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sábado, 21 de noviembre de 2020

El imperio vikingo de Tiahuanacu.- Jacques de Mahieu (1915-1990)

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I.-El gran viaje

  «Los cataclismos del final del siglo XIII constituyeron el principio de un largo período de decadencia debido, en gran parte, al enfriamiento de la región, pero también, en el curso de las últimas centurias antes de nuestra era, a la expansión anárquica de los celtas en la Europa occidental, que cortó las rutas del ámbar. Los cimbros y los teutones, primero, y luego los longobardos, los burgundos y los godos, se lanzaron hacia el Sur, donde chocaron con los romanos. Pronto, sin embargo, gracias a estos últimos, el comercio se reactivó  y la prosperidad volvió a Escandinavia, favorecida por una suavización del clima. La descomposición del Imperio acabó, una vez más, con la exportación del ámbar. Conflictos internos entre tribus o entre señores, y hasta actos de bandolerismo lisos y llanos, vinieron a agravar la crisis. Los anglos, los jutos y los sajones se lanzaron sobre la Gran Bretaña, mientras otras tribus, en olas sucesivas, iban a juntarse con los germanos continentales en su marcha hacia el Sur. Paradójicamente, la anarquía que imperaba en Occidente pronto favoreció a los pueblos escandinavos que no sufrían amenazas de ninguna índole. Desde el siglo V, y durante trescientos años, se vivió una edad de oro: el comercio y la piratería hicieron concentrarse en los puertos de las dos penínsulas buena parte de los tesoros de Europa. Ciudades de cierta importancia surgieron a orillas del Báltico. Los odales empezaron a federarse bajo la presión de los jarls más ambiciosos y más dotados de sentido político. En el siglo VII, la expansión demográfica provocada por la prosperidad reencontrada y el descontento suscitado, en muchos señores, por el nuevo orden social, crearon una tensión cuyas consecuencias ya conocemos: se iniciaba la era de los vikingos. 
 La historia, por lo general, la escriben los vencedores. La de los piratas escandinavos que asolaron a Europa occidental en los siglos IX y X, la redactaron las víctimas y no por ello, naturalmente, resultó más imparcial. Casi no se sabía escribir, en aquella época, sino en los conventos. Ahora bien: los vikingos saqueaban preferentemente monasterios e iglesias. No por odio religioso: los paganos se mostraban muy tolerantes y, cuando el cristianismo empezó a introducirse en Escandinavia, no se molestó en absoluto a sus adeptos. Hasta se les eximía de asistir a las ceremonias, obligatorias para los demás, que podían violentar su fe. Simplemente, los saqueadores eran atraídos por los tesoros que encerraban edificios que, para ellos, no eran más sagrados que los castillos. No es nada sorprendente, pues, que hayan dejado malos recuerdos a los historiadores eclesiásticos y que éstos nos los hayan presentado como agentes de Satanás. Sólo muy recientemente se ha empezado a medir el pro y el contra.
Resultado de imagen de jacques de mahieu el imperio vikingo  Los vikingos no eran ángeles ni demonios: simplemente hombres de su tiempo, de una época violenta poco adicta a la sensiblería. Lo que llamamos piratería no era para ellos sino una actividad tan loable como la corsa para los ingleses o los franceses del siglo XVII. Se labraba la tierra en otoño y en primavera, se partía en expedición en verano, se pasaba el invierno en fiestas y diversiones: ésta era la norma, al ritmo de las estaciones. Esos rudos guerreros, cuya moral toda estaba hecha de heroísmo, lealtad y camaradería, respetaban a las poblaciones indefensas, pero trataban a las que les resistían como se trataban entre sí en el curso de los conflictos esporádicos que oponían violentamente a bandas y odales. No se mostraban más tiernos para con los francos que Carlomagno para los sajones que convertía al cristianismo mediante argumentos... contundentes. Y si les parecía normal apropiarse del oro y las mujeres de los vencidos, lo podemos entender recordando que no hace tanto tiempo que el derecho de botín, reconocido a los ejércitos regulares, fue suprimido por convenios internacionales, no siempre respetados, por cierto.
 Esto aclarado, los vikingos no eran salvajes. Su mitología mucho se parecía a la de los griegos, derivada de ella, por lo demás. Los poemas de sus escaldas no tenían nada que envidiar a los romances de los troveros francos. Los libros de historia que les debemos -las sagas-, desconocidos en la Europa occidental hasta el siglo pasado, son más precisos y mejor escritos que los que nos dejaron en latín los monjes de la época. Sus armas y sus piezas de orfebrería atestiguan un arte refinado, del todo original. Su arquitectura naval produjo uno de los barcos mejor diseñados de todos los tiempos. Y si, por no utilizar la piedra, no construyeron, por lo menos en Escandinavia, grandes edificios que hubieran perdurado hasta nosotros, las esculturas sobre madera que se han conservado evidencian, en sus autores, una capacidad de creación que los sitúa, por lo menos, a la altura de los imagineros de Occidente.»
 
