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lunes, 8 de febrero de 2021

La barraca.- Vicente Blasco Ibáñez (1867-1928)

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IV

 «A las once y media, terminados los oficios divinos, cuando ya no salía de la Basílica más que alguna devota retrasada, comenzó a funcionar el tribunal.
 Sentáronse los siete jueces en el viejo sofá; corrió de todos los lados de la plaza la gente huertana para aglomerarse en torno de la verja, estrujando sus cuerpos sudorosos que olían a paja y lana burda, y el alguacil se colocó, rígido y majestuoso, junto al mástil rematado por un gancho de bronce, símbolo de la acuática justicia.
 Descubriéronse las siete acequias, quedando con las manos entre las rodillas y la vista en el suelo, y el más viejo pronunció la frase de costumbre:
 -S’obri el tribunal. [Se abre el tribunal]
 Silencio absoluto. Toda la muchedumbre, guardando un recogimiento silencioso, estaba allí, en plena plaza, como en un templo. El ruido de los carruajes, el arrastre de los tranvías, todo el estrépito de la vida moderna pasaba sin rozar ni conmover aquella institución antiquísima que permanecía allí tranquila, como quien se halla en su casa, insensible al tiempo, sin fijarse en el cambio radical de cuanto le rodeaba e incapaz de reforma alguna.
 Los huertanos estaban orgullosos de su tribunal. Aquello era hacer justicia; la pena al canto y nada de papeles, que es con lo que se enreda a los hombres honrados.
 La ausencia del papel sellado y del escribano que aterra era lo que más gustaba a unas gentes acostumbradas a mirar con cierto terror supersticioso el arte de escribir, que desconocen. Allí no había secretarios, ni plumas, ni días de angustia esperando la sentencia, ni guardias terroríficos, ni nada más que palabras.
 Los jueces guardaban las declaraciones en la memoria y sentenciaban enseguida con la tranquilidad del que sabe que sus decisiones han de ser cumplidas. Al que se insolentaba con el tribunal, multa; al que se negaba a cumplir la sentencia, le quitaban el agua para siempre y se moría de hambre.
 Con aquel tribunal no jugaba nadie. Era la justicia patriarcal y sencilla del buen rey de las leyendas saliendo por las mañanas a la puerta del palacio para resolver las quejas de sus súbditos; el sistema judicial del jefe de cabila sentenciando a la e
ntrada de la tienda. Así, así es como se castiga a los pillos y triunfa el honrado y hay paz.
 Y el público, no queriendo perder palabra, hombres, mujeres y chicos, estrujábanse contra la verja, agitándose algunas veces con violentos movimientos de espaldas para librarse de la asfixia.
 Iban compareciendo los querellantes al otro lado de la verja, ante aquel sofá tan venerable como el tribunal.
 El alguacil les recogía las varas y cayados, considerándolos como armas ofensivas incompatibles con el respeto al tribunal; les empujaba hasta dejarlos plantados a pocos pasos de los jueces, con la manta doblada sobre las manos; y si andaban remisos en descubrirse, de dos repelones les arrancaba el pañuelo de la cabeza. ¡Duro! A aquella gente socarrona había que tratarla así.
 Era el desfile una continua exposición de cuestiones intrincadas, que los jueces legos resolvían con pasmosa facilidad.
 Los guardias de acequias y los “atandadores”(*) encargados de establecer el turno en el riego formulaban sus denuncias y comparecían los querellados a defenderse con razones. El viejo dejaba hablar a los hijos que sabían expresarse con más energía; la viuda comparecía acompañada de algún amigo del difunto, decidido protector que llevaba la voz por ella.
 El ardor meridional asomaba la oreja en todos los juicios.
 En mitad de la denuncia, el querellado no podía contenerse. “¡Mentira! Lo que decían era falso y malo. ¡Querían perderle!”
 Pero las siete acequias acogían estas interrupciones con furibundas miradas. Allí nadie podía hablar mientras no le llegase el turno. A la otra interrupción pagaría tantos sueldos de multa. Y había testarudo que pagaba sòus y más sòus, [sueldos] impulsado por la rabiosa vehemencia, que no le permitía callar ante el acusador.
 Los jueces, sin abandonar su asiento, juntaban las cabezas como cabras juguetonas, cuchicheaban sordamente algunos segundos, y el más viejo, con voz reposada y solemne, pronunciaba la sentencia, marcando las multas en libras y sueldos, como si la moneda no hubiese sufrido ninguna transformación y aún fuese a pasar por el centro de la plaza el majestuoso Justicia con su gramalla roja y su escolta de ballesteros de la Pluma.
