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domingo, 10 de diciembre de 2023

Comentarios al apocalipsis de San Juan.- Beato de Liébana (701 - c. 798)


Beato de Liébana. Códice de Lorvao – Patrimonio Ediciones
Libro segundo

Comienza el prólogo acerca de la Iglesia y de la sinagoga para que tú, lector, conozcas de la manera más completa sus características propias, y quiénes forman parte de cada una

  «Iglesia es un vocablo griego, que en latín se traduce por asamblea, porque llama a todos los hombres a pertenecer a ella. Católica significa universal, del griego «kata» y «oíos», es decir, según la totalidad. Pues no se limita como los conventículos de los herejes a algunas zonas de las regiones, sino que se difunde extendida por todo el orbe de la tierra. Esto lo afirma el Apóstol en su carta a los Romanos, diciendo: Doy gracias a Dios por todos vosotros, porque vuestra fe es alabada en el mundo entero (Rom 1,8). Por eso también es llamada universal, que viene de uno, porque se reagrupa en unidad. De ahí que el Señor diga en el Evangelio: el que no recoge conmigo, desparrama (Mt 12,30). ¿Por qué, si la Iglesia es una, escribe Juan a las siete Iglesias, sino para dar a entender que la única Iglesia católica está llena del espíritu septiforme? Como sabemos que Salomón dijo acerca del Señor: la sabiduría ha edificado una casa, ha labrado sus siete columnas (Prov 9,1). Estas columnas no se duda que sean una, según el Apóstol que dice: la Iglesia del Dios vivo, columna y fundamento de la verdad (1 Tim 3,15). Comenzó la Iglesia en el lugar donde vino del cielo el Espíritu Santo y llenó a los que estaban reunidos en un mismo lugar. Durante su existencia terrena la Iglesia es llamada Sión, porque, situada desde la lejanía de su peregrinación, mira en lontananza la promesa de los bienes celestiales: por eso lleva el nombre de Sión, que significa «mirar desde la atalaya». Pero en relación con la paz de la patria futura, su nombre es Jerusalén; pues Jerusalén significa «visión de paz». Allí, destruida, es decir, devorada toda adversidad, poseerá la visión de la presencia de la paz, que es Cristo. La Iglesia se compone de éstos: Cristo, los ángeles, los patriarcas, los profetas, los apóstoles, los mártires, los clérigos, los monjes, los fieles y los religiosos. Esta Iglesia es llamada también el cielo, en el que el sol, la luna y las estrellas, de las que hemos hablado antes, irradian con las luces de sus virtudes. Cristo es llamado así por el crisma, es decir, la unción. Estaba ordenado a los judíos que hiciesen un ungüento sagrado, con el que pudieran ser ungidos los que eran llamados al sacerdocio o a la dignidad real. Y así como ahora un manto de púrpura es la señal de dignidad real, así para ellos la unción sagrada confería nombre y potestad real. De aquí que Cristo venga de crisma, que significa unción, pues la palabra griega crisma se dice en latín unción. También la Iglesia, hecha espiritual, aplicó el nombre al Señor, porque fue ungido por Dios Padre con el Espíritu Santo, como se dice en los Hechos de los Apóstoles: en esta ciudad se han aliado contra tu santo siervo Jesús, a quien has ungido (Hech 4,27), no con óleo visible, sino con el don de la gracia, que se significa en el ungüento visible. Pues Cristo no es el nombre propio del Salvador, sino designación común de potestad. Cuando se dice Cristo, es un nombre común de dignidad. Si decimos Jesucristo, estamos hablando del Salvador. El nombre de Cristo no existió en ninguna región, ni en otro pueblo, sino sólo en aquella región donde Cristo era anunciado por los profetas y donde iba a venir. Pues el mismo Hijo unigénito de Dios Padre, siendo igual que el Padre, por nuestra salvación tomó nuestra forma de siervo, para abrir a los hombres un camino de salvación hacia el cielo. Es Dios y Hombre, porque es Verbo y carne; de aquí que se diga que es doblemente engendrado, porque el Padre le engendró sin madre en la eternidad, y porque la Madre le engendró sin el Padre en el tiempo. Se le llama Unigénito, según la dignidad divina, porque no tiene hermanos; Primogénito, conforme a su condición humana, porque por la adopción de la gracia se ha dignado tener hermanos, de los que es el primogénito. Se dice Mesías en hebreo, en griego Cristo, en latín Ungido. Se llama Jesús en hebreo, Sotero en griego, Salvador en latín, porque él salvará a su pueblo. Así como Cristo hace referencia a Rey, así Jesús hace referencia a Salvador. Así que no nos salva un rey cualquiera, sino nuestro Rey Salvador.
  Ángeles es palabra griega, que en hebreo es «Malakot», y en latín significa mensajeros, porque anuncian a los pueblos la voluntad del Señor. La palabra ángeles hace referencia a la función que desempeñan, no a su naturaleza, pues siempre son espíritus; pero cuando son enviados, se les llama ángeles, a los que la audacia de los pintores les representa con alas, para dar a entender su rapidez de desplazamiento a todos los lugares. Así como también los poetas dicen del viento que tiene alas, por su velocidad. Por eso dice la Sagrada Escritura: sobre las alas del viento te deslizas (Sal 104,3). Nueve son las categorías de ángeles que cita la Sagrada Escritura: ángeles, arcángeles, tronos, dominaciones, virtudes, principados, potestades, querubines y serafines. Diremos a continuación, al explicar sus funciones, el porqué de sus nombres.
