lunes, 6 de noviembre de 2017

"El maestro".- Manuel Jesús Ortiz (1870-1945)


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«Cuando apenas terminaba la comida, llegó una visita. En el modo de llamar a la puerta conoció la maestra al visitante.
  -Es don Eulogio –dijo, y abrió ella misma.
  En seguida penetró al comedor un señor de sesenta años, gordo y sonriente, vestido con una levita vieja y raída, pero sin una mancha ni una rotura.
  Llevaba en una mano un grueso bastón de fabricación casera, nudoso y no muy derecho, y en la otra un sombrero de jipi-japa, que no cuadraba con el resto de la indumentaria. Con una grave y cortés inclinación de cabeza saludó a todos los presentes; luego dio la mano con ceremonioso ademán a la señora y a las dos jóvenes, y se inclinó, por último, ante Mauricio en espera de una presentación. Hecha esta por doña Carmela, tomó asiento el recién llegado con todo comedimiento y se informó con voz afable de la salud de cada uno. Al tocarle su turno al preceptor, gastó con él aún mayor amabilidad.
  -Mi bienvenida, señor. Según he sabido por Lucas, el asistente del subdelegado, Ud. llegó hace poco rato. ¿Y qué tal el viaje? ¿Muy cansado de la caminata?
  -Mucho, señor, por mi falta de costumbre para andar a caballo; pero creo que todo pasará con un poco de reposo.
  -Así lo deseo, como le deseo también grata permanencia entre nosotros. ¿Ud. es normalista?
  Y cuando supo que lo era, agregó:
  -Hace años que la escuela de hombres ha estado entregada a maestros interinos. No dudo de que ganará enormemente con uno titulado. No es que yo crea que todos los que carecen de título sean malos maestros, sino que nosotros hemos tenido la desgracia de no conocer en el pueblo ninguno bueno.
  -Ya empezamos, don Eulogio -dijo la maestra en tono de cariñoso reproche.
  Pero el anciano aparentó no oírla y siguió diciendo:
  -Su antecesor era un desequilibrado, que no hizo aquí otra cosa que desprestigiar y poner en ridículo su noble profesión. Ignorante y pretencioso a no poder más, su necedad lo cegaba de tal modo que no conocía las burlas de que hasta los niños lo hacían objeto. Fundó en el pueblo un periódico al que dedicaba más tiempo que a la escuela y en el que publicaba cada semana disparates tan enormes y en forma tan reñida con el sentido común, que logró llamar con ellos la atención de todo el país. Los diarios de Santiago reproducían y comentaban burlescamente sus artículos y lo colmaban de irónicos elogios, que él tomaba a lo serio y que concluyeron por rematar su locura. Llegó esta a tanto, que el año pasado hizo un viaje a la capital para dar unas conferencias que allá hicieron reír de buena gana a todos los ociosos y a los amigos de gozar con la ajena tontería. Después, firme en la creencia de sus excelsos méritos y de su popularidad, presentó su candidatura para diputado por este departamento... Le aseguro a Ud. que nada, ni la mezquindad del sueldo, ni la conducta poco edificante de muchos maestros que no debieran serlo ni por un momento, ha contribuido tanto como los disparates de ese loco a echar mengua y desprestigiar sobre el preceptorado nacional... En cuanto a Ud., permítame manifestarle una opinión, que por cierto no habla nada en su contra: me parece Ud. demasiado joven para los discípulos que aquí va a tener. Hay entre ellos hombres de dieciocho y veinte años.
  -¿Quiere que le cuente una anécdota, don Eulogio? -interrumpió la maestra.
  -A ver la anécdota, muchacha, aunque adivino que con ella vas a faltarme al respeto.
  -Carlos V envió una vez un embajador muy joven a tratar con el Papa ciertos negocios delicados. Al notar el Pontífice la juventud del diplomático, le dijo indignado: “¿No tenía tu amo un hombre con barbas a quien confiar su representación?”. “Santidad -respondió el embajador-, si mi rey hubiera juzgado que el mérito reside en las barbas, os habría enviado un macho cabrío...”
  -Buena estocada, marisabidilla -dijo el anciano riendo a carcajadas-; pero, a pesar de ella, yo sigo creyendo que al maestro de San Lorenzo no le vendrían mal unos buenos bigotes para hacerse respetar de sus discípulos. Tendrá entre ellos muchachos ya tunantes y viciosos, como los Jiménez o como el hijo del abastero, que faltan los días lunes para seguir la juerga empezada el sábado anterior.
  -¿Y muchachos así pueden estar en la escuela? -dijo Mauricio.
