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sábado, 9 de junio de 2018

Fauna conyugal.- Laura Zigman (...)


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Prólogo: La teoría de la Vaca Nueva

«Si hace un año alguien me hubiera preguntado por qué los hombres dejan a las mujeres y no regresan nunca, yo habría respondido:
 "Hembra Nueva. Vaca Nueva".
"Vaca Nueva" es la forma abreviada de la Teoría de la Vaca Nueva, que a su vez es la forma abreviada de la Teoría de la Vaca Vieja y la Vaca Nueva que, naturalmente, es la forma abreviada de la triste, dolorosa verdad de que los hombres abandonan a las mujeres y no regresan nunca porque lo que quieren, en realidad, es otra hembra, otra vaca.
 La Teoría de la Vaca Nueva no es mía, aunque yo la rebauticé y la perfeccioné para aplicarla  a mis propósitos. Recogí la semilla de esta teoría de un artículo sobre la conducta masculina que me llamó la atención, en parte porque apareció en la primera página del suplemento científico de The New York Times y no en un libro de autoayuda con un título de veintitrés palabras, y también, supongo, por el momento en que lo leí: siete meses después de que Ray se largara de mi apartamento sin razón aparente y poco después de que yo descubriera que la sinrazón aparente siempre había tenido un nombre:
 Vaca Nueva.
 La Teoría de la Vaca Nueva se basó en diversos estudios sobre fertilidad citados en el artículo en cuestión, que hablaban de las preferencias del toro a la hora del apareamiento.
 En primer lugar, a un toro se le ofrecía una vaca.
 Se apareaban.
 Cuando al toro se le ofrecía la misma vaca para que se apareara por segunda vez, el macho no demostraba el menor interés. Quería Vaca Nueva y ésa era Vaca Vieja.
 Entonces se le ofrecía la misma vaca, aunque disfrazada con un sombrero o un vestido. Y una vez más el toro se negaba a aparearse con ella, porque sabía que no era Vaca Nueva. No era más que Vaca Vieja vestida de Vaca Nueva.
 Finalmente, puesto que era imposible engañar visualmente al toro, se ponía en práctica un ingenioso truco: se perfumaba a la Vaca Vieja con una fragancia de Vaca Nueva. Al oler Vaca Nueva, el macho se levantaba y cruzaba el establo para ver mejor.
 Pero el toro no era tonto. Aquello no era Vaca Nueva.
 Era Vaca Vieja camuflada.
 Vaca Vieja con piel de cordero.
 Mona vestida de seda.
 
 Si hace año y medio, después de conocer a Ray, alguien me hubiera preguntado por qué los hombres dejan a las mujeres y no vuelven, se lo habría explicado.
 Le habría dicho un montón de cosas para probar la Teoría de la Vaca Nueva.
 Por ejemplo, que los insectos machos exhiben una bola húmeda y viscosa de comida para atraer a una pareja potencial y luego, después de la cópula, se llevan los restos de la bola para seducir a otra hembra.
 Que el intervalo entre erecciones en las ratas macho disminuye drásticamente cuando entra una hembra nueva en la jaula.
 O que los machos de la mayoría de las especies tratan de copular con cualquier objeto que se parezca mínimamente a una hembra: un pavo con una cabeza de pava; una serpiente macho con el cadáver de una serpiente hembra (hasta que se lo dirige hacia una viva); un bonobo macho con una caja de cartón o con las botas de goma del guarda del zoológico.
 Las Vacas Viejas creen saberlo todo sobre todo.
 Pero a mí nadie me preguntó.
 Si alguien me hubiera preguntado, habría dado una respuesta distinta.
 Habría puesto los ojos en blanco, habría mirado al techo, habría alzado las manos al cielo, como hacen las viejas italianas, y habría dicho:
 "Escapa a nuestro entendimiento".
 Es lo que dicen las que se han dado por vencidas y supongo que yo era una de ellas. Y puede que me hubiera dado por vencida porque había llegado a la conclusión de que los hombres no abandonaban a todas las mujeres.
 Sólo me abandonaban a mí.
 
 Me llamo Jane Goodall.
 No la célebre Jane Goodall, aunque a veces creo que fue mi nombre lo que me hizo pasar de los hombres a las vacas, de las vacas a los monos y finalmente a mis investigaciones y teorías. Todo tiene una razón, por fortuita o insignificante que parezca; todo nos conduce a otra cosa: un guiño, un beso, una expresión facial, una combinación de palabras, como "ya no te quiero" o "quiero a otra", son claves que hay que descifrar, analizar, interpretar. Al menos eso creía yo, Jane Goodall, simióloga.
 Pero ya no soy simióloga.
 Ahora soy simióloga en vías de recuperación.»
 