  Se llaman Ángeles porque son enviados del cielo para dar un mensaje a los hombres. Ángel en griego significa mensajero en latín. Arcángeles en griego quiere decir los mensajeros principales. Los que anuncian las noticias pequeñas o mínimas son ángeles; los que anuncian las noticias principales son arcángeles. Se les conoce por arcángeles, porque tienen la primacía entre los ángeles. «Archos» en griego, en latín significa Príncipe. Son los caudillos y príncipes, bajo cuyas órdenes se les designan las misiones a cada uno de los ángeles. Así como en la tierra hay caudillos y príncipes, tribunos y centuriones, que tienen autoridad sobre los hombres, así también los arcángeles presiden a los ángeles. Lo atestigua el profeta Zacarías, diciendo: En esto el Ángel que hablaba conmigo se adelantó; otro Ángel salió a su encuentro y le dijo: corre, habla a ese joven y dile: como las ciudades abiertas será habitada Jerusalén (Zac 2,8). Si, pues, en las funciones propias de ángeles los superiores no ordenasen a los inferiores, no habría podido saber por medio de un ángel lo que el otro ángel quería que dijera al hombre. Algunos de los arcángeles tienen nombres propios, para que sus mismos nombres designen la tarea que se les encomienda. Gabriel en hebreo, se traduce en nuestra lengua por fortaleza de Dios: donde haya de manifestarse el poder y la fortaleza divina, allí es enviado Gabriel. Por eso en el tiempo en que el Señor iba a nacer y triunfar del mundo, vino Gabriel a María, para anunciar que el que venía a derrotar a los poderes del aire se dignaba venir humilde. Miguel quiere decir quién como Dios. Cuando en el mundo se realiza algo de poder admirable, es enviado este arcángel. De su misión proviene su nombre, porque nadie puede realizar lo que Dios puede. Rafael significa salud o medicina de Dios: donde hay necesidad de curar y sanar, Dios envía a este arcángel y por eso se llama medicina de Dios. Este mismo arcángel fue enviado a Tobías, aplicó a los ojos su remedio y, eliminada la ceguera, le restituyó la vista, pues el significado del nombre designa la misión del arcángel. Uriel significa fuego de Dios, como leemos que apareció el fuego en la zarza. Leemos también que el fuego fue enviado desde lo alto y que había realizado lo que se le había ordenado. Los tronos, dominaciones, principados, potestades y virtudes, nombres con los que el apóstol abarca la total comunidad celestial, designan órdenes y dignidades angélicas. 
Leer Comentarios al Apocalipsis de San Juan [BAC-Facundo] de Beato ... Y por esta misma distribución de funciones, unos se llaman tronos, otros dominaciones, otros principados, otros potestades, en virtud de determinadas dignidades con las que se distinguen entre sí. Las virtudes ejercen ciertos ministerios angélicos, por los que se realizan en el mundo signos y milagros; por eso se llaman virtudes. Son potestades aquellos a quienes se someten los poderes enemigos. Se les llama potestades porque los espíritus malignos se someten a su poder, para que no hagan al mundo todo el daño que desean. Principados son aquellos que están al mando de las milicias angélicas, y reciben el nombre de principados porque disponen de los ángeles subordinados para cumplir el ministerio divino. Pues unos son los que sirven y otros los que están en pie delante de él. Como se dice en Daniel: miles de millares le servían, miríadas de miríadas en pie delante de él (Dan 7,10). Dominaciones son aquellos que tienen incluso mayor dignidad que las virtudes y principados. Se llaman dominaciones porque están al mando de todos los ejércitos angélicos. Los tronos son grupos de ángeles, que en latín se designan por la palabra Sedes.Y se llaman tronos porque los preside el Creador y por medio de ellos transmite sus órdenes. Querubines son los que ejercen los más sublimes poderes celestiales y ministerios angélicos; su nombre hebreo se traduce a nuestro idioma por magnitud de ciencia. Son el más sublime ejército de ángeles, porque, al estar más cerca de la sabiduría divina, están mucho más llenos de ella que los demás. Ellos son aquellos dos vivientes sobre el propiciatorio del arca, hechos de metal, porque debían significar la presencia de los ángeles, en medio de los cuales se manifiesta Dios. Los serafines, también de forma semejante, son aquella multitud de ángeles que del hebreo se traduce en latín por ardientes o encendidos; y se llaman así porque entre Dios y ellos no hay ningún grupo de ángeles. Y así, cuanto más cerca permanecen delante de Dios, tanto más son inflamados por la claridad de la luz divina. Ellos son los que ocultan la faz y los pies del que se sienta en el trono de Dios.
 Y por eso los restantes grupos de ángeles no pueden ver plenamente la esencia de Dios, porque le cubren los serafines. Estos nombres de milicias angélicas son nombres especiales de una categoría de ángeles, de tal manera que, sin embargo, son en parte comunes a todas. Pues aunque los tronos son llamados de forma especial el asiento de Dios en su categoría de ángeles, sin embargo se dice por el Salmista: Tú que estás sentado sobre querubines (Sal 80,2). Pero estas categorías de ángeles son designadas con nombres particulares, porque en su categoría propia recibieron de una forma más plena esta peculiar función. Y aunque sea común a todas las categorías angélicas, sin embargo son estas funciones asignadas propiamente a la suya. A cada uno, como ya se ha dicho, le están asignadas las funciones propias que, se dice, merecieron al comienzo del mundo. Que los ángeles presiden los territorios y los hombres, lo afirma un ángel por medio del profeta diciendo: El príncipe del Reino de Persia me ha hecho resistencia (Dan 10,13). Está, pues, claro que no hay lugar alguno que no presidan los ángeles. Presiden incluso los auspicios de todas las obras. Esta es la jerarquía y distinción de los ángeles que, después de la caída de los malos, permanecieron en el vigor celestial. Pues después de caer los ángeles apóstatas, éstos permanecieron firmes en la perseverancia de la eterna beatitud. Por eso se repite, después de la creación del cielo en el principio: haya un firmamento; y llamó al firmamento “cielo” (Gén 1,6). Manifestando sin duda que, después de la ruina de los ángeles malos, los que permanecieron, consiguieron la firmeza de la perseverancia eterna. Lejos ya de toda caída, no sucumbiendo ya a ningún tipo de soberbia, sino permaneciendo firmes en la contemplación y en el amor de Dios, no tienen ninguna otra cosa más agradable que aquel por quien fueron creados. Los dos serafines que aparecen en el libro de Isaías representan en figura al Antiguo y Nuevo Testamento. El que cubran la faz y los pies de Dios significa que no podemos saber lo que sucedió antes de la creación del mundo, ni lo que sucederá después del mundo, sino que sólo vemos lo que está en medio, gracias a su testimonio. Cada uno de ellos tiene seis alas, porque en el siglo presente, de la creación del mundo sólo sabemos la obra de los seis días. Y se gritan el uno al otro por tres veces: Santo, para dar a entender el misterio de la Trinidad en una sola divinidad.»

