Mostrando entradas con la etiqueta Intuición. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Intuición. Mostrar todas las entradas

sábado, 25 de julio de 2020

Las cartas que no llegaron.- Mauricio Rosencof (1933)

Resultado de imagen de mauricio rosencof 

III.-Días sin tiempo

   «El patio y la cocina eran tu imperio, mamá.
 Vos sos, en mi memoria, el aroma del tuco y las cretonas, vos sos la casa, mamá, cómo no se dieron cuenta de que vos eras la casa, que echarte a vos era echar la casa, cómo. Y, sin embargo, al asilo.
 Eso, mamá, lo supe en una visita. Me lo contaron en una visita, porque "yo tenía que saberlo", en esas visitas cuarteleras, por la frontera, barbudo, chupado, sucio, ahí me dijeron, desalojo, asilo, hogar de ancianos.
 Y fue en el retorno al interminable territorio de dos por uno del calabozo, que comenzaron mis conversaciones con papá.
 Acá, los pensamientos rebotan. Las palabras pensadas, rebotan. Porque pronunciar, lo que se dice pronunciar, no dejan. Ni el grito, nada. En este territorio reina el silencio, infinito, tanto, que cuando se apagan las voces exteriores, ese toque de silencio -fíjate que para anunciar el silencio tienen que hacer ruido-, cuando ese toque se produce -digo- uno acá, atento, puede percibir la actividad ruidosa de las arañas. Las arañas tejen, y uno percibe el chirriar de sus agujitas, y si por ahí les cae una mosca ni te imaginás el bochinche, la mosca se desgañita, el guardia le va a parar el carro, no ves que tocó a silencio, y ahí le cae ella, a la carga patas largas, hay que apurar la matanza que viene ganao por tierra, y le aplica el pentotal; cómo es que todavía no han sintetizado el pentotal arácnido como anestesia, no, se quedaron con la otra, esa especie de gas que te transporta en menos que contaste tres y que el laboratorio suizo o suizo-alemán o alemán te inocula, arácnidos de la medicina; y cuando la tiene bajo sus pies, Juanita -que así se llama- la succiona, absorbe, aspira, draculita del muro. Pues bien. Eso, todo eso, lo escucho. Tanto, que me desvela. Me desvela el tiempo del coginche, cuando la araña macho la pastorea recorriendo las paredes del calabozo, siempre por el mismo trillo, a una velocidad que, salvando las proporciones, ni Jesse Owens, hasta que ancla en el rincón de las arañas y ahí se miran, ella es más grande, grande, y se miran, se seducen hasta que atracan y cruje la cama. En el silencio mandan los ruidos. El tableteo de las patas del bichito de la humedad -que dos por tres masco-, sobre el hormigón del piso, es un redoble rítmico, delicado, ideal para fondo de bolero. Pero lo que más suena es uno. Los bronquios, suenan. El cuore suena. El roce de los vaqueros chirría; todas las noches, cada vez más, duermo con ellos, vivo con ellos, envejecen conmigo, y chirrían, cada vez más, se quejan. Y si hay mosquitos, ni te cuento. Porque a las hélices se une la amenaza, la concentración de uno para ver cuándo se apagan porque se posan, helicópteros, coleópteros, qué sé, yo, y ahí aterrizan y el manotazo, que cuando cae bien ensangrenta y las ondas de la palmada rebotan, como rebota todo, acá es dos por uno, oferta, te la vendo, regalo, canjeo, rebota. Rebota todo, Viejo, y te escribo para adentro, te conmino a que aguantes, vos que en materia de aguante me podés dar curso, vos, Viejo, a vos te argumento lo que ya sabés y no precisás, y te lo reitero, exijo, explicito, digo, para vos y para mí, para mí, que necesito como vos lo que te digo. Y es tan violento todo, todo tan intenso, que llegué donde estabas y vos estuviste acá y dos por tres venías y sé que yo estoy ahí y yo te oí y vos me viste y nadie lo cree, nadie entiende, y yo lo cuento o no lo cuento, lo cuento poco,  a alguno que otro y no me animo a escribirlo, porque van a pensar que es verso, fantasía, imaginación. Que crean lo que crean, vos y yo lo sabemos y chau. Basta.