  -Y tendrán que estar hasta el día en que buenamente quieran dejarla -respondió don Eulogio-. Tanto el abastero como el padre de los Jiménez son amigos de Venancio el subdelegado, con lo que ya está dicho todo. No podrá Ud. expulsarlos aunque le sobren motivos, como no podrá expulsar tampoco al hijo del receptor, que es otro igual, porque este es el apoyo más poderoso que tiene Venancio en las elecciones.
  Don Eulogio, de quien oía el maestro tan funestos vaticinios sobre la disciplina de su escuela, era vecino de la población desde hacía muchos años, desde que se había casado con una joven perteneciente a una de las primeras familias de la aldea, y de la cual había quedado viudo algún tiempo. Hombre culto y bien educado, era el único en el pueblo que manejaba libros y que se interesaba por algo más que los ganados y las cosechas. En medio de la rudeza y grosería dominantes en el vecindario, él había sabido conservar sus buenas maneras, exagerándolas tal vez un poco por espíritu de contradicción, de modo que aparecía como un contraste viviente con todo y con todos los que le rodeaban. Su pulcritud, su cortesanía, su camisa siempre limpia, su inseparable levita (que según los malos era la misma con que treinta años antes se había casado), su lenguaje siempre correcto, chocaban a los señores de la aldea, que lo habían bautizado con el mote de El Gringo del Patagual, aludiendo a una pequeña propiedad que poseía en las goteras del pueblo, la que constituía su única riqueza y cuyo cultivo era su única ocupación. A él no le importaban ni el disgusto ni las burlas de sus vecinos. Sentía por ellos un sincero desprecio, y era franco y atrevido para censurar sus defectos y echarles en cara sus trapisondas y picardías.
  -Sí, señor -continúo diciendo-; aquí no tendrá Ud. libertad para adoptar en su escuela las medidas que juzgue convenientes, porque sobre Ud. estará la voluntad del subdelegado, y la del alcalde, y la del juez de subdelegación, y la del juez de subdelegación, y la de cuantos sean amigos de estos señores. Venancio es celoso de su autoridad e inclinado a intervenir en todo, aun en lo que no le corresponde. ¿Ud. todavía no le conoce? Pues lo conocerá mañana o pasado, sin más que verlo a una cuadra de distancia. Usa sombrero de corcho y polainas amarillas, y todos los días recorre a caballo la población, seguido de Lucas su asistente, censurando a gritos lo que le parece mal y deteniendo a todos los que le parece bien y deteniendo a todos los que pasan para hablarles de sus proyectos gubernativos en bien del pueblo. Esos proyectos son, en primer lugar, unir la aldea con la cabecera del departamento por medio de un ferrocarril que le ha prometido un pariente suyo que es diputado, y cuenta ya con la obra de tal modo que, hablando de ella, dice siempre: “mi ferrocarril”. Es claro que esa línea férrea, en caso de construirse algún día, tendrá una estación a las puertas mismas del fundo de Venancio y la otra a las de una hacienda que posee su primo el diputado en estos contornos... El segundo de sus proyectos consiste en dotar al pueblo de agua potable, cosa que también espera obtener por la influencia del congresal. Con estos, Venancio se cree acreedor a que el pueblo le erija una estatua en vida, y engreído con su gloria, anda a caballo por las aceras, salpica de barro a los transeúntes, trilla los jardines de la plaza y no respeta reglamento alguno de los que los simples mortales tenemos que obedecer y respetar. Excusado es decir que las dos de Venancio, el ferrocarril y el agua potable, son las plataformas en que el diputado apoya aquí su candidatura cada tres años, cuando llegan las elecciones, y son la justificación ante los tontos, que tanto abundan en este pueblo, de todos los abusos y malas artes que Venancio y el primo ponen en juego para hacerla triunfar. Con estas cosas ha llegado nuestra autoridad administrativa a obtener la fama de ser un subdelegado modelo. Hasta Santiago ha llegado su renombre, y algunos periodistas, que sólo lo reconocen por el ruido que forma con su ferrocarril y que ignoran sus arbitrariedades, lo ponen sobre los cuernos de la luna y lo proclaman el mejor subdelegado de todo el país...
  -Más piedad, don Eulogio -dijo sonriendo la maestra.
  -¿Ha oído Ud. decir que ellos tengan para alguien piedad o consideración?
  -Gracias, niña. -Y después de humedecer los labios en la copa que la joven le presentaba, siguió diciendo:
  -En cuanto al alcalde, poco tendrá Ud. que ver con él; pero le aconsejo que procure no ser su enemigo. Si es lo segundo, será también enemigo de mucha gente copetuda de la población que está de su parte. Si es su amigo, se acarreará el odio de Venancio, pues él y don Belisario viven como el perro y el gato, en guerra abierta y sin cuartel.
