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viernes, 23 de octubre de 2020

Maribel y la extraña familia.- Miguel Mihura (1905-1977)

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Acto primero

 «Doña Paula: Les he hecho oír el precioso disco de Elvis Presley, y no sabes los elogios tan entusiastas que me han hecho de él. Todo lo que te diga es poco...
 Doña Matilde: Me alegro mucho de que les haya agradado.
 Doña Paula: Y por cierto, ¿dónde has ido a comprarlo, mi querida Matilde?
 Doña Matilde: Pues he ido a comprarlo a una tienda de la calle Fuencarral.
 Doña Paula: (Asombrada.) ¡No me digas! ¿Pero has ido hasta la calle de Fuencarral?
 Doña Matilde: Pero si vivimos en la calle de Hortaleza, mujer...
 Doña Paula: De todos modos has tenido que cruzar de acera a acera... ¡Pero qué horror, Matilde! ¡No debes hacer esas locuras! (Al matrimonio.) Yo vivo hace sesenta años en esta misma casa de la calle de Hortaleza y nunca me he atrevido a llegar hasta la calle de Fuencarral... ¡Y eso que me han hablado tanto de ella! (A doña Matilde.) ¿Cuál de las dos es más bonita? Cuéntame, cuéntame...
 Doña Matilde: Son dos estilos diferentes. No pueden compararse.
 Doña Paula: ¿Pero tiene árboles? ¿Estatuas? ¿Monumentos?
 Doña Matilde: Si he de decirte la verdad, no me he fijado bien. Sólo crucé la calle, entré en la tienda, compré a Elvis Presley y me volví a casa... Pero, a mi juicio, es más estrechita...
 Doña Paula: ¿Cuál de las dos? ¿Ésta o aquélla?
 Doña Matilde: De eso precisamente es de lo que no me acuerdo yo muy bien...
 Doña Paula: ¡Ah! Siendo así no he perdido nada con no verla... (Al matrimonio que sigue picando de las chocolatinas.) ¿Y les gustan a ustedes las chocolatinas? Son de la fábrica de mi hermana...
 Doña Matilde: Mi marido al morir me dejó la fábrica, y mi hijo ahora está al frente de ella. ¡Ah! Las famosas chocolatinas "Terrón e Hijo". Producimos poco, pero en calidad nadie nos aventaja... Ustedes mismos habrán comprobado que son verdaderamente exquisitas...
 Doña Paula: La fábrica está emplazada en un pequeño pueblo de la provincia de Cuenca, a ciento y pico kilómetros de Madrid, y junto a la fábrica, en un chalet, vive mi hermana con su hijo, que a la vez es mi sobrino, y a quien también quiero bastante... Un chico verdaderamente encantador: fino, agradable, educado y amante del trabajo. Para él sólo existe su fábrica y su mamá. Su mamá y sus chocolatinas... Y ésta es toda su vida.
 Doña Matilde: Y ahora nos hemos venido a pasar una temporada aquí, a casa de mi hermana Paula, para ver si el chico encuentra novia en Madrid y por fin se casa. Porque allí, en aquella provincia, es decir, en el pueblo donde tenemos la fábrica y donde vivimos, figúrense qué clase de palurdas se pueden encontrar... Chicas anticuadas en todos los aspectos, tanto física como moralmente...
 Doña Paula: Y ya conocen ustedes nuestras ideas avanzadas. Nada de muchachas anticuadas y llenas de prejuicios, como éramos nosotras... ¡Qué horror de juventud la nuestra! Porque si yo no he salido a la calle hace sesenta años, desde que me quedé viuda, no ha sido por capricho, sino porque me daba vergüenza que me vieran todos los vecinos que estaban asomados a los balcones para criticar a las que salían...