 […]
 Uno tiene, mi Viejo, uno es poseedor, papá, de lo que podríamos llamar o denominar un pensamiento racional. De ahí que en materia de bola, diera poca a las situaciones, anécdotas (para mí nunca pasaron de anécdotas), de las historias extrasensoriales, comunicaciones telepáticas, el "Yo ya estuve una vez", esas cosas. Me encontré con el tema y con gusto en la literatura. Jamás en la historia, que es ciencia.
Las Cartas Que No Llegaron (HISPANICA): Amazon.es: ROSENCOF ... En la historia nunca se vio que Napoleón recibiera una voz que le anunciara "No te bajes del caballo, rajá", cuando Waterloo se le iba a la B, ni Trotski tuvo la intuición o anunciación de que Mercader venía con el encargo. Jamás. Algo hay en las fantasías histórico-religiosas; pero hay mucho cuentito, palomita blanca vidalitay, que te anuncia el fin de la menstruación y el embarazo, o el palito de Moisés que ya quisiera el hada de Pinocho. Te dejo de lado el historial barrial, el "Me vino como una cosa, vecina", y se le dieron las tres cifras. No. No a la menina santa a quien se le incorporó el espíritu de no sé qué curandero alemán y ahora te receta en el idioma de las walkirias, aunque no tiene la menor idea de dónde queda el Rin, o el otro que recibió a un cirujano y te opera con el cuchillito de pelar papas, como si nada. No. En cambio, en la literatura, sí. Desde la muchachita de Thomas Mann, que se desmaya en una escalera al recibir el impacto de la muerte de su hermana, sin haber llegado a recibir una carta que venía en viaje donde sólo se anunciaba la enfermedad; hasta el caso conocido de los hermanos Corso, de novela. Pero también en Yeats y Priestley y Chesterton, con aquel personaje contemporáneo que al ver pasar, desde la baranda de un puente, un navío cualquiera, ríe y pronuncia palabras que no conocía pero que su acompañante descifra y eran de un galés antiguo y marinero. Sus ancestros, Viejo, eran navegantes. Él, hoy, sólo dactilógrafo. Vos perdoname, papá, pero tu historia del pueblito nunca la tomé en serio. Eso de que la vecina gritara a las dos de la mañana de que a la madre la habían enterrado viva  esa misma tarde, y que el berrinche que armó fue tal que fueron al cementerio, con farol y pala al hombro, y vieron que la mamá estaba muerta pero no cuando la enterraron: se había comido los dedos y en el cajón había sangre. Vos contabas, Viejo, que estabas ahí, que eras vecino, que fuiste con ellos. Pero a mí me salió el racional, y dije o te dije o me dije, "Andá  a saber", "leyenda de pueblo chico, tipo lobizón de fogón gaucho". Más te digo. Cuando desde acá se me empezaron a dar algunas cosas, como aquel sueño en que llevaba a la nieta, Viejo, a conocer La Paz y la lápida de granito de León, y ella en una visita me contó que había tenido un sueño en el que paseaba en un parque conmigo, pero que no era un parque, y cuando terminó de contarme el sueño, hizo una pausa de punto y aparte, y me preguntó, sin asociación dónde estaba enterrado León. Casualidad, pensé. Hasta que, claro, se empezaron a dar otras, y me dije "Andá a saber", y hasta me cité a Hamlet, "Hay más misterios en el cielo y la tierra de los que caben en tu fantasía"; pero nunca más allá. Nunca la racionalización científica del hecho, si es que era un hecho, porque ahí, papá, vivías sin sol ni estrellas ni libro, media ración y un territorio en el que una vuelta colocaron una tarima que no te autorizaban a usar y entré a vivir parado, como en un 130 lleno a La Paz, que nunca llegaba a destino, así que mi territorio real era la imaginación, la fantasía, la locura reglamentada en la medida de lo posible. Entonces -¿entendés?-, esos acontecimientos, si lo eran, esos hechos o más bien anécdotas, estaban en la frontera entre lo real y lo que no. Hasta que llegó la Palabra.»

