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domingo, 25 de febrero de 2024

Diario del año de la peste.- Daniel Defoe (1660-1731)


Daniel Defoe - Wikipedia, la enciclopedia libre  «La cantidad usual de inhumaciones según las listas de mortalidad era de unas doscientas cuarenta o así, hasta trescientas en una semana. Se tenía por bastante alta esta última cifra; pero luego vemos que las listas sucesivas aumentaron como sigue:

                                                          Inhumación      Incremento
  Del 20 al 27 de diciembre                  291                      
  Del 27 de diciembre al 3 de enero     349                     58
  Del 3 al 10 de enero                           394                     45
  Del 10 al 17 de enero                         415                     21
  Del 17 al 24 de enero                         474                     59
   
 Esta última lista fue verdaderamente horrorosa, siendo la mayor cantidad de personas inhumadas en una semana desde el anterior azote de 1656.
 Sin embargo, todo esto desapareció otra vez; y mostrándose frío el tiempo, las heladas que aparecieron en diciembre manteniéndose muy severas incluso hasta cerca de finales de febrero, acompañadas de vientos cortantes pero moderados, las listas disminuyeron otra vez y la ciudad creció sana; y todos empezaron a considerar que había pasado el peligro; sólo que las inhumaciones en St. Giles todavía seguían siendo muchas. Especialmente desde principios de abril, siendo de veinticinco por semana, hasta la semana del 18 al 25, en la que en la parroquia de St. Giles fueron enterradas treinta personas, dos de las cuales habían muerto de peste y ocho de tabardillo pintado*, al que se contemplaba como la misma cosa; de manera similar, el número total de muertos por tabardillo pintado aumentó, siendo de ocho la semana anterior, y de doce durante la semana arriba mencionada.
 Esto nos alarmó a todos nuevamente; y el pueblo sentía terribles aprensiones, especialmente porque el tiempo había cambiado y era ahora, con el verano en puertas, cada vez más cálido. No obstante, la semana siguiente hizo concebir nuevamente algunas esperanzas. Las listas eran reducidas, ya que el número total de muertos fue de sólo 388, no habiendo ninguno de peste y solamente cuatro de tabardillo pintado.
 Pero volvió la semana siguiente; y el mal se propagó a dos o tres parroquias, a saber: St. Andrew, Holborn y St. Clement Danes; y para gran aflicción de la ciudad hubo un muerto dentro de las murallas, en la parroquia de St. Mary Woolchurch, es decir, en Bearbinder Lane, cerca de la Bolsa. En total hubo nueve casos de peste y siete de tabardillo pintado. Las averiguaciones indicaron, sin embargo, que este francés que murió en Bearbinder Lane era uno que, habiendo vivido en Long Acre, cerca de las casas infectadas, se mudó por miedo a la enfermedad, sin saber que ya estaba contagiado.
 Esto sucedió en los primeros días de mayo, aunque el tiempo era benigno, variable y bastante frío; y las gentes aún abrigaban ciertas esperanzas. Lo que les daba confianza, era que la ciudad estaba saludable: las noventa y siete parroquias juntas tuvieron sólo cincuenta y cuatro entierros; y comenzamos a creer que el mal no avanzaría más lejos, puesto que aparecía principalmente entre la gente de ese extremo de la ciudad. Tanto más cuanto que la semana siguiente, que fue entre el 9 de mayo y el 16, sólo murieron tres, ninguno de ellos dentro de la ciudad; y St. Andrew inhumó solamente quince, lo que era muy poco. Cierto es que St. Giles enterró a treinta y dos, pero incluso así, como sólo había uno de peste, la gente empezó a sentirse más tranquila. La lista total también era muy reducida, ya que la semana anterior fue de sólo 347; y sólo 343 en la semana arriba mencionada. Mantuvimos estas esperanzas durante algunos días, pero sólo fueron para unos pocos, puesto que al pueblo ya no se le podía engañar de tal manera; registraron las casas y encontraron que la peste estaba efectivamente extendida por todas partes, y que muchos morían de ella cada día. Así, fallaron todos nuestros atenuantes; y ya no hubo nada más que ocultar; más aún, pronto se vio que la epidemia había desbordado toda esperanza de mitigación; que en la parroquia de St. Giles había entrado en diversas calles y que varias familias completas yacían enfermas; consecuentemente, la situación comenzó a dejarse ver en la lista de la semana siguiente. Ciertamente, sólo hubo catorce anotados con peste, pero esto era una bellaquería y una confabulación, puesto que en la parroquia de St. Giles inhumaron cuarenta en total, de los que se estaba seguro que la mayor parte había muerto de la peste, aunque estuviesen registrados con otras enfermedades; y si bien todos los entierros no pasaban de treinta y dos, y la lista total mostraba sólo 385, había catorce de tabardillo pintado, así como catorce de peste; y dimos por seguro que esa semana habían muerto cincuenta a causa de la peste.
