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domingo, 31 de marzo de 2024

Justine o los infortunios de la virtud.- Marqués de Sade (1740-1814)

La mala nueva del marqués de Sade | El Cultural
Segunda parte


  «–¡Oh, señor, qué horror!
 –¿Acaso no podía cometer otro mayor?... Estuve a punto, te lo confieso; pero estaba convencido de que ibas a quedar reducida a los últimos extremos: esta idea me satisfizo, te abandoné. Dejemos eso, Thérèse, y pasemos al objeto que me ha hecho desear verte.
 Este gusto increíble que siento por las dos virginidades de una jovencita no me ha abandonado en absoluto, Thérèse –continuó Saint–Florent; ocurre con esto como con todos las restantes extravíos del libertinaje: cuanto más envejeces, más fuerza adquieren; de los antiguos delitos nacen nuevos deseos, y nuevos crímenes de estos deseos. Todo eso carecería de importancia, querida, si lo que se utiliza para satisfacerlo no fuera en sí mismo muy culpable. Pero como la necesidad del mal es el primer móvil de nuestros caprichos, cuanto más criminal es lo que nos empuja, más excitados nos sentimos. Una vez ahí, sólo deploramos la mediocridad de los medios: cuanto más se extiende su atrocidad, más excitante se vuelve nuestra voluptuosidad, y más nos hundimos así en el cenagal sin el más leve deseo de salir de él.
 Es mi historia, Thérèse; cada día, mis sacrificios precisan dos jovencitas. ¿He disfrutado?, no sólo no vuelvo a ver los objetos, sino que se hace incluso esencial para la absoluta satisfacción de mis fantasías que estos objetos salgan inmediatamente de la ciudad: saborearía mal los placeres del día siguiente si imaginara que las víctimas de la víspera siguen respirando el mismo aire que yo. El medio de liberarme de ellas es fácil. ¿Lo creerías, Thérése? Son mis excesos los que llenan el Languedoc y la Provenza de la multitud de objetos de libertinaje que encierra su seno: una hora después de que estas jovencitas me hayan servido, unos emisarios de confianza las embarcan y las venden a las alcahuetas de Nîmes, de Montpellier, de Toulouse, de Aix y de Marsella. Este comercio, en el que llevo dos tercios del beneficio, me compensa ampliamente de lo que los sujetos me cuestan, y así satisfago dos de mis más queridas pasiones, la lujuria y la codicia. Pero los descubrimientos y las seducciones me dan trabajo; además, la clase de sujetos es extremadamente importante para mi lubricidad: quiero que todas ellas procedan de estos asilos de la miseria en los que la necesidad de vivir y la imposibilidad de conseguirlo, absorbiendo el valor, el orgullo y la delicadeza, enervando finalmente el alma, determina, en la esperanza de una subsistencia indispensable, a todo lo que parece tener que asegurarla. Hurgo despiadadamente en todos estos reductos: no puedes imaginar lo que me dan. Voy más lejos, Thérèse: la actividad, la industria, un poco de bienestar, enfrentándose a mis sobornos, me arrebatarían una gran parte de los sujetos; yo opongo a estos escollos el crédito de que disfruto en esta ciudad, provoco unas oscilaciones en el comercio, o unas carestías en los víveres, que, multiplicando las clases de pobreza, quitándole por una parte los medios de trabajo, y dificultándole por otra los de la vida, aumentan en proporción igual la suma de los sujetos que la miseria me entrega. La astucia es conocida, Thérèse: estas escaseces de leña, de trigo y de otros comestibles, que han estremecido a París durante tantos años, no tenían otro objetivo que los que me animan; la avaricia, el libertinaje, estas son las pasiones que, desde el seno de los dorados artesonados, tienden una maraña de redes hasta el humilde techo del pobre. Pero, por mucha habilidad que ponga en práctica para apretar por un lado, si mis manos diestras no arrancan rápidamente del otro, me quedo sin nada que llevarme a la boca, y la máquina funciona tan mal como si yo no agotara mi imaginación en recursos y mi crédito en operaciones. Así que necesito una mujer lista, joven, inteligente, que, habiendo pasado ella misma por los espinosos senderos de la miseria, conozca mejor que nadie los medios de seducir a las que transitan por ellos; una mujer cuya