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domingo, 19 de febrero de 2023

Anábasis de Alejandro Magno.- Lucio Flavio Arriano (h. 86 - 175)

Flavio Arriano - Wikipedia, la enciclopedia libre
Libro II

El nudo gordiano

   «Una vez Alejandro en Gordio, se apoderó de él un vivo deseo de subir a la ciudadela, donde se encontraba el palacio de Gordio y de su hijo Midas, para ver su carro y el nudo del yugo de su carro. Existía una leyenda muy difundida entre los habitantes de la región a propósito de aquel carro. Decían, en efecto, que Gordio fue un antiguo pobre frigio que sólo poseía un puñado de tierra que trabajar y dos yuntas de bueyes; una le servía para arar, y con la otra Gordio llevaba el carro. Encontrándose cierto día arando, un águila se posó sobre el yugo y permaneció posada en él hasta que fue la hora de desuncir los bueyes; Gordio, maravillado ante lo que veía, se puso en marcha a dar conocimiento del prodigio a los adivinos telmiseos, ya que estos telmiseos eran sabios en la interpretación de prodigios, don éste que habían heredado (y que también poseían sus mujeres y niños) de sus mayores. Al acercarse a un poblado telmiseo, se encontró con una joven que estaba sacando agua, y le contó lo que le había sucedido con el águila. Ella (que también era de familia adivina) le ordenó que regresara a aquel sitio e hiciera un sacrificio a Zeus Rey. Pidióle él que le acompañara y le explicara el sacrificio, y Gordio lo celebró tal como ella le había indicado. De sus relaciones con la muchacha les nació un hijo al que llamaron Midas. Llegado a la edad adulta, fue Midas un hombre noble y de buen porte; pues bien, sufrían por aquel entonces los frigios una guerra civil y les había vaticinado el oráculo que un carro les traería un rey que pondría fin a su guerra fratricida. Cuando aún estaban éstos deliberando sobre ello, apareció Midas acompañado de su padre y de su madre, e hizo detener su carro en plena asamblea. Los frigios, interpretando el oráculo, reconocieron en él a aquel hombre que, según el dios, vendría en el carro. A continuación le hicieron su rey, y fue así como Midas puso fin a la guerra civil. En agradecimiento a Zeus Rey por haberle enviado el águila, depositó el carro de su padre como ofrenda en la acrópolis de la ciudad.
 A más de ésta, corría otra leyenda sobre este carro: estaba vaticinado que quien fuera capaz de soltar el nudo del yugo del carro gobernaría en toda el Asia. El nudo era de hilachas de cornejo, y parecía no tener principio ni fin. Alejandro, en vista de lo difícil que resultaba encontrar un modo de desatarlo y como, de otra parte, no podía consentir que quedara atado, no fuera a ser que ello influyera en el ánimo de sus hombres, cercenó —según dicen— el nudo con un golpe de su espada y exclamó: ¡Ya está desatado!
 Aristobulo, sin embargo, cuenta que Alejandro, desenganchando la clavija de la lanza del carro (se trataba de una estaquilla que atraviesa de parte a parte la lanza), sujetó simultáneamente el nudo hasta liberar el yugo de la lanza del carro.
 No puedo yo precisar de qué modo actuó Alejandro en este asunto del nudo; el caso es que él y los suyos dejaron el carro seguros de que el oráculo sobre la liberación del nudo estaba cumplido, pues además también aquella noche hubo truenos y relámpagos en el cielo, como indicios de algo prodigioso. Alejandro, a la vista de ello, ofreció al día siguiente sacrificios en honor de los dioses que habían manifestado estas señales por la desatadura del nudo.

