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martes, 12 de mayo de 2020

Gente de la Edad Media.- Robert Fossier (1927-2012)

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Primera parte: El hombre y el mundo
1.-El hombre desnudo
Pero una criatura amenazada
¿Se conocían de verdad?

  «Aquellas de entre nuestras sociedades que se consideran "evolucionadas" han caído en la actualidad en una especie de culto al cuerpo, de pánico ante la edad y de reverencia hacia remedios que llenan los armarios de los cuartos de baño, hacen rebosar los lugares para "ponerse en forma" y, en su caso, llevan ante los tribunales a los médicos cuyas habilidades no han cumplido las promesas que se esperaba de ellos. El mundo mediterráneo, tanto el de la Antigüedad como el nuestro, es muy dado a ello, más que cualquier otro. Pero en la actualidad disponemos de un caudal de conocimientos sobre patología y de un personal sanitario muy valioso que, en principio, disipan nuestros temores e ignorancia. Los historiadores, arrastrados desde hace más o menos un siglo por esta ola de nosología, han multiplicado los estudios sobre el cuerpo medieval, buscado las huellas de enfermedades, sondeado sus efectos psicológicos, elevado incluso algunas de ellas, como la peste evidentemente, a la categoría de factores -en principio demográficos y económicos, pero también sociales- de la evolución de los siglos medievales. De este modo se ha arrojado luz en gran medida sobre las enfermedades de los grandes personajes de este mundo, las epidemias masivas, las ciencias judeogriega y árabe; han catalogado los síntomas, escritos o no, aportado diagnósticos serios y bosquejado evoluciones. Y todo este trabajo es admirable.
 Admirable, pero superficial; pues en esa época, como en la actualidad, aunque estemos "estresados" (¡la palabra con este significado data de 1953!), seamos víctimas de la peste o del avance brutal del sida -lo mismo da-, en realidad no sabemos nada de un callo en el pie, una nariz que gotea o un intestino perezoso, esas "pequeñas miserias" que también destruyen la armonía corporal. No puedo dar respuesta, en lo que a nuestra época se refiere, a la pregunta con la que abro este apartado, pero en el caso de la Edad Media la respuesta es categóricamente negativa. Además, ¿cómo habrían podido acceder estos hombres, antes del siglo XII, a los tratados de medicina que llegaban, se escribían o se traducían en Córdoba, Palermo, Salerno o Montpellier enseguida? Ni siquiera estamos seguros de que los monjes, después de Pedro el Venerable a mediados del siglo XII, o los príncipes a los que aconsejaban los physici, fueran realmente conscientes de las exigencias y flaquezas de sus cuerpos. En cuanto a los demás, ¿cómo se iban a atrever a preguntarse por aquello que provenía, evidentemente, del designio divino: los niños que nacían muertos, el lisiado de nacimiento, el enfermo crónico, pero también los sordos, ciegos o mudos? Eran el precio a pagar por su ira: en efecto, todos eran objeto de castigo por algún pecado que habían cometido ellos o sus progenitores, ya que la culpa se heredaba del mismo modo que se heredaba la mácula de la servidumbre. Para esto no cabía remedio ni apelación. En cuanto a la muerte violenta en combate, en un rincón del bosque o por accidente, conllevaba una condena infamante: la ausencia de confesión y, por tanto, de salvación.