mirada penetrante adivine la adversidad en sus géneros más tenebrosos, y cuya mente sobornadora decida a las víctimas a escapar de la opresión por los medios que yo presento; una mujer inteligente finalmente, tan carente de escrúpulos como de piedad, que no descuide nada para triunfar, ni siquiera cortar los escasos recursos que, apoyando todavía la esperanza de estas infortunadas, les impide decidirse. Yo tenía una excelente, y segura: acaba de morir. Es imposible imaginar hasta donde llevaba esta inteligente criatura su desvergüenza; no solamente aislaba a esas miserables hasta el punto de obligarlas a acudir a implorarlas de rodillas, sino que si esos medios no aparecían con suficiente rapidez para acelerar su caída, la malvada no vacilaba en robarlas. Era un tesoro: yo sólo necesito dos sujetos por día, ella me hubiera dado diez, de haberlos querido. Se deducía de ahí que yo tenía las mejores opciones, y que la superabundancia de materia prima de mis operaciones me compensaba de la mano de obra. A esa mujer hay que sustituir, querida; tendrás cuatro a tus órdenes, y dos mil escudos de emolumentos: ya te lo he dicho, contesta, Thérèse, y sobre todo que unas quimeras no te impidan aceptar tu dicha cuando el azar y mi mano te la ofrecen.
 –¡Oh, señor! –dije a aquel hombre deshonesto, estremeciéndome ante sus discursos–, ¿cómo es posible que podáis concebir tales voluptuosidades, y que os atreváis a proponerme servirlas? ¡Qué horrores acabáis de hacerme oír! Hombre cruel, bastaría con que fuerais desdichado sólo dos días y veríais como estos sistemas de inhumanidad no tardarían en aniquilarse en vuestro corazón: la prosperidad es lo que os ciega y os endurece; os aburrís con el espectáculo de los males de los que os creéis al amparo, y como confiáis en no sentirlos jamás, os suponéis en el derecho de infligirlos; ¡ojalá jamás me llegue la felicidad si es capaz de corromperme hasta este punto! ¡Oh, cielo santo! ¡No contentarse con abusar del infortunio! ¡Llevar la audacia y la ferocidad hasta incrementarlo, hasta prolongarlo, por la única satisfacción de vuestros deseos! ¡Qué crueldad, señor! Los animales más feroces no nos dan ejemplos de una barbarie semejante.
 –Te equivocas, Thérèse, no hay astucias que el lobo no invente para atraer al cordero a sus trampas: estas tretas están en la naturaleza, y la beneficencia no cuenta entre ellas; sólo es una característica de la debilidad preconizada por el esclavo para enternecer a su amo y predisponerle a una mayor dulzura. Sólo se anuncia en el hombre en dos casos: si es el más débil, o si teme serlo. La prueba de que esta supuesta virtud no existe en la naturaleza es que es ignorada por el hombre más próximo a ella. El salvaje, despreciándola, mata sin piedad a su semejante, bien por venganza, bien por avidez... ¿Acaso no respetaría esa virtud si estuviera inscrita en su corazón? Pero jamás apareció, jamás se encontrará allí donde los hombres sean iguales. La civilización, al depurar a los individuos, al distinguir los rangos, al ofrecer un pobre a los ojos de un rico, al hacer temer a éste una variación de estado que podía precipitarle en la nada del otro, colocó inmediatamente en su mente el deseo de aliviar al infortunado para ser aliviado a su vez, en el caso de que perdiera sus riquezas. Entonces nació la beneficencia, fruto de la civilización y del temor: así pues, sólo es una virtud circunstancial, pero no, en absoluto, un sentimiento de la naturaleza que jamás emplazó en nosotros otro deseo que el de satisfacernos, al precio que fuera. Sólo confundiendo así todos los sentimientos, y sin analizar jamás nada, podemos cegarnos sobre todo y privarnos de todos los goces.
