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domingo, 26 de junio de 2022

Trasatlántico.- Colum McCann (1965)


Colum McCann's official author website
Libro segundo

1929
Vísperas

 «Nunca había querido saber nada del amor. Ni siquiera de un esposo, tan sólo de un hombre que había aparecido y luego había terminado desapareciendo. Vincent Driscoll, el director de un periódico de San Luis. Le brillaba la frente y tenía los dedos manchados de tinta. Cuarenta y dos años, y una foto de su esposa en la cartera. Emily era secretaria en la sección de publicidad. Blusa abotonada hasta el cuello y un broche de amatista. Veinticinco años y algunas esperanzas. Había escrito un artículo sobre la Liga de Mujeres Cristianas por la Temperancia. Ella llamó a la puerta del despacho del director y él le dijo que tenía un estilo femenino, florido y muy nervioso. Hablaba con frases contundentes, limpias y recortadas. Le apoyó la mano en la parte baja de la espalda. Ver cómo ella dejaba que su mano reposara en aquel lugar parecía llenarlo de un orgullo cínico.
  La llevó al hotel Planters House. Pidió ostras fritas, costillas de venado y una botella de Gruaud Larose. En el piso de arriba, los tirantes le resbalaron a Emily hombro abajo, y Driscoll, masa blanca y húmeda, se estremeció.
  Emily escribió un artículo y luego otro; él se los corregía, le decía que la estaba puliendo. Las inundaciones de primavera; la explosión de una caldera en Franklin Avenue; un oso del zoo muerto de un disparo; Tom Turpin y su Harlem Rag, la música de los negros en Targee Street. Editaba los artículos meticulosamente. Un día Emily abrió el periódico en 1898 y vio su primera pieza publicada: una reflexión sobre el legado de Frederick Douglass, muerto tres años atrás. Todas las palabras eran suyas, y al pie, una firma: V. E. Driscoll. Sintió un vacío en el estómago, perdió el equilibrio. En el hotel, Driscoll la apretó contra su traje blanco. Nunca lograba llevar la chaqueta abotonada sin que la tirantez se hiciera evidente. El labio inferior le temblaba. Tendría que estar entusiasmada al ver que el periódico le publicaba el artículo. Cómo se atrevía. Tendría que estarle agradecida. Él le estaba prestando su nombre. Poder colaborar con él debería bastarle. Emily echó a andar por la ribera bajo un cielo rojizo. Escuchó al vendedor de diarios gritando el nombre del periódico: allí dentro estaban contenidas sus palabras. Caminó hasta la casa de Locus Street: un cuartito con una palangana de esmalte y un toallero con barandilla de madera. La poca ropa que tenía colgaba sin vida de un armario. Contra la pared reposaba un escritorio plegable. Había una mesa hecha sólo de libros. Rasgó el papel con la plumilla. Esperaría el momento oportuno.
  Subió la escalera del periódico una vez más y deslizó su texto sobre la mesa del director. Él la miró y se encogió de hombros. V. E. Driscoll, repitió él. Su concesión: la E de Emily. Su secreto.
  Sobre San Luis estallaban los fuegos artificiales. El siglo XX era una explosión de color. En la habitación del hotel, deslizaba los tobillos en las corvas de Driscoll y él levantaba la sábana como si fuera una bandera blanca. Y ensanchar se convirtió en un verbo que Emily ya no pudo disociar de Driscoll: la frente se le ensanchaba, la cintura se le ensanchaba, hasta los dominios de su fama se ensancharon. Ella esperaba. Qué, no lo sabía. Eso la volvía loca. Ese control de Driscoll, esos modos. Y ella se lo permitía. En la calle, los voceadores gritaban el nombre de Driscoll. Emily se alejó. Sintió una convulsión, un mareo matutino: estaba embarazada. Asombroso. Por la cabeza le cruzó la idea de ir a ver a un médico, pero la desechó. No habría padre. Ella era una mujer más allá de su tiempo. No le importaba sufrir, los convencionalismos la tenían sin cuidado. La pérdida del amor había arrojado más luz sobre la naturaleza del sentimiento que la experiencia del amor mismo. Lo único que ella quería era su nombre, su nombre verdadero. No había lugar para una mujer escritora en el periódico, le había dicho él, no más allá de la sección de sociedad. Nunca lo había habido. Ella se tocó el vientre e hizo una alusión al embarazo. Él palideció. El niño podría llegar a este mundo con unos buenos pulmones. Driscoll apoyó la palma de la mano en la inmensa superficie de su escritorio de madera; lo hizo con suavidad, pero tenía los nudillos blancos. Eso era chantaje, le dijo. Ella se sentó, prudente. Se tocó el vestido. Sobre el escritorio reposaba una fotografía de los niños. Él le dio unos golpecitos con el lápiz. Solamente las iniciales, le dijo. Seguiría firmando como Driscoll y tendría una segunda columna: E. L. Ehrlich. Era un nombre de ecos masculinos. Emily aceptó el trato. Ahora su nombre le pertenecía. Con la L de Lily.
  Dio a luz a su hija a principios del invierno de 1902. De noche, mientras el bebé dormía, volvía a escribir cuidando cada una de sus frases, quería que sus artículos tuvieran la compresión y el ritmo de un poema. Empujaba las palabras hasta el final de la página. Escribía y volvía a escribir. Las sesiones de jazz del Rosebud Café en las que los pianistas se desafiaban aporreando el teclado; las reuniones anarquistas en el sótano de un edificio de Carr Square; los combates de boxeo a puño limpio que se celebraban cerca de la casa del voceador de periódicos, en la calle Trece. Como tenía la costumbre de irse por las ramas, a veces se desviaba y terminaba redactando un tratado sobre los patrones de migración de las aves por el río Misuri o sobre la excelencia de la tarta de queso de un restaurante alemán de Olive Street.
