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domingo, 23 de agosto de 2020

La Triunfante.- Teresa Cremisi (1945)

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Al final de la mañana

   «Como yo no había leído nada parecido y no podía cotejar con nadie esta cuestión de interpretación, releí varios pasajes y subrayé las frases que, al parecer, me daban la razón.
 Las reglas, los códigos y los hábitos: eran un juego, como las reglas del whist, y nada más; un juego que se podía acatar sin humillación. Bastaba con esperar para exteriorizar lo que uno pensaba; esperar a "ser obispo": antes de eso, abstenerse de "réplicas victoriosas". Como método de supervivencia, se recomendaba no expresar el propio pensamiento. Pasar por el molde. Disimular.
 Daba vueltas a estas ideas, hasta el momento en que me di la razón. No era necesario hacer piruetas para complacer a gente que no me agradaba: bastaba con no exteriorizar, con ocultar todo lo que pudiera molestar, sorprender o disgustar.
 Y en los momentos de duda, había que pensar en el conde Mosca*.
 Los primeros días en clase, pues, se enmarcaron bajo el signo de la aplicación y la prudencia. Mis compañeras eran en su mayoría guapas y, sobre todo, iban muy bien vestidas. Las milanesas tiene fama de ir a la última moda, con una elegancia muy british; y eso era cierto también en un colegio de chicas de buena familia a finales de los años cincuenta. No me pareció difícil de imitar: nada de extravagancias, no más de dos colores y siempre haciendo juego entre ellos, zapatos impecables, uñas cortas y bien cuidadas. Las chicas no eran muy curiosas; se conformaron con una frase del estilo de "sí, mi padre trabajó mucho tiempo en el extranjero y yo recibí una educación francesa, era más práctico" para explicarse mi increíble retraso. Este instituto era lo mejor que me podía suceder, me sentía protegida. Estaba en período de formación. Iba a integrarme en la sociedad italiana y pronto formaría parte de un país europeo en plena expansión (era el boom económico, celebrado todos los días por la prensa y la naciente televisión). Había dejado Oriente para siempre y Occidente me abría sus brazos: no era tan desventajoso, porque Oriente ya nunca volvería a ser aquel en que habíamos nacido.
 Sin embargo, el regreso a casa después de las clases me recordaba que, para mi madre, el traslado definitivo a Occidente era algo mucho menos fácil. Habitualmente tan dinámica, al estar sola, pasaba la mayor parte del día acostada. Acostada en la cama. Y mintiéndole a su hija: "...he hecho una pequeña siesta..., leía..., tenía un poco de dolor en la espalda".
 Yo no podía entenderlo, ni siquiera había nunca la palabra depresión. Ella no estaba enferma. Solía tener un poco de frío. No hablaba mucho, no manifestaba ninguna melancolía; a duras penas sonreía cuando yo llegaba; mis relatos no provocaban en ella el menor comentario. Cada tarde, yo probaba alguna cosa para animarla a salir; ella aceptaba para darme gusto, pero volvía agotada y se precipitaba de nuevo en su cama. Hasta el día en que me di cuenta de que le agradaban las visitas al supermercado: como los tahitianos ante la llegada del capitán Cook y su tripulación engalanada, abría los ojos como platos ante las estanterías llenas de mercancías desconocidas. ¡Por fin algo le interesaba! Decidí perseverar: haríamos una visita al supermercado cada día. Descubrimos los productos de limpieza (aparte del jabón y los estropajos metálicos, no conocíamos nada). Me cautivaban la abundancia y los colores de las confecciones y los frascos, pero también la lectura atenta de las etiquetas con sus promesas de resultados prodigiosos. La sección de bricolaje despertaba en nosotros las ganas de mejorar nuestra vivienda: comparábamos los martillos, los clavos, los alicates, las tenazas. ¡Y los productos de belleza! Desdeñados en nuestra vida anterior, relucían en los expositores prometiéndonos maravillas. Mi madre devoraba con la vista la gama de pintauñas, productos para manicura, lápices de labios, cremas para las manos y pasadores de pelo.
