Mostrando entradas con la etiqueta Subjetivismo. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Subjetivismo. Mostrar todas las entradas

domingo, 6 de octubre de 2024

La voluntad de estilo: teoría e historia del ensayismo hispánico.- Juan Marichal (1922-2010)

El derecho a una voz propia: 
vislumbres del ensayo en la prosa del siglo XV

  «Las Epístolas de Mosén  Diego de Valera y los escritos de Fernando de la Torre y de Teresa de Cartagena (sobrina del obispo) -tres "cristianos nuevos"- revelan una misma actitud, dejando de lado ahora sus marcados contrastes; domina en ellos la voluntad de singularización y de individuación expresivas. Claro que este impulso individualizador se sustenta y justifica en nombre de un principio tradicional del origen religioso: "Todo hombre es de oír porque espíritu de Dios donde quiere expira; y muchas cosas se callaron por algunos grandes varones que se dijeron por otros menores"; así defendía Valera su derecho a la expresión literaria, a la enunciación de sus opiniones personales. [...] La novedad de Valera radica, ante todo, en presentarse como un "pobre caballero que sólo tiene un arnés y un pobre caballo" para exponer sus opiniones en materia política y social, equiparándolas a las de los religiosos y "hombres de consejo" que rodean al monarca castellano. Es así la suya una afirmación de la voz del "lego", del hombre alejado del centro del poder político -en contraste, por ejemplo, con la posición "central" de Alfonso de Cartagena-, pero que quiere, como él mismo dice, "entremeterse" en los asuntos públicos. Justifica también su osadía expresiva declarando modestamente que se dirige, en la mayoría de sus escritos, "a los que no tanto leyeron". Delimita así a su público, a su potencial auditorio, quitándose importancia y marcando el carácter casi "vulgar" de su función literaria. Pero, al mismo tiempo, indica que hay unos lectores, si se puede decir, poco leídos, que necesitan "guías" que estén a su mismo bajo nivel. Valera se convierte en su "pastor" mundano, en el intermediario entre ellos y la cultura. Para él, el escritor tiene el deber de "guiar a la humanidad e instruirla de buenas costumbres"; la conexión, que él no establece explícitamente, entre "los que no tanto leyeron" y "la humanidad" es manifiesta y apunta a su propósito literario, a la voluntad de enlazar su persona con las necesidades espirituales del mundo, del público "inculto". [...]
 La obra más interesante de Fernando de la Torre -el Libro de las veinte cartas y cuestiones, publicado por Paz y Melia en 1907- presenta una teoría y defensa de la literatura "mundana" mucho más sistemática que la de Valera. [...] Hasta hay en él una afirmación orgullosa -muy distinta a la actitud defensiva de Valera- de su condición de experto en materias de expresión mundana: "diciendo yo algo saber en la elocuencia común y plazible a los discretos". Ya no es, como en el caso de Valera, el escritor que aspira a vincularse con el "mundo", sino que se trata, ahora, del hombre que habla desde dentro del "mundo" y que se siente respaldado por el "mundo". Fernando de la Torre se complace así en referirse a las características propiamente "mundanas" de sus escritos, aludiendo a sus "desvaríos mal ordenados", a sus "letras de desvaríos". Señala, es verdad, que es "osado" al "escribir tantos desvaríos", pero -en contraste con Valera- la pretendida "osadía" está no en su condición personal, ni en el contenido de sus cartas, sino en la forma misma