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martes, 14 de abril de 2020

Lírica latina medieval I.- Archipoeta de Colonia (s. XII)

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Ardiendo en mi interior

 «Ardiendo en mi interior por apasionada ira, / con toda la amargura de mi alma hablo:
hecho con la materia de un elemento liviano, / soy parecido a una hoja con la que el viento juega.
Siendo propio del hombre inteligente / el poner los cimientos sobre la roca firme,
estúpido de mí, soy comparable al río que se desliza / y jamás en un punto idéntico se halla.
Arrastrado me veo cual nave sin piloto; / soy llevado como ave vagabunda por los caminos del aire.
Ningún lazo me retiene, ni me detiene una llave. / Voy buscando a mis iguales, y a los depravados me uno.
La seriedad del corazón me parece cosa seria. / Es amable la alegría y más dulce que un panal.
Las exigencias de Venus resultan suave tarea: / en los corazones indolentes jamás pone su morada.
Por el ancho camino voy andando, como hace la juventud; / en los vicios me sumerjo, de la virtud olvidado,
ansioso de los placeres, mas que de la salvación: / muerto en el alma, me preocupo bien del cuerpo.
Discretísimo prelado, imploro tu perdón; / es buena la muerte que me mata y dulce la ira que me hiere;
mi pecho lo desgarra la belleza de las jóvenes, / y, pues no puedo tocarlas, las gozo con el corazón al menos.
Vencer al propio carácter ardua tarea resulta, / mantener pura la mente contemplando a una doncella.
Acatar tan dura ley los jóvenes no podemos, / como el no prestar cuidado a nuestros cuerpos volubles.
¿Quién, colocado en el fuego, por el fuego no es quemado? / ¿Puede mantenerse casto alguien que viva en Pavía,
donde venus caza jóvenes con un gesto de su dedo, / los enlaza con sus ojos, los cautiva con su rostro?
Si en el día de hoy a Hipólito en Pavía lo dejaras, / tan sólo un día después Hipólito ya no sería:
todos los caminos conducen hasta el tálamo de Venus; / en medio de tantas torres no está la torre de Aricia.
En segundo lugar, me acusan de jugador; / mas cuando el juego me deja desnudo el cuerpo,
aunque esté frío por fuera, sudo por el calor de mi espíritu, / y es entonces cuando escribo mis mejores versos y canciones.
En un tercer apartado menciono la taberna: / jamás la he despreciado ni habré de despreciarla,
hasta que vea llegar a los ángeles del cielo / entonando por los muertos el "requiem aeternam".
Morir en la taberna es mi propósito, / por tener el vino cerca de la boca del moribundo.
Los coros de los ángeles alegremente cantarán entonces: "Que Dios resulte propicio para este bebedor".
Con las copas se me enciende la lucerna del espíritu; / el corazón, en néctar empapado, a lo alto emprende el vuelo.
El vino de la taberna me sabe mucho más dulce / que aquel que mezcla con agua el copero del prelado.
Ved que mi depravación yo mismo estoy denunciando, / aquella de que me acusan vuestros propios servidores.
Ninguno de ellos, en cambio, a sí mismo se denuncia, / aunque ansían divertirse y disfrutar de la vida.
Ahora que delante me hallo del venerable prelado, / ateniéndose a la regla del mandato de Señor,
sobre mí la piedra arroje y no perdone al poeta / cuyo ánimo no es consciente de su pecado.
He hablado en contra mía lo que sabía de mí, / y vomité la ponzoña que alimenté tanto tiempo.
La vida siente desagrado de lo viejo; costumbres nuevas agradan; / el hombre contempla el rostro, mas el corazón lo conoce sólo Júpiter.
Ahora aprecio las virtudes; los vicios me encolerizan; / regenerado de ánimo, renazco por el espíritu;
y como a un recién nacido, leche nueva me amamanta: / que mi corazón ya nunca de vanidad sea vasija.
Lírica latina medieval. I: Poesía profana: 1 (NORMAL): Amazon.es ...¡Oh, Elector de Colonia! Perdona a este penitente; / muestra tu misericordia al que perdón te suplica;
e imponle la penitencia a quien confiesa su culpa. / De buen grado cumpliré lo que quieras ordenarme.
El león, rey de las fieras, el perdón a sus súbditos otorga, / y se olvida de la ira que hacia los súbditos siente.
Haced vosotros lo mismo, príncipes de las naciones. / Lo que de dulzor carece es amargo en demasía.

