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lunes, 21 de octubre de 2019

Las parroquias de Regalpetra.- Leonardo Sciascia (1921-1989)

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Crónicas escolares

«Se acerca el verano. En la escuela doy vueltas entre los bancos para vencer el sueño. Los chicos, muertos de cansancio, emborronan los ejercicios. […] No me gusta la escuela; y me desagradan quienes, ajenos a ella, alaban los méritos y las alegrías de dicho trabajo. No niego que en otros lugares y condiciones el oficio de maestro puede dar alguna que otra satisfacción. Pero aquí, en un remoto pueblo de Sicilia, entro en un aula con el mismo ánimo con que un minero baja a las oscuras galerías de la azufrera.
 Treinta niños que no consiguen estar quietos, que piden la corrección manual que la ley prohíbe, y me traen alegres las varas de almendro para que las pruebe en sus espaldas; y también vienen sus madres a decirme que los enderece a palos, porque sus hijos: "Son árboles torcidos y hay que darles miedo". Y miedo debería consistir en el uso incondicional del bastón. "¡Benditas las manos!", añaden entonces, refiriéndose a un maestro que repartía el pan de la ciencia con la ayuda de una vara nudosa y tenía, alto y robusto como era, una forma especial de coger a los niños por las orejas y levantarlos. […] Treinta niños que se aburren, rompen las cuchillas de afeitar al través, las clavan medio centímetro en la madera de los pupitres y las pulsan como si fueran guitarras; se intercambian obscenidades que hago como que no oigo: "¡Tu hermana, tu madre!"
 Blasfeman, escupen, hacen conejos con las hojas de cuaderno, […] Y hacen barcos y sombreros […] Se aburren, pobrecitos. Qué van a pensar en las cuentas, la gramática, las ciudades del mundo o en lo que produce Sicilia; en lo único que piensan es en comer. Apenas el bedel toque la campana saldrán corriendo para coger el tazón de aluminio; judías con caldo con unos redondeles de margarina, la metralla del "corned beef", la lonja de membrillo que envuelven con la hoja de los ejercicios para luego ir lamiendo membrillo y tinta por la calle.
 El director viene dos o tres veces al año. Es un buen hombre, constantemente atribulado porque es de izquierdas y, por ello, suscita las malas atenciones de su directo superior, con las normales consecuencias del caso. Tiene debilidad por la aritmética y angustiosas preocupaciones higiénicas. El que había antes, sin embargo, sentía preferencia por la gramática italiana y su plato fuerte era una filosófica cavatina sobre el verbo ser. Éste es más tranquilo. Entra y mira a los niños sentados en los pupitres viejísimos e incómodos; a los más grandecitos, que lo miran con las manos en los bolsillos, les dice que las pongan sobre la mesa:
 -Si no, luego se convierte en un vicio -me dice.
 Yo digo que sí. Apruebo cuanto dice. Estoy de acuerdo: la disciplina, el provecho, explicar de esta manera el 3,14, el número fijo para hallar la apotema, aquel muchacho parece un poco tocado de la cabeza, aquellos otros no se lavan. Sí, blasfeman. En las paredes de los retretes escriben cosas muy escandalosas. En la calle molestan a los viejos y a los bedeles en el atrio. Suben por los tubos de los canalones, saltan las lanzas de las verjas. Sí, todo eso hacen. Y se pelean por la comida, para decidir quién de ellos debe ir; cada día diez chicos. En realidad tienen hambre. De acuerdo: insistiré en la geografía y en que se sepan el trapecio de cabo a rabo. Les diré que se corten el pelo y se laven las piernas, las manos y las orejas: "Tan sucias que en ellas se podrían plantar habas".
 Algunas veces viene también el inspector. Con gran intuición viene siempre en el momento o el día en que el director está ausente. Es evidente que no traga a esos treinta muchachos sucios y desgreñados que ni siquiera se sienten cohibidos por su presencia y siguen murmurando y peleándose entre sí. Ve la vara sobre mi mesa y seguro que se imagina un fresco de escenas de tortura. Nunca les he pegado, el bastón lo utilizo para señalar las ciudades y los ríos en el mapa. Estoy seguro, sin embargo, de que el inspector no se lo creería.
 -Hay que tratarlos con dulzura -dice.
 Me cuenta algo de uno de sus alumnos ("porque yo he salido de la nada", me dice con orgullo):
 -Era mentiroso, violento y hasta ladrón -pero él le condujo con dulce persuasión al orden y al estudio. Luego entró en la policía y fue un cotizado funcionario del Ovra.
 -Sí -le digo-, la dulzura lo puede todo -y no doy a la frase ni la más leve sombra de ironía.
 Cada semana viene el cura para la media hora de religión. Cada vez empieza por el principio, Adán y Eva. Los niños juegan a pulsar las cuchillas de afeitar. Alguna blasfemia zumba en el aula, pero el cura no disimula como yo. Promete el fuego eterno. Ríen y él se pone rojo de ira. Y me veo obligado a intervenir con una inútil reprehensión.
 […] Hacen pequeñas burlas. Reflejan la opinión de sus padres, que ni siquiera opinión puede llamarse, toda vez que no es más que un conjunto de trivialidades y anécdotas obscenas sobre los curas y las hijas de María, y de un miedo supersticioso. Temen asimismo los hechizos, el mal de ojo, los secretos mágicos que llaman mala ventura y a los que la dicen. Un muchacho me confía que lleva siempre en el bolsillo una llave, tres clavos y un diente de ajo, de esta manera nunca será objeto de un mal de ojo y me aconseja que lo pruebe.
 También sé por qué partido votan sus padres. Un día un chico me habló de otro chico con el que había peleado, que era comunista. Creía que debía castigarlo. Le dije que en Italia uno podía ser lo que quisiese. Entonces todos me dijeron por quién votaban sus padres, pese a que yo les dije que no me interesaba. Veinte eran comunistas, el resto demócratas (aquí democracia equivale a democracia cristiana) excepto uno que votaba misino. A este último se le echaron todos encima:
 -Eres misino porque tu padre trabaja en Gíbili.
 Gíbili es una mina de azufre que está en manos de los fascistas y los que en ella trabajan están considerados como privilegiados pues perciben un sueldo que supera las mil liras. Los demás, en las salinas, ganan quinientas liras al día. Los braceros agrícolas, cuando hay trabajo, ganan unas seiscientas, pero no trabajan más de ochenta jornadas al año. Los de Gívili tienen radio y cocina a gas, aunque siguen viviendo en covachas que no tienen otra luz que la de la puerta. Sin embargo, en estas azufreras, hay peligro de muerte; las galerías no son seguras, además está el grisú y el ascensor puede desengancharse al bajar.
 Los hijos de los mineros y de los que trabajan en las salinas son un poco más despiertos que los hijos de los campesinos.»

