    [El texto pertenece a la edición en español de KRK Ediciones, 2012, en edición de Manuel Garrido y traducción de Amador Antón Antón. ISBN: 978-84-83673-85-0.]

sábado, 11 de julio de 2020

Sueños de tierra y cielo.- Freeman Dyson (1923-2020)

Resultado de imagen de freeman dyson 

1.-Nuestro futuro biotecnológico
Tecnología verde

  «La domesticación de la biotecnología en la vida cotidiana puede ser también útil en la solución de problemas prácticos económicos y medioambientales. Una vez que una nueva generación de niños haya crecido, como ellos conocerán los juegos de biotecnología, igual que ahora nuestros nietos conocen los juegos de ordenador, la biotecnología ya no parecerá algo extraño y ajeno. En la era de la biología de código abierto, la magia de los genes será accesible a cualquier persona con la capacidad y la imaginación suficientes para utilizarla. La biotecnología tendrá vía libre para moverse en la corriente del desarrollo económico, para contribuir a resolver algunos de nuestros problemas sociales más acuciantes y para mejorar la condición humana en toda la Tierra. La biología de código abierto puede ser una herramienta poderosa que nos dé acceso a la abundante y barata energía solar.
 Una planta es una criatura que utiliza la energía de la luz solar para convertir agua, dióxido de carbono y otros elementos simples en raíces, hojas y flores. Para poder vivir, necesita recibir la luz solar, pero la utiliza con una baja eficiencia. Las plantas de cultivo más eficientes, como la caña de azúcar o el maíz, convierten el uno por ciento de la luz solar recibida en energía química. En cambio, los colectores solares artificiales hechos de silicio lo hacen mucho mejor. Las células solares de silicio pueden convertir la luz solar en energía eléctrica con una eficiencia de un quince por ciento, y la energía eléctrica puede convertirse en energía química sin mucha pérdida. Podemos imaginar que en el futuro, cuando hayamos dominado el arte de la ingeniería genética con plantas, produciremos nuevas plantas de cultivo que tengan hojas de silicio y sean capaces de convertir la luz solar en energía química de una manera diez veces más eficiente que las plantas naturales. Estas plantas de cultivo artificiales reducirán la superficie de terreno necesaria para la producción de biomasa en un factor de diez. Se parecerán a las plantas naturales excepto en sus hojas, que serán negras (el color del silicio) en lugar de verdes (el color de la clorofila). Sólo me pregunto cuánto tiempo nos llevará conseguir que crezcan plantas con hojas de silicio.
 Si la evolución natural de las plantas hubiera sido impulsada por la necesidad de una mayor eficiencia en el aprovechamiento de la luz solar, las hojas de todas las plantas serían negras. Las hojas negras absorberían la luz solar con mayor eficiencia que las de cualquier otro color. Obviamente, la evolución de las plantas se vio impulsada por otras necesidades, en particular por la de protegerse del sobrecalentamiento. Para una planta que crece en un clima cálido, es una ventaja reflejar tanto como le sea posible la luz solar que no utilice para su crecimiento. Como hay tanta, no es importante que la utilice con la máxima eficiencia. Las plantas han evolucionado con clorofila en sus hojas para absorber los útiles componentes rojo y azul de la luz solar y reflejar el verde. Por eso es razonable que las plantas de climas tropicales sean de color verde. Sin embargo, esta lógica no explica por qué las de climas fríos, donde la luz solar es escasa, son también verdes. Cabe imaginar que, en un lugar como Islandia, el sobrecalentamiento no sería un problema y las plantas con hojas negras, que utilizarían la luz del sol de manera más eficiente, tendrían una ventaja evolutiva. Por alguna razón que no comprendemos, nunca aparecieron plantas naturales con hojas negras. ¿Cuál es el motivo? Quizá no logremos entender por qué la naturaleza no tomó esta ruta hasta que la hayamos recorrido nosotros mismos.
