viernes, 3 de noviembre de 2017

"El mundo es un pañuelo".- David Lodge (1935)


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«Arregló las hojas de su escrito, dedicó una rígida inclinación al presidente y se sentó entre corteses aplausos. El presidente invitó a hacerle preguntas y Persse se levantó. El presidente sonrió y asintió con la cabeza.
 -Me gustaría preguntar al orador -dijo Persse- si recientemente ha leído un borrador de proyecto de un libro acerca de la influencia de T. S. Eliot sobre la moderna lectura de Shakespeare, enviado por mí a la editorial Lecky, Windrush and Bernstein, de Londres.
 El presidente se mostró perplejo y Von Turpitz pareció estupefacto.
 -¿Quiere repetir la pregunta, por favor? -rogó el presidente.
 Persse la repitió. Un susurro de comentarios y especulación apenas murmurados pasó como una brisa alrededor del auditorio. Von Turpitz se inclinó hacia el presidente y le dijo algo al oído. El presidente asintió y se adelantó para dirigirse a Persse a través del micrófono. Su disco de identificación colgaba de su solapa como una medalla.
 -¿Puedo preguntarle, caballero, si es usted un miembro oficialmente registrado de este congreso?
 -Pues no, no lo soy... -contestó Persse.
 -Entonces mucho me temo que su pregunta sea improcedente -dijo el presidente, y Von Turpitz siguió ordenando sus papeles como si aquel conflicto de procedimiento nada tuviera que ver con él.
 -¡Esto no es justo! -protestó Persse-. Tengo motivos para pensar que el profesor Von Turpitz ha plagiado de un manuscrito mío no publicado parte de su conferencia.
 -Lo siento -dijo el presidente-. No puedo aceptar una pregunta de quien no sea miembro del congreso.
 -Yo sí soy miembro -proclamó Morris Zapp, poniéndose de pie junto a Persse- y por lo tanto permítame que la haga: ¿leyó o no leyó el profesor Von Turpitz el manuscrito de McGarrigle para la editorial Lecky, Windrush and Bernstein?
 Se produjo un cierto barullo entre el público y pudieron captarse gritos de "¡Qué vergüenza!", "¡Cuestión de procedimiento, señor presidente!", "¡Que conteste!" y "¡Dejen que hable!", con exclamaciones equivalentes en otros varios idiomas, en medio de un rumor generalizado de conversaciones. El presidente miró, impotente, a Von Turpitz, que se hizo con el micrófono, pronunció un airado discurso en alemán, apuntando con un dedo negro y amenazador a Persse y Morris Zapp, y después abandonó precipitadamente la tarima.
 -¿Qué ha dicho? -quiso saber Morris.
 Persse se encogió de hombros.
 -No sé alemán.
 -Ha dicho que no pensaba quedarse aquí para ser insultado -explicó detrás de ellos la señorita Maiden-, pero a mí me ha parecido manifiestamente culpable. Ha obrado muy bien al defenderse contra la Mano Negra, joven.
 -Sí, eso se sabrá por ahí -dijo Morris Zapp, frotándose las manos-. Y en nada favorecerá la reputación de Von Turpitz. Vamos, Percy, le invito a tomar otra Bols.
 Sin embargo, el júbilo de Morris no duró mucho tiempo. En el bar, se fijó en un ejemplar doblado del Times Literary Supplement que sobresalía del bolsillo de la chaqueta de Persse.
 -¿Es el último número? -preguntó-. ¿Le importa que le eche una ojeada?
 -En su lugar, yo no lo haría -dijo Persse, que lo había leído en el avión que lo trajo a Ámsterdam.
 -¿Y por qué no?
 -Es que trae una reseña muy desfavorable de un libro suyo. Es de Rudyard Parkinson.
 -¿Ese imbécil? El día que consiga una buena reseña suya, sabré que ya estoy en las últimas. Déjemela ver. -Morris casi le arrancó el periódico a Persse y, con dedos temblorosos, hojeó las páginas hasta localizar la reseña de Parkinson-. Pero si esto sólo habla del libro de Philip Swallow -dijo, frunciendo el entrecejo mientras sus ojos recorrían, arriba y abajo, las columnas de texto.
 -La referencia a usted se encuentra al final -explicó Persse-. No va a gustarle.
 No le gustó a Morris Zapp. Cuando acabó de leer la reseña, guardó silencio por unos momentos, pálido y respirando trabajosamente.
 -Es un complot entre ingleses -dijo por fin-. Parkinson está solicitando a gritos la cátedra de la Unesco, con el pretexto de ensalzar el patético librito de Philip Swallow sobre Hazlitt.
 -¿De veras? -hizo Persse.
 -Claro. Fíjese en el título: "La escuela inglesa de crítica". Hubiera tenido que llamarla "La escuela inglesa de mierda exquisita". ¿Puedo quedarme con esto? -concluyó, levantándose y metiéndose el TLS en el bolsillo. 
 -No faltaría más... pero, ¿adónde va?
 -A repasar mi conferencia de mañana por la mañana... , a ver si puedo meterle unas cuantas pullas contra Parkinson.
 -No sabía que diese una conferencia.
 -¿Cómo podría, si no, justificar mis gastos de asistencia al congreso? Es la misma conferencia que di en Rummidge, ligeramente adaptada. Es una disertación maravillosamente adaptable. Pretendo ofrecerla en toda Europa este verano. ¿Quiere dar una vuelta por la ciudad esta noche?
 -De acuerdo -contestó Persse.»
 

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