Mostrando entradas con la etiqueta Navidad. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Navidad. Mostrar todas las entradas

domingo, 29 de mayo de 2022

La isla en peso.- Virgilio Piñera (1912-1979)


Virgilio Piñera | Planeta de Libros
Si muero en la carretera I [De Una broma colosal (1988)]


 «Si muero en la carretera no me pongan flores.
Si en la carretera muero no me pongan flores.
En la carretera no me pongan flores si muero.
No me pongan si muero flores en la carretera.
No me pongan en la carretera flores si muero.
No flores en la carretera si muero me pongan.
No flores en la carretera me pongan si muero.
Si muero no flores en la carretera me pongan.
Si flores me muero en la carretera no me pongan.
Flores si muero no en la carretera me pongan.
Si flores muero pongan en me la no carretera.
Flores si pongan muero me en no la carretera.
Muero si pongan flores la en me en carretera.
La muero en si pongan no me carretera.
Si flores muero pongan en me la no carretera.
Flores si pongan muero me en no la carretera.
Si muero en las flores no me pongan en la carretera.
Si flores muero no me pongan en la carretera.
Si en la carretera flores no me pongan si muero.
Si en el muero no me pongan en la carretera flores.
[…]

Poemas de amor 1 [De Una broma colosal (1988)]

Como ayer no viniste me moría,
como tus ojos no vieron los míos,
como tus pasos no sentí en el día,
como el calor se convertía en frío…
   
A soñarte empecé por no perderte:
y soñé que tus ojos me veían,
soñé tus pasos y alejé mi muerte,
y soñando soñé que te veía.
   
En ese sueño tus labios me decían
mis ojos a los tuyos están viendo,
mis pasos son los que tú estás sintiendo,
y tus ojos en mis ojos se confían.
   
Fue entonces que soñé que despertaba,
fue entonces que tus ojos me veían,
fue entonces que tus pasos yo sentía
y entonces fue que tú te aproximabas.
[…]

Pequeño poema de Navidad [De Una broma colosal (1988)]

¿Naciste ya, Señor?
¿O esperas la señal
del dolor para venir al mundo?
Tu cuerpo, sin mundo todavía,
¿se estremece y se dobla como el dolor del hombre?
   
¿Naciste ya, Señor?
¿Eres humano y triste?
   
Tú, Señor, jadeante y perruno
chocas con las paredes
del templo de tu padre.
Y tú, Señor, también
 a tu padre le pides
 la venida a la tierra de un salvador del mundo.
 […] 

Una niñada de Piñera [De Una broma colosal (1988)]

Querida, no dijiste que hoy es tu natalicio, y que soñaste subir
penosamente los escalones del templo del Dolor; tampoco
aseveraste que se te quemó el pastel de pollo. Ni siquiera te
pasa por la mente dónde irá a parar el humo de esa chimenea
que sobresale por entre árboles esqueléticos; ni que esta tarde
el aire te trae el recuerdo de otra vida; ni que yo, como un perro
desvalido, ladro al fantasma de mi desesperación.
Ana María,
esta divagación me ayuda a soportarme; como un niño
malcriado hundo el dedo en el helado de fresa, interrumpo la
conversación de los mayores, enumero en voz alta las verrugas
de mi madre…
Ana María,
ayúdame a salir de mí. Llévame por ese camino interminable a la
quietud de un esplendor permanente.
[…]

¿Se dijo? [De Una broma colosal (1988)]

¿Se dijo o no se ha dicho?
Oíamos entretanto la música, acompañada del piafar de los
caballos. Un modo de eludir las enojosas preguntas.
Con todo, si se ha dicho o no, me preocupa.
¿Te acuerdas del sentido?
Si carece de sentido, callaremos.
¿Callar, se puede?
La Isla En Peso - librerialernerDe cada lengua salen pistas de aterrizaje, hacia las pistas
practicadas en los oídos. Callar sería catastrófico: secaría la
emoción. Las palabras no podrían despegar.
—Dime si ya se dijo. Quizá recuerdes una palabra. Lánzala de tu
rampa de despegue. Lánzala hacia este oído, que se está
muriendo por oír.
Tu silencio llena mi pecho con vacíos pintados de cal.
Blanco, esparcido blanco.
Si te obstinas en callar, sin una mancha estará mi alma.
Enviléceme: habla.
Dime cuatro verdades.
Necesito tu voz y tu verbo.
Deberé luego hundir un puñal en tu pecho.
[…]

