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domingo, 13 de agosto de 2023

Historia de la piratería.- Philip Gosse (1879-1959)


Philip Henry Gosse - Wikipedia
Libro primero

Capítulo I: El rescate de César

 «La historia de la piratería no es, pues, tan sólo una crónica espantosa de violaciones de la Ley, algo más que una serie de relatos románticos, en los que por turno representan su papel, el oro, la lucha y la aventura; tiene a pesar de todo, su lado divertido, su ciencia extraña, sus incidentes grotescos; en suma, refleja lo extravagante en la naturaleza humana. Acompañando al capitán Sharp en el viaje más asombroso que jamás haya sido hecho por un pirata, vemos a uno de sus prisioneros, un noble español, combatir la monotonía de la vida a bordo, contando historias en las que aparecían personajes tales como cierto sacerdote que, habiendo bajado a tierra en el Perú, posaba tranquilamente ante los ojos maravillados de diez mil indios, su crucifijo sobre el lomo de dos rugientes leones, los cuales se sentaron en seguida y le adoraron, abandonando luego el lugar a dos tigres deseosos de imitar su ejemplo. Compartimos los terrores de Ludolfo de Cucham quien escribió en 1350 un catálogo de los peligros atribuidos a los monstruos acuáticos, y particularmente al puerco marino, animal que acostumbra a emerger junto a las naves y a mendigar… Si el marino le tira un poco de pan, el monstruo se aleja; y en caso de que no quiera alejarse, entonces la vista del rostro furioso de un hombre encolerizado basta para ahuyentarlo. Si el marino tiene miedo, debe guardarse de mostrarlo: Debe mirarlo con aire altivo y severo y no dejar traslucir su susto, porque de lo contrario el monstruo no huirá, sino que morderá, destrozando el navío. Y si bien no podemos menos de sentir profunda aflicción ante los relatos de los sufrimientos infligidos a los cristianos caídos en cautiverio, nos alegramos, en cambio, porque esto ofreciera al buen San Vicente de Paul la oportunidad de estudiar la alquimia, ciencia que le sería tan útil en lo sucesivo; y simpatizamos con sir Jeffery Hudson, el enano batallador de Carlos I, que se quejaba de que los trabajos forzados del cautiverio le hubieran hecho crecer de un pie y seis pulgadas a más de tres pies.
 Tampoco carece de humorismo el célebre rapto llevado a cabo por piratas del Mar Egeo, el año 78 antes de nuestra era, y que, si hubiese terminado de una manera un poco distinta, habría podido cambiar totalmente el curso de la historia del mundo.
 En aquel año, cierto joven aristócrata romano, envuelto en turbulentas riñas familiares, y expulsado de Italia por el dictador Sila porque se había adherido al partido de Mario, rival desterrado de aquél, navegaba hacia la isla de Rodas. Siendo un joven lleno de ambición y no teniendo nada mejor que hacer mientras la estancia en Roma le quedase prohibida, había decidido emplear el tiempo perfeccionándose en un arte en que, según los dichos de sus preceptores, estaba lejos de brillar: el de la elocuencia. Con tal objeto acababa de inscribirse en la academia del afamado profesor Apolonio Molo.
 Mientras el buque costeaba la isla de Farmacusa, a la altura de las rocosas riberas de Caria, viéronse de pronto algunas embarcaciones de forma larga y baja, que se aproximaban rápidamente. El barco romano era lento y como, además, se calmaba la brisa, toda esperanza de escapar a los piratas se desvanecía ante la velocidad de aquellas naves de largos remos movidos por vigorosos brazos de esclavos. Arriando su pequeña vela auxiliar, el buque esperó el abordaje de las canoas de punta afilada, y poco tiempo después, su puente se cubrió de una turba de gente morena.
 El jefe de los piratas lanzó una mirada circular sobre los grupos de asustados pasajeros; inmediatamente, su vista fue herida por el espectáculo de un joven aristócrata, vestido elegantemente según la última moda de Roma, y que sentado en medio de sus servidores y esclavos, se entregaba a la lectura. Yendo derecho a él, el pirata le preguntó quién era; pero el joven, habiéndole lanzado una mirada desdeñosa, continuó leyendo. El pirata, enfurecido, se dirigió entonces a uno de los compañeros del noble romano, su médico Cina, el cual le reveló el nombre de su prisionero: era Cayo Julio César. Se planteó la cuestión del rescate. El pirata deseaba saber la suma que César aceptaba pagar por recobrar su propia libertad y la de sus criados. Como el romano no se dignó siquiera contestar, el capitán se volvió hacia su ayudante, pidiéndole su opinión acerca del valor que representaba el grupo. Este experto, después de examinarlo detenidamente uno por uno, estimó que diez talentos representarían una suma razonable.