 
 [El fragmento pertenece a la edición en español de Círculo de Lectores, 1998, en traducción de María Eugenia Ciocchini. ISBN: 84-226-7305-3.]

martes, 9 de enero de 2018

El principio esperanza.- Ernst Bloch (1885-1977)


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Parte segunda (Fundamentación): La conciencia anticipadora
11.-El hombre como un ser de impulsos de bastante amplitud
 El cuerpo individual

«El impulso ha de tener a alguien detrás de sí. ¿Quién es, empero, el incitado que busca? ¿Quién se mueve en el movimiento vivo, quién impulsa en el animal, quién desea en el hombre? Aquí no se explica todo por referencia al yo, ya que hay impulsos que se "apoderan" de nosotros. Ello no significa, sin embargo, de otro lado, que no hay un ser individual, concluso en sí, que sea soporte de los impulsos, que los perciba y que anule con su satisfacción sensaciones de desagrado. Sólo que este ser es, por de pronto, el cuerpo individual vivo; los impulsos no flotan en el vacío, sino que los tiene este cuerpo individual movido por excitaciones y lleno de incitaciones. Y cuando el animal come, lo que queda satisfecho es su cuerpo y nada más. 
[...]
No hay impulso sin un cuerpo antes
 
[...] Es posible, por eso decir: no es la joven la que por desengaños amorosos se tira al agua, sino los desengaños amorosos los que se tiran al agua con la joven. Pero, sin embargo, pese a esta apariencia a-subjetiva nada en el cuerpo permite a los impulsos convertirse en sus propios soportes. El pájaro construye su nido, la golondrina encuentra su nido del año pasado; pero aun cuando en todos estos enigmáticos procesos no labora un yo, no por ello puede decirse que lo que labora es un impulso independiente que, por así decirlo, fuera posible sin un cuerpo. También el impulso instintivo tiene su lugar en la organización del cuerpo individual, y sólo se pone en función en tanto que pertenece a éste, en tanto que el cuerpo actúa en su propio sentido, huyendo de lo que le perjudica y buscando lo que le conserva. [...] 

 
La pasión cambiante 

 El hombre, muy especialmente, lleva muchos impulsos en sí. Porque el hombre no sólo conserva la mayoría de los impulsos animales, sino que crea nuevos, es decir, que no sólo su cuerpo, sino también su yo, es susceptible a los afectos. El hombre consciente es el animal más difícil de satisfacer. En la satisfacción de sus necesidades es el animal de los rodeos. Si le falta lo necesario para la vida, siente su carencia como ningún otro ser y ante él surgen las visiones del hambre. Si tiene lo necesario, la satisfacción va acompañada de nuevas apetencias que, aunque de otra manera, le atormentan tanto como la carencia absoluta anterior. Los ricos y los hartos -aunque no sólo ellos- padecen del extraño aguijón del no-sé-qué; el lujo, en especial que parece satisfacer todo, es un acicate insaciable. Jerjes prometió un premio al que le inventara un nuevo placer; no se trataba sólo del hastío, sino de un impulso desconocido, de un alarido en su dirección, que tenía que ser aplacado. En el curso de la historia, sobre todo, con sus formas cambiantes y sus modos crecientes de satisfacer las necesidades, apenas si hay un impulso que siga igual y no hay ninguno que se nos presente con contornos definitivos. Con los nuevos objetos surgen afanes y pasiones de direcciones distintas, de las cuales, todavía ayer, nadie ha sabido nada. El impulso de la ganancia, un impulso, por lo demás, adquirido, se ha extendido de una manera, desconocida todavía para el precapitalismo; incluso la libido sexual resulta interceptada por él. Relativamente nuevo es el impulso del "récord" en la sociedad capitalista tardía y, sobre todo, el vacuo afán técnico de velocidades cada vez mayores; un afán, este último, resultado de los vehículos motorizados. El capital monopolístico tiene, sobre todo, que intensificar el impulso abstracto del récord como un acicate ya que sólo así puede exprimirse de los obreros el provecho máximo. ¡Y cuán vertiginosamente nuevo es, a su vez, el impulso fascista de la muerte, comparado, p. ej., con el impulso sentimental de la época de Werther, o del crepúsculo romántico! ¡Qué otro cometido social le impele, le da dirección y sentido! Su premio consiste, en parte, en la muerte en las batallas de la guerra imperialista y, en parte, en el callejón sin salida de la existencia burguesa como totalidad. El impulso religioso retrocede, en cambio -si es que puede llamarse así ese algo revestido de una superestructura-, el ímpetu hacia lo alto, el eros hacia lo inmutable. Y allí donde es excitado de manera degenerada, o mentida, como, por ejemplo, en las distintas seducciones fascistas, el ímpetu anterior apenas sí sigue siendo un ímpetu sino que se hunde más bien en la tierra, en la "sangre y la tierra". En resumen: es evidente que el hombre es un ser de impulsos tan cambiante como amplio, una suma de deseos cambiantes y, en su mayoría, mal ordenados.Y es muy difícil precisar un impulso permanente, un único impulso fundamental, siempre que no se le independice y, por tanto, se le sitúe en el vacío. El impulso principal no se hace visible ni siquiera en personas de la misma época y de la misma clase, ni desmontándolas, al estilo psicoanalítico, como si se tratara de la máquina de un reloj. Es seguro que hay muchos impulsos fundamentales; unas veces se nos muestra el uno, otras veces el otro, en ocasiones actúan conjuntamente, como vientos encontrados sobre un barco y ni siquiera se asemejan entre sí. El axioma de que el hombre trata de alcanzar su felicidad es, desde luego, muy viejo y lleva más verdad que la de que el hombre es un eterno animal de presa. Pero en cuanto uno se pregunta en qué consiste esta felicidad y para qué, comienzan en seguida los interrogantes y las sutilidades. Sería, en efecto, harto extraño que en la historia de las clases, allí donde surgen de continuo nuevas ideas de objetivos para el afán, precisamente el movimiento teleológico de los impulsos tuviera lugar en un solo sentido y de modo fijo y concluso.»
 