 Me siguen gustando mucho los supermercados. Cada vez que desembarco en una ciudad desconocida, para sellar mi primer encuentro con el país al que acabo de llegar, voy a darme una vuelta por ellos, preferiblemente sola. Necesito recogimiento. Desde luego, atrás quedó la época en que los productos no se asemejaban, y los hábitos alimentarios, la riqueza y la pobreza, las obsesiones y los mitos se podían captar a primera vista. Pero, aun así, la uniformización no es absoluta, las diferencias de fondo de almacén y de presentación subsisten y siguen siendo reveladoras. Cambian los nombres o se adaptan de manera extraña. Los promotores mercantiles globalizados le añaden a veces su toque, un algo que aporta sabor "local". […]
La Triunfante - Cremisi, Teresa - 978-84-339-7964-3 - Editorial ... Mi vida había quedado partida en dos: el colegio, por una parte, donde mis dones de adaptación hacían maravillas (los tres meses de clases intensivas de la hermana Gisella le habían dado la razón: yo era recuperable, y eso reforzó su afecto por mí), y el piso familiar, por otra, donde tenía que enfrentarme a una situación desconocida.
 Me sentía más cómoda en mi nueva vida que en la antigua. Atenta y concentrada en el empeño de no disgustar, no se me había pasado por la cabeza que pudiera gustar. Y eso era lo que estaba a punto de suceder. Sentía nacer la amistad a mi alrededor, se me admitía en el grupo con sencillez e incluso cálidamente; los recreos se llenaban de conversaciones y el camino de regreso a casa se prolongaba en acompañamientos recíprocos. No perdía de vista que no era del todo yo quien gustaba, pero al fin y al cabo... era una parte de mí, apenas suavizada y pulida por los consejos del conde Mosca.
 El balanceo era brutal. Estaba a punto de cambiar de lengua de uso y eso implicaba una revolución íntima. Los neuropsiquiatras han escrito tratados sobre el tema. Cambia el modo de entenderse, decimos cosas que no habríamos dicho, pensamos de un modo algo diferente, no reaccionamos de la misma manera. La lengua de uso influye en el cuerpo y en los sueños. Otra cultura se infiltra por intersticios insospechados, tenemos accesos a canciones y bromas, entendemos las alusiones y el humor se vuelve posible. Cuando hablamos una nueva lengua todo el día, la existencia puede tomar otra dirección y el carácter modificarse.
 Años después, un amigo me recomendó La lengua absuelta de Elías Canetti: lo leí con pasión. Esa cantidad de lenguas en su infancia (peor que yo), para llegar al uso exclusivo de una de ellas, la más difícil y la última por orden de adquisición. Me pareció que sus identidades fraccionadas coexistían en la dificultad, a veces en la cólera. Explicaba muy bien qué es lo que cada lengua aportaba y los caminos de transformación que el uso de una o de otra acarreaba. En él, se parecía al arte de darse a la fuga y adquiría en ocasiones un tono quejumbroso. Ni turco, ni búlgaro, ni suizo, ni británico, ni austríaco: eligió el alemán como patria, la lengua preferida de su madre, la de sus libros.
 Fue con la aceptación, por lo general feliz, de mi nueva vida cuando comenzó la destrucción más o menos consciente de la antigua. Las dos lenguas que a partir de ahora no servían para nada y que ya nadie me hablaba, el árabe y el griego, se volatilizaron en pocas semanas (conservo en la memoria, sin haberlo pretendido deliberadamente, dos canciones infantiles, una en cada lengua, cuyas palabras ya no reconozco). Eliminé de mis conversaciones todas las referencias a Oriente.»