  Le gustaba su soledad. Con el pasar de los años había conocido a hombres que se habían interesado por ella: un vendedor de alfombras persas, el piloto de un remolcador, un viejo superviviente de la guerra de Secesión, un carpintero inglés que estaba construyendo una aldea esquimal para la Exposición Internacional. Pero ella gravitaba hacia la soledad y observaba la espalda de los trajes que se alejaban, los pliegues que se hacían a la altura de los hombros. La dejaban sola caminando junto a su hija por la orilla del río. La respiración de las dos se hacía una, sus vestidos se movían armónicamente. Encontró un piso en Cherokee Street e invirtió lo poco que tenía en comprar una máquina de escribir que llenaba la tarde con sus repiqueteos. Escribía la columna de Driscoll. No le importaba; lo cierto era que disfrutaba habitando esa mente estrecha. Cuando se trataba de su propia columna, sin embargo, sentía que estiraba hasta el último de sus cartílagos. La embargaba la felicidad. Cepillaba el cabello brillante de su hija. Vivió días de gran libertad; tenía la impresión de ser ella misma quien tiraba de la cuerda que la sacaba de lo más profundo del pozo.
Transatlántico - Colum McCann | Planeta de Libros  En 1904 encontraron a Driscoll desplomado sobre el escritorio. Un infarto fulminante, el tercero. Lo imaginó temblando dentro de su apretado chaleco blanco. El funeral se celebró bajo el sol de San Luis. Emily llegó adornada con un sombrero negro de ala ancha y guantes largos. Al fondo, tras los dolientes, le cogía la mano a Lottie. Esa misma semana la convocaron a las oficinas del periódico. El corazón le latía con fuerza, esperanzado. Ahora recuperaría su nombre completo, su firma, sus derechos. Ya había esperado bastante. Hasta los treinta y un años. Ahí estaba su oportunidad, tenía mucho que contar: la Exposición Internacional había hecho brillar la ciudad, y la ciudad se recortaba sobre el cielo elevándose cada vez más; las calles estaban llenas de nuevos acentos. Ella dejaría constancia de todo. Los dueños del periódico estaban sentados con las manos cruzadas, esperando. Uno, distraído, se rascaba el lóbulo de la oreja con la pata de las gafas, y cuando Emily se sentó dejó escapar una mueca. Ella comenzó a hablar, pero él la cortó. Driscoll les había dejado una carta en uno de los cajones de su escritorio. A Emily le temblaba el labio, lo notaba. Leyeron la carta en voz alta: él, decía, era el autor de todos los artículos de Emily. Palabra por palabra; cada nota, cada giro. Ahí tenía su regalo de despedida. Su bofetada.
  Lo elaborado de su venganza la dejó de piedra. Nunca podría volver a trabajar allí, le dijeron los dueños del periódico. Trató de pronunciar una palabra, pero ellos le cerraron la carpeta en las narices. Uno se puso en pie para abrirle la puerta. La miró como si lo que estuviera viendo fuera un caballo
 Volvió a caminar por la ribera ocultando el rostro bajo el sombrero. Su madre la había precedido con sus pasos. Lily Duggan. El agua que sigue al agua. Emily volvió a casa, a su piso en Cherokee Street. Tiró lejos el sombrero, hizo la maleta y dejó en un rincón la máquina de escribir. Se mudaron de San Luis a Toronto, donde vivía su hermano Tomas, ingeniero de minas. Les ofrecieron una habitación en su casa, pero a los dos meses su cuñada se plantó: no quería tener cerca una madre soltera. Emily y Lottie se montaron en un tren rumbo a Terranova. Y el mar no se heló.
  Alquilaron una habitación en la cuarta planta del hotel Cochrane y al cabo de dos días ella llamaba a las puertas del Evening Telegram. Su primer artículo fue una semblanza de Mary Forward, la dueña del Cochrane. Mary Forward caminaba bajo el huracán de una mata de pelo gris; cuando levantaba las manos para recogerse el cabello de la nuca, los brazaletes corrían brazo abajo. Emily capturó la esencia del hotel con un par de trazos rápidos y certeros: los recién casados —chicos y chicas de granja con unos dedos gruesos y nerviosos— sentados en el comedor; el piano que sonaba todo el día; la curva de las barandillas, signo de interrogación. A Mary Forward le gustó tanto el artículo que lo enmarcó y lo colgó en la entrada del bar. Emily escribió otro artículo que trataba de una goleta que había encallado entre las rocas, y otro más sobre un capitán de puerto que nunca se había hecho a la mar. Le permitieron firmar los artículos con su nombre completo. Se coló bajo la piel del pueblo, allí se sentía a gusto. Las barcas de pesca, las campanas que resonaban en el agua, la amenaza de una tormenta. Sabía captar la paleta de color que se desplegaba a lo largo de los muelles: rojos, ocres, amarillos. Andaba en búsqueda constante de la palabra perfecta. Los silencios, las blasfemias, las peleas. Los habitantes del lugar recelaban ante los recién llegados, pero Emily tenía una textura erosionada por la intemperie y se confundió con ellos. Y Lottie también.
  Unos años más tarde, Emily publicó un libro de poesía en una imprenta de Halifax. Los libros se esfumaron, pero eso ya daba igual: existieron durante un tiempo, encontraron una estantería en la que reposar. Y sus columnas semanales tampoco la inquietaban: tal vez no hubiera querido saber nada del amor, pero una vida también podía llenarse de otras cosas.»