[El extracto pertenece a la edición en español de Editorial Aguilar, en versión de Felipe González Vicén. ISBN: 84-03-51013-6.]
 

domingo, 30 de abril de 2017

"Manifiesto dadaísta".- Tristan Tzara (1896-1963)


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  «La magia de una palabra —DADA—, que ha puesto a los periodistas ante la puerta de un mundo imprevisto, no tiene para nosotros ninguna importancia.
 Para lanzar un manifiesto es necesario:
 A, B, C.
 irritarse y aguzar las alas para conquistar y propagar muchos pequeños y grandes a, b, c, y afirmar, gritar, blasfemar, acomodar la prosa en forma de obviedad absoluta, irrefutable, probar el propio non plus ultra y sostener que la novedad se asemeja a la vida como la última aparición de una cocotte prueba la esencia de Dios. En efecto, su existencia ya fue demostrada por el acordeón, por el paisaje y por la palabra dulce. Imponer el propio A.B.C. es algo natural, y, por ello, deplorable. Pero todos lo hacen bajo la forma de cristalbluff-madonna o de sistema monetario, de producto farmacéutico o de piernas desnudas invitantes a la primavera ardiente y estéril. El amor por lo nuevo es una cruz simpática que revela un amiquemeimportismo, signo sin causa, frágil y positivo. Pero también esta necesidad ha envejecido.    
 Es necesario animar el arte con la suprema simplicidad: novedad. Se es humano y auténtico por diversión, se es impulsivo y vibrante para crucificar el aburrimiento. En las encrucijadas de las luces, vigilantes y atentas, espiando los años en el bosque. Yo escribo un manifiesto y no quiero nada y, sin embargo, digo algunas cosas y por principio estoy contra los manifiestos, como, por lo demás, también estoy contra los principios, decilitros para medir el valor moral de cada frase. Demasiado cómodo: la aproximación fue inventada por los impresionistas. Escribo este manifiesto para demostrar cómo se pueden llevar a cabo al mismo tiempo las acciones más contradictorias con un único y fresco aliento; estoy contra la acción y a favor de la contradicción continua, pero también estoy por la afirmación. No estoy ni por el pro ni por el contra y no quiero explicar a nadie por qué odio el sentido común.
  DADA— he aquí la palabra que lleva las ideas a la caza; todo burgués se siente dramaturgo, inventa distintos discursos y, en lugar de poner en su lugar a los personajes convenientes a la calidad de su inteligencia, crisálidas en sus sillas, busca las causas y los fines (según el método psicoanalítico que practica) para dar consistencia a su trama, historia que habla y se define. El espectador que trata de explicar una palabra es un intrigante: (conocer). Desde el refugio enguatado de las complicaciones serpentinas hace manipular sus propios instintos. De aquí nacen las desgracias de la vida conyugal.
 Explicar: diversión de los vientres rojos con los molinos de los cráneos vacíos.
Dada no significa nada