 La lista siguiente fue del 23 al 30 de mayo, en la que el número de muertos de peste era diecisiete. Mas las inhumaciones en St. Giles fueron cincuenta y tres —cantidad terrorífica— entre las que solamente se registraron nueve casos de peste: pero un examen más estricto de los jueces de paz, a demanda del corregidor, demostró que había otros veinte que habían muerto a causa de la peste en dicha parroquia, pero que habían sido anotados con tabardillo u otras enfermedades, sin contar a otros que fueron ocultados.
 Pero estas cosas fueron insignificantes comparadas con lo que siguió inmediatamente después; porque entonces llegó el tiempo caluroso; y desde la primera semana de junio el contagio se diseminó de manera terrorífica, y las listas se elevaron; los que eran víctimas de la fiebre o del tabardillo comenzaron a hincharse; hicieron todo cuanto pudiera ocultar su enfermedad, para evitar que los vecinos los rehuyesen y se negasen a conversar con ellos; y también para evitar que las autoridades cerrasen sus casas, cosa que, aunque no se practicaba todavía, ya había habido amenazas; y el pueblo estaba muy aterrado al pensar en ello.
 Durante la segunda semana de junio, la parroquia de St. Giles, en la que seguía estando el centro de la infección, enterró a ciento veinte personas, de las que todo el mundo dijo, aunque las listas indicaban sólo sesenta y ocho, que había por lo menos cien muertas de peste, haciendo el cálculo en base a la cantidad habitual de funerales en dicha parroquia.
 Hasta esta semana la ciudad seguía estando libre, no habiendo muerto nadie en ella, salvo el francés al que hice referencia antes, en ninguna de las noventa y siete parroquias. Entonces murieron cuatro dentro de la ciudad: uno en Wood Street, otro en Fenchurch Street y dos en Crooked Lane. Southwark estaba totalmente libre, no habiendo muerto aún nadie de ese lado del agua.
 Yo vivía más allá de Aldgate, aproximadamente a medio camino entre Aldgate Church y Whitechapel Bars, a mano izquierda o lado norte de la calle; y como la enfermedad no había alcanzado esa parte de la ciudad, nuestro barrio continuaba tranquilo. Pero en el otro extremo de la ciudad la consternación era muy grande; y la clase más rica de gente, especialmente la nobleza y la clase acomodada de la parte oeste de la ciudad, salió en tropel de la villa, con sus familias y criados, de manera desacostumbrada; cosa que se vio muy especialmente en Whitechapel, o sea en la calle Ancha en la que yo vivía; por cierto, no se veía otra cosa que carros y carretas con enseres, mujeres, niños, criados, etc.; carruajes llenos de gente de la mejor clase, y jinetes que los acompañaban; y todos ellos huyendo; luego aparecían carros y carretas vacíos y más caballos con sirvientes que sin duda regresaban, o eran enviados del campo para recoger a más gente; además de una innumerable cantidad de hombres a caballo, algunos solos, otros con criados, generalmente cargados con equipaje y preparados para viajar, lo que cualquiera hubiese podido inferir de su aspecto.
 Esto era una cosa terrible y triste de ver; y como yo no podía sino verla de la mañana a la noche (por cierto, no había de momento ninguna otra cosa que ver), mi alma se llenó de muy graves pensamientos acerca de la miseria que iba a cernirse sobre la ciudad, y la infelicidad de aquellos que hubiesen quedado en ella.
 Durante algunas semanas la prisa de la gente era tal, que hacía casi imposible llegar hasta las puertas del corregidor; una muchedumbre apremiante se apiñaba allí para obtener pases y certificados de salud, como para viajar al extranjero, ya que sin los mismos no se les permitía pasar a través de las ciudades situadas en los caminos, ni se les daba alojamiento en ninguna posada. Ahora bien, como durante todo este tiempo no había muerto nadie dentro de la ciudad, el corregidor daba sin ninguna dificultad certificados de salud a todos aquellos que habitaban en las noventa y siete parroquias; y durante algún tiempo también a los que vivían fuera de la ciudad.