Alejandro enfermo

  Al día siguiente, Alejandro se puso en camino hacia Ancira, en Galacia. Se presentó ante él una embajada del pueblo paflagonio con ofertas de sumisión y promesas de formalizar un pacto, solicitándole a cambio no entrar en el país por la fuerza. Alejandro les ordenó que prestaran obediencia a Cala, el sátrapa de Frigia, mientras él se adentraba en la región de Capadocia, atrayéndose a su bando a toda la zona hasta el río Halis, y gran parte de la del otro lado del río. Dejó a Sabictas como sátrapa de Capadocia, y se puso al frente de sus tropas en dirección a las Puertas Cilicias.
 Al poco llegó al campamento de Ciro (a quien acompañara Jenofonte en su expedición), y al ver que las Puertas estaban custodiadas por una poderosa guarnición, dejó allí a Parmenión con los batallones de infantería que estaban dotados de armamento más pesado, mientras que él, a la hora del cambio de la primera guardia, tomó a sus hipaspistas, arqueros y agrianes, y avanzó durante la noche contra las Puertas, con intención de caer sobre la guardia cogiéndolos por sorpresa. Aunque su avance no pasó desapercibido, su acto de osadía tuvo el mismo efecto, ya que los centinelas, al ver que era el propio Alejandro quien abría la expedición, abandonaron su puesto y se retiraron en huida. Al día siguiente, a la hora del alba, cruzó con todas sus fuerzas las Puertas, iniciando así el descenso hacia Cilicia. Le llegaron noticias por entonces de que Arsames, que antes planeaba conservar la ciudad de Tarso para los persas, pensó ahora abandonarla al haberse enterado de que Alejandro ya había sobrepasado las Puertas, por lo cual los habitantes de Tarso temían que Arsames se entregara al saqueo de la ciudad antes de abandonarla. Enterado de esto Alejandro, llevó a la carrera hacia Tarso a la caballería y las tropas más ligeras, para que Arsames, al percatarse de lo inmediato de su ataque, abandonara Tarso y se reuniera con el rey Darío sin dejarle expoliar la ciudad.
Anabasis Alejandro Magno libros i-iii: 049 B. CLÁSICA GREDOS ... Dice Aristobulo que Alejandro fue víctima aquí de una enfermedad; según otros, sin embargo, ocurrió que Alejandro contrajo unas fuertes fiebres que le provocaron convulsiones e insomnio después de haberse bañado (sudoroso y acalorado como estaba) durante un buen rato en el río Cidno, cuyas aguas fluyen puras y frías por medio de la ciudad, después de atravesar una zona despejada desde las cimas del monte Tauro. Los médicos creyeron que Alejandro no sobreviviría, aunque Filipo, un médico acarnanio que acompañaba a Alejandro y que gozaba de fama de hombre entendido en medicina, y que era además de acreditado comportamiento en el campo de batalla, fue partidario de purgar a Alejandro, quien a su vez se mostraba plenamente de acuerdo con el tratamiento. Mas ocurrió que cuando ya le preparaban la copa, le fue entregada a Alejandro una carta de parte de Parmenión que decía: “Cuídate de Filipo, he oído que ha sido comprado por el dinero de Darío para darte muerte mediante un brebaje.” Alejandro leyó la nota con atención, y teniéndola aún en la mano, cogió la copa de purgante y dio a leer a Filipo la nota, bebiéndose el purgante al tiempo que Filipo leía la nota de Parmenión.
 Al poco rato se hizo evidente que Filipo había acertado plenamente en la prescripción del remedio; es más, no se turbó siquiera al leer la nota, sino que lo único que le rogó a Alejandro fue que le obedeciera hasta el final en cuanto le había recomendado, porque su salvación dependía de que siguiera sus instrucciones. En verdad, el purgante hizo efecto y cesó su dolencia.
 Alejandro dio pruebas así a Filipo de ser un amigo que da crédito a sus amigos, y las dio también a sus generales de que él confiaba plenamente en sus amigos incluso ante circunstancias insospechadas, demostrándoles al mismo tiempo su valentía frente a la muerte.