En arje kai jo logos [De Una broma colosal (1988)]

Desde el principio nos acompañó el logos. ¿Quién nos acompañará en el final? Extiende sábanas, y que el viento las mueva. Eso ha de ser el logos. Suspendidas entre el cielo y la tierra, obedecerán las leyes de la gravedad. Míralas caer hasta quedar inertes. Mi cerebro arde de ideas o de sueños. Un ómnibus me lleva por una escalera. Viajo solo, y alguien me dice: Estás muerto. Como estoy vivo, para salir del ómnibus, despierto. Refulge mi logos. Qué suavidad la suya. Me acaricia con sus plumas de luz; me pinta un paisaje, y en el paisaje un niño que me llama con su dedito. Soy yo, aprendiendo a decir «mamá». Pienso en una torre colmada de sordo-mudos y de ciegos. En ella trato de refugiarme. Apenas entro, se desploma. Se convierte en una colmena de furiosas abejas. Mi logos entonces, con un golpecito en la sien, instaura el silencio y la negrura.
He comprendido.
[…]

Óyelo bien [De Una broma colosal (1988)]

Si alguna vez tuviste bellos días, tardes apacibles, amables
conversaciones; si en un instante magnífico viste crecer la rosa
y colorearse el aire; si decir «buenos días» era algo
perfectamente natural; si…, para qué seguir cuando el corazón
de todo se ha secado. En tu diccionario personal no aparece
la palabra salvación. Y en cambio, fueron sustituidas las demás
por una sola: «condenado», infinitamente repetida.
[…]

Para ti [De Una broma colosal (1988)]

Para ti ya no habrá formas ni contornos. Esperas por un sol
que no ha de salir. Sin estar ciego, aún ignoras —en tu casa
todavía hay luz—, que todo se volverá negrura en un instante,
y en un instante nunca más te verás como eres.
¿Qué dices…? El genio del hombre, la tecnología, los adelantos
de la ciencia…
Amigo mío, esa mano que busca otra mano, tus ojos que
pugnan por insertarse en otros, pronto sabrán que no son ojos
ni mano. De modo que asómate, y disfruta el último paisaje.»

    [El texto pertenece a la edición en español de Tusquets Editores, 2000, en compilación de Antón Arrufat. ISBN: 84-8310-70-4-X]

sábado, 1 de agosto de 2020

Obra poética.- Léopold Sédar Senghor (1906-2001)

Resultado de imagen de leopold sedar 

Mujer negra [del libro Cánticos de Sombra]

  «Mujer desnuda, mujer negra, / vestida con tu color que es vida, con tu forma que es belleza.
He crecido a tu sombra; la dulzura de tus manos era como una cinta para mis ojos, / y resulta que ahora,
en medio del Verano, en el corazón del Mediodía, te descubro, desde lo alto de un collado calcinado, / tierra prometida.
Y tu belleza me sacude en pleno corazón, como un relámpago de águila.
Mujer desnuda, mujer oscura.
Fruto maduro de la carne prieta, oscuros éxtasis del vino tinto, boca que cambia en lírica mi boca,
sabana de horizontes purísimos, sabana estremecida en las caricias fervientes del viento de Levante,
tam-tam esculpido, tam-tam tensado que retumba golpeado por los dedos vencedores;
tu voz grave de contralto es el canto espiritual de la Bien Amada.
Mujer desnuda, mujer oscura.
Aceite que no plisa ningún soplo, aceite apaciguado en el costado del atleta, en el costado
de los príncipes de Malí,
gacela de lazos celestes, las perlas son estrellas por la noche de tu piel,
placeres del espíritu que juega,
son los reflejos del oro rojo por tu piel que hace aguas, a la sombra de tu pelo,
mi angustia se ilumina
por los soles cercanos de tus ojos.
Mujer desnuda, mujer negra.
Yo canto tu belleza que pasa, forma que fijo en lo Eterno,
antes de que el Destino envidioso te transforme en cenizas que alimenten las raíces de la vida.