 Doña Matilde: ¡Qué época aquella en que todo lo criticaban! ¡El sombrero, el corsé, los guantes, los zapatos!
 Doña Paula: Había un sastre en un mirador, siempre observando con un gesto soez, que me llenaba de rubor... Y después empezaron los tranvías y los automóviles, y ya me dio miedo que me atropellaran, y no salí. Y aquí lo paso tan ricamente, escuchando música de baile y escribiendo a los actores de cine de Norteamérica para que me manden autógrafos.
 Doña Matilde: Por eso, para mi hijo, yo quiero una muchacha moderna, desenvuelta, alegre y simpática que llene de alegría la fábrica de chocolatinas.
 Doña Paula: Una muchacha de las de ahora. Empleada, mecanógrafa, enfermera, hija de familia, no importa lo que sea... Rica o pobre, es igual...
 Doña Matilde: El caso es que pertenezca a esta generación maravillosa... Que tenga libertad e iniciativas...
 Doña Paula: Porque mi sobrino es tan triste, tan apocado, tan poquita cosa... Un provinciano, ésa es la palabra...
 Doña Matilde: Es como un niño, figúrense. Siempre sin separarse de mis faldas...
 Doña Paula: Pero por lo visto ya ha encontrado la pareja ideal.
 Doña Matilde: Y él solito, no crean.
 Doña Paula: Como yo no tengo relaciones sociales, porque las viejas me chinchan y las jóvenes se aburren conmigo, no he podido presentarle a nadie. Pero el niño se ha ambientado en seguida y parece ser que ha conocido a una señorita monísima, muy moderna y muy fina, y a lo mejor la trae esta tarde para presentárnosla.
 Doña Matilde: ¡Y tenemos tanta ilusión por conocerla...!
 Doña Paula: Siempre hemos odiado nuestra época y hemos admirado esta generación nueva, fuerte, sana, valiente y llena de bondad.
 Doña Matilde: ¡Qué hombres los de antes, que se morían en seguida!
 Doña Paula: A mí, el mío me duró solamente un día y medio. Nos casamos por la mañana, pasamos juntos la noche de bodas y a la mañana siguiente se murió.
Resultado de imagen de tres sombreros de copa castalia Doña Matilde: Y es que se ponían viejos en seguida. Yo tuve la suerte de que el mío me durase un mes y cinco días, a base de fomentos. Pero ya te acordarás, Paula. Tenía veintidós años y llevaba una barba larga, ya un poco canosa... Y tosía como un condenado.
 Doña Paula: Según dice mi médico, ahora también se mueren antes que las mujeres, pero no en semejante proporción.
 Doña Matilde: Yo creo que lo que les sucede es que hacer el amor les sienta mal.
 Doña Paula: Y los pobres se obstinan en hacerlo, creyendo que con ello nos complacen... ¡Pobrecillos!
 Doña Matilde: ¡Por presumir de hombres y contarlo luego en el Casino, son capaces hasta de morir!
 Doña Paula: En efecto, en efecto... (Y de repente doña Paula se dirige al matrimonio, que sigue en el mismo sitio, imperturbable, y les dice:) ¡Ah! Pero, ¿se van ustedes ya? ¡Huy! ¡Pero qué lástima!
 Doña Matilde. ¿Qué pronto, verdad?
 Doña Paula: (Se levanta.) Nada, nada, si tienen ustedes prisa no queremos detenerles más.»
 