Alejandro en Tarso
 
 Poco después envió a Parmenión hacia el otro paso que divide el territorio cilicio del asirio para que lo ocupara él primero y poder controlar desde allí todos los accesos. Cedió a Parmenión para que le acompañaran toda la infantería aliada, los mercenarios griegos y los tracios que mandaba Sitalces, así como los jinetes tesalios. Alejandro fue el último en levantar el campamento de Tarso, para llegar al día siguiente a la ciudad de Anquíalo, que, según la leyenda, había construido el asirio Sardanápalo. Por su perímetro y por los cimientos de sus murallas se veía que esta ciudad había sido una gran construcción, y que su poderío había debido alcanzar gran importancia. La tumba de Sardanápalo está cerca de los muros de Anquíalo, y el propio Sardanápalo está sentado sobre ella, con sus manos entrelazadas como si fuera a tocar palmas, y había inscrito en ella un epigrama en caracteres asirios; según los asirios, era una inscripción en verso y el sentido de sus palabras, el siguiente: "SARDANÁPALO, EL HIJO DE ANACINDARAJES, CONSTRUYÓ LAS CIUDADES DE ANQUÍALO Y TARSO EN UN SOLO DÍA. TÚ, EXTRANJERO, COME Y BEBE Y DIVIÉRTETE, PORQUE TODO LO DEMÁS EN LA VIDA NO VALE ESTO" (aludía al aplauso que las palmas hacen al batir), aunque decían que el "DIVIÉRTETE" tenía en lengua asiria mayor picardía.
 Desde Anquíalo llegó Alejandro a Solos, e impuso a sus habitantes una guarnición y los penalizó con una multa de doscientos talentos de plata por haberse mostrado mejor predispuestos para con los persas. Reuniendo tres batallones de infantería macedonios, todos los arqueros y los agrianes, partió desde aquí contra los cilicios que ocupaban las alturas. En total empleó siete días en desalojar por la fuerza a unos y atraerse a otros mediante pactos; al cabo de este tiempo regresó a Solos.
 Tuvo noticias entonces de que Tolomeo y Asandro habían derrotado a Orontóbates, el persa encargado de la protección de la ciudadela de Halicarnaso y de la custodia de Mindo, Cauno, Tera y Calípolis, y a quien estaban sometidas también Cos y Triopio. La nota le decía que Orontóbates había sido derrotado en una gran batalla en la que habían muerto setecientos de sus infantes y unos cincuenta jinetes, a más de habérsele capturado no menos de mil prisioneros. En Solos, Alejandro ofreció un sacrificio a Asclepio, participando él en persona y todo el ejército, y celebró una carrera de antorchas e instituyó un certamen gimnástico y literario. A los habitantes de la ciudad les permitió gobernarse según su régimen democrático.
 Poco después se puso de nuevo en marcha en dirección a Tarso, y mientras tanto envió a Filotas al frente de la caballería para que se dirigiera a través de la llanura de Aleia hacia el río Píramo, mientras él se acercaba con la infantería y el escuadrón real a Magarso, donde ofreció sacrificios a Atenea de Magarso. Desde aquí marchó a Malo, y sacrificó según correspondía a su héroe Anfíloco. Acabó con la revuelta civil en que encontró a sus habitantes, y perdonó los tributos que pagaban al rey Darío, ya que la ciudad de Malo era una colonia de Argos, y él se consideraba descendiente de los Heraclidas de Argos.»
 