Justine o Los infortunios de la virtud La Sonrisa Vertical: Amazon ... –¡Ah, señor! –le interrumpí acaloradamente–. ¿Puede haber alguno más dulce que el de aliviar el infortunio? Dejemos a un lado el horror de sufrirlo uno mismo: ¿existe una satisfacción más grande que la de complacer?... Disfrutar de las lágrimas de la gratitud, compartir el bienestar que se acaba de esparcir entre unos desdichados que, semejantes a vos, carecían sin embargo de las cosas que para vos son vuestras primeras necesidades, oírles entonar vuestros elogios y llamaros padre, reinstaurar la serenidad sobre unas frentes oscurecidas por el desfallecimiento, por el abandono y por la desesperación. No, señor, ninguna voluptuosidad en el mundo puede igualarla: es la de la propia divinidad, y la dicha que promete a quienes la hayan servido en la tierra sólo será la de ver o de hacer dichosos en el cielo. Todas las virtudes nacen de ésa, señor; se es mejor padre, mejor hijo, mejor esposo, cuando se conoce el encanto de aliviar el infortunio. Al igual que los rayos del sol, diríase que la presencia del hombre caritativo esparce, en todo lo que lo rodea, la fertilidad, la dulzura y la alegría; y el milagro de la naturaleza, a partir de este foco de la luz celeste, es el alma honesta, delicada y sensible cuya felicidad suprema es trabajar en favor de la de los demás.
 –¡Cuentos, Thérèse! Los placeres del hombre están en relación con el tipo de órganos que ha recibido de la naturaleza; los del individuo débil, y por consiguiente de todas las mujeres, deben llevar a unas voluptuosidades morales, más excitantes, para tales seres, que las que sólo influirían sobre un físico totalmente desprovisto de energía: ocurre lo contrario con las almas fuertes, que, mucho mejor complacidas con los choques vigorosos impresos sobre lo que las rodea de lo que lo estarían por las impresiones delicadas percibidas por esos mismos seres que existen a su alrededor, prefieren inevitablemente, a partir de esta constitución, lo que afecta a los demás en sentido doloroso a lo que sólo los conmovería de una manera más dulce. Esta es la única diferencia entre las personas crueles y las personas bondadosas; unas y otras están dotadas de sensibilidad, pero cada cual a su manera. Yo no niego que existan goces en ambas clases, pero sostengo, al igual que, sin duda, muchos filósofos, que los del individuo constituido de la manera más vigorosa serán incontestablemente más vivos que todos los de su adversario; y una vez establecidos estos sistemas, puede y debe encontrarse un tipo de hombres que encuentre tanto placer en todo lo que inspira la crueldad como los otros lo saborean en la beneficencia. Pero estos serán unos placeres suaves, y los otros unos placeres muy vivos: los primeros serán los más seguros, los más auténticos sin duda, ya que caracterizan las inclinaciones de todos los hombres todavía en la cuna de la naturaleza, y de los mismos niños, antes de que hayan conocido el dominio de la civilización; los otros sólo serán el efecto de esta civilización, y por tanto unas voluptuosidades engañosas y sin ninguna finura. Por otra parte, hija mía, como estamos aquí menos para filosofar que para consolidar una determinación, sé tan amable como para darme tu última palabra... ¿Aceptas, o no, el encargo que te propongo?
 –Con toda seguridad lo rechazo, señor –respondí levantándome–... Soy muy pobre... ¡oh, sí, muy pobre, señor!; pero, más rica por los sentimientos de mi corazón que por todos los dones de la Fortuna, jamás sacrificaré los primeros para poseer los otros: sabré morir en la indigencia, pero no traicionaré la virtud.
 –Vete –me dijo fríamente aquel hombre detestable–, y sobre todo que no tenga que temer indiscreciones tuyas: no tardarías en ir a dar a un lugar donde ya no tendría que temerlas.
 Nada estimula tanto la virtud como los temores del vicio: mucho menos tímida de lo que habría supuesto, me atreví, prometiéndole que no tendría nada que temer de mí, a recordarle el robo que me había hecho en el bosque de Bondy, y contarle que, en la circunstancia en que me hallaba, ese dinero me resultaba indispensable. Entonces el monstruo me contestó duramente que sólo de mí dependía ganarlo, y que me negaba a ello.
 –No, señor –contesté con firmeza– os lo repito, moriré mil veces antes que salvar mis días a este precio.
 Y yo –dijo Saint–Florent- no hay nada que no prefiriera a la pena de dar mi dinero sin que se lo ganen: pese al rechazo que has tenido la insolencia de darme, quiero pasar todavía un cuarto de hora contigo. Vamos, pues, al tocador, y unos instantes de obediencia pondrán tus fondos en una mejor situación.»