  [El texto pertenece a la edición en español de Ediciones de Nuevo Arte Thor, 1985, pp. 13-16. ISBN: 84-7327-102-5.]
 

sábado, 26 de enero de 2019

Cartas a Miranda.- Quatremère de Quincy (1755-1849)


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Inventario de los robos hechos por los franceses en los países que han invadido sus ejércitos

«En este inventario no he hecho mención del robo de todas las pinturas, estatuas, bustos, manuscritos y monumentos de las artes, que estos canallas han sacado de las provincias conquistadas.
 Como todas las expediciones de la Francia se han emprendido con la mira del botín, han seguido a sus ejércitos constantemente numerosos cuerpos de gentes, con el proyecto de comprar los géneros hurtados que fuesen demasiado pesados para conducirlos con el bagaje. Jamás se ha movido Bonaparte sin una legión de estos avarientos y pudientes traficantes en su comitiva, los que estaban siempre prontos a comprar a un precio bajo cualquiera cosa que él y sus harpías podían agarrar en las casas que despojaban, desde la del habitante de la choza hasta la del príncipe. Este jefe de chamarileros o corredores ha vendido por sí mismo más muebles y efectos de casa, como vajillas, vinos, pinturas, bustos, adornos, etc. que la mitad de los prenderos de Europa. Los varios mueblecillos que pudo robar al paso en las casas particulares donde le alojaron, le habilitaron para dar la suma de veinte y tres mil libras esterlinas de dote a su hermana cuando se casó con el general Le Clerc, uno de los mayores canallas que ha deshonrado la noble profesión militar.
 Mr. Duppa, hombre de integridad, y buen observador, a quien he citado en mi primera carta, dice que fue testigo ocular cuando el Papa salió de Roma, que inmediatamente que abrieron el palacio del Vaticano y Quirinal, se hizo un inventario de todos los artículos; se permitió entonces comprar con ciertas condiciones cuanto escogió la compañía de corredores que seguía al ejército y después llamaron a los judíos de Gatta para que tomasen el resto. Estos corredores abastecían el ejército de Italia y cuando Bonaparte atravesó los Alpes la primera vez, les concedió la condición que ellos habían de elegir los primeros en el botín que hiciesen; pero le habían de pagar un tanto por ciento. Esta condición prueba una disposición previa en Bonaparte a no conquistar por amor a la consolidación y reposo de la Francia, sino por el saqueo. La rapiña pública y los robos particulares han sido característicos de este monstruo y de sus compañeros viles bandidos, sedientos siempre de derramar sangre y recoger el oro. Así el desgraciado pueblo de los países en que la sangrienta y mortal bandera de este agente infernal ha tremolado triunfante, puede exclamar justamente con el lúgubre lenguaje del escritor sagrado: "Aquello que ha dejado el gusano de la palma, ha comido la langosta, y aquello que ha dejado ésta, ha comido el gusano de la gangrena; y aquello que ha dejado este insecto, ha comido la oruga". En el África el fiero tigre salta únicamente sobre una víctima, la devora y despedaza; pero entre los franceses desde el jefe principal al inmediato en mando, desde éste al general, y aun hasta el pífano y el tambor hay arreglada una escala de despojo y de rapiña, que nadie se escapa de sus garras; y para coronarlo todo, una cuadrilla de comisarios, proveedores, etc. completan la obra de la desolación y la miseria, quienes arrebatan los restos que el voraz apetito de los militares no pudo consumir. Todo esto forma una numerosa oligarquía que se extiende sobre millones de gentes. Estas aves de rapiña devoradoras hacen que por los poros de los desgraciados habitantes por donde han invadido estos ejércitos de bandidos, haya habido una corriente de sangre y oro que los ha extenuado y aniquilado, quedando revueltos en sus ruinas y en una desolación lamentable...
 Es imposible pensar sin indignación la frialdad con que miran estos agentes monstruosos los actos más atroces, habiéndose familiarizado con la sangre, el robo y toda especie de inmoralidad. Han asolado y destruido la parte más hermosa de Europa y han triunfado, con impunidad de sus crímenes. Pero no falta una vista oculta que los observa: han estado abandonados a su presunción y así se han arrojado desenfrenadamente a la destrucción; pero nuestra energía frustrará el abominable designio que han tenido de destruir la libertad de Europa, y se debe esperar también que la Providencia con aquella mano oculta que dirige la justicia, que tan a menudo deshace los proyectos de la iniquidad, decretará, y hará que el artífice del mal sea destruido; y aunque este malvado se burla escandalosamente del poder del cielo y de todas las virtudes de la tierra; que comete todas las iniquidades escandalosamente; que cree y se jacta de tener encadenada la fortuna; estas legiones, cuyos excesos han llenado el mundo de terror, y han confundido los más poderosos gobiernos de Europa, pagarán en nuestras costas sus impunidades y crímenes, y en su humillante catástrofe confesarán que obra la justicia retributiva. La mano del Señor está levantada, y la de aquel que sólo obra grandes maravillas: el león británico, una vez despierto, puede hacer que nos dirijamos pronto a las naciones de la tierra, con aquel sublime y despertador lenguaje que Moisés usó una vez con los Israelitas, diciéndoles: No temáis: estad quietos y mirad la salvación del Señor: lo que habéis visto hoy en el enemigo, no lo volveréis a ver jamás.
 Nota
 El autor de esta carta no hace mención de los robos y saqueos que han hecho los ejércitos franceses en los países de Alemania, Austria, Prusia y demás por donde han transitado en las últimas campañas, y menos los que han hecho en los desgraciados pueblos de nuestra península. Pero por un juicio comparativo pueden calcular nuestros lectores lo que han robado en los citados países, y a lo que hemos estado expuestos si la energía española no se hubiese desplegado con valor, para destruir los pérfidos proyectos del corso usurpador.
 Aunque no constan de oficio todas las noticias que hemos dado, la carta que hemos traducido de Alfredo se ha tenido por verídica e imparcial cuando se publicó en Londres, y los datos de este inventario la mayor parte son públicos y conocidos de toda Europa.»
    
    [El texto pertenece a la edición en español de Nausícaä Edición Electrónica, 2007, en traducción de Ilduara Pintor Mazaeda. ISBN: 978-84-96633-36-0.]

martes, 13 de marzo de 2018

La saga de Yngvar, el viajero.- Oddr Snorrason (s. XII)