     [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Gredos, 1982, en traducción de Antonio Guzmán Guerra, pp. 166-171. ISBN: 84-249-0266-1. Tomo I.]

martes, 18 de mayo de 2021

La ruta de la seda.- Thomas O. Höllmann (1952)


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4.-Estados y confederaciones

El gobernante de los creyentes

 «En el mundo islámico la pretensión de dominio se dirigía originariamente sobre todo a la comunidad de los creyentes. Según la tradición suní, el califa (“sucesor”) asumía la función de jefe religioso de todos los musulmanes y basaba su posición en una línea de descendencia en cuyo origen estaba el Profeta. Más tarde, esa pretensión de universalidad se abandonó. Muchas competencias que sostenían su autoridad civil se transfirieron de hecho al sultán (“señor”). Al menos en principio, éste dependía de la investidura y únicamente gobernaba en un determinado terreno.
 Sin embargo, se trató una y otra vez de mezclar el poder político y el religioso de tal modo que la autoridad y el poder no pudieran ser minados de inmediato por intrigas y amenazas de armas. Una inscripción del siglo XI aconseja nombrar a un imán (“caudillo”), que uniría ambas posiciones y resume sus tareas en diez puntos: (1) preservar los principios del Islam y evitar innovaciones inadmisibles; (2) arbitrar en litigios y conflictos; (3) garantizar la seguridad pública; (4) controlar la administración de justicia en caso de alta traición y delitos económicos; (5) asegurar las fronteras con los países no musulmanes; (6) llevar la guerra santa contra los infieles; (7) recaudar los impuestos preceptivos; (8) distribución de los ingresos del Estado según criterios razonables; (9) delegar las tareas de gobierno en colaboradores dignos de confianza y competentes; (10) examinar todas las decisiones políticas importantes y rectificar posibles errores. Evidentemente, todo esto no podía realizarse.
 Como los líderes de otras dinastías musulmanas, los sultanes del Imperio Otomano llevaban también el título de “califas”. Sin embargo, hasta el siglo XVIII no volvieron a asociar al título la pretensión de universalidad. El propósito era en primer lugar la creación de una base ideológica para llevar a la realidad ideas de amplio panislamismo. Hasta entonces habían preferido que se les llamara “guardianes de los santos lugares”. El dominio de La Meca y la protección de la peregrinación eran los mejores garantes de una legitimación general amplia, como ya sucedió en tiempos de los Omeyas (661-750 en Damasco), Abasidas (750-1258 en Bagdad) y Mamelucos (1250-1517 en El Cairo).
 El hadj es uno de los cinco pilares del Islam. Cada musulmán libre mayor de edad, que esté psíquica y económicamente capacitado, está obligado por el Corán a emprender una peregrinación a La Meca al menos una vez en su vida, incluso si vive en un país lejano y el viaje es largo y arriesgado. La protección de los caminos de peregrinación, incluidos en gran medida en la red de los de la Ruta de la Seda, era una de las prioridades de un soberano universalmente respetado. Igualmente importante era el mantenimiento de extensas zonas de influencia, pues sólo cuando la seguridad, el abastecimiento y el transporte estaban garantizados por un complicado juego de acuerdos, signos de favor y actitudes amenazantes, el hadj podía llegar a término con éxito. Éxito no sólo para cada peregrino, sino para el correspondiente “gobernante de los creyentes”.
 Por otra parte, La Meca no era únicamente un lugar de contemplación piadosa, era también un importante mercado. Y no sólo los mercaderes aprovechaban la ocasión: muchos peregrinos vendían objetos que habían traído consigo para cubrir los gastos del viaje. A su vez, adquirían con preferencia productos que a su vuelta podían revender más caros. Sobre todo cambiaban así de dueño raros artículos de lujo. Hasta la porcelana china llegaba a la ciudad en tan gran cantidad que se convirtió en el regalo preferido de la nobleza local. Aun así, no siempre despertaba tal regalo un agradecimiento entusiasta. Por ello, un visir otomano de visita en Bagdad hizo que sus caballos pisotearan un juego de porcelana de más de mil piezas porque quien le daba hospitalidad no había observado la necesaria etiqueta al ser obsequiado con éste.