  [El texto pertenece a la edición en español de Tusquets Editores, 1994, en traducción de Joaquín Jordá, pp. 191-194. ISBN: 978-84-7223-738-4.]

viernes, 26 de junio de 2020

Cosmos.- Witold Gombrowicz (1904-1969)

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Octavo

   «Después comenzó a hablar, simplemente, lentamente, fatigosamente.
 -Debe saber, señoritín, que mi juventud fue sólo así, así. Vivíamos en una pequeña ciudad llamada Sokolow, mi padre dirigía una cooperativa, usted sabe cómo son esos pueblos, es necesario hacer todo con prudencia, la gente se entera rápidamente de todo, en una pequeña ciudad se vive como en una casa de cristal, todo paso, cualquier movimiento, una mirada, son ya del dominio público. ¡Dios mío, yo me crié ahí! Y a pesar de que nunca me distinguía por mi osadía... es más, era tímido, retraído... ¡qué sé yo...! bah, por supuesto, también me tocó paladear algún bocadillo cuando la ocasión se presentó, cada uno se las arregla como puede, ya lo creo. Pero poca cosa. Demasiado vigilado. Después, ve, apenas entré en el Banco me casé y un poco... a fin de cuentas... poca cosa también entonces, así, así, vivíamos comúnmente en poblaciones pequeñas, por consiguiente tras paredes de vidrio, se ve todo, además, vivía aún más vigilado, porque en un matrimonio uno observa al otro de la mañana a la noche, de la noche a la mañana, usted podrá imaginarse cómo me sentiría bajo la mirada penetrante de mi mujer primero, y después de mi hija, no sólo eso, en el Banco uno siempre es observado y yo inventé para las horas de oficina este entretenimiento: trazar una línea en el escritorio y luego, poco a poco, ir excavándola con la uña, pero, ¿qué quiere?, viene el jefe de sección, ¿qué diablos está usted haciendo con la uña?, paciencia, de cualquier modo y en consecuencia de todo esto debí recurrir a pequeñas satisfacciones, clandestinas, casi invisibles; en una ocasión, imagínese usted, en Drohobycz, llegó una actriz de gran lujo, ¡toda una fiera!, un día en el autobús por casualidad le acaricié la mano, oh, señoritín mío, qué delirio, qué frenesí, una excitación indescriptible, un deseo loco de volver a repetir aquel acto, ¿pero cómo?, ni hablar, imposible, hasta que finalmente, en mi amargura, se me ocurrió una idea astuta: ¿por qué has de buscar otra mano cuando tú mismo tienes dos?, no me lo va a creer, pero con cierto adiestramiento se llega a tal perfección que una mano puede excitar a la otra, por ejemplo, bajo la mesa, cuando nadie ve, y también si vieran, qué importa, las propias manos pueden tocarse y también tocar las caderas, uno puede tocarse una oreja con el dedo, el placer de hecho es cuestión de voluntad, de intención, si usted se las ingenia encontrará un mundo ilimitado de diversiones en el propio cuerpo, no pretendo que demasiadas, pero siempre es mejor algo que nada, claro que preferiría una odalisca..., pero como no la tengo...
 Se levantó, hizo una reverencia y canturreó:

¡Cuando no tienes lo que amas,
entonces ama lo que tienes!   