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VIII.- Muerte de Yngvar

«Después de esto se prepara Yngvar a toda prisa para partir con su tropa, y toman la dirección correcta y viajan día y noche lo más rápidamente posible. Entonces comenzó a propagarse una enfermedad por entre su tropa al punto de que murió la mejor de su gente, y habían muerto más de los que vivían. Yngvar enfermó también, y ya habían llegado al reino de Silkisif. Convocó a su hueste y les pidió enterrar a los que habían muerto.
 Entonces llamó a Ketil de las Fortalezas y a otros amigos suyos y dijo:
 -He contraído una enfermedad y sé que me llevará a la tumba y ahora tendré el lugar que me he ganado. Pero por la misericordia divina espero yo que el Hijo de Dios cumpla su promesa, pues de todo corazón me puse en sus manos cada día, a mi alma y cuerpo, y velé por esta gente lo mejor que pude. Quiero que sepáis que por el recto juicio de Dios hemos sido golpeados por esta epidemia; pero a mí es a quien más afectará esta plaga y este maleficio porque, cuando yo muera, desaparecerá la enfermedad. Quiero pediros a todos, y sobre todo a ti, Ketil, que llevéis mi cuerpo a Suecia y que lo hagáis enterrar junto a una iglesia. Pero las riquezas que tengo en oro y plata y ricos ropajes quiero dividirlas en tres partes: un tercio se lo doy a la iglesia y a los sacerdotes, la segunda se la doy a los pobres y la tercera será para mi padre y para mi hijo. Transmitidle a la reina Silkisif mis saludos. Pero sobre todo quiero que permanezcáis en concordia unos con otros. Y si tenéis dudas sobre qué dirección tomar, dejad que decida Ketil de las Fortalezas, porque él es el más sensato de todos.
 A continuación les deseó que les fuera bien y que se reencontraran con él el Día de la Resurrección. Habló muy bien sobre muchas cosas y vivió pocos días más.
 Prepararon su cuerpo con cuidado y lo depositaron en una caja, y emprendieron el rumbo correcto y llegaron a la ciudad de Citópolis. Cuando la reina reconoció sus naves, les salió al encuentro con gran boato. Pero cuando los vio desembarcar, se entristeció, pues se dio cuenta de que algo grave había ocurrido cuando no podía distinguir a aquel que para ella era el más importante de todos. Preguntó entonces por las novedades, especialmente por los sucesos relacionados con el fallecimiento de Yngvar y adónde llevaban su cuerpo. Ellos contestaron que lo habían enterrado. Ella replicó que estaban mintiendo y dijo que los haría matar si no le decían la verdad. Entonces le contaron las instrucciones que les dio Yngvar para su cuerpo y sus bienes. A continuación le entregaron el cadáver de Yngvar. Ella hizo llevarlo hasta la ciudad con gran pompa y prepararlo con ricos ungüentos para la inhumación.
 La reina les dijo que podían partir con la paz de Dios y de Yngvar.
 -Mi Dios es el vuestro. Transmitid mis saludos a los parientes de Yngvar cuando lleguéis a Suecia y pedidle a alguno de ellos que venga aquí con sacerdotes a cristianizar a estas gentes, y aquí se construirá entonces una iglesia en la que podrá descansar Yngvar.
 Cuando murió Yngvar habían pasado 1041 inviernos desde el nacimiento de Jesucristo. Tenía veinticinco años cuando murió. Fue once inviernos después de la muerte del rey Olaf Haraldsson el Santo.
 Ketil y los suyos se dispusieron a partir y le desearon a la reina larga vida, tomaron la ruta correcta y tenían doce barcos. Y cuando ya llevaban viajando un tiempo, tuvieron discrepancias acerca del rumbo y se separaron, pues ninguno quería seguir al otro. Ketil tomó el rumbo correcto y llegó hasta  Gardaríki, pero Valdemar alcanzó con una sola nava Miklagard. No sabemos decir con certeza qué fue de los otros barcos, porque la gente piensa que la mayoría se perdieron, y ya no podemos decir nada más de Yngvar. Pero sí sabemos que realizó grandes hazañas en este viaje, de las que los sabios han hablado mucho.
 Ketil, de quien ya hemos hablado, permaneció durante el invierno en Gardaríki y en verano regresó a Suecia y contó las hazañas que se habían realizado en ese viaje y le entregó el dinero al hijo de Yngvar, que se llamaba Svein, y le transmitió los saludos de la reina y sus palabras. Svein era de edad joven y de gran tamaño. Era un individuo fuerte y muy parecido a su padre. Se fue a saquear, pues quería ponerse a prueba primero. Y cuando ya habían pasado algunos inviernos, se marchó al este, a Gardaríki, con una numerosa tropa y permaneció allí durante el invierno.
 