 Sin embargo, este doble o nada del dogma era algo que el cristiano admitía bastante mal: buscaba recursos sin hacer demasiado alarde de rencor hacia la posible arbitrariedad venida del Cielo. En primer lugar, había intermediarios a mano para ablandar el rigor del Juez. La veneración de reliquias o las peregrinaciones a los lugares santos se desarrollaron al mismo tiempo que la influencia de la Iglesia. Como solía ser común, al menos en Europa occidental, esta última sabía muy bien cómo captar las devociones interesadas, muchas de las cuales eran anteriores a ella: el pequeño dios sanador, la recogida de piedras o fuentes taumatúrgicas bajo los auspicios de un santo, real o inventado, cuyas virtudes tenían fama de curar; cada uno contaba con su "especialidad", que ilustraban los detalles de su vida o de su martirio: uno curaba los granos, otro la fiebre o el dolor, y lo hacían por medio de milagros que se buscaban ávidamente. También nos hemos preguntado por la recuperación de estos cultos paralelos en el siglo XI y posteriormente: ¿podemos ver en ellos la incidencia de alguna enfermedad en concreto? En cualquier caso, los milagros que se obraban, y que describen de manera complaciente unos textos que por primera vez son numerosos, ofrecen una panoplia de afecciones de lo más corriente: encontramos más enfermedades debidas a una alimentación insuficiente que a heridas o ataques orgánicos. En lo que a la Virgen se refiere, cuyo culto floreció después de 1150 con el acicate cisterciense, intervenía más bien en la curación del alma que en la del cuerpo: se rogaba a ella más como madre que como taumaturga. Es cierto que la Iglesia nunca se atrevió a dejar que el culto evolucionara hasta convertirse en el propio de una diosamadre, una Cibeles cristiana, pues era virgen y, por lo tanto, no podía ser símbolo de fecundidad.
Gente de la Edad Media - Megustaleer La peregrinación y la ofrenda eran obras pías; y los monjes se alegraban de ellas. ¿Pero eran eficaces sus oraciones? ¿No hubiera sido mejor dirigirse -aunque en secreto, por supuesto- a fuerzas expertas en el arte de interrogar a los astros, lo cual sólo podía tener un efecto intemporal, o más bien dedicarse a elaborar remedios en los límites de una etiología infernal? Magos y brujas cuentan en la actualidad con una atención especial por parte de todos los historiadores que presumen de incorporar la antropología o la sociología; efectivamente, este mundo "invertido" encanta a todos los discípulos, cercanos o no, de Freud, Mauss o Lévi-Strauss. Además, los innumerables juicios que se hicieron, entre los siglos XV y XIX, a los poseedores de fuerzas "maléficas" proporcionan material para múltiples comentarios; es cierto que, en general, sólo contamos con los informes de la acusación. Pero en el siglo XIII los exempla de los dominicos que los condenaban, por supuesto, muestran que su papel, en el seno del mundo rural al menos, se reconocía y se consideraba clave: prácticas gestuales y quiromasaje, fórmulas e invocaciones repetitivas, ritos basados en lo vegetal o en las virtudes del agua. Los cuidados que se daban al cuerpo predominaban sobre los que tenían que ver con el alma, y la Iglesia no admitía que estas prácticas alterasen la voluntad divina: por lo tanto, tenían que condenar e incluso quemar a quienes pretendían sustituir a Dios luchando contra los males que éste desencadenaba. Si era preciso, una acusación de herejía podía justificar mandar a la hoguera a las brujas; en realidad, se quemaba a ensalmadores más que a malos espíritus.
 Los exempla dominicos y las trovas también atribuyen a las mujeres, sobre todo a las ancianas, el papel de intermediarias entre este mundo negro y las debilidades del cuerpo: efectivamente, son ellas quienes parecen ser más sensibles a estas prácticas que durante tanto tiempo han hecho reír a las mentes "científicas" tan agudas de esa época que denominamos "moderna". Pero en la actualidad, disfrazados de "medicina natural", fitoterapia, curas de rejuvenecimiento y otras semejantes, estos remedios "naturales" gozan de gran éxito: cremas, ungüentos, infusiones, purgantes, masajes o manipulaciones de kinesiterapia rivalizan con la "ayuda psicológica" y los "grupos de autoayuda" que apelan, hasta llegar a lo grotesco, a nuestros egos enloquecidos. Se meten incluso en regímenes alimenticios o en las virtudes de las plantas; además, desde la Edad Media, la mayoría de las recetas de cocina pueden encontrarse en tratados de medicina.»

