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sábado, 21 de noviembre de 2020

El imperio vikingo de Tiahuanacu.- Jacques de Mahieu (1915-1990)

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I.-El gran viaje

  «Los cataclismos del final del siglo XIII constituyeron el principio de un largo período de decadencia debido, en gran parte, al enfriamiento de la región, pero también, en el curso de las últimas centurias antes de nuestra era, a la expansión anárquica de los celtas en la Europa occidental, que cortó las rutas del ámbar. Los cimbros y los teutones, primero, y luego los longobardos, los burgundos y los godos, se lanzaron hacia el Sur, donde chocaron con los romanos. Pronto, sin embargo, gracias a estos últimos, el comercio se reactivó  y la prosperidad volvió a Escandinavia, favorecida por una suavización del clima. La descomposición del Imperio acabó, una vez más, con la exportación del ámbar. Conflictos internos entre tribus o entre señores, y hasta actos de bandolerismo lisos y llanos, vinieron a agravar la crisis. Los anglos, los jutos y los sajones se lanzaron sobre la Gran Bretaña, mientras otras tribus, en olas sucesivas, iban a juntarse con los germanos continentales en su marcha hacia el Sur. Paradójicamente, la anarquía que imperaba en Occidente pronto favoreció a los pueblos escandinavos que no sufrían amenazas de ninguna índole. Desde el siglo V, y durante trescientos años, se vivió una edad de oro: el comercio y la piratería hicieron concentrarse en los puertos de las dos penínsulas buena parte de los tesoros de Europa. Ciudades de cierta importancia surgieron a orillas del Báltico. Los odales empezaron a federarse bajo la presión de los jarls más ambiciosos y más dotados de sentido político. En el siglo VII, la expansión demográfica provocada por la prosperidad reencontrada y el descontento suscitado, en muchos señores, por el nuevo orden social, crearon una tensión cuyas consecuencias ya conocemos: se iniciaba la era de los vikingos. 
 La historia, por lo general, la escriben los vencedores. La de los piratas escandinavos que asolaron a Europa occidental en los siglos IX y X, la redactaron las víctimas y no por ello, naturalmente, resultó más imparcial. Casi no se sabía escribir, en aquella época, sino en los conventos. Ahora bien: los vikingos saqueaban preferentemente monasterios e iglesias. No por odio religioso: los paganos se mostraban muy tolerantes y, cuando el cristianismo empezó a introducirse en Escandinavia, no se molestó en absoluto a sus adeptos. Hasta se les eximía de asistir a las ceremonias, obligatorias para los demás, que podían violentar su fe. Simplemente, los saqueadores eran atraídos por los tesoros que encerraban edificios que, para ellos, no eran más sagrados que los castillos. No es nada sorprendente, pues, que hayan dejado malos recuerdos a los historiadores eclesiásticos y que éstos nos los hayan presentado como agentes de Satanás. Sólo muy recientemente se ha empezado a medir el pro y el contra.
Resultado de imagen de jacques de mahieu el imperio vikingo  Los vikingos no eran ángeles ni demonios: simplemente hombres de su tiempo, de una época violenta poco adicta a la sensiblería. Lo que llamamos piratería no era para ellos sino una actividad tan loable como la corsa para los ingleses o los franceses del siglo XVII. Se labraba la tierra en otoño y en primavera, se partía en expedición en verano, se pasaba el invierno en fiestas y diversiones: ésta era la norma, al ritmo de las estaciones. Esos rudos guerreros, cuya moral toda estaba hecha de heroísmo, lealtad y camaradería, respetaban a las poblaciones indefensas, pero trataban a las que les resistían como se trataban entre sí en el curso de los conflictos esporádicos que oponían violentamente a bandas y odales. No se mostraban más tiernos para con los francos que Carlomagno para los sajones que convertía al cristianismo mediante argumentos... contundentes. Y si les parecía normal apropiarse del oro y las mujeres de los vencidos, lo podemos entender recordando que no hace tanto tiempo que el derecho de botín, reconocido a los ejércitos regulares, fue suprimido por convenios internacionales, no siempre respetados, por cierto.
 Esto aclarado, los vikingos no eran salvajes. Su mitología mucho se parecía a la de los griegos, derivada de ella, por lo demás. Los poemas de sus escaldas no tenían nada que envidiar a los romances de los troveros francos. Los libros de historia que les debemos -las sagas-, desconocidos en la Europa occidental hasta el siglo pasado, son más precisos y mejor escritos que los que nos dejaron en latín los monjes de la época. Sus armas y sus piezas de orfebrería atestiguan un arte refinado, del todo original. Su arquitectura naval produjo uno de los barcos mejor diseñados de todos los tiempos. Y si, por no utilizar la piedra, no construyeron, por lo menos en Escandinavia, grandes edificios que hubieran perdurado hasta nosotros, las esculturas sobre madera que se han conservado evidencian, en sus autores, una capacidad de creación que los sitúa, por lo menos, a la altura de los imagineros de Occidente.»
 