IX.-Expedición de Svein Yngvarsson

Además se cuenta que aquel invierno Svein fue a una escuela a aprender a hablar muchas lenguas que la gente sabía que se utilizaban por el Austrveg. Más tarde, preparó treinta naves y dijo que deseaba dirigir una tropa para ir al encuentro de la reina. Llevaba consigo muchos sacerdotes. El más distinguido de ellos era el obispo que se llamaba Ródgeir. El obispo bendijo tres veces los destinos y echó tres veces las suertes, y cada vez salió que Dios quería que partiera. El obispo dijo que quería ir con mucho gusto.
 Svein comienza su viaje desde Gardaríki. Cuando llevaban viajando dos días por el río, les sorprendieron unos paganos con noventa naves; los normandos las llaman galeras. Los paganos se preparan al instante para la lucha, y también los otros, pero ninguno de los dos bandos entendían lo que decían los otros. Mientras se estaban armando, Svein elevó sus plegarias a Dios e hizo consultar cuál era la voluntad de Dios: si habían de pelear o si habían de huir ante tamaña superioridad. Las suertes los invitaron a luchar, y Svein prometió abandonar los saqueos si Dios les concedía la victoria. Después de esto comenzaron a luchar, y Svein y los suyos mataron a tantos paganos como quisieron, y al final huyeron los paganos en veinte naves, y el resto fue muerto, y Svein sufrió pocas pérdidas humanas, pero logró todo el botín que él y los suyos habrían querido poseer en oro y todo tipo de joyas.»
 
[El extracto pertenece a la edición en español de Miraguano Ediciones, en traducción de Santiago Ibáñez Lluch. ISBN: 978-84-7813-380-2.]
 

martes, 20 de febrero de 2018

Hijo de ladrón.- Manuel Rojas (1896-1973)