 El capitán, irritado por el aire superior del joven aristócrata, le cortó la palabra, diciendo:
 —Pues bien, voy a doblarla. Veinte talentos: éste es mi precio.
 Esta vez, César abrió la boca. Frunciendo el ceño, declaró:
 —¿Veinte? Si conocieses tu oficio, te darías cuenta de que valgo cuando menos cincuenta.
 El pirata se sobresaltó. No acostumbraba ver a un prisionero que se creía lo bastante importante para pagar de buen grado un rescate de cerca de doce mil libras en vez de las tres mil pedidas. Sin embargo, le cogió la palabra al joven romano; después le hizo arrojar a una de las embarcaciones junto con los demás cautivos, a fin de que esperase en la guarida de los piratas el regreso de los negociadores enviados a reunir el rescate.
 César y sus compañeros fueron alojados en algunas chozas de una aldea ocupada por los piratas. El joven romano pasaba el tiempo entregándose cada día a ejercicios físicos: corría, saltaba, lanzaba piedras gruesas, compitiendo a menudo con sus raptores. En sus horas menos activas, escribía poemas o bien componía discursos. Caída la noche, se reunía frecuentemente con los piratas en torno al fuego, ensayando con ellos el efecto de sus versos o de su elocuencia. Los piratas, según nos es relatado, tenían una opinión muy desfavorable de unos y otra, y se la manifestaban con un candor desprovisto de delicadeza. Hay que pensar que su gusto literario era mediocre o que los versos de César, hoy perdidos, no alcanzaban el nivel artístico de la prosa que escribiera después.
 Debía ser una vida extraña para el joven descrito por Sila como un muchacho con faldas.
 Todos los testigos concuerdan, sin embargo, en declarar que ocultaba, por debajo de sus múltiples afectaciones, un espíritu resuelto e intrépido.
 Como auténtico romano, no solamente despreciaba a sus aprehensores por sus modales groseros y su falta de educación, sino que les reprochaba sus defectos. Y tuvo un placer maligno en describirles lo que les sucedería si alguna vez la pandilla cayese entre sus manos, prometiéndoles solamente que les haría crucificar a todos. Los piratas, más que enfurecidos ante sus amenazas, regocijados por sus maneras afeminadas, le miraban con una especie de respetuosa condescendencia, considerando la promesa de una crucifixión como una estupenda broma. Cierta noche en que, según su costumbre, se habían quedado hasta horas avanzadas en torno al fuego, bebiendo y manifestando en forma ruidosa, aunque poco musicalmente, su animación, su embarazoso prisionero mandó a uno de sus criados a notificar al capitán su deseo de que hiciera callar a sus hombres que estorbaban su reposo. Su demanda fue respetada: el jefe ordenó a su tripulación que cesara el alboroto.
 Por fin, al cabo de treinta y ocho días, regresaron los negociadores trayendo la noticia de que el rescate de cincuenta talentos acababa de ser depositado en manos del legado Valerio Torcuato, y César con sus compañeros fueron embarcados a bordo de un buque y enviados a Mileto. El reunir una suma tan considerable había tomado un tiempo más largo de lo que se creía, pues Sila, después de haber desterrado a César, había confiscado todos sus bienes y también los de su esposa Cornelia. En tales circunstancias, el joven habría hecho mejor en darse un poco menos de importancia.
 A la llegada a Mileto, el rescate fue entregado a los piratas, y César bajó a tierra deseoso de poner en ejecución el plan decidido. Pidió prestado a Valerio cuatro galeras de guerra y quinientos soldados, y se puso en marcha hacia Farmacusa. Al llegar allí tarde en la noche, encontró, como había esperado, toda la pandilla ocupada en celebrar su buena fortuna con una orgía de vituallas y bebida. Sorprendidos de improviso, los piratas no pudieron oponer ninguna resistencia y tuvieron que entregarse, salvo unos pocos que lograron huir. César había hecho cerca de trescientos cincuenta prisioneros, teniendo además la satisfacción de recuperar sus cincuenta talentos. Después de embarcar a sus antiguos anfitriones en las galeras, hizo echar a pique en aguas profundas todos los navíos de los piratas; luego alzó velas dirigiéndose hacia Pérgamo, donde Junio, pretor de la provincia de Asia Menor, tenía su cuartel general.