 Esta prisa, como digo, continuó durante algunas semanas, es decir, durante los meses de mayo y junio, con mayor motivo aún, puesto que se rumoreaba que aparecería una orden del Gobierno para poner vallas y barreras en los caminos a fin de impedir que la gente viajase; y que los pueblos sobre los caminos no tolerarían el paso de los londinenses por miedo a que trajesen consigo la epidemia, si bien ninguno de estos rumores tenía otro fundamento que la imaginación, por lo menos al principio.
 Entonces comencé a pensar seriamente en mí mismo, en mi propio caso y en lo que debería hacer conmigo mismo; es decir, si debería decidir quedarme en Londres o bien cerrar mi casa y huir como muchos de mis vecinos. He escrito este extremo tan detalladamente, porque no sé si podrá ser de utilidad a aquellos que vengan después de mí, si les aconteciese el verse amenazados por el mismo peligro y si tuviesen que decidir de la misma manera; por ello, deseo que esta narración llegue a ellos más en calidad de orientación de sus actos que de historia de los míos, puesto que no les valdrá un ardite el saber lo que ha sido de mí.
 Me enfrentaba a dos cuestiones importantes: una de ellas era el manejo de mi tienda y mi negocio, que era de consideración y en el que estaba embarcado todo lo que yo poseía en el mundo; la otra era la preservación de mi vida en la calamidad tan funesta que, según veía, iba a caer sobre toda la ciudad y que, sin embargo, por grande que fuese, siempre sería mucho menor de lo que imaginaban mis temores y los de las demás gentes.
 La primera consideración era de gran importancia para mí; mi comercio era de talabartería; y como mis transacciones se realizaban principalmente no por ventas de tienda o casuales, sino entre los mercaderes que comerciaban con las colonias inglesas en América, mis bienes estaban muy en manos de éstos. Cierto es que yo era soltero, pero tenía una familia de criados a la que mantenía en mi negocio; tenía una casa, tienda y almacenes repletos de mercancías; y el abandonar todo eso de la manera en que han de abandonarse las cosas en tales situaciones (es decir, sin ningún cuidador o persona adecuada a la que se pudiesen encargar), hubiese sido arriesgar no sólo la pérdida de mi comercio, sino la de mis bienes y de todo lo que poseía en el mundo.
IMPEDIMENTA » Diario del año de la peste En esa época yo tenía un hermano mayor en Londres, que había venido unos pocos años antes de Portugal; cuando le consulté, me respondió en pocas palabras, las mismas que fueron pronunciadas en un caso bastante distinto: “Maestro, sálvate a ti mismo”. En una palabra, era partidario de que me fuese al campo, cosa que él había resuelto hacer con su familia; me dijo lo que, según parece, había oído decir en el extranjero, de que la mejor manera de prepararse contra la peste era huir de ella. Refutó mis argumentos de que perdería mi comercio, mis bienes, o mis deudas. Me dijo lo mismo que yo argüía para quedarme, o sea, que confiaría a Dios mi seguridad y mi salud, lo que desmentía mis pretensiones de perder mi comercio y mis bienes: “porque”, dijo, “¿no es más razonable confiar a Dios la suerte o el riesgo de perder tu comercio, que quedarte en un lugar de tan acusado peligro confiándole tu vida?”.
 No podía alegar que estaba en un apuro en cuanto a sitio adonde ir, porque tenía varios amigos y parientes en Northamptonshire, de donde había venido originariamente nuestra familia; por otra parte, mi única hermana estaba en Lincolnshire, muy deseosa de recibirme y hospedarme.
 Mi hermano, quien ya había enviado a su mujer y a sus dos niños a Bedfordshire y que estaba decidido a seguirles, me instaba muy seriamente a que partiese; y en una ocasión decidí obrar de acuerdo con sus deseos, pero entonces no pude hallar ningún caballo; porque si bien es cierto que no todo el mundo salió de la ciudad de Londres, creo poder decir que sí lo hicieron todos los caballos, ya que durante algunas semanas fue prácticamente imposible comprar o alquilar uno solo en toda la ciudad. Una vez decidí viajar a pie con un criado y no descansar en ninguna posada, sino llevar con nosotros una tienda de campaña, cosa que hicieron muchos; y descansar de esa manera en los campos, ya que el tiempo era muy cálido y no había peligro de pillar un enfriamiento. Digo que fueron muchos los que hicieron esto, especialmente aquellos que estuvieron en los ejércitos durante la guerra, que había tenido lugar hacía pocos años; y también debo decir que si la mayor parte de la gente hubiese viajado de esa manera la peste no habría entrado en tantos pueblos y casas de campo como lo hizo, para la desgracia y hasta la ruina de muchas gentes.