de éstas. Insistencia que revela manifiestamente su afán por mostrar el carácter natural de su composición literaria, su contraste obvio con la "manera de ordenar" eclesiástica. [...] En él los "desvaríos" apuntan sobre todo a dar un tono ameno, a conseguir lo que él llama "estilo gracioso" en su prosa, más que a reflejar fielmente el discurrir interno. Esta aspiración a escribir "graciosas lecturas" debe enlazarse además con el carácter de su auditorio: Fernando de la Torre se dirige preferentemente a las damas de la corte. [...] Porque, para el desarrollo de una prosa personalizada, era indispensable la participación, casi diríamos que el amparo, de un auditorio femenino; los "desvaríos" de Fernando de la Torre eran el reflejo directo de la demanda emocional de las lectoras. Éstas, las damas de la corte, consagraban así un estilo expresivo que representaba un nuevo grado de personalización en la prosa discursiva castellana, regida hasta entonces por los principios de la elocuencia que Fernando de la Torre llamaba "frairiega". Es probable que este escritor fuera un personaje semi-bufonesco para aquellas damas; y, desde luego, sus escritos marcaron una relativa "feminización" de la expresión literaria. [...]
 En el proceso articulador del siglo XV, Teresa de Cartagena representa quizás el mejor ejemplo de la persona "desgarrada" de su mundo que vence su aislamiento social mediante la creación de una obra semi-literaria. A su condición de cristiana nueva -y, en cierta medida, de mujer- se añadía en su caso un obstáculo físico: Teresa de Cartagena se había quedado sorda en su temprana juventud. Sus escritos -Arboleda de los enfermos y Admiración de las cosas de Dios- respondieron a su necesidad de comunicar al menos consigo mismo. Decide escribir, decía, para "hacer guerra a la ociosidad", aunque sentía que su obrita (la Arboleda) no era "comunal". En ella, por lo tanto, la expresión literaria no es enlace con los demás, sino ante todo vía de conocimiento propio; [...] "más sola me veréis en compañía de muchos que no cuando sola me retraigo a mi celda". Ya no es simplemente la conciencia del apartamiento social -ser cristiana nueva- de su antiguo grupo religioso, ni la sensación de no pertenecer enteramente a la nueva comunidad, sino también la real separación física. Por eso, en su prosa se sienten como aberturas que profundizan la interioridad personal, como esas vedutas de los cuadros prerrenacentistas que el pintor utilizaba para dar perspectivas interiores al espacio representado; Teresa de Cartagena decide poblar de "arboleda graciosa" la "ínsula" donde se recoge espiritualmente y allí, "so la sombra", logrará descansar su persona. Y, sobre todo, en esa soledad fecunda tiene el privilegio de aprender mucho gracias a la ayuda divina. Dios es como un libro abierto para ella: "Él solo me leyó ['enseñó']". Declaración que responde también al deseo de defenderse de las acusaciones que la "maliciosa admiración" ha difundido: que Teresa había derivado su librito de numerosas y diversas lecturas. Ella afirma que, malo o bueno, todo lo que dice procede de sí misma, de lo que ha leído "en Dios". Añadiendo también el mismo argumento que Valera: los seres pequeños tanto pueden revelar como los mayores. En su caso esta defensa de la voz del ser humano "pequeño" asume un nuevo significado, pues se identifica Teresa con el "estado femenino". Y así sus escritos resultan ser también una intensa defensa del derecho a la voz literaria de la mujer.»