 *Personaje de La Cartuja de Parma, de Stendhal.

  [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Anagrama, 2016, en traducción de Jordi Terré. ISBN: 978-84-339-7964-3.]

miércoles, 1 de agosto de 2018

Víctimas de la moda. Cómo se crea, por qué la seguimos.- Guillaume Erner (1968)


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Tercera parte: ¿Por qué marca la moda?
7.-La moda para convertirse en uno mismo

«Para evocar las “buenas razones” por las que nuestros contemporáneos siguen la moda hay que poner entre paréntesis nuestros juicios de valor. Calificar a los fashionistas de seres irracionales es una manera de condenar las tendencias y a quienes las siguen. ¿Hay que estar a favor o en contra de la moda? Es difícil decidir. Por otra parte, algunos no eligen: están contra la moda, muy en contra. Ilustración caricaturesca: Madonna. En su álbum American Life, la cantante denuncia el imperio de la moda, la dictadura de la belleza y de las tendencias. Pero el mundo en el que vivimos no es en el que cantamos: después de todo, Madonna puede criticar un sistema del que ella constituye un mecanismo esencial.
 Para entender las razones que nos incitan a seguir la moda, es importante intentar comprender antes de tratar de juzgar. Desde luego, bajo ciertos aspectos, nuestra relación con los vestidos puede parecer absurda. Las colas en las rebajas, la obsesión por las tendencias, constituyen una representación gregaria y narcisista de nuestros coetáneos. A veces, estos comportamientos no son sólo extraños sino que se convierten en francamente patológicos, como en el caso del síndrome de la compra compulsiva. Sin embargo, las enfermedades de la moda nos reenvían a nuestra propia normalidad y nos muestran ostentosamente que la pasión por los trapos no puede reducirse a una pasión por los objetos.    
 