  [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Castalia, 1987, en edición de Miguel Mihura, pp. 133-136. ISBN: 84-7039-269-7.]
 

jueves, 20 de diciembre de 2018

Teorías de la historia literaria.- Claudio Guillén (1924-2007)


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V
7.-Sobre el objeto del cambio literario

«No es raro que la teoría se beneficie de la inminencia de la práctica. Las interrogaciones teóricas que provoca la organización o estructuración de la historia literaria son pocas veces sencillas y jamás superficiales. Hoy vuelve a suscitar estos problemas la "Historia de la Literatura Europea" que la Academia Húngara de las Ciencias viene proyectando en conjunción con la Asociación Internacional de la Literatura Comparada. Sin duda, merece este proyecto el apoyo y hasta la colaboración de todos los comparatistas. En su fase preliminar, nuestro apoyo acaso pueda asumir la forma de una renovada reflexión acerca de las cuestiones básicas con que se enfrenta la historiología literaria.
 
Europa: deslindes de un saber
 Dos rasgos generales del proyecto son dignos de todo elogio. El primero es obvio y el segundo no tanto. Se nos promete una historia auténticamente comparada de la literatura europea, en primer lugar, por cuanto a los lectores no se les proporcionará una serie de historias de las literaturas llamadas nacionales, cómodamente contiguas, y sazonadas de vez en cuando con observaciones acerca de influencias, préstamos o traducciones. Lo que está en juego es el género de categoría o de estrategia historiográfica que sea capaz de originar una visión total de la literatura europea. En segundo lugar, parece que el principal instrumento de organización histórica no será el concepto de período literario. Ello podría iniciar una reacción saludable en contra de la tendencia, en los estudios de Literatura Comparada, a sustituir la prioridad tradicionalmente otorgada a las literaturas nacionales por un muy insistido interés en la sincronía, o mejor dicho, la pseudo-sincronía, de los períodos, las épocas o las eras internacionales. Se nos dice que la propuesta "Historia de la Literatura Europea" se basará en courants littéraires o mouvements littéraires. Estos términos, según señaló Teodor Vianu en el congreso de Budapest de 1962, exigen la más urgente clarificación. Pero implican por lo pronto la conciencia de que las "corrientes" y los "movimientos" pueden coexistir o entrar en colisión dentro de una misma sección de tiempo.
 Asimismo se nos ha dicho que una cuestión no poco espinosa sigue sin resolverse: la de los límites de lo que designamos con las palabras "Literatura europea". El problema, más que temporal, sería de índole espacial o geográfica. O sea, ¿deben incluirse todas las literaturas, o todas las obras literarias valiosas, escritas en los idiomas europeos, desde Manila -mirando al Este- hasta Vladivostok? Los que responden afirmativamente a esta pregunta llegan hasta sostener, con Mihály Babits, que la literatura europea, en su acepción más general, debería definirse tipológicamente. Una clase literaria, o conjunto de clases, es lo que constituiría su verdadera identidad.
 Me inclino a aceptar la postura de los Little Europeans. Nuestro campo de estudio debería circunscribirse y calificarse por los motivos siguientes. Una definición tipológica podrá ser el producto final de semejante revisión, pero no coincidirá con ella. El panorama mismo, el resumen de la historia literaria europea considerada sobre la marcha, entendida como un quehacer multisecular, despliega una secuencia de acontecimientos, no una clase situada más allá del tiempo. Si tenemos presente que nos hallamos ante un proceso de cambio, la cuestión fundamental que surge es el género de relaciones que existe entre la narración de los sucesos literarios y el itinerario de los pueblos y sociedades que vivieron esos sucesos. ¿Quiénes fueron los agentes o actores de esta historia? ¿Quiénes hicieron posible aquellos acontecimientos? ¿A quiénes ocurrieron? Estas preguntas no son fácilmente eludibles y sería extraño que el crítico literario se erigiera como historiador sin prestar atención alguna a la identidad de su objeto de estudio. Ello no quiere decir que se ha decidido de antemano en qué consiste la relación entre lo que los Formalistas rusos llamaban las series literarias y las series históricas. Aunque las dos series disten mucho de ser equivalentes, y hasta paralelas, una conexión inequívoca debería unir los límites espacio-temporales de aquéllas con lo límites correspondientes de éstas. Y así nos vemos obligados a apelar al concepto de Europa, tal como lo aíslan los historiadores políticos y sociales.
 Son perfectamente convincentes las conclusiones de Oscar Halecki en su The Limits ans Divisions of European History (1950). La civilización europea, con sus esenciales componentes germánicos, escandinavos y eslavos, se desarrolla en un área y en una sección de tiempo que no se confunden con las de su predecesora, cuyo centro era el Mediterráneo. La preferencia de Ernst Robert Curtius en su Europäische Literatur uns lateinisches Mittelalter (1948), donde se subrayan las continuidades que enlazan la Europa moderna con el mundo grecolatino, desde un punto de vista exclusivamente literario, conducía a borrar los profundos cambios que tuvieron lugar en las series históricas con el tránsito de una civilización a otra. Este tránsito toma la forma no de una simple sucesión de épocas sino de procesos multiseculares de cambio cultural. Coincide con un proceso de cristianización, en lo esencial, y así empieza mucho antes de la caída del Imperio Romano. Como lo han demostrado Alfons Dopsch y Cristopher Dawson, continúa al menos hasta el año 1000 -o, si se nos apura, hasta la conversión de los lituanos en 1387- y -agregará el hispanista- la de los cristianos nuevos españoles y portugueses durante los siglos XVI y XVII. La imposición por fuerza de una unidad católica en la península ibérica representa, para bien o para mal, la europeización final de España y de Portugal (y al propio tiempo, por medio de las obras de Cervantes y otros creadores españoles y portugueses, la inyección de elementos semítico-orientales en el sistema sanguíneo de la civilización europea).»
 