   [El texto pertenece a la edición en español de Penguin Random House, 2017, en traducción de Paloma Gómez Crespo y Sandra Chaparro Martínez. ISBN: 97-884-3060-649-8.]

viernes, 21 de febrero de 2020

Venenos y envenenadores.- Roland Villeneuve (1922-2003)

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II.-La Edad Media
Probaduras y contravenenos

«Los reyes castigaban tanto más severamente a los hechiceros y envenenadores cuanto más o menos sospechosas eran sus esposas de pertenecer a esas categorías de gente nefanda o de recurrir, llegado el caso, a sus servicios. Las gradas del trono estaban deslucidas a causa de ello y la falta o la prohibición de investigaciones médicas acrecentaba las sospechas grotescas o mal fundadas. Decíase que Blandina, instigada por Hugo Capeto, había envenenado a Luis V, el Holgazán, y se susurraba que Luis X había muerto de un modo muy extraño.
 Se concibe fácilmente que el ambiente de recelo que envolvía sus actos y muertes moviese a nuestros soberanos a rodearse de precauciones extremas. No tardaron en restablecer en la Corte las funciones ejercidas antaño por el praegustador, encargado de probar las viandas y bebidas que se sirven en la mesa imperial. Un maestresala fue encargado de tapar los alimentos y las bebidas, de vigilarlos y gustar una pequeña porción antes que el rey o los príncipes, porque la costumbre de la probadura se propagó muy pronto para durar casi tanto tiempo como la monarquía. Los cubiertos se encerraban en urnas hechas de cristal o metales preciosos y eran examinadas cuidadosamente por criados dignos de toda confianza. En cuanto a la sal, cuyo color, sobre todo cuando estaba mal refinada, recordaba el del arsénico, era guardada en recipientes bajo dos llaves.
 Ni que decir tiene que era difícil encontrar verdaderos maestresalas y que el gasto de sostenerlos era bastante crecido. Además, lo que pudiéramos llamar su diagnosis, es decir, el conocimiento de las cosas en su estado del momento, nada tenía de absoluto, y no podía inspirar confianza cuando esos criados se dejaban comprar, lo que sucedía con bastante frecuencia. Ni los Papas estaban seguros, pues podían desconfiar del sacristán que, durante la misa de la coronación, vaciaba antes que ellos el cáliz y tragaba la hostia. Por eso los poderosos de la Tierra recurrieron en seguida a curiosos preservativos y el uso de los mismos duró casi tanto tiempo como el recurso a la previa probadura de los alimentos. Las narraciones de los poetas y primeros navegantes, que nadie se atrevía a calificar de inverosímiles, afirmaban que ciertas substancias animales o minerales eran, no solamente capaces de servir de antídotos, sino también de descubrir la presencia de los venenos. Isidoro de Sevilla, Marbode, Vicente de Beauvais y Alberto el Grande, habían fortalecido con su autoridad esas creencias y señalado el camino a los autores de los Lapidarios, aquellos sabios tratados que se multiplicaron a partir del siglo XIII. Creíase por aquel entonces que el ágata, el jaspe sanguíneo, la cornalina y la sardónica, poseían virtudes terapéuticas muy grandes, ya que los textos de los Evangelios, de los Salmos y de los Profetas habían concedido un lugar casi milagroso a las piedras finas o preciosas. Así nació toda una teoría místico-simbólica fundada en los nombres de las gemas o en simples analogías y semejanzas. Túvose por cierto que la amatista, la crapodina y el coral cambiaban de color o palidecían al hallarse cerca de una fuente envenenada. La dragonites, o serpentina, y el bezoar, concreciones naturales que se formaban en el estómago de los dragones y la cabeza de los sapos, eran todavía más seguras, aunque sus propiedades maravillosas y su gran carestía hacían casi imposible su adquisición; podría decirse que del todo imposible, puesto que esas piedras habían nacido de la imaginación lapidífica de copistas irresponsables y eruditos ingenuos...
 Pero a falta de esos minerales extraordinarios, los soberanos podían procurarse un cuerno de unicornio; un cuerno entero o un trozo del mismo, según los medios de que disponían. Esa parte de un animal fabuloso -se trataba, en realidad, de diente de narval, cetáceo del Ártico- les libraba de los brebajes tóxicos, puesto que tenía el don de humedecer al estar cerca de éstos. Por eso no era raro que los señores ricos hipotecasen o vendieran parte de sus tierras para comprar un trozo de ese cuerno. Nuestros reyes se sirvieron largo tiempo del cuerno que tenía la misión de conservar el Cabildo de San Dionisio, y los Duques de Borgoña hicieron lo mismo. En 1474, en su Estado de la casa del duque Carlos de Borgoña, dicho el Temerario, Oliverio de la Marche describe con donosura las obligaciones del panetero, del sumiller que lleva el palo y el cuerno con el que se prueba la vianda del príncipe; del ujier de vianda, que parte el pan y lo prueba; del escanciador y el sumiller de cava, que "debe llevar en la mano diestra dos jarras, una en que está el vino del príncipe y en la otra el agua, y será examinada la jarra del príncipe suspendiendo sobre ella un trozo de cuerno colgado de una cadena".
 También eran buscados, con no menos diligencia, los vulgares dientes de tiburón, que eran bautizados pomposamente con el nombre de "lengua de serpiente", y se creía que eran arrancadas de las mandíbulas de las lamias. Juan de Mandeville, en su Lapidario, afirma que esas lenguas -que para él son como piedras- vencían al veneno, mudaban de color y, produciendo un efecto imprevisto en los defectos de la facultad de hablar, permitían a sus dueños expresarse correcta y agradablemente. En pleno siglo XVI los plateros parisienses fabricaban aún languiers para descubrir el veneno, sobre todo en los saleros. Un texto de 1555, debido a Pedro Belon, refiere que "los que pescan lamias se apresuran a buscar sus dientes y mandíbulas, pues dicen que tienen virtud contra los venenos; para ese fin las hacen engarzar en oro y en plata".
 Un personaje aficionado al ocultismo y a la alquimia, el Papa Juan XXII, creía en la eficacia de las piedras preciosas y las "lenguas de serpiente". Este pontífice padeció manía persecutoria, influido por los terribles sucesos de su época. Por haber muerto de repente su sobrino acusó de haberle maleficiado al obispo de Cahors, Hugo Geraldi.»