    [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Seix Barral, 2014, en traducción de Marta Alcaraz. ISBN: 978-84-322-2283-2.]

viernes, 25 de septiembre de 2020

El jugador invisible.- Giuseppe Pontiggia (1934-2003)

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XV

 «Mario Cattaneo, a sus cincuenta y ocho años, era un ex escritor. Treinta y un años atrás había publicado una novela, Instantes, vencedora del premio "Nuevos Escritores", y se había dicho de él: "es más que una promesa". A partir de entonces no había escrito nada, a excepción de la voz "novela" para una enciclopedia en fascículos, dos artículos para una revista de información bibliográfica que luego había desaparecido y dos intervenciones sobre la situación de la narrativa. Aquejado de súbita esterilidad, nunca había dejado de pensar en una futura novela, cuando dejase de enseñar en la escuela media y disminuyesen sus colaboraciones editoriales. Esta última actividad le ocupaba casi por completo: manuscritos de las más variadas extensiones, algunos minúsculos, otros gigantescos,  encerrados en cajas de tamaño de un diccionario, eran dejados en la portería por apresurados recaderos. Él bajaba cada día a recogerlos, los desempaquetaba, los sopesaba, leía el nombre del autor y el título, luego subía a su estudio, donde los alineaba sobre un arcón negro. Cuando les llegaba el turno, se recostaba en su diván de piel artificial y comenzaba a leerlos.
 La esperanza de descubrir, también él, un nuevo escritor en un desconocido no le abandonaba nunca, pero no se cumplió con mucha frecuencia en el transcurso de los años. Esas pocas veces habían significado una extraña, intensa y efímera felicidad, una participación silenciosa y decisiva en la alegría de otra persona.
 Muy a menudo, lamentablemente, las obras eran mediocres, y la evaluación se convertía en un trabajo melancólico. […]
 También le cansaban, habitualmente, las novelas de la memoria, en las que el autor quería "recordar todo", creyendo probablemente que ése había sido el intento de Proust. ¿Cómo detenerle? Sólo el final del libro lo conseguía, pero era casi siempre una interrupción, no una conclusión. En realidad, las novelas de la memoria eran inagotables y agotaban también sus reservas de energía. […]
 Otros textos de desconocidos entraban, por el contrario, en el espacio arbitrario y aleatorio, pero también bastante preciso, de la publicabilidad. Entonces comenzaban las dudas, un interés inquieto, la espera de que llegaran las páginas que le hicieran inclinarse por el sí o por el no. En ocasiones, sin embargo, no llegaba y la indecisión continuaba más allá del índice, mientras paseaba por el pasillo, donde siempre encontraba a alguien de la familia, uno de sus dos hijos, su mujer o su suegra, a los que decía cualquier cosa para distraerse y volver luego a echarse en el diván. […]          
 Además, casi siempre era cierto. El problema del tiempo libre, acerca del cual fabulaban los periódicos, consistía para él en tenerlo. Y cuanto menos tenía, más fatales asuetos se tomaba en el curso del trabajo, para encontrarse a la postre con el agua al cuello. Llevaba veintitrés años empleando este símil, sin investigar nunca la causa. En cierta ocasión pensó que para un nadador el agua no es algo muy temible, sino más bien necesario, sobre todo en el cuello. A veces, cuando releía, entre uno y otro manuscrito, ciertos libros que tenía en la biblioteca, la página inicial del Pickwick o de Moby Dick, por ejemplo, o bien Pelo de zanahoria o los Viajes de Gulliver, experimentaba una inesperada emoción, como si encontrara autores de otro planeta que, sin embargo, escribían justamente para él. Lo que estaban diciendo le concernía, allí, en aquel momento, de pie en su estudio, sin necesidad de apelaciones y relecturas, con la felicidad vivificante de una intimidad completa. Cuando después volvía a un manuscrito de trescientas páginas donde tal vez -por explícita voluntad del autor- sucedía "todo", ya no se sentía en el estado idóneo para opinar. Con frecuencia el autor fracasaba no porque no tuviera cualidades, sino porque no renunciaba a ninguna. Ávido e infantil, se comportaba como aquellos clientes que, en un menú a precio fijo y libre elección, no renuncian a ninguno de los primeros platos y, como ha previsto el cocinero, llegan ahítos al segundo. A veces, al releer estos informes, descubría que había errado el tono, la valoración, la previsión, y se sentía responsable. Las cartas de rechazo corrían a cargo de los editores y eran elaboradas a partir de una fuerte desconfianza en la objetividad del destinatario, actitud correspondida con igual convicción por la otra parte; abundantes en elogios y en retractaciones, lindaban, al igual que las contraportadas y la publicidad, con lo imaginario: la verdad era un accidente en el que también podían incurrir, pero sólo casualmente.
 "Imaginario" era una palabra que le gustaba. E incluso la protagonista de la novela que escribiría -el día que se liberara de sus compromisos laborales y pudiera dedicarle todas sus energías- era víctima de un embarazo imaginario. Se había documentado acerca de estos casos poco frecuentes, en los que la gestación puede durar nueve meses y llegar a los dolores del parto, y a veces incluso al mismo parto que consiste en una repentina y completa emisión de aire, en el momento ya inaplazable de la verdad. Este sería el final de la novela y cuanto más lo pensaba más adecuado le parecía a lo que él había entendido del  mundo. Y cuando había hablado de ello con sus tres mujeres, en lugares y momentos diferentes -con una en el cine, con otra en las escaleras, con la tercera en el taxi-, las tres habían mostrado curiosidad, igual que un editor y dos amigos, sobre todo por ese deshincharse y aflojarse del final. Se había convencido, juzgando y corrigiendo textos ajenos, de que una idea narrativa para ser buena debe convencer incluso resumida en pocas frases. Ahora bien, si al exponer la suya equivocaba un verbo o un adjetivo, sentía que toda la trama se resquebrajaba y debilitaba, pero esto era natural: cada palabra es un mundo y no podemos permitirnos distracciones con ellas. Pero a veces temía que el interés por su historia estuviera suscitado sobre todo por su habilidad en elegir y colocar palabras, ejercitada en una prolongada experiencia de solapas y que, una vez que se hubiera aplicado a desarrollarla, a ampliarla en una novela, la idea se revelara como una burbuja de aire, semejante a la de su protagonista. También le hacían estremecerse de angustia el paso del tiempo y el incremento de su edad, pero le reconfortaba pensar que muchos narradores dan lo mejor de sí en la madurez. Los ejemplos, sin embargo, a medida que avanzaba la edad, disminuían en número. Aparte de unos pocos menores, De Foe y Swift eran los clásicos que todavía le quedaban.»
 