  [El texto pertenece a la edición en español de Ediciones de Nuevo Arte Thor, 1985, pp. 13-16. ISBN: 84-7327-102-5.]
 

martes, 13 de marzo de 2018

La saga de Yngvar, el viajero.- Oddr Snorrason (s. XII)


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VIII.- Muerte de Yngvar

«Después de esto se prepara Yngvar a toda prisa para partir con su tropa, y toman la dirección correcta y viajan día y noche lo más rápidamente posible. Entonces comenzó a propagarse una enfermedad por entre su tropa al punto de que murió la mejor de su gente, y habían muerto más de los que vivían. Yngvar enfermó también, y ya habían llegado al reino de Silkisif. Convocó a su hueste y les pidió enterrar a los que habían muerto.
 Entonces llamó a Ketil de las Fortalezas y a otros amigos suyos y dijo:
 -He contraído una enfermedad y sé que me llevará a la tumba y ahora tendré el lugar que me he ganado. Pero por la misericordia divina espero yo que el Hijo de Dios cumpla su promesa, pues de todo corazón me puse en sus manos cada día, a mi alma y cuerpo, y velé por esta gente lo mejor que pude. Quiero que sepáis que por el recto juicio de Dios hemos sido golpeados por esta epidemia; pero a mí es a quien más afectará esta plaga y este maleficio porque, cuando yo muera, desaparecerá la enfermedad. Quiero pediros a todos, y sobre todo a ti, Ketil, que llevéis mi cuerpo a Suecia y que lo hagáis enterrar junto a una iglesia. Pero las riquezas que tengo en oro y plata y ricos ropajes quiero dividirlas en tres partes: un tercio se lo doy a la iglesia y a los sacerdotes, la segunda se la doy a los pobres y la tercera será para mi padre y para mi hijo. Transmitidle a la reina Silkisif mis saludos. Pero sobre todo quiero que permanezcáis en concordia unos con otros. Y si tenéis dudas sobre qué dirección tomar, dejad que decida Ketil de las Fortalezas, porque él es el más sensato de todos.
 A continuación les deseó que les fuera bien y que se reencontraran con él el Día de la Resurrección. Habló muy bien sobre muchas cosas y vivió pocos días más.
 Prepararon su cuerpo con cuidado y lo depositaron en una caja, y emprendieron el rumbo correcto y llegaron a la ciudad de Citópolis. Cuando la reina reconoció sus naves, les salió al encuentro con gran boato. Pero cuando los vio desembarcar, se entristeció, pues se dio cuenta de que algo grave había ocurrido cuando no podía distinguir a aquel que para ella era el más importante de todos. Preguntó entonces por las novedades, especialmente por los sucesos relacionados con el fallecimiento de Yngvar y adónde llevaban su cuerpo. Ellos contestaron que lo habían enterrado. Ella replicó que estaban mintiendo y dijo que los haría matar si no le decían la verdad. Entonces le contaron las instrucciones que les dio Yngvar para su cuerpo y sus bienes. A continuación le entregaron el cadáver de Yngvar. Ella hizo llevarlo hasta la ciudad con gran pompa y prepararlo con ricos ungüentos para la inhumación.
 La reina les dijo que podían partir con la paz de Dios y de Yngvar.
 -Mi Dios es el vuestro. Transmitid mis saludos a los parientes de Yngvar cuando lleguéis a Suecia y pedidle a alguno de ellos que venga aquí con sacerdotes a cristianizar a estas gentes, y aquí se construirá entonces una iglesia en la que podrá descansar Yngvar.
 Cuando murió Yngvar habían pasado 1041 inviernos desde el nacimiento de Jesucristo. Tenía veinticinco años cuando murió. Fue once inviernos después de la muerte del rey Olaf Haraldsson el Santo.
 Ketil y los suyos se dispusieron a partir y le desearon a la reina larga vida, tomaron la ruta correcta y tenían doce barcos. Y cuando ya llevaban viajando un tiempo, tuvieron discrepancias acerca del rumbo y se separaron, pues ninguno quería seguir al otro. Ketil tomó el rumbo correcto y llegó hasta  Gardaríki, pero Valdemar alcanzó con una sola nava Miklagard. No sabemos decir con certeza qué fue de los otros barcos, porque la gente piensa que la mayoría se perdieron, y ya no podemos decir nada más de Yngvar. Pero sí sabemos que realizó grandes hazañas en este viaje, de las que los sabios han hablado mucho.
 Ketil, de quien ya hemos hablado, permaneció durante el invierno en Gardaríki y en verano regresó a Suecia y contó las hazañas que se habían realizado en ese viaje y le entregó el dinero al hijo de Yngvar, que se llamaba Svein, y le transmitió los saludos de la reina y sus palabras. Svein era de edad joven y de gran tamaño. Era un individuo fuerte y muy parecido a su padre. Se fue a saquear, pues quería ponerse a prueba primero. Y cuando ya habían pasado algunos inviernos, se marchó al este, a Gardaríki, con una numerosa tropa y permaneció allí durante el invierno.
 
