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domingo, 9 de junio de 2019

Una rubia imponente.- Dorothy Parker (1893-1967)


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IV

«Dos días después la señora Morse despertó. Primero en un profundo estado de confusión, luego su entendimiento se fue recuperando, lo que le condujo a una congoja cada vez más profunda.
 -¡Dios mío! ¡Dios mío! -lloraba, y las lágrimas que derramaba por ella y por su vida, surcaban sus mejillas.
 Nettie entró nada más oírla. Durante dos días enteros se había encargado de la desagradable y continua tarea de hacer de enfermera; durante dos noches enteras no había logrado dormir unas pocas horas del tirón en el sofá del cuarto de estar. Nettie miró con frialdad a la mujer tumbada en la cama, corpulenta e hinchada.
 -¿Qué es lo que quería hacer, señora Morse? -preguntó-. ¿Qué se proponía tomándose toda esa porquería?
 -¡Dios mío! -continuaba sollozando la señora Morse, mientras intentaba taparse los ojos con los brazos; pero las articulaciones estaban rígidas y sin fuerza y comenzó a gemir por el dolor.
 -Esa no es manera de hacer las cosas: tomarse las pastillas -dijo Nettie-. Debería dar las gracias al cielo por haberse curado. ¿Cómo está ahora?
 -Bien, estoy bien -contestó la señora Morse-. Como una rosa -y comenzó a llorar con lágrimas calientes, de dolor, que parecía que no se iban a acabar nunca.
 -Así no: llorar así no -exclamó Nettie-. ¡Después de lo que ha hecho! El médico ha dicho que podrían arrestarla por lo que ha hecho. Estaba muy cabreado.
 -¿Por qué no me ha dejado en paz? -se quejó la señora Morse-. ¿Por qué demonios no lo ha hecho?
 -Eso es terrible, señora Morse, hablar de esa manera. Después de lo que hemos hecho por usted. Llevo dos noches sin dormir y he tenido que dejar en la estacada a las otras señoras.
 -Lo siento, Nettie -exclamó-. Eres un encanto. Siento haberte causado tantas molestias. No podía evitarlo: estaba hundida. ¿No se te ha pasado nunca por la cabeza...? Cuando sientes que la vida es un asco...
 -Ni por asomo -protestó Nettie-. Tiene que animarse. Eso es. Todo el mundo tiene problemas.
 -Ya, ya lo sé -dijo la señora Morse.
 -Ha recibido una postal muy bonita -añadió Nettie-. Igual la alegra.
 Le entregó a la señora Morse una postal. Ella tuvo que taparse un ojo con una mano para poder leer el texto escrito: sus ojos eran incapaces de enfocar.
 Era de Art. En la parte de delante había una vista del Club Deportivo de Detroit, y detrás Art había escrito: "Saludos. Espero que se te haya pasado la tristeza. Anímate y déjate de bobadas. Te veo el jueves".
 Dejó caer la postal al suelo. La embargó una sensación de angustia, como si estuviera en un callejón sin salida. Acudió a su mente la lenta sucesión de los días lentos que había pasado tumbada en su apartamento, de las noches en el bar de Jimmy, despreocupada y alegre, en las que se entregaba a la risa y los arrumacos de Art y del resto de hombres como Art. Vio una fila de caballos exhaustos, de mendigos ateridos de frío y de toda clase de seres abatidos, agobiados y tambaleantes. Sentía que sus pies latían con fuerza, como si los tuviera embutidos en unos zapatitos de color champán. Le parecía que su corazón crecía en su pecho y que estaba cada vez más rígido.
 -Nettie -exclamó-, por el amor de Dios, prepárame una copa por favor.
 La criada se quedó atónita.
 -Pero, señora Morse -exclamó-, ha estado a punto de morir. No sé si el médico la va a dejar beber aún.
 -Olvida eso -dijo-. Ponme una copa y tráeme la botella. Ponte otra para ti.
 -Bueno -dijo Nettie.
 Preparó un par de copas, con la deferencia de dejar la suya en el baño, para bebérsela a solas, y le acercó el otro vaso a la señora Morse.
 La señora Morse miró dentro de la copa y el olor le produjo una náusea. Quizá le vendría bien. Quizá, cuando has estado fuera de combate durante unos días, la primera copa te devuelve a la vida. Quizá el whisky y ella volverían a ser buenos amigos. Rezó, pero no a Dios, sin fe alguna en ninguna divinidad, y pidió que, por favor, por favor, pudiera emborracharse, que estuviera siempre borracha.
 Levantó el vaso.
 -Gracias, Nettie -dijo-. A tu salud.
 A la criada le entró una risa floja.
 -Eso está mejor, señora Morse -exclamó-. Alégrese.
 -Sí -dijo la señora Morse-. Seguro.»
 