 Mas luego, mi sirviente, al que tenía la intención de llevar conmigo, me defraudó; sintió miedo ante la propagación del mal, y al no saber cuándo partiría yo, tomó otras medidas y me abandonó, de manera que tuve que aplazar mi partida en esa ocasión; luego, de una u otra manera, siempre mi resolución de alejarme se cruzó con algún contratiempo, aplazando mi partida una y otra vez; y esto da lugar a una historia que de otra manera sería una digresión inútil, de que estos contratiempos provenían del Cielo.
 Menciono por otra parte esta historia como el mejor método que puedo aconsejar a cualquier persona en tal situación, especialmente si es consciente de su deber, capaz de sentir la orientación que debe dar a sus actos; o sea, que mantenga los ojos abiertos para observar las cosas providenciales que ocurren en ese momento, viéndolas complejamente, tal como se relacionan unas con otras, y tal como todas juntas se relacionan con el problema al que uno se enfrenta: luego, según creo, podrá tomarlas con seguridad como intimaciones del Cielo sobre cuál es su deber incuestionable respecto a lo que debe hacer en dicho caso; me refiero, por ejemplo, a marcharse o permanecer en el sitio en el que habitamos cuando aparece una enfermedad infecciosa.
 Una mañana, meditando sobre este asunto particular, se afirmó en mi mente la convicción de que nada nos llegaba que no fuese enviado o permitido por el Poder Divino, de manera que estos contratiempos habían de tener intrínsecamente algo de extraordinario; y debí de considerar, si bien no se manifestó como evidente o subjetivo, que el deseo del Cielo era que yo no me marchase. A continuación pensé que si en realidad Dios deseaba que me quedase, Él podía preservar mi vida en medio de toda la mortandad y de todo el peligro que me rodearían; y que si yo decidía salvarme huyendo de mi casa, si actuaba en contra de estas intimaciones que yo creía Divinas, ello sería como huir de Dios; y que Él podría ordenar a su justicia que me alcanzase cuando y donde Él lo creyese justo.
 Estos pensamientos modificaron otra vez mi resolución; y cuando pude hablar nuevamente con mi hermano, le dije que estaba inclinado a quedarme y a afrontar mi suerte en el puesto en el que Dios me había colocado; y que ello me parecía ser mi obligación, especialmente por todo lo que yo he dicho.
 Mi hermano, aunque era un hombre muy religioso, se rio de todo lo que dije acerca de haber tenido intimaciones del Cielo, y me contó varias historias acerca de personas a las que, como a mí, llamaba temerarias; que ciertamente debería considerar como signo del Cielo si yo estuviese de alguna manera impedido por enfermedades o dolencias; y que no pudiendo en tal caso viajar, había de conformarme con los designios del Señor, quien por ser mi Creador, tenía el indiscutible derecho de soberanía para disponer de mí; y que en tal caso no habría dificultad alguna para determinar cuál era la llamada de la Providencia Divina, y cuál no lo era; pero que yo tomase como intimación del Cielo el no poder salir de la ciudad solamente por no poder alquilar un caballo; o porque mi compañero que había de servirme había escapado, era ridículo, ya que yo tenía entonces mi buena salud y mis facultades, así como otros sirvientes; y que podía fácilmente viajar uno o dos días a pie, si tenía un buen certificado de estar en perfecta salud, por lo que podía alquilar un caballo en el camino o viajar en la posta, según creyese conveniente.
 Luego procedió a contarme las dañinas consecuencias de la presunción de los turcos y mahometanos en Asia y en otros lugares en los que había estado (puesto que mi hermano, al ser comerciante, estuvo en el extranjero, y había vuelto últimamente de Lisboa, como ya he mencionado antes, hacía pocos años); de cómo, abusando de las ideas de predestinación que profesaban, de que la muerte de todo hombre está predeterminada y decretada de antemano sin apelación, iban sin preocuparse a los lugares infectados y conversaban con personas contagiadas, por lo que morían a razón de diez o quince mil por semana, mientras que los comerciantes europeos o cristianos, que se mantenían retirados y apartados, escapaban por lo general del contagio.
 Con estos argumentos, mi hermano cambió otra vez mi decisión, y resolví partir; y preparé todas las cosas de acuerdo con ello; brevemente, la plaga se propagaba a mi alrededor y las listas habían aumentado hasta casi setecientos por semana; y mi hermano me dijo que sería muy aventurado quedarse durante más tiempo. Le pedí que me dejase considerar mi decisión nada más que hasta el día siguiente; y como ya tenía todo preparado de la mejor manera que pude, respecto a mi negocio y a la persona a quien encargaría de mis asuntos, ya no tuve otra cosa que hacer sino decidir.»