 Después de haber explorado esta ruta hasta el final, cuando hayamos creado nuevos bosques de plantas de hojas negras que puedan utilizar la luz solar de manera diez veces más eficiente que las plantas naturales, nos enfrentaremos a un nuevo conjunto de problemas ambientales. ¿Quién estará autorizado a cultivar plantas de hojas negras? ¿Permanecerán éstas acotadas como variedades artificiales o invadirán y cambiarán para siempre la ecología natural? ¿Qué haremos con los residuos de silicio que estas plantas dejen tras de sí? ¿Seremos capaces de diseñar toda una ecología de microbios, hongos y lombrices que se alimenten de silicio para mantener las plantas de hojas negras en equilibrio con el resto de la naturaleza y poder reciclar ese silicio? El siglo XXI nos traerá nuevas y poderosas herramientas de ingeniería genética con las que manipular nuestros cultivos y nuestros bosques. Y con las nuevas herramientas surgirán nuevos interrogantes y nuevas responsabilidades.
 La pobreza es uno de los grandes males del mundo moderno. La falta de trabajo y de oportunidades económicas en las poblaciones pequeñas impulsa a millones de personas a emigrar de los pueblos a ciudades superpobladas. La continua emigración provoca enormes problemas sociales y medioambientales en las principales urbes de los países pobres. Los efectos de la pobreza son más visibles en las ciudades pero las causas se encuentran principalmente en los pueblos. Lo que el mundo necesita es una tecnología que ataje el problema de la pobreza rural de raíz, mediante la creación de riqueza y puestos de trabajo en los pueblos. Una tecnología que cree industrias y posibilidades de hacer carrera en las zonas rurales ofrecería a sus pobladores una alternativa práctica a la emigración. Se les daría la oportunidad de sobrevivir y prosperar sin sufrir desarraigo.
Sueños de tierra y cielo eBook: Dyson, Freeman: Amazon.es: Tienda ... El desequilibrio de riqueza y población entre los pueblos y las ciudades es uno de los principales hechos de la historia de la humanidad durante los últimos diez mil años. La emigración del campo a la urbe está sin duda asociada al tránsito de un tipo de tecnología a otro. Encuentro conveniente llamar "verde" y "gris" a los dos tipos de tecnología. Del adjetivo "verde" se han apropiado de manera abusiva diversos movimientos políticos, sobre todo en Europa, por lo que debo explicar claramente en qué pienso cuando hablo de verde y de gris. La tecnología verde se basa en la biología y la tecnología gris en la física y la química.
 En términos generales, la tecnología verde es la que dio origen a las comunidades rurales hace diez mil años con la domesticación de plantas y animales, la invención de la agricultura, la cría de cabras, ovejas, caballos, vacas y cerdos y la producción de tejidos, quesos y vinos. La tecnología gris es la que, cinco mil años más tarde, dio origen a las ciudades y a los imperios con la fundición del bronce y el hierro, la invención de los vehículos con ruedas y las carreteras pavimentadas, la construcción de barcos y carros de guerra, y la fabricación de espadas, armas de fuego y bombas. La tecnología gris produjo asimismo los arados de acero, los tractores, las cosechadoras y las plantas de procesamiento, que volvieron a la agricultura más productiva y transfirieron gran parte de la riqueza generada por los agricultores de los pueblos a las empresas radicadas en las ciudades.
 Durante los primeros cinco mil años de los diez mil de civilización humana, la riqueza y el poder pertenecieron a las poblaciones pequeñas con tecnología verde, y durante los cinco mil años siguientes, pertenecieron a las ciudades con tecnología gris. Desde hace unos quinientos años que la tecnología gris se ha vuelto cada vez más dominante pues aprendimos a construir máquinas que utilizan la energía del viento, el agua, el vapor y la electricidad. En los últimos cien años, la riqueza y el poder se han concentrado aún más en las ciudades conforme avanza la tecnología gris. A medida que las ciudades se hacen más ricas, la pobreza rural aumenta.
 Este bosquejo de los últimos diez mil años de historia human sitúa el problema de la pobreza rural en una nueva perspectiva. Si dicha pobreza es una consecuencia del crecimiento desequilibrado de la tecnología gris, es posible que un cambio en la balanza de gris a verde la haga desaparecer. Éste es mi sueño.»
   [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Debate, 2017, en traducción de Joaquín Chamorro Mielke. ISBN: 978-84-9992-707-7.]