 [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Revista de Occidente, 1971, pp. 37-43.]

martes, 9 de enero de 2018

El principio esperanza.- Ernst Bloch (1885-1977)


Resultado de imagen de ernst bloch  
Parte segunda (Fundamentación): La conciencia anticipadora
11.-El hombre como un ser de impulsos de bastante amplitud
 El cuerpo individual

«El impulso ha de tener a alguien detrás de sí. ¿Quién es, empero, el incitado que busca? ¿Quién se mueve en el movimiento vivo, quién impulsa en el animal, quién desea en el hombre? Aquí no se explica todo por referencia al yo, ya que hay impulsos que se "apoderan" de nosotros. Ello no significa, sin embargo, de otro lado, que no hay un ser individual, concluso en sí, que sea soporte de los impulsos, que los perciba y que anule con su satisfacción sensaciones de desagrado. Sólo que este ser es, por de pronto, el cuerpo individual vivo; los impulsos no flotan en el vacío, sino que los tiene este cuerpo individual movido por excitaciones y lleno de incitaciones. Y cuando el animal come, lo que queda satisfecho es su cuerpo y nada más. 
[...]
No hay impulso sin un cuerpo antes
 
[...] Es posible, por eso decir: no es la joven la que por desengaños amorosos se tira al agua, sino los desengaños amorosos los que se tiran al agua con la joven. Pero, sin embargo, pese a esta apariencia a-subjetiva nada en el cuerpo permite a los impulsos convertirse en sus propios soportes. El pájaro construye su nido, la golondrina encuentra su nido del año pasado; pero aun cuando en todos estos enigmáticos procesos no labora un yo, no por ello puede decirse que lo que labora es un impulso independiente que, por así decirlo, fuera posible sin un cuerpo. También el impulso instintivo tiene su lugar en la organización del cuerpo individual, y sólo se pone en función en tanto que pertenece a éste, en tanto que el cuerpo actúa en su propio sentido, huyendo de lo que le perjudica y buscando lo que le conserva. [...] 

 
La pasión cambiante 

 El hombre, muy especialmente, lleva muchos impulsos en sí. Porque el hombre no sólo conserva la mayoría de los impulsos animales, sino que crea nuevos, es decir, que no sólo su cuerpo, sino también su yo, es susceptible a los afectos. El hombre consciente es el animal más difícil de satisfacer. En la satisfacción de sus necesidades es el animal de los rodeos. Si le falta lo necesario para la vida, siente su carencia como ningún otro ser y ante él surgen las visiones del hambre. Si tiene lo necesario, la satisfacción va acompañada de nuevas apetencias que, aunque de otra manera, le atormentan tanto como la carencia absoluta anterior. Los ricos y los hartos -aunque no sólo ellos- padecen del extraño aguijón del no-sé-qué; el lujo, en especial que parece satisfacer todo, es un acicate insaciable. Jerjes prometió un premio al que le inventara un nuevo placer; no se trataba sólo del hastío, sino de un impulso desconocido, de un alarido en su dirección, que tenía que ser aplacado. En el curso de la historia, sobre todo, con sus formas cambiantes y sus modos crecientes de satisfacer las necesidades, apenas si hay un impulso que siga igual y no hay ninguno que se nos presente con contornos definitivos. Con los nuevos objetos surgen afanes y pasiones de direcciones distintas, de las cuales, todavía ayer, nadie ha sabido nada. El impulso de la ganancia, un impulso, por lo demás, adquirido, se ha extendido de una manera, desconocida todavía para el precapitalismo; incluso la libido sexual resulta interceptada por él. Relativamente nuevo es el impulso del "récord" en la sociedad capitalista tardía y, sobre todo, el vacuo afán técnico de velocidades cada vez mayores; un afán, este último, resultado de los vehículos motorizados. El capital monopolístico tiene, sobre todo, que intensificar el impulso abstracto del récord como un acicate ya que sólo así puede exprimirse de los obreros el provecho máximo. ¡Y cuán vertiginosamente nuevo es, a su vez, el impulso fascista de la muerte, comparado, p. ej., con el impulso sentimental de la época de Werther, o del crepúsculo romántico! ¡Qué otro cometido social le impele, le da dirección y sentido! Su premio consiste, en parte, en la muerte en las batallas de la guerra imperialista y, en parte, en el callejón sin salida de la existencia burguesa como totalidad. El impulso religioso retrocede, en cambio -si es que puede llamarse así ese algo revestido de una superestructura-, el ímpetu hacia lo alto, el eros hacia lo inmutable. Y allí donde es excitado de manera degenerada, o mentida, como, por ejemplo, en las distintas seducciones fascistas, el ímpetu anterior apenas sí sigue siendo un ímpetu sino que se hunde más bien en la tierra, en la "sangre y la tierra". En resumen: es evidente que el hombre es un ser de impulsos tan cambiante como amplio, una suma de deseos cambiantes y, en su mayoría, mal ordenados.Y es muy difícil precisar un impulso permanente, un único impulso fundamental, siempre que no se le independice y, por tanto, se le sitúe en el vacío. El impulso principal no se hace visible ni siquiera en personas de la misma época y de la misma clase, ni desmontándolas, al estilo psicoanalítico, como si se tratara de la máquina de un reloj. Es seguro que hay muchos impulsos fundamentales; unas veces se nos muestra el uno, otras veces el otro, en ocasiones actúan conjuntamente, como vientos encontrados sobre un barco y ni siquiera se asemejan entre sí. El axioma de que el hombre trata de alcanzar su felicidad es, desde luego, muy viejo y lleva más verdad que la de que el hombre es un eterno animal de presa. Pero en cuanto uno se pregunta en qué consiste esta felicidad y para qué, comienzan en seguida los interrogantes y las sutilidades. Sería, en efecto, harto extraño que en la historia de las clases, allí donde surgen de continuo nuevas ideas de objetivos para el afán, precisamente el movimiento teleológico de los impulsos tuviera lugar en un solo sentido y de modo fijo y concluso.»
 
