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domingo, 22 de diciembre de 2024

Matemáticas e imaginación.- Edward Kasner (1878-1955) y James Newman (1907-1966)


Pie (𝝿, 𝒊, 𝒆). Trascendente e imaginario

 «Un universo donde faltaran 𝝿 y 𝒆, como lo ha dicho algún espíritu antropomórfico, no sería inconcebible. Difícilmente uno podría imaginarse que el sol dejara de salir o que las mareas cesaran de producirse por falta de 𝝿 y 𝒆. Pero sin estos artificios matemáticos, lo que sabemos del sol y las mareas, a pesar de nuestra habilidad para describir todos los fenómenos naturales, físicos, biológicos, químicos o estadísticos, estaría reducida a dimensiones primitivas.

𝒊

 Alicia estaba censurando a Humpty Dumpty por las prerrogativas que tomaba con respecto a las palabras: "Cuando yo uso una palabra", replicó Humpty con un tono despreciativo, "ella significa precisamente aquello que yo quise decir, ni más ni menos". "La cuestión es", dijo Alicia, "si usted puede hacer que una palabra signifique tantas cosas diferentes". "La cuestión es", dijo Humpty, "conocer a fondo el asunto, eso es todo".
 Aquellos que están preocupados (y son muchos) , por la palabra "imaginario", tal como se la usa en matemáticas, deberían prestar atención a las palabras de Humpty Dumpty. Por supuesto que, a lo sumo, esto es cosa de poca importancia. Repetidas veces en las matemáticas, a palabras muy diferentes se les atribuyen significados técnicos. Pero, como lo ha dicho tan perspicazmente Whitehead, esto sólo es confuso para inteligencias inferiores. Cuando una palabra está definida con precisión y significa solamente una cosa, no hay más razón para criticar su uso que para criticar el uso de un nombre propio. Nuestros nombres de pila pueden no agradarnos, o no podrán satisfacer a nuestros amigos, pero ocasionan pocas equivocaciones. La confusión surge únicamente cuando la misma palabra tiene varias acepciones y constituye lo que Humpty Dumpty llama una "maleta de viaje".
 La semántica, una ciencia que hoy día está de moda, se dedica al estudio del uso adecuado de las palabras. Sin embargo, hay mucha mayor necesidad de la semántica en otras ramas de la ciencia que en las matemáticas. En efecto, la mayor parte de los males que aquejan hoy al mundo, provienen del hecho de que algunas de sus más volubles alabanzas son, por cierto, antisemánticas.
 Un número imaginario representa una idea matemática precisa. Se impuso por la fuerza en el álgebra de la misma manera que lo hicieron los números negativos. Llegaremos a entender más claramente cómo entraron en uso los números imaginarios si consideramos el desarrollo de sus progenitores, los números negativos.
 Los números negativos aparecieron como raíces de ecuaciones tan pronto hubo ecuaciones o, mejor dicho, tan pronto como los matemáticos se ocuparon del álgebra. Toda ecuación de la forma: ax + b = 0, en la que a y b son mayores que cero, tiene una raíz negativa.
 Los griegos, para quienes la geometría era un regocijo y el álgebra un mal necesario, descartaron los números negativos. Incapaces de adaptarlos a su geometría, imposibilitados para representarlos gráficamente, los griegos no consideraron, en modo alguno, a los números negativos. Pero el álgebra los necesitaba para desarrollarse. Más sabios que los griegos, más eruditos que Omar Khayyám, los chinos y los hindúes reconocieron los números negativos antes de la era cristiana, no como aprendidos en la geometría, pues no tenían escrúpulos de conciencia con respecto a los números que no podían dibujar en un gráfico. Hay una repetición de esa indiferencia en desear representaciones concretas para ideas abstractas en las teorías contemporáneas de la física matemática (relatividad, mecánica de los cuantos, etc.), las que, si bien son comprensibles como símbolos en el papel, desafían diagramas, cuadros o metáforas adecuadas para explicarlas en términos de la experiencia común.
 Cardano, eminente matemático del siglo XVI, jugador y bribón de vez en cuando y a quien el álgebra le debe muchísimo, fue el primero que reconoció la verdadera importancia de las raíces negativas. Pero su conciencia científica lo reprendió hasta tal punto que las llamó "ficticias". Rafael Bombelli, de Bolonia, prosiguió la obra de Cardano donde éste la había dejado. Este último había hablado de las raíces cuadradas de números negativos, pero no llegó a comprender el concepto de imaginarios. En una obra publicada en 1572, Bombelli señaló que las cantidades imaginarias eran indispensables para la solución de muchas ecuaciones algebraicas de la forma x²  + a = 0, donde a es cualquier número mayor que cero y que no puede ser resuelta sino con el auxilio de imaginarios. Tratando de resolver una ecuación sencilla como x² + 1 = 0 hay dos alternativas. O la ecuación no tiene sentido, lo cual es absurdo, o x es la raíz cuadrada de -1, que también es absurdo. Pero las matemáticas tienen buen éxito con los absurdos y Bombelli salió del paso aceptando la segunda alternativa.»