martes, 4 de febrero de 2020

Los tres viajes alrededor del mundo. Diarios.- James Cook (1728-1779)

Resultado de imagen de james cook 

Segundo viaje
Descripción de la isla de Pascua

«Ninguna nación tiene interés en reivindicar el descubrimiento de esta isla, pues pocos lugares del mundo ofrecen menos comodidades para la navegación. No hay un fondeadero seguro ni agua dulce útil para llevarse. La naturaleza se ha mostrado muy avara con sus dones hacia esta isla. Todo se debe hacer crecer a fuerza de fatiga, y no hay pues razón para que sus habitantes planten más allá de cuanto ellos necesitan, y dado que no son numerosos es imposible que tengan mucho de superfluo para poner a disposición de los extranjeros de paso. Los productos de la isla son: patatas, ñames, raíces de taro, bananas y caña de azúcar, todo de buena calidad, especialmente las patatas, que son, en su especie, las mejores que jamás haya comido. Tienen también calabazas pero en una cantidad tan pequeña que un racimo de nueces de coco era lo más preciado que pudiéramos darles. Tienen también algunas aves domesticadas, tales como gallos y gallinas, pequeñas pero con buen sabor. También hay ratones, y creo que se los comen, pues vi a un hombre con algunos muertos en la mano y no quería desprenderse de ellos, dándome a entender que estaban destinados a su nutrición. Casi no había pájaros terrestres y pocas aves marinas; tan sólo pájaros tropicales, algunos cola de paja, etc. Tampoco había abundancia de peces en la costa; en todo caso, fueron muy pocos los que vimos en manos de los indígenas.
  Tales son los productos de la isla de Pascua o tierra de Davis, que está situada en la latitud sur a 27º 5’ 30’’, longitud oeste a 109º 46’ 20’’. Su contorno es de unas diez a doce leguas, con superficie pedregosa y montañosa y una costa escarpada. Sus colinas tienen una altura que permite verlas desde cuarenta o cincuenta leguas. Frente al extremo meridional hay dos islotes de roca situados cerca de la ensenada. Las puntas del norte y este de la isla se elevan directamente desde el mar con una altura considerable; entre ellas, por el sureste, la costa forma una bahía abierta donde creo que fondearon los holandeses. Echamos ancla, según he dicho, al lado oeste de la isla, a tres millas al norte de la punta meridional, con la playa de arena que nos quedaba al estesureste. Es una buena rada con viento del este, pero peligrosa con viento del oeste, lo mismo que debe serlo la otra, al lado sur, con viento del este.
  Por esta razón, y a causa de los demás inconvenientes ya mencionados, tan sólo en caso de necesidad absoluta debería alguien decidirse a tocar esta isla, a menos que no pudiera hacerlo sin un gran desvío, y en este caso tocar aquí podría tener sus ventajas, pues los habitantes ofrecen gustosos y con facilidad de lo poco de que disponen y a precios razonables. Los pocos víveres que nos sirvieron fueron sin duda un gran alivio, pero un navío debe tener ciertamente auténtica necesidad de agua para arribar aquí y eso es justamente lo que uno puede venir a buscar. Subimos a bordo algo de agua, que no era potable, pues no se trata sino de agua salada filtrada a través de una playa de arena en un pozo construido por los nativos con este fin, un poco al sur de la playa de arena de la que he hablado, y el agua subía y bajaba en el interior con la marea.
  No debe haber en esta isla más de seis o setecientos habitantes, y más de dos tercios de los que vimos eran del sexo masculino. O bien las mujeres son pocas aquí, o a muchas se les impidió ser vistas durante nuestra estancia. Nada, sin embargo, parecía aparentemente indicar que los hombres fueran de un temperamento celoso o que las mujeres temieran mostrarse en público, pero es ciertamente un motivo de esta naturaleza lo que determina su conducta. Por su color, las costumbres y la lengua, tienen una semejanza tan grande con los pueblos de las islas más occidentales que nadie puede dudar de su origen común. Es extraordinario que la misma raza se haya expandido en todas las islas de este vasto océano, desde Nueva Zelanda a esta isla, pues ello abarca casi un cuarto de la circunferencia del globo. Muchos de ellos no poseen ningún conocimiento mutuo, unos de otros, más que los transmitidos por antiguas tradiciones en el transcurso de los tiempos; se puede decir que se han convertido en naciones distintas y cada una ha adoptado una costumbre o uso particular. No obstante, un observador atento no tardará en descubrir las afinidades que tienen entre sí.
