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domingo, 19 de mayo de 2024

Obras morales y de costumbres I (Moralia).- Plutarco (45-120)


Plutarco de Queronea (ca. 50-120 d. C.). Museo de Delfos, Grecia ...
Sobre cómo se debe escuchar

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  «Por esto en fin, porque el escuchar proporciona a los jóvenes un gran provecho y un no menor riesgo, creo que es bueno dialogar siempre con uno mismo y con otro, sobre el oír. Ya que también de esto vemos que la mayoría hacen mal uso, los que se ejercitan en hablar antes de acostumbrarse a escuchar y creen que de las palabras existen un aprendizaje y una práctica; en cambio, de la acción de escuchar creen que también los que la utilizan de cualquier forma sacan provecho. Sin embargo, para los que juegan a la pelota se da a la vez el aprendizaje de lanzar y coger la pelota, pero en el uso de la palabra el recibirla bien es anterior al lanzarla, igual que el recibir y mantener algún germen de vida es anterior a su nacimiento.
 En efecto, también se dice que las aves tienen partos de huevos vacíos procedentes de ciertas concepciones imperfectas y sin vida; también el discurso de los jóvenes, que no son capaces de escuchar ni están acostumbrados a beneficiarse del acto de oír, surgiendo, en realidad, vacío:
       Se esparce bajo las nubes sin gloria y sin ser visto*.
 Por otra parte las vasijas se inclinan y se vuelven para la recogida de los líquidos vertidos, para que, en realidad, se produzca una adquisición y no una pérdida; en cambio, ellos no aprenden a entregarse al que habla y adaptar lo escuchado con atención, para que no se escape ninguna de las cosas dichas con utilidad, sino que lo que es más ridículo de todo es que, si se encuentran casualmente con alguien, que les cuenta un banquete, una fiesta, un sueño o un ultraje que le ha ocurrido a él con otro, lo escuchan en silencio y continúan escuchándolo con interés; pero si alguien, intentando convencerlos, les enseña algo de utilidad o les aconseja lo necesario, o les reprocha cuando cometen errores, o les apacigua cuando se enfadan, no lo soportan, sino que, si pueden, pretendiendo ser superiores, discuten abiertamente sus palabras; si no lo consiguen, escapándose cambian a otras conversaciones y vaciedades, llenando sus oídos como vasijas de mala calidad y rotas de todo tipo de cosas más que de lo necesario. En efecto, a los caballos, los que los crían bien, los hacen obedientes al freno y a los niños sumisos a las palabras, enseñándoseles a escuchar mucho, pero no a hablar. Pues también Espíntaro, elogiando a Epaminondas, decía que no era fácil encontrar a ningún otro hombre que conociera más cosas y que hablara menos. También se dice que la naturaleza nos dio a cada uno de nosotros dos orejas, y en cambio, una sola lengua, porque debe cada uno hablar menos que escuchar.

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 Ciertamente, en cualquier caso, para el joven un adorno seguro es el silencio, sobre todo, cuando, al escuchar a otro, no se altera ni se alborota ante cada cuestión, sino que, aunque el discurso no sea demasiado agradable, lo soporta y espera a que termine el interlocutor, y una vez que termina, no se lanza inmediatamente a la réplica, sino que, como dice Esquines, deja pasar un tiempo, por si quisiera añadir algo a lo dicho el que ha hablado o cambiar y quitar algo. Los que inmediatamente se oponen, actúan torpemente, porque ni escuchan ni son escuchados al hablar a los que estaban hablando; pero el que está acostumbrado a escuchar con moderación y con respeto recibe y conserva el discurso provechoso; en cambio, distingue y descubre mejor el inútil o falso, mostrándose amigo de la verdad y no amigo de la disputa ni impetuoso ni alborotador. De ahí que, no sin razón, dicen algunos que es más necesario sacar de los jóvenes el aire presuntuoso y la vanidad que el aire de los odres, si se quiere verter en ellos algo provechoso, y, si no, no pueden admitir nada, porque están llenos de orgullo y de arrogancia.