El dueño del mundo

 Si se les pide que traten de identificar los imperios universales, a los europeos cultos probablemente se les ocurrirán las más diversas propuestas. En su mayoría pensarían en la propia historia, del Imperium Romanum al British Empire. La inclusión del Imperio Mongol del Gran Kan sería excepcional: aún hoy mucha gente le asocia en principio la imagen de hordas asesinas recorriendo las estepas a caballo, y no la creación de un Estado organizado.
 No es posible rechazar del todo dicha asociación con “pueblos malditos, abominables y odiosos”: el recurso ostensible a la violencia era de hecho una de las estrategias centrales de los mongoles. Aun así no puede pasarse por alto que en el transcurso de la historia ningún otro imperio, incluida la Unión Soviética, logró tener bajo su control un territorio cerrado tan gigantesco y garantizar aquella paz que se conoce como Pax Mongolica. Su zona de dominio abarcaba del mar de la China al Báltico, una superficie alrededor de setenta veces la de la actual Alemania y casi toda la que corresponde a la red de caminos de la Ruta de la Seda.
 El imperio alcanzó dicha extensión tan sólo unos decenios después de la muerte de Gengis Kan (1227), pero sin sus exitosas campañas de conquista y sus reformas sociales nunca habría llegado a existir. Logró acabar con jerarquías heredadas y crear un orden en el que la posición social ya no estuviera regulada por el linaje, sino por las propias acciones y servicios. Los miembros de la casa real estaban excluidos de este principio, pero el Kan era partidario de conceder la protección debida a sus secuaces lealmente comprometidos.
 Según este principio, y sin tener en cuenta su origen, podían integrarse no sólo personas o grupúsculos, sino pueblos enteros. A pesar de algunas ordenanzas que situaban en primer lugar las líneas de separación entre los grupos étnicos –y sobre todo la exclusividad de los mongoles-, las diferencias de lengua, cultura y estructura social funcionaban sólo como trabas para la integración gradual. A quien se oponía se le masacraba brutalmente, ya que la estrategia desarrollada por Gengis tendía a la victoria total sobre el enemigo, no a conseguir un botín sin más. Y así, no sólo atendían a la posibilidad de una integración relativamente sin complicaciones y a la perspectiva de ascenso social en el futuro, sino al terror psicológico que surge de una permanente demostración de la superioridad.
 En la generación siguiente se terminaron de crear las bases administrativas que garantizarían la duración del imperio en expansión. En el contexto de la Ruta de la Seda, la emisión de papel moneda fue tan importante como la construcción de instalaciones de abastecimiento, en particular de fuentes y depósitos. Se estableció una medida totalmente nueva, como la creación de un servicio de correos con más amplia infraestructura y más rápido que el anterior, no caracterizado por su excesiva velocidad. La descripción de Marco Polo, sin embargo, es un poco exagerada:
Resultado de imagen de thomas höllmann la ruta de la seda En cada uno de los caminos principales se pueden hallar lugares de parada para alojarse y comer los viajeros […] a una distancia de veinticinco o treinta millas. […] Allí están a disposición cuatrocientos magníficos caballos para que todos los enviados del Gran Kan y todos los mensajeros puedan detenerse allí y cambiar sus caballos. Incluso existen tales servicios en montañas despobladas […] apartadas de las grandes rutas. Las gentes que allí viven por orden del Gran Kan tienen que cultivar la tierra y cumplir el servicio de postas. […] No menos de doscientos mil caballos están a disposición de los correos, y diez mil edificaciones están provistas de las instalaciones necesarias. […] Entre las mencionadas paradas de postas se encuentran cada tres millas pequeños pueblos con unas cuarenta cabañas en las que se instalan los mensajeros al servicio del Gran Kan. Su llegada puede percibirse ya desde lejos porque de sus cinturones cuelgan varias campanillas. Así puede el correo del pueblo siguiente mantenerse alerta para coger el envío y salir corriendo con él.
 A pesar de tales medidas, el imperio se desmembró relativamente pronto, sobre todo porque no logró armonizar el dominio legitimado por éxitos militares y carisma personal con instituciones que se habían tomado prestadas de las estructuras burocráticas de Estados sometidos y organizados de manera por completo diferente. Faltaba además una doctrina política elaborada y una imagen del mundo bien estructurada, de modo que la autoridad del “Kan del gran pueblo poderoso, igual al océano” (como se dice en una carta de Guyuk al papa Inocencio IV), no podía estar cimentada de forma duradera.