 Eran más de las doce y las siete acequias comenzaban a mostrarse cansadas de tanto derramar pródigamente el caudal de su justicia, cuando el alguacil llamó a gritos a Bautista Borrull, denunciado por infracción y desobediencia en el riego.
 Atravesaron la verja Pimentó y Batiste, y la gente se apretó más contra los hierros.
 Veíanse allí muchos de los que vivían en las inmediaciones de las antiguas tierras de Barret.
 Aquel juicio era interesante. El odiado novato había sido denunciado por Pimentó, que era el “atandador” de la partida.
 El valentón, mezclándose en elecciones y galleando en toda la contornada, había conquistado este cargo, que le daba cierto aire de autoridad y consolidaba su prestigio entre los convecinos, los cuales le mimaban y convidaban en los días de riego.
 Batiste estaba asombrado por la injusta denuncia. Su palidez era de indignación. Miraba con ojos de rabia todas las caras conocidas y burlonas que se agolpaban en la verja, y a su enemigo Pimentó, que se contoneaba con altivez, como hombre acostumbrado a comparecer ante el tribunal y a quien correspondía una pequeña parte de su indiscutible autoridad.
 -Parle vosté [Hable usted]–dijo avanzando un pie la acequia más vieja, pues por secular vicio, el tribunal, en vez de usar las manos, señalaba con la blanca alpargata al que debía hablar.
 Pimentó soltó su acusación. Aquel hombre que estaba junto a él, tal vez por ser nuevo en la huerta creía que el reparto del agua era cosa de broma y que podía hacer su santísima voluntad.
 Él, Pimentó, el “atandador”, el que representaba la autoridad de la acequia en su partida, le había dado a Batiste la hora para regar su trigo: las dos de la mañana. Pero sin duda, el señor, no queriendo levantarse a tal hora, había dejado perder su turno, y a las cinco, cuando el agua era ya de otros, había alzado la compuerta sin permiso de nadie (primer delito), había robado el riego a los demás vecinos (segundo delito) e intentado regar sus campos, queriendo oponerse a viva fuerza a las órdenes del “atandador”, lo que constituía el tercer y último delito.
 El triple delincuente, volviéndose de mil colores e indignado por las palabras de Pimentó, no pudo contenerse.
 Mentira y recontramentira!
 El tribunal se indignó ante la energía y la falta de respeto con que protestaba aquel hombre.
Resultado de imagen de la barraca catedra Si no guardaba silencio se le impondría una multa. Pero ¡gran cosa eran las multas para su reconcentrada cólera de hombre pacífico! Siguió protestando contra la injusticia de los hombres, contra el tribunal, que tenía por servidores a pillos y embusteros como Pimentó.
 Alteróse el tribunal; las siete acequias se encresparon.
 Cuatre sòus de multa! [¡Cuatro sueldos de multa!]
  Batiste, dándose cuenta de su situación, calló de repente, asustado por haber incurrido en multa, mientras en el público sonaban las risas y los aullidos de alegría de sus enemigos.
 Quedó inmóvil, con la cabeza baja y los ojos empañados por lágrimas de rabia, mientras su brutal enemigo acababa de formular la denuncia.
 -Parle vosté –le dijo el tribunal.
 Pero en las miradas de los jueces se notaba poca simpatía por aquel alborotador que venía a turbar con sus protestas la solemnidad de las deliberaciones.
 Batiste, trémulo por la ira, balbuceó, no sabiendo cómo empezar su defensa, por lo mismo que la creía justísima.
 Había sido engañado; Pimentó era un embustero y además su enemigo declarado. Le había dicho que su hora de riego era a las cinco, se acordaba muy bien, y ahora afirmaba que a las dos; todo para hacerle incurrir en multa, para matar unos trigos en los que estaba la vida de su familia… ¿Valía para el tribunal la palabra de un hombre honrado? Pues esta era la verdad, aunque no podía presentar testigos. ¡Parecía imposible que los señores síndicos, todos buenas personas, se fiasen de un pillo como Pimentó!
 La blanca alpargata del presidente hirió la baldosa de la acera, conjurando el chaparrón de protestas y faltas de respeto que veía en lontananza.
 -Calle vosté. [Calle usted]
 Y Batiste calló, mientras el monstruo de las siete cabezas, replegándose en el sofá de damasco, cuchicheaba preparando la sentencia.
 -El tribunal sentènsia… [El tribunal sentencia…]-dijo la acequia más vieja, y se hizo un silencio absoluto.
 Toda la gente de la verja mostraba en sus ojos cierta ansiedad, como si ellos fuesen los sentenciados. Estaban pendientes de los labios del viejo síndico.
 -Pagará el Batiste Borrull dos lliures de pena y cuatre sòus de multa. [Pagará el Batiste Borrull dos libras de pena y cuatro sueldos de multa]
 Esparcióse un murmullo de satisfacción y hasta una vieja comenzó a palmotear gritando “¡vítor! ¡vítor!”, entre las risotadas de la gente.»