    [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Alfaguara, 2002. ISBN: 84-204-5103-7.]

sábado, 5 de octubre de 2019

El acoso.- Alejo Carpentier (1904-1980)

Resultado de imagen de alejo carpentier 

II

«La portentosa novedad era Dios. Dios, que se le había revelado en el tabaco encendido por la vieja, la víspera de su enfermedad. De súbito, aquel gesto de tomar la brasa del fogón y elevarla hacia el rostro -gesto que tantas veces hubiera visto perfilarse en las cocinas de su infancia- se le había magnificado en implicaciones abrumadoras. La mano traía, al sacar la lumbre, un fuego venido de lo muy remoto, fuego anterior a la materia que por el fuego se consumía y modificaba -materia que sólo sería una posibilidad de fuego, sin una mano que la encendiera. Pero si ese fuego presente era una finalidad en sí, necesitaba de una acción anterior para alcanzarla. Y esa acción, de otra, y de otras anteriores, que no podían derivar sino de una Voluntad Inicial. Era menester que hubiera un origen, un punto de partida, una Capitular del fuego que, a través de las eras sin cuento, había iluminado las caras de los hombres. Y ese Primer Fuego no podía haberse encendido a sí mismo... Creyó vislumbrar, en todo, una parecida sucesión, un ineludible proceso de recibir energías de otra cosa: el mismo remontarse de los actos que, sin embargo, no podía ser infinito. Los hilos tenían que ir a parar, por fuerza, a la mano de un Propulsor primero, causa inicial de todo, detenido en la eternidad y dotado de la Suprema Eficiencia. El ateísmo de su padre le parecía absurdo, ahora, ante una imagen que tantas cosas explicaba, extrañándose de que otros no hubiesen pensado, antes que él, en demostrar la existencia de Dios por aquella iluminadora ocurrencia que había tenido ante una brasa. Y, como los niños de la casa moderna habían cantado ayer: "Tilingo, tilingo / Mañana es Domingo / Se casa la gata / con el loro pelón", y las iglesias llamaban a misa, abrió el libro negro y oro de la Cruz de Calatrava, que ahora dispensaba inacabables deslumbramientos a quien creciera, lejos del catecismo, en una sastrería francmasona y darwiniana. Cada página le revelaba una insospechada belleza de la Liturgia, dándole la exaltante impresión de penetrar un arcano, de ser iniciado, de compartir los secretos de una hermandad. Nunca hubiera pensado que lo visto por él, tantas veces, como meros manteles del altar, representaba el Mantel que envolvió Su Cuerpo, ni que el alba, el cíngulo y la estola, narraran tres episodios del más trascendental Proceso presenciado por los hombres. De la vestidura de púrpura, que erguía en su mente las columnas de la casa de Pilato, pasaba al Calvario, donde se detenía, absorto, a la orilla del Cáliz; y al contemplar -al entender- el Cáliz, se maravillaba ante el descubrimiento de ese sepulcro siempre abierto en la materia más preciosa, mística transposición del mayor de los dramas: tinieblas que labraban el metal hasta honduras impensadas, sombra envuelta en el relumbre de las gemas y de los oros; alquimia revertida que de lo fulgurante hacía vasta noche de espera para la humanidad emplazada. Hasta el agua, cuyo sentido litúrgico había ignorado, hablaba ahora por el flanco del Redentor. Alguna vez había estado en la iglesia, llevado por la tía devota, cuando su padre estaba en la capital, comprando géneros para los que todavía pedían driles y alpacas. Se había arrodillado, sentado, puesto de pie, como los demás, frente al altar de molduras barrocas, sin sospechar que cuando el oficiante revestía los hábitos de su menester, representaba nada menos que el Hijo de Dios en su Pasión. Había seguido la misa mirando al maderamen de la cúpula, donde siempre dormía algún murciélago -entretenido con todo lo que no era la misa- sin saber que allí se representaba, en una acción reducida a su simbólica esencia, el Misterio que más directamente le concernía. Y ahora que se daba por enterado, hallaba en los simples movimientos que acompañaban el Gloria, el Evangelio, el Ofertorio, esa prodigiosa sublimación de lo elemental que, en la Arquitectura, había transformado el trofeo de caza en bucráneo; la anilla de cuerdas que ciñe el haz de ramas del fuste primitivo, en astrágalo de puras proporciones pitagóricas. ¡Haber llevado en sí tales poderes de entendimiento, ser capaz de percibir tales verdades, y haberlo ignorado, en despilfarros abominables, para hacer caso de discursos que tanto habían servido para justificar lo heroico como lo abyecto! ¡Ah! ¡Creo! Creo que padeció bajo el poder de Pilato, que fue crucificado y sepultado; que descendió a los infiernos y que al tercer día resucitó de entre los muertos. Creo que subió a los cielos y está sentado a la derecha de Dios Padre Todopoderoso. Creo que desde allí ha de venir a juzgar a los vivos y a los muertos... Y hay algo de trompeta llamando al Juicio Final en eso que vuelve a sonar en lo alto del edificio moderno, donde alguno, admirado aún por la compra reciente de un gramófono barato, de ingrato sonido, no hace sino tocar y tocar la misma música, echando a veces la aguja atrás. Son como varias piezas grabadas en sucesión ,puesto que se siguen -siendo distintas- en un mismo orden. Primero es algo muy confuso, donde se oyen como toques de corneta -un tema de marcha militar que no acaba de serlo. Luego viene lo triste, lo lento, lo monótono. Después hay una danza muy alegre. Pero la interrumpe un nuevo toque militar que no acaba, sin embargo, de ser militar del todo: algo como las llamadas que se escuchaban en ese documental, tan ridículo, de los nobles franceses que, antes de cazar, oían misa con sus jaurías bendecidas, mientras los monteros enlevitados tocaban unos instrumentos que parecían grandes volutas de cobre.»