  [El texto pertenece a la edición en español de Ediciones Orbis, 1987, en traducción de José Celdeiro Ricoy, pp. 99-102. ISBN: 84-85471-55-5.]

miércoles, 18 de noviembre de 2020

El ser y la nada.- Jean-Paul Sartre (1905-1980)

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Primera parte: El problema de nada
Capítulo II: La mala fe
I.-Mala fe y mentira

  «El ser humano no es solamente el ser por el cual se develan negatidades en el mundo; es también aquel que puede tomar actitudes negativas respecto de sí. En nuestra introducción, definimos la conciencia como "un ser para el cual en su ser está en cuestión su ser en tanto que este ser implica un ser diferente de él mismo". Pero, después de la elucidación de la conducta interrogativa, sabemos ahora que esa fórmula puede escribirse también: "La conciencia es un ser que incluye ser conciencia de la nada de su ser". En la prohibición o el veto, por ejemplo, el ser humano niega una trascendencia futura. Pero esta negación no es verificativa. Mi conciencia no se limita a encarar una negatidad; se constituye ella misma, en su carne, como nihilización de una posibilidad que otra realidad humana proyecta como su posibilidad. Para lo cual, ella debe surgir en el mundo como un No y, en efecto, como un No capta primeramente el esclavo a su amo o el prisionero que intenta evadirse al centinela que lo vigila. Hasta hay hombres (guardianes, vigilantes, carceleros, etc.) cuya realidad social es únicamente la del No, que vivirán y morirán sin haber sido jamás otra cosa que un No sobre la tierra. Otros, por llevar el No en su subjetividad misma, se constituyen igualmente, en tanto que persona humana, en negación perpetua: el sentido y la función de lo que Scheler llama "el hombre del resentimiento" es el No. Pero existen conductas más sutiles, cuya descripción nos introduciría más hondo en la intimidad de la conciencia: la ironía está entre ellas. En la ironía, el hombre aniquila, en la unidad de un mismo acto, aquello mismo que pone; hace creer para no ser creído, afirma para negar y niega para afirmar; crea un objeto positivo, pero que no tiene más ser que su nada. Así, las actitudes de negación respecto de sí permiten formular una nueva pregunta: ¿qué ha de ser el hombre en su ser, para que le sea posible negarse? Pero no se trata de tomar en su universalidad la actitud de "negación de sí". Las conductas que pueden incluirse en este rótulo son demasiado diversas y correríamos el riesgo de no retener de ellas sino la forma abstracta. Conviene escoger y examinar una actitud determinada que, a la vez, sea esencial a la realidad humana y tal que la conciencia, en lugar de dirigir su negación hacia fuera, la vuelva hacia sí misma. Esta actitud nos ha parecido que debía ser la mala fe.
 A menudo se la asimila a la mentira. Se dice indiferentemente a una persona que da pruebas de mala fe o que se miente a sí misma. Aceptaremos que la mala fe sea mentirse a sí mismo, a condición de distinguir inmediatamente el mentirse a sí mismo de la mentira a secas. Se admitirá que la mentira es una actitud negativa. Pero esta negación no recae sobre la conciencia misma, no apunta sino a lo trascendente. La esencia de la mentira implica, en efecto, que el mentiroso esté completamente al corriente de la verdad que oculta. No se miente sobre lo que se ignora; no se miente cuando se difunde un error de que uno mismo es víctima; no miente el que se equivoca. El ideal del mentiroso sería, pues, una conciencia cínica, que afirmara en sí la verdad negándola en sus palabras y negando para sí mismo esta negación. Pero esta doble actitud negativa recae sobre algo trascendente: el hecho enunciado es trascendente, ya que no existe, y la primera negación recae sobre una verdad, es decir, sobre un tipo particular de trascendencia. En cuanto a la negación íntima que opero correlativamente a la afirmación para mí de la verdad, recae sobre palabras, es decir, sobre un acaecimiento del mundo. Además, la disposición íntima del mentiroso es positiva, podría ser objeto de un juicio afirmativo: el mentiroso tiene la intención de engañar y no trata de disimularse esta intención ni de enmascarar la translucidez de la conciencia; al contrario, a ella se refiere cuando se trata de decidir conductas secundarias; ella ejerce explícitamente un control regulador sobre todas las actitudes. En cuanto a la intención fingida de decir la verdad ("No quisiera engañarle a usted, es verdad, lo juro", etc.), sin duda es objeto de una negación íntima, pero tampoco es reconocida por el mentiroso como su intención. Es fingida, aparentada, es la intención del personaje que él representa a los ojos de su interlocutor; pero ese personaje, precisamente porque no es, es un trascendente. Así, la mentira nos pone en juego la intraestructura de la conciencia presente; todas las negaciones que la constituyen recaen sobre objetos que, por ese hecho, son expulsados de la conciencia; no requiere, pues, fundamento ontológico especial, y las explicaciones que requiere la existencia de la negación en general son válidas tal cual en el caso del engaño a otro. Sin duda, hemos definido la mentira ideal; sin duda, ocurre harto a menudo que el mentiroso sea más o menos víctima de su mentira, que se persuada de ella a medias: pero esas formas corrientes y vulgares de la mentira son también aspectos bastardeados de ella, representan situaciones intermedias entre la mentira y la mala fe. La mentira es una conducta de trascendencia.
Resultado de imagen de jean paul sartre el ser y la nada  Porque la mentira es un fenómeno normal de lo que Heidegger llama el mit-sein. Supone mi existencia, la existencia del otro, mi existencia para el otro y la existencia del otro para mí. Así, no hay dificultad alguna en concebir que el mentiroso deba hacer con toda lucidez el proyecto de la mentira y que deba poseer una entera comprensión de la mentira y de la verdad que la altera. Basta que una opacidad de principio enmascare sus intenciones al otro, basta que el otro pueda tomar la mentira por verdad. Por la mentira, la conciencia afirma que existe por naturaleza como oculta al prójimo; utiliza en provecho propio la dualidad ontológica del yo y del yo del prójimo.
 No puede ser lo mismo en el caso de la mala fe, si ésta, como hemos dicho, es en efecto mentirse a sí mismo. Por cierto, para quien practica la mala fe, se trata de enmascarar una verdad desagradable o de presentar como verdad un error agradable. La mala fe tiene, pues, en apariencia, la estructura de la mentira. Sólo que -y esto lo cambia todo- en la mala fe yo mismo me enmascaro la verdad. Así, la dualidad del engañador y del engañado no existe en este caso. La mala fe implica por esencia a la unidad de una conciencia. Esto no significa que no pueda estar condicionada por el mit-sein, como, por lo demás, todos los fenómenos de la realidad humana; pero el mit-sein no puede sino solicitar la mala fe presentándose como una situación que la mala de permite trascender; la mala fe no viene de afuera a la realidad humana. Uno no padece su mala fe, no está uno infectado por ella: no es un estado, sino que la conciencia se afecta a sí misma de mala fe. Son necesarios una intención primera y un proyecto de mala fe; este proyecto implica una comprensión de la mala fe como tal y una captación prerreflexiva (de) la conciencia como realizándose de mala fe.»
 