  [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Anagrama, 1987, en traducción de Joaquín Jordá. ISBN: 88-339-3103-2.]
  

jueves, 20 de agosto de 2020

La dama de las camelias.- Alejandro Dumas, hijo (1824-1895)

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I

  «A mi juicio, no se puede crear personajes sin antes haber estudiado mucho a los hombres, de igual modo que no se puede hablar una lengua sin haberla estudiado en serio.
 Como no he llegado aún a la edad en que se inventa, me contento con relatar.
 Exhorto, pues, al lector a que se convenza de la realidad de esta historia, cuyos personajes al completo, a excepción de la heroína, todavía viven.
 Por otra parte, hay en París testigos de la mayor parte de los hechos que aquí se narran; ellos podrían confirmarlos si mi testimonio no bastase. Debido a una circunstancia particular, únicamente yo puedo contarlos, pues sólo a mí se me ha hecho confidencia de todos sus detalles y pormenores, sin los que hubiera resultado imposible escribir un relato interesante y completo.
 Así pues, veamos la manera en que esos detalles han llegado a mi conocimiento:
 El 12 de marzo de 1847 vi en la calle de Lafitte un gran cartel amarillo que anunciaba una subasta de muebles y de valiosas curiosidades. La venta se producía tras una defunción.
 El cartel no decía el nombre del difunto, pero la subasta se llevaría a cabo el día 16, en el número 9 de la calle de Antin, entre el mediodía y las cinco de la tarde. El cartel indicaba, además, que los días 13 y 14 se podría visitar el piso y ver los muebles.
 Siempre me han gustado las curiosidades. Me prometí no desperdiciar aquella ocasión, si no para comprarlas, al menos para verlas.
 Al día siguiente, me presenté en el número 9 de la calle de Antin.
 Era temprano y, sin embargo, ya había caballeros visitantes e incluso señoras, algunas vestidas de terciopelo, con chales de cachemir y sus elegantes berlinas esperándoles a la puerta, que miraban con asombro, incluso con admiración, el lujo que se exhibía ante sus ojos.
 Más tarde comprendí aquella admiración y aquel asombro, pues, cuando me puse a escudriñar, me di cuenta enseguida de que me hallaba en el piso de una mujer mantenida. Ahora bien, si hay algo que las damas de sociedad desean ver, y allí había damas de sociedad, es la intimidad de esa clase de mujeres cuyos carruajes salpican cada día los suyos, que tienen, al igual que ellas y al lado de ellas, sus palcos en la Ópera y en los Italianos, y que hacen alarde, en París, de la insolente opulencia de su belleza, sus joyas y sus escándalos.
 Aquella en cuya casa me encontraba había muerto; así que incluso las damas más virtuosas podían entrar en su dormitorio. La muerte había purificado el aire de esa espléndida cloaca y, por otra parte, en caso de serles necesaria tenían la excusa de acudir a una subasta sin saber a quién pertenecía la casa. Habían leído los anuncios y querían conocer lo que esos carteles prometían y escoger por adelantado: así de simple. Lo cual no les impedía buscar, en medio de todas aquellas maravillas, las huellas de esa vida cortesana de la que, sin duda, habían escuchado historias bien extrañas.
 Desdichadamente, los misterios habían muerto con la diosa y, pese a su voluntarioso empeño, sólo hallaron aquello que estaba en venta tras el deceso, y nada de lo que se vendía en vida de la inquilina.
 A la postre, había bastante que comprar. El mobiliario era soberbio. Muebles de palo de rosa y de Boulle, jarrones de Sèvres y de China, estatuillas de porcelana de Sajonia, satenes, terciopelos y encajes, allí no faltaba de nada.
 Me paseé por el piso y seguí a las nobles curiosas que me habían precedido. Ellas entraron en una habitación tapizada de telas persas y me disponía también yo a entrar cuando salieron casi de inmediato, sonriendo, como si les avergonzara aquella nueva curiosidad. Ello me hizo desear aún más vivamente entrar de inmediato en ese cuarto. Era el tocador y estaba revestido de cuidados detalles sobre los que parecía haberse derramado en grado sumo la prodigalidad de la muerte.