Enfermos por la moda
 Koba S. tiene una pesada responsabilidad: debe encarnar la locura consumista de sus contemporáneos. Este japonés de treinta años no tiene más que un ídolo y es una marca. Su existencia se resume en coleccionar metódicamente todos los vestidos del diseñador belga Dries Van Noten. Para estar seguro de no perderse ninguno, hace los pedidos por anticipado y se desplaza a Osaka, donde está su boutique preferida. Una imagen le muestra en su minúsculo estudio de Tokio: está estirado sobre la cama y, a su alrededor, dispuestos en corola, los artículos firmados por su creador preferido. Koba forma parte de las docenas de japoneses, fotografiados por Kyoichi Tzusuki, en la serie que consagró a las happy victims, estos individuos convertidos en adictos a una marca.
 Cada uno de los clichés de Tzusuki provoca malestar, como la frase que los acompaña: “Sois lo que compráis”. Evidentemente, al mundo de la moda le encantó. No se trataba de recuperar otra vez el pensamiento crítico: en realidad, la moral que sostiene el trabajo de Tsuzuki está ampliamente consensuada, consistiendo en denunciar a un Occidente enfermo de objetos. De todas las profecías marxistas, la única que tiene sentido hoy en día es la que evocaba el fetichismo de las mercancías. Es también la razón por la que fascina el síndrome de la compra compulsiva (SCC). Esta patología depende de esas enfermedades mentales transitorias descritas por Ian Hacking, que aparecen en “un lugar en una determinada época” antes de desaparecer o de “reaparecer de cuando en cuando”. De alguna manera, el SCC desempeña para nosotros el papel que en el siglo XIX jugó la histeria. Incluso aunque el número de casos de compradores compulsivos sea muy pequeño –al contrario que los histéricos diagnosticados en el pasado siglo-, esta enfermedad habla de la época.
 La fascinación por la víctimas del SCC es tan fuerte que cuando los medios encuentran un ejemplo apetitoso le aseguran la mejor difusión. Un ejemplo: los americanos lo saben todo del caso Elizabeth Roach, acusada de haber robado a su patrón casi 250.000 dólares para llenar su guardarropa. Si esta mujer hubiese sido una modistilla incapaz de encontrar el traje apropiado para una cita amorosa, el hecho no hubiese tenido tal vez tanto eco. Pero no: en la vida civil, esta fashion victim era un cargo superior de Andersen, con un salario anual de 150.000 dólares. La vida de Elizabeth Roach era sorprendentemente simple: cuando no trabajaba, compraba. Vestidos a menudo, zapatos más: setenta pares en una sola tarde. “Comprar” es un verbo demasiado superficial para describir el comportamiento de esta mujer: en realidad, ella se sometía a una exhortación, como si una divinidad superior le diera la orden de llenar el armario. Está claro que no buscaba “algo que ponerse”, sino que engrosaba su guardarropa. La mayoría de las víctimas de este síndrome no conocen más que algunos episodios de crisis a lo largo de toda su vida, pero para Elizabeth Roach estos episodios se sucedían con tal frecuencia que su vida cotidiana se organizaba en torno a estas sesiones de shopping. Mientras los otros vivían, ella saqueaba las tiendas en solitario. En un viaje de negocios a Londres, prefirió seguir con su sesión de shopping antes que acudir a una cita de trabajo. La tarde fue fructuosa: 30.000 dólares de gastos, 7.000 de ellos por una hebilla de cinturón. Tal vez el disfrute proporcionado por estas compras escondía en realidad una llamada de socorro, un intento de romper esta lógica infernal: en ella, la consumidora había matado a la mujer. La justicia escuchó el lamento y la atrapó al bajar del avión.
