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sábado, 23 de febrero de 2019

Mujer blanca soltera busca... .- John Lutz (1939)


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12

«Mayfair estaba sentado ante su inmenso escritorio de Fortune Fashions, delante de un ordenador IBM, y se puso a ejecutar las operaciones que Allie Jones le había enseñado. Con gran seguridad, sus dedos pulsaron las teclas grises con destreza. Aquella tía había hecho un trabajo excelente a la hora de programar: inventarios, nóminas, gráficos de ventas y proyecciones de procesos productivos quedaron reducidos a órdenes relativamente simples. Allie había explicado a Mayfair que ya había diseñado la mitad del proyecto, lo que significaba que había llegado el momento de hacer lo que Mayfair se había propuesto desde que vio a Allie Jones. ¿Por qué no? Cuando eras vicepresidente de una empresa como Fortune Fashions, ciertas prerrogativas son cosa hecha.
 Allie había invertido demasiado tiempo en aquel programa para Fortune Fashions y se exponía a perder muchísimo dinero. Sin duda, sería vulnerable a las presiones. Hacía poco que había roto con el tipo que se la tiraba, un tal Sam-no-sé-qué, por lo que recordaba. Mayfair llegó a la conclusión de que Allie estaba a punto. En la vida era decisivo calcular el momento exacto.
 Claro que no se lo diría tan claramente. Era demasiado hábil para cometer ese error. Sin embargo, Mayfair dejaría caer que ahora él ya sabía lo suficiente para contratar a otro programador que concluyese la tarea iniciada por Allie. A estas alturas hasta Elaine, su secretaria, podía ocuparse del ordenador. Los sistemas básicos de software estaban conectados, por lo que no planteaban problemas. Allie había cobrado un pequeño anticipo. Paulatinamente, a lo largo de la semana, pondría de manifiesto que si Allie quería terminar el encargo de Fortune Fashions y llegar al gran día de cobrar el trabajo, él formaba parte del acuerdo. No era algo tan insólito, probablemente a Allie ya le había tocado abrirse de piernas por asuntos de trabajo. Mayfair estaba seguro de que aquello estaba incluido en los encargos que le hacían, de que formaba parte del trato desde el primer momento porque, de lo contrario, no había nada que hacer. Ninguna mujer necesitaba un ordenador para hacer esas deducciones. Seamos claros, la programación es la programación, gajes del oficio.
 La puerta de la sala de espera se abrió y los ruidos del tráfico, diez plantas más abajo, se filtraron en el lujoso despacho, prácticamente insonorizado, de Mayfair. La alfombra y las gruesas cortinas, el aterciopelado papel de la pared y los muebles tapizados parecían absorber hasta los sonidos que se producían en el despacho.
 Elaine, alta y demacrada como una modelo y ataviada con un traje de la colección de otoño de Fortune Fashions, entró e hizo con la cabeza una ligera señal a Mayfair. Cinco años atrás habían vivido un ardoroso y frenético enredo, al que casi nunca se referían. En su momento, Elaine supo que acostarse con Mayfair era requisito previo para acceder a su puesto. Era prácticamente el mismo dilema con que ahora se enfrentaría Allie.
 En aquella época Elaine estaba casada, pero él no era celoso. Aquella circunstancia no tendría que haber creado problemas. Nadie le había pedido a Elaine que se dejara devorar por la culpa y le contara con pelos y señales la historia a su marido, que se puso hecho un energúmeno y fue a buscar a Mayfair a su casa. A su puñetera casa, donde estaban ni más ni menos que su esposa e hijos. ¡Joder con la escenita! ¡Vaya noche!
 Mayfair perdonó a Elaine aquella metedura de pata e incluso la ayudó a buscar el apartamento en el que aún vivía sola. Resultó que fue lo mejor que le podía pasar a aquella zorra en la vida. Ahora se lo pasaba genial, salía constantemente con varios tíos a la vez y aceptaba sus atenciones. Claro que no era una putilla, sino secretaria. Mayfair estuvo a punto de sonreír.
 La escena con el marido de Elaine aceleró su divorcio que, por otra parte, era inevitable. Janice, su ex, y los niños vivían en Buffalo. Todos estaban mejor así. Por descontado que él era más feliz. Se dijo que, indirectamente, debía agradecérselo a Elaine.
 Mayfair se repantigó en su silla giratoria acolchada y examinó a su secretaria cuando ésta se agachó para abrir un cajón del archivador. Elaine aún tenía cintura de avispa, culo prieto y un excelente par de piernas.
 Elaine se irguió y se alisó la falda. Cuando estiró el pie para acomodarse el tacón, se le marcó el músculo de la pantorrilla. Era muy sexi. Sostenía en la mano la carpeta que se había inclinado a buscar.
 Se giró y clavó en Mayfair sus ojos maquillados.
 -¿Allie Jones vendrá hoy?
 -Está citada -respondió Mayfair.
 Allie enseñaba a Elaine el manejo del ordenador. Su secretaria aprendía deprisa y continuaría haciéndolo. Mayfair se lo comentaría a Allie para sugerirle que la empresa ya no necesitaba tanto sus servicios. A decir verdad, a estas alturas ni siquiera era imprescindible. Mayfair le daría a entender que no tenía de qué preocuparse, que podía incrementar su utilidad en otros aspectos.
 Alrededor de las diez Allie y Elaine se aislarían en un rincón de la sala de espera. Elaine se instalaría delante del nuevo ordenador mientras Allie se acomodaba a su lado, en la silla nórdica roja y marrón que habitualmente se hallaba junto a la pared. Con gran paciencia y profesionalidad, Allie explicaría a Elaine lo que hacía correctamente y en qué se equivocaba. Maestra y discípula se llevaban bien, ambas era espabiladas y dúctiles.
 Mayfair sonrió. Aquellas dos mujeres no tardarían en tener algo más en común.»
 