 *Tifus exantemático. [N. del T.]
  
  [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Impedimenta, 2010, en traducción de Pablo Grossmichd, pp. 15-20. ISBN: 978-84-9376-018-2.]

miércoles, 4 de mayo de 2022

Alguien voló sobre el nido del cuco.- Ken Kesey (1935-2001)


Ken Kesey - Wikipedia
Segunda parte


  «—Después de lo ocurrido —prosigue el doctor—, nadie puede decir que estamos ante un hombre corriente. No, desde luego que no. Y, sin duda, constituye un factor perturbador, salta a la vista. Luego… ah… a mi entender, el propósito de esta discusión debe ser decidir la línea de actuación a seguir con él. Creo que la enfermera convocó esta reunión —corríjame si me equivoco, señorita Ratched—para comentar la situación y contrastar las opiniones del personal en cuanto a las medidas a adoptar con respecto al señor McMurphy.
  Le lanza una mirada plañidera, pero ella sigue sin abrir la boca. Ha levantado los ojos hacia el techo, seguramente en busca de rastros de suciedad, y no parece haber oído ni una palabra de lo que acaba de decir el doctor.
  Este se vuelve hacia los internos alineados al otro lado de la habitación: todos han cruzado la misma pierna sobre la otra y apoyan la taza de café en la misma rodilla.
  —Veamos, amigos —dice el doctor—, comprendo que no han contado con tiempo suficiente para dar un buen diagnóstico del paciente, pero todos han tenido una oportunidad de observarlo en acción. ¿Qué opinan ustedes?
  La pregunta les hace estallar la cabeza. Con gran astucia, el doctor acaba de pasarles la papeleta. Todos miran alternativamente al doctor y a la Gran Enfermera. De algún modo ella ha logrado recuperar su antiguo poder en cosa de escasos minutos. Solo con permanecer ahí sentada, sonriéndole al techo y sin decir nada, ha conseguido hacerse otra vez con el control y que todos tomen conciencia de que aquí tendrán que habérselas con ella. Si esos muchachos no se portan bien, corren el riesgo de concluir su período de prácticas en el hospital para alcohólicos de Portland. Todos empiezan a mostrarse tan inquietos como el doctor.
  —Su influencia es bastante perturbadora, sin duda.
  El primer interno no quiere correr riesgos.
  Beben sorbos de café y meditan. Después, el siguiente comenta:
  —Y podría representar un verdadero peligro.
  —Así es, así es —dice el doctor.
  El chico cree haber dado en el clavo y prosigue:
  —Todo un peligro, a decir verdad —dice y se inclina hacia delante en su silla —. No debemos olvidar que este hombre ha realizado actos violentos con el mero propósito de eludir el trabajo de la granja y acceder a la vida relativamente menos dura de este hospital.
   —Ha planeado actos violentos —añade el primer interno.
  Y el tercero musita:
  —Pero, en realidad, el mismo carácter de su plan podría indicar que se trata simplemente de un astuto embaucador y no de un enfermo mental.
  Echa un vistazo a su alrededor para comprobar cómo se lo toma la enfermera y ve que esta aún no se ha movido ni ha hecho el menor gesto. Pero el resto del personal se queda mirándolo como si hubiese pronunciado una terrible obscenidad. El chico comprende que ha errado el tiro e intenta fingir que era una broma, a base de soltar una risita y añadir:
   —Ya saben, “El que no marca el paso es que oye otro tambor” .
  Pero es demasiado tarde. El interno que ha hablado en primer lugar se vuelve hacia él, deja su taza de café sobre la mesa y saca del bolsillo una pipa del tamaño de un puño:
  —Francamente, Alvin —le dice al tercer muchacho—, me has defraudado. Incluso sin haber leído su historial, basta con observar su comportamiento en la galería para comprender lo absurdo de tal sugerencia. Ese hombre no solo está gravemente enfermo, sino que le considero sin lugar a dudas como un Agresivo en Potencia. Creo que las sospechas de la señorita Ratched iban en ese sentido cuando decidió convocar esta reunión. ¿No has identificado en él al prototipo del psicópata? Nunca había visto un caso más claro. Ese hombre es un Napoleón, un Gengis Khan, un Atila.
  Luego interviene otro. Recuerda los comentarios de la enfermera con relación a la sala de Perturbados.
  —Robert tiene razón, Alvin. ¿No has observado cómo actuó hoy ese hombre? En cuanto falló uno de sus planes se levantó de un salto, dispuesto a cometer cualquier violencia. ¿Por favor, doctor Spivey, qué dice su historial en cuanto al uso de la violencia?
  —Se evidencia una notoria falta de disciplina y respeto de la autoridad — responde el doctor.
  —Exactamente, Alvin, su historial demuestra que en repetidas ocasiones ha dirigido su hostilidad contra figuras que representaban la autoridad: en la escuela, en el servicio militar, ¡en la cárcel! Y creo que su actuación después de la rabieta de la votación de hoy es un indicio perfectamente claro de lo que podemos esperar de él en el futuro.
  Se interrumpe y frunce el entrecejo con la mirada fija en su pipa, vuelve a llevársela a la boca, enciende una cerilla y aplica la llama a la cazoleta con una sonora aspiración. Cuando por fin consigue encender la pipa, mira subrepticiamente a la Gran Enfermera a través de la nube de humo amarillo; debe considerar que su silencio indica aprobación, pues sigue adelante, con mayor entusiasmo y aplomo que antes.
  —Detente a pensarlo un minuto, Alvin —dice, con palabras algodonosas a causa del humo—, supón lo que le ocurriría a uno de nosotros si se encontrase a solas con el señor McMurphy en una sesión de Terapia Individual. ¡Piensa lo que ocurriría cuando llegases a un detalle particularmente doloroso y él decidiera que y a estaba harto de ti —¿cómo diría él?—, de tu “maldita curiosidad de métomeentodo”! Y cuando le dijeras que no debía mostrarse agresivo, te mandaría al infierno, y aunque tú le dijeras que se serenase, en tono autoritario, sin duda, ahí lo tendrías, noventa kilos de psicópata irlandés pelirrojo lanzados sobre ti, por encima mismo de la mesa de la consulta. ¿Estás preparado —alguno de nosotros lo está— para hacerte cargo del señor McMurphy cuando se plantee una situación de ese tipo?