 Los compradores compulsivos simbolizan el sufrimiento de los ricos en su más pura obscenidad. Frente a ellos, la opinión oscila entre la compasión y la condenación. El debate fue lanzado en Estados Unidos en 2002 por una misteriosa Karyn. Esta treintañera a lo Bridget Jones hizo vía Internet una llamada de socorro: su banquero amenazaba con suprimirle su tarjeta de crédito si no abonaba el déficit provocado por sus sucesivas visitas a Prada y Gucci. También pedía, como si fuera una enferma y no una culpable, ¡que se le hiciesen donativos! Además, también puso a la venta en la web el centenar de vestidos inútiles, responsables de los problemas con su banquero. ¿Una broma? El site savekaryn.com dividió a la opinión y suscitó una respuesta, lógicamente bautizada dontsavekaryn.com.
 El ejemplo de Karyn, como el de otras compradoras compulsivas, atestigua la naturaleza singular de nuestras relaciones con la moda. Sólo los objetos investidos pueden suscitar comportamientos tan extremos. La experiencia de la carencia o del exceso se fija muy a menudo en identidades altamente simbólicas, como la comida o el sexo. Que nuestra relación con los vestidos sea normal o patológica encubre siempre más que una pasión banal por nuestro guardarropa.
 
Vestir nuestro ser
 La moda afecta a una cuestión esencial para nuestros contemporáneos, tal vez la más esencial de todas: la de su identidad. Por eso, interpretar este fenómeno como un signo suplementario del materialismo de Occidente es lo mismo que hacerlo incomprensible.
 Como hemos visto anteriormente, las tendencias no se aplican sólo a los objetos comerciales: el ejemplo de los nombres basta para persuadirnos. Por otro lado, nuestra época conoce, al igual que las precedentes, formas de moda hostiles a la moda, y el vigor de estas modas alternativas es proporcional a la dimensión tomada por la economía de la moda. Las estrategias que apuntan a vestirse fuera de los circuitos tradicionales se han multiplicado estos últimos años y ya no son sólo propias de los marginales. El vintage saca una parte de su atractivo de este hastío: el exceso de marcas, de novedad, de publicidad ha moldeado las estrategias de respuesta. De esta manera, una parte de la clientela se ha apartado de las marcas tradicionales en provecho de la ropa de segunda mano o de los mercadillos. Desde entonces, el juego cambia sus reglas: ya no consiste en perseguir la última novedad sino, al contrario, en vestirse con viejos modelos de tejanos o zapatillas deportivas. Rápidamente también ahí se han creado distinciones: no se trata de encontrar simplemente un viejo Levi´s, sino un 501 en particular, que estuvo brevemente en el mercado. El vintage tomó mucha importancia en la década de los noventa, acompañado en su desarrollo por movimientos que se singularizaban también por los vestidos recuperados. La trilogía tejano (o pantalón de camuflaje), camiseta, zapatillas deportivas fue igualmente promovida por los adeptos al tecno o tribus urbanas como los rollers o los skates. Evidentemente, desde su aparición, estas tentativas de evitar el sistema comercial no han ido muy lejos: las marcas han sabido explotar hábilmente estos entusiasmos.
 Sin embargo, estas tendencias especialmente populares entre los jóvenes subrayan una vez más que la moda es, ante todo, una manera de moldear su identidad. Por su apariencia, un individuo se sitúa tanto con respecto a los otros como a sí mismo. En estas condiciones, la moda es uno de los medios que utiliza para convertirse en él mismo. Este medio no tiene tal vez la misma dignidad que la religión o el militantismo, pero desempeña la misma función en cierta medida.»