  [El texto pertenece a la edición en español de Biblioteca de Autores Cristianos, 2004, en traducción: Alberto del Campo Hernández, Joaquín González Echegaray y Leslie G. Freeman. ISBN: 978-84-7914-732-7.]

lunes, 27 de enero de 2020

Los Milagros de Nuestra Señora.- Gonzalo de Berceo (1190-1264)


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9.-El clérigo ignorante

«Era un simple clérigo, probre de clerecía, / dicié cutiano missa de la sancta María;
non sabía decir otra, diciéla cada día, / más la sabía por uso que por sabiduría.
 Fo est misacantano al bispo acusado, / que era idiota, mal clérigo provado;
"Salve Sancta Parens" sólo tenié usado, / non sabié otra missa el torpe embargado.
 Fo durament movido el obispo a sanna, / dicié: "Nunqua de preste oí atal hazanna."
Disso: "Diçit al fijo de la mala putanna / que venga ante mí, no lo pare por manna."
 Vino ante el obispo el prete pecador, / avié con el grand miedo perdida la color,
non podié de vergüenza catar contral señor, / nunca fo el mesquino en tan mala sudor.
 Dissoli el obispo: "Preste, dime la verdat, / si es tal como dizen la tu neciedat."
Díssoli el buen omne, "Sennor, por caridat, / si disiesse que non, dizría falsedat."
 Díssoli el obispo: "Quando non as ciencia / de cantar otra missa nin as sen ni potencia,
viédote que non cantes, métote en sentencia: / vivi como merezes por otra agudencia."
 Fo el preste su vía triste e dessarrado, / avié muy grand vergüenza, el danno muy granado;
tornó en la Gloriosa, ploroso e quesado, / que li diesse consejo ca era aterrado.
 La madre preciosa que nunca falleció / a qui de corazón a piedes li cadió,
el ruego del su clérigo luego gelo udió, / no lo metió por plazo, luego li acorrió.
 La Virgo gloriosa madre sin dición, / apareciól al obispo luego en visión;
díxoli fuertes dichos, un brabiello sermón, / descubrióli en ello todo su corazón.
 Díxoli brabamientre: "Don obispo lozano, / ¿contra mí por qué fuste tan fuert e tan villano?
Yo nunca te tollí valía de un grano, / e tu asme tollido a mí un capellano.
 El que a mí cantava la missa cada día, / tú tovist que facía yerro de eresía;
judguéstilo por bestia e por cosa radía, / tollísteli la orden de la capellanía.
 Si tú no li mandares decir la missa mía / como solié decirla, grand querella avría,
e tú serás finado hasta el trenteno día, / ¡desend verás qué vale la sanna de María!"
 Fo con estas menazas el bispo espantado, / mandó enviar luego por el preste vedado;
rogól quel perdonasse lo que avié errado, / ca fo en el su pleito durament engannado.
 Mandólo que cantasse como solié cantar, / fuesse de la Gloriossa siervo del su altar;
si algo li menguasse en vestir o en calzar, / él gelo mandarié del suyo mismo dar.
Tornó el omne bueno en su capellanía, / sirvió a la Gloriosa, madre sancta María;
finó en su oficio de fin qual yo querría, / fue la alma a la gloria a la dulz cofradría.
 Non podriemos nos tanto escribir nin rezar, / aun porque podiéssemos muchos annos durar,
que los diezmos miraclos podiéssemos contar, / los que por la Gloriosa denna Dios demostrar.
[...]