 En una gran mesa adosada a la pared, una mesa de un metro de ancho por dos de largo, brillaban todos los tesoros de Aucoc y Odiot. Era una colección magnífica y ninguno de esos mil objetos, tan necesarios para el arreglo de una mujer como aquella en cuya casa nos hallábamos, estaba hecho de otro metal que no fuera plata u oro. Sin embargo, semejante colección sólo se había podido formar poco a poco, y no había sido un único amor quien la había completado.
 Yo, que no me espantaba ante la visión del tocador de una mujer mantenida, me entretenía examinando los detalles, cualesquiera que fuesen, y reparé en que todos aquellos utensilios magníficamente labrados tenían varias iniciales y blasones diferentes.
 Miraba aquellas cosas, cada una de ellas muestra de la prostitución de la pobre muchacha, y me decía que Dios había sido clemente con ella, pues no había permitido que le llegara el castigo habitual y la había dejado morir en medio de su lujo y su belleza, antes de la vejez, esa primera muerte de las cortesanas.
La dama de las camelias - Nocturna Ediciones En efecto, ¿hay algo más triste que contemplar la vejez del vicio, sobre todo en la mujer? No encierra dignidad alguna ni inspira ningún interés. Ese eterno arrepentimiento no del mal camino seguido, sino de los cálculos mal hechos y el dinero mal empleado, es una de las cosas más entristecedoras que se puedan oír. Conocí a una anciana mujer galante a la que no le quedaba de su pasado más que una hija casi tan bella, al decir de sus contemporáneos, como lo había sido su madre. Aquella pobre niña, a la que su madre no había dicho "eres mi hija" sino para ordenarle sustentarla en su vejez como ella la había sustentado en su infancia, aquella pobre criatura se llamaba Louise y, obedeciendo a su madre, se entregaba sin voluntad, sin pasión, sin placer, como habría podido ejercer cualquier oficio si se hubiera pensado en enseñarle alguno.
 La permanente visión del desenfreno, un desenfreno precoz, alimentada por el continuo estado enfermizo de esa muchacha, había apagado en ella la capacidad de discernimiento del bien y del mal que Dios quizás le había dado, pero que a nadie se le había ocurrido desarrollar.
 Siempre me acordaré de esa joven, que paseaba por los bulevares casi todos los días a la misma hora. Su madre la acompañaba de continuo, tan asiduamente como una verdadera madre acompañaría a una verdadera hija. Entonces yo era joven y bien dispuesto a adoptar la liviana moral de mi siglo. Sin embargo, recuerdo que la visión de aquella escandalosa vigilancia me inspiraba repugnancia y desprecio.
 A ello habría que añadir que nunca un rostro de virgen mostró parecido sentimiento de inocencia ni tal expresión de melancólico sufrimiento.
 Se diría que era la imagen de la Resignación.
 Un día, el rostro de aquella muchacha se iluminó. En medio de los excesos, cuyo programa controlaba su madre, le pareció a la pecadora que Dios le permitía una dicha. Después de todo, ¿por qué Dios, que la había creado sin fuerzas, habría de dejarla sin consuelo, bajo el doloroso peso de su vida? Un día, pues, se dio cuenta de que estaba encinta, y lo que todavía quedaba en ella de casto se estremeció de alegría. El alma tiene extraños refugios. Louise corrió a anunciar a su madre la noticia que le hacía tan feliz. Da vergüenza decirlo, pero no traemos aquí la inmoralidad por gusto, contamos un hecho cierto, que quizá haríamos mejor en callar si no creyéramos que es necesario, de vez en cuando, revelar los martirios de esos seres a los que se condena sin escucharlos, a los que se desprecia sin juzgarlos; da vergüenza, decíamos, pero la madre respondió a su hija que apenas si les alcanzaba para ellas dos y que no tendrían suficiente para tres; que tales niños eran inútiles y que un embarazo era tiempo perdido.
 Al día siguiente, una comadrona, de la que diremos solamente que era amiga de la madre, vino a ver a Louise, quien permaneció algunos días en cama y se levantó de ella más pálida y más débil que antes.
 Tres meses después, un hombre se apiadó de ella y se hizo cargo de su cuidado moral y físico; pero el último golpe había sido demasiado violento, y Louise murió a consecuencia del aborto.
 La madre vive aún. ¿Cómo? Sabe Dios.
 Esta historia me vino a la memoria mientras contemplaba los neceseres de plata y, según parece, pasé un tiempo en estas reflexiones, pues, además de mí, ya no quedaba en el piso más que el guardián, quien vigilaba con atención desde la puerta que no me llevara nada.»