      [El texto pertenece a la edición en español de RBA, 1985. ISBN: 84-322-2014-0.]

sábado, 13 de julio de 2019

El universo en tu mano.- Christophe Galfard (1976)

 
Resultado de imagen de christophe galfard 
Tercera parte. Rápido.
4.-Cómo no envejecer

«En realidad, tras la publicación de la teoría de la relatividad especial tuvieron que pasar sesenta y seis años antes de que dos científicos estadounidenses, Joseph Hafele y Richard Keating, diseñaran un experimento capaz de detectar los extraños efectos de dilatación temporal que Einstein había previsto.
 Nos encontramos en 1971.
 Hafele y Keating han adquirido tres relojes atómicos, los relojes más precisos que se hayan fabricado jamás. Una vez se sincronizan entre sí, permanecen sincronizados con una precisión extraordinaria: no cambian más de una milmillonésima de segundo en el transcurso de millones de años. Son muy, pero que muy fiables.
 Como íbamos diciendo, Hafele y Keating disponían de tres de estos relojes. Sincronizados.
 Se los llevaron a un aeropuerto.
 Dejaron uno en tierra, en el vestíbulo del aeropuerto y, literalmente, reservaron un asiento para cada uno de los otros dos en dos vuelos comerciales distintos.
 Cuando imagino la reacción del resto de pasajeros no puedo reprimir una sonrisa...
 El caso es que ambos vuelos despegaron, uno hacia el este y el otro hacia el oeste, y dieron la vuelta a la Tierra antes de aterrizar de nuevo en el aeropuerto de origen para reunirse con su colega sincronizado con base en la Tierra. Como la Tierra rota sobre sí misma hacia el este, volar en dirección este u oeste supone una pequeña diferencia para la velocidad relativa general de los aviones y el aeropuerto.
 Si la naturaleza se comportase según cree nuestra intuición, los tres relojes atómicos deberían permanecer sincronizados independientemente de los aviones. En el reloj universal que Dios tiene en la mesita de noche, un segundo siempre es un segundo, así que el segundero debería marcar al mismo ritmo un segundo tras otro. Todos los relojes que has visto y utilizado, mecánicos o no, coinciden en ese punto, así que el asunto debería quedar zanjado. Pues no. A la naturaleza le importa bien poco lo que crea nuestra intuición y resulta que ésta se equivoca. Lo que sucede es que los relojes que solemos usar no son lo bastante precisos para ayudarnos a entender que, aunque nuestra intuición puede equivocarse, Einstein no lo hacía.
 En cuanto los dos aviones aterrizaron de nuevo en el aeropuerto, Hafele y Keating comprobaron que los tres relojes atómicos ya no estaban sincronizados.
 El reloj del avión que volaba hacia el este se había atrasado 59 milmillonésimas de segundo comparado con el que había permanecido en el aeropuerto. El que había viajado hacia el oeste, se había adelantado 273 milmillonésimas de segundo.
 Si los tres relojes hubiesen permanecido en el mismo sitio, habrían tenido que pasar más de 300 millones de años para que se produjese un desajuste de este tipo de forma natural.
*
 Según Hafele y Keating, el desajuste se debía a dos motivos.
 El primero tiene que ver con las velocidades implicadas, es decir, con la relatividad especial: tal como había predicho Einstein, las velocidades relativas de los tres relojes habían causado unos minúsculos, pero medibles, efectos de dilatación del tiempo.
 El segundo motivo, sin embargo, no tiene nada que ver con las velocidades, sino que se relaciona con la gravedad y la teoría general de la relatividad de Einstein: del mismo modo que una pelota pesada que rueda sobre una lámina de goma dobla más la goma que le queda cerca que la que está más alejada, según Einstein, el efecto de la Tierra sobre el espacio-tiempo debería ser más pronunciado cerca de su superficie que a la altitud a la que vuelan los aviones, por lo que el ritmo al que fluye el tiempo se altera a diferentes altitudes.
 Ambos efectos, independientes entre sí, ya se habían calculado antes de que Hafele y Keating hicieran su experimento.
 Y los resultados cuadraban.
 Las teorías de Einstein predecían que, en comparación con el reloj que se había quedado en tierra, el reloj que había volado hacia el este debería de terminar atrasándose hasta 60 milmillonésimas de segundo, mientras que el que había volado hacia el oeste debería adelantarse unas 275 milmillonésimas de segundo.
 El experimento demostró que tenía razón.
*
 Puede que no te parezca un resultado impresionante porque las diferencias temporales citadas parecen minúsculas (y lo son), pero recuerda que un avión no viaja tan rápido y que la Tierra no es un objeto cósmico demasiado grande. Si volásemos más rápido o nos acercásemos más a un objeto espacial mucho más poderoso desde una perspectiva gravitacional, la diferencia temporal pasaría a ser enorme, como ya has experimentado en el avión de tu sueño, que iba a una velocidad cercana a la de la luz.
 Huelga decir que desde 1971, ha mejorado la tecnología con la que se puede realizar el experimento de Hafele y Keating y se ha podido confirmar el resultado con un grado de precisión cada vez mayor. El espacio-tiempo significa lo que significa: una mezcla de espacio y tiempo.
 En el ámbito de nuestro universo, el ritmo a que avanza el tiempo depende del observador: depende del lugar en el que te encuentres, de lo que tengas al lado (el factor gravedad) y de tu velocidad. A principios de siglo, esta idea era muy abstracta pero, hoy en día, se trata de un hecho ratificado por experimentos que todos tenemos que aceptar.
 En el universo en que vivimos, el tiempo y las distancias no son conceptos universales. Dependen del observador, de quien los experimente y de quien esté mirando lo que ocurre. Ambos son conceptos relativos, ya que, de otro modo, la velocidad de la luz no sería fija ni limitaría a las demás.»
 