  Los habitantes de esta isla son, en general, de una raza débil y su talla es pequeña. No he visto ningún hombre que llegara a los seis pies de altura, tanto es lo que les aleja de ser unos gigantes, según afirma uno de los autores del Viaje de Roggewin. Son vivaces y activos, con rasgos regulares bastante agradables, bien dispuestos y hospitalarios con los extranjeros, pero rivalizando con sus vecinos por su propensión al hurto.
  El tatuaje, o marcas sobre la piel, está muy extendido en esta isla. Los hombres están marcados de pies a cabeza con signos más o menos iguales, a los que dan direcciones distintas según sus gustos. Las mujeres van menos marcadas, pero se adornan con pintura roja y blanca; también los hombres suelen pintarse; el rojo se hace con tamarisco, pero no sé de dónde sacan el blanco… Confieso que ignoro por completo en qué consiste el poder o la autoridad de los jefes, o el gobierno de estos pueblos.
  Tampoco conocemos su religión mucho mejor. Las gigantescas estatuas tan a menudo mencionadas no son ídolos, nada indica que lo sean por el modo como son hoy en día consideradas por los habitantes de la isla, aunque pudieron serlo cuando los holandeses visitaron la isla. Creo más bien que se trata de las sepulturas de ciertas tribus o familias. He visto, y también otras personas, un esqueleto humano que se acababa de cubrir de piedras, extendido sobre una de las terrazas. Hay terrazas de albañilería que tienen treinta o cuarenta pies de longitud, de doce a dieciséis de ancho por tres a doce de alto. La altura depende de la naturaleza del suelo. Estas estatuas se hallan por lo general justo al borde de los acantilados y de cara al mar, de suerte que de este lado pueden llegar a medir diez o doce pies de altura, o más, midiendo del otro tres o cuatro únicamente. En la fachada están construidas por grandes piedras talladas con un trabajo no inferior al de las mejores obras de albañilería simple que hemos visto en Inglaterra. No se emplea ningún tipo de cemento y, no obstante, las juntas son extremadamente prietas, con las piedras muescadas e insertadas unas en las otras con enorme pericia. Los muros de los lados no son perpendiculares, sino algo inclinados hacia dentro, de la misma forma que se construyen los parapetos en Europa. Y, sin embargo, tanto cuidado, tanto esfuerzo y destreza no han podido preservar esos curiosos monumentos de los estragos del tiempo, que lo devora todo.
  La mayor parte de las estatuas se levanta sobre estas plataformas que les sirven de base. Están talladas hasta medio cuerpo, en la medida en que se puede juzgar,  y terminan en una especie de tronco que llega hasta la base sobre la que se apoyan. El trabajo es algo grosero, pero no malo, y no están mal indicados los rasgos del rostro, especialmente la nariz y la barbilla, pero con unas orejas de una longitud desmesurada; en cuanto al cuerpo, apenas se puede decir que tenga una forma humana.
  Tan sólo he tenido ocasión de examinar dos o tres de estas estatuas próximas al desembarcadero; eran de piedra gris, que parecía ser del mismo tipo que la de las plataformas. Pero algunos de nuestros señores que recorrieron la isla examinando varias de ellas, eran de la opinión que la piedra de la que estaban hechas era diferente de cualquier otra que hubiesen visto en la isla, y tenía el aspecto de ser facticia. Nos costaba imaginar cómo esos isleños totalmente desprovistos de medios mecánicos pudieron levantar estas sorprendentes esculturas y colocar luego sobre sus cabezas las grandes piedras cilíndricas de las que ya he hablado. El único procedimiento que puedo imaginar sería elevar un extremo poco a poco, sosteniéndolo con piedras a medida que se levanta y construyendo debajo hasta tenerla de pie. Se habría hecho así una especie de montículo o de andamio que luego se retiraría. Pero si se trata de bloques que no son de una sola pieza, o facticios, las estatuas pudieron erigirse en el lugar en su posición actual, o colocar luego el cilindro superior mediante la construcción de un montículo circular, tal como ya he expuesto. Fuera por éste o por otros medios, debió de ser una obra de largo aliento y muestra bien el grado de empresa y perseverancia de estos isleños en la época en que se levantaron las estatuas. Los que actualmente habitan la isla no han tenido nada que ver, ya que ni siquiera han reparado los fundamentos de las estatuas que se deterioran. Las llaman con nombres diferentes, tales como Gotomoaro, Marapti Kanaro, Gohounitougou, Matta-Matta, etc., precedidos a veces del nombre Moi, o seguidos del nombre Driki. Si hemos entendido bien, esta última palabra significa “jefe” y la primera “lugar de sepultura” o “de sueño”.»