    [El texto pertenece a la edición en español de editorial Espasa-Calpe, 1989. ISBN: 84-239-1906-4.]
 

martes, 10 de octubre de 2017

"El cortesano".- Baltasar de Castiglione (1478-1529)


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Segundo libro
Prólogo

«Maravillado me he muchas veces considerando de dónde proceda un error, el cual, por verse comúnmente en los viejos, podemos bien decir que les es propio y natural; y es que casi todos ellos alaban los tiempos pasados y reprehenden los presentes vituperando nuestros hechos y costumbres y todo lo que ellos en su mocedad no hacían; y verdaderamente parece maravilla y una cosa muy fuera de razón que la edad ya madura, la cual con la larga esperiencia suele hacer en las otras cosas perfetos los juicios de los hombres, en sola ésta los estrague  y dañe tanto que no entiendan que, si el mundo empeorara siempre y fueran los hijos generalmente peores que los padres, mucho ha ya que hubiéramos llegado al cabo del mal y no tuviéramos adonde pasar más adelante. Pero vemos que no solamente en nuestros días, mas en los pasados, reinó siempre esta dolencia en los viejos, según claramente se puede alcanzar por lo que los autores más antiguos han escrito, en especial los cómicos, los cuales más naturalmente que los otros  pintan la imagen de nuestra vida. La causa de esta falsa opinión pienso que sea porque los años, huyendo, se llevan tras sí muchos de nuestros bienes, y entre los otros nos quitan de la sangre gran parte de los espíritus vitales, y así nuestra complisión se muda y el órgano se enflaquece, por el cual obran las potencias de nuestra alma; por eso en la edad ya vieja, como en el otoño vemos caer de los árboles las hojas, así de nuestros corazones caen las flores del contentamiento, y en lugar de los serenos y claros pensamientos entra la numblosa y turbia tristeza acompañada de mil malas venturas, de manera que el cuerpo y el alma entrambos juntamente están enfermos y de los pasados placeres ninguna otra cosa nos queda sino una memoria muy honda y una imagen de aquel dulce tiempo de nuestra mocedad, la cual, cada vez que se nos representa, nos hace parecer que el cielo y la tierra y todas las otras cosas hacen fiesta y se andan riendo al derredor de nuestros ojos y entonces se nos antoja que en nuestro pensamiento, como en un deleitoso jardín, florece la primavera de la alegría. Por cierto sería muy mejor, cuando vemos ya declinar los días y sentimos que nuestros placeres con la edad se acaban, pues los perdemos, perder también dellos la memoria, y hallar, como decía Temístocles, una arte para olvidar. Porque tan engañosos son los sentidos de nuestro cuerpo, que suelen muchas veces engañar el juicio de nuestra alma; y así los viejos me parecen como los que partiéndose de algún puerto, si miran la tierra, se les antoja que se mueve, y que es ella la que se parte y ellos los que se quedan; siendo muy al revés, que el puerto, que es el tiempo y los placeres, está siempre quedo en su estado, y nosotros con la nave, que es nuestra vida mortal, huyendo corremos los unos tras los otros, pasando de una en cien mil tormentas por aquel bravo mar que toda cosa traga y consume, y nunca nos es posible tomar tierra, antes combatidos de mil vientos contrarios, al cabo damos al través, donde quedamos perdidos para siempre.