Historia de la piratería - Editorial Renacimiento Llegado a Pérgamo, César encerró a sus prisioneros en una fortaleza bien guardada y se fue a hablar con el pretor. Supo entonces que este funcionario, la única autoridad que tenía derecho a infligir la pena capital, se encontraba libre de servicio. César salió en su busca y habiéndose reunido con él, le contó someramente lo que le había sucedido; añadiendo que había dejado en Pérgamo, bajo buena custodia, a toda la banda con el botín, y que pedía a Junio una carta autorizando al gobernador interino de Pérgamo para ejecutar a los piratas o por lo menos a sus jefes.
 Pero Junio no aprobaba tal intención. No le gustaba aquel joven autoritario que trastornaba de una manera tan inesperada la tranquilidad de su gira pretoriana, y que suponía que bastaba con que mandase, para que el gobernador general de Asia Menor se apresurara a obedecer. Había, además, otras consideraciones. El sistema según el cual los mercaderes pagaban tributo a los piratas a cambio de su inmunidad, tenía el carácter sagrado de una vieja costumbre que después de todo no funcionaba tan mal. Si Junio accediese a los deseos de César, los sucesores de los piratas, extranjeros a no dudar, se mostrarían más rapaces de lo que habían sido los ejecutados. Y además, ¿no era hecho admitido el que los funcionarios del grado del pretor, estacionado lejos de Roma en los puestos avanzados del Imperio, estuviesen allí no solamente para servir el Estado, sino también para sacar de su función algún beneficio en previsión del día en que habrían de retirarse a la vida civil en Roma? Aquella pandilla de piratas era rica y podía esperarse que manifestaría de manera conveniente su gratitud hacia el gobernador si éste ejerciese su prerrogativa de clemencia, devolviéndoles la libertad.
 Pero habría tomado demasiado tiempo explicar todos esos complejos asuntos de Estado, a un joven que además le era tan antipático, y con quien una conversación parecía imposible. Conque prometió a César que se ocuparía del asunto a su regreso a Pérgamo, y que le informaría luego de su decisión.
 César comprendió. Saludó al gobernador, se retiró y, forzando a los caballos, cumplió en un solo día el viaje de vuelta a Pérgamo. Sin cambiar los acontecimientos por autoridad propia (es probable que la nueva situación en Roma fuera ignorada en las provincias), hizo ejecutar en la prisión a los piratas, reservando a los treinta principales para la suerte que les había prometido. Cuando los cabecillas aparecieron ante él cargados de cadenas, César les recordó su promesa, pero añadió que queriendo mostrarse agradecido por las bondades que tuvieron para con él, iba a concederles un supremo favor: antes de ser crucificados, mandaría degollarlos.
 Arreglado el asunto, César prosiguió su viaje y entró, tal como lo había deseado, a la excelente escuela de arte oratorio de Apolonio Molo.
 Sería absurdo, por supuesto, pretender que todos los piratas hubieran sido héroes o humoristas, y que su exterminación no haya constituido un beneficio para la humanidad. Sus virtudes son más fáciles de apreciar ahora que han muerto que cuando estaban en vida; la mayor parte de ellos, a excepción de los más grandes, han sido unos pequeños canallas, más ávidos de atacar a mujeres que a hombres, y que preferían el engaño al combate. Mil seiscientos años después del asunto del rescate de César, otro prisionero ilustre que había caído entre sus manos, fue tratado con crueldad tal que faltaba poco para que el mundo perdiera a uno de sus más grandes genios literarios: a Miguel de Cervantes. Otros miles de hombres de menor importancia han sido enviados a pudrirse en las galeras, donde morían degollados por una pequeñez. Mas después de todo, los piratas fueron hombres (aunque, según verá el lector, a veces han sido mujeres), y, como tales revelan la infinita variedad de lo que llamamos la naturaleza humana. La historia de los piratas tal vez sea una historia de hombres perversos; pero no por eso es menos una historia de hombres.»

