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lunes, 3 de agosto de 2020

Vigilia del Almirante.- Augusto Roa Bastos (1917-2005)

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Parte XXVIII
Plática de mesana

  «Viene a mi camarote fray Buril con su Libro de horas y su rosario de quince misterios, sonando a hueso y oliendo a queso. Está enterado de todo. El aviso furtivo de Escovedo le ha dejado terriblemente perturbado. Le noto cara presagiosa de no querer pasar la uña por mis entretelas, sino de temer que yo pase las mías por las suyas.
 -No, fray Juan -le dije-. No le he llamado para que venga a confesarme. Voy a oírle yo a usted en confesión.
 Pregunté a fray Juan qué era para él la esperanza. Se desconcertó un poco de momento. Supuso, cuando entró, que yo iba a querer sonsacarle el por qué la Corona le había puesto como capellán de mi nave. Se puso más sereno y me contestó que la única esperanza es la fe y la caridad en Nuestro Señor, de quien provienen todos los dones, entre ellos el de la esperanza.
 -Y también el castigo -apunté mirándole de reojo.
 -También, sí, señor -dijo-. ¡Los más terribles castigos por nuestras faltas y nuestros pecados!
 -¿No cree, su reverencia, que la esperanza puede ser también el recuerdo de lo que se poseyó alguna vez como lo más precioso y lo más amado?
 -La esperanza no es recuerdo, es fruto del porvenir. No viene de la memoria sino de los deseos.
 -¿Cómo la podríamos entonces reconocer si no sabemos qué es ni cómo es?
 -Cada uno conoce la forma de su esperanza.
 -Pues yo no la he podido ver -dije-. Ni en las alucinaciones premonitorias. Ver de ver. Ver de verdad.
 Me pareció oportuno el momento.
 -Fray Juan, ¿ha tomado ya usted confesión a los amotinados?
 La brutalidad de mi pregunta, pese a la mayor delicadeza de tono que puse en insinuarla y aun en embotarla, le hizo dar un respingo.
 -No, señor... -murmuró-. Todos han rehusado el santo sacramento.
 -La salvación de sus almas es asunto suyo -le dije clavándole en los ojos una socarrona mirada.
 -Lo sé, lo sé... -dijo sobándose las manos con aire culpable.
 -Puede sobrevenir un naufragio..., hay un eclipse. Mejor dicho, hay dos eclipses y la amenaza de una terrible tempestad puede medirse en horas con los cinco dedos de la mano. Ya se lo dije a su merced. Tal vez no podamos regresar nunca más.
 -Eso es lo que dicen y eso es lo que temen... -Fray Juan se detuvo como si se le hubiese bloqueado la voz.
 -¿Qué dicen?
 -Lo que su merced ya sabe. Anoche han proclamado que le van a echar al mar con el barril de sus papeles atado al cuello de su merced. Eso le permitirá flotar, al menos por un tiempo. Dios no abandona a sus elegidos. Yo espero que a usted, señor, le recoja algún barco...
 -Por aquí únicamente navegan si acaso los portugueses. Si ellos me encuentran flotando por estos parajes además del barril me pondrán un ancla al cuello.
 -Los amotinados han resuelto regresar de tornaviaje. Todos están de acuerdo: los capitanes de las tres naos, los contramaestres, los marineros.
 -No encontrarán el camino de regreso. He mandado arrojar todos los mapas y las cartas de marear en la estela de popa.
 -El más exaltado es el capitán de la Pinta, don Martín Alonso Pinzón. Él dice que tiene su propia carta de marear...
 -No la tiene más. He mandado secuestrarla sin que él lo sepa. No me extraña que el Martín Alonso sea el más recalcitrante. Cree que yo le he birlado la dignidad la dignidad de almirante y adelantado. Por eso va siempre por delante con su carabela más velera.
 -También el maestre Francisco Martín Pinzón, don Vicente Yáñez Pinzón, don Juan Niño y su hermano, don Cándido Francisco Niño, despensero de la Niña... Los siete hermanos Niños de la Niña..., señor Almirante... El único que no ha entrado en el motín, señor Almirante, es su hermano don Bartolomé...
augusto roa bastos - vigilia almirante - AbeBooks -¡Eso faltaba!
 -Lo han enterrado hasta el cuello en un barril de arena.
 -Ya lo sé. No es una buena sepultura. Y no la mejora el que sólo sea media.
 -Pero hay más, Señor Almirante. El señor don Juan de la Cosa, contramaestre y propietario de La Gallega..., quiero decir de la Santa María, de nuestra nave capitana, ha propuesto a la tripulación huir en las barcas y buscar refugio en los otros navíos, después de prender fuego a ésta. Han resuelto dejarlo a usted amarrado al palo mayor para que arda vivo en la pira con la nao. Los capitanes opinan que hay que dejar con vida y llevarlo preso a su hermano, don Bartolomé, para que sea él quien responda ante los Reyes, Nuestros Señores, por los graves cargos que le hacen a usted, señor Almirante.
 -Pero si los graves cargos se me hacen a mí, ¿por qué han de llevarle preso al pelafustán de mi hermano?
 -Porque el señor Almirante estará ya bajo agua después de haber estado en el fuego.
 -¿No les ha dicho su merced que los Reyes los tratarán como traidores y que serán ahorcados apenas alcancen a llegar, si esto es todavía posible? Por el motín y por el asesinato.
 -He tratado de persuadirles de ese riesgo cierto. Pero ellos prefieren ser ahorcados en España después de volver a ver a sus familias por última vez. Prefieren ser enterrados en una fosa común en su tierra a morir ahogados en las profundidades del mar Tenebroso. Algunos incluso desean que sus restos sean abandonados en los altozanos para que los devoren las aves de rapiña. Ya se sienten muertos y esto les da una fuerza terrible...
 -No se preocupe usted, fray Juan. No cumplirán sus amenazas. Estamos a un palmo de la tierra prometida. No me echarán al mar ni me quemarán vivo, sino que dentro de poco me echarán loas y me bendecirán cuando vean resplandecer los techos de oro de las casas reales del Cathay y del Cipango. Veo exactamente cómo se van a producir las cosas. Ellos son como mis hijos. Pase lo que pase yo debo velar por su suerte. No voy a olvidarme de ellos hasta la resurrección. Vaya su merced a tomarse un refrigerio y siga usted hablándoles con palabras de paz, alternándolas con amenazas y la verdad cierta de la muerte, de los castigos infernales. Esto siempre da buenos resultados.
 Fuese fray Juan, a mucha priesa, con cara de que iba a inclinarse de nuevo ante el cubo de sus deposiciones orales. No se le ha calmado la náusea del mar. Al inspector eclesiástico siempre le precede, como un anuncio, o le sigue, como una estela, el olor del cubo con el cual se confiesa. Diríase que es el aire de su interioridad.
 Quedeme contemplando el palo mayor en torno a cuya base brillaban  innumerables reflejos, algo así como un incendio visto a través de cristales rotos muy espesos. Y vime en medio de las llamas retorciéndome sin poder soltar las ataduras hechas con cables de abordaje...»