     [El texto pertenece a la edición en español de Círculo de Lectores, 1994, en traducción de Horacio González Trejo. ISBN: 84-226-4911-X.]

jueves, 13 de diciembre de 2018

El economista camuflado.- Tim Harford (1973)


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8.-Por qué los países pobres son pobres
¿Existe una oportunidad para el desarrollo?

«Los especialistas en desarrollo, a menudo, se concentran en ayudar a los países pobres a que se conviertan en países ricos por medio de la mejora de su educación primaria y de su infraestructura, como carreteras y teléfonos; y eso, sin duda, es algo muy sensato. Desafortunadamente, esto sólo representa una pequeña parte del problema. Los economistas que han dejado de lado las estadísticas o se han dedicado al estudio de información menos común como, por ejemplo, los ingresos de un camerunés en Camerún y los de un camerunés que emigró a Estados Unidos, han descubierto que ni la educación, ni la infraestructura, ni las fábricas explican en lo más mínimo el abismo existente entre los ricos y los pobres. Debido a su pésima educación, Camerún tal vez sea dos veces más pobre de lo que podría ser. Debido a sus espantosa infraestructura, es casi otras dos veces más pobre. Por lo tanto, sería esperable que fuera cuatro veces más pobre que Estados Unidos, pero en realidad es cincuenta veces más pobre. Pero, lo que es más importante aún: ¿por qué parece que los cameruneses no hacen nada al respecto? ¿No podrían las comunidades camerunesas mejorar sus escuelas? ¿Los beneficios de hacerlo no superarían fácilmente los costes? ¿No podrían los empresarios cameruneses construir fábricas, comprar patentes tecnológicas, buscar socios en el extranjero... y hacer una fortuna?
 Evidentemente, no. Mancur Olson demostró que es la cleptomanía en las altas esferas la que detiene el crecimiento de los países pobres. Sin embargo, tener por presidente a un ladrón no significa necesariamente estar condenado al fracaso: ese presidente podría preferir activar la economía y entonces tomar una ración más grande de la tarta. Sin embargo, en términos generales, la práctica del saqueo se extenderá, ya sea porque el dictador no se siente seguro en su puesto, ya sea porque, para conservar el apoyo con el que cuenta, debe permitir que otros también roben.
 Entonces, el desarrollo se trunca en la base de la pirámide de la riqueza, porque las reglas y las leyes de la sociedad no fomentan ni los proyectos ni los negocios que favorecerían el bien común. Los empresarios no crean negocios de manera oficial (es demasiado difícil) y así no pagan impuestos; los funcionarios demandan proyectos ridículos en beneficio de su propio prestigio o de su enriquecimiento personal; los alumnos de primaria no se preocupan por conseguir una cualificación que devendrá irrelevante.