   [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Renacimiento, 2003, en traducción de Rodolfo Selke, pp. 14-20. ISBN: 978-8484721239.]

sábado, 23 de noviembre de 2019

Poesías.- José de Espronceda (1808-1842)

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Canción del pirata

«Con diez cañones por banda, / viento en popa a toda vela
no corta el mar, sino vuela / un velero bergantín:
bajel pirata que llaman / por su bravura el Temido,
en todo mar conocido / del uno al otro confín.
La luna en el mar rïela, / en la lona gime el viento,
y alza en blando movimiento / olas de plata y azul;
y ve el capitán pirata, / cantando alegre en la popa,
Asia a un lado, al otro Europa / y allá a su frente Estambul.
"Navega, velero mío, / sin temor,
que ni enemigo navío, / ni tormenta ni bonanza
tu rumbo a torcer alcanza, / ni a sujetar tu valor.
Veinte presas / hemos hecho
a despecho /del inglés
y han rendido / sus pendones
cien naciones / a mis pies.
Que es mi barco mi tesoro, / que es mi Dios la libertad,
mi ley la fuerza y el viento, / mi única patria la mar.
Allá muevan feroz guerra / ciegos reyes
por un palmo más de tierra: / que yo tengo aquí por mío
cuanto abarca el mar bravío, / a quien nadie impuso leyes.
Y no hay playa / sea cual quiera,
ni bandera / de esplendor,
que no sienta / mi derecho
y dé pecho / a mi valor.
Que es mi barco mi tesoro, / que es mi Dios la libertad,
mi ley la fuerza y el viento, / mi única patria la mar.
A la voz de '¡barco viene!' / es de ver
cómo vira y se previene / a todo trapo a escapar:
que yo soy el rey del mar / y mi furia es de temer.
En las presas / yo divido
lo cogido / por igual:
sólo quiero / por riqueza
la belleza / sin rival.
Que es mi barco mi tesoro, / que es mi Dios la libertad,
mi ley la fuerza y el viento, / mi única patria la mar.
¡Sentenciado estoy a muerte! / Yo me río:
no me abandone la suerte / y al mismo que me condena,
colgaré de alguna antena, / quizá en su propio navío.
Y si caigo, /¿qué es la vida?
Por perdida /ya la di
cuando el yugo / del esclavo
como un bravo, / sacudí.
Que es mi barco mi tesoro, / que es mi Dios la libertad,
mi ley la fuerza y el viento, / mi única patria la mar.
Son mi música mejor / Aquilones;
el estrépito y temblor / de los cables sacudidos,
del negro mar los bramidos / y el rugir de mis cañones.
Y del trueno / al son violento,
y del viento / al rebramar,
yo me duermo / sosegado,
arrullado / por el mar.
Que es mi barco mi tesoro, / que es mi Dios la libertad,
mi ley la fuerza y el viento, / mi única patria la mar".»

    [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Espasa-Calpe, 1978, en edición de José Moreno Villa. ISBN: 84-239-3047-5.]

sábado, 26 de enero de 2019

Cartas a Miranda.- Quatremère de Quincy (1755-1849)


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Inventario de los robos hechos por los franceses en los países que han invadido sus ejércitos