Otra reverencia. Se sentó.
 -Por consiguiente, no me puedo quejar. Algo me ha dado la vida. Otros han obtenido más, ¡qué se le va a hacer!, pero, veamos, ¿quién me garantiza que hayan tenido más? Cada uno cuenta historias, presume que si con ésta, si con aquélla, en realidad es algo que uno nunca sabe, de vuelta en la casa te quitas los zapatos, te acuestas contigo mismo, ¿entonces?, ¿a qué viene toda esa palabrería?, en vez de eso, yo me dedico a proporcionarme mis pequeños placercitos, no sólo los eróticos, me divierto como un príncipe también con las bolitas de miga, o limpiando los pince-nez; por lo menos durante dos años he practicado esta diversión, los otros me llenan la cabeza con asuntos familiares, de trabajo, con la política, y yo, como si nada, limpio mis pince-nez… ¿qué decía?, ah, sí, no puede imaginarse cómo uno se agiganta gracias a esas pequeñeces, es increíble, el hombre se convierte en cíclope, se siente el país entero bajo la planta del pie y es como si estuviera a centenares de kilómetros de distancia, en las fronteras sudorientales, además el talón del pie puede proporcionar también algunas satisfacciones, todo depende de la intención, del punto de vista, ¿me entiende?, ¿si un callo puede producir dolor por qué entonces no ha de proporcionar también placer? ¿Y el deslizar la lengua por entre las ranuras de los dientes?
El fuego de Montag: Cosmos, de Witold Gombrowicz Así pues, decía... el epicureísmo, es decir, el placer, puede ser de dos tipos, primum: jabalí, toro, león, secundum: pulga, mosquito, ergo puede ser en grande y en pequeña escala; si se trata de este último tipo, entonces se requiere una capacidad especial para miscroscopiar, para disgregar, es necesaria una justa división, si come un caramelo las etapas pueden ser las siguientes: primum tomarlo, secundum desenvolverlo, tertium llevárselo a la boca, quartum jugar con la lengua, con la saliva, quintum tomarlo con la mano, observarlo, sextum triturarlo con los dientes... para quedarnos sólo en el ámbito de esas cuantas etapas, como ve, uno puede pasarlo sin dancings, ni champagne, cenas íntimas, caviar, escotes, frufrús, medias de seda, pantaletas, senos, sin arquear el cuerpo, sin ayuntarse, ja, ja, ja, ay, ay, ¡cómo se permite usted!, ja, ja, ja, ay, ay, ay, jo, jo, jo, ju, ju, ju, acariciar una nuca. Me quedo en cambio en la casa, con la familia, cenamos, converso con los huéspedes y no obstante disfruto en secreto de deleites dignos de un café cantante parisino, calladito, calladito. ¡Veremos si logran descubrirme! No, jamás me descubrirán, ja, ja, ja. Todo consiste en saber conformarse internamente con placercititos, con deseititos, que son como abanicos de plumas dignos de la corte de Solimán el Magnífico. Los golpes de cañón son importantes, pero también lo es el tañido de las campanas.
 Se levantó, hizo una reverencia y canturreó:

¡Cuando no tienes lo que amas,
entonces ama lo que tienes!