 11.-El labrador avaro

 Era en una tierra un omne labrador / que usava la reja más que otra lavor;
más amava la tierra que non al Criador, / era de muchas guisas omne revolvedor.
 Fazié una nemiga, suziela por verdat, / cambiava los mojones por ganar eredat,
facié a todas guisas tuerto e falsedat, / avié mal testimonio entre su vecindat.
 Querié, pero que malo, bien a sancta María, / udié sus miráculos, dávalis acogía;
saludávala siempre, diciéla cada día: / "Ave gratia plena que parist a Messía."
 Finó el rastrapaja de tierra bien cargado, / en soga de diablos fue luego cativado,
rastrávanlo por tienllas, de cozes bien sovado, / pechávanli a duplo el pan que dio mudado.
 Doliéronse los ángeles d'esta alma mesquina, / por quanto la levavan diablos en rapiña;
quisieron acorreli, ganarla por vecina, / mas pora fer tal pasta menguavalis farina.
 Si lis dizién los ángeles de bien una razón, / ciento dicién los otros, malas que buenas non;
los malos a los bonos teniénlos en rencón, / la alma por peccados non issié de presón.
 Levantóse un ángel, disso: "Yo so testigo, / verdat es, non mentira esto que yo vos digo:
el cuerpo, el que trasco esta alma consigo, / fue de Sancta María vassallo e amigo.
 Siempre la ementava a yantar e a cena, / diziéli tres palabras: "Ave gracia plena";
la boca por qui essié tan sancta cantilena / non merecié yazer en tan mala cadena."
 Luego que esti nomne de la sancta Reina / udieron los diablos cogieron se de y ayna
derramáronse todos como una neblina, / desampararon todos a la alma mesquina.
 Vidiéronla los ángeles seer desemparada, / de piedes e de manos con sogas bien atada;
sedié como oveja que yaze ensarzada, / fueron e adussiéronla pora la su majada.
 Nomne tan adonado e de vertur atanta, / que a los enemigos seguda e espanta,
non nos deve doler  nin lengua nin garganta / que non digamos todos "Salve Regina Sancta."»

    [El texto pertenece a la edición en español antiguo de Editorial Alce, 1980, en edición de Antonio Narbona. ISBN: 84-85262-34-4.]

viernes, 7 de junio de 2019

Diálogo de las cosas acaecidas en Roma.- Alfonso de Valdés (1490-1532)