   [El texto pertenece a la edición en español de Ediciones Altaya, 1993, en traducción de Juan Valmar, pp. 81-83. ISBN: 84-487-0122-4.]
 

viernes, 17 de julio de 2020

El misterio del solitario.- Jostein Gaarder (1952)

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Tréboles
Reina de tréboles

   «Mi viejo llamó al camarero para pedir la nota. Yo dije:
 -¿Crees en Dios, viejo?
 Se sobresaltó.
 -¿No te parece un poco temprano? -preguntó. […]
 -Si realmente existe un dios -proseguí-, ese dios es muy hábil jugando al escondite con sus criaturas.
 Mi viejo soltó una carcajada, pero comprendí que estaba totalmente de acuerdo.
 -Quizá se asustara al ver lo que había creado -dijo-. Y luego se marchara dejándolo todo. ¿Sabes?, no es fácil saber quién se asustó más, si Adán o el Maestro. Yo creo que un acto de creación de esa clase asusta igual a ambas partes. Pero admito que al menos podría haber firmado su obra maestra antes de desaparecer.
 -¿Firmar?
 -Por lo menos, podría haber grabado su nombre en una roca o algo por el estilo.
 -¿De modo que tú no crees en Dios?
 -No he dicho eso. Acabo de decir que Dios está en el cielo riéndose de nosotros porque no creemos en él.
 ¿"Acabo de"?, pero si lo dijo en Hamburgo...
 Continuó:
 -Pero aunque no haya dejado ninguna tarjeta de visita, ha dejado el mundo. Creo que con eso basta.
 Se quedó pensando un rato. Luego añadió:
 -Érase una vez un astronauta y un neurocirujano rusos que discutían sobre religión. El neurocirujano era creyente y el astronauta no. "He estado muchas veces en el espacio", presumió el astronauta, "pero jamás he visto ángeles". El neurocirujano se quedó boquiabierto y luego dijo: "Yo he operado bastantes cerebros inteligentes, pero jamás he visto un pensamiento".
 Ahora fui yo el que se quedó boquiabierto.
 -¿Te acabas de inventar eso? -pregunté.
 Negó con la cabeza:
 -Era uno de los chistes malos del profesor de filosofía de Arendal.
 Lo único que había hecho mi viejo para conseguir un certificado de filósofo, fue el "examen philosophicum" en la universidad popular de Arendal. Él ya había leído muchos libros sobre filosofía, pero el año anterior había recibido clases de Historia de la Filosofía, en Arendal.
 A mi viejo no le bastó con escuchar al profesor en la clase, está claro. También se lo trajo a casa. "¡No iba a dejarle solo en el hotel!" Así que yo también lo conocí, hablaba por los codos, y estaba casi tan obsesionado como mi padre por las cuestiones trascendentales.
 Mi viejo se quedó mirando el castillo. Dijo:
 -Dios ha muerto, Hans Thomas. Y nosotros hemos sido sus asesinos.
 Esa afirmación me pareció tan incomprensible y escandalosa que no me digné contestar.
 Cuando dejamos atrás el golfo de Corinto y comenzamos a subir la montaña camino de Delfos, atravesamos extensos olivares. Nos habría dado tiempo a llegar a Atenas ese mismo día, pero mi viejo opinaba que no se podía pasar por Delfos sin hacer una visita al viejo santuario. […]
 Conforme nos íbamos acercando a la zona de excavaciones, mi viejo hablaba cada vez más:
 -Hasta aquí vino la gente durante toda la Antigüedad para pedir consejo al oráculo de Apolo. Preguntaban de todo: con quién se casarían, a qué parte del mundo viajarían, cuándo deberían entrar en guerra con otros estados y por qué calendarios deberían guiarse.