 Así que el corazón de los viejos, por ser un sujeto desproporcionado a muchos placeres, no puede bien gustallos, y acontéceles a éstos como a los que padecen calentura, los cuales tienen el gusto tan dañado, que cualquier vino, por bueno que sea, les amarga; así ellos por su indisposición, aunque a ratos también tengan sus deseos, no hallan sabor en los placeres, antes los tienen por fríos y por muy diferentes de aquellos que se acuerdan en su tiempo haber gustado, aunque en la verdad sean los mismos. Por esto, hallándose dellos desposeídos, se duelen reciamente y condenan los tiempos presentes, no considerando que la mudanza que ellos sienten no viene del tiempo, sino de sí mismos, y, por otra parte, acordándose de los deleites pasados, se acuerdan también del tiempo en que los sintieron, y así le alaban y le sospiran diciendo que aquél era bueno, porque todavía le hallan un cierto olor de aquello que en él sentían cuando era presente.
 Esto no puede ser menos, pues nuestros corazones naturalmente se aborrecen con todas las cosas que fueron en algunos días compañeras de nuestros enojos, y aman las que hicieron compañía a nuestros  placeres. Y así acaece que un hombre enamorado huelga de ver la ventana donde alguna vez vio a su amiga, aunque la vea cerrada; y todos generalmente holgamos con una sortija, con una carta y, en fin, con toda cosa que en algún tiempo nos haya traído mucha alegría; asimismo nos alegramos con un huerto o con otro lugar cualquiera que sea donde hayamos recibido algún placer muy grande; y, por el contrario, nos entristecemos con un aposiento, por bueno que nos parezca, si hemos estado alguna vez en él presos, o padecido algún trabajo o enojo recio, y he conocido yo hartos hombres que en ninguna manera bebieran en vaso que se pareciese a otro en que hubiesen tomado algún xarabe siendo enfermos; porque así como aquella ventana o sortija o carta al uno representa una memoria que mucho le deleita, acordándose que cualquiera destas cosas fue casi como una parte de sus placeres, así al otro el aposiento o el vaso parece que le traiga juntamente con la memoria la prisión o la enfermedad.
 Esta causa creo yo que haga a los viejos decir bien del tiempo pasado y mal del presente, y por eso se quexan y hablan mil sinrazones de todo lo del mundo, en especial de las cortes de los príncipes, y andan diciendo que las que ellos vieron en su tiempo fueron sin comparación mejores y más llenas de singulares nombres, y que no se puede creer la ventaja que llevaban a éstas que agora se ven. Y todas las veces que se ofrece a hablar sobre esto, comienzan a poner en el cielo con grandes exclamaciones los cortesanos del duque Philipo y también del duque Borso, y recitan dichos de Nicolo Picinino, y dicen con un gran hervor y con lástima que en aquellos tiempos  muy pocas veces se usaba matar hombres y que no había peleas ni asechanzas ni engaños, sino que todo era bondad y fe y amor y paz con todos, y que entonces solamente valían las buenas costumbres y la honestidad, y que los cortesanos no eran más que unos religiosos, y que guay de aquel que hubiese dicho entonces una mala palabra a otro, o hecho un gesto o un ademán poco honesto a una mujer. Afirman más, que agora todo es al revés desto, y que ya en los cortesanos no se halla aquella caridad o amor fraternal, que este término usan ellos, o aquel vivir medido de aquellos tiempos, y que en las cortes de los reyes ya no hay sino invidias y enemistades y malas crianzas y una muy suelta vida en todo linaje de vicios; las mujeres, desenvueltas deshonestamente y desvergonzadas; los hombres, regalados y enternecidos, caídos y enflaquecidos todos en cosas mujeriles. Condenan también los vestidos por deshonestos y demasiadamente blandos; en fin, reprehenden infinitas cosas, muchas de las cuales merecen por cierto reprehensión, porque realmente no se puede negar que entre nosotros no haya muchos bellacos y malos hombres, y que estos nuestros tiempos no sean harto más llenos de vicios y maldades que aquellos suyos.»
 