Nieve en París [del libro Cánticos de Sombra]

 Señor, has visitado París el día mismo de tu nacimiento.
Porque se estaba volviendo mezquino y malvado
lo has purificado en el frío incorruptible,
en la muerte blanca.
De madrugada, hasta la chimeneas fabriles que al unísono cantan,
desplegando cual frondas sus blancos retales.
-“¡Paz a los hombres de buena voluntad!”
Señor, le has ofrecido la nieve de tu paz a un mundo dividido, a una Europa dividida,
a una España desgarrada,
y el Rebelde judío y el católico han disparado sus mil cuatrocientos cañones contra las montañas de tu Paz.
Señor, he acogido tu blanco frío que quema aún más que la sal.
Mira mi corazón que se derrite como nieve en el sol.
Me olvido
de las manos blancas que dispararon los fusiles que derrumbaron los imperios,
las manos que flagelaron los esclavos, y que te flagelaron,
las manos blancas polvorientas que te abofetearon, y las manos pintadas que me han abofeteado,
las manos firmes que me han condenado a la soledad y al odio,
las manos blancas que talaron los bosques de borasos que reinaban en África, en el centro de África,
rectos y duros, los saraes tan hermosos como los primeros hombres que salieron de tus manos morenas.
Talaron la selva negra para hacer traviesas de ferrocarril,
talaron las selvas de África para salvar la Civilización, porque les faltaba la materia prima humana.
Señor, no sacaré mi reserva de odio, lo sé por los diplomáticos que hoy nos enseñan sus afilados caninos
y que negociarán mañana con la carne negra.
Mi corazón, Señor, se ha fundido como la nieve por los tejados de París,
en el sol de tu dulzura.
Y es dulce con mis enemigos, con mis hermanos, los de las manos blancas sin nieve,
pero también por culpa de las manos de escarcha, de noche, que recorren mis mejillas ardientes.

Ya es tiempo de marcharse [de Más allá de Eros, del libro Cánticos de Sombra]
Obra poética - Ediciones Cátedra
 Ya es tiempo de marcharse, ya no debo hundir más mis raíces de ficus en la tierra ubérrima y blanda.
Oigo el ruido punzante de las termitas que vacían mis piernas de su juventud.
Ya es tiempo de marcharse, de enfrentarse a la angustia de las estaciones, al viento que comba y afeita los andenes de las estaciones de provincia sin techo,
la angustia de las partidas sin una mano cálida en tu mano.
Tengo sed, tengo sed de espacios y de aguas nuevas, tengo sed de beber en la urna de un rostro reciente en el sol,
y no me alejan el ansia ni los cuartos de hotel ni la soledad retumbante de las grandes ciudades.
Es ya primavera -¡partamos!- este sudor nocturno, el despertar embriagado… la espera…
Escucho, aérea –y más hondo el redoble de las ruedas por los rieles- la larga trompeta que le interroga al cielo.
Mas tal vez sólo sea el relincho silbante de mi sangre que se acuerda
cual potro encabritado que cocea en la aurora del último Marzo.
Ya es tiempo de irse.
Está claro que éste es tu mensaje.
¿Era en baile de la Primavera donde tus ojos abiertos te precedían?
Tú, tan semejante a aquella de antaño, con tu cara sarracena y tu cabeza negra que restallaba como la cumbre de Esterel.
Tus compañeras se apartaban, días lechosos de invierno o palomas bajo las flechas de una diosa.
Mi mano reconocía tu mano, mi rodilla tu rodilla, y volvimos a encontrar el ritmo primero,
y te marchaste.
Ya es tiempo de irse.»