 Otra reverencia. Se sentó.
 -Con toda seguridad usted me considera un poco chiflado.
 -Un poco.
 -Muy bien, considéreme así, eso facilita las cosas. También yo juego un poco a estar loco, para facilitar las cosas. Si no me las facilitara, todo se me volvería demasiado complicado. ¿Ama usted las satisfacciones?
 -Sí.
 -¿Y los placeres?
 -También.»

  [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Planeta, 1997, en traducción de Sergio Pitol. ISBN: 84-08-46193-1.]

martes, 11 de diciembre de 2018

La cultura de la satisfacción.- John Kenneth Galbraith (1908-2006)


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2.-El carácter social de la satisfacción

«La primera característica, y la más generalizada, de la mayoría satisfecha es su afirmación de que los que la componen están recibiendo lo que se merecen en justicia. Lo que sus miembros individuales aspiran a tener y disfrutar es el producto de su esfuerzo, su inteligencia y su virtud personales. La buena fortuna se gana o es recompensa al mérito y, en consecuencia, la equidad no justifica ninguna actuación que la menoscabe o que reduzca lo que se disfruta o podría disfrutarse. La reacción habitual a semejante acción es la indignación o, como se ha indicado, la ira contra lo que usurpa aquello que tan claramente se merece. [...]
 La segunda característica de la mayoría satisfecha, menos consciente pero de suma importancia, y que ya hemos mencionado, es su actitud hacia el tiempo. Sintetizando al máximo, siempre prefiere la no actuación gubernamental, aun a riesgo de que las consecuencias pudieran ser alarmantes a largo plazo. La razón es bastante evidente. El largo plazo puede no llegar; ésa es la cómoda y frecuente creencia. Y una razón más decisiva e importante: el coste de la actuación de hoy recae o podría recaer sobre la comunidad privilegiada; podrían subir los impuestos. Los beneficios a largo plazo muy bien pueden ser para que los disfruten otros. En cualquier caso, la tranquila teología del laisser faire sostiene que, al final, todo saldrá bien. [...]
 Una tercera característica de quienes disfrutan de una situación desahogada es su visión sumamente selectiva del papel del Estado. Hablando vulgar y superficialmente, el Estado es visto como una carga; ninguna declaración política de los tiempos modernos ha sido tan frecuentemente reiterada ni tan ardorosamente aplaudida como la necesidad de "quitar el Estado de las espaldas de la gente". Ni el albatros que le colgaron al cuello al viejo marinero sus compañeros de navegación en el célebre poema de Coleridge era una carga tan agobiante. La necesidad de aligerar o eliminar esta carga y con ello, agradablemente, los impuestos correspondientes es artículo de fe absoluto para la mayoría satisfecha. [...]
 La última característica a mencionar y destacar aquí es la tolerancia que muestran los satisfechos respecto a las grandes diferencias de ingresos. Estas diferencias han sido ya indicadas, lo mismo que el hecho de que la disparidad no sea motivo de serios conflictos. Se respeta aquí una convención general bastante plausible: el coste de la prevención de cualquier ataque a la propia renta es la tolerancia de una mayor cuantía para otros. La indignación ante la redistribución del ingreso de los muy ricos, inevitablemente mediante impuestos, y su defensa, abre la puerta a la consideración de impuestos más altos para los de posición desahogada aunque menos acaudalados. Esto resulta especialmente amenazador dada la situación y las posibles exigencias del sector menos favorecido de la población. Cualquier protesta airada de la mitad afortunada sólo podría centrar la atención en la situación muchísimo peor de la mitad inferior. La opulencia esplendorosa de los muy ricos es el precio que paga la mayoría electoral satisfecha para poder retener lo que es menos pero que está muy bien de todos modos. Y esta tolerancia de los muy afortunados, se afirma, podría tener una sólida ventaja social: "Para ayudar a la clase media y a los pobres, se deben reducir los impuestos de los ricos." [...]
 En Estados Unidos, en el pasado, con gobiernos de uno u otro de los grandes partidos, eran muchos los que experimentaban una cierta sensación de desasosiego, de mala conciencia y de incomodidad al contemplar a aquellos que no compartían la buena suerte de los afortunados. De Ronald Reagan no emanaba ningún sentimiento de este género; los norteamericanos estaban siendo recompensados porque se lo tenían merecido. Si algunos no participaban, era por su propia torpeza o porque no querían. Así como alguna vez fue privilegio de los franceses, ricos o pobres, dormir bajo los puentes, ahora todo americano tenía el derecho inalienable de dormir en la acera sobre las rejillas de ventilación. Quizá no fuese la realidad, pero era el guión que había decidido el presidente. Y Ronald Reagan lo había ensayado muy bien basándose en su larga y notable formación teatral, no por su realidad, no por su verdad, sino, como si fuese una película o un anuncio de televisión, por su poder de atracción. Y éste era grande. Permitía a los norteamericanos eludir su conciencia y sus preocupaciones sociales y sentirse gratamente satisfechos de sí mismos.
 No todos podían sentirse así, desde luego, ni siquiera necesariamente, una mayoría de los ciudadanos en edad de votar. Y había una circunstancia más, socialmente un tanto amarga, que se ha pasado oportunamente por alto: que el desahogo y el bienestar económico de la mayoría satisfecha estaban siendo sostenidos y fomentados por la presencia en la economía moderna de una clase numerosa, sumamente útil, esencial incluso, que no participa de la agradable existencia de la comunidad favorecida. Paso a examinar ahora el carácter y los servicios de esta clase, que aquí se denomina Subclase Funcional.»
 