    [El texto pertenece a la edición en español de Nórdica Libros, 2013, en traducción de Jorge Cano. ISBN: 978-84-15717-35-5.]

domingo, 7 de octubre de 2018

Los poemas perdidos.- Dorothy Parker (1893-1967)


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Navidad, 1921

«No te pido regalos insólitos, / un tesoro de otro mundo de metales olvidados;
orquídeas que se abrieron en el aire selvático, / odio tropical en sus pétalos agonizantes;
ónice y ébano, negros como el dolor, / tallados con una paciencia que supera lo creíble.
Perfumes, para atormentar el cerebro sobresaltado; / encajes durante cuya confección han muerto mujeres;
perlas en tonos fríos sacadas del océano, donde / grutas de verde apenado las extrañan.
No te pido regalos insólitos; / cariño, sé que no me los harías.
 
 Regálame tu amor, esta Navidad. / Regálame tus pensamientos, cuando suena el carillón.
Deja que me marche más feliz, / deja que en el fondo de mi alma canten tus palabras.
Regálame tus esperanzas, cuando las campanas suenan claro, / hechizando el aire con su compás dorado.
Regálame tus deseos para el año nonato, / llena mi corazón de tesoros secretos.
Regálame todo lo que anhelas decir, / libera todos tus sueños más delicados.
Regálame tu amor, esta Navidad; / pero cumple tus promesas, por favor, cuando las cosas mejoren.

Lo dijo el abuelo
 
 Cuando era una chiquilla de dos, o tal vez tres años, / mi abuelito materno me sentaba en sus rodillas;
me sacaba el pulgar de entre los dientes y me decía: "Cielo, / acuérdate de lo que te digo cuando elijas profesión:
 
 'Acepta trabajo de lavandería; barre la basura de las calles; / conduce una camioneta de mudanzas si falta te hace;
coge una pala y limpia las aceras cuando la nieve cubra todo de blanco; / pero piensa en tu familia y, por favor, no escribas nunca'.
 
 No puedo decir que cuando tenía dos años su consejo me impresionara mucho. / Pero ahora lo recuerdo todo y es que, cariño, me estoy haciendo vieja,
y cuando leo los escritos de los autores de hoy día / repito las palabras de oro que el abuelo me decía:
 
'Limpiad transbordadores; vended pescado de puerta en puerta; / id y sed coristas, si os parece;
robad en las casas de vuestros vecinos en la noche oscura; / pero pensad en vuestras familias y, por favor, no escribáis nunca'.

Balada de las ambiciones comprensibles

 La fama y el honor y un título superior, / los cetros enjoyados y las conjuras palaciegas
relucen pero no son de oro: / anhelos más templados son los míos, vive Dios.
Apacible y sencillo prefiero que sea mi destino; / zarparía con otro rumbo.
Dadme una oportunidad para conseguir lo que quiero: / lo único que quiero es un cerro de dinero.
 
 Una estrecha comunión con campo y bosque, / pan y queso en una casita cubierta de hiedra;
por muy tierna y honesta que sea la idea, / no me convence una pizca.
Otros deseos calientan mi corazón, / otros antojos me  atormentan el espíritu.
En mis sueños me acerco a buen paso a mi meta: / lo único que quiero es un cerro de dinero.
 
 En las páginas de la historia / jamás firmaré y dejaré secar mi nombre;
no seré recordada por la posteridad / ni como estudiosa ni como patriota.
Los mantos de Shelley y Keats y Scott / a mi humilde espalda jamás llegarán;
a la inmortalidad no aspiro: / lo único que quiero es un cerro de dinero.
 
 Prince o Rover o Rex o Spot, / antes de morirme, dejad que pruebe a conseguir
el deseo que nunca se me concedió... / Lo único que quiero es un cerro de dinero.

Balada de un fracaso completo

 Triste es el asunto del que hablo, / profunda es la dificultad que me hace suspirar.
Al cielo mis penas chillo... / Lo único que quiero es quedarme aquí a llorar.
Aunque soy reacia a admitirlo, mi / promedio de aciertos está por debajo de lo aceptable.
Caballeros generosos me pasan de largo... / Lo único que me dan son calabazas.

 Hombre rico, mendigo, mercader, jeque, / actor, congresista, mosca humana.
Argentino, checo y griego / dan y dan, hasta que ya no hay más,
regalos de viejo whiskey y bourbon. / Regalos de joyas y orquídeas singulares
a una Lorelei más competente... / Lo único que me dan son calabazas.

 ¿Qué le pasa a mi técnica? / No lo puedo comprender, tampoco intentarlo.
Soy inteligente, cariñosa y débil... / ¿Por qué no pesco un chico bueno?
Sólo para las demás las cosas van sobre ruedas; / todas las muestras de amor que me tocan
podrían caber en la cabeza de un alfiler... / Lo único que me dan son calabazas.

 Príncipes, decidme el porqué. / ¿Cuál es el problema y cómo y dónde?
¿Cuándo se ha muerto Papá Noel? / Lo único que me dan son calabazas.»

  [El texto pertenece a la edición en español de la editorial Nórdica Libros, 2013, en traducción de Guillermo López Gallego y Cecilia Ross. ISBN: 978-84-15717-39-3.]