     [El texto pertenece a la edición en español de Blackie Books, 2016, en traducción de Pablo Álvarez Ellacuria. ISBN: 978-84-16290-62-8.]
 

viernes, 6 de julio de 2018

La Gota de Mercurio.- Alejandro Núñez Alonso (1905-1982)


Resultado de imagen de alejandro  nuñez alonso  

«Parece que ya estoy leyendo la nota necrológica de mañana: Anoche se apagó la llama de un genio. Misteriosas y dramáticas circunstancias rodean el suicidio de uno de los más representativos valores de la pintura universal. Aunque quién sabe. Eso sería de lo menos malo. No faltará quien diga que un tipo que hacía pintura surrealista tenía que acabar de un tiro o en el manicomio. Posiblemente haya algún gacetillero que diga: Se pegó un tiro el pintamonas paranoico. Ése sería el menos respetuoso pero sí el más exacto porque todos tenemos algo de aberrados.
 No, no me asusta dejar este mundo con la etiqueta de loco. Yo sé lo que es la locura. Hace tiempo, mucho tiempo que lo sé a priori. Generalmente las conclusiones a posteriori son ciertas en la medida que lo es, en apariencia, el razonamiento de base. Sin embargo, las definiciones apriorísticas nacen, crecen y se sustentan en la intuición, que es la dimensión geométrica, cúbica de la inteligencia. La intuición es la matemática de todo lo mágico, de todo aquello que no puede ser demostrado con operaciones aritméticas o con silogismos. Por intuición se puede llegar a Dios y se puede crear la obra de arte. Pero no hay que confundir la intuición con la superchería, pues también con superchería se llega al falso dios y a la falsa obra de arte. No quiero tampoco decir que la intuición sea una forma de la inteligencia, pues ha habido grandes inteligentes poco intuitivos y grandes intuitivos poco inteligentes. Es una virtud mental más o menos subordinada a la inteligencia, más o menos rebelde con la razón, que participa no tanto de la inteligencia razonada cuanto de la inteligencia que es gracia, don inexplicable que todos tenemos en mayor o menor cuantía y que todos ambicionamos poseer en grado sumo. Kiekergaard, que era un gran inteligente, que había encastillado su inteligencia dentro de la estructura matemática, lógica, inconmovible de la Razón, se escapa un buen día de la jaula intelectual y trata de cambiar la lógica por la intuición. Pero como no era intuitivo sino en el grado que la intuición puede ser admitida razonablemente, se pierde al salir de la jaula de la razón y se lanza a correr como un loco por los campos de la fe. Y como es un negado para la fe, pretende hallarla, tras forzadas y penosas búsquedas, en los textos bíblicos, precisamente en aquellos que no es posible entender sin interpretar recreándolos intuitivamente. Él se aferra a las antiguas escrituras como si ellas hubieran sido dictadas por el mismo Dios y no fueran pobres versiones, confusas versiones enrarecidas y modificadas por la acción de los siglos: desde el momento que fueron palabra de Dios hasta el día en que se hicieron escritura del hombre.
 La demencia es el contenido intuitivo del hombre desencadenado, desanclado de la razón. Cuando en una marejada de la vida la intuición pierde el áncora, el espíritu navega a la deriva y todas las costas se hacen inaccesibles. E inútiles. La intuición se enseñorea del mar de lo mágico y con las velas tensas es bajel que sólo arriba a puertos, playas y metas nuevos y desconocidos. Es cuando la intuición corre la aventura de los grandes descubrimientos irrazonables. Es cuando surgen las Dulcineas y las ínsulas, cuando las cosas pierden su nombre convencional, su figura aparencial y comienzan a ser lo que en realidad son para el espíritu; y son gigantes y son encantadores. Y son, tras las nubes del horizonte, manos y ojos de Dios.