  Vuelve a colocarse la pipa del número diez en la comisura de los labios, apoya las manos abiertas sobre las rodillas y espera. Todos piensan en los gruesos brazos rojos de McMurphy, en sus manos llenas de cicatrices y en su cuello que asoma por la camiseta como un grueso tarugo aherrumbrado. El interno llamado Alvin ha palidecido solo de pensar en ello, como si el amarillento humo de pipa, que le está echando en la cara su compañero, se la hubiese manchado toda.
  —¿Por lo tanto, en su opinión —pregunta el doctor—, sería aconsejable enviarle a Perturbados?
  —Opino que, como mínimo, sería lo más seguro —responde el chico de la pipa, que ha cerrado los ojos.
  —Creo que tendré que retirar mi sugerencia y apoyar a Robert —dice Alvin dirigiéndose a todos en general—, aunque solo sea por mi propia seguridad personal.
  Todos ríen. Se les ve más relajados, con la certeza de que han logrado dar con el plan que ella esperaba. Todos beben un sorbo de café, excepto el chico de la pipa, demasiado ocupado con el artefacto que constantemente se le apaga, gasta un montón de cerillas y no para de chupar y fruncir los labios. Por fin consigue un encendido de su agrado y dice, con un cierto tono de orgullo en la voz:
   —Sí, creo que la Galería de Perturbados será lo más conveniente para el viejo McMurphy, el Rojo. ¿Saben lo que he pensado después de observarle estos pocos días?
   —¿Reacción esquizofrénica? —pregunta Alvin. El de la pipa mueve negativamente la cabeza.
  —¿Homosexual Latente con Formación Reactiva? —apunta el tercero.
Alguien voló sobre el nido del cuco (COMPACTOS): Amazon.es: Kesey ...  El de la pipa vuelve a negar con la cabeza y cierra los ojos.
  —No —dice, y lanza una sonrisa a cuantos le rodean—, Edipo Negativo.
  Todos le felicitan.
  —Sí, creo que hay muchos detalles que apuntan en ese sentido —añade—. Pero, independientemente del diagnóstico definitivo, no debemos olvidar una cosa: nos las habemos con un hombre fuera de lo corriente.
  —Se… equivoca por completo, señor Gideon.
  Es la voz de la Gran Enfermera.
  Todos vuelven la cabeza hacia ella, sobresaltados; y o también la miro, pero me contengo a tiempo y finjo que solo pretendía limpiar una mancha que acabo de descubrir en la pared, por encima de mi cabeza. No cabe duda de que todos se han quedado desconcertados; creían estar proponiendo exactamente lo que ella deseaba, justo lo que ella misma había pensado proponer en la reunión. Hasta yo lo había pensado. La he visto enviar a la galería de Perturbados a hombres que no le llegaban ni al hombro a McMurphy, por la mera razón de que había un ligero riesgo de que le escupiesen a alguien, y ahora se enfrenta con este toro que se ha burlado de ella y de todo el resto del personal, un tipo del que ella había dicho esta misma tarde que debía salir de esta galería y, ahora, va y dice que no.
  —No. No estoy de acuerdo. En absoluto —lanza una sonrisa dirigida a todos en general—. No creo que debamos mandarlo a Perturbados; eso no sería más que un fácil recurso para transferir nuestro problema a otra galería y no estoy de acuerdo en que sea una especie de personaje extraordinario… una especie de “super” psicópata.
  Hace una pausa aunque nadie tiene la intención de contradecirla. Por primera vez desde el principio de la reunión bebe un sorbo de café; cuando retira la taza de su boca, está teñida de ese color rojo anaranjado. No puedo evitar el echar una mirada al borde de la taza; no es posible que use un lápiz de labios de ese color. La mancha que ha dejado en la taza debe ser producto del calor, el contacto con sus labios ha comenzado a fundirla.
  —Debo reconocer que cuando empecé a advertir la fuerza perturbadora que puede representar McMurphy también pensé que, sin lugar a dudas, lo indicado era enviarlo a Perturbados. Pero creo que ya es demasiado tarde. ¿Suprimiríamos con ello el mal que ya ha hecho en nuestra galería? No lo creo, no después de lo ocurrido esta tarde. Creo que enviarle a Perturbados ahora sería proceder exactamente como esperan los pacientes. Lo convertiríamos en un mártir. Jamás tendrían la oportunidad de comprobar que ese hombre no es — como decía usted, señor Gideon— una “persona fuera de lo corriente”. Bebe otro sorbo de café y deja la taza sobre la mesa; suena como un mazazo; los tres residentes se yerguen en sus sillas.
  —No. No se sale de lo corriente. No es más que un hombre, pura y simplemente, y experimenta todos los temores, toda la cobardía y toda la timidez que sienten los demás. Tengo la certeza de que bastarán unos cuantos días para que así lo demuestre, ante nosotros y también ante el resto de los pacientes. No me cabe la menor duda de que si lo retenemos en la galería pronto cederá su osadía, su rebelión personal se desvanecerá y… —sonríe, como si supiera algo que los demás ignoran—… nuestro héroe pelirrojo quedará reducido a algo que todos los pacientes conocerán en su justo valor y le perderán todo respeto: un fanfarrón y un charlatán de esos que se suben a una caja de jabón y gritan para ganarse adeptos, como todos hemos visto hacer al señor Cheswick, pero que se echan atrás cuando comienzan a correr un verdadero riesgo personal.
  —El Paciente McMurphy —el chico de la pipa considera que debe intentar defender su posición y salvar un poco el tipo— no me produce la impresión de ser un cobarde.
  Esperaba que la enfermera se enfureciese, pero no; se limita a echarle una mirada como diciendo « ya veremos» y añade:
  —No he dicho que sea un cobarde, señor Gideon; oh, no. Lo único que sucede es que le tiene mucho apego a alguien. Como psicópata que es, le tiene demasiado apego a un tal señor Randle Patrick McMurphy y no lo expondrá a ningún riesgo innecesario. —No me cabe la menor duda de que la sonrisa que le lanza al chico apagará definitivamente su pipa—. No tenemos más que esperar un poco y nuestro héroe… ¿cómo dicen los estudiantes?… ¿Bajará del burro? ¿Es eso?
  —Pero podrían pasar semanas… —objeta el muchacho.
  —Disponemos de tantas semanas como queramos —dice ella. Se levanta, con el aire más complacido que le he visto desde que McMurphy ingresó y empezó a crearle problemas hace una semana—. Disponemos de semanas, meses, e incluso años. No olvide que el señor McMurphy está internado. El período de tiempo que pase en este hospital depende absolutamente de nosotros. Ahora, si nadie tiene nada más que añadir…»

