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domingo, 25 de octubre de 2020

Crónicas virtuales.- Margarita Rivière (1944-2015)

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4.-Ángeles con el culo al aire

  «En 1994 se puso de moda el sujetador maravilloso o wonderbra, obra cumbre del kistch de la ingeniería corsetera y la tecnología de la puntilla irrompible. Y se armó el mayor follón global desde la guerra del Golfo.
 Lo interesante del fenómeno no era, desde luego, que las tetas de las señoras pudieran crecer de forma inverosímil gracias a esta prótesis que no tenía nada de nuevo, sino que no hubo periódico, revista, televisión o escenario mediático que no dedicara tiempo, espacio, especialistas y generalistas, opinantes y sabios a glosar la maravilla. A mí aún me asombra.
 Con el wonderbra, los símbolos sexuales se ponían en el escenario cotidiano a todas horas, culminando una tendencia a la exhibición proporcionalmente igual al incremento de los "peligros" del sexo.
 Cuando se habla de "peligros" todo el mundo piensa en el sida, pero no resultaban menos novedosos los procesos legales, no sólo en los Estados Unidos, por algo llamado "acoso sexual", una figura no exclusiva de lo masculino; también ha habido mujeres "acosadoras". Los avances de la genética y de la biología, con la posibilidad de concebir hijos sin realizar el acto sexual, o de alquilar úteros y acudir a bancos de semen, enmarcaban la situación.
 Por un lado, los símbolos del sexo se ofrecían como objeto de consumo obligatoriamente asequibles, y por otro lado se mantenía su "culpabilidad": la esquizofrenia se reforzaba.
 Pero en el horizonte había algo más inquietante: la propia utilidad del sexo. Concebir hijos era ya, sin duda, un acto económico más: cualquiera en este mundo nuestro de privilegiados se planteaba cómo mantendría un hijo antes de engendrarlo. ¿Y el placer? ¿El sexo es placer? Eso fue lo que defendieron las generaciones de la revolución del 68 y del pop, la generación que creció entre la píldora y el sida, hijos aún de Freud. Unos ingenuos redomados.
 El ver al sexo como fuente casi única de placer, de felicidad, hizo florecer toneladas de literatura y controversia y generó toda una cultura que colocó el orgasmo en el centro de la vida, para bien y para mal. Lo cual desembocó, naturalmente, ¿cómo iba a ser de otra forma?, en la comercialización y mercantilización del orgasmo: el consumismo y el espectáculo se desarrollaron a imagen y semejanza del placer sexual. Ésa fue la verdadera utilidad del sexo.
 La compra y el voyeurismo/exhibicionismo tomaron el relevo como sucedáneos del placer humano y la felicidad en la cultura de masas desarrollada desde los setenta. Lo cual significaba que la frustración no provenía ya de una deficiente vida sexual -fue un triste e inmerecido adiós a Freud-, sino de la imposibilidad de acceder al consumo y al espectáculo.
 Que esta explosión mediática del wonderbra sucediera en un mundo habituado a orgasmarse con mercancías y ya resignado, tras la plaga del sida, a mirar mucho y tocar poco, que eso es a fin de cuentas la realidad virtual, marcó un verdadero hito en el caldo del papanatismo compartido entre la moda y los media. El caso del wonderbra tuvo la virtud de ser la expresión sintética del tópico de la nueva sensibilidad: mirar, exhibir, comprar, comunicar...
 Una revista, muy seria, de historia* incluso me pidió un artículo sobre el asunto. Así que la cuestión no debía ser menor. "Alguna razón debe de haber (para que todo sea wonderbra)", reflexionaba yo en ese artículo y citaba las siguientes:
 "El aburrimiento de la sociedad consumista es mayor del sospechado. A la gente le entretiene cualquier tontería". Si no es así, ¿cómo van a dedicarle tan carísimos tiempos y espacios los medios de comunicación? Luego se ha visto que justamente eso, aburrirnos con falsas novedades, es lo que más felices hace a los medios, con lo cual no es extraño que estén en crisis.
 "Falta de memoria posmoderna. Se ha olvidado que el auténtico wonderbra fue el de Brigitte Bardot, lanzado en 1969 bajo el escote de un vestidito a cuadros vichy: ¡aquello sí que tuvo mérito! Se trataba de competir con las tetas de las maggiorate italianas como Loren o Lollobrigida y con las de las pin-up norteamericanas tipo Monroe o Mansfield". Recordemos que las tetas femeninas entonces aún significaban cosas concretas: sexo, por ejemplo.
 "Con estos olvidos se confirma que nuestra cultura no inventa nada sino que es un perpetuo revival. ¿Qué otra cosa es Claudia Schiffer sino un remedo, tamaño teutón, de B.B.?" La gloria del sujetador maravilloso era precisamente la de la no invención, la ausencia de novedad y el simulacro de gran descubrimiento: una moda obligada por tanto, un tema de conservación inducido, igual que lo es el fútbol, por ejemplo.
 "Las tetas de las señoras siguen teniendo morbo", eso decía, ingenua de mí, "lo cual no es nada nuevo, y ya se sabía antes de la invención del sostén, en 1914, por una higienista norteamericana llamada Mary Jacobs. Posiblemente, en la época del sida se trata, otra vez, de mirar más que de tocar. El wonderbra, estímulo del voyeurismo, puede ser la piedra de escándalo que esperaban los neopuritanos, siempre dispuestos a rasgarse las vestiduras y confirmar lo malos que somos todos". El escándalo ha sido el vehículo más seguro para llamar la atención del mundo sobre cualquier cosa en la última década: el del wonderbra es un ejemplo de libro.
 "Lo obvio: el wonderbra mueve mucho dinero. Es un gran negocio porque el escándalo, hoy más que nunca, es negocio. Eso es lo que más interesa ahora a los medios de comunicación, por no decir lo único. La información es mercancía, producto que se cocina en la salsa del horror banal y rentable. Los periodistas son los sacerdotes de ese condimento en el que se mezcla el wonderbra con Ruanda, la corrupción y las teorías conspiratorias". Ningún periodista, ni yo misma, pudo resistir la imparable oleada del tema wonderbra.
Resultado de imagen de crónicas virtuales "La provocación feminista: el wonderbra sugiere el mensaje de que las señoras más vale que tengan tetas que cabeza. ¿Por qué no se pueden tener a la vez tetas y cabeza?" Operaciones globales como la del wonderbra han intentado, por todos los medios, que no se tuvieran ni tetas ni cabeza.
   "Puede haber más razones, pero hay una especialmente incordiante: la actual manía, rayana en la desfachatez, de dirigir gustos y pensamientos colectivos, como si unos cuantos se hubieran conchabado para decirnos lo que hay que hacer, de lo que hay que hablar, en qué hay que pensar. ¿Hay salvación posible fuera del wonderbra?"
 ¿Tuvo éxito el wonderbra? Mucho: un completo éxito mediático, instantáneo, momentáneo, fugaz. Todo el mundo habló de él durante cinco minutos al menos cinco días en todo el mundo occidental. ¿Llevaron las mujeres el wonderbra? ¿Exigieron los hombres que las mujeres llevaran wonderbra? Ni lo uno ni lo otro: el "sujetador maravilloso" entró de lleno en la feminidad más tópicamente femenina de nuestra época, la de los/las drag-queens que lo hicieron suyo, pero la mayoría de las mujeres lo ignoraron.
 Un broche de oro para la apoteósica carrera, comenzada hace casi un siglo, del sujetador, uno de los símbolos/fetiches del sexo en esta época  y un elemento tan definitorio de nuestra civilización como la bombilla.»
 