 Sin la intuición yo no hubiera podido descubrir el secreto y el límite de la mujer de Lot. Y nunca hubiera descubierto la certidumbre de salvarla del límite en que se encuentra. Sé que al llegar a ese límite entre la muerte y la eternidad, rezaré la oración, la plegaria mágica, la misma que le rezó su esposo, la misma que le rezó Jesús. Pero le falta la tercera. Y yo se la rezaré. Entonces la sal se licuará y volverá a las fuentes originales, a los ojos húmedos y llorosos de los hombres. Pero ya no habrá más sed. Porque es la sal de Edit, de la sodomita convertida en estatua, la que pone amargura y sed infinita en nuestros espíritus. Y ¿cómo es posible que nadie, nadie, se haya preguntado por qué la sodomita rebelde, maldita en estatua, fue convertida en sal? ¿Por qué Él la salificó y no la volvió arcilla que es el destino de los demás mortales? Desde que Edit está en el límite, con el pie derecho puesto al occidente y el rostro vuelto al oriente, en una eterna actitud de marcha, los hombres se pelean y se matan por la sal y sucumben por la sed. "El agua que yo te daré a beber -decía el Hijo- no está en el pozo de Jacob. Mi agua te saciará la sed eterna."
 Dios castiga en la Mujer de Lot a la Humanidad, a todas las Sodomas y Gomorras que la Humanidad repite contumaz. Y tan reincidente que, para repetirse, ha de mirar atrás. ("Nunca mires atrás", me decía Sonia.) Mirar atrás es repetirse y en la repetición el pecado se hace más voluminoso a la vez que la virtud más exigua. La Mujer de Lot resume en su símbolo escultórico el drama del espíritu: un pie hacia adelante, hacia la revelación y lo futuro, y la mirada hacia atrás, hechizada por lo pasado, por la obra conclusa.
 Yo rezaré en la noche de mis siglos al pasar el límite, la oración. Y veré el milagro: que la sal se hace luz. Y con la sodomita, conducido de su mano, los dos entraremos en Jerusalén. 
 ¿En Jerusalén o en Toledo? ¿En Toledo o en Teotihuacán? ¿Hacia dónde dará los primeros pasos la Mujer de Lot? [...] Atrás, quedará el tiempo viejo, putrefacto en sus coágulos de la Disputa. Adelante, el tiempo nuevo, con los frutos ya maduros, de la Concordia. Y todos los papeles de la inteligencia, plenos de signos y de teorías, se arrugarán y terminarán por pulverizarse. Y será inaugurada la única dimensión conjugada en modo infinitivo.
 Sí, la locura. Ya sé lo que es la locura. Y si tú no quieres saberlo, por tibio y neutro, por acomodado y blando, no sueltes a los vientos poéticos las velas de la intuición. Guárdatela con el reloj en el bolsillo más pequeño de tu vestimenta. Y tómate una Coca-Cola bien fría. Así, despejado, puedes estudiar todas las filosofías, aun las más inextricables para el corazón, pero las más expeditas para la mente que exige una razón razonablemente razonadora.
 Me dirán que soy un pintamonas y un loco. Me dirán paranoico. Me dirán emulomaniático. Y me dañarán quizá, o pretenderán hacerlo, con el silencio. No tengo miedo al silencio. Camino paso a paso, firmemente, desde hace una hora hacia él.»
 
  [El fragmento pertenece a la edición en español de Editorial Planeta, 2000. ISBN: 84-08-46389-6.]
 

martes, 4 de octubre de 2016

"El demonio vestido de azul".- Walter Mosley (1952)