   [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Ariel, 2010, en traducción de José Manuel Álvarez Flórez. ISBN: 84-344-1406-6.]
 

martes, 9 de enero de 2018

El principio esperanza.- Ernst Bloch (1885-1977)


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Parte segunda (Fundamentación): La conciencia anticipadora
11.-El hombre como un ser de impulsos de bastante amplitud
 El cuerpo individual

«El impulso ha de tener a alguien detrás de sí. ¿Quién es, empero, el incitado que busca? ¿Quién se mueve en el movimiento vivo, quién impulsa en el animal, quién desea en el hombre? Aquí no se explica todo por referencia al yo, ya que hay impulsos que se "apoderan" de nosotros. Ello no significa, sin embargo, de otro lado, que no hay un ser individual, concluso en sí, que sea soporte de los impulsos, que los perciba y que anule con su satisfacción sensaciones de desagrado. Sólo que este ser es, por de pronto, el cuerpo individual vivo; los impulsos no flotan en el vacío, sino que los tiene este cuerpo individual movido por excitaciones y lleno de incitaciones. Y cuando el animal come, lo que queda satisfecho es su cuerpo y nada más. 
[...]
No hay impulso sin un cuerpo antes
 
[...] Es posible, por eso decir: no es la joven la que por desengaños amorosos se tira al agua, sino los desengaños amorosos los que se tiran al agua con la joven. Pero, sin embargo, pese a esta apariencia a-subjetiva nada en el cuerpo permite a los impulsos convertirse en sus propios soportes. El pájaro construye su nido, la golondrina encuentra su nido del año pasado; pero aun cuando en todos estos enigmáticos procesos no labora un yo, no por ello puede decirse que lo que labora es un impulso independiente que, por así decirlo, fuera posible sin un cuerpo. También el impulso instintivo tiene su lugar en la organización del cuerpo individual, y sólo se pone en función en tanto que pertenece a éste, en tanto que el cuerpo actúa en su propio sentido, huyendo de lo que le perjudica y buscando lo que le conserva. [...] 