       [El texto pertenece a la edición en español de José J. de Olañeta, Editor, 2000, en traducción de Mateu Grimalt. ISBN: 84-7651-862-5.] 

sábado, 10 de junio de 2017

"Ensayos sobre economía".- Wassily Leontief (1906-1999)


Resultado de imagen de wassily leontief 
Capítulo XVI: Las máquinas y el hombre*.

«Hace unos quinientos años el estudio de la naturaleza dejó de ser únicamente un siervo de la filosofía para convertirse en pauta de las artes aplicadas y en fuente de invenciones prácticas. Desde entonces, el desarrollo económico del mundo occidental ha ido siempre en aumento; olas de cambio tecnológico, empujadas por la marea de los descubrimientos científicos, se han sucedido con ritmo acelerado. El tiempo que transcurre entre un descubrimiento en el orden teórico y su aplicación práctica se ha ido acortando progresivamente. Tuvieron que transcurrir casi cien años para que la máquina de vapor se estableciera como pieza fundamental de la escena industrial. Menos de cincuenta años bastaron para que se utilizara la energía eléctrica y sólo treinta para la aplicación del motor de combustión interna. Los fluorescentes estaban en casi todas las casas americanas quince años después de su invención y la numerosa prole de plásticos sintéticos del doctor Baekeland llegaron a la madurez antes de que aprendiéramos a pronunciar "poliisobutileno". A principios del siglo XX se decía "la ciencia aplicada es la ciencia pura veinte años después"; actualmente, el intervalo es mucho más corto, a menudo cinco años y, a veces, sólo uno o dos.
 Desde el punto de vista de la ingeniería la era del control automático ya ha empezado. Algunas de las "fábricas del futuro" completamente automáticas ya están diseñadas; se pueden describir y estudiar. La ingeniería, sin embargo, no es más que el primer paso; lo que la tecnología automática significará para nuestro sistema económico y para nuestra sociedad aún es decididamente cosa del futuro. Sólo podemos predecir su impacto probable a través de vagas analogías con lo que ocurrió en el pasado y de deducciones teóricas a partir de la limitada información disponible sobre las nuevas técnicas. Evidentemente, no ayuda lo más mínimo el hecho de que algunos de los datos y estadísticas más importantes están aún veladas por el secreto.
 Las nuevas invenciones importantes se consideran como un presagio del nacimiento de una nueva era; también marcan el ocaso de la vieja. Para algunos observadores contienen promesas; para otros son fuentes de temor. James Hargreaves construyó la primera máquina de lanzadera múltiple en 1767 y, un año después, una turba de hiladores invadió su taller y destruyó el nuevo equipo. Los economistas de aquel tiempo (la edad de oro de la "economía clásica" estaba a punto de empezar) salieron en defensa de las máquinas. Explicaron a los trabajadores que la pérdida de empleos en los talleres textiles se vería compensada por un aumento de la demanda de trabajo en la construcción de máquinas. Y, de hecho, durante los cien años siguientes Inglaterra prosperó. Su fuerza de trabajo se expandió tanto en la rama textil como en la de maquinaria textil y la tasa de salarios se triplicó en el transcurso de aquel siglo.