     [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Anagrama, 2006, en traducción de Mireia Abelló Bofill. ISBN: 978-84-3397-260-6.]

domingo, 9 de agosto de 2020

Ellas solas. Un mundo sin hombres tras la Gran Guerra.- Virginia Nicholson (1955)

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II.-"Un mundo que no me quiere"
El estado crepuscular

  «La guerra se había llevado por delante a toda una generación  de maridos, pero también había arruinado el futuro de aquéllas que iban a ser sus esposas. Las mujeres casadas se ocupaban del hogar, preparaban la cena con amor, concebían hijos y los atendían. Tenían compañía, un hogar y eran respetables; tras su paso por el altar, compartían su vida con un hombre y disfrutaban del amor. Todo indicaba que conocían el secreto de la felicidad, pero, ¿en qué lugar se quedaban las que no se habían  casado y las que nunca lo harían? ¿Qué podían hacer y qué sería de ellas? ¿Pasarían el resto de sus días consumidas por los celos y la envidia? ¿Acaso sus vidas, según creía todo el mundo, eran un fracaso?
 May Jones, Gertrude Caton-Thompson, Vera Btittain y Winifred Haward eran victorianas. Nacieron entre 1888 y 1898, cuando la vieja reina, con sus vestidos de encaje negro, todavía ocupaba el trono como símbolo de la mujer sumisa, de la madre fértil y de la viuda leal. Se trataba de una sociedad en la que la mujer soltera no tenía lugar. Viajeras como Marianne North y Mary Kingsley o reformistas sociales como Octavia Hill o Florence Nightingale eran excepciones que, con su independencia, confirmaban la regla.
 Y la regla era inequívoca. El statu quo exigía que los hombres de una familia mantuvieran a las mujeres, de tal manera que toda mujer distinguida pudiera aprender francés o macramé en lugar de un oficio con el que ganar dinero. El mercado laboral no ofrecía a las mujeres solteras posibilidad de emanciparse, por lo que se las condenaba a una situación de dependencia. Las normas del decoro eran de un rigor extremo. Para ser respetable, una mujer podía convertirse en institutriz o en dama de compañía, pero no debía ejercer un oficio que tuviese nada que ver con el comercio. Normalmente, una hija soltera de clase media viviría en casa cuidando a unos padres irritables y enfermos hasta que éstos murieran, y sólo entonces, si era afortunada, le dejarían lo justo para mantenerse, lo que le proporcionaría cierta libertad en un momento postrero de su vida. En caso contrario, buscaría entre sus familiares a algún hombre que se sintiera moralmente obligado a mantenerla y se iría a vivir con él. Su status era modesto. Si el familiar estaba casado, la soltera estaría subordinada a la esposa.
 Poco a poco estas mujeres se iban adentrando en lo que Jessica Mittford definía en sus memorias como "el estado crepuscular de la tía solterona". Las tías solteronas de Jessica eran dulces y menudas, pero tenían un halo de leyenda trágica. "¿Por qué no se casó?", se preguntaba Jessica. Sus historias estaban llenas de incógnitas, eran grotescas o les faltaba algo. Una de las tías tuvo una enfermedad que le hizo perder los dientes; a pesar de sus intentos desesperados por sujetarlos con miga de pan, su aspecto y sus perspectivas matrimoniales quedaron arruinados. A otra, un joven le pisó un pie en un salón de baile. "Estuvo inválida un tiempo y, cuando se curó, era ya demasiado tarde". Las tías solteronas vivían de forma austera, en pequeños pisos de Londres, con una criada, y su anodina e insegura existencia era una clara advertencia de que había que evitar a toda costa un destino similar.
 El crepúsculo se transformaba en noche cerrada para las mujeres que escogían el hábito como refugio ante la hostilidad del mundo exterior. Durante siglos, la Iglesia se había mostrado como una institución dispuesta a dar cobijo a las proscritas de la sociedad, entre las que figuraban, por supuesto, las mujeres solteras. En la Edad Media, las familias abandonaban a las mujeres en los conventos. Encerradas tras las celosías, las monjas debían preguntarse si la alienación y los malos tratos que sufrían las mujeres solteras en el mundo exterior eran peores que las privaciones propias de los votos de pobreza, castidad y obediencia. Bien fuera elegida o impuesta, su reclusión no hacía más que incrementar la avalancha de prejuicios contra la mujer soltera. A su regreso, tras veintiocho años de encierro en una orden religiosa, Monica Baldwin constataba que en los conventos "...había auténticos rebaños de solteras enloquecidas cuya represión y extrañas costumbres daban lugar a un comportamiento perverso y malsano hacia la vida; [eran] viejas solteronas desequilibradas […] que se habían sacudido de encima sus responsabilidades y llevaban una vida de amarga castidad".