 
La pasión cambiante 

 El hombre, muy especialmente, lleva muchos impulsos en sí. Porque el hombre no sólo conserva la mayoría de los impulsos animales, sino que crea nuevos, es decir, que no sólo su cuerpo, sino también su yo, es susceptible a los afectos. El hombre consciente es el animal más difícil de satisfacer. En la satisfacción de sus necesidades es el animal de los rodeos. Si le falta lo necesario para la vida, siente su carencia como ningún otro ser y ante él surgen las visiones del hambre. Si tiene lo necesario, la satisfacción va acompañada de nuevas apetencias que, aunque de otra manera, le atormentan tanto como la carencia absoluta anterior. Los ricos y los hartos -aunque no sólo ellos- padecen del extraño aguijón del no-sé-qué; el lujo, en especial que parece satisfacer todo, es un acicate insaciable. Jerjes prometió un premio al que le inventara un nuevo placer; no se trataba sólo del hastío, sino de un impulso desconocido, de un alarido en su dirección, que tenía que ser aplacado. En el curso de la historia, sobre todo, con sus formas cambiantes y sus modos crecientes de satisfacer las necesidades, apenas si hay un impulso que siga igual y no hay ninguno que se nos presente con contornos definitivos. Con los nuevos objetos surgen afanes y pasiones de direcciones distintas, de las cuales, todavía ayer, nadie ha sabido nada. El impulso de la ganancia, un impulso, por lo demás, adquirido, se ha extendido de una manera, desconocida todavía para el precapitalismo; incluso la libido sexual resulta interceptada por él. Relativamente nuevo es el impulso del "récord" en la sociedad capitalista tardía y, sobre todo, el vacuo afán técnico de velocidades cada vez mayores; un afán, este último, resultado de los vehículos motorizados. El capital monopolístico tiene, sobre todo, que intensificar el impulso abstracto del récord como un acicate ya que sólo así puede exprimirse de los obreros el provecho máximo. ¡Y cuán vertiginosamente nuevo es, a su vez, el impulso fascista de la muerte, comparado, p. ej., con el impulso sentimental de la época de Werther, o del crepúsculo romántico! ¡Qué otro cometido social le impele, le da dirección y sentido! Su premio consiste, en parte, en la muerte en las batallas de la guerra imperialista y, en parte, en el callejón sin salida de la existencia burguesa como totalidad. El impulso religioso retrocede, en cambio -si es que puede llamarse así ese algo revestido de una superestructura-, el ímpetu hacia lo alto, el eros hacia lo inmutable. Y allí donde es excitado de manera degenerada, o mentida, como, por ejemplo, en las distintas seducciones fascistas, el ímpetu anterior apenas sí sigue siendo un ímpetu sino que se hunde más bien en la tierra, en la "sangre y la tierra". En resumen: es evidente que el hombre es un ser de impulsos tan cambiante como amplio, una suma de deseos cambiantes y, en su mayoría, mal ordenados.Y es muy difícil precisar un impulso permanente, un único impulso fundamental, siempre que no se le independice y, por tanto, se le sitúe en el vacío. El impulso principal no se hace visible ni siquiera en personas de la misma época y de la misma clase, ni desmontándolas, al estilo psicoanalítico, como si se tratara de la máquina de un reloj. Es seguro que hay muchos impulsos fundamentales; unas veces se nos muestra el uno, otras veces el otro, en ocasiones actúan conjuntamente, como vientos encontrados sobre un barco y ni siquiera se asemejan entre sí. El axioma de que el hombre trata de alcanzar su felicidad es, desde luego, muy viejo y lleva más verdad que la de que el hombre es un eterno animal de presa. Pero en cuanto uno se pregunta en qué consiste esta felicidad y para qué, comienzan en seguida los interrogantes y las sutilidades. Sería, en efecto, harto extraño que en la historia de las clases, allí donde surgen de continuo nuevas ideas de objetivos para el afán, precisamente el movimiento teleológico de los impulsos tuviera lugar en un solo sentido y de modo fijo y concluso.»
 
[El extracto pertenece a la edición en español de Editorial Aguilar, en versión de Felipe González Vicén. ISBN: 84-03-51013-6.]