* L'Avenç, noviembre de 1994.
 
    [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Anagrama, 1998, pp. 61-66. ISBN: 84-339-0560-0.]
 

martes, 1 de octubre de 2019

Esta salvaje oscuridad. La historia de mi muerte.- Harold Brodkey (1930-1996)

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Fines de otoño de 1995

«Estoy tomando los últimos medicamentos de la larga lista que recetan cuando tienes sida. Ahora me despierto con miedo; es una forma de miedo extraña: geométrica, limitada, final.
 Estar así enfermo combina la conmoción -esta vez moriré- con un dolor y un sufrimiento que no son familiares, que me arrancan de mí mismo. Es como vivir el propio funeral, como vivir la pérdida en su forma más pura y vasta; además de ser desconocida, en esta cruel oscuridad no se puede entrar como uno mismo. Uno ya pertenece por entero a la naturaleza, al tiempo: la identidad era un juego. No es cruel lo que pasa después, es tan sólo una forma de ser apresado. Hay que poner fin a la memoria, completa y clara o huidiza, hay que hacerla a un lado, como si uno saliera de la capilla y terminara la oración mentalmente. Es la muerte lo que baja al centro de la tierra, a esa gran iglesia funeraria que es la tierra, y luego va a los confines curvos del universo, como se dice que hace la luz.
 Llamémosla fosa, la fosa melodramática: el insondable miedo del mundo tiene al final un fondo de sangre y es el fin de la conciencia. Sin embargo no me despierto enfadado ni rabiosamente dispuesto a combatir o acusar. (No sé por qué, nunca tuve mucha rabia. Tenía determinación y empeño, pero rabia no. A menudo pensaba que los hombres hedían a rabia; por eso prefería a las mujeres y a los homosexuales.) Me despierto con la noción no del todo enfermiza de ser meramente joven otra vez y estar en paz de un mundo extraño, observador consciente del transcurso del tiempo, consciente de que ha ocurrido la última metamorfosis.
 Estoy en un especie de adolescencia al revés, tan misteriosa como la primera, salvo que esta vez la siento como una declinación de las posibilidades de vivir un tiempo más, de poder pasarla durmiendo. Y como una alteración del lenguaje: no puedo decir Te veré este verano. No puedo vivir sin dolor, y la fuerza a la cual recurro todo el día es la de Ellen. Por momentos no consigo creer del todo que alguna vez haya estado vivo, que alguna vez fui otro ser y escribí, y amé o no fui capaz de amar. En realidad no comprendo esta eliminación. Puedo comprender que algo se cierre, que un gran poder me reemplace por otro (y por el silencio), pero esta incapacidad de tener una identidad ante la muerte creo que nunca lo vi en ninguna de las escenas de la muerte ni en las descripciones de la vejez que he leído. Es curioso que mi vida se haya tambaleado hasta tal punto que mis recuerdos ya no sean aptos para el cuerpo en el que se forman mis palabras.
 Quizá digan ustedes que he hecho muy poco con mi vida, pero la douceur, si ésa es la palabra, la palabra de Tayllerand, fue abrumadora. Dolorosa, cegadora y maravillosa.
 Tengo aún miles de opiniones -pero es lo que queda de millones- y, como siempre, no sé nada.
 No sé si la oscuridad crece por dentro o si estoy disolviéndome, explotando suavemente en trocitos constitutivos de otras existencias: microexistencia. Soy sensible a la velocidad de los momentos y al entrar en la zona de mi cabeza alerta al movimiento del mundo como conciencia de que la vida nunca fue perfecta, sin tacha. Esto da satisfacción, incluso temeridad. Separación, desapego, muerte. Contemplo la insistencia de uno u otro en los méritos de su vida -deberes, intelecto, realizaciones- y veo que es casi todo un sinsentido. Y yo, mierda, soy un genio o un fraude, o bien -como en realidad pienso- desde el pliegue más temprano de la memoria estoy poseído por voces y acontecimientos y nunca he existido salvo como un jardín de Illinois donde estas cosas se interpretan e interpretarán una y otra vez hasta que muera.
 Me molesta saber que no veré el final del siglo porque, cuando era joven, en Saint Louis, recuerdo haberle dicho a Marilyn, mi hermana adoptiva, que era eso lo que quería vivir: setenta años. Y entonces ver los festejos. Recuerdo la luz real de la habitación; digo real porque no es una luz de sueño. Marilyn es muy bonita, con un toque de exhibicionismo, generosa de carnes y quiere no ser nunca vieja como la abuela. Si está viva, hoy andará por los setenta; si la viese por la calle tal vez no la reconocería.
 Yo -tenía seis o siete años- le preguntaba a todo el mundo, y era a todo el mundo, los niños de la escuela, los maestros, las mujeres de la cafetería, los padres de otros muchachos: "¿Tú cuánto quieres vivir?" Supongo que el secreto de la pregunta era: ¿Con qué disfrutas? ¿Te gusta vivir? ¿Tratarías de seguir viviendo en cualquier circunstancia?
 Hasta el fin del siglo, decía yo cuando me preguntaban. Bien, no lo conseguiré.
 Las historias reales, las historias autobiográficas, como algunas novelas, empiezan hace mucho, antes de las acciones registradas, antes de que nacieran algunas personas del relato. De modo que una autobiografía sobre la muerte debería incluir, en mi caso, una crónica de la judería europea y de acontecimientos rusos y judíos: pogromos, huidas, asesinatos y la revolución que empujó a mi madre a venir aquí. (Una familia de rabinos como la mía, que puede rastrearse a lo largo de cuarenta siglos, es una red de cópulas que engloba a la mitad del mundo y sus huellas genéticas, de modo que, si yo echo a vagar por los relatos de mí mismo, me encuentro con sombras de Nuremberg, Hamburgo o San Petersburgo.) Asimismo debería escribir una invocación a Norteamérica, a Illinois, a ciertos rincones del mundo, y a la inmigración, al nomadismo, al orgullo de las mujeres, a lascivias y, en algunos casos, a prudencias. Debería hacer una frase musical que se fuera repitiendo sobre la cuestión de la clase social tal como se combina con la creencia apasionada y la autodefinición, un ritmo sobre los que insisten en que ellos mismos y no la sociedad, no las nociones prefijadas, definen quiénes son. En esa gente se basa mi vida, mi obra y mis sentimientos.»