  -¡Pero esto es un campo de Agramentel! -dijo el maestro sorprendido.
  -¿Le extrañan a Ud. estas cosas? ¡Cómo se conoce que Ud. no ha vivido nunca en una aldea! En la capital, señor maestro, los adversarios políticos mantienen entre sí relaciones muchas veces cordiales; de provincia se miran mal, pero se saludan; y en un pueblo chico se aborrecen de muerte y se muerden y se arañan cada vez que pueden. Y se aborrecen también sus esposas, sus hijas y sus hijos, y se desprestigian y hasta se calumnian recíprocamente, de modo que las opiniones o más bien dicho las pasiones no sólo dividen y enconan a los hombres con derecho a voto, sino que también a las familias y personas ligadas por íntimo parentesco. Venancio y Belisario son concuñados, pero de opuestos bandos políticos; así es que sus esposas, que son hermanas, y sus hijas, que son primas, se miran como enemigas y no cultivan relaciones.
  Y lanzó una comedida y lastimosa carcajada, y humedeció otra vez los labios en la copa de cerveza.
  -El tesorero municipal y el receptor tampoco pueden verse –continuó-, pero no ya por cuestiones políticas, sino porque el segundo no pudo despojar al primero del puesto que ocupa en la Municipalidad. Y entre los que no ejercen funciones públicas, son raros los que cultivan una amistad firme y sincera, y hay muchos, por el contrario, que no disimulan su recíproca malquerencia. La causa no es siempre la política, sino también la envidia, la maledicencia y los intereses materiales encontrados. El odio más ruidoso que está hoy en acción, el que preocupa con interés a toda la aldea, es el que se tienen Nicanor, uno de nuestros ricachos, que vive a media legua escasa del pueblo, y sus sobrinos, los hijos de Manuel Jiménez. Los muchachos Jiménez son sus discípulos, señor maestro; son de esos grandullones de que le hablé hace poco. Si Ud. pudiera influir sobre ellos para hacerlos respetar al tío y reconciliarse con él, haría una hermosa obra. Temo yo que los Tales sobrinos hagan una barrabasada el día menos pensado.
  -¿Y el señor cura? -preguntó Mauricio-, ¿su acción no sería más eficaz que la del preceptor para poner paz entre sus feligreses?
  -No lo creo, contestó don Eulogio; es un hombre anciano, débil e irresoluto, e incapaz, por lo tanto, de influir sobre la conducta de nadie. Considera por lo demás, como una obligación de su ministerio el encabezar en el pueblo el bando conservador, y su falta de aptitudes como caudillo tiene descontentos a sus propios correligionarios. Poco estimado de los suyos y mal mirado por sus enemigos, ya podrá usted calcular; a mí ¿no me pregunta usted nada?
  -Sería indiscreto, señor don Eulogio.
  -Nada de eso, señor maestro. Yo me llamo Franqueza y conmigo no hay indiscreción. No soy amigo ni enemigo de nadie, pero todos o casi todos me quieren mal. Soy un pobre diablo de lengua muy suelta, como Ud. ya lo habrá advertido, y sin pelos en ella para decir claridades. Muchos me temen, algunos me odian, y todos se burlan de mí. ¿Qué me importa? El odio y el temor que me dispensan mis convecinos es el odio y el temor que sienten hacia la verdad los que viven del engaño y de la mentira: Yo no les temo. Sólo temo a una cosa: a los reproches de mi conciencia.
  Y poniéndose de pie, tomó su sombrero, se despidió políticamente de las señoras, y acercándose a Mauricio, le estrecho la mano y le dijo con voz afectuosa:
  -Con que, joven mucho tino y mucha prudencia para navegar por estas aguas tan agitadas. Si el consejo de un marino viejo como yo puede servirle, me tendrá siempre a su disposición. Buenas noches.
  Y salió muy derecho, llevando cogido por la mitad su nudoso bastón y andando con airoso movimiento, como si condujera a su pareja en un salón de baile.
  -Es un hombre raro -dijo doña Carmela al maestro, a modo de explicación, cuando se hubo cerrado la puerta detrás del anciano.
  -No lo juzgue Ud. por su lengua, colega -agregó la maestra-. Sus acciones son buenas y su corazón excelente. No es capaz de hacer a nadie el mal más insignificante. Habla mucho, es cierto, pero su desamor al prójimo no pasa de ahí. Estoy segura de que si el mismo don Venancio le pide un servicio, no podrá negárselo.
  -Me imagino que es un hombre que está fuera de su centro -dijo Mauricio-. Tiene tal vez un alto ideal y le choca que los demás no amolden a él su conducta.»
 

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