  [El texto pertenece a la edición en español de Nocturna Ediciones, 2012, en traducción de José Manuel Fajardo. ISBN: 978-84-939750-2-9.]

jueves, 30 de enero de 2020

Vida y fugas de Fanto Fantini.- Álvaro Cunqueiro (1911-1981)

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Primera parte: nacimiento, infancia y mocedad de Fanto
II

«Cuando Fanto contaba cinco años de edad, llegó la peste negra a Borgo San Sepolcro y se creyó que la había llevado a la ciudad un genovisco que trataba en simiente de pino manso, y tenía fama la semilla de Génova porque se aseguraba que era de los pinos del camposanto. Al genovisco siempre lo acompañaba alguna linda muchacha, muy vestida a la moda, que el mercader alquilaba por semanas, cobradas por adelantado, a la juventud aristocrática, y alguna fue muy bien vendida a un rico heredero que se prendó de ella, como una tal Leila, berberisca, en la que Pier Aliprando degli Aliprandi hubo dos hijas, y fue bautizada con el nombre de las mártires del día en la que la sacaron de pila, que fue el de las santas Verísima, Pomposa, Capitolina, Romana, Rolindes. Muerto Aliprando jugando cañas en un campo, casó la Verísima con el banquero Marco da Porta, a quien la mora, entre las caricias muchas le pasaba lecciones de Mahoma y el banquero se pasó secretamente al Islam y solamente se le conocía la nueva doctrina en que habiendo sido muy afecto al jamón, ahora no lo tocaba, y aún se le llenaban los ojos de lágrimas al verlo, pero se apartaba con la boca cerrada por amor de Leila. Llegó la peste negra, digo, y se llevó a los padres de Fanto, Ser Pietro y donna Becca, a su padrino, el médico Andrea della Garda, y a la nodriza Camillina, y aun al paje de la grappa, que nunca pudo dejar de soñar con los pechos de donna Becca, y quedó huérfano y sin parientes ni criados nuestro Fanto, bajo la tutoría del cavaliere Capovilla, que lo era de San Juan de Rodas, y primo carnal de su señor padre, amén de hermanos de leche, que durante siete meses la tomaron de la misma burra, capa blanca isabelina, conventual de San Francisco. El cual caballero Capovilla, desde el primer día de su potestad, comenzó a instruir al huérfano en el arte militar con batallas por mapa, en las armas, en altanería, y en arengas en lengua griega, por si acudía a librar a Constantinopla del turco. Crecía Fanto robusto y alegre, amigo de escuchar historias, gracioso el fino rostro enmarcado por la rubia cabellera, hija del rayo de su natalicio. Con el cavaliere Capovilla hacía Fanto grandes cabalgadas en las noches de primavera y de verano, y a hora de alba caían en la vecindad de algún castillo, umbro, lombardo o toscano, y entonces el tutor explicaba al atento pupilo lo fácil que sería, con sólo dos docenas de hombres bien armados, enseñorearse por sorpresa de aquella fortaleza, en la cima de una colina en la que los cipreses presidían la asamblea de las viñas en flor. Dejaban los caballos y se aproximaban, escondiéndose de ciprés en ciprés, y se separaban para rodear el castillo, haciéndose señas con el canto del cuchillo para darse mutuamente el puesto, y se acercaban luego al puente levadizo, esperando que fuese levantado el rastrillo, que sería la ocasión de entrar al asalto, disfrazados de lechera, o de pescador de caña que traía un regalo de truchas para el señor marqués. Se retiraban después de levantar mapa, por si algún día hacían realidad el asalto. A veces, robaban algún cordero, en recuerdo de uno que había comido Alejandro en Persia, y si encontraban una moza en una fuente, fingían que la forzaban, y a sus gritos huían, dejándola desnuda.
 -Todo esto, querido Fanto -decía il cavaliere Capovilla-, forma parte del oficio y cuando estés en edad te estrenarás, y lo único que siento es no poder hacer ante ti una demostración de reglamento de los sanjuanistas, de piernas aparte y salto, porque el reuma me ata las rodillas, y además va para cinco años que se fueron para no volver mis alboradas venéreas. Que tomada como lección prima de fornicio, no sería deshonesto que me vieses en el trabajo. Y digo prima lectio, porque luego secunda et tertia, esas cada uno las busca, y son cosa de cama blanda y reposada, que no de la violación castrense, que ha de ser rápida y brutal, con desgarro de ropa, mostrando más ansiedad que regocijo, aunque en el trance, como suele algunas veces, siendo la mujer hermosa, se abra amor en tu corazón, y quieras eternizar la caricia.