IX.-Expedición de Svein Yngvarsson

Además se cuenta que aquel invierno Svein fue a una escuela a aprender a hablar muchas lenguas que la gente sabía que se utilizaban por el Austrveg. Más tarde, preparó treinta naves y dijo que deseaba dirigir una tropa para ir al encuentro de la reina. Llevaba consigo muchos sacerdotes. El más distinguido de ellos era el obispo que se llamaba Ródgeir. El obispo bendijo tres veces los destinos y echó tres veces las suertes, y cada vez salió que Dios quería que partiera. El obispo dijo que quería ir con mucho gusto.
 Svein comienza su viaje desde Gardaríki. Cuando llevaban viajando dos días por el río, les sorprendieron unos paganos con noventa naves; los normandos las llaman galeras. Los paganos se preparan al instante para la lucha, y también los otros, pero ninguno de los dos bandos entendían lo que decían los otros. Mientras se estaban armando, Svein elevó sus plegarias a Dios e hizo consultar cuál era la voluntad de Dios: si habían de pelear o si habían de huir ante tamaña superioridad. Las suertes los invitaron a luchar, y Svein prometió abandonar los saqueos si Dios les concedía la victoria. Después de esto comenzaron a luchar, y Svein y los suyos mataron a tantos paganos como quisieron, y al final huyeron los paganos en veinte naves, y el resto fue muerto, y Svein sufrió pocas pérdidas humanas, pero logró todo el botín que él y los suyos habrían querido poseer en oro y todo tipo de joyas.»
 