Entre autonomía y despotismo

 La creación de un imperio tan gigantesco fue un caso espectacular, pero aislado. Por lo demás, Asia central estaba formada por unidades regionales menores, cuyos habitantes trataban de preservar su identidad dentro de una dependencia de poderes que cambiaban con frecuencia. Soportaban más o menos estoicamente esta dependencia. La unidad territorial no era algo presupuesto, y también las ciudades-Estado –o ligas libres de éstas- podían resultar de muy larga vida.
 Esto muestra por ejemplo la historia de Sogdiana. En la zona situada entre el Amu-daria y el Syr-daria se practicaba una agricultura intensiva, para lo que ya en época muy temprana se establecieron sistemas de regadío bien ideados. Durante siglos, la importancia de su comercio fue al menos de igual nivel.
 Absolutamente legendario era el sentido para los negocios de la población, por lo que “sogdiano” se usaba en la lejana Khotan como una denominación más general referida a comerciantes de cualquier origen. Para ensalzar sus dotes de individuos emprendedores se crearon todo tipo de leyendas en consonancia, e incluso los chinos se animaron a hacer algunas fantasiosas descripciones:
 Las madres dan a sus hijos de comer azúcar, en la esperanza de que sus palabras se hagan dulces después; les untan engrudo en las palmas de las manos para que los tesoros [que toquen] se [les] queden adheridos. Estas gentes son hábiles comerciantes. Con cinco años se les acostumbra a los muchachos al estudio de los libros. Una vez que los han entendido, sigue el aprendizaje [de la práctica] del comercio.
 Los vestigios arquitectónicos conservados transmiten en primer lugar la impresión del estilo de vida urbano que esto posibilitó. Pues no sólo los restos del palacio del soberano, que en el siglo VIII se levantó en la ciudadela de Pendshikent (en el actual Tayikistán), dan un soberbio testimonio, sino numerosas casas privadas que apenas le iban a la zaga en magnificencia. Las excavaciones arqueológicas reflejan un orden político que sólo llegó a florecer en Sogdiana cuando el país ya no estuvo sometido a sus vecinos en expansión, como tantas veces ha ocurrido en la historia.»

   [El texto pertenece a la edición en español de Alianza Editorial, 2008, en traducción de Elena Bombín Izquierdo, pp. 85-92. ISBN: 978-84-206-4929-0.]

lunes, 10 de mayo de 2021

Canudos. Diario de una expedición.- Euclides da Cunha (1866-1909)