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Segunda parte

«Latancio: Yo os lo diré. Decíme: ¿cuál hiede más a Dios: un perro muerto de los que echan en el muladar o una ánima obstinada en la suciedad del pecado?
 Arcidiano: El ánima, porque dice Sanct Agustín que tolerabilius foetet canis putridus hominibus quam anima peccatrix Deo*.
 Latancio: Luego no me negaréis que no sea un pestífero muladar el ánima de un vicioso.
 Arcidiano: No, por cierto.
 Latancio: Pues el sacerdote que, levantándose de dormir con su manceba -no quiero decir peor-, se va a decir misa, el que tiene el beneficio habido por simonía, el que tiene el rancor pestilencial contra su prójimo, el que mal o bien anda allegando riquezas y obstinado en estos y otros vicios, aun muy peores que éstos, se va cadaldía a recebir aquel sanctísimo Sacramento, ¿no os parece que aquello es echarlo peor que en un muy hediente muladar?
 Arcidiano: Vos me habláis un nuevo lenguaje y no sé qué responderos.
 Latancio: No me maravillo que la verdad os parezca nuevo lenguaje. Pues mirad, señor: ha permitido Dios que eso se hiciese o se dijese, porque viendo los clérigos cuán grande abominación es tractar así el cuerpo de Jesucristo, vengan en conocimiento de cómo lo tratan ellos muy peor y, apartándose de su mal vivir, limpien sus ánimas de los vicios y las ornen de virtudes para que venga en ellas a morar Jesucristo y no lo tengan , como lo tienen, desterrado.
 Arcidiano: Así Dios me vala que vos me habéis muy bien satisfecho a todas mis dudas, y estoy muy maravillado de ver cuán ciegos estamos todos en estas cosas exteriores, sin tener respecto a las interiores.
 Latancio: Tenéis muy gran razón de maravillaros, porque a la verdad es muy gran lástima de ver las falsas opiniones en que está puesto el vulgo y cuán lejos estamos todos de ser cristianos, y cuán contrarios son nuestras obras a la doctrina de Jesucristo, y cuán cargados estamos de supersticiones; y a mi ver todo procede de una pestilencial avaricia y de una pestífera ambición que reina agora entre cristianos mucho más que en ningún tiempo reinó. ¿Para qué pensáis vos que da el otro a entender que una imagen de madera va a sacar cautivos y que, cuando vuelve, vuelve toda sudando, sino para atraer el simple vulgo a que ofrezcan a aquella imagen cosas de que él después se puede aprovechar? ¡Y no tiene temor de Dios de engañar así la gente! ¡Como si Nuestra Señora, para sacar un cativo, hobiese menester llevar consigo una imagen de madera! Y seyendo una cosa ridícula, créelo el vulgo por la auctoridad de los que lo dicen. Y desta manera os dan otros a entender que si hacéis decir tantas misas, con tantas candelas, a la segunda angustia hallaréis lo que perdiéredes o perdistes. ¡Pecador de mí! ¿No sabéis que en aquella superstición no puede dejar de entrevenir obra del diablo? Pues interveniendo, ¿no valdría más que perdiésedes cuanto tenéis en el mundo, antes que permitir que en cosa tan sancta se entremeta cosa tan perniciosa? En esta misma cuenta entran las nóminas que traéis al cuello para no morir en fuego ni en agua, ni a manos de enemigos, y encantos, o ensalmos que llama el vulgo, hechos a hombres y a bestias. No sé dónde nos ha venido tanta ceguedad en la cristiandad que casi habemos caído en una manera de gentilidad. El que quiere honrar un sancto, debría trabajar de seguir sus sanctas virtudes, y agora, en lugar desto, corremos toros en su día, allende de otras liviandades que se hacen, y decimos que tenemos por devoción de matar cuatro toros el día de Sanct Bartolomé, y si no se los matamos, habemos miedo que nos apedreará las viñas. ¿Qué mayor gentilidad queréis que ésta? ¿Qué se me da más tener por devoción matar cuatro toros el día de Sanct Bartolomé que de sacrificar cuatro toros a Sanct Bartolomé? No me parece mal que el vulgo se recree con correr toros; pero paréceme ques pernicioso que en ello piense hacer servicio a Dios o a sus sanctos, porque, a la verdad, de matar toros a sacrificar toros yo no sé que haya diferencia. ¿Queréis ver otra semejante gentilidad, no menos clara que ésta? Mirad cómo habemos repartido entre nuestros santos los oficios que tenían los dioses de los gentiles. En lugar de dios Mars, han sucedido Sanctiago y Sanct Jorge; en lugar de Neptuno, Sanct Elmo; en lugar de Baco, Sanct Martín; en lugar de Eolo, Sancta Bárbola; en lugar de Venus, la Madalena. El cargo de Esculapio habemos repartido entre muchos: Sanct Cosme y Sanct Damián tienen cargo de las enfermedades comunes; Sanct Roque y Sanct Sebastián, de la pestilencia; Sancta Lucía, de los ojos; Sancta Polonia, de los dientes; Sancta Águeda, de las tetas; y, por otra parte, Sanct Antonio y Sanct Aloy, de las bestias; Sanct Simón y Judas, de los falsos testimonios; Sanct Blas, de los que esternudan. No sé yo de qué sirven estas invenciones y este repartir de oficios, sino para que del todo parezcamos gentiles y quitemos a Jesucristo el amor que en Él sólo debríamos tener, vezándonos a pedir a otros lo que a la verdad Él solo nos puede dar. Y de aquí viene que piensan otros porque rezan un montón de salmos o manadas de rosarios, otros porque traen un hábito de la Merced, otros porque no comen carne los miércoles, otros porque se visten de azul o naranjado, que ya no les falta nada para ser muy buenos cristianos, teniendo por otra parte su invidia y su rencor y su avaricia y su ambición y otros vicios semejantes tan enteros, como si nunca oyesen decir qué cosa se ser cristiano.
 Arcidiano: ¿De dónde procede eso a vuestro parecer?
 Latancio: No me metáis ahora en ese laberinto, a mi ver más peligroso quel de Creta. Dejemos algo para otro día. Y agora quiero que me digáis si a vuestro parecer he complido lo que al principio os prometí.
 Arcidiano: Digo que lo habéis hecho tan cumplidamente, que doy por bien empleado cuanto en Roma perdí y cuantos trabajos he pasado en este camino, pues con ello he ganado un día tal como éste, en que me parece haber echado de mí una pestífera niebla de abominable ceguedad y cobrado la vista de los ojos de mi entendimiento, que desde que nací tenía perdida.»
 