 Fanto escuchaba en silencio las graves lecciones de su tutor y se le ponían congojas de sudor y melancolía mientras no llegaba la edad de estrenarse.
 Tenía ya Fanto trece años, y dominaba a Donatus y Euclides, sabía encaperuzar el azor, todo de armas y caballo, ordo lunatus y marcha flanqueado en lo que toca a campaña, y voces venecianas y griegas. Iba para alto, la cabellera sin perder de su oro, los ojos celestes con el mérito de unas largas pestañas oscuras y siempre la sonrisa en la boca. […] La palabra gentileza valía para decir la estampa del aprendiz del capitán, que el signor Capovilla no dudaba de que lo sería y famoso. Fanto tenía la voz alegre y la mirada amiga, y un buen corazón.
 Como la fortuna de los Fantini della Gherardesca no era mucha, el cavaliere Capovilla, dueño sólo de una pequeña quinta en el arrabal, de la que había hecho heredero a Fanto, andaba, cuando éste entró en los quince de su edad, dándole vueltas en el magín a una boda del mocito con una dama rica y de ilustre familia. En Borgo San Sepolcro mismo había dos hermanas gemelas, que enviudaran el mismo día, una de un abanderado de Gattamelata y otra de un segundón de los Orsini, quien ya estaba preconizado obispo de Cittá del Monte, esperando los dieciocho años y las órdenes menores y mayores, pero lo dejó, porque estaba empeñado en imponer en las cortes diversas de Italia el baile agarrao. El abanderado murió en el vado de un río de una flecha perdida, y el que había ido para obispo, cayó de un tejado abajo, yendo a la captura de un gatito bizantino que se le había escapado a su dulce esposa. Las gemelas eran el vivo retrato la una de la otra, y messer Capovilla, que se había hecho ávido de oro por amor de Fanto, y por ponerlo en el mundo tan rico como gentil era, llegó a soñar que puesto que nadie las distinguía, que Fanto casara con las dos, a las que canónicamente serviría, con lo cual no había que partir la herencia de las gemelas Bandini dell'Arca. Il cavaliere Capovilla estudiaba, medio adormilado en las siestas del carnero que hacía, el caso de Fanto y las dos bellas, y no encontraba dificultad alguna, ni en fiestas -que saldrían las hermanas por turno-, ni en preñeces y si las dos estuviesen para parir, y una se adelantase un mes o dos, sería caso de Escuela de Salerno, como el de aquella panadera que dio a luz un niño el día de San Juan y otro el día de san Roque, mes y medio después. Fue muy notorio el asunto, tanto en médicos como entre glosadores de Bolonia. Los primeros llegaron a la conclusión de que la panadera tuviera dos preñeces a un tiempo y de dos viriles diferentes, lo que llevó al marido, viéndose publicado de cornudo, a colgarse de una viga del horno; y los segundos trataban de establecer en derecho cuál de los nacidos era el primogénito, lo cual dio lugar a sabias consultas y eruditas disertaciones, y canonista hubo que inventó una lex romana sobre el asunto, y descubierto tuvo que huir a caballo, y como tenía buena letra, terminó en los almacenes de Venecia, especializado en poner "bianco" en las barricas de Vernaccia. Se llama este glosador Bettobaldi dei Bettobaldi y era un hombre pequeño y triste, picado de viruelas, y siempre con el miedo de que sus antiguos colegas boloñeses le diesen muerte, por el descrédito que sobre ellos había echado inventando una Lex Claudia que decía que los segundos eran los primeros, y como un canonista irritado firmara que donde lo encontrase le haría tragar la famosa ley, Bettobaldi en las horas libres se ensayaba en tragar pelotas de papel, lo que llegó a hacer muy fácil, con gran admiración de sus compañeros de almacén, quienes lo sacaron de número de magia en un carnaval.»