Resultado de imagen de walter mosley  
3

“Volví en el coche a mi casa, pensando en el dinero y en cuánto necesitaba conseguir un poco. Me encantaba ir a casa. Tal vez se debía a que me crié en una granja de aparceros o que nunca tuve nada hasta que compré esa casa, pero amaba mi casita. Había un manzano y un aguacate en el patio delantero, rodeado por un espeso césped. A un lado había un granado que daba más de treinta piezas cada estación y un banano que nunca producía nada. Había dalias y rosas silvestres en macetas dispuestas alrededor de la cerca y violetas africanas que cuidaba en una gran tinaja en el porche.
 La casa en sí era pequeña. Apenas una sala, un dormitorio y una cocina. El baño ni siquiera tenía ducha y el patio de atrás no era más grande que la piscina de goma de un niño. Pero aquella casa significaba para mí más que ninguna mujer que hubiera conocido. La amaba y le tenía celos y si el banco enviaba al alguacil del condado a quitármela, prefería enfrentarme a él con un rifle que renunciar a ella. Trabajar para el amigo de Joppy era el único modo que yo veía para conservar mi casa. Pero algo le iba mal; lo sentía en la piel. DeWitt Albright me inquietaba; las insistentes palabras de Joppy, aunque eran ciertas, me inquietaban. No dejaba de repetirme que debía irme a dormir y olvidarme del asunto.
 -Easy –dije-, echa un buen sueño esta noche y mañana sal a buscar trabajo.
 -Pero estamos a veinticinco de junio –me dijo una voz-. ¿De dónde saldrán los sesenta y cuatro dólares para el primero de julio?
 -Los conseguiré –respondí.
 -¿Cómo?
Seguimos así, pero ya desde el comienzo no tenía sentido. Yo sabía que iba a aceptar el dinero de Albright y hacer lo que él quisiera que hiciese, siempre que fuera legal, porque aquella casa mía me necesitaba y yo no iba a decepcionarla.
 Y había algo más.
DeWitt Albright me ponía un poco nervioso. Era un hombre de aspecto corpulento, de aspecto poderoso. Por la manera de erguir los hombros se podía ver que albergaba mucha violencia. Pero yo también era corpulento. Y, como la mayoría de los hombres jóvenes, no me gustaba admitir que el miedo podía disuadirme.
Lo supiera o no, DeWitt Albright me atrapó por el lado de mi orgullo. Cuanto más le temía, más seguro estaba de que iba a coger el trabajo que me ofrecía.
[…]
El señor Albright sonrió.
-No sé si puedo ayudarle, señor Albright. Como dijo Joppy, hace un par de días perdí un empleo y tengo que conseguir otro antes de que venza el plazo de la hipoteca.
-Cien dólares por un trabajo de una semana, señor Rawlins, y yo pago por adelantado. Usted la encuentra mañana y se guarda lo que tiene en el bolsillo.
-No sé, señor Albright. Quiero decir, ¿cómo sé en qué me estoy metiendo? ¿Qué es lo que usted…?
 Se llevó un fuerte dedo a los labios, y dijo:
 -Easy, uno cruza la puerta por la mañana y ya está metido en algo. De lo único que tiene que preocuparse realmente es de no meterse hasta la nariz.
 -No quiero verme mezclado con la ley. Ésa es la cosa.
 -Precisamente por eso tiene que trabajar para mí. A mí tampoco me gusta la policía. ¡Mierda! La policía hace cumplir la ley y usted ya sabe lo que es la ley, ¿no?
 Yo tenía mis propias ideas sobre el tema, pero me las guardé.
 -La ley –continuó- está hecha para los ricos, de manera que los pobres no puedan progresar. Usted no quiere meterse con la ley y yo tampoco.
 Levantó el vaso y lo inspeccionó como si estuviera buscando pulgas; luego lo puso sobre el escritorio y apoyó las manos, con las palmas hacia abajo, a cada lado.
 -Sencillamente, le pido que encuentre a una chica –me dijo-. Y que me diga dónde está. Eso es todo. Usted descubre dónde está y me lo susurra al oído. Eso es todo. Usted la encuentra y yo le doy el dinero de la hipoteca y algo más y mi amigo le encuentra un trabajo; quizá hasta pueda hacerlo volver a Champion.
 -¿Quién es el que quiere encontrar a la chica?
 -Nada de nombres, Easy. Es la mejor manera. 
 -Lo que pasa es que detestaría encontrarla y que después me viniera un madero con alguna mierda como que yo fui el último al que vieron con ella… antes de que desapareciera.
 El blanco rió y sacudió la cabeza como si yo le hubiera contado un chiste bueno.
 -Todos los días pasan cosas, Easy –dijo-. Todos los días pasan cosas. Usted es un hombre instruido, ¿no?
 -Claro.
 -Así que lee el diario. ¿Lo ha leído hoy?
 -Sí.
 -¡Tres asesinatos! ¡Tres! Solamente anoche. Todos los días pasan cosas”.

martes, 13 de octubre de 2015

"El teorema del loro".- Denis Guedj (1940-2010)