  (*) Atandador: según la RAE, encargado de fijar la tanda o turno en el riego. [N. del T.]
 
     [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Cátedra, 2006, en edición de José Mas y María Teresa Mateu, pp. 110-115. ISBN: 84-376-1606-9.]

sábado, 3 de marzo de 2018

Retahílas.- Carmen Martín Gaite (1925-2000)


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 E. Tres

«-Qué pregunta, hombre. Pues claro que lo noto. ¿Crees que iba a hablar así si tú no me escucharas como lo estás haciendo? Dicen que hablando se inventa, que hay gente a la que hablando se le calienta la boca, hablar es inventar, naturalmente que se le calienta a uno la boca, lo pide el que escucha, si sabe escuchar bien, te lo pide, quiere cuentos contados con esmero; los niños más que nadie porque son los más sanos y no confrontan luego cuento con realidad, les vale como salió, como se lo has contado y solamente así, lo dejan acuñado en aquella versión para siempre jamás. Al hablar perfilamos, claro que sí, inventamos lo que antes no existía, lo que era puro magma sin encarnar, verbo sin hacerse carne, lo que tenía mil formas posibles y al hablar se cuaja y se aglutina en una sola y única, en la que va tomando; poder hablar, Germán, es una maravilla, tan fácil, además, sacas de donde hay siempre, de lo que nunca falla, eliges sin notarlo una combinación, sin pararte a pensar ni por lo más remoto "sujeto, verbo, predicado", no se te plantea, eso se queda para cuando escribes; por costumbre que tengas de escribir, aunque sea una carta sin pretensión de estilo, es otro cantar, qué van a salir las cosas como cuando hablas, hay una tensión frente al idioma, no se puede ni comparar. Y el discurso mental, cuando piensas a solas, también es diferente porque entonces no existen propiamente palabras o están como en sordina, fantasmas agazapados en un cuarto oscuro; algunos dicen que según piensan van hablando ellos para sí, pero yo no lo creo, te digo la verdad, de las palabras que no suenan no me fío ni un pelo, a no ser esas veces que piensas en voz alta de puro acalorarte, en ese caso, bueno, cuando te figuras delante de ti a una persona ausente a quien te pide el cuerpo implorar o reñir o convencer de algo y el deseo de verla te la convoca enfrente y te suelta la lengua, pero sin ese esfuerzo de figurarte la cara de otro que te escucha, las palabras no nacen, nada las espabila ni las dibuja, puro montón inerte de reserva, y mientras la lengua se quede quieta, pegadita al paladar, ¿qué se saca en limpio?, nada. Hablar es lo único que vale la pena, tenía razón tu amigo anoche, qué prodigio, si bien se mira, y no sé por qué no se mira bien, nos consolaría de todos los males; yo te aseguro que algunas veces me quedo pasmada y pienso: "Pero, ¿cómo no nos chocará más lo fácil y lo divertido que es hablar, un juguete que siempre sirve y nunca se estropea?", claro que si nos chocara, adiós naturalidad, las palabras sentirían el estorbo enseguida, se espantarían como las mariposas cuando notan que alguien está al acecho para cogerlas; no sé, ya no podría ser, no surgirían a sus anchas así en fila como salen, sin sentir, que es que no se agotan y parece que no les cuesta trabajo, hay que darse cuenta, empiezas y ¡hala!, tiradas enteritas, retahílas de palabras, mira si no esta noche, sin tener que ir más lejos a buscar el ejemplo, fíjate el esfuerzo que supondría escribir