[El extracto pertenece a la edición en español de Editorial Aguilar, en versión de Felipe González Vicén. ISBN: 84-03-51013-6.]
 

lunes, 18 de septiembre de 2017

"La revolución cultural (Desafío de una juventud).- Luis Antonio de Villena (1951)


Resultado de imagen de luis antonio de villena  
Tercera parte: ¿Cultura o contracultura?

«Y con esa idea, es el momento de preguntarse: ¿es la contracultura una cultura? Yo creo que sí. Rotundamente sí. La contracultura es una nueva cultura, una nueva manera de ver el mundo, de la que surgen realizaciones y posibilidades también nuevas. Anteponemos la partícula contra, porque la nueva cultura (lo hemos explicado ya) debe ser muchas veces provocativa y agresiva hacia el conformismo. Porque la nueva cultura se opone a la cultura estatuida u oficial de una sociedad a la que juzga periclitada. Es contracultura, porque se enfrenta a una cultura caduca, academizada, que dio hace tiempo ya sus frutos. Pero no porque vaya (como algunos detractores quisieran interpretar) contra la cultura, como palabra abstracta y supratemporal. Hablando de cierta violencia que puede tener la nueva cultura (nada de lo que nace es ajeno a una cierta violencia) Theodore Roszak dice: Hasta el punto que no parece una exageración llamar "contracultura" a lo que está emergiendo del mundo de los jóvenes. Entendemos por tal una cultura tan radicalmente desafiliada o desafecta a los principios y valores fundamentales de nuestra sociedad, que a muchos no les parece siquiera una cultura, sino que va adquiriendo la alarmante apariencia de una invasión bárbara. Creo que Roszak exagera. Hay una violencia sí, y naturalmente una destutelización y un rechazo. Pero no estamos ante un cambio destructivo. Ante una horda de vándalos a las puertas de una ciudad imperial. La contracultura aunque consiga hoy fuerza, no es un elemento nuevo. Es un elemento histórico que encuentra hoy su realización. Desecha lo que en la cultura pasada es oficialismo o ruina, pero no las creaciones de esa cultura. Sería estúpido pensar que los dramas de Calderón carecen de importancia o son desdeñables sólo porque no vivimos ya la sociedad y la mentalidad del siglo XVII. O que la Eneida de Virgilio pertenece a un pasado arqueológico, porque el nacimiento de Roma es un mito y la ciudad unas ruinas más o menos bellas, rodeadas de iglesias y palacios renacentistas. La nueva cultura es una nueva visión del mundo (por eso es cultura). Ella trae la novedad de esa visión, pero acepta todo lo que es creación de cultura. Las culturas no se rozan y desgastan. Se engarzan y se aúnan. Sólo lo que es cartón, lo que no responde a una realidad, sino al deseo de conservar algo muerto, pasa a la funeraria de la historia.
 La nueva cultura opone a la visión científica del mundo de la cultura tecnocrática, a su mito de la conciencia objetiva (el intento de ver las cosas sin implicarnos en ellas), la visión mágica o visionaria. Ver el mundo como una realidad exaltada, como un himno. Involucrarnos en las cosas, sentirlas, palparlas, desearlas. Dar rienda suelta a lo humano. Potenciar el cuerpo.
 Esto no es un retroceso histórico ni una negación de la buena conciencia. Es cierto que la visión mágica del mundo existió ya en sociedades primitivas. Pero, ¿quién podría pensar -después de la historia occidental- en tal retroceso? Al mirar atrás, al dar nueva vida a cosas del pasado, pero en una situación de presente, siempre damos un paso adelante. Y eso es la nueva cultura. Tampoco es una negación de la ciencia. La visión objetiva (en tanto que ésta es posible, ya que el hombre es hombre y no máquina) puede darse -no entraremos aquí en esa discusión- en un estudio de biología o de física. Tal vez esa misma visión no es válida para el siguiente estudio en ese camino. Y, desde luego, lo que puede ser válido -hasta cierto punto y nunca en su extremo- en una ciencia particular, no lo es aplicado a todas las relaciones e intereses de una colectividad humana.