  [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Bruguera, 1963, en traducción de José María Claramunda. Depósito legal: B-3.654-1963.]

jueves, 22 de marzo de 2018

Los campos del honor.- Jean Rouaud (1952)


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III

«Joseph no morirá. Su hermana Marie ha hecho el viaje de Random a Tours con una provisión de medallas piadosas que, nada más llegar, desliza bajo la almohada de su hermano y de sus compañeros de infortunio. Ha aguardado para ello a que le den la espalda las enfermeras de uniforme blanco que evolucionan como bailarinas entre las camas. Algunas, que no creen sino en la ciencia y sus virtudes cartesianas, se irritan contra esos amuletos, iría mucho mejor un vagón de morfina. Porque la benéfica morfina escasea. Las enfermeras, solicitadas por todas partes, la dosifican con esmero, la reparten según empíricos coeficientes: la intensidad de los gemidos, la proximidad de la muerte. Cuando se les acaba, quisieran taparse los oídos, gritar más fuerte que todos aquellos dolores acumulados. Esta guerra va demasiado lejos. Todos están de acuerdo, será la última. Para Joseph y millones más, desde luego.
 Sentada a la cabecera de su hermano, Marie se ha puesto a trabajar de inmediato. Ha sacado su rosario, elegido en su cielo al encargado de los sufrimientos -se trata del propio Cristo, aunque los santos mártires, despedazados, lapidados, quemados, no hayan desmerecido-, y rosario tras rosario le ruegue que cargue como un peso más en sus fornidas espaldas de carpintero ese silbido que brota del pecho de su hermano. A cambio -discurre qué le podría dar, ya que sólo se tiene a sí misma-, sí, da ese deseo que por las noches le invade las entrañas, da su sangre de mujer. Sangre por sangre, el trato es justo. Joseph recupera los colores, pronto se incorpora en la cama, reclama comida. En Touraine es primavera, el Loira crece con las aguas del deshielo, en un vaso los últimos restos de muguete. Joseph evoca la eventualidad de una próxima vuelta a casa, finge animación, bromea con una muchacha de servicio, promete que se casará con ella en cuanto esté curado. La muchacha se ríe (ya van por lo menos veinte que se lo piden), Marie un poco menos -esa carita arrogante-. Luego, vuelve a notarse cansado, tose un poco, quiere descansar. Se echa, extiende los brazos a lo largo del cuerpo, entorna los párpados. Tras esa breve remisión, vuelven los estertores, la fiebre, las visiones de aquel teatro de horror. Al caer la noche, el joven de tez macilenta entra en agonía. Esta vez el médico militar no da ya ninguna esperanza. La joven prometida pasa regularmente en la penumbra, y despacito, para no despertar a los que duermen, le pone un paño húmedo en la frente, le sube las sábanas hasta el pecho, y, cuando un brutal acceso de tos le hace incorporarse en la cama, lo coge como a un niño en sus brazos y le vierte entre los labios una cucharada de jarabe. Al despuntar el día, cuando un blanco resplandor inunda la inmensa sala común y se oye en el silencio del alba el chapoteo del río, sus ojos tienen una espantosa fijeza. Marie, que llega la primera, se queda sobrecogida. Le dicen que no es aún el final pero que debe prepararse. Se producirá a media tarde con una mirada más dulce.