domingo, 30 de abril de 2017

"Manifiesto dadaísta".- Tristan Tzara (1896-1963)


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  «La magia de una palabra —DADA—, que ha puesto a los periodistas ante la puerta de un mundo imprevisto, no tiene para nosotros ninguna importancia.
 Para lanzar un manifiesto es necesario:
 A, B, C.
 irritarse y aguzar las alas para conquistar y propagar muchos pequeños y grandes a, b, c, y afirmar, gritar, blasfemar, acomodar la prosa en forma de obviedad absoluta, irrefutable, probar el propio non plus ultra y sostener que la novedad se asemeja a la vida como la última aparición de una cocotte prueba la esencia de Dios. En efecto, su existencia ya fue demostrada por el acordeón, por el paisaje y por la palabra dulce. Imponer el propio A.B.C. es algo natural, y, por ello, deplorable. Pero todos lo hacen bajo la forma de cristalbluff-madonna o de sistema monetario, de producto farmacéutico o de piernas desnudas invitantes a la primavera ardiente y estéril. El amor por lo nuevo es una cruz simpática que revela un amiquemeimportismo, signo sin causa, frágil y positivo. Pero también esta necesidad ha envejecido.    
 Es necesario animar el arte con la suprema simplicidad: novedad. Se es humano y auténtico por diversión, se es impulsivo y vibrante para crucificar el aburrimiento. En las encrucijadas de las luces, vigilantes y atentas, espiando los años en el bosque. Yo escribo un manifiesto y no quiero nada y, sin embargo, digo algunas cosas y por principio estoy contra los manifiestos, como, por lo demás, también estoy contra los principios, decilitros para medir el valor moral de cada frase. Demasiado cómodo: la aproximación fue inventada por los impresionistas. Escribo este manifiesto para demostrar cómo se pueden llevar a cabo al mismo tiempo las acciones más contradictorias con un único y fresco aliento; estoy contra la acción y a favor de la contradicción continua, pero también estoy por la afirmación. No estoy ni por el pro ni por el contra y no quiero explicar a nadie por qué odio el sentido común.
  DADA— he aquí la palabra que lleva las ideas a la caza; todo burgués se siente dramaturgo, inventa distintos discursos y, en lugar de poner en su lugar a los personajes convenientes a la calidad de su inteligencia, crisálidas en sus sillas, busca las causas y los fines (según el método psicoanalítico que practica) para dar consistencia a su trama, historia que habla y se define. El espectador que trata de explicar una palabra es un intrigante: (conocer). Desde el refugio enguatado de las complicaciones serpentinas hace manipular sus propios instintos. De aquí nacen las desgracias de la vida conyugal.
 Explicar: diversión de los vientres rojos con los molinos de los cráneos vacíos.
Dada no significa nada