«En este inventario no he hecho mención del robo de todas las pinturas, estatuas, bustos, manuscritos y monumentos de las artes, que estos canallas han sacado de las provincias conquistadas.
 Como todas las expediciones de la Francia se han emprendido con la mira del botín, han seguido a sus ejércitos constantemente numerosos cuerpos de gentes, con el proyecto de comprar los géneros hurtados que fuesen demasiado pesados para conducirlos con el bagaje. Jamás se ha movido Bonaparte sin una legión de estos avarientos y pudientes traficantes en su comitiva, los que estaban siempre prontos a comprar a un precio bajo cualquiera cosa que él y sus harpías podían agarrar en las casas que despojaban, desde la del habitante de la choza hasta la del príncipe. Este jefe de chamarileros o corredores ha vendido por sí mismo más muebles y efectos de casa, como vajillas, vinos, pinturas, bustos, adornos, etc. que la mitad de los prenderos de Europa. Los varios mueblecillos que pudo robar al paso en las casas particulares donde le alojaron, le habilitaron para dar la suma de veinte y tres mil libras esterlinas de dote a su hermana cuando se casó con el general Le Clerc, uno de los mayores canallas que ha deshonrado la noble profesión militar.
 Mr. Duppa, hombre de integridad, y buen observador, a quien he citado en mi primera carta, dice que fue testigo ocular cuando el Papa salió de Roma, que inmediatamente que abrieron el palacio del Vaticano y Quirinal, se hizo un inventario de todos los artículos; se permitió entonces comprar con ciertas condiciones cuanto escogió la compañía de corredores que seguía al ejército y después llamaron a los judíos de Gatta para que tomasen el resto. Estos corredores abastecían el ejército de Italia y cuando Bonaparte atravesó los Alpes la primera vez, les concedió la condición que ellos habían de elegir los primeros en el botín que hiciesen; pero le habían de pagar un tanto por ciento. Esta condición prueba una disposición previa en Bonaparte a no conquistar por amor a la consolidación y reposo de la Francia, sino por el saqueo. La rapiña pública y los robos particulares han sido característicos de este monstruo y de sus compañeros viles bandidos, sedientos siempre de derramar sangre y recoger el oro. Así el desgraciado pueblo de los países en que la sangrienta y mortal bandera de este agente infernal ha tremolado triunfante, puede exclamar justamente con el lúgubre lenguaje del escritor sagrado: "Aquello que ha dejado el gusano de la palma, ha comido la langosta, y aquello que ha dejado ésta, ha comido el gusano de la gangrena; y aquello que ha dejado este insecto, ha comido la oruga". En el África el fiero tigre salta únicamente sobre una víctima, la devora y despedaza; pero entre los franceses desde el jefe principal al inmediato en mando, desde éste al general, y aun hasta el pífano y el tambor hay arreglada una escala de despojo y de rapiña, que nadie se escapa de sus garras; y para coronarlo todo, una cuadrilla de comisarios, proveedores, etc. completan la obra de la desolación y la miseria, quienes arrebatan los restos que el voraz apetito de los militares no pudo consumir. Todo esto forma una numerosa oligarquía que se extiende sobre millones de gentes. Estas aves de rapiña devoradoras hacen que por los poros de los desgraciados habitantes por donde han invadido estos ejércitos de bandidos, haya habido una corriente de sangre y oro que los ha extenuado y aniquilado, quedando revueltos en sus ruinas y en una desolación lamentable...
 Es imposible pensar sin indignación la frialdad con que miran estos agentes monstruosos los actos más atroces, habiéndose familiarizado con la sangre, el robo y toda especie de inmoralidad. Han asolado y destruido la parte más hermosa de Europa y han triunfado, con impunidad de sus crímenes. Pero no falta una vista oculta que los observa: han estado abandonados a su presunción y así se han arrojado desenfrenadamente a la destrucción; pero nuestra energía frustrará el abominable designio que han tenido de destruir la libertad de Europa, y se debe esperar también que la Providencia con aquella mano oculta que dirige la justicia, que tan a menudo deshace los proyectos de la iniquidad, decretará, y hará que el artífice del mal sea destruido; y aunque este malvado se burla escandalosamente del poder del cielo y de todas las virtudes de la tierra; que comete todas las iniquidades escandalosamente; que cree y se jacta de tener encadenada la fortuna; estas legiones, cuyos excesos han llenado el mundo de terror, y han confundido los más poderosos gobiernos de Europa, pagarán en nuestras costas sus impunidades y crímenes, y en su humillante catástrofe confesarán que obra la justicia retributiva. La mano del Señor está levantada, y la de aquel que sólo obra grandes maravillas: el león británico, una vez despierto, puede hacer que nos dirijamos pronto a las naciones de la tierra, con aquel sublime y despertador lenguaje que Moisés usó una vez con los Israelitas, diciéndoles: No temáis: estad quietos y mirad la salvación del Señor: lo que habéis visto hoy en el enemigo, no lo volveréis a ver jamás.
 Nota
 El autor de esta carta no hace mención de los robos y saqueos que han hecho los ejércitos franceses en los países de Alemania, Austria, Prusia y demás por donde han transitado en las últimas campañas, y menos los que han hecho en los desgraciados pueblos de nuestra península. Pero por un juicio comparativo pueden calcular nuestros lectores lo que han robado en los citados países, y a lo que hemos estado expuestos si la energía española no se hubiese desplegado con valor, para destruir los pérfidos proyectos del corso usurpador.
 Aunque no constan de oficio todas las noticias que hemos dado, la carta que hemos traducido de Alfredo se ha tenido por verídica e imparcial cuando se publicó en Londres, y los datos de este inventario la mayor parte son públicos y conocidos de toda Europa.»
    
    [El texto pertenece a la edición en español de Nausícaä Edición Electrónica, 2007, en traducción de Ilduara Pintor Mazaeda. ISBN: 978-84-96633-36-0.]