     [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Bruguera, 1983, en traducción de Rossend Arqués. ISBN: 84-02-08656-X.]


domingo, 8 de marzo de 2015

"Negro sobre negro".- Leonardo Sciascia (1921-1989)

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"-¡Vaya vida!
 -Sabemos que nos hemos despertado esta mañana, pero no sabemos lo que nos ocurrirá antes de que oscurezca. -En dialecto, la frase es más breve e intensa.
 -Aquí estamos. -Es decir, dentro de un momento podríamos dejar de estar.
 En estos días, en Palermo, por la calle, en el autobús, en la barbería, se oyen estas exclamaciones, estas sentencias. Pero se engañaría uno mucho si creyera que expresan condolencia de alguien que ha muerto de un infarto o ha sido atropellado por un coche. El típico lamento con que el siciliano se compadece, no del difunto, sino de sí, precariamente vivo. Esta vez se trata de un sonado suceso: un periodista secuestrado mientras regresaba a casa, en pleno centro, a las nueve de la noche.
 Alguien, osadamente, va al fondo del asunto: "Ha sido un imbécil".
 Con osadía aún mayor, un individuo, en el autobús, pregunta a su vecino:
 -En su opinión, ¿sigue todavía con vida?
 -¿Todavía con vida? ¡Usted bromea!
 Es la respuesta que el otro esperaba".
[...]
 
***
 
"Son como el perro y el gato, suele decirse. Pero en casa de un vecino mío, aquí en el campo, hay cuatro perros y un gato que no se llevan como perros y gatos; y no sólo conviven pacíficamente, sino que los perros hacen cuanto pueden para mantener en el gato la ilusión, que cultiva dramáticamente, de ser un perro. Pero es toda una historia, y me gustaría saber escribirla como Chejov escribe la de la perrita Kachtanka. En cualquier caso, los datos son los siguientes: huérfano y superviviente de sus hermanos, el gato ha sido amamantado por la perra, a la que sólo habían dejado uno de los hijos; creció retozando con su hermano de leche, y tratado como él por la perra que lo había amamantado y por los otros dos perros. Ninguno le discutió nunca el puesto en la mesa, o sea, en torno a la cazuela de barro en la que se les sirve el rancho, ni el hueso a roer. Nunca le gruñeron; al contrario, los perros son más tolerantes con él que entre sí. El perro de Trilussa dice: "aun sabiendo que era un gato, procuraba tratarlo como un perro". En cambio, estos perros han tratado al gato mucho mejor que a un perro, soportando su infatigable vivacidad y sus caprichos. Pero la verdad es que siempre han sabido que es un gato. El gato, por el contrario, no lo sabe. Se cree un perro. A veces un perro venido a menos; otras un perro virtuoso, de un virtuosismo inaccesible a los demás perros. Pero aunque haga el perro reprimiendo los maullidos y yendo detrás del amo, mostrándose contento, igual que los perros, cuando el amo sale con el fusil, o se abandone a una hazaña de gato trepando hasta la cima de un árbol, lo suyo es un drama. Y hay que suponer que llegó al colmo este año, el día de la apertura de la caza. También él se fue detrás del amo, haciendo de todo al comienzo para estar alegre como los perros, saltando, corriendo. Pero, luego, se ha cansado, se ha aburrido, se ha quedado a un lado. Y acabó por perderse. A la noche no regresó a casa. Los perros, que no habían podido vigilarlo, entregados como estaban al placer de la caza, al regresar observarían su ausencia y tal vez sentirían remordimiento. Es posible que hayan ido a buscarlo. El hecho es que a la tarde del día siguiente el gato estaba entre ellos: los perros contentos en torno a él, especialmente su hermano de leche. Pero el gato mostraba disgusto ante los juegos a que lo invitaba el hermano, indiferencia, melancolía. Tal vez había entendido que no era un perro, y que los demás lo engañaban piadosamente tratándole como perro. Y sigue viviendo como antes, pero con cierto cansancio y descuido, como repentinamente envejecido. "Si no soy un perro, en nombre de Dios, ¿qué soy?", parece preguntarse, apartado, tendido sobre una silla: como un gato".