   [El texto pertenece a la edición en español de Ediciones Cátedra, 1999, en traducción de Javier del Prado. ISBN: 84-376-1733-2.]
     

domingo, 11 de noviembre de 2018

En el asilo.- Rosa Luxemburgo (1871-1919)


Resultado de imagen de rosa luxemg 

«El ambiente festivo de nuestra capital imperial se ha visto turbado de forma cruenta. Apenas habían empezado las almas piadosas a entonar el viejo y bello villancico "Navidad, Navidad, dulce Navidad...", cuando se extendió la noticia de la intoxicación masiva en el asilo municipal de indigentes. Las víctimas eran tanto jóvenes como personas mayores: [...] Antes de que tañeran las campanas de año nuevo había más de ciento cincuenta indigentes agonizando, setenta ya habían pasado a mejor vida.
 El sobrio edificio de la Fröbelstrasse, esquivado por los peatones en circunstancias menores, acaparó durante días el interés general. ¿Cuál fue la causa de la intoxicación masiva? ¿Una epidemia? ¿Un envenenamiento por ingestión de alimentos en mal estado? Las autoridades policiales se apresuraron a tranquilizar a la gente de bien: no era una enfermedad contagiosa y, por tanto, no existía peligro para los ciudadanos decentes, para las clases acomodadas de la ciudad. La mortandad masiva se restringía al "círculo del asilo", a aquellas personas que habían consumido durante la Navidad arenques podridos, "muy baratos", o aguardiente adulterado. Pero, ¿de dónde habían sacado los arenques podridos? ¿Se los habían comprado a un "pescadero ambulante" o habían estado rebuscando entre los desperdicios de algún mercado? Esta última hipótesis fue descartada por una razón de peso: la basura de los mercados municipales no es, como tal vez piensen personas frívolas y con escasos conocimientos de economía política, un bien común del que pueda servirse el primer vagabundo que pasa por ahí. Esta basura se recoge y se vende a granjas de cría masificada de cerdos, donde, después de haber sido debidamente desinfectada y molida, se convierte en pienso para el consumo animal. Los atentos agentes de la policía del mercado cuidan de que la chusma humana no hurte la comida a los puercos para engullirla sin previa desinfección ni molienda. Es, por tanto, imposible, como quizá deduzca alguien con ligereza, que los vagabundos hayan preparado su ágape navideño hurgando entre los residuos del mercado. De ahí que la policía ande detrás del "pescadero ambulante" o del tabernero presunto vendedor del matarratas.
 De humilde existencia, Joseph Geihe, Karl Melchior y Lucian Szcyptierowski nunca habían sido objeto de excesiva atención. Y ahora, ¡qué honor! Genuinas autoridades forenses escarban personalmente en sus intestinos. El contenido de sus estómagos, tan indiferente al mundo, es ahora analizado escrupulosamente y comentado en detalle por toda la prensa. No menos de diez personas -así figura en los periódicos- se encargan de aislar en cultivos en estado puro los bacilos responsables de la muerte de los indigentes. Todos quieren ahora saber el lugar exacto en el que murió cada uno de los vagabundos: si en la chabola, donde fue encontrado por la policía, o bien en el asilo, donde había pernoctado antes. Lucian Szcyptierowski se ha convertido en un auténtico personaje y estaría henchido de orgullo si no yaciera cual hediondo cadáver en la mesa de disección.
 Sí, incluso el káiser -quien, gracias a Dios y al reciente aumento de tres millones de marcos de la asignación a la Casa Real a cargo de los presupuestos del Estado, ha podido por lo menos evitar males mayores- solicita encarecidamente que se le informe sobre el estado de salud de los intoxicados en el asilo municipal. Y su excelsa esposa, en un acto auténticamente femenil, ha hecho llegar sus condolencias al alcalde mayor Kirschner a través de su ayuda de cámara Von Winterfeld. [...] Así que el alcalde mayor Kirschner ha aceptado en su nombre las condolencias de la emperatriz y cobrado con ello fuerzas y ánimo para soportar el dolor de la familia Szcyptierowski. También los empleados del Ayuntamiento reaccionaron con gallarda compostura ante la catástrofe. Identificaron, controlaron, levantaron acta, rellenaron pliegos y pliegos de papel, siempre con la cabeza bien alta y soportaron los estertores de los demás con ese temple y valor con que los héroes antiguos solían aceptar su propia muerte.
 Pero hay que conceder que el incidente ha provocado también una agria polémica entre la opinión pública. Por lo general, la sociedad en la que vivimos parece, en conjunto, bastante civilizada; se apoya en la honradez, en el orden y en las buenas costumbres. Por supuesto que hay carencias e imperfecciones en la estructura estatal y en el ejercicio del poder. Pero ¿acaso no tiene también el sol sus manchas? Y, por otro lado, ¿hay algo absolutamente perfecto en esta tierra? A los mismos trabajadores, en especial a los que disfrutan de una mejor posición y están bien organizados, les gusta creer que la existencia y la lucha del proletariado se desarrollan dentro de los límites de la honestidad y el decoro. ¿No fue ya rebatida hace tiempo la "teoría de la pauperización creciente"? Todo el mundo sabe que hay mendigos, prostitutas, policías secretos, criminales y "elementos de dudosa ralea". Pero todo esto se percibe por lo común como algo lejano y extraño, algo que existe en algún lugar fuera de la verdadera sociedad. Entre la clase trabajadora íntegra y los marginados se levanta un muro y muy rara vez se presta atención a los lamentos de los que se arrastran entre los excrementos al otro lado de ese muro. Pero, de repente, sucede algo que produce el mismo efecto que si, en medio de una reunión de personas educadas y finas, una de ellas descubriera de pronto entre los lujosos  muebles rastros de un crimen horrendo o de una depravación innombrable. De repente, el horrible fantasma de la infamia arranca a la sociedad su máscara decorosa, desvelando que su honorabilidad no es más que el maquillaje de una ramera. De repente, se constata que bajo el frenesí y el fulgor de la civilización se abre un abismo de barbarie y bestialidad; surgen imágenes infernales en las que criaturas humanas hozan en las inmundicias, se retuercen entre estertores y expelen en su agonía un vaho pestilente. Y el muro que nos separa de ese tenebroso reino de las sombras se revela como un mero bastidor de cartón piedra.
 ¿Quiénes son los habitantes del asilo víctimas de los arenques fétidos o del aguardiente envenenado? Un dependiente, un técnico de la construcción, un tornero, un cerrajero: trabajadores, trabajadores, todos trabajadores. ¿Y quiénes son los muertos sin nombre que no han podido ser identificados por la policía? Trabajadores, todos simples trabajadores o que lo fueron hasta ayer mismo.
 Y ningún trabajador tiene la garantía de no acabar en un asilo, de no acabar consumiendo aguardiente o arenques tóxicos. Hoy todavía robusto, honorable, laborioso, ¿qué será de él si mañana lo despiden porque ha superado la fatal frontera de los cuarenta años que permite al empresario declararlo "inútil"? ¿Qué será de él si mañana sufre un accidente que lo convierte en un lisiado, en un jubilado indigente?»
 