*"Es más tolerable a los hombres el hedor del perro podrido que el alma pecadora a Dios".
 
    [El texto pertenece a la edición en español de Ediciones Cátedra, 1992, en edición de Rosa Navarro Durán. ISBN: 84-376-1123-7.]

martes, 23 de octubre de 2018

Sobre el gobierno tiránico del Papa.- Guillermo de Ockham (1280/1288-1349)


      

 
Libro segundo.
Capítulo 6: Por muchos caminos se demuestra que el Papa no tiene la plenitud de poder

 «Podemos demostrar todavía de muchos modos que el Papa no tiene tal plenitud de poder. Pues es propio de la justicia -que el Sumo Pontífice ha de observar de modo especial- no permitir que el poder haga lo que quiera, sino observar lo que es justo. Luego el Papa no tiene poder sino en aquellas cosas que son justas y no propias del poder y, por consiguiente, no tiene la antedicha plenitud de poder que engloba muchas cosas no relativas a la equidad. Caso de tener esa plenitud de poder, podría mandar a los ricos que dejasen todos sus bienes y que se le sometieran en todos los trabajos serviles, que no usaran vestidos preciosos ni se alimentaran de alimentos delicados. Asimismo, que se abstuvieran permanentemente de carne y de otras cosas innumerables que no van ni contra el derecho divino ni contra el natural.
 Hay más. El Papa -lo mismo que los otros prelados de la Iglesia- no debe dominar sobre el clero tan como lo afirma San Pedro. Luego no tiene ni en las cosas temporales ni en las espirituales tal plenitud de poder. Además, el Papa es tan sólo dispensador. "Que nos tengan los hombres -dice el Apóstol- por servidores de Cristo y administradores de los misterios de Dios". Sólo siervos sobre los demás, como consiervos establecidos por Cristo, según aquello de Mt. 24: "¿Quién es, pues, el siervo fiel y prudente a quien el señor puso al frente de su servidumbre para darles la comida a su tiempo?" y prosigue: "Pero si aquel siervo malo se dice en su corazón: mi señor tarda y se pone a golpear a sus compañeros" [...]. Y según aquello de Lc. 12: "¿Quién es, pues el administrador fiel y prudente a quien el Señor pondrá al frente de su servidumbre para darles a su tiempo su ración conveniente?"
 Ahora bien, el dispensador y el consiervo no tienen sobre sus consiervos tal plenitud de poder. Luego el Papa no tiene tal plenitud de poder sobre los fieles. Un padre no tiene semejante plenitud de poder sobre los hijos porque de lo contrario el gobierno paterno no se diferenciaría del despótico, ni la condición de los hijos distaría de la de los siervos. Ningún amo tiene más potestad sobre los siervos que la que le permite imponerles algo que no va contra el derecho natural ni divino. El Papa es padre de los fieles y su gobierno no se asemeja a un gobierno despótico, sino paterno. Luego, no tiene tal plenitud de poder.
 Asimismo los reyes y gobernantes civiles no tienen en las cosas temporales tal plenitud de poder. De lo contrario el gobierno real sería un gobierno despótico y todos los súbditos del rey serían sus siervos, sin distinción entre sus súbditos como la que existe entre esclavos y libres. Todos serían igualmente esclavos. Con mucha más razón el Papa no tiene tal plenitud de poder, incluso en las cosas espirituales. Ejercer tal poder sobre los fieles en esos dos campos -como los reyes y príncipes lo ejercen sobre sus súbditos- fue prohibido por Cristo en la persona de los Apóstoles al Papa y demás prelados de la Iglesia. "Sabéis-dice San Mateo- que los jefes de las naciones las gobiernan como señores absolutos y los grandes las oprimen con su poder. Pero no ha de ser así entre vosotros, sino que el que quiera llegar a ser grande entre vosotros será vuestro servidor".
 Además, el Papa no tiene poder para crear leyes en todo aquello que no es contra el derecho divino ni contra el derecho natural. Luego el Papa no tiene tal plenitud de poder ni en lo temporal ni en lo espiritual. Lo anterior se puede basar en la autoridad del Apóstol, cuando dice: "La ley no ha sido instituida para el justo, sino para los prevaricadores y rebeldes". En cuyas palabras se da a entender que a los justos no se les ha de imponer sin necesidad una ley expresa, sobre todo grave. El Papa, por consiguiente -sólo llevado de una urgente y expresa necesidad, no de su libre arbitrio-, puede obligar a los inocentes y justos con leyes, máxime cuando son graves. De aquí que San Isidoro afirme claramente que la promulgación de una ley ha de ser necesaria y también útil, ya que el derecho se ha de imponer por una necesidad urgente. "Las reglas de los Santos Padres -dice San Gregorio- se dieron para un tiempo, lugar, persona y asunto, según la urgencia de la necesidad". "Por las leyes nadie está obligado a obrar bien, sino que se le prohíbe obrar mal", observa también San Agustín, según la glosa.
 El Papa, además, es esposo de la Iglesia. Ahora bien, el esposo o marido no tiene sobre la esposa la plenitud de poder, pues la esposa se distingue de la criada y en muchas cosas es juzgada a la par con su marido. Luego, ni el Papa tiene sobre la Iglesia tal plenitud de poder.
 Por otros muchos caminos se podría demostrar esta conclusión general: que el Papa no tiene plenitud de poder. De momento basten estas vías, sobre todo porque de varias verdades particulares que mostraré después aparecerá evidente esta verdad general.