 Pero la controversia "hombre versus máquina" siguió presente. Carlos Marx hizo del "desempleo tecnológico" la piedra angular de su teoría de la explotación capitalista. El concienzudo John Stuart Mill llegó a la conclusión de que, a pesar de que la introducción de maquinaría podía beneficiar -y  en muchos casos lo haría- al trabajador, esto no siempre ocurría necesariamente. La respuesta dependía de las circunstancias de cada caso. Y aun en nuestros días éste es el único punto de vista razonable que se puede mantener.
 No estamos ni mucho menos en posición de enumerar detalladamente los efectos que tendrá la tecnología automática sobre el empleo, la producción y el nivel de vida nacional. Aparte de la pobreza de nuestra información sobre este nuevo desarrollo, nuestra comprensión de las propiedades estructurales de nuestro sistema económico es aún incompleta. Por ello debemos basarnos en conjeturas razonables.
 La economía de una nación industrial moderna -al igual que los mecanismos de retroacción- debe visualizarse como un complicado sistema de procesos interrelacionados. Cada industria, cada tipo de actividad consume los productos y servicios de otros sectores de la economía y, al mismo tiempo, les suministra sus propios productos y servicios. Al igual que las propiedades de funcionamiento de un servomecanismo quedan determinadas por las características técnicas de las unidades de medición, comunicación y control de las que está compuesto, las propiedades de funcionamiento de una economía dependen de las características estructurales de sus partes componentes y de la forma en que están acopladas. No es pura coincidencia el hecho de que en las fases más avanzadas de su trabajo un economista recurra a sistemas de ecuaciones diferenciales parecidas a las que utilizan los diseñadores de máquinas automáticas autorreguladas.[...]
 En el transporte y la agricultura, las máquinas han eliminado prácticamente la necesidad de energía muscular humana. El hombre ya no es el que levanta y mueve sino que es, primordialmente, el que arranca y frena, el que conduce, el que monta y el que repara. Con la introducción de maquinaría autocontrolada su participación en el proceso de producción será aún más limitada. El que arranca y para desaparecerá en primer lugar, le seguirá el que conduce y el que coordina. El que detecta y repara las averías mantendrá su trabajo aún por mucho tiempo; la necesidad de su presencia irá en aumento ya que el delicado y complicado equipo de control automático requerirá el cuidado constante de un experto. Continuaremos necesitando inventores y diseñadores, pero quizá tampoco gran número de ellos: el ingeniero en jefe de una gran empresa de equipo electrónico me expresó recientemente su esperanza, aparentemente bien fundada, de que en poco tiempo estarían diseñados los circuitos por una máquina electrónica que eliminaría los errores humanos.
 Todo esto cambiará inevitablemente el carácter de nuestra fuerza de trabajo. La proporción de trabajo no especializado ha disminuido mucho en las últimas décadas; se encuentra a un nivel inferior al 20 por ciento. Mientras tanto la cantidad de trabajos semiespecializados ha aumentado, constituyendo actualmente el 22 por ciento de la fuerza de trabajo. De todas formas, esta tendencia ha disminuido durante la última década. Probablemente, observaremos un crecimiento acelerado de la proporción de trabajadores especializados, oficiales y personal profesional, que ya constituyen el 42% de nuestra población trabajadora.»
 
*Publicado en septiembre de 1952.