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Segunda parte.
 IV

«-¡Con otro empujón cae!...
 Junto con empezar a inclinarse el tranvía, empezaba a erguirse el griterío, que se iniciaba con voces aisladas, restallantes, estimuladoras, a las cuales se unían pronto otras de admiración, formando todas al fin, una columna que alcanzaba su mayor altura cuando el tranvía, imponente, pero bruto, indiferente a su destino, obedecía al impulso y cedía cinco, diez, quince grados: unos más y caería. Por fin cayó y los hombres saltaron hacia atrás o hacia los lados, temerosos de que reventara con el golpe y los hiriera con los vidrios, hierros o astillas que se desprendieron de él; pero nada saltó y nadie quedó herido. Es curioso ver un tranvía por debajo: las pesadas ruedas, aquellas ruedas que trituran y seguirán triturando tantas piernas, brazos y columnas vertebrales, hierros llenos de grasa y de tierra, gruesos resortes, húmedos, como transpirados, telarañas, trocillos de papeles de colores, mariposas nocturnas.
 Una vez volcado, el tranvía perdió su interés y la gente corrió hacia el otro, que esperaba su destino con las luces apagadas, las ventanillas rotas, los vidrios hechos polvo. En ese momento apareció o volvió la policía -nunca se sabe cuándo es una y cuándo es otra, ya que siempre es igual, siempre verde, siempre parda o siempre azul-, pero la gente no huyó: no se trataba ya de veinte o de cincuenta hombres, sino de centenares, y así como los hombres huyeron cuando estaban en minoría, así la policía no cargó al advertir que el número estaba en su contra. Avanzó con lentitud y se colocó en el margen de la calle, de modo que las grupas de los caballos quedaran vueltas hacia la acera. La multitud, tranquilizada de repente, aunque exaltada, tomó posiciones, no quitando ojo a los caballos, a las lanzas y a los sables. Pronto empezaron oírse voces altas:
 -¡Parece que tuvieran hambre!
 -¡Todos tienen cara de perros!
 -¿Y el oficial? ¡Mírenlo! Tiene cara de sable.
 El oficial, en efecto, tenía una cara larga y afiladísima. Parecía nervioso, y su caballo negro, aparecía más nervioso aún: se agitaba, agachando y levantando una y otra vez la cabeza.
 -¿Qué esperan?
 -¿Por qué no cargan ahora, perros? ¡Para eso les pagan!
 En ese momento se encendieron las luces de los cerros y la ciudad pareció tomar amplitud, subiendo hacia los faldeos con sus ramas de luz.
 -¡Vámonos!
 -¡Vamos! Dejemos solos a estos desgraciados.
 Cada palabra de provocación y cada injuria dirigida hacia los policías me duelen de un modo extraño: siento que todas pegan con dureza contra sus rostros y hasta creo ver que pestañean cada vez que una sale de la multitud. Me parece que no debería injuriárseles ni provocárseles; además, estando entre los que gritan aquellas palabras, aparezco también un poco responsable. Es cierto que momentos antes había tenido que correr, sin motivo alguno y como una liebre, ante la caballada, pero, no sé por qué, la inconsciencia de los policías y de los caballos se me antoja forzosa, impuesta, disculpable por ello, en tanto que los gritos eran libres y voluntarios. Una voz pregunta dentro de mí por qué la policía podía cargar cuando quería y por qué la multitud no podía gritar si así le daba la gana; no sé qué responder y me cuido mucho de hacer callar a nadie: no quiero recibir un palo en la cabeza o un puñetazo en la nariz. Siguieron, pues, los gritos y las malas palabras y las ironías, y a pesar de que temí que la provocación trajera una reacción violenta de parte de la policía, no ocurrió tal cosa. El oficial y los hombres de su tropa parecían no oír nada; allí estaban, pálidos algunos, un poco desencajados otros, indiferentes en apariencia los más, semejando, menos que hombres, máquinas o herramientas, objetos para usar. En la oscuridad flanquean las camisas de los trabajadores y en el aire hay algo tenso que amenaza romperse de un momento a otro. Nada llegó a romperse, sin embargo. La multitud empezó a desperdigarse en grupos, yéndose unos por una calle y otros por otra, allí no había nada que hacer. La policía permaneció en el sitio: no podía seguir a cada grupo y ninguno era más importante que el otro. La gente se despedía:
 -¡No se vayan a aburrir!
 -¡Pobrecitos, se quedan solos!
 -¡La carita que tienen!
La aventura no terminó allí: el motín bullía por toda la parte baja de la ciudad, excepto en el centro, donde estaban los bancos, los diarios, las grandes casas comerciales; en algunas partes la multitud apedreó los almacenes de comestibles, de preferencia los de la parte amplia de la ciudad y los que estaban al pie de los cerros. No tenían nada que ver, es cierto, con el alza de las tarifas de tranvías, pero muchos hombres aprovecharon la oportunidad para demostrar su antipatía hacia los que durante meses y años explotan su pobreza y viven de ella, robándoles en el peso, en los precios y en la calidad; la mezquindad de algunos, el cinismo de otros, la avaricia de muchos y la indiferencia de todos o de casi todos, que producen resquemores y heridas, agravios y odios a través de largos y tristes días de miseria, reaparecían en el recuerdo, y muchos almacenes, además de apedreados, fueron saqueados de la mercadería puesta cerca de las puertas, papas o porotos, verduras o útiles, escobas, cacerolas, que cuelgan al alcance de las manos: se suscitaron incidentes y algunos almaceneros dispararon armas, hiriendo, por supuesto, a los que pasaban o miraban, lo que enardeció más a la multitud. Hubo heridos y la sirena de las ambulancias empezó a aullar por las calles.
 Cayó la noche y yo vagaba de aquí para allá, siguiendo ya a un grupo, ya a otro, aquello me entretenía; no gritaba ni tiraba piedras y aunque los gritos y las pedradas me dolían no me resolvía a marcharme; te escribiré desde... Había olvidado a mi amigo y a su barco. Los boticarios, detrás de sus frágiles mostradores, aparecen como transparentes, rodeados de pequeños y grandes frascos con líquidos de diversos colores, espejos y vitrinas, y miran hacia fuera, hacia la calle, con curiosidad y sorpresa, como queriendo dar a entender que no tienen nada que ver con lo que sucede, mucho menos con las empresas de tranvías o con los almacenes de comestibles: venden remedios y son, por eso, benefactores de la gente; contribuyen a mitigar el dolor. No tendrían, claro está, la conciencia muy tranquila ya que ni los comerciantes muertos la tendrán, pero la muchedumbre y las personas que la formaban, obreros y jornaleros, empleados y vendedores callejeros, entre quienes empezaron a aparecer maleantes, sentían que una botica no es algo de todos los días ni de cada momento, como el almacén o la verdulería; nadie entra a una botica a pedir fiado un frasco de remedio para la tos o uno de tónico para la debilidad y el boticario no pesa, en general, la mercadería que vende - por lo menos no lo hace a la vista del público-; en consecuencia, y aparentemente, no roba en el peso ni es, también en apariencia, mezquino, y si uno no tiene dinero para adquirir un pectoral o un reconstituyente puede seguir tosiendo o enflaqueciéndose o recurrir a remedios caseros, que siempre son más baratos; nadie, por otra parte, puede tener la insensata ocurrencia de robarse una caja de polvos de arroz o una escobilla para los dientes; pero al pan, al azúcar, a los porotos, a las papas, al café, al té, a la manteca, no se puede renunciar así como así para siempre ni hay productos caseros que los substituyan.»
 