 No es una novedad escuchar que la corrupción y los perversos incentivos son un factor importante, pero tal vez sí sea novedoso descubrir que el problema de las retorcidas leyes e instituciones explica no sólo una pequeña parte de la brecha entre Camerún y los países ricos, sino casi la totalidad de la misma. Los países como Camerún están muy por debajo de su propio potencial, aun si se tiene en cuenta la deficiente infraestructura, la baja inversión y la mínima educación. No obstante, mucho peor que eso es la red de corrupción que frustra todo intento de desarrollar la infraestructura, atraer la inversión y mejorar la calidad de la educación.
 El sistema educativo de Camerún sería de mayor calidad si las personas tuvieran un incentivo para obtener una mejor educación, es decir, si la meritocracia reinara y fueran las buenas calificaciones y la verdadera cualificación -en vez de los contactos personales- las que determinaran la obtención de los puestos de trabajo. Camerún tendría una mejor tecnología y más fábricas abiertas si el clima de inversión fuera el correcto, tanto para los inversores extranjeros como para los nacionales, y si las ganancias no fueran devoradas por los sobornos y los trámites burocráticos.
 La pequeña dosis de educación, tecnología e infraestructura que posee Camerún  podría aprovecharse mucho mejor si la sociedad estuviera organizada para premiar las ideas buenas y productivas. Pero no es así.
  Aun cuando todavía no contamos con una buena palabra que describa lo que en realidad falta en Camerún (y en los países pobres de todo el mundo), estamos empezando a entender de qué se trata. Algunos lo llaman "capital social" o tal vez "confianza". Otros lo denominan "imperio de la ley" o "instituciones", pero éstos no son más que etiquetas. El problema es que Camerún, al igual que otros países pobres, es un mundo patas arriba, en el cual la mayoría de sus habitantes está interesada en hacer algo que directa o indirectamente daña a los demás. Los incentivos para generar riqueza de cualquier modo que sea posible están tan completamente prendidos en sus cabezas como, seguramente, lo está el techo de la biblioteca de la escuela.
 La podredumbre comienza con el Gobierno, pero afecta a la sociedad entera. No tiene sentido invertir en un negocio porque el Gobierno no lo protegerá contra los ladrones (así que bien podrías convertirte en ladrón). No tiene sentido pagar la factura del teléfono porque nadie puede llevarte ante la justicia (así que tampoco tiene sentido ser una empresa telefónica). No tiene sentido educarte porque los trabajos no son distribuidos en función de los méritos (y, aunque así fuera, no puedes pedir prestado dinero para pagar la educación privada, pues los bancos no conceden créditos y el Gobierno no posee buenas escuelas). No tiene sentido establecer un negocio importante porque los funcionarios aduaneros serán los únicos que se beneficien (y, por ello, existe tan poco intercambio comercial lo que, a su vez, hace que la oficina aduanera no consiga los fondos suficientes y, entonces, busque con más ahínco oportunidades para sobornar).
 Ahora que comenzamos a entender la gran importancia que tiene todo este asunto, podemos empezar a arreglarlo. Sin embargo, como la naturaleza misma del problema es oponer resistencia a las soluciones, será un proceso lento y difícil.»
 