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 Y, ciertamente, la envidia, cuando se presenta con la maledicencia y la mala voluntad, no sólo a ninguna acción hace bien, sino que para todo lo bueno es un obstáculo y para el que escucha es el peor asesor y consejero, porque hace lo provechoso molesto, desagradable y difícil de admitir a causa de que los que tienen envidia disfruten más con cualquier cosa que con lo que está bien dicho. Sin embargo, al que le molesta la riqueza, la fama y la belleza que se encuentra en otros, es simplemente un envidioso; pues se disgusta con los demás porque son afortunados; pero, en cambio, cuando uno se irrita con un discurso bien expresado se aflige de su propio bien. En efecto, así como la luz para los que ven, también la palabra para los que oyen es un bien, si quieren aceptarla. Ciertamente, algunas otras inclinaciones deformadas y perversas crean envidia en otras cosas; la engendrada contra los que hablan a partir de una inoportuna ambición y de un injusto afán de honra, ni siquiera permite que el que está en esta situación ponga atención a lo que se dice, sino que se inquieta y desvía su pensamiento, porque al mismo tiempo inspecciona su propia condición, si es inferior a la del que habla, porque a la vez observa a los demás, por si se maravillan y se quedan admirados y porque está perturbado por los elogios y enfadado con los presentes, si aceptan al orador, dejando y descuidando los discursos ya pronunciados, porque le causa pena al recordarlos, y ante los que quedan por pronunciar, agitado y temeroso de que puedan llegar a ser mejores que los que ya se han pronunciado, esforzándose, para que los que hablan terminen lo más rápidamente posible cuando hablan hermosamente; y, una vez acabada la intervención, no está a favor de nada de lo que se ha dicho, sino que está dispuesto a poner a votación las voces y las posturas de los presentes y a los que hacen elogios, huyéndoles como a los locos y apartándose de ellos; en cambio, corre y se une en rebaño con los que censuran y distorsionan lo dicho. En el caso de que no haya nada que distorsionar, lo comparan con otros, en la idea de que han hablado mejor y con mayor poder de persuasión sobre el mismo tema, destruyendo y estropeando la intervención, hasta que, la convierten en algo inútil y vano.
078. Obras morales y de costumbres I. Sobre la educación de los ... 
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 Por eso, es preciso que, uno, habiendo hecho un pacto con su deseo de escuchar frente a su deseo por la fama, escuche al que habla con actitud propicia y favorable, como si estuviera invitado a un banquete sagrado y a las primicias de un sacrificio, elogiando aquellas partes, en las que halla fuerza, compartiendo con gusto el afán mismo del que expone en público aquellas cosas que conoce e intenta convencer a los demás por medio de los argumentos por los que él mismo ha sido convencido. En efecto, lo que se ha tratado rectamente se debe pensar que, no de casualidad ni de manera espontánea, se ha tratado bien, sino por dedicación, esfuerzo y aprendizaje, y se deben imitar estas cosas admirándolas e intentando emularlas; en cambio, en las que se han cometido errores es necesario que la inteligencia inspeccione a causa de qué motivos y de dónde ha surgido la desviación.
 Pues, así como dice Jenofonte que los que administran la casa compran tanto a los amigos como a los enemigos, así también los oradores, no sólo cuando lo hacen rectamente sino también cuando cometen errores, proporcionan provecho a los que están pendientes de ellos y prestan atención a su discurso, pues también la simplicidad del pensamiento, la pobreza en la expresión, la forma vulgar, la inquietud con un deleite, falto de gusto hacia el elogio y otras cosas semejantes se nos hacen más evidentes en otros, cuando escuchamos, que en nosotros mismos, cuando hablamos. Por lo que es preciso trasladar el examen del que habla hacia nosotros mismos, observando atentamente por si cometemos algún error semejante sin darnos cuenta. Pues es lo más fácil del mundo reprochar al vecino, aunque sea sin provecho y sin fundamento, a no ser que nos lleve a una rectificación y vigilancia de errores semejantes. Y no debe uno vacilar, ante los que cometen errores, de aplicarse a sí mismo aquello de Platón: “¿Seré yo acaso igual que ellos?” pues, así como en los ojos de los más cercanos vemos que brillan los nuestros, así también en los discursos es preciso que los nuestros se reflejen en los de los demás, para que no despreciemos con demasiado atrevimiento a los otros y nos esforcemos en poner mayor cuidado al hablar nosotros.
 También es provechosa para esto la comparación, cuando, al quedarnos solos después de la audición y habiendo tomado alguna de las partes, que parece que no ha sido expresada de forma bella o conveniente, intentamos lo mismo y nos animamos a nosotros mismos, ensayando unas veces la manera de cómo subsanar un fallo, rectificar otras, decir lo mismo de manera diferente o reelaborar el tema desde el principio en otras ocasiones. Esto también lo hizo Platón con el discurso de Lisias. Pues el hacer objeciones a un discurso ya dicho no es difícil sino muy fácil; pero el oponer otro mejor es, ciertamente, laborioso.
 Igual que aquel lacedemonio, que habiendo oído que Filipo había destruido Olinto totalmente, dijo: “Pero él no hubiera sido capaz de levantar una ciudad semejante”. En efecto, cuando en una discusión sobre el mismo tema no nos diferenciamos claramente de los que ya han hablado, nos cuidamos mucho de despreciarlos, y, rápidamente, quedan rotas nuestra presunción y propia estima, refutadas con tales comparaciones.»