 [El extracto pertenece a la edición en español de Editorial Cátedra. ISBN: 84-376-1898-3.]
 

miércoles, 24 de mayo de 2017

"El corsario negro".- Emilio Salgari (1862-1911)


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El filibusterismo

«En 1625, mientras Francia e Inglaterra intentaban domeñar el formidable poderío español con incesantes guerras, dos navíos, uno francés y otro inglés, tripulados por intrépidos corsarios que habían llegado al mar de las Antillas para arruinar el floreciente comercio de las colonias españolas, fondeaban casi al mismo tiempo ante la llamada isla de San Cristóbal, habitada tan sólo por algunas tribus de caribes.
 Los franceses estaban capitaneados por un caballero normando llamado D'Enanbue y los ingleses por el caballero Thomas Warner.
 Puesto que la isla era fértil y los indígenas apacibles, los corsarios se establecieron en ella con tranquilidad, compartiendo fraternalmente aquel pedazo de tierra y fundando dos pequeñas colonias.
 Hacía cinco años que aquellas pequeñas poblaciones vivían despreocupadamente, cultivando la tierra y renunciando a piratear los mares, cuando en un día aciago apareció una escuadra española que causó la muerte de una parte importante de los colonos y destruyó sus viviendas. Los españoles consideraban que todas las islas del golfo de México eran de su absoluta propiedad.
 Algunos colonos huyeron de la cólera española y consiguieron ponerse a salvo en otra pequeña isla, la isla de la Tortuga, llamada así porque, vista desde una cierta distancia, se asemeja a este reptil. Situada al norte de Santo Domingo, casi frente a la península de Samaná, su sencillo puerto era fácil de defender.
 Este pequeño grupo de corsarios fue el origen de una formidable casta de filibusteros que, en poco tiempo, iba a sorprender al mundo con sus extraordinarias e increíbles empresas. Mientras algunos de ellos se dedicaban al cultivo de aquella tierra virgen, que producía un tabaco de excelente calidad, otros, deseosos de vengar la destrucción de las dos pequeñas colonias, se entregaron a la piratería, lanzándose al mar en pequeños botes para dar caza a los españoles.
 La isla de la Tortuga se convirtió pronto en un centro importante al que acudieron numerosos aventureros franceses e ingleses de la vecina Santo Domingo y de Europa, enviados allí sobre todo por armadores normandos. Aquella gente, entre la que se encontraban sobre todo hombres inadaptados, soldados y marineros ávidos de botín, que habían llegado a la Tortuga atraídos por el deseo de hacer fortuna y de echar mano a las ricas minas de las que España extraía torrentes de oro, no encontraron en esa pequeña isla lo que buscaban y se entregaron al saqueo de los mares. Hay que tener en cuenta además que sus naciones estaban en guerra continua contra el coloso ibérico.
 Los colonos españoles de Santo Domingo, al ver sus comercios saqueados, pensaron en desembarazarse inmediatamente de aquellos ladrones y aprovechando un momento en que la isla de la Tortuga había quedado casi sin guarnición, enviaron poderosas fuerzas para asaltarla. La presa fue fácil y todos aquellos filibusteros que cayeron en manos de los españoles fueron masacrados o ahorcados.
 Los filibusteros, que estaban corseando los mares, juraron vengarse en cuanto conocieron la matanza perpetrada y, a las órdenes de Willes, reconquistaron la isla tras una lucha desesperada, asesinando a todo el destacamento español. Pero entonces surgieron ásperas discordias entre los colonos, al ser los franceses más numerosos que los ingleses; los españoles aprovecharon esta circunstancia para caer de nuevo sobre la isla de la Tortuga y expulsar a sus habitantes, que se vieron obligados a refugiarse en los bosques de Santo Domingo.