   [El texto pertenece a la edición en español de Ediciones Temas de Hoy, 2007, en traducción de Redactores en Red. ISBN: 978-84-8460-617-8.]

viernes, 30 de noviembre de 2018

La Revolución Industrial.- Thomas S. Ashton (1889-1968)


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IV.-Capital y trabajo
I

«La revolución industrial fue asunto no sólo de tecnología sino también de economía: consistió en cambios en el volumen y en la distribución de la riqueza, a la vez que en los métodos por los cuales dicha riqueza se dirigió hacia fines específicos. Hubo, en realidad, una estrecha conexión entre los dos movimientos. Sin las invenciones la industria hubiese tal vez continuado su lento progreso -aumentando las compañías, extendiéndose el comercio, mejorándose la división del trabajo y haciendo de los transportes y finanzas sistemas más especializados y eficaces-, pero no habría habido revolución industrial. Por otra parte, sin los recursos recién descubiertos las invenciones muy difícilmente se hubieran realizado, y su aplicación hubiese sido muy limitada. Fue, pues, el crecimiento de los ahorros y la facilidad con la cual se pusieron a disposición de la industria, lo que hizo posible a la Gran Bretaña recoger le cosecha debido a su ingenio.
 Muy amplio ha sido el debate que procura determinar el origen del capital que se invirtió en las nacientes industrias. Algunos opinan que provino de la tierra, en tanto otros señalan el comercio exterior, y unos terceros creen haber descubierto su fuente en una corriente que iba de las industrias secundarias a las primarias, siempre en el interior del país. Pero a cada argumento que en uno u otro sentido se hace valer, es posible contraponer razones de igual peso. Muchos propietarios o agricultores, como Robert Peel, pasaron a la industria; pero numerosos otros con éxito, como Arkwright, compraron tierras y terminaron su vida como progresistas terratenientes. Gran número de comerciantes, como Anthony Bacon, reinvirtieron sus beneficios en minas o en manufacturas, pero muchos industriales, como Sampson, Nehemiah Lloyd y Peter Stubs empezaron a vender sus productos, mas también a trocarlos por otros. Muchos artesanos que trabajaban los metales, como Abraham Darby, establecieron altos hornos y fundiciones y abrieron minas; pero muchos mineros e industriales del hierro se iniciaron en la ferretería y en la industria de la fabricación de herramientas. Si terratenientes tales como el Duque de Bridgewater invirtieron su capital en caminos de portazgo y en canales, lo propio hicieron industriales como Wedgwood. En resumen, debe decirse que las corrientes fueron muchas, y caminaron en todas direcciones, en tanto la riqueza aumentaba en una rama y las oportunidades en otra; no puede afirmarse que haya sido una sola zona de la economía y de la actividad humana de donde hayan soplado los vientos del tráfico.
 Al principio del período, muchas de las unidades industriales se componían de pequeñas empresas familiares, o bien de consorcios de dos o tres amigos. En la mayoría de las industrias el capital invertido no era mayor que el que un fabricante casero o aun un jornalero podía proporcionar con sus ahorros. Si acaso se obtenía algún beneficio, se invertía con frecuencia en agrandar la fábrica, pues la "resiembra" (ploughing back) no es, como algunos suponen, un descubrimiento hecho por los Estados Unidos durante el siglo XX. Las primeras etapas de acumulación de la acumulación de capital se ilustran  muy bien por citas tomadas del diario de Samuel Walker, de Rotherham:
 1741.-Durante los meses de octubre o noviembre de este año, Samuel y Aaron Walker construyeron un horno de tiro de aire, en la antigua herrería del fabricante de clavos situado en el trascorral de la choza de Samuel Walker en Grenoside; se añadieron algunas cosas menores, una o dos chozas, techadas con barro, donde se instalaron después de reconstruir una vez la chimenea, y más de una vez el horno; Samuel Walker enseñaba en la escuela de Grenoside y Aaron Walker fabricaba clavos, segaba o trasquilaba según la época del año.
 1743.-Aaron Walker comenzó a recibir mayor trabajo como industrial y sus jornales alcanzaban la suma de cuatro chelines a la semana, con los que podía vivir...
 1745.-En este año, Samuel Walker, en vista del aumento de los negocios, se vio obligado a abandonar su puesto docente; se construyó una casa, en un extremo de la antigua choza, pues consideró que su posición era permanente; tanto Samuel como Aaron se señalaron diez chelines semanales de jornal, a fin de mantener a sus familias.
 Para entonces el capital de la firma se valoró en cuatrocientas libras esterlinas, pero éste se incrementó el siguiente año con: cien libras aportadas por Jonathan Walker, hermano de los anteriores, cincuenta por John Crawshaw -que antes había sido empleado de los socios "pagándole lo que podíamos, a razón de doce peniques diarios"-, y cincuenta por el propio Samuel. Con esta base los socios establecieron en Masborough primero una fundición y, después, un alto horno. El cuento de que la fortuna de Samuel Walker se debió a que robó a Huntsman el secreto de un crisol para fabricar acero, carece de todo fundamento; no fueron tales métodos, sino el trabajo incesante, la frugalidad e integridad, lo que lo llevaron al éxito. Año tras año algo se añadía, grande o pequeño, a la fábrica; en 1754 un almacén y un pequeño buque -bautizado con el característico nombre de La Industria-, el cual comenzó a navegar en el río; cuatro años más tarde, los socios cavaron "un corte navegable", "mejoraron el camino de Holmes a Masbro y las veredas hacia Tinsley; gloria sea dada a Dios", en 1764 añadieron a su establecimiento "una amplia galería para la fabricación de sartenes". No fue sino hasta 1757, al alcanzar el capital la suma de 7.500 libras esterlinas, cuando los Walkers se permitieron asignarse un dividendo de 140 libras; y durante toda la vida de la empresa, los dividendos que llegaron a distribuirse fueron bien escasos. Para 1774, el capital había alcanzado la suma de 62.500 libras esterlinas; a esto se agregaron las ganancias de la fabricación de cañones durante la guerra con los Estados Unidos, las cuales, invertidas también, aumentaron el capital, para 1782, a 128.000 libras esterlinas. [...]
 Muchas son las críticas que se les pueden hacer a los primeros emprendedores industriales, pero entre ellas seguramente no cabe incluir la de una complacencia excesiva consigo mismos. Los registros de una compañía tras otra no hacen sino repetir la historia de los hermanos Walker: los propietarios convenían en señalarse escasos jornales, restringían sus gastos caseros y reinvertían sus beneficios. Fue así como Wedgwood, Gott, Crawshay, Newton, Chambers y Cía. y muchos otros, formaron sus grandes empresas.»
 