    [El texto pertenece a la edición en español de Bibliotex, 2001. ISBN: 84-8130-396-8.]

sábado, 22 de septiembre de 2018

La desatada historia del caballero Palmaverde.- Antonio Prieto (1929)


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II.- Donde, tras festiva detención en la corte, pasan nuestros personajes a Salamanca y hallan un generoso Espíritu que les asiste para fijar el codex optimus, acabándose el capítulo con el retrato que de Palmaverde realiza un diestro pintor holandés 

«Así que, impulsados por este interés, se mudaron nuestros caballeros a Salamanca, que era ciudad a la que muchos llamaban "Roma la chica" por su numerosa prole de diversos manteos, sotanas, túnicas, hopalandas, herreruelos, etc. y por estar asentada sobre tres cabezos al modo que Roma lo estaba sobre siete colinas. Entrados en la ciudad en la hora de la mañana que más se atiende, observaron la profusión de hábitos frailunos que la poblaban, unos calzados y otros no, los cuales se confundían, ante los ojos de Palmaverde, con la multicolor vestimenta de los colegiales, que ora era de pardo oscuro con beca azul, como los del colegio de Oviedo, ora gastaban el morado, como los de Cuenca, u ora lucían sotanas verdes con beca negra como los de San Pelayo. Era aquél un mundo plenamente nuevo para Palmaverde, quien acrecentó su sorpresa cuando se dirigieron al mercado del Corrillo, donde se alternaban los campesinos de anguarinas o tabardos y zaragüelles con soldados de gala emplumados, mendigos, recueros, quimeristas, buhoneros y una variopinta muestra de mujeres que algunos prefieren llamar dáifas, que es voz del árabe tratada con ironía que equivale a manceba y que como tal ve premiada su ilícita comunicación con el hombre.
 Crecía la admiración y sorpresa de Palmaverde porque era Salamanca ciudad muy ornamentada de edificios, en lo que ganaba ampliamente a Madrid, aunque le pareció que algunas de las construcciones habían quedado sin terminar, tal como le sucede muchas veces al hombre con la obra que lleva entre manos, razón por la que ando apriesa con esta mi historia ya que son varios los síntomas que anuncian vencida mi vida. Pero decía que admiraba Palmaverde la vitalidad de Salamanca y que en ella medía su interrupción de las buenas relaciones con la duquesa de Chevreuse, que tan gustoso y culto camino llevaban. Y algo de ello me dijo, teñido por melancolías, mientras escogía buen lugar para su mula en la cuadra adosada al albergue donde hallamos refugio para los días salmaticenses.
 Digo que tenía ganada fama Salamanca en toda Europa de ser ciudad bien nutrida universitariamente, donde si por un lado hervían las ocurrencias y desatinos de los colegiales, que siempre el escándalo se procura mayor eco que la mesura, por otro lado ascendía la gravedad de sus teólogos y humanistas, quienes no se andaban con cuidados a la hora de disputar una cuestión o de litigar por una cátedra, como expresa Fernández de Oviedo en sus Quinguagenas.
 He de confesar (pues ya dije que coloqué a la Verdad como personaje de estas páginas, al igual que hizo Petrarca en su diálogo latino con San Agustín) que si estábamos en Salamanca movidos por el interés de hallar luz para el cifrado códice, no dejaba ello de complacerme íntimamente pues me regresaba a mis años jóvenes. Especialmente recordaba las enseñanzas del doctor Núñez de Zamora, que tomó posesión de la cátedra de Astrología en julio de 1598, tras haber sido cátedro de Simples de Medicina. Con Núñez de Zamora cursé estudios provechosos en esta disciplina astrológica y mi recuerdo no se guía sólo por el deber de testimoniar a los maestros, sino porque era hombre de gran doctrina como explica el hecho de que siendo catedrático de Pronósticos le dieron la jubilación en 1618 y pasó a ser médico del duque de Lerma, en cuyo arte estaba cuando los estudiantes salmaticenses lo reclamaron insistentemente al Claustro y éste acordó darle un partido de Medicina de 150 ducados para traerlo de nuevo a Salamanca, donde además se le encargó, en 1621, de la visita en el Hospital del Estudio.