esto mismo que ahora te voy diciendo, qué pereza ponerse y las vacilaciones y si será correcto así o mejor será de esta otra manera, si habrá repeticiones, si las comas, para sacar un folio o folio y medio hay veces que sudamos tinta china, y en cambio así, nada, basta con que un amigo te pida "cuéntame" para que salga todo de un tirón. ¿Que por dónde se empieza?, pues por donde sea, no miras si es un verbo o una exclamación lo que sale primero, ni el que te oye tampoco lo mira, pero entiende y tú lo sabes que te está entendiendo, lo notas en que se ríe, en que te mira, en que te sigue prestando atención; no necesitas estarle preguntando a cada momento que si te entiende, te basta con que esté allí y te atienda, lo que decía anoche la abuela tocándome los dedos: "¿estás ahí, verdad? No te vayas", y a ti Pablo lo mismo cuando estabais hablando en la playa, eso es lo fundamental, que no se te vaya el interlocutor, que no se te duerma, basta con eso. Ya ves lo charlatana que me he vuelto esta noche, pues la causa eres tú, me puedo pasar meses, ya ves, aunque te extrañe, sin desplegar los labios más que para tratar cuestiones prácticas, todo esto de hoy podía haberme muerto sin contárselo a nadie y -es más- sin que llegara a cobrar existencia para mí porque ni por las mientes se me estarían pasando semejantes retahílas con el orden que llevan si no estuvieras tú que me las vas guiando, y ese orden es su vida, su razón de existir; nunca lo había pensado, pero ahora lo veo clarísimo: las historias son su sucesión misma, su encenderse y surgir por un orden irrepetible, el que les va marcando el interlocutor, aunque no interrumpa, es según te mira, ahora las desvía por aquí, ahora por allá, a base de mirada, y nunca dan igual unos ojos que otros; el que oye, sí, ése es quien cataliza las historias, basta con que sepa escuchar bien, se tejen entre los dos, "dame hilo toma hilo", me ha hecho mucha gracia eso que le decías tú anoche a Pablo en la borrachera, lo has contado muy bien. Y cada mirada incuba una historia.
 A mí hoy me hacías falta tú, precisamente tú, menos mal que has venido. Sobre todo porque si no llegas a venir no me habría dado cuenta de la falta que me estabas haciendo, habría perdido la noche en dormir sin saberlo, le habría dicho a Juana: "tengo sueño, avísame si pasa algo" y punto final, habría echado el cierre, estaría tumbada en este sofá viendo paisajes sin huella, desfiladeros oscuros, habría delegado en Juana. Abdicar en ella siempre nos ha resultado cómodo, se sabe que está ahí, que no se mueve, yo creo que ni duerme, que no hace más que perdurar, esperar con los ojos bien abiertos algo que nunca llega y que ella misma no sabe lo que es, tal vez el cataclismo que hunda esta casa definitivamente y la sepulte a ella con las ruinas y sin embargo hay algo todavía que te impide decir "Juana vegeta, es un fósil, un sarmiento", y ese algo son los ojos por donde se le sale todo lo que no ha dicho de veinte años acá, los ojos la traicionan, gritan por ella, aún tienen la carga de sollozos infantiles, de luces de cohetes mientras ella bailaba, de miradas de fuego y de deseo, de aquella rebeldía que le asomaba a veces, todo eso contenido, pasado por el tiempo, ahumado, concentrado, qué mirar se le ha puesto, no es cosa de este mundo.»
 
 [El extracto pertenece a la edición en español de Ediciones Destino. ISBN: 84-233-0995-9.]