*Verso de autor desconocido, quizá de Empédocles.

  [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Gredos, 1992, en traducción de  C. Morales Otal y J. García López y revisada por R. M. ª Aguilar, pp. 102-105. ISBN: 978-84-2490-973-4.]

lunes, 4 de febrero de 2019

Los secretos de la felicidad.- Sebastià Serrano (1944)


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El arte de gestionar la comunicación
La dieta comunicativa

«Nuestras grandes preguntas de hoy tienen que ir en el sentido de cómo podemos vivir -y vivir con un grado de bienestar y felicidad bien altos- en un mundo como el actual, sobrecargado de información y, por tanto, de incertidumbre.
 Para empezar, creo que existe una herramienta estratégica excelente, la mejor de todas, para disfrutar de un buen estado de ánimo y para ir a menudo cogido de la mano de la felicidad. Consiste, ni más ni menos, en desplegar tanto como sea posible nuestras habilidades comunicativas, tanto las verbales como las no verbales, y que tenemos adormiladas buena parte de nuestro tiempo.
 De igual modo que hoy todo el mundo habla de una buena dieta alimentaria, me gusta presentar la mejor de las dietas: la madre de todas las dietas: la comunicativa.
 Por ejemplo, ninguno de nosotros debería ir a dormir sin haber disfrutado durante el día, como mínimo de unos tres cuartos de hora de buena conversación.
 Una conversación bien llevada es una delicia: ahora hablo yo; ahora tú; ahora me escuchas, ahora te escucho; y, a medida que vamos hablando así, al fluir la conversación, una infinidad de sensaciones agradables pasan de nuestro cerebro a nuestro cuerpo y nos parece que respiramos mejor y que nos encontramos muy bien.
 Es así por el hecho de que nuestro cerebro está especialmente preparado para la relación, está hambriento de relación y no hay nada mejor para ofrecerle que una buena conversación. Nuestro componente emocional anhela escuchar y ser escuchado, emitir y recibir afecto.
 Pensemos que el programa emocional es bien distinto del sensorial, si bien lo complementa y lo integra mediante la mejor de las retroalimentaciones. La emotividad depende de la información proporcionada a través de las vías tradicionales de percepción, si bien convierte este caleidoscopio de datos diversos en una experiencia de orden superior que va más allá de la clasificación en cualidades auditivas, visuales o táctiles.
 La moción, el fundamento de la relación, del afecto, de la amistad, del amor, es algo más que la suma de las partes sensoriales. Y este algo, además, nos envuelve y nos impacta, y muy a menudo nos pone gotitas de felicidad en las puntas de los dedos.
 Po ello, una buena conversación puede ser un regalo. La voz, cuando adopta unos sonidos cargados de las emociones que llevamos con nosotros, puede ser mágica y en poco rato es capaz de transformar la pizca de negatividad que había en nuestra vida en actitudes positivas que nos hacen sentir mucho mejor.
 La experiencia de la voz es fascinante y todo el mundo tendría que saber ponerla en buena armonía con la respiración -es decir, con el cuerpo-, ya que precisamente es eso, es la voz de nuestro cuerpo, a menudo encogido bajo el peso de la entropía creciente, que va en busca de alguna cosa que no sabe qué es ni cómo explicarla, y en realidad no encuentra el tono. Cuando uno lo encuentra y experimenta toda la magia de la voz, ya no se requieren muchas prácticas más; es como hacer yoga: lo pone todo en armonía. Se piensa y se siente de manera adecuada, y las decisiones que tomará después no irán nunca en contra suyo; todo lo contrario, será la mejor guía, el mejor fundamento de su intuición.
 El tono de la voz, acompañado de la respiración, del cuerpo, tiñe y armoniza el tono de la mirada, de la mano, de la cara y de la mente, y es el aceite de la mejor fragancia que todo lo retroalimenta. En realidad, en esta fragancia que desprende radica uno de los secretos de la felicidad.
 Un chiquillo está dotado con todo el equipo necesario para la sensibilidad emocional pero, para usarlo con destreza, requerirá algún tipo de guía. Alguien tendrá que afinarlo y calibrarlo, y alguien tendrá que amaestrarlo para la tarea de aprender a sentir el mundo emocional de la manera más adecuada. Lo necesita para el neurodesarrollo sensorial y aquí sí que no hay nada mejor que encontrar el tono apropiado en la voz, en la mirada y en el tacto. De la armonía en la relación depende que, más adelante, este chiquillo desarrolle su pericia a la hora de interpretar el mundo emocional y se convierta en una persona con una buena disposición para tomar las decisiones más adecuadas. Es muy posible que tenga su equipo emocional a punto y una buena capacidad para resistir el estrés, la ansiedad o el miedo.
 El hijo de un padre y una madre emocionalmente armoniosos es muy afortunado, pues tiene mucha posibilidades de resistir bien los pequeños obstáculos de la vida diaria.
 Para mí, el resultado de la fuerza de los lazos de unión es la quinta fuerza del universo, tras las dos fuerzas nucleares -la débil y la fuerte-, la electromagnética y la gravitatoria.
 La fuerza de la relación, que pide intercambio de comunicación constante y una retroalimentación adecuada (es decir, signos ricos, vivos y frecuentes), terminará tejiendo la red de apoyo sobre la que descansa el equilibrio emocional. Esta red es cada vez más necesaria, puesto que las nuevas tecnologías de la información nos han permitido hacer añicos las barreras del espacio y del tiempo.
 Ahora bien, la tradición de tropezar con obstáculos serios al dar saltos en el espacio y el tiempo todavía está bien arraigada en el cerebro.
 Somos seres para la proximidad y, por este motivo, nuestros equipos emocionales operan con mucha mayor debilidad en la distancia. Tenemos los medios adecuados para sobrevivir como transeúntes pero, no nos engañemos, a nuestra especie todavía le faltan algunos milenios para disponer de un cerebro verdaderamente preparado para eso.»
 