 Otros muchos recuerdos me llegaron con la primera noche salmantina, que sabido es lo propicia que es la oscuridad para formar figuras del pasado, pues fue de Salamanca de donde partí para Flandes desengañado de amores y engañado de ilusiones marciales. Quiero decir que atrapado por las hazañas de mosqueteros, piqueros y arcabuceros de antaño que corrían entre colegiales me alisté en las promesas de la milicia, por donde fui a parar al grupo de soldados españoles que, desatendidos y maltrechos, se encontraban en Crevecoeur, posición que se entregó a los holandeses a principios de 1600 a cambio de cobrar nuestros atrasos y siguiendo el ejemplo dado en aquella Navidad por los dos mil veteranos que se amotinaron en la ciudad amurallada de Diest exigiendo el largo pago debido. No es precisamente gloria lo que pueden traer mis jornadas militares en la isla de Bommel, pero fue en ellas, y esto sí es eternidad, donde supe de un tan grande poeta como Francisco de Aldana, ya que un otro capitán lo sacó de la memoria para recitarnos sus endecasílabos contra la vida cortesana mullida por las blanduras de Cupido y la urdimbre de mil trampantojos.
 Tentaciones tengo de seguir detenido por estos mis caminos, que ellos le procuran algo de savia a mis arterias, estrechadas por los años, pero bien pienso que pueden entenderse como achaques de la vejez que malintentan recobrar el tiempo ido y bien sé que quiebran la fluidez y secuencia del discurso, por lo que prometí al principio no demorarme en mi pasado. De modo que, ex composito, torno a los años por donde iba el argumento, en los que aún gozaba yo de buena edad y en los que Palmaverde observaba, en el zaguán de la posada, cómo un clérigo de encendidos mofletes platicaba con una moza de muy expresiva compostura, escena que le indujo a recordar el Concilio I de Sevilla en aquel su punto que trataba de los clerici cum quibus mulieres cohabitant, ya que manifiestos indicios apuntaban a que el clérigo pretendía a la moza por criada contra lo dictado por el dicho Concilio, el cual incluso advertía que si las criadas persistían en habitar con los clérigos, el juez tomaría para sí tales mujeres y, con voluntad y permiso del obispo, las haría vender entregando el precio a los menesterosos.
 Se alejó Palmaverde de estas relaciones conciliares porque era ya momento de irse a la búsqueda de aquel anciano que parecía versado en ciencias ocultas, según informaron en la corte, y fuéronse nuestros caballeros preguntando por la calle de Serranos, que era buena ruta de escolares, para acabar detenidos en las tabernas del Tabladillo, ya que el vino desata las lenguas y era probable hallar algún resquicio entre el abundante y suelto parlar. No fue en estas rutas y en este día, sino en la propia posada y tras cansadas jornadas, cuando Palmaverde y Loaysa tuvieron noticia del hombre que buscaban.
 Vivía el tal anciano, que se llamaba Rubén Matías, en una casa cercana al Tormes y en un punto exacto que no es prudente revelar. Era hombre muy precavido en todos los órdenes y tenía en la misma entrada de la casa una amplia zafa o aljofaina en cuyo interior nos hizo lavarnos las manos detenidamente, pues sostenía que nos invadiría una nueva epidemia de peste como aquella que entre 1597 y 1607 nos entró en España por los puertos cantábricos llevándose más de medio millón de almas y quebrando gravemente el comercio y el abastecimiento, con lo que se ayudó, junto a la presión tributaria, a que se despoblaran aldeas castellanas en favor de la concentración propietaria de nuevos señoríos.»
 