 
Resultado de imagen de denis guedj 

10.-El encuentro de un cono con un plano
 "-Ya va, ya va. Tales, Pitágoras, Hipaso de Metaponte, Hipócrates de Quíos, Demócrito, Teeteto, Arquitas de Tarento, todos los pensadores griegos que han hecho las matemáticas como las conocemos, ¿quiénes son?, ¿qué hacen en la vida?, ¿cuál es su lugar en la sociedad?
 No son esclavos, ni funcionarios del Estado como los matemáticos-calculadores babilonios o egipcios, los cuales pertenecían a la casta de los escribas o a la de los sacerdotes, detentando el monopolio del conocimiento y del cálculo. Los pensadores griegos no tienen que rendir cuentas a ninguna autoridad. No hay rey ni gran sacerdote para decidir cuál será la índole de su trabajo o poner límite a sus estudios. ¡Los pensadores griegos son hombres libres! Pero... [...]
 -... pero tienen que defender su punto de vista ante sus iguales -prosiguió Ruche.
 Luego explicó a Léa que, aunque perteneciesen a una "escuela", esos hombres eran pensadores individuales, lo cual era una posición social inédita. Se afirmaban como individuos haciendo uso de su libertad de pensamiento, planteando tesis, desarrollando teorías. Sobre ellos recaía el tener que defenderlas. Eran responsables de sus "productos", no ante una autoridad particular, sino ante cualquier persona que, disfrutando del mismo derecho de libertad, les criticara, replicase o contradijera. Eran semejantes a sus conciudadanos en el aspecto político, pero en el de las ideas eran los ciudadanos del pensamiento.
 -La Grecia de esa época no era un imperio sino una constelación de ciudades, ciudades-Estado, independientes. Unas tenían sistemas de gobierno tiránico, otras democrático. En estas últimas, los ciudadanos participaban de modo intenso en la vida política, pero eso ya lo sabes. Lo que tú quizás no sepas es que en Atenas había asambleas de 7 a 8.000 ciudadanos, ¡y cada uno podía tener turno de palabra! Imagina lo que debía de ser eso. La cantidad de agudos argumentos para convencer y granjearse la adhesión. Y, al terminar la sesión, todo el mundo votaba ¡y todos los votos valían lo mismo! En los tribunales de justicia no se remitían ni al juicio de Dios, ni al del rey, sino al de unos jueces y jurados populares a los que había que convencer. Debates políticos, debates jurídicos, debates filosóficos.
 -¿Y las matemáticas? ¡No hace más que dar vueltas alrededor de la cuestión!
 -Alrededor no. ¡Doy vueltas en ella! [...]
Volviendo a la discusión con el ardor que atribuía a los griegos, Ruche siguió:
 -Sólo se puede discutir verdaderamente si se está de acuerdo en un mínimo. Con ese mínimo aceptado, ¡adelante! Tú me dices, yo te digo, adelantas esto, te replico lo otro, afinas tus argumentos, afino los míos. ¿Quién tiene razón al final? ¿Cómo arbitrar? ¿Quién tiene la última palabra?
 Los pensadores griegos, en el tema científico y en particular las matemáticas, han profundizado en dos direcciones. En relación con la argumentación política, jurídica o filosófica, y en relación con las matemáticas egipcias y babilonias. Los matemáticos griegos plantearon dos exigencias.
 Los filósofos, los políticos y los juristas griegos sobresalían en el arte de la persuasión, pero en su ejercicio tenían límites, si podemos así decirlo. La persuasión no anula totalmente la duda. Las matemáticas exigieron algo más allá de la simple persuasión. ¡Exigieron la irrefutabilidad! Querían convencer de forma tal que nadie pudiera refutar lo que planteaban, porque tenían la pretensión de aportar en todo momento justificaciones que disiparan cualquier duda. ¡Querían pruebas absolutas! Los matemáticos griegos con eso se desmarcaron de los otros contemporáneos que presentaban pruebas.
 Y se desmarcaron de sus predecesores babilonios y egipcios rechazando que la intuición bastase para legitimar verdades matemáticas, rechazando igualmente las pruebas numéricas. Me convenzo de una cosa porque la veo y te convenzo porque te la muestro. Ésa era la prueba concreta usada a orillas del Eúfrates y del Nilo. Los matemáticos griegos rehusaron conformarse con este tipo de pruebas materiales, y exigieron algo más: la demostración.
 -¿No había demostración antes de ellos? -preguntó Léa sorprendida.
 -No. Fueron ellos quienes la inventaron. [...]
 -Pero el rechazo de la intuición y la evidencia concreta tiene una consecuencia: abre la puerta a la inquietud. Si no basta ver para creer, si no basta que te lo muestre para que me creas, ¿qué es lo que asegura que es verdad lo que afirmo? ¿Cómo convencerme, cómo convencerte de la verdad que enuncio? ¿Quién me tranquilizará? Surgen las mismas preguntas que los pensadores griegos se plantearon por vez primera en la historia de los hombres: "¿cómo pensar? ¿Por qué pienso lo que pienso? ¿Cómo asegurarme de que lo que pienso es válido?"