 -Pero, ¿en qué consistía el oráculo? -pregunté.
 Mi viejo me contó que el dios Zeus había enviado dos águilas que debían atravesar la Tierra volando cada una desde un extremo. Se encontraron precisamente encima de Delfos, por lo que los griegos pensaron que era el centro del mundo. Luego llegó Apolo y, antes de poder establecerse en Delfos, tuvo que matar al peligroso dragón Pitón. Por ello su sacerdotisa se llamó Pitia. Ya muerto el dragón, se convirtió en una serpiente, que siempre acompañaría a Apolo.
EL MISTERIO DEL SOLITARIO - GAARDER JOSTEIN - Sinopsis del libro ... No entendí gran cosa de lo que me contó, pues aún no me había explicado lo que era un oráculo. Nos estábamos acercando a la entrada del recinto de los templos. Estaba situado en una garganta, al pie del monte del Parnaso. En ese monte vivían las Musas, que concedían a los seres humanos sus habilidades artísticas.
 Antes de entrar, mi viejo dijo que teníamos que beber de una fuente sagrada que estaba a poca distancia de la entrada y en la que todos los visitantes tenían que lavarse antes de entrar en el lugar sagrado. Añadió que, bebiendo de esa fuente, aumentaban la sabiduría y las habilidades artísticas.
 Ya dentro del recinto de los templos, mi viejo compró un mapa donde podía verse cómo era ese lugar hace más de dos mil años. Ese mapa me resultó muy útil, porque lo único que quedaba en Delfos eran unas destartaladas ruinas.
 Primero pasamos por los restos de las cámaras de los tesoros de las viejas ciudades Estado. Para pedir consejo al oráculo de Delfos, había que llevar regalos a Apolo. Esos regalos fueron conservados en edificios especiales que los diferentes Estados tuvieron que construir.
 Cuando llegamos al gran templo de Apolo, mi viejo me explicó por fin lo que era el oráculo.
 -Lo que ves aquí son los restos del gran templo de Apolo -empezó-. Dentro del templo había una piedra tallada que llamaban "ombligo" porque los griegos creían que este templo era el centro del mundo. Pensaban, además, que Apolo vivía dentro del templo, al menos durante ciertas épocas del año. Y a él era al que se pedía consejo. Hablaba por medio de la sacerdotisa Pitia, que se sentaba en una silla de tres patas colocada sobre una grieta de la tierra. De esa grieta, emanaban unos gases alucinógenos, necesarios para que Apolo pudiera manifestarse a través de Pitia. Al llegar a Delfos, había que entregar la pregunta a los sacerdotes, que a su vez la transmitían a Pitia. Lo que ella contestaba era tan confuso y ambiguo que los sacerdotes tenían que interpretar la respuesta a los que habían hecho la pregunta. De esa manera, los griegos podían sacar provecho de la sabiduría de Apolo, porque Apolo sabía todo del pasado y del futuro.
 -¿Qué pregunta vamos a hacerle?
 -Vamos a preguntarle si encontraremos a Anita en Atenas -dijo mi viejo-. Tú serás el sacerdote que ofrece la pregunta y yo seré Pitia, y transmitiré la contestación del dios.
Dicho esto, se sentó delante de las ruinas del famoso templo de Apolo y empezó a sacudir la cabeza y los brazos como si estuviera loco. Unos turistas franceses y alemanes retrocedieron asustados, pero yo pregunté muy serio:
 -¿Vamos a encontrar a Anita en Atenas?
 Al parecer, mi viejo estaba esperando a que obrasen en él los poderes de Apolo.»