   [El texto pertenece a la edición en español de Círculo de Lectores, 2008, en traducción de Albert Figueras. ISBN: 978-84-672-2960-8.]
 

domingo, 26 de agosto de 2018

Las hijas bien educadas.- María Atocha Ossorio y Gallardo (1876-?)


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La lectura en alta voz

«Nunca ha llegado la difusión de los conocimientos que constituyen la instrucción de la juventud, al grado a que ha llegado hoy. Aunque no con la intensidad que en otras naciones, en España se enseña hoy a las jóvenes una porción de conocimientos con que antes no soñaban. Hoy se las enseña a escribir bastante bien, a cantar con gusto, a dibujar muy pasablemente. Las jóvenes de todas condiciones salen de la mayor parte de las escuelas sabiendo coser, planchar, hacer labores de aguja, etc., etc.
 Claro está que esto me parece muy bien: cuantas más artes útiles se les enseñe a las jóvenes, cuantos más menesteres de los que luego han de serles necesarios o coadyuvantes para la vida social aprendan las hijas de familia mejor podrán cumplir después su cometido de fundar y dirigir hogares nuevos.
 Pero hay un arte, un ramo que, no sé por qué razón, ha sido y es muy descuidado, no debiéndolo ser. Me refiero al arte de leer en alta voz.
 Es muy frecuente encontrar en las reuniones, en las tertulias a que concurrimos, jóvenes que cantan con gusto y hasta con arte, que tocan el piano admirablemente o que lucen otra habilidad cualquiera; pero es bastante raro encontrar ni en estos ni en otros sitios, un buen lector o una buena lectora.
 ¿Y por qué esta preterición? ¿No es la lectura de un buen escrito, de una hermosa poesía, tan agradable, por lo menos, como el canto de una romanza o la interpretación de un selecto trozo de música? Y sin concretarnos a la vida que pudiéramos llamar exterior, a la vida de sociedad, ¿no es una ocupación llena de atractivo la lectura en familia de cualquier interesante libro de instrucción o aun cuando sea de simple recreo? ¿No puede ser frecuentísimo el caso de que nos veamos obligados en sociedad a leer en alta voz, no precisamente libros ni poesías, sino un documento cualquiera, una carta o un trabajo literario, por ejemplo?
 Lo mismo cuando una joven lee en sociedad, que cuando lo hace para amenizar la velada en su casa, ¿no es un placer ver que se la escucha con gusto, porque su dicción es pura, elegante y natural? Si es una madre la que, para instruir o entretener a sus hijos, les lee un libro, bien sea instructivo, bien de recreo, ¿no es necesario que sepa dar a su lectura todo el atractivo posible, a fin de cautivar la atención del minúsculo auditorio?
 Casi todo el mundo, sea cual fuere la posición que ocupe, debería saber leer en alta voz.
¿Cómo—me preguntaréis,—cómo debe hacerse para adquirir este arte de leer bien? No es fácil, en los límites estrechos de este capítulo, daros todas las reglas necesarias para ello, pero he aquí algunas de las más importantes.
 Es preciso, ante todo, frasear bien, es decir, pronunciar de un modo claro y armonioso, dando a cada letra y a cada sílaba la debida fuerza y la correspondiente acentuación. Es preciso también saber respirar o tomar aliento en el momento oportuno, sin que el oyente lo note.