  [El fragmento pertenece a la edición en español de Editorial Planeta, 1992. ISBN: 84-08-00050-0.]
 

martes, 20 de febrero de 2018

Hijo de ladrón.- Manuel Rojas (1896-1973)


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Segunda parte.
 IV

«-¡Con otro empujón cae!...
 Junto con empezar a inclinarse el tranvía, empezaba a erguirse el griterío, que se iniciaba con voces aisladas, restallantes, estimuladoras, a las cuales se unían pronto otras de admiración, formando todas al fin, una columna que alcanzaba su mayor altura cuando el tranvía, imponente, pero bruto, indiferente a su destino, obedecía al impulso y cedía cinco, diez, quince grados: unos más y caería. Por fin cayó y los hombres saltaron hacia atrás o hacia los lados, temerosos de que reventara con el golpe y los hiriera con los vidrios, hierros o astillas que se desprendieron de él; pero nada saltó y nadie quedó herido. Es curioso ver un tranvía por debajo: las pesadas ruedas, aquellas ruedas que trituran y seguirán triturando tantas piernas, brazos y columnas vertebrales, hierros llenos de grasa y de tierra, gruesos resortes, húmedos, como transpirados, telarañas, trocillos de papeles de colores, mariposas nocturnas.
 Una vez volcado, el tranvía perdió su interés y la gente corrió hacia el otro, que esperaba su destino con las luces apagadas, las ventanillas rotas, los vidrios hechos polvo. En ese momento apareció o volvió la policía -nunca se sabe cuándo es una y cuándo es otra, ya que siempre es igual, siempre verde, siempre parda o siempre azul-, pero la gente no huyó: no se trataba ya de veinte o de cincuenta hombres, sino de centenares, y así como los hombres huyeron cuando estaban en minoría, así la policía no cargó al advertir que el número estaba en su contra. Avanzó con lentitud y se colocó en el margen de la calle, de modo que las grupas de los caballos quedaran vueltas hacia la acera. La multitud, tranquilizada de repente, aunque exaltada, tomó posiciones, no quitando ojo a los caballos, a las lanzas y a los sables. Pronto empezaron oírse voces altas:
 -¡Parece que tuvieran hambre!
 -¡Todos tienen cara de perros!
 -¿Y el oficial? ¡Mírenlo! Tiene cara de sable.
 El oficial, en efecto, tenía una cara larga y afiladísima. Parecía nervioso, y su caballo negro, aparecía más nervioso aún: se agitaba, agachando y levantando una y otra vez la cabeza.
 -¿Qué esperan?
 -¿Por qué no cargan ahora, perros? ¡Para eso les pagan!
 En ese momento se encendieron las luces de los cerros y la ciudad pareció tomar amplitud, subiendo hacia los faldeos con sus ramas de luz.
 -¡Vámonos!
 -¡Vamos! Dejemos solos a estos desgraciados.
 Cada palabra de provocación y cada injuria dirigida hacia los policías me duelen de un modo extraño: siento que todas pegan con dureza contra sus rostros y hasta creo ver que pestañean cada vez que una sale de la multitud. Me parece que no debería injuriárseles ni provocárseles; además, estando entre los que gritan aquellas palabras, aparezco también un poco responsable. Es cierto que momentos antes había tenido que correr, sin motivo alguno y como una liebre, ante la caballada, pero, no sé por qué, la inconsciencia de los policías y de los caballos se me antoja forzosa, impuesta, disculpable por ello, en tanto que los gritos eran libres y voluntarios. Una voz pregunta dentro de mí por qué la policía podía cargar cuando quería y por qué la multitud no podía gritar si así le daba la gana; no sé qué responder y me cuido mucho de hacer callar a nadie: no quiero recibir un palo en la cabeza o un puñetazo en la nariz. Siguieron, pues, los gritos y las malas palabras y las ironías, y a pesar de que temí que la provocación trajera una reacción violenta de parte de la policía, no ocurrió tal cosa. El oficial y los hombres de su tropa parecían no oír nada; allí estaban, pálidos algunos, un poco desencajados otros, indiferentes en apariencia los más, semejando, menos que hombres, máquinas o herramientas, objetos para usar. En la oscuridad flanquean las camisas de los trabajadores y en el aire hay algo tenso que amenaza romperse de un momento a otro. Nada llegó a romperse, sin embargo. La multitud empezó a desperdigarse en grupos, yéndose unos por una calle y otros por otra, allí no había nada que hacer. La policía permaneció en el sitio: no podía seguir a cada grupo y ninguno era más importante que el otro. La gente se despedía:
 -¡No se vayan a aburrir!
 -¡Pobrecitos, se quedan solos!
 -¡La carita que tienen!
La aventura no terminó allí: el motín bullía por toda la parte baja de la ciudad, excepto en el centro, donde estaban los bancos, los diarios, las grandes casas comerciales; en algunas partes la multitud apedreó los almacenes de comestibles, de preferencia los de la parte amplia de la ciudad y los que estaban al pie de los cerros. No tenían nada que ver, es cierto, con el alza de las tarifas de tranvías, pero muchos hombres aprovecharon la oportunidad para demostrar su antipatía hacia los que durante meses y años explotan su pobreza y viven de ella, robándoles en el peso, en los precios y en la calidad; la mezquindad de algunos, el cinismo de otros, la avaricia de muchos y la indiferencia de todos o de casi todos, que producen resquemores y heridas, agravios y odios a través de largos y tristes días de miseria, reaparecían en el recuerdo, y muchos almacenes, además de apedreados, fueron saqueados de la mercadería puesta cerca de las puertas, papas o porotos, verduras o útiles, escobas, cacerolas, que cuelgan al alcance de las manos: se suscitaron incidentes y algunos almaceneros dispararon armas, hiriendo, por supuesto, a los que pasaban o miraban, lo que enardeció más a la multitud. Hubo heridos y la sirena de las ambulancias empezó a aullar por las calles.
 Cayó la noche y yo vagaba de aquí para allá, siguiendo ya a un grupo, ya a otro, aquello me entretenía; no gritaba ni tiraba piedras y aunque los gritos y las pedradas me dolían no me resolvía a marcharme; te escribiré desde... Había olvidado a mi amigo y a su barco. Los boticarios, detrás de sus frágiles mostradores, aparecen como transparentes, rodeados de pequeños y grandes frascos con líquidos de diversos colores, espejos y vitrinas, y miran hacia fuera, hacia la calle, con curiosidad y sorpresa, como queriendo dar a entender que no tienen nada que ver con lo que sucede, mucho menos con las empresas de tranvías o con los almacenes de comestibles: venden remedios y son, por eso, benefactores de la gente; contribuyen a mitigar el dolor. No tendrían, claro está, la conciencia muy tranquila ya que ni los comerciantes muertos la tendrán, pero la muchedumbre y las personas que la formaban, obreros y jornaleros, empleados y vendedores callejeros, entre quienes empezaron a aparecer maleantes, sentían que una botica no es algo de todos los días ni de cada momento, como el almacén o la verdulería; nadie entra a una botica a pedir fiado un frasco de remedio para la tos o uno de tónico para la debilidad y el boticario no pesa, en general, la mercadería que vende - por lo menos no lo hace a la vista del público-; en consecuencia, y aparentemente, no roba en el peso ni es, también en apariencia, mezquino, y si uno no tiene dinero para adquirir un pectoral o un reconstituyente puede seguir tosiendo o enflaqueciéndose o recurrir a remedios caseros, que siempre son más baratos; nadie, por otra parte, puede tener la insensata ocurrencia de robarse una caja de polvos de arroz o una escobilla para los dientes; pero al pan, al azúcar, a los porotos, a las papas, al café, al té, a la manteca, no se puede renunciar así como así para siempre ni hay productos caseros que los substituyan.»
 
 [El extracto pertenece a la edición en español de Editorial Cátedra. ISBN: 84-376-1898-3.]