 Si alguien lo considera inútil, si alguien no quiere perder tiempo por una palabra que no significa nada….El primer pensamiento que se agita en estas cabezas es de orden bacteriológico…, hallar su origen etimológico, histórico o psicológico por lo menos. Por los periódicos sabemos que los negros Kru llaman al rabo de la vaca sagrada: DADA. El cubo y la madre en una cierta comarca de Italia reciben el nombre de DADA. Un caballo de madera, la nodriza, la doble afirmación en ruso y en rumano DADA. Sabios periodistas ven en todo ello un arte para niños, otros santones jesúshablaalosniños, el retorno a un primitivismo seco y estrepitoso, estrepitoso y monótono. No es posible construir la sensibilidad sobre una palabra. Todo sistema converge hacia una aburrida perfección, estancada idea de una ciénaga dorada, relativo producto humano. La obra de arte no debe ser la belleza en sí misma porque la belleza ha muerto; ni alegre; ni alegre ni triste, ni clara ni oscura, no debe divertir ni maltratar a las personas individuales sirviéndoles pastiches de santas aureolas o los sudores de una carrera en arco a través de las atmósferas. Una obra de arte nunca es bella por decreto, objetivamente y para todos. Por ello, la crítica es inútil, no existe más que subjetivamente, sin el mínimo carácter de generalidad. ¿Hay quien crea haber encontrado la base psíquica común a toda la humanidad? El texto de Jesús y la Biblia recubren con sus amplias y benévolas alas: la mierda, las bestias, los días. ¿Cómo se puede poner orden en el caos de infinitas e informes variaciones que es el hombre? El principio «ama a tu prójimo» es una hipocresía. «Conócete a ti mismo» es una utopía más aceptable porque también contiene la maldad. Nada de piedad. Después de la matanza todavía nos queda la esperanza de una humanidad purificada. Yo hablo siempre de mí porque no quiero convencer. No tengo derecho a arrastrar a nadie a mi río, yo no obligo a nadie a que me siga. Cada cual hace su arte a su modo y manera, o conociendo el gozo de subir como una flecha hacia astrales reposos o el de descender a las minas donde brotan flores de cadáveres y de fértiles espasmos. Estalactitas: buscarlas por doquier, en los pesebres ensanchados por el dolor, con los ojos blancos como las liebres de los ángeles.
 Así nació DADA, de una necesidad de independencia, de des-confianza hacía la comunidad. Los que están con nosotros conservan su libertad. No reconocemos ninguna teoría. Basta de academias cubistas y futuristas, laboratorios de ideas formales. ¿Sirve el arte para amontonar dinero y acariciar a los gentiles burgueses? Las rimas acuerdan su tintineo con las monedas y la musicalidad resbala a lo largo de la línea del vientre visto de perfil. Todos los grupos de artistas han ido a parar a este banco a pesar de cabalgar distintos cometas. Se trata de una puerta abierta a las posibilidades de revolcarse entre muelles almohadones y una buena mesa.
  Aquí echamos el ancla en la tierra feraz. Aquí tenemos derecho a proclamar esto porque hemos conocido los escalofríos y el despertar. Fantasmas ebrios de energía, hincamos el tridente en la carne distraída. Rebosamos de maldiciones en la tropical abundancia de vertiginosas vegetaciones: goma y lluvia es nuestro sudor, sangramos y quemamos la sed.
 Nuestra sangre es vigorosa. […]
 Amo una obra antigua por su novedad. Tan sólo el contraste nos liga al pasado. Los escritores que enseñan la moral y discuten o mejoran la base psicológica, tienen, aparte del deseo oculto del beneficio, un conocimiento ridículo de la vida que ellos han clasificado, subdividido y canalizado. Se empeñan en querer ver danzar las categorías apenas se ponen a marcar el compás. Sus lectores se carcajean y siguen adelante: ¿con qué fin? Hay una literatura que no llega a la masa voraz. Obras de creadores nacidas de una auténtica necesidad del autor y sólo en función de sí mismo. Consciencia de un supremo egoísmo, en el que cualquier otra ley queda anulada.
 Cada página debe abrirse con furia, ya sea por serios motivos, profundos y pesados, ya sea por el vórtice y el vértigo, lo nuevo y lo eterno, la aplastante espontaneidad verbal, el entusiasmo de los principios, o por los modos de la prensa. He ahí un mundo vacilante que huye, atado a los cascabeles de la gama infernal, y he ahí, por otro lado, los hombres nuevos, rudos, cabalgando a lomos de los sollozos.
  He ahí un mundo mutilado y los medicuchos literarios preocupados por mejorarlo. Yo os digo: no hay un comienzo y nosotros no temblamos, no somos unos sentimentales. Nosotros desgarramos como un furioso viento la ropa de las nubes y de las plegarias y preparamos el gran espectáculo del desastre, el incendio, la descomposición. Preparamos la supresión del dolor y sustituimos las lágrimas por sirenas tendidas de un continente a otro. Banderas de intensa alegría viudas de la tristeza del veneno. DADA es la enseñanza de la abstracción; la publicidad y los negocios también son elementos poéticos.
  Yo destruyo los cajones del cerebro y los de la organización social: desmoralizar por doquier y arrojar la mano del cielo al infierno, los ojos del infierno al cielo, restablecer la rueda fecunda de un circo universal en las potencias reales y en la fantasía individual.
  La filosofía, he ahí el problema: por qué lado hay que empezar a mirar la vida, Dios, la idea y cualquier otra cosa. Todo lo que se ve es falso. Yo no creo que el resultado negativo sea más importante que la elección entre el dulce y las cerezas como postre. El modo de mirar con rapidez la otra cara de una cosa para imponer directamente la propia opinión se llama dialéctica, o sea, el modo de regatear el espíritu de las patatas fritas bailando a su alrededor la danza del método.
  Si yo grito:
IDEAL, IDEAL, IDEAL,
conocimiento, conocimiento, conocimiento
bumbúm, bumbúm, bumbúm,