[El texto pertenece a la edición en español de la Editorial Gustavo Gili, 2005, en traducción de Inmaculada Urrea y Marta Camps. ISBN: 84-252-2066-1.]

sábado, 9 de septiembre de 2017

"Modernidad líquida".- Zygmunt Bauman (1925-2017)



  
3.-Espacio/Tiempo
 Lugares émicos, lugares fágicos, no-lugares, espacios vacíos 

«Lo que ocurre dentro del templo del consumo tiene poca o ninguna influencia sobre el ritmo y el tenor de la vida cotidiana que se desarrolla "del otro lado de la puerta". Estar en el shopping es "estar en otra parte". La excursión al lugar de consumo difiere del carnaval de Mijaíl Bajtín, que también incluía la experiencia de "ser transportado": las excursiones de compras son primordialmente traslados en el espacio y sólo secundariamente viajes en el tiempo.
 El carnaval era la misma ciudad transformada; más exactamente, un intervalo de tiempo durante el cual la ciudad se transformaba y volvía después a su rutina cotidiana. Durante un lapso estrictamente definido, que se repetía cíclicamente, el carnaval revelaba "la otra cara" de la realidad cotidiana, una cara que estaba siempre presente pero que normalmente era invisible e intocable. El recuerdo del acontecimiento y la anticipación de otros acontecimientos futuros no permitían que desapareciera la conciencia de esa "otra cara".
 Una excursión al templo del consumo es algo muy diferente. Su realización implica la sensación de ser transportado a otro mundo y no, como en el caso del carnaval, la sensación de estar presenciando una transustanciación maravillosa del mundo conocido. El templo de consumo (a diferencia del "almacén de la esquina" de antaño) puede estar en la ciudad (si es que no se lo construye, simbólicamente, fuera de los límites de la ciudad, al costado de una autopista), pero no forma parte de ella; no es el mundo habitual temporariamente transmutado, sino un mundo "completamente otro". Lo que lo convierte en "otro" no es la inversión, el rechazo ni la suspensión de las reglas que gobiernan la cotidianidad, como en el caso del carnaval, sino el despliegue de un modo de ser que la cotidianidad excluye o que trata vanamente de lograr -y que casi nadie puede experimentar en los lugares de residencia habitual-.
 La metáfora del "templo" elegida por Ritzer es muy adecuada: los espacios de compras/consumo son por cierto templos para los peregrinos -definitivamente no están destinados a albergar las misas negras oficiadas anualmente por los celebrantes del carnaval en sus parroquias locales-. El carnaval demostraba que la realidad no era tan dura como parecía y que la ciudad podía transformarse; los templos del consumo no revelan nada sobre la naturaleza de la realidad cotidiana, salvo su opaca tenacidad e impenetrabilidad. El templo del consumo, al igual que el "barco" de Michel Foucault, es "un pedazo de espacio flotante, un lugar sin lugar, que existe por sí mismo, que está cerrado sobre sí mismo y entregado al mismo tiempo a la infinitud del mar"; puede lograr "entregarse a la infinitud" gracias a que navega alejándose del puerto de origen y se mantiene distanciado de él.
 Ese "lugar sin lugar", cerrado en sí mismo, es también -a diferencia de todos los lugares ocupados o recorridos a diario- un lugar purificado. No porque esté libre de toda la variedad y diferencia que impregna constantemente a los otros lugares, los contamina y ensucia y pone fuera del alcance de los que los habitan toda limpieza y transparencia; por el contrario, los lugares de compra/consumo deben gran parte de su magnético poder de atracción a su colorida y caleidoscópica variedad de sensaciones sensoriales. Pero las diferencias de adentro -y esto las opone a las que existen afuera- están tamizadas, sanitarizadas, con la garantía de no poseer ingredientes peligrosos... y, por lo tanto, no resultan amenazantes. Pueden disfrutarse sin temor: una vez que la aventura ha sido despojada de riesgos, lo que queda es una diversión pura e incontaminada. Los lugares de compras/consumo ofrecen lo que ninguna "realidad real" puede ofrecer afuera: un equilibrio casi perfecto entre libertad y seguridad.
 Dentro de estos templos los compradores/consumidores pueden encontrar lo que vanamente han buscado afuera: el consuelo de pertenecer -la confirmadora impresión de formar parte de una comunidad-. Tal como señala Sennett, la ausencia de diferencia, el sentimiento de "todos somos iguales" y la sensación de "no hay necesidad de negociar nada, ya que todos compartimos la misma opinión" son los significados más profundos de la "comunidad" y la causa última de su atractivo que, según se sabe, aumenta proporcionalmente a la pluralidad y la multivocalidad del entorno de vida. Podemos decir que esa "comunidad" es el atajo hacia la reunión, una clase de reunión que rara vez se produce en la "vida real": una reunión de semejantes, de "nosotros, que somos de la misma clase", una reunión que es, de este modo, no problemática, que no requiere ningún esfuerzo de vigilancia, verdaderamente preordenada; una clase de reunión que no es una tarea sino que está "dada", y está dada antes de emprender cualquier esfuerzo destinado a darle vida. [...]
 La trampa, no obstante, es que "el sentimiento de identidad común [...] es una falsificación de la experiencia". De este modo, los que han ideado y supervisan los templos del consumo son, de hecho, maestros del engaño y artistas embaucadores. En sus manos, la impresión se convierte en absoluto: no es necesario plantear más preguntas; si se las formulara, quedarían sin respuesta.
 Dentro del templo, la imagen se convierte en realidad. Las multitudes que colman los corredores del shopping se aproximan tanto como es posible a la "comunidad" ideal imaginada que no conoce la diferencia (más exactamente, no conoce ninguna diferencia importante que requiera confrontación, enfrentamiento con la otredad del otro, negociación, esclarecimiento y acuerdo sobre el modus vivendi). Por tal razón, esa comunidad no exige ninguna negociación, ningún trato, ningún esfuerzo por entender, solidarizarse ni conceder. Todos los que se encuentran allí pueden suponer, con cierta seguridad, que todos los demás con los que se encuentran o se cruzan han ido allí con el mismo propósito, seducidos por los mismos atractivos (reconociéndolos, por lo tanto, como atractivos), movidos y guiados por los mismos motivos. "Estar adentro" crea una verdadera comunidad de creyentes, unificados por los fines y también por los medios, por los valores que respetan y por la lógica de la conducta que adoptan. En suma, el viaje a los "espacios de consumo" es un viaje hacia una anhelada comunidad que, al igual que la experiencia de comprar, está permanentemente "en otra parte". Durante los minutos u horas que pueda durar esa experiencia, es posible reunirse con "otras personas como uno", correligionarios, feligreses de la misma iglesia; con otros cuya otredad, al menos en ese lugar, aquí y ahora, puede dejarse de lado, sin tenerla en cuenta. En todos los aspectos, ese lugar es puro, tan puro como las sedes de culto religioso y como la comunidad imaginada (o postulada).»