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Bahía, 16 de agosto


 «Al llegar aquí  y asaltado en seguida por nuevas y variadas impresiones, perturbadoras de un juicio acertado, creo a veces que valoré de modo inexacto la situación y dominado acaso por la opinión general entre los que volvían de Canudos dije también con ellos:
 -La lucha está a punto de terminar y no habrá más víctimas.
 Hombres de mayor responsabilidad que, por excusado, me permito no citar, afirmaron categóricamente que la población sitiada no llegaba, quizá, a los doscientos rebeldes, los cuales, además, disminuían cada noche por causa de fugas a través de la carretera franca de O Cambaio y por los estragos de un bombardeo persistente. Otros testigos oculares aseguraron, unánimes, que, en los combates subsiguientes a la gran batalla del 18 de julio, los jagunços fueron vistos desmoralizados y acobardados, hasta el punto de pelear entre dos adversarios: los soldados por delante y los jefes por la retaguardia, que los llevaban, azuzados a bastonazos, al combate no deseado.
 Hay muchos testigos oculares de este hecho, que descubre máximo desánimo entre los fanáticos.
 Por otra parte, prisioneros de ambos sexos concuerdan en afirmar un hecho que evidencia un principio de discordia: el Conselheiro quiso ceder rindiéndose, lo que fue tenazmente impedido por Vila Nova, especie de jefe temporal de la grey rebelde.
 -Sigue: ¡haz tus milagros! –fue la intimidación enérgica y dominadora del cabecilla. Y el profeta claudicante que había garantizado que las tropas del gobierno del diablo no verían esta vez ni siquiera las torres sagradas de las iglesias de Belo Monte (Canudos), roto el primitivo encanto, cedió.
 Además de todo esto, la más profunda miseria y el hambre, reflejadas en los cuerpos al borde de la inanición, carcasas casi vacías de los prisioneros –y de los muertos, cuya extraña flaqueza es la nota constante de los relatos que hacen los soldados-, ciertamente iban completando poco a poco la destrucción.
 Las carreteras, totalmente francas y practicables, libres de las emboscadas del principio, recorridas tranquilamente por los que han llegado hasta aquí, indican que la región está totalmente libre de enemigos.
 Ahora bien: todas esas versiones ya son viejas en el tormentoso momento en que una hora posee inmenso valor; ya tienen quince días.
 Hace quince días que se espera a cada minuto la rendición del pueblo, ya ocupado en parte por nuestras fuerzas y que tiene apenas doscientos enemigos debilitados por las fatigas y por el hambre, divididos por la discordia y desalentados hasta el punto de ir a la batalla a palos.
 Y si consideramos que ellos saben que continúan los refuerzos y que hoy, en este momento, deben de estar llegando a Canudos a fin de completar el cerco, y de cerrarles definitivamente la última carretera libre, que no aprovechan, desde hace tiempo, como huida de una muerte inevitable, nos sentimos obligados a estimar la campaña, en vez de próxima a su término, a la manera antigua, incomprensible, misteriosa.
 Lo ha sido desde su comienzo; desde el principio en que los desastres sobrevienen y sorprenden a todo el mundo inesperadamente, al decaer de improviso en el momento en que se espera la victoria y se anticipan ovaciones triunfales.
 ¿Por qué razón los jagunços, desmoralizados, en número reducido, teniendo aún franca la fuga hacia el sertao difuso e intransitable, donde no serán descubiertos en el seno de una naturaleza que es su mejor arma de guerra, esperan a que se les cierre la única carretera a la salvación, aguardan que se complete el asedio del que derivará la rendición y sus funestas consecuencias?
 Dejando aparte la hipótesis de una entrega sobrehumana que les imponga sucumbir bajo los muros derruidos de los templos que han levantado, uno casi se inclina por fuerza a pensar en una nueva celada cayendo ex abrupto, confundiendo una vez más los planes de la campaña.
 Del mismo modo que nuestras tropas ansían los nuevos refuerzos que llegan, ¿no esperarán ellos acaso, de los sertoes desconocidos que se desdoblan al norte y noroeste de Canudos, fuertes contingentes que pongan a los nuestros entre dos fuegos?