Todo tiene su tiempo

"Todo tiene su tiempo" y yo sólo reclamo unos instantes / para poder en persona recitarte algunos versos.
Al entrar con rala veste en este sacro palacio, / hablo como una doncella invadida de rubor.
¡Salud, excelso varón! El poder se te confía: / con tu criterio y vigorosa mano el derecho se ejercita.
Eres flor de los prelados, y entre ellos el mayor. / Que vivas sano y salvo, vaso de sabiduría, más que Néstor.
¡Oh piadoso varón! ¡Oh varón justo! Permite que te ofrezca mi consejo, / ¡oh varón, eminente por su ingenio, y a quien el mundo entero rinde honores!:
propio es del magnánimo varón de los más humildes preocuparse. / ¡Torna tu corazón a los infortunados, pues hidalguía tal cuadra contigo!
Socórreme con tu piedad habitual, pues colmado de pobreza estoy; / tú, que transmontano eres, ayuda a quien también es transmontano.
La única esperanza de mi vida, en ti radica.
El frío y el hambre me arrebatarán la vida: / la crudeza del invierno y el hielo horrendo me matan;
padezco una tos continua y medio tísico estoy; / y por mi pulso colijo que lejos de la muerte no me hallo.
Mis pies descalzos, lo mismo que mi cuerpo, indican que soy pobre. / Por ello con rostro avergonzado te dirijo palabras de súplica;
vestido de esta forma no me hallo sin pudor en tu presencia: / ¡ojalá que estés libre de la muerte y que te acuerdes mí!»

   [El texto pertenece a la edición en español de Biblioteca de Autores Cristianos, 1995,  en traducción de Manuel-A. Marcos Casquero y José Oroz Reta. ISBN: 84-7914-170-0.] 

jueves, 7 de enero de 2016

"Una cuestión personal".- Kenzaburo Oé (1935)


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Capítulo primero

 "Se encontraba en la calle de los bares baratos. Entre la multitud que desfilaba a su lado había muchos borrachos. Tenía la garganta seca y necesitaba un trago, aunque tuviese que beberlo solo. Giró la cabeza sobre su largo cuello delgado e inspeccionó los bares a ambos lados de la calle. En realidad, no tenía la menor intención de detenerse en ninguno de ellos. Podía imaginar la reacción de su suegra en caso de que llegara apestando a whisky junto a la cama de su mujer y su hijo recién nacido. No quería que sus suegros lo viesen borracho; nunca más.
 El suegro de Bird daba clases en una pequeña universidad privada, pero hasta su retiro había sido director del departamento de inglés de la universidad a la que asistía Bird. No tanto gracias a su suerte como a la buena voluntad de su suegro, Bird pudo conseguir, a su edad, un puesto de profesor en una academia preuniversitaria. Estimaba al anciano y le temía reverencialmente. Nunca había conocido a una persona mayor tan noble como su suegro. No quería volver a decepcionarlo.
  Bird se casó en mayo, a la edad de veinticinco años, y durante ese primer verano permaneció borracho cuatro semanas seguidas. De pronto, como un Robinson Crusoe embrutecido, había comenzado a ir a la deriva por un mar de alcohol. Descuidó sus obligaciones como licenciado, su trabajo, sus estudios de postgrado. Lo abandonó todo sin pensar, y pasaba el día entero, e incluso hasta bastante tarde por la noche, sentado en la cocina de su departamento, a oscuras, escuchando música y bebiendo whisky. Ahora recordaba esos terribles días y le parecía que, a excepción de escuchar música, beber y sumirse en un sueño alcoholizado, no había realizado ninguna actividad propia de un ser humano. Cuatro semanas más tarde, Bird se recuperó de una dolorosa borrachera de setecientas horas y descubrió en sí mismo, desgraciadamente sobrio, la desolación de una ciudad destrozada por la guerra. Era como un débil mental al que sólo le quedara una mínima oportunidad de recuperarse, pero tenía que volver a ordenarlo todo, no sólo a sí mismo sino también sus relaciones con el mundo exterior. Dejó los seminarios universitarios y pidió ayuda a su suegro para conseguir un puesto de profesor. Ahora, dos años después, su esposa estaba a punto de tener su primer hijo. Si llegaba a presentarse en el hospital tras envenenar nuevamente su sangre con alcohol, su suegra huiría de allí presa de una histeria frenética, llevándose consigo a su hija y a su nieto.
 A Bird le preocupaba el deseo, oculto pero arraigado en lo más profundo de sí, que todavía le atraía hacia el alcohol. Tras cuatro semanas sumido en el infierno del whisky, muchas veces se preguntó cómo pudo permanecer borracho durante setecientas horas. Pero nunca llegó a una respuesta definitiva. Y mientras su descenso a los abismos del whisky constituyera un enigma, cabía un riesgo constante de recaída repentina.
 En uno de los libros sobre África que leía tan ávidamente, había encontrado el siguiente pasaje: "Los exploradores coinciden invariablemente en que las celebraciones con abundante alcohol siguen siendo frecuentes en las aldeas africanas. Ello permite suponer que la vida en este hermoso país todavía carece de algo fundamental. Profundas insatisfacciones llevan a sus habitantes a la desesperación y el abandono de sí mismos". Releyendo este trozo, referido a las pequeñas aldeas de Sudán, Bird comprendió que se negaba a reconocer y analizar las carencias e insatisfacciones existentes en su propia vida. Pero como estaba seguro de que las había, se cuidaba de no volver a recaer en el alcohol.
 Bird llegó a la plaza situada en el centro del barrio del placer, donde todo el bullicio y la actividad de las calles aledañas parecían concentrarse como los radios de una rueda. El reloj de bombillas eléctricas del teatro situado en medio de la plaza marcaba las siete de la tarde: era hora de averiguar cómo estaba su esposa. Desde las tres de la tarde, Bird había telefoneado cada hora a su suegra, que permanecía en el hospital".