  [El texto pertenece a la edición en español de la editorial Fondo de Cultura Económica, 2008, en traducción de Francisco Cuevas Cancino. ISBN: 97-896-8168-517-1.]

jueves, 25 de octubre de 2018

Teoría general de la ocupación, el interés y el dinero.- John Maynard Keynes (1883-1946)


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Libro III: La propensión a consumir
9.-La propensión a consumir.
II. Los factores subjetivos

«I.- Queda por ver la segunda clase de factores que afectan el monto del consumo realizado con cierto ingreso o sea aquellos alicientes subjetivos y sociales que determinan lo que se ha de gastar, dado el volumen total del ingreso medido en unidades de salarios y dados también los principales factores objetivos que ya se han examinado. Mas como el análisis de estos factores no presenta novedad alguna, tal vez sea suficiente hacer una relación de los más importantes, sin extenderse más allá en considerarlos.
 Hay en general ocho motivos o fines importantes de carácter subjetivo que impulsan a los individuos a abstenerse de gastar sus ingresos:
 1) formar una reserva para contingencias imprevistas;
 2) proveer para una anticipada relación futura entre el ingreso y las necesidades del individuo y su familia, diferente de la que existe en la actualidad, como, por ejemplo, por lo que respecta a la vejez, la educación de la familia o el sostenimiento de quienes dependen de uno;
 3) gozar del interés y la apreciación, es decir, porque un consumo real mayor en fecha futura se prefiera a un consumo inmediato menor;
 4) disfrutar de un gasto gradualmente creciente, ya que complace más al instinto normal la perspectiva de un nivel de vida que mejore gradualmente que lo contrario; aun cuando la capacidad de satisfacción vaya disminuyendo;
 5) disfrutar de una sensación de independencia y del poder de hacer cosas, aun sin idea clara o intención definida de acción específica;
 6) asegurarse una masse de manoeuvre para realizar proyectos especulativos o de negocios;
 7) legar una fortuna;
 8) satisfacer la pura avaricia, esto es, inhibirse, de modo irracional pero insistente de actos de gasto como tales.
  Podríamos llamar a estos ocho motivos: precaución, previsión, cálculo, mejoramiento, independencia, empresa, orgullo y avaricia; e incluso podríamos formular una lista correspondiente de motivos para consumir, tales como disfrute, imprevisión, generosidad, error, ostentación y extravagancia.
  Además de los ahorros acumulados por individuos, también hay esa gran proporción de ingreso, variable quizá entre uno y dos tercios de la acumulación total en una sociedad industrial moderna, tal como Gran Bretaña o Estados Unidos, que retienen los gobiernos centrales o locales, las instituciones y sociedades de negocios —por motivos muy semejantes pero no idénticos a los que impulsan a los individuos, siendo los principales los cuatro siguientes:
 1) el motivo empresa: asegurar recursos para efectuar mayores inversiones de capital sin tener que incurrir en deuda ni obtener más capital del mercado;
 2) el motivo liquidez: asegurar recursos líquidos para enfrentarse a las emergencias, las dificultades y las depresiones;
 3) el motivo mejoramiento: asegurar un ingreso en aumento gradual que, incidentalmente, pueda proteger a la gerencia contra la crítica, ya que el aumento del ingreso debido a la acumulación rara vez se distingue del crecimiento del mismo debido a la eficacia;
 4) el motivo prudencia financiera y el afán de sentirse seguro haciendo una reserva financiera que exceda del costo de uso y del suplementario, de manera que se amortice la deuda y se recupere el costo del activo adelantándose y no atrasándose con relación a la tasa real de desgaste y obsolescencia, dependiendo la fuerza de este motivo principalmente de la cantidad y el carácter del equipo productor y la rapidez de los cambios en la técnica.
  Correspondiendo, a estos motivos que favorecen la retención de parte del ingreso, retirándolo del consumo, también actúan a veces motivos que provocan un excedente del consumo sobre el ingreso. Algunos de los motivos de ahorro positivo, clasificados antes como factores que afectan a los individuos, tienen su contrapartida en el ahorro negativo en fecha posterior, como ocurre, por ejemplo, con el ahorro hecho para proveer a las necesidades de la familia o a la vejez. Sería mejor considerar como ahorro negativo el subsidio a la desocupación financiado por préstamos.
  Ahora bien, la fuerza de todos estos motivos variará enormemente, según las instituciones y la organización de la sociedad económica que supongamos, según los hábitos formados por la raza, la educación, los convencionalismos, la religión y las corrientes morales; según las esperanzas y la experiencia, según la escala y técnica del equipo productor y según la distribución de la riqueza y los niveles de vida establecidos. En el cuerpo de este libro, sin embargo, no nos ocuparemos de los resultados de los cambios sociales de largo alcance ni de los efectos lentos del progreso secular, excepto en digresiones accidentales. Esto quiere decir que daremos por supuesta la base principal de los motivos subjetivos para ahorrar y consumir, respectivamente. En la medida en que la distribución de la riqueza esté determinada de una manera más o menos permanente por la estructura social de la comunidad, esto puede, igualmente, considerarse como un factor sujeto nada más a cambios lentos y en largos periodos, lo que podemos dar por supuesto en el contexto.
 