      [El texto pertenece a la edición en español de Ediciones Orbis, 1984. ISBN: 84-7530-539-3.]

lunes, 20 de enero de 2020

El arpa de hierba.- Truman Capote (1924-1984)

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Cinco

«-Papá juró que le pegaría un tiro. Más de cien veces dijo Geraldine, dinos quién ha sido y Dan tomará una escopeta e irá a por él. Me echaba a reír hasta que acababa llorando; otras veces sucedía al revés. Bien, les dije que no tenía la menor idea de quién era el responsable, que había estado con cinco o seis chicos en Youfry y ¿cómo podía saber yo quién lo había hecho? Mi madre me abofeteó en la cara cuando dije eso. Pero acabaron por creerlo y creo que al cabo de algún tiempo incluso el propio Dan Rainey llegó a creerlo... o al menos quería creerlo, el pobre chico, tan desgraciado. Todos esos meses la casa estuvo revuelta y en ellos murió papá. No quisieron dejarme asistir al entierro pues estaban avergonzados de que alguien pudiera verme en mi estado. Ocurrió ese día, cuando todos ellos estaban en el entierro y me habían dejado sola en casa y un viento arenoso soplaba con la violencia de un elefante; fue entonces cuando tuve el primer contacto con Dios. Yo no me merecía en modo alguno ser Elegida: hasta entonces mamá había tenido que forzarme a aprender los versículos de la Biblia; después de ese día logré memorizar más de mil en menos de tres meses. Bien, estaba practicando una melodía en el piano cuando de repente se rompió una ventana, toda la habitación pareció dar la vuelta sobre sí misma y cuando de nuevo adquirió su posición inicial me di cuenta de que había algo conmigo: el espíritu de mi padre, pensé. El viento se apaciguó suavemente, como en la primavera... Él estaba allí y yo de pie, como él me había hecho, abrí los brazos para recibirle. Eso ocurrió hace veintiséis años, que se cumplieron el día 3 del pasado febrero. Yo tenía diecisiete y ahora tengo cuarenta y dos y nunca he vuelto a dudar. Cuando fui a dar a luz a mi bebé no llamé a Geraldine  ni a Dan Rainey ni a nadie, sino que me eché en la cama, empecé a susurrar los versículos uno tras otro y nadie se enteró de que Danny había nacido hasta que lo oyeron gemir. Fue Geraldine quien le puso ese nombre. Era su hijo, o al menos eso es lo que todo el mundo debía creer y de todos los caseríos vecinos la gente vino a ver a su hijo; algunos trajeron regalos y los hombres dieron palmadas cariñosas en las espaldas de Dan Rainey y le felicitaron por tener un niño tan hermoso. Tan pronto como estuve en condiciones de hacerlo me trasladé a Stoneville, a unas treinta millas de distancia, una ciudad dos veces mayor que Youfry y donde hay un gran campo minero. Otra chica y yo abrimos una lavandería e hicimos un buen negocio porque en la mina la mayor parte de los hombres eran solteros. Dos veces al mes regresaba a casa para ver a Danny; así me pasé siete años yendo y viniendo; las visitas a Danny eran mi único placer: un niño tan precioso que no encuentro palabras para describirlo. Pero Geraldine se ponía furiosa, de muerte, cuando lo tocaba; si me veía besarlo saltaba indignada. Dan Rainey no era muy distinto y parecía temer que me decidiera a no marcharme todo lo deprisa que deseaban. La última vez que estuve en casa le pregunté si no podíamos encontrarnos en Youfry, pues durante mucho tiempo, en mi locura, se me ocurrió una idea: si podía vivir de nuevo lo anterior, si volvía a llevar un bebé en mi vientre, éste sería como un hermano gemelo de Danny. Pero me equivocaba al pensar que podía tener el mismo padre. Hubiera nacido muerto. Me quedé mirando a Dan Rainey (era el más frío de los días, estábamos sentados en la sala de baile vacía y recuerdo que ni una sola vez sacó las manos de los bolsillos del pantalón) y le hice marcharse sin decirle por qué le había pedido que viniera. Después pasaron años en los que busqué cualquier parecido con él. Uno de los mineros de Stoneville tenía las mismas pecas, ojos amarillos; un chico de buen corazón, que me hizo a Sam, el mayor de mis hijos. Al que mejor recuerdo es al padre de Beth, que era un duplicado de Dan Rainey, pero como Beth es una chica no se parece tanto a Danny. He olvidado deciros que vendí mi parte en la lavandería y me fui a Texas... Trabajé en restaurantes en Amarillo y Dallas. Pero hasta conocer al señor Honey no me había dado cuenta de que el Señor me había elegido y cuál debía ser mi misión. El señor Honey estaba en posesión de la Verdadera Palabra; tras oírle predicar la primera vez fui a verlo. Llevábamos hablando sólo unos veinte minutos cuando me dijo: voy a casarme contigo, si es que no estás casada ya. Le dije que no, no estoy casada, pero tengo alguna familia; la verdad es que para aquel entonces ya eran cinco. Eso no le importó en absoluto. Una semana después nos casábamos, el día de San Valentín. No era un hombre joven y no se parecía en absoluto a Dan Rainey; si se quitaba las botas apenas me llegaba al hombro; pero el Señor había hecho que nos encontráramos y Él, ciertamente, sabe lo que hace: tuvimos a Roy, después a Pearl, Kate, Cleo y Pequeño Homer… la mayor parte de ellos nacidos en el carromato que habéis visto. Recorrimos el país llevando Su Palabra a gentes que no la habían oído antes, al menos no del modo como se la transmitía mi marido. Ahora debo mencionar una triste circunstancia: perdí al señor Honey. Ocurrió una mañana, en la peor parte de Luisiana, en la tierra de los Cajunes; se alejó un poco de la carreta para comprar algunos víveres: sepan que nunca más volvimos a verle. Desapareció realmente en el aire. No me importa un comino lo que dijo la Policía: no era el tipo de hombre que abandona a su familia; no, señor, no; debió ocurrirle algo malo.
 -O amnesia -dije yo-. Se olvida uno de todo, incluso del propio nombre.
 -¿Un hombre que se sabía la Biblia de memoria? ¿Puedes creer que un hombre así llegue a olvidar su propio nombre? Uno de los Cajunes debió matarle para robarle su anillo de amatistas. Naturalmente he vuelto a tener otros hombres después, pero no amor. Lillie Ida, Laurel y los otros niños nacieron así. En cierto modo parece como si yo no pudiera continuar viviendo sin llevar otra vida latiendo bajo mi propio corazón: cuando no es así me siento floja y perezosa.»

    [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Argos Vergara, 1980, en traducción de Joaquín Adsuar. ISBN: 84-7017-902-0.]