Capítulo 7: El Papa no tiene tal plenitud de poder en los asuntos temporales porque no se debe implicar en los negocios seculares

 Que el Papa en particular no tiene en los asuntos temporales tal plenitud de poder concedida por Cristo, se demuestra de muchos modos. Pues en vano tendría de Cristo semejante plenitud de poder si no la tuviera que ejercer. En las Sagradas Escrituras se reprende a los reyes porque el poder que habían recibido lo ejercían perversa y negligentemente. Dice la Sabiduría: "Del Señor, habéis recibido el poder, del Altísimo la Soberanía; Él examinará vuestras obras y sondeará vuestras intenciones si, como ministros que sois de su reino, no habéis gobernado rectamente". "Ennoblece la doctrina del Señor -comenta la Glosa- quien hace aquellas cosas propias de su profesión". Y San Jerónimo: "Adorna la doctrina del Señor el que hace lo que es propio de su condición".
 Por consiguiente, el Papa debe hacer diligentemente todo aquello que está en su poder. De lo contrario, habrá de ser enviado como siervo malvado, perezoso e inútil, que escondiera el talento del poder que le ha conferido Cristo, a las tinieblas exteriores, donde será el llanto y el crujir de dientes. Ahora bien, el Papa no debe ejercer la potestad que le ha sido entregada y confiada por Cristo en estas cosas temporales, sobre todo, fuera de los casos de necesidad. "Nadie que milita para Dios -dice el Apóstol- se enreda en los negocios de la vida, si quiere complacer al que le ha alistado". Y San  Pedro, en la carta a Clemente, dice: "Has de vivir irreprochablemente y has de cuidar con toda diligencia de apartarte de todas las ocupaciones de esta vida." "Cristo -prosigue más adelante- no quiso ordenarte hoy para que fueras juez y conocedor de los negocios seculares." Y en el Canon de los Apóstoles se establece que "el obispo o sacerdote o diácono no asuman oficios seculares, sino que deben rechazarlos." Y en el capítulo sobre el obispo se escribe: "que el obispo no se ocupe para nada de su hacienda y que sólo se entregue a la lectura, la oración y la predicación de la palabra."
 De estos y otros muchos cánones y decretales aquí mencionados para que ni clérigos ni monjes se inmiscuyan en los negocios de la vida, se deduce claramente que al oficio del Papa no pertenece mezclarse en los negocios seculares. De todo lo cual se concluye que el Papa no tiene en los asuntos temporales tal plenitud de poder.»
 
    [El texto pertenece a la edición en español de Ediciones Altaya, 1998, en traducción de Pedro Rodríguez Santidrián. ISBN: 84-487-0206-9.]

martes, 6 de junio de 2017

"Literatura románica de la Edad Media".- Alberto Vàrvaro (1934-2014)


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12.-El intelectual en la sociedad medieval
 
«Por lo tanto la cultura latina de la Edad Media es intrínsecamente una cultura de élite, pero de una élite que no conoce fronteras. En el seno de esta cultura se transmite un patrimonio secular en el que confluyen, sin dificultades para propagarse luego velozmente, las adquisiciones más recientes y también, tras las debidas filtraciones, algunos incentivos que proceden aquí y allá de ambientes extraños. Sucedía, en efecto, que las personas de cultura estaban diseminadas, por un lado, por todas las clases sociales, desde la corte real a la parroquia rural más apartada (donde a menudo se trata de personas sólo nominalmente cultas, pero esto sucedía también en niveles sociales más altos) y se hallaban continuamente en contacto con los illitterati, tanto personajes de alto rango como aldeanos rústicos; y, por el otro, la extracción social de los clerici mismos era de lo más variado. Se podía acceder a una escuela monástica en calidad de oblatus, ofrecido al monasterio por una familia extremadamente pobre, pero también podía estudiar en una escuela capitular el hijo de un mercader rico o el cadete de una familia noble; en cualquier caso, con independencia del origen social, el clericus llegaba a ser tal por el aprendizaje escolar y no por sus orígenes sociales. El curriculum escolar, sin embargo, no llegaba a borrar completamente el patrimonio de tradiciones locales o familiares de todas las clases que el joven, con plena conciencia o sin ella, había asimilado anteriormente a su carrera y que iban a confluir fatalmente en el conjunto de tradiciones semicultas propio de las comunidades en que vivía, especialmente si eran monásticas. Por este camino podían llegar vestigios de ellas incluso a las obras escritas. Gualterio Map copió tradiciones narrativas populares de su país de Gales originario; el monje de la Novalesa, las anécdotas históricas y legendarias que se contaban en su convento; Ekkehard de San Gal versificó en latín una leyenda épica germánica, la de Walter de Aquitania. La escuela no se oponía en principio a la recuperación de estos elementos, sino que se cuidaba de revestirlos de las formas tradicionales y sobre todo de filtrarlos de forma escrupulosa, porque precisamente lo que conseguía superar estos filtros adquiría el sello de la tradición escolar, podía alcanzar una difusión amplia y en ocasiones extraordinaria; considérese por ejemplo el caso de las leyendas bretonas sobre el rey Arturo divulgadas por toda Europa a través de una obra latina, la Historia regum Britanniae de Godofredo de Monmouth (1136-1139). Así pues se establecía un fecundo proceso de ósmosis entre el mundo de los incultos y la sociedad de los clerici. Pero, ¿qué podían dar los illitterati?, ¿qué podían pedir? Estamos ante un problema crucial para la literatura románica medieval, pues al estar dirigida a un público formado básicamente de illitterati desbarataba las tradiciones, los cuadros, los esquemas de la literatura mediolatina.
 