 Del mismo modo que los colonos de San Cristóbal fueron los antecesores de los filibusteros, los bucaneros surgieron a partir de los fugitivos de la isla de la Tortuga. El término bucanero proviene del vocablo caribe bucan, que significa ahumar y secar las pieles de los animales a los que se ha dado caza.
 Estos hombres, que más adelante se convirtieron en los más valiosos aliados de los filibusteros, vivían como los salvajes, en miserables cabañas improvisadas con unas cuantas ramas. Su atuendo consistía en una camisa de tela gruesa siempre manchada de sangre, unos toscos calzones, una ancha faja ceñida a la cintura que sostenía un pequeño sable y dos cuchillos, zapatos de piel de cerdo y un sombrero. Sólo tenían una ambición: poseer un buen fusil y una nutrida jauría de grandes perros.
 Al no tener familia, se unían de dos en dos para ayudarse entre sí. Al alba salían a cazar, enfrentándose valerosamente a los bueyes salvajes, muy numerosos en los bosques de Santo Domingo; no volvían hasta la noche, cada uno con una piel y un trozo de carne para comer. Para almorzar se conformaban con sorber el tuétano de los huesos más grandes.
 Unidos en confederación, comenzaron a molestar a los españoles, que los persiguieron como a bestias feroces. Como no consiguieron destruirlos, exterminaron con grandes batidas a todos los bueyes salvajes, arrebatando a aquellos pobres cazadores cualquier medio de subsistencia.
 Fue entonces cuando los filibusteros y los bucaneros se unieron bajo el nombre de Hermanos de la Costa; volvieron a la isla de la Tortuga, con un insaciable deseo de vengarse de los españoles.
 Aquellos intrépidos cazadores, que nunca erraban un disparo porque tenían excelente puntería, constituyeron una poderosa ayuda para los filibusteros, que lograron una gran expansión.
 La isla de la Tortuga prosperó rápidamente y se convirtió en cobijo de todos los aventureros franceses, holandeses, ingleses y de otras naciones bajo el mandato de Beltrando d'Ogeron, gobernador enviado por Francia.
 Puesto que la guerra contra España había estallado de nuevo, los filibusteros comenzaron sus primeras empresas audaces asaltando con desesperado arrojo todas las naves españolas que podían sorprender. Al principio, sólo contaban con miserables chalupas, dentro de las cuales apenas podían moverse, pero más adelante consiguieron excelentes naves, que confiscaron a sus eternos enemigos. Como carecían de artillería eran los bucaneros quienes se encargaban de equilibrar las fuerzas al ser, como hemos dicho, infalibles tiradores; bastaban pocos disparos para aniquilar las tripulaciones españolas.
 Su audacia era tal que osaban enfrentarse a los más grandes navíos, a los que abordaban con auténtico furor. Ni la metralla, ni las balas, ni la resistencia más obstinada, los detenían. Eran auténticos desesperados que menospreciaban el peligro, indiferentes ante la muerte; eran auténticos demonios, al menos así lo creían ingenuamente los españoles, que los consideraban seres infernales. Raras veces daban cuartel a los vencidos, como tampoco sus adversarios lo concedían. Solamente perdonaban la vida a personas con rango para obtener después grandes rescates, pero a los demás prisioneros los arrojaban al agua. Eran luchas de exterminio sin cuartel por ambas partes.»