 Si alguien lo considera inútil, si alguien no quiere perder tiempo por una palabra que no significa nada….El primer pensamiento que se agita en estas cabezas es de orden bacteriológico…, hallar su origen etimológico, histórico o psicológico por lo menos. Por los periódicos sabemos que los negros Kru llaman al rabo de la vaca sagrada: DADA. El cubo y la madre en una cierta comarca de Italia reciben el nombre de DADA. Un caballo de madera, la nodriza, la doble afirmación en ruso y en rumano DADA. Sabios periodistas ven en todo ello un arte para niños, otros santones jesúshablaalosniños, el retorno a un primitivismo seco y estrepitoso, estrepitoso y monótono. No es posible construir la sensibilidad sobre una palabra. Todo sistema converge hacia una aburrida perfección, estancada idea de una ciénaga dorada, relativo producto humano. La obra de arte no debe ser la belleza en sí misma porque la belleza ha muerto; ni alegre; ni alegre ni triste, ni clara ni oscura, no debe divertir ni maltratar a las personas individuales sirviéndoles pastiches de santas aureolas o los sudores de una carrera en arco a través de las atmósferas. Una obra de arte nunca es bella por decreto, objetivamente y para todos. Por ello, la crítica es inútil, no existe más que subjetivamente, sin el mínimo carácter de generalidad. ¿Hay quien crea haber encontrado la base psíquica común a toda la humanidad? El texto de Jesús y la Biblia recubren con sus amplias y benévolas alas: la mierda, las bestias, los días. ¿Cómo se puede poner orden en el caos de infinitas e informes variaciones que es el hombre? El principio «ama a tu prójimo» es una hipocresía. «Conócete a ti mismo» es una utopía más aceptable porque también contiene la maldad. Nada de piedad. Después de la matanza todavía nos queda la esperanza de una humanidad purificada. Yo hablo siempre de mí porque no quiero convencer. No tengo derecho a arrastrar a nadie a mi río, yo no obligo a nadie a que me siga. Cada cual hace su arte a su modo y manera, o conociendo el gozo de subir como una flecha hacia astrales reposos o el de descender a las minas donde brotan flores de cadáveres y de fértiles espasmos. Estalactitas: buscarlas por doquier, en los pesebres ensanchados por el dolor, con los ojos blancos como las liebres de los ángeles.
 Así nació DADA, de una necesidad de independencia, de des-confianza hacía la comunidad. Los que están con nosotros conservan su libertad. No reconocemos ninguna teoría. Basta de academias cubistas y futuristas, laboratorios de ideas formales. ¿Sirve el arte para amontonar dinero y acariciar a los gentiles burgueses? Las rimas acuerdan su tintineo con las monedas y la musicalidad resbala a lo largo de la línea del vientre visto de perfil. Todos los grupos de artistas han ido a parar a este banco a pesar de cabalgar distintos cometas. Se trata de una puerta abierta a las posibilidades de revolcarse entre muelles almohadones y una buena mesa.
  Aquí echamos el ancla en la tierra feraz. Aquí tenemos derecho a proclamar esto porque hemos conocido los escalofríos y el despertar. Fantasmas ebrios de energía, hincamos el tridente en la carne distraída. Rebosamos de maldiciones en la tropical abundancia de vertiginosas vegetaciones: goma y lluvia es nuestro sudor, sangramos y quemamos la sed.
 Nuestra sangre es vigorosa. […]
 Amo una obra antigua por su novedad. Tan sólo el contraste nos liga al pasado. Los escritores que enseñan la moral y discuten o mejoran la base psicológica, tienen, aparte del deseo oculto del beneficio, un conocimiento ridículo de la vida que ellos han clasificado, subdividido y canalizado. Se empeñan en querer ver danzar las categorías apenas se ponen a marcar el compás. Sus lectores se carcajean y siguen adelante: ¿con qué fin? Hay una literatura que no llega a la masa voraz. Obras de creadores nacidas de una auténtica necesidad del autor y sólo en función de sí mismo. Consciencia de un supremo egoísmo, en el que cualquier otra ley queda anulada.
 Cada página debe abrirse con furia, ya sea por serios motivos, profundos y pesados, ya sea por el vórtice y el vértigo, lo nuevo y lo eterno, la aplastante espontaneidad verbal, el entusiasmo de los principios, o por los modos de la prensa. He ahí un mundo vacilante que huye, atado a los cascabeles de la gama infernal, y he ahí, por otro lado, los hombres nuevos, rudos, cabalgando a lomos de los sollozos.
  He ahí un mundo mutilado y los medicuchos literarios preocupados por mejorarlo. Yo os digo: no hay un comienzo y nosotros no temblamos, no somos unos sentimentales. Nosotros desgarramos como un furioso viento la ropa de las nubes y de las plegarias y preparamos el gran espectáculo del desastre, el incendio, la descomposición. Preparamos la supresión del dolor y sustituimos las lágrimas por sirenas tendidas de un continente a otro. Banderas de intensa alegría viudas de la tristeza del veneno. DADA es la enseñanza de la abstracción; la publicidad y los negocios también son elementos poéticos.
  Yo destruyo los cajones del cerebro y los de la organización social: desmoralizar por doquier y arrojar la mano del cielo al infierno, los ojos del infierno al cielo, restablecer la rueda fecunda de un circo universal en las potencias reales y en la fantasía individual.
  La filosofía, he ahí el problema: por qué lado hay que empezar a mirar la vida, Dios, la idea y cualquier otra cosa. Todo lo que se ve es falso. Yo no creo que el resultado negativo sea más importante que la elección entre el dulce y las cerezas como postre. El modo de mirar con rapidez la otra cara de una cosa para imponer directamente la propia opinión se llama dialéctica, o sea, el modo de regatear el espíritu de las patatas fritas bailando a su alrededor la danza del método.
  Si yo grito:
IDEAL, IDEAL, IDEAL,
conocimiento, conocimiento, conocimiento
bumbúm, bumbúm, bumbúm,