13.-La cultura de los incultos
 
 Ante todo, es un error creer que un illitteratus era necesariamente una persona inculta. Cabe por lo tanto formular unas distinciones.
 Por de pronto, en muchos casos, el illitteratus era efectivamente incapaz de leer en latín y, claro está, también de escribirlo, pero podía llegar a comprender un poco de esta lengua si se trataba de un texto fácil. Y había escritores que deseaban llegar a este público, como el historiador escocés David, quien se servía "stilo tam facili, qui pene nichil a communi loquela differat" ("de un estilo tan fácil que se distingue apenas del habla común"). En los palacios de los nobles se llevaba a cabo, por otra parte, cuando se presentaba la necesidad, una amplia actividad de traducción oral espontánea que permitía acceder a algunos aspectos de la cultura latina, no sólo a los nobles, sino a todos los que se movían a su alrededor independientemente de su procedencia social.
 Aunque se trata de un caso atípico, recordaremos aquí a Balduino II de Guines (finales del siglo XII) que "licet omnino laicus esset et illetteratus", es decir, perfectamente analfabeto, había reunido una rica biblioteca y satisfacía su vivo interés por la cultura haciéndose leer textos de todas clases, del Cantar de los Cantares a los Evangelios, de vidas de santos a tratados de física y de historia natural. Gracias a su extraordinaria memoria Balduino consiguió acumular tal acervo cultural que era capaz de mantener disputas "quasi litteratus" ("casi como un hombre de letras").
 A través de este ejemplo y de otros análogos se apunta la posibilidad de que se utilizara por parte de los legos la cultura latina de la que eran depositarios los litterati, pero no es éste el fenómeno que atrae primordialmente nuestra atención, sino la valoración del patrimonio cultural propio de quienes no tenían acceso a la cultura latina. No caigamos en el error de llamar cultura solamente al aspecto literario de ésta; en sentido sociológico es también cultura "el conjunto de las estructuras de organización social, de los modos de vida, de las actividades espirituales, de los conocimientos, de las concepciones, de los valores que se hallan bajo formas variadas y a distintos niveles en todas las sociedades y en todos los períodos históricos", un conjunto vertebrado en el que una parte, por lo menos, de los valores son como los preliminares de la elaboración propiamente literaria o llegan incluso a transmitirse en formas, aunque primarias, ya objetivamente literarias. Pensemos en las tradiciones familiares de la nobleza unidas al recuerdo de las hazañas de los antepasados, pensemos en el derecho consuetudinario, de transmisión oral, piedra angular de la sociedad medieval, pensemos en el conjunto de experiencias y saberes que formaban al caballero tras un largo aprendizaje.
 No cabe duda de que durante la Edad Media existió un esquema de educación caballeresca totalmente ajeno a la tradición latina y a la escritura. Tal educación se basaba, claro está, en el entrenamiento físico y en principios éticos básicos, pero tenía tendencia a proyectarse espontáneamente en imágenes ejemplares que, a partir de una base histórica real, con facilidad podían pasar al campo más rico y satisfactorio de la leyenda formando paradigmas de comportamiento. [...]
 Tenemos que contar también con la tradición religiosa que, por otra parte, se hallaba menos vinculada a una sola clase social. Las enseñanzas más eficaces y penetrantes de la tradición religiosa se difundían a través de las vidas de santos y de las historias de pecadores. Los valores religiosos se encarnaban en narraciones que instaban y amonestaban, enseñaban, disuadían y daban consuelo.
 Existe, además, todo un sector de la cultura cuya raíz última es más psicológica que sociológica y hasta puramente evasiva. Siempre el hombre ha confiado a las formas del cuento folklórico las intuiciones más elementales de su propio vivir y ha resuelto sus deseos de distracción con la narración y con el canto.»