 Debe procurarse siempre dominar el sentido de lo que se lee, entenderlo bien, a fin de no alterar el sentido, de no unir lo que debe ir separado, ni separar lo que debe ir unido; en una palabra, se debe puntuar mientras se lee, o lo que es lo mismo, marcar, en la justa medida, el intervalo o separación entre las palabras, los períodos, las frases y los incisos de las frases. Tal silencio indica punto, tal otro, más corto, coma; tal acento que se da a la voz, una interrogación; tal otro, una admiración.
 Débese tener también el sentimiento de lo que se lee, a fin de dar a las palabras que se vayan pronunciando el tono y la expresión convenientes, y comunicar así a los que nos escuchan la impresión adecuada a lo que leemos.
 Es preciso no precipitar la lectura, a fin de que quede tiempo de hacerse cargo del encadenamiento de los conceptos, ni hacerla tan lenta, que pueda llegar a cansar o aburrir a los oyentes; débese medir el movimiento de la dicción como se mide el del canto, según la importancia y la ligereza del asunto y según la impresión que se quiera producir.
 Es absolutamente necesario evitar tres defectos: la vacilación, la monotonía y el énfasis. Es imposible leer bien sin haber adquirido las cualidades de seguridad, variedad en los tonos, sencillez y naturalidad.
 Leed como si hablaseis. Cuando se habla con alguien, nadie tiene necesidad de ir pensando en la entonación que le conviene adquirir, puesto que ésta se va adaptando inconscientemente a lo que se dice. No hay nadie que al hablar infle innecesariamente la voz, ni adopte falsas entonaciones o un acento monótono. Claro está que a veces hablamos con una rapidez que no siempre conviene a la lectura, pero en esto, como en todo, el mejor maestro ha de ser el buen sentido.
 En todos los casos, y como regla que debéis tener muy presente, porque os ahorrará incurrir en la mayor parte de los defectos que quedan enunciados, seguid el siguiente consejo: Procurad, al leer, que vuestra vista vaya siempre por delante de vuestra voz; es decir, que al pronunciar vosotras una frase, ya esté vuestra vista entretenida en leer la frase siguiente.
 Otro consejo, también muy importante. Si tenéis ocasión de oír a quien hable o lea bien, hacedlo. Fijaos atentamente en el tono, en la forma, en el modo de leer o de hablar que tenga el orador a quien escucháis. Esta lección práctica os servirá más que todos los preceptos.
 El arte de la lectura—dice Ernesto Legouvé,—es más conveniente todavía a las mujeres que a los hombres. Tienen ellas por don de la naturaleza una flexibilidad en los órganos y una facilidad de imitación que se adapta maravillosamente a todas las artes de la interpretación y, por consiguiente, al de la lectura. Y ahora añado que este talento que en los hombres es un instrumento de trabajo, un medio de éxito profesional, puede enlazarse para las mujeres a las más dulces ocupaciones domésticas, a sus más preciados deberes de familia. Ellas son hijas, madres, hermanas, esposas... Más de una ha visto o verá a su lado a un padre anciano enfermo, a una madre agobiada por el dolor, a un hijo en cama. El padre no puede ya leer: su vista no se lo permite; la madre no quiere, porque el estado de su ánimo no se lo consiente; el niño quisiera leer, pero no sabe. ¡Qué dulce alegría para la mujer que puede, por medio de algunas lecturas bien hechas, aliviar al que sufre, consolar al que llora, distraer al que se hastía! En nombre, pues, de los más dulces sentimientos, les diré : “Aprended a leer en alta voz y procurad así adquirir una habilidad que puede llegar a convertirse en una virtud”.»
 
 
 [El texto pertenece a la edición digital de la Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes.]