registro con suficiente exactitud el progreso, la ley, la moral y todas las demás bellas cualidades de que tantas personas inteligentes han discutido en tantos libros para llegar, al fin, a confesar que cada uno, del mismo modo, no ha hecho más que bailar al compás de su propio y personal bumbúm y que, desde el punto de vista de tal bumbúm, tiene toda la razón: satisfacción de una curiosidad morbosa, timbre privado para necesidades inexplicables; baño; dificultades pecuniarias; estómago con repercusiones […]
  Si todos tienen razón, y si todas las píldoras son píldoras Pínk., tratemos de no tener razón. En general, se cree poder explicar racionalmente con el pensamiento lo que se escribe. Todo esto es relativo. El pensamiento es una bonita cosa para la filosofía, pero es relativo. El psicoanálisis es una enfermedad dañina, que adormece las tendencias antirreales del hombre y hace de la burguesía un sistema. No hay una Verdad definitiva. La dialéctica es una máquina divertida que nos ha llevado de un modo bastante trivial a las opiniones que hubiéramos tenido de otro modo. ¿Hay alguien que crea, mediante el refinamiento minucioso de la lógica, haber demostrado la verdad de sus opiniones? La lógica constreñida por los sentidos es una enfermedad orgánica. A este elemento los filósofos se complacen en añadir el poder de observación. Pero justamente esta magnífica cualidad del espíritu es la prueba de su impotencia. Se observa, se mira desde uno o varios puntos de vista y se elige un determinado punto entre millones de ellos que igualmente existen. La experiencia también es un resultado del azar y de las facultades individuales.
  La ciencia me repugna desde el momento en que se transforma en sistema especulativo y pierde su carácter de utilidad, que, aun siendo inútil, es, sin embargo, individual. Yo odio la crasa objetividad y la armonía, esta ciencia que halla que todo está en orden: continuad, muchachos, humanidad... La ciencia nos dice que somos los servidores de la naturaleza: todo está en orden, haced el amor y rompeos la cabeza; continuad, muchachos, hombres, amables  burgueses, periodistas vírgenes... Yo estoy contra los sistemas: el único sistema todavía aceptable es el de no tener sistemas. Completarse, perfeccionarse en nuestra pequeñez hasta colmar el vaso de nuestro yo, valor para combatir en pro y en contra del pensamiento, misterio de pan, desencallamiento súbito de una hélice infernal hacia lirios baratos.

La espontaneidad dadaísta

Yo llamo amíquémeimportismo a una manera de vivir en la que cada cual conserva sus propias condiciones respetando, no obstante, salvo en caso de defensa, las otras individualidades, el twostep que se convierte en himno nacional, las tiendas de antiguallas, el T.S.H., el teléfono sin hilos, que transmite las fugas de Bach, los anuncios luminosos, los carteles de prostíbulos, el órgano que difunde claveles para el buen Dios y todo esto, todo junto, y realmente sustituyendo a la fotografía y al catecismo unilateral.»