 La visión mágica del mundo no busca conocimiento (en el sentido en que solemos utilizar esa palabra) sino experiencia. La experiencia es estar en la vida, y de ahí se derivará, casi imperceptiblemente, el conocimiento. Al modo en que lo entiende Lao-tsé, cuando habla del sabio como hombre silencioso. Al modo del conocimiento -que es experiencia- del artista. La contracultura es, pues, una cultura. Podríamos decir que es también una revolución cultural y desde luego (pues toda cultura lo implica) una nueva forma de vida.
 Frente al interés por los derechos de la propiedad, la nueva cultura hace hincapié en el personalismo, en los derechos personales. Frente a las necesidades tecnológicas prefiere las necesidades humanas. A la competencia antepone la colaboración, la ayuda, la relación humana. A la violencia prefiere la sexualidad, o mejor aún el erotismo que es su forma civilizada. Antes que al productor, prefiere al consumidor, a la descentralización mejor que a la concentración, los fines mejor que los medios, la difusión más que el secreto, la expansión personal antes que las reformas sociales (entendidas en un sentido despersonalizado), el disfrute y el placer antes que el esfuerzo, al amor comunal mejor que el amor de Edipo. Éste sería -según Philips Slater- el orden de valores de la nueva cultura frente a la antigua.
 Se quiere -lo hemos dicho- el signo cuerpo. No la objetivización, sino lo subjetivo. No el modelo aséptico, sino lo que se huele y se toca, lo que puede palparse y sentirse. Así frente -pongamos por caso- a la línea geométrica de los años cincuenta: pelo muy corto, traje oscuro, discreta corbata a rayas o lunares pequeños, sin sortijas, sin adornos, sin apenas perfume, contra este comedimiento que hizo hablar a Edward Hall de América (allí se dio primero este estilo) como de la tierra de la insipidez olfativa, contra eso, decía, surge la camisa de colores, el pelo largo, el perfume, los adornos, la diversidad, el aroma de las barritas de sándalo y el olor de la comida en un apartamento. Es decir, surge lo que pertenece al hombre. La relación, el contacto. Los sentidos. La vida es estímulo, se dice, y suprimir éste equivaldría a suprimirla.
 La nueva cultura es un drop out, un marginamiento, que busca una visión exaltada y feliz de la realidad. Un estado de ser-consciencia-gozo, que es, ante todo, estar, sentirse en la vida. Seguir su ritmo. Cuando se sigue ese ritmo, cuando se ve la realidad del sol, el goce de la luz, entonces se comprende. Sólo el que conoce el gozo del brahman -dice el Upanishad- ya no vuelve a sentir temor. Entonces vivir, no es un tormento. El hombre que ha sentido ese gozo está en camino del sabio, que nos proponen las filosofías orientales. El hombre que goza, y que en su júbilo, comprende. Comprende el ritmo de la naturaleza y, en él, la vida. Comprende y acepta. [...]
 La nueva cultura desea estar unida a la vida. [...]
 Y el fin de esta nueva cultura es la autorrealización del hombre. El hombre, cumplidas y satisfechas sus aspiraciones y sus deseos, tras conocerse a sí mismo y aceptarse, tras no tener miedo a ser quien es, vive. Y ese vivir -no estamos sino resumiendo lo ya dicho- es comprender, es saber. Es, en definitiva, conocimiento. Claro que bien distinto a todo saber muerto, meramente acumulativo. [...]
 Ante esto, podemos volver a preguntarnos como conclusión, ¿cultura o contracultura? Una verdadera cultura, contestamos, que hace de su marginalidad una contracultura.»
 