[El extracto pertenece a la edición en español de Miraguano Ediciones, en traducción de Santiago Ibáñez Lluch. ISBN: 978-84-7813-380-2.]
 

domingo, 1 de noviembre de 2015

"Saga de Egil Skallagrímsson".- Snorri Sturluson (1179-1241)

 
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16.- Thórólf cae en desgracia

 "Thórólf fue ese verano a Trondheim para ver al rey Harald, llevando consigo todo el tributo y otras muchas riquezas; lo acompañaban noventa hombres, todos ellos bien equipados. Y cuando llegó ante el rey fue conducido a la sala de huéspedes, y se lo trató muy generosamente. Más tarde, el mismo día, Ölvir Hnúfa fue a ver a su pariente Thórólf; charlaron; Ölvir dijo que estaban difamando gravemente a Thórólf, y que el rey prestaba oídos a tales historias. Thórólf le pidió a Ölvir que preparase una reunión con el rey.
 -Pues poco será lo que pueda hablar con el rey -dijo-, si él prefiere creer las mentiras de hombres perversos en lugar de las verdades y la lealtad que yo le ofrezco.
 Al día siguiente, Ölvir fue a ver a Thórólf y le dijo que había hablado con el rey.
 -No sé -dijo- mejor ahora que antes qué ideas tiene en la cabeza.
 -Iré yo mismo a verlo -dice Thórólf.
 Así lo hizo; fue a ver al rey después de la comida; saludó al rey al entrar; el rey le devolvió el saludo y ordenó que dieran de beber a Thórólf. Thórólf dijo que traía el tributo que le correspondía al rey, que lo había recaudado en Finnmark, "y aún más cosas he traído, para que recordéis, señor, mis regalos; os he traído las mejores cosas que he podido, para mostraros así mi agradecimiento".
 El rey dice que no esperaba sino cosas buenas de Thórólf, "pues sé que eso es lo que de ti puedo esperar -dice-, aunque dicen de ti cosas muy distintas sobre cómo quieres complacerme".
 -No admito la verdad de la deslealtad que algunos me imputan -dice Thórólf-. Señor, creo que quienes tales cosas dicen han de ser peores enemigos vuestros que lo pueda ser yo; por cierto que habrán de ser también mis enemigos, pero en verdad que sabré recompensarlos si nos encontramos.
 Entonces se marchó Thórólf; al día siguiente Thórólf le entrega el tributo en presencia del rey; cuando hubo entregado todo, Thórólf le mostró al rey varias pieles de castor y de marta, y dijo que quería regalárselas. Muchos de los que allí estaban dijeron que era una buena acción merecedora de su amistad. El rey dijo que Thórólf tenía ya el pago que merecía. Thórólf dijo que había hecho lealmente todo lo que podía en beneficio del rey.
 -Si sigue sin gustarle no haré nada más. El rey pudo comprobar mi conducta cuando estuve en su corte, y me parece extraño que el rey me considere ahora distinto a la persona que conoció.
 El rey dice: "Tu conducta fue buena, Thórólf, cuando estabas con nosotros; creo que lo mejor sería que vinieses a mi corte; lleva mi enseña y sé mi condestable, por encima de todos los demás; nadie podrá difamarte si yo puedo observar día y noche tu conducta."
 Thórólf miró a ambos lados; allí estaba la gente de su casa. Dijo: "No deseo abandonar mi región; de vos depende, señor, el darme títulos y honores, pero no quiero abandonar a mis paisanos mientras me sea posible, aunque tenga que arreglármelas yo solo con mis propios medios. Es mi ruego y mi deseo, señor, volver a mi casa y escuchar los consejos de las personas que gocen de vuestra confianza; haced después lo que mejor os parezca."
 El rey responde diciendo que no volverá a aceptar invitación o regalo alguno de Thórólf. Thórólf se marchó y se preparó para volver a casa. Cuando se hubo marchado, el rey entregó a los hijos de Hildiríd la provincia de Halogaland, que hasta entonces había sido de Thórólf, así como el derecho a viajar a Laponia; el rey declaró propiedad suya la casa de Torgar y todas las propiedades de Brynjólf y se las dio a los hijos de Hildiríd para que las administraran. El rey envió hombres con testimonios a ver a Thórólf, para comunicarle la decisión que había tomado. Thórólf tomó el barco que tenía y lo cargó con todo lo que podía llevar consigo, y se hizo acompañar de todos sus hombres, tanto libres como esclavos; se marchó entonces a su casa de Sandness; no disminuyó allí el séquito de Thórólf ni su magnificencia".