 ¿No será también lícito conjeturar, excluida esta suposición, que el número relativamente pequeño de los que permanezcan en el pueblo, encarando todos los peligros, tenga como único objetivo atraer al ejército hasta allí y retenerlo, engañado durante un tiempo, hasta que los fanáticos se recuperen y se reúnan y refuercen en cualquier otro punto de más difícil acceso, más hondamente enclavado en el sertao?
 Estos interrogantes crecen en mi espíritu desde el día en que, intentando adquirir un conocimiento de las opiniones que por aquí circulan, no lo conseguí y comprendí que gran parte de los que vuelven de aquellos parajes desconoce la situación en tan alto grado como los que no han ido.
 Hay que añadir que si aún ayer oficiales distinguidísimos me aseguraban, unánimes, que el poblado estaba casi abandonado y destruido, hoy distinguidísimos oficiales, recién llegados, cuyos nombres puedo citar, afirman que aún tiene mucha gente, perfectamente abastecida y apta para larga y tenaz resistencia.
 Buscar la verdad en este torbellino es imponerse la tarea estéril y fatigosa de Sísifo.
 El espíritu más robusto y disciplinado se agota en conjeturas vanas; nada deduce, oscila indefinida, intermitentemente, en una inútil agitación de dudas, entre conclusiones opuestas, del completo desánimo a la más alta esperanza. Los propios soldados, rudos hombres sinceros, destrabados de las pasiones que atan a los que actúan en un plano superior de la vida, no concuerdan a menudo en lo que afirman. Muchos han estado allí desde las primeras expediciones y confiesan ingenua, lealmente, que no saben nada, que nunca han visto al enemigo sino después de muerto, que nunca lo han visto frente a frente, cuerpo a cuerpo, en la refriega del combate, no lo conocen en absoluto, no saben cuántos son.
Resultado de imagen de canudos diario de una expedicion Como si todo esto no bastara para impresionar vivamente y hacer vacilar al espíritu más enérgico, ahí están esas irrupciones diarias, cuya descripción he trazado sin exageración, de heridos, en número que asombra, que llegan invariablemente todos los días, que abarrotan todos los hospitales y ya los desbordan, derivando hacia el seno de los conventos. Y ahí están, más tristes aún, si cabe, más dolorosas y deplorables, esas incalificables solicitudes de retirada hechas ante el enemigo, bajo la bandera de la patria traspasada de balas; tres o cuatro tal vez que duelen más que la derrota de una brigada y cuya noticia llega de un modo lúgubre en el seno de los que se aprestan para la lucha.
 Y ante todo esto, ante tantas opiniones discrepantes acerca de un enemigo que permanece firme dentro de un círculo de hierro, y que genera tantos males, que produce estas multitudes de mártires heroicos, menos tristes, digámoslo de pasada, que la media docena de los que tienen el coraje sobrehumano de decir al país entero que son cobardes, ante esta situación realmente indefinible, se justifican ampliamente todas las dudas, se comprenden los interrogantes que nos hemos hecho.
 Y si consideramos aún que, realmente, según declaramos ayer, este incidente de Canudos es sólo un síntoma, y que falsea la verdad quien lo considere reducido a las agitaciones de un pueblo del sertao, pues justamente a esta hora, y hablo con entero conocimiento de causa, en esta gran capital –cuya población, en su mayoría, es de una nobleza admirable y se ha revelado de una generosidad sin par en esta emergencia-, justamente a esta hora, aquí, hay velas que se encienden en recónditos altares y preces fervorosamente murmuradas en favor del siniestro evangelizador de los sertoes, cuyos prosélitos no están todos allá; si consideramos esto, entonces no hay conjeturas que no se justifiquen, por más atrevidas que sean.
 Realmente, cualquiera que en el momento actual, subordinado a una ley elemental de filosofía, pretenda, en este medio, calcar las concepciones subjetivas sobre los materiales objetivos, no las tendrá seguras y estimulantes cuando éstos sean tan incoherentes e inconexos.
 Yo deseo, con todo, estar en un error; deseo vivamente que estas líneas sean exageradas divagaciones y que el futuro permanezca eternamente mudo ante estas interrogantes. Que al llegar ahí esta carta –alarmante, tal vez, sincera ciertamente- llegue también la noticia de la victoria, destruyéndola e impidiendo su publicación.
 Nunca he deseado tanto recibir una réplica rotunda, una contradicción victoriosa.»

   [El texto pertenece a la edición en español de KRK Ediciones, 2008, en traducción de Xavier Rodríguez Baixeras, pp. 67-74. ISBN: 978-84-8367-108-5.]