 Se anuncia ya la muerte de Joseph, su nombre aparece en una imagen piadosa y patriótica que se vende a medio franco, para obras de beneficencia, en la parroquia de Commercy (subprefectura de la Meuse, especialidad en magdalenas), orlada con una fina franja negra, monumento de tristeza con un título de novela heroica: "Los campos del honor", y un subtítulo de quiosco de estación: "Donde corrió a mares la Sangre de Francia en 1914-16." (Sigue la batalla. Anuncian un folleto que saldrá después de la guerra con todo lo sucedido.) Una gran cruz negra, con el monograma de Cristo en el centro, se aureola con los nombres de las regiones trágicas: Artois, Serbia, Dardanelos, Marne y Mosa, Lorena y Alsacia, Argonne e Yser, como una corona de espanto que enumera en la trama de ramas de olivo el subconjunto de los mártires comunes, igualados por la matanza, de tal manera que Vimy aparece escrito tan grande como Lens, Dixmude como Ostende, Les Eparges como Nancy. Que esta imagen recuerde a todos cuán agradecidos debemos estar a Dios por la prodigiosa batalla del Marne y por la solidez que desde entonces tiene nuestro frente. Y si la batalla, como está escrito, tuvo tanto de prodigio, o sea de cruz de Clodoveo en el cielo de Tolbiac, de santa Genoveva liberando París, de Juana de Arco en Orleáns y de León I consiguiendo del vándalo Genserico que respetara la vida de los habitantes de Roma, fue quizá porque Dios estaba también con nosotros, Padre consternado al ver el uso que hacen sus hijos de su libertad, conservando para cada uno la misma piedad, el mismo amor desconsolado.
 Piadoso recuerdo de los héroes, en especial de -anotar a continuación el nombre, riachuelo que confluye hacia el gran río rojo, la cloaca máxima, la loba menstrual-, cosa de la que se encarga con su caligrafía irreprochable su hermana Marie, entonces joven maestra, que pierde dos hermanos en la historia (la oficial, para una vez que ésta interfiere en la nuestra, la abandonada) y agrega al margen, pues sólo queda sitio para el nombre y ha de ser corto (es un formulario para plebeyos, para la masa, la que se inscribe en los monumentos a los muertos esculpidos al estilo del descendimiento de la cruz, aplastando las columnas de nombres con una especie de representación republicana de la salvación): "21 años, herido en Bélgica, fallecido en Tours, el 26 de mayo de 1916." Y tan sucinto comentario salva a Joseph de la larga noche amnésica.
 Entre estos dos límites, en ese espacio de puntos suspensivos, la tía inscribe con tinta violeta tamizada por el tiempo el misterio por dilucidar de una vida que se acaba. Veintiún años. Sabemos -ella nos lo contó- que a los catorce años La Pérouse mandaba ya una fragata, por lo que siete años más tarde atesoraba sin duda la memoria de un viejo lobo de mar, en cambio Joseph abandona su pueblo para morir y no ve más que un paisaje devastado, y del viaje sólo la promiscuidad de los vagones de ganado y la cubierta de lona de una ambulancia sobre sus ojos enfermos, Joseph que quizá no conoció el placer de una mujer, Joseph catapultado en medio del infierno de los hombres, Joseph demasiado joven para ese acto capital, "Joseph morir" el 26 de mayo de 1916, así lo escribe la tía.»
 
 [El fragmento pertenece a la edición en español de Editorial Anagrama, en traducción de Javier Albiñana. ISBN: 84-339-1139-2.]