  [El texto pertenece a la edición en español de Ediciones Siruela, 2008, en traducción de Kirsti Baggethun y Asunción Lorenzo. ISBN: 978-84-7844-516-5.]

viernes, 5 de octubre de 2018

La guarida.- Norman Manea (1936)


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Cuarta parte

«Hablé largo y tendido con Augustin Gora, en las semanas y meses que siguieron, sobre la vejez.
 El tema no le parecía sombrío, ni tras la confirmación, en circunstancias no elucidadas, del fallecimiento de nuestro amigo más joven, Peter Gaspar. No replicó ni cuando le confesé la sospecha de que redactaría ahora, tras aquella reciente y tardía noticia, su propio Obituario, no se sabe cuán fiel a la biografía. Habría sido presuntuoso por mi parte suponer -añadí- que, como consecuencia de nuestras conversaciones cada vez más frecuentes tras la desaparición de Peter, me hubiera convertido yo mismo en el protagonista de un texto similar. No contestó, retomó el tema de la vejez.
 -Hasta el shock de la angioplastia, no noté la edad. Al no tener hijos, ignoraba la velocidad del calendario. Mi cuarenta y mi cincuenta cumpleaños los registré y los eché en el olvido. El encuentro con los médicos, con sus aparatos y sus salas de hospital me despertó. Luego vino un año duro, muy duro. La Ninfómana, como la llamaba el difunto, seguía poniéndome a prueba: vivía en un continuo estado de tensión. Entonces sentí la enfermedad como una advertencia. Porque esto es la vejez, ¿no? La conciencia cada vez más aguda de la fragilidad, la iniciación en el desgaste, la iniciación en el final, el tiempo alertado, presuroso, empujándonos, día y noche, más cerca de la lejanía que nos aterra. Como si la vida no fuera también así. Cada nueva mañana es un umbral hacia lo desconocido que puede ser cualquier cosa: también, el final, pues.
 No le faltaba razón: la enfermedad te prepara para la extinción. Sin semejantes preliminares, uno piensa que puede prolongar cuanto quiera el equívoco.
 -¿Melancolía y vacío? Uno mira al horizonte en el que se desintegra como si no hubiera existido, pero la rutina es más fuerte. Lo devuelve a uno a la inmediatez. Los instintos siguen vivos. Uno ingresa de nuevo en el caos que consume el tiempo imperceptible e implacablemente.
 -Sólo en el momento en que se dicta con claridad el veredicto, cambia la percepción. Te comunican el final del trayecto. La caducidad. Como ocurre con cualquier producto. La fecha de caducidad: veintitrés años, treinta y cuatro años, sesenta y un años, tres meses, dos semanas y cinco días. El tumor es incurable: le quedan seis meses de vida. El último aplazamiento. Los médicos de hoy en día no tienen la libertad de mentirte en relación con el plazo.
 -Sí, cada día se convierte en un don, hasta entonces ignorado. Uno está pendiente de cada instante, de cada hoja, de cada brisa, de cada página, te gustaría sorberlo todo y conservarlo todo en ti hasta el final. ¿Tenías miedo? ¿Tienes miedo también ahora? ¿Del vacío? ¿De la nada en que te conviertes?
 -Entonces, sí. La sorpresa me cogió desprevenido, me revolvió las vísceras. Ahora, menos. Menos. Estoy tranquilo.
 -¿La maldad ayuda al final? ¿La furia, las decepciones, el cansancio, la repulsión por todo, incluso por la asquerosa muerte?
 -Puede ser. Pero la furia es vital, no es aceptación.