   [El texto pertenece a la edición en español de la obra "La eternidad de un día. Clásicos del periodismo literario alemán (1823-1934)", de Editorial Acantilado, 2016, en traducción de Francisco Uzcanga Meinecke. ISBN: 978-84-16748-01-3.]

domingo, 7 de octubre de 2018

Los poemas perdidos.- Dorothy Parker (1893-1967)


Resultado de imagen de dorothy parker  
Navidad, 1921

«No te pido regalos insólitos, / un tesoro de otro mundo de metales olvidados;
orquídeas que se abrieron en el aire selvático, / odio tropical en sus pétalos agonizantes;
ónice y ébano, negros como el dolor, / tallados con una paciencia que supera lo creíble.
Perfumes, para atormentar el cerebro sobresaltado; / encajes durante cuya confección han muerto mujeres;
perlas en tonos fríos sacadas del océano, donde / grutas de verde apenado las extrañan.
No te pido regalos insólitos; / cariño, sé que no me los harías.
 
 Regálame tu amor, esta Navidad. / Regálame tus pensamientos, cuando suena el carillón.
Deja que me marche más feliz, / deja que en el fondo de mi alma canten tus palabras.
Regálame tus esperanzas, cuando las campanas suenan claro, / hechizando el aire con su compás dorado.
Regálame tus deseos para el año nonato, / llena mi corazón de tesoros secretos.
Regálame todo lo que anhelas decir, / libera todos tus sueños más delicados.
Regálame tu amor, esta Navidad; / pero cumple tus promesas, por favor, cuando las cosas mejoren.