  II.-Por tanto, ya que la base principal de los alicientes subjetivos y sociales cambia lentamente, mientras que las influencias a corto plazo de las alteraciones en la tasa de interés y los demás factores objetivos son con frecuencia de importancia secundaria, llegamos a la conclusión de que los cambios a la corta en el consumo dependen en gran parte de las modificaciones del ritmo con que se ganan los ingresos (medidos en unidades de salarios) y no de los cambios en la propensión a consumir una parte de los mismos.
  Sin embargo, debemos precavernos contra una confusión. Lo anterior significa que la influencia de los cambios moderados en la tasa de interés sobre la propensión a consumir es generalmente pequeña. No quiere esto decir que las modificaciones en la tasa de interés tengan sólo una influencia exigua sobre las cantidades que realmente se ahorran y se consumen; todo lo contrario. La influencia de cambios en la tasa de interés sobre el monto que realmente se ahorra es de vital importancia, pero se ejerce en dirección opuesta a la que generalmente se supone; porque aun cuando la atracción de un ingreso futuro mayor debido a una tasa de interés más alta tenga por consecuencia el menguar la propensión a consumir, podemos estar seguros, no obstante, de que un alza de la misma dará por resultado una reducción de la suma realmente ahorrada. Esto se debe a que el ahorro total está determinado por la inversión total; un alza en la tasa de interés (a menos que esté contrarrestada por un cambio correspondiente en la curva de demanda de inversión) hará bajar la inversión; de aquí que una elevación de la tasa debe tener el efecto de reducir los ingresos a un nivel tal que los ahorros desciendan en la misma medida que la inversión; Como los ingresos bajarán en una suma absoluta mayor que la inversión, es indudable que, cuando la tasa de interés sube, la de consumo desciende; pero no quiere decir que por ello habrá un margen mayor para el ahorro; al contrario, ambos (ahorro y gastos) decrecerán.
  En consecuencia, aunque un alza en la tasa de interés fuera motivo de que la sociedad ahorrara más con un ingreso dado, podemos estar completamente seguros de que dicha elevación de la tasa de interés (suponiendo que no ocurra ningún cambio favorable en la curva de demanda de inversión) hará disminuir el monto global real de los ahorros. Siguiendo el mismo argumento podríamos averiguar en qué proporción hará descender los ingresos, ceteris paribus, una elevación de la tasa de interés; porque los ingresos tendrán que decaer (o ser redistribuidos) en el monto exacto que se requiere, con la propensión a consumir existente, para hacer bajar los ahorros en la misma cantidad en que el alza en la tasa de interés hará bajar las inversiones, con la eficacia marginal existente del capital. Un examen detenido de esta cuestión ocupará el próximo capítulo.
  El alza en la tasa de interés podría inducirnos a ahorrar más, si nuestros ingresos permanecieran invariables; pero si la tasa elevada de interés retarda la inversión, nuestros ingresos no permanecerán ni podrán seguir inalterables. Tienen forzosamente que bajar hasta que la descendente capacidad para ahorrar haya compensado lo suficiente el estímulo correspondiente ocasionado por la mayor tasa de interés. Cuanto más virtuosos seamos, cuanto más resueltamente frugales y más obstinadamente ortodoxos en nuestras finanzas personales y nacionales, tanto más tendrán que descender nuestros ingresos cuando el interés suba relativamente a la eficiencia marginal del capital. La obstinación sólo puede acarrear un castigo y no una recompensa, porque el resultado es inevitable.
  Por tanto, después de todo, las tasas reales de ahorro y gasto totales no dependen de la precaución, la previsión, el cálculo, el mejoramiento, la independencia, la empresa, el orgullo o la avaricia. La virtud y el vicio no tienen nada que ver con ellos; todo depende de hasta qué punto sea favorable a la inversión la tasa de interés, después de tener en cuenta la eficiencia marginal del capital. No, esto es una exageración. Si la tasa de interés estuviera dirigida de tal manera que mantuviera continuamente la ocupación plena, la virtud recobraría su dominio; el coeficiente de acumulación de capital dependería de la debilidad de la propensión a consumir. De este modo y una vez más, el tributo que los economistas clásicos le ofrendan se debe a su encubierto supuesto de que la tasa de interés está siempre gobernada de ese modo.»
 
   [El texto pertenece a la edición en español de Fondo de Cultura Económica, en traducción de Eduardo Hornedo. ]