 -¿Y la bondad? Serenidad y gratitud. Resignación, sumisión al destino.
 -¿Como una iluminación? ¿Candor? ¿Abandono? ¿Cómo la fe?
 -La fe promete una esperanza. Imposible de comprobar. Puede que un día se llegue al estadio en que se pueda comprobar la promesa.
 -Palade no era creyente, pero creía en la transmigración de las almas. En reencarnaciones sucesivas.
 -No era el único. Él afirmaba que recibía signos codificados. Quienes no los reciben no pueden llevarle la contraria.
 Pedí a Gora que me describiera lo que veía por la ventana. Primero me dijo la hora: cuatro y ocho minutos de la tarde.
 -No podemos ignorar la hora. Hablamos de la vejez, de la muerte, o sea, del tiempo. El tiempo de la caducidad. -Tras una pausa, añadió-: Julio, 19 de julio.
 Esperaba que me dijera el año, pero no lo hizo. ¿Qué aspecto tenía en su ventana, el día del 19 de julio, cuando tanta gente muere y nace, como en cualquier otro día?
 Me describió el jardín, luego el valle reverdecido, verde vital, vigoroso y más allá, el bosque alto y verde. En el jardín de delante de la ventana, una familia de pavos salvajes. La madre y sus nueve crías, el padre ausente, en la biblioteca. Ardillas. Dos corzas jóvenes, indecisas. Un gato perezoso y gordo.
 -¡Paraíso! ¿El paraíso, no?
 -Sí, pero no me aburro. Tengo los libros en la estantería y las palabras dentro de mí.
 -Desaparecerán.
 -¿Que ya no estarán mis libros? ¿Qué ya no estaré entre ellos, quieres decir?
 -¿Envidias a la gente que se queda? ¿Te afecta separarte de ella?
 -¿Envidia? Los que se quedan no son inmortales. Se quedan provisionalmente. Cuando desaparezcan, también ellos serán recordados durante un tiempo. Por los familiares y los amigos, en libros y fotografías. Hasta que se borre la última huella. No importa cuándo. Sí, lo cierto es que te entra el mareo, como un vahído, cuando piensas en tus seres queridos. Aunque no los hayas visto desde hace tiempo. Sabes que están aquí, todavía aquí, en alguna parte. Nuestro cansado planeta también desaparecerá, ¿verdad? Terrible, ¿no?
 -¿Te gustaría volver a encontrarte con alguien en el más allá?
 -Pues sí. Con mis padres. De vez en cuando. Y con otros seres..., también así, de vez en cuando. Si los llevamos en nuestra memoria, es suficiente y es más seguro. Sin cambios deprimentes.
 Le pregunté cómo veía el instante final. ¿Extendiéndose hasta el infinito o breve, breve como un espasmo? [...]
 -No sé, no he pensado en el instante, es un pensamiento insoportable -me contestó, sin mucha convicción, Gora.
 De hecho, no hablábamos de la vejez, sino de la vida. La vejez era vida ralentizada, pero vida. Ahora frágil, disminuida, pero vida. La muerte no existe sin vida.
 -¿La muerte de la materia? De lo perecedero, lo orgánico. ¿Y con la trascendencia qué hacemos? Las oraciones, los libros, los manuscritos, las partituras los dibujos que intentan desafiar la materia, incluso cuando la representa. ¿Vanidades?
 -Intensidad. No es más vana que otras vanidades. Nuestra intensidad privilegiada. Nuestro don y nuestra donación.
 -¿Al igual que el amor?
 La pregunta lo había puesto fuera de sí, me di cuenta, oí el nervioso crujido de papeles y las gafas golpeando la mesa.»
 
   [El texto pertenece a la edición en español de Tusquets Editores, 2012, en traducción de Rafael Pisot y Cristina Sava. ISBN: 978-84-8383-389-6.]