Lo dijo el abuelo
 
 Cuando era una chiquilla de dos, o tal vez tres años, / mi abuelito materno me sentaba en sus rodillas;
me sacaba el pulgar de entre los dientes y me decía: "Cielo, / acuérdate de lo que te digo cuando elijas profesión:
 
 'Acepta trabajo de lavandería; barre la basura de las calles; / conduce una camioneta de mudanzas si falta te hace;
coge una pala y limpia las aceras cuando la nieve cubra todo de blanco; / pero piensa en tu familia y, por favor, no escribas nunca'.
 
 No puedo decir que cuando tenía dos años su consejo me impresionara mucho. / Pero ahora lo recuerdo todo y es que, cariño, me estoy haciendo vieja,
y cuando leo los escritos de los autores de hoy día / repito las palabras de oro que el abuelo me decía:
 
'Limpiad transbordadores; vended pescado de puerta en puerta; / id y sed coristas, si os parece;
robad en las casas de vuestros vecinos en la noche oscura; / pero pensad en vuestras familias y, por favor, no escribáis nunca'.

Balada de las ambiciones comprensibles

 La fama y el honor y un título superior, / los cetros enjoyados y las conjuras palaciegas
relucen pero no son de oro: / anhelos más templados son los míos, vive Dios.
Apacible y sencillo prefiero que sea mi destino; / zarparía con otro rumbo.
Dadme una oportunidad para conseguir lo que quiero: / lo único que quiero es un cerro de dinero.
 
 Una estrecha comunión con campo y bosque, / pan y queso en una casita cubierta de hiedra;
por muy tierna y honesta que sea la idea, / no me convence una pizca.
Otros deseos calientan mi corazón, / otros antojos me  atormentan el espíritu.
En mis sueños me acerco a buen paso a mi meta: / lo único que quiero es un cerro de dinero.
 
 En las páginas de la historia / jamás firmaré y dejaré secar mi nombre;
no seré recordada por la posteridad / ni como estudiosa ni como patriota.
Los mantos de Shelley y Keats y Scott / a mi humilde espalda jamás llegarán;
a la inmortalidad no aspiro: / lo único que quiero es un cerro de dinero.
 
 Prince o Rover o Rex o Spot, / antes de morirme, dejad que pruebe a conseguir
el deseo que nunca se me concedió... / Lo único que quiero es un cerro de dinero.

Balada de un fracaso completo

 Triste es el asunto del que hablo, / profunda es la dificultad que me hace suspirar.
Al cielo mis penas chillo... / Lo único que quiero es quedarme aquí a llorar.
Aunque soy reacia a admitirlo, mi / promedio de aciertos está por debajo de lo aceptable.
Caballeros generosos me pasan de largo... / Lo único que me dan son calabazas.

 Hombre rico, mendigo, mercader, jeque, / actor, congresista, mosca humana.
Argentino, checo y griego / dan y dan, hasta que ya no hay más,
regalos de viejo whiskey y bourbon. / Regalos de joyas y orquídeas singulares
a una Lorelei más competente... / Lo único que me dan son calabazas.

 ¿Qué le pasa a mi técnica? / No lo puedo comprender, tampoco intentarlo.
Soy inteligente, cariñosa y débil... / ¿Por qué no pesco un chico bueno?
Sólo para las demás las cosas van sobre ruedas; / todas las muestras de amor que me tocan
podrían caber en la cabeza de un alfiler... / Lo único que me dan son calabazas.

 Príncipes, decidme el porqué. / ¿Cuál es el problema y cómo y dónde?
¿Cuándo se ha muerto Papá Noel? / Lo único que me dan son calabazas.»

  [El texto pertenece a la edición en español de la editorial Nórdica Libros, 2013, en traducción de Guillermo López Gallego y Cecilia Ross. ISBN: 978-84-15717-39-3.]