Turner Libros - Ellas solas Los prejuicios existían en todas las clases sociales. En el siglo XIX, en las zonas rurales, a algunas mujeres solteras se las estigmatizaba como brujas. En ciertas crónicas de la época se describe a bandas de solteras rebeldes sembrando el caos, lo que representaba una amenaza para el orden y el decoro de aquel entonces. Pero las solteras mayores que se empeñaban en hacerse cargo de sus responsabilidades debían soportar el descarado desprecio de sus vecinos. Como recordaba Robert Roberts, que creció en un suburbio de Manchester a finales de siglo, eran las mujeres del barrio y su salvaje prole las que minaban los esfuerzos de las mujeres mayores célibes por ser respetables. En el barrio de Roberts era habitual que dos mujeres solteras compartieran casa. Estaban orgullosas de su hogar y, por lo general, como recordaba Roberts, tenían la entrada, la puerta y las ventanas de su casa limpias como una patena. Pero las mujeres casadas eran inmisericordes: estas solteras eran "viejos loros que no tenían otra cosa mejor que hacer", según estas madres de familia soeces que miraban a otro lado cuando sus hijos les gastaban bromas de mal gusto y las atormentaban. "Podían hacer que sus vidas fueran miserables, un tipo de tortura que no se permitiría hoy día", afirmaba Roberts.
 Pero, al irse eclipsando el legado victoriano, en el albor de un nuevo siglo resplandecía una nueva luz. Entre los adalides del cambio figuraban las chicas Gibson, las bicicletas, los bohemios, el grupo de Bloomsbury, la novela The woman who did de Grant Allen, los vestidos camiseros, el divorcio, H. G. Wells y Olive Schreiner. Cada golpe contra la censura de la sociedad victoriana repercutía en oleadas de indignación  en Kensington y los suburbios y, poco a poco, se fueron abriendo las rejas de la represión moral. A lo largo de las vidas de May, Gertrude, Vera, Winifred y sus contemporáneas, las palabras igualdad, sufragio, emancipación, pacifismo, socialismo y agnosticismo se hicieron más habituales.
 Ante este nuevo panorama, para Vera Brittain, que se educó en el burgués Buxton, las limitaciones de su entorno se hacían aún más asfixiantes. Vera era "intelectualmente insaciable", y en el momento en que descubrió que existían los institutos para mujeres, se empeñó en ir a la universidad. En 1914 ingresó en Oxford, aunque no era lo que sus padres tenían previsto para ella, pues habían educado a esta chica lista como a "una mujer florero". Como era la costumbre, el matrimonio significaba todo lo que deseaban para ella. "¡Qué triste es ser mujer!", escribía en 1913. "Los hombres tiene muchas más posibilidades de influir sobre su futuro".
 En las primeras décadas del siglo XX, una mujer sin casar tenía más posibilidades de las que jamás hubieran soñado sus tías solteronas. Pero el espíritu de estas tías, con sus moños tirantes y sus sueños rotos, permanecía allí para atormentarlas. El desprecio y la humillación constantes hacia las damas célibes eran un permanente recordatorio del problema de la solterona. Y lo que hacía las cosas aún más difíciles para Vera y el excedente de dos millones de mujeres era la sensación de que, tras haber sobrevivido a la "catástrofe más cruel de la historia", no eran más que figuras irrelevantes, aisladas y objeto de sorna a los ojos de una generación que había pasado la guerra detrás de un pupitre. "¡No soy más que los restos de un naufragio que vive en un mundo que no me quiere!", se lamentaba Vera.
 Estaba desesperadamente sola. Al optar por vivir lejos de su familia, Vera tenía como única compañía a los fantasmas de su hermano y de su novio, ambos muertos.»

     [El texto pertenece a la edición es español de Turner Publicaciones, 2007, en traducción de Rocío Westendorp. ISBN: 978-84-7506-863-3.]