jueves, 5 de febrero de 2015

"El hombre y lo divino".- María Zambrano (1904-1991)

   

"El tiempo, no el cósmico, sino el humano, es lo más resistente e implacable de la humana condición. Pero en él existe una apertura que atrae la esperanza, algo así como el canal propio de la esperanza: es el porvenir. Y aun dicho con mayor precisión, el futuro.
 Porque el porvenir es el mañana previsible, lo que se prevé presente y es presente ya cierto modo; participa de la seguridad que la conciencia establece en todo lo que hace entrar en ella. Mientras que el futuro es lo desconocido como tal, el reino de la ilimitada esperanza y toca, siendo una dimensión del tiempo, lo intemporal. Si la expresión fuera válida se le podría llamar lo supratemporal, porque siendo tiempo se escapa del carácter relativo de la temporalidad; se presenta con un carácter absoluto.
 Son las propias esperanzas humanas, incluidas la esperanza suprema y casi siempre oculta de que nuestra vida, sin dejar de ser vida y nuestra, tenga los caracteres que le faltan y que le son contradictorios: identidad, realización total y completa, realidad total.
 Mas el futuro tiene por sí mismo la condición de no llegar nunca; lo que se hace real es el porvenir, dejando de ser porvenir y convirtiéndose en presente. El porvenir no trasciende la caverna temporal; el futuro proporciona, por lo menos, una ilusión de trascenderla.
 Porque la forma espontánea en que la vida humana se produce es siempre la caverna. Cada época tiene la suya como tiene su infierno propio. En cada época el hombre siente su confinamiento en diversa manera; la resistencia que encuentra ante la realidad es su caverna.
 Platón, en la Alegoría de la caverna que define la situación del hombre antiguo, encuentra la solución en salir fuera. Salir fuera desligándose de la condición terrestre, "dentro" irremisiblemente condenado; tenía que abandonar su propio recinto para ir al espacio abierto donde se mueven -viven- las ideas.
 El conocimiento era el único camino de "salvación". Y conocer es identificar el pensar propio con el ser -idea o esencia-; es un proceso que al cumplirse nos transporta a la pura objetividad, nos convierte en la objetividad. Y lo que de nosotros no puede ser convertido -el dentro en que gemimos- queda abandonado. Lo primero, el tiempo. Conocer es salir de la caverna temporal.
 El cristianismo ofreció desde el primer momento la conversión de la caverna temporal. El hombre interior de San Pablo que por obra de Cristo nace desde lo más hondo de la interioridad y al nacer transforma todo el tiempo en eternidad: y aun la carne tiene su promesa de resurrección. El cristiano no ha de abandonar propiamente nada, pues al nacer en Cristo, al nacer por Cristo, arrastra y transforma su entera condición. Ser cristiano es entrar en sí mismo, entrar en Cristo que yace en cada uno de los hombres. Despertar en Él, nacer en Él.
 San Agustín ofreció la fórmula en términos filosóficos: "No busques fuera; vuelve a ti mismo, en el interior del hombre habita la verdad". La caverna temporal -en términos de filosofía moderna, la subjetividad- quedaba trascendida enteramente por la revelación de Dios en ella.
 En la situación actual, el hombre, nacido en la atmósfera y en la tradición del cristianismo, no sale fuera en busca de la verdad; queda en sí mismo. Mas en la ausencia de Dios, vuelve a vivir en la caverna temporal. El futuro es su Dios desconocido".