registro con suficiente exactitud el progreso, la ley, la moral y todas las demás bellas cualidades de que tantas personas inteligentes han discutido en tantos libros para llegar, al fin, a confesar que cada uno, del mismo modo, no ha hecho más que bailar al compás de su propio y personal bumbúm y que, desde el punto de vista de tal bumbúm, tiene toda la razón: satisfacción de una curiosidad morbosa, timbre privado para necesidades inexplicables; baño; dificultades pecuniarias; estómago con repercusiones […]
  Si todos tienen razón, y si todas las píldoras son píldoras Pínk., tratemos de no tener razón. En general, se cree poder explicar racionalmente con el pensamiento lo que se escribe. Todo esto es relativo. El pensamiento es una bonita cosa para la filosofía, pero es relativo. El psicoanálisis es una enfermedad dañina, que adormece las tendencias antirreales del hombre y hace de la burguesía un sistema. No hay una Verdad definitiva. La dialéctica es una máquina divertida que nos ha llevado de un modo bastante trivial a las opiniones que hubiéramos tenido de otro modo. ¿Hay alguien que crea, mediante el refinamiento minucioso de la lógica, haber demostrado la verdad de sus opiniones? La lógica constreñida por los sentidos es una enfermedad orgánica. A este elemento los filósofos se complacen en añadir el poder de observación. Pero justamente esta magnífica cualidad del espíritu es la prueba de su impotencia. Se observa, se mira desde uno o varios puntos de vista y se elige un determinado punto entre millones de ellos que igualmente existen. La experiencia también es un resultado del azar y de las facultades individuales.
  La ciencia me repugna desde el momento en que se transforma en sistema especulativo y pierde su carácter de utilidad, que, aun siendo inútil, es, sin embargo, individual. Yo odio la crasa objetividad y la armonía, esta ciencia que halla que todo está en orden: continuad, muchachos, humanidad... La ciencia nos dice que somos los servidores de la naturaleza: todo está en orden, haced el amor y rompeos la cabeza; continuad, muchachos, hombres, amables  burgueses, periodistas vírgenes... Yo estoy contra los sistemas: el único sistema todavía aceptable es el de no tener sistemas. Completarse, perfeccionarse en nuestra pequeñez hasta colmar el vaso de nuestro yo, valor para combatir en pro y en contra del pensamiento, misterio de pan, desencallamiento súbito de una hélice infernal hacia lirios baratos.

La espontaneidad dadaísta

Yo llamo amíquémeimportismo a una manera de vivir en la que cada cual conserva sus propias condiciones respetando, no obstante, salvo en caso de defensa, las otras individualidades, el twostep que se convierte en himno nacional, las tiendas de antiguallas, el T.S.H., el teléfono sin hilos, que transmite las fugas de Bach, los anuncios luminosos, los carteles de prostíbulos, el órgano que difunde claveles para el buen Dios y todo esto, todo junto, y realmente sustituyendo a la fotografía y al catecismo unilateral.»