jueves, 2 de noviembre de 2017

"Las bellas extranjeras".- Mircea Cartarescu (1956)


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«En el mundillo literario no importa quién seas o qué hagas sino la forma en que apareces a los ojos de los demás. Pero esta imagen, la mayoría de las veces grotesca, siempre falsa y ciertamente simplista, te la fabrican, minuciosamente, tus amigos y tus adversarios, a lo largo de una vida de convivencia. Los mediocres son los grandes vencedores en el capítulo de la imagen. Si oyes sólo cosas buenas acerca de un escritor, si ves que todos lo quieren como a un hermano, puedes estar seguro de que nadie lo teme, de que todos le estrechan la mano para ser generosos con él pues, en cualquier caso, no representa un peligro. Los compañeros de profesión no se permiten nunca alabar a los que son mejores que ellos ni tampoco siquiera a los iguales. Por ese motivo, puesto que tienes también que alabar y no sólo criticar si no quieres perder tu credibilidad, los alabados son elegidos con gran cuidado entre los inofensivos, entre los tiernos fabricantes de "sofisticados destellos lingüísticos", como decía Salinger, mientras que los verdaderamente buenos están rodeados por el famoso cordón sanitario: o bien no se habla sobre ellos en absoluto, o bien se habla mucho, pero a sus espaldas (que, como decía aquél: yo soy un hombre de una pieza, lo que tengo que decir lo digo a la espalda...), o bien se les somete -para que se les bajen los humos- a un encarnizado tiroteo de insultos tan pronto como uno los ve en el objetivo.
 Una vez, by the way, no sé quién demonios me hizo aceptar la invitación de una televisión completamente opaca de la que nadie había oído hablar antes. Soy de ese tipo de personas que no saben decir no. Al día siguiente, de madrugada, me recogió un Dacia pick-up, con las siglas retorcidas de una televisión pintadas en la portezuela, y me transportó durante tres cuartos de hora a través de algunas de las zonas más siniestras del sur de la ciudad. En mi vida había puesto el pie en aquellos barrios. Lo único que había era hospitales, cementerios, una morgue, un almacén en el que decía literalmente "ASS MARKET" y unas calles en las que únicamente se admitían, al parecer, Dacias con al menos cuatro décadas de antigüedad. Cuando ya creía que el chofer -un tipo de aspecto sospechoso- conduciría el vehículo hasta quién sabe qué almacén para luego abalanzarse sobre mi pescuezo y robarme todo lo que llevaba, nos detuvimos por fin ante un mercado cubierto revestido con mármol sobre el que decía "Universidad X". No digo su nombre por respeto a Spiru Haret. Allí me esperaba una joven de aspecto frágil y modesto. Dijo llamarse Viorica. Esta Viorica me metió en un laberinto de cemento, pues el edificio estaba recubierto de mármol sólo por fuera, mientras que en su interior las paredes eran de hormigón armado como las había dejado su madre. Atravesamos infinitos pasillos, descendimos a sótanos llenos de tubos y subimos a asfixiantes desvanes propios de El proceso. De no ser porque la chica se tiró todo el rato parloteando como una cotorra, me habría muerto de aburrimiento antes de que comenzara la entrevista. Así me enteré de que todos los de aquella televisión eran unos auténticos cretinos, de que los individuos que me iban a entrevistar eran virtualmente analfabetos, de que en cualquier caso no sabían nada de mí ni de mi libro, de que habían reunido una parte de los equipos a base de robar acá y allá. "A mí me han despedido hace un cuarto de hora, mire usted", me confesó Viorica. Llegué al estudio sabiendo con quién se había acostado en los tres últimos años la redactora que me iba a entrevistar y qué se metía en las venas el redactor, pues me iban a colocar entre dos individuos, los anfitriones del programa. Interesantes premisas para un show en directo, en el que tenía que concentrarme para decir algo inteligente. "Suerte", añadió Viorica antes de desaparecer de mi vida como si nunca hubiera existido.
 Para relajarme antes de entrar en directo, la chica que se había tirado a un rebaño de tíos en los últimos tres años se esforzó por conversar un poco: "Señor Cartarescu, ¿por qué lo odia tanto todo el mundo? Siempre que hablo con un escritor, es usted el primero al que ponen a caer de un burro...". Esas afirmaciones abruptas, antes incluso de desearme los buenos días, no me relajaron demasiado, lo reconozco. Menos mal que el chico a mi derecha (el de la jeringuilla en vena) me informó de que no había conseguido hacerse con mi recién aparecido libro, del que teníamos que hablar en el programa: "No sé qué cojones... no estaba siquiera en Diverta... Tal vez lo tenga usted para que podamos mostrárselo a los espectadores. A propósito, ¿es la enciclopedia de los dioses o de los dragones?" Pero el chaval que parecía completamente inocente, no tuvo tiempo siquiera de que yo se lo aclarase porque, de repente, ya estábamos en directo y la chica que en los últimos años etcétera, etcétera, arrancó con una sonrisa deslumbrante: "Señor Cartarescu, de todos es sabido que es usted uno de los escritores rumanos más apreciados..."
 Más o menos esto es lo que sucede con el amor y el odio entre escritores. No sabes quién los promueve, como tampoco sabes quién hace los chistes. La imagen de cada uno se negocia permanentemente entre grupos e individuos, como si todos tuvieran, para realizar tu retrato, un gran lienzo común donde cada uno contribuye con el contorno de las orejas, la forma de los ojos, el gesto de la boca, borrando lo que han hecho los demás, añadiendo líneas, manchas de color, hasta que la caricatura muestra toda su espléndida fealdad, una obra colectiva más expresiva de lo que tú hayas sido nunca. [...] Esa imagen tan bellamente delineada se transmite a las generaciones venideras, no vaya a ser que los chavales vivan en la ignorancia  y empiecen a leerte con inocencia como se lee a los autores extranjeros.
 "Sí, pero al fin y al cabo quedan los libros", te dices humillado y auto-consolador después de haber sido atacado con más dureza que de costumbre. Flaco consuelo. Es cierto, una vez muerto no serás un competidor de los vivos, pero tampoco les interesarás. Te has ido y te has ido, con todos los libros detrás de ti. La ilusión más estúpida es pensar que la posteridad te hará justicia. El número de analfabetos e imbéciles no desciende en el mundo con el paso del tiempo, sino que cada vez es mayor. ¿Por qué iba a ser la crítica literaria una excepción? Me temo que vendrán unas generaciones que no comprenderán siquiera lo que creen comprender las de hoy en día. Ayer escupían en el tranvía, mañana escupirán en el suelo de la nave espacial. Ayer maldecían a Caragiale, mañana maldecirán a todo el mundo, antes de desaparecer todos en quién sabe qué Second Life.
 Vale, ¿qué más nos da? Que sigan así. Nosotros, por el momento, estábamos encantados criticando a los que faltaban en aquella habitación de paredes tapizadas en rojo, en un hotel parisino en el que acababan de alojarse doce autores rumanos, destinados a revolotear por toda Francia a partir del día siguiente. El más insignificante chismorreo contado entonces por Agop, por Florin o por mí -¿acaso he dicho que yo sea un querubín?- os habría puesto los pelos en punta y, una de dos: o no  volveríais a leer jamás a los implicados o no nos leeríais a nosotros. Historias fantásticas que ni siquiera nosotros creíamos pero que devanábamos una y otra vez porque... porque somos humanos, porque la gente tiene que chismorrear, hipócrita lector, ¿no es verdad?»
 

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