 [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Anagrama, 2001, en traducción de Marcelo Cohen. ISBN: 84-339-6931-5.]

viernes, 24 de agosto de 2018

Al amigo que no me salvó la vida.- Hervé Guibert (1955-1991)


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«1.- Durante tres meses tuve el SIDA. O, más exactamente, creí durante tres meses que me hallaba condenado por esa enfermedad mortal que se llama SIDA. Pero no eran imaginaciones mías, lo padecía realmente, lo probaba el test, que había dado positivo, al igual que los análisis que habían demostrado que en mi sangre se iniciaba un proceso de destrucción. Mas, al cabo de tres meses, una casualidad extraordinaria me hizo creer, estar casi seguro de que podría evitar esa enfermedad considerada aún por todo el mundo como incurable. De la misma manera que no había dicho a nadie, salvo a mis amigos -que puedo contar con los dedos de una sola mano-, que estaba desahuciado, no le dije a nadie, excepto a esos escasos amigos, que iba a salvarme, que yo iba a ser, gracias a esa casualidad extraordinaria, uno de los primeros supervivientes en el mundo de esa enfermedad inexorable.
 2.-Hoy, día en que comienzo este libro, el 26 de diciembre de 1988, en Roma, adonde he venido solo contra viento y marea, huyendo de ese puñado de amigos que, inquietos por mi salud moral, han intentado convencerme de no hacerlo, hoy, día festivo en que todo está cerrado y en que cada transeúnte es un extranjero, en Roma, lugar donde compruebo definitivamente que no amo a los seres humanos, y donde, dispuesto a todo para huir de ellos como de la peste, no sé con quién ni dónde comer, varios meses después de esos tres meses durante los cuales, plenamente consciente, estaba seguro de hallarme condenado, y de los meses siguientes en los que creí, gracias a esa casualidad extraordinaria, haberme librado de esa condena, hoy, entre la duda y la lucidez, oscilando entre el desaliento y la esperanza extremos, no sé tampoco a qué atenerme sobre nada respecto de esas cuestiones cruciales, de esa alternancia entre la condena y el restablecimiento, ignorando si esa promesa de salvación es una trampa que se me ha tendido, como una emboscada, para calmarme, o si se trata realmente de una historia de ciencia ficción en la que yo sería uno de los protagonistas; no sé si es ridículamente humano creer en esa gracia y en ese milagro. Entreveo la arquitectura de este nuevo libro que he retenido en mí durante estas últimas semanas, pero ignoro cuál será su desarrollo completo, puedo imaginar varios finales, todos los cuales dependen por el momento de la premonición o del deseo, mas el conjunto de su verdad permanece oculto para mí; me digo que este libro sólo tiene su razón de ser en ese margen de incertidumbre que es común a todos los enfermos del mundo.
 3.-Estoy solo aquí y hay personas que se compadecen de mí, que se inquietan por mi salud, que piensan que me estoy maltratando, esos amigos que pueden contarse con los dedos de una mano según Eugénie me llaman regularmente con compasión, a mí que acabo de descubrir que no amo a los seres humanos, no, decididamente no les amo, les odio más bien, lo cual lo explicaría todo, ese odio tenaz que he sentido desde siempre. Comienzo un nuevo libro para tener un compañero, un interlocutor, alguien con quien comer y dormir, al lado del cual soñar y tener pesadillas, el único amigo que en estos momentos puedo soportar. Mi libro, mi compañero, al principio, en su premeditación, tan riguroso, ha comenzado ya a hacer de mí lo que le da la gana, aunque aparentemente sea yo el amo absoluto de esta navegación aproximativa. Un diablo se ha deslizado en mis bodegas: T. B. He dejado de leerlo para interrumpir el envenenamiento. Se dice que cada nueva contaminación del virus del SIDA a través de un fluido, la sangre, el esperma o las lágrimas, vuelve a atacar al enfermo ya contaminado, quizá se afirme eso para evitar que el daño se agrave.
[...]
 5.-Sentí acercarse la muerte en el espejo, en mi mirada en el espejo, mucho antes de que se instalara realmente en mi cuerpo. ¿Arrojaba ya esa muerte por mi mirada a los ojos de los demás? No le dije a todo el mundo que estaba enfermo. Hasta entonces, hasta el momento de comenzar el libro, no se lo había dicho a todo el mundo. Me hubiera gustado haber tenido, como Muzil, la fuerza, el orgullo inaudito, y la generosidad también, de no decírselo a nadie, para que las amistades pudiesen vivir libres como el aire y despreocupadas y eternas. Pero ¿qué hacer cuando se está agotado y la enfermedad llega incluso a amenazar la amistad? Por un lado están los amigos a los que se lo dije: Jules, David, Gustave y Berthe; hubiera querido no decírselo a Edwige, pero sentí desde el primer día que comimos juntos en silencio y mintiendo que ello la alejaba de una manera horrible de mí y que, si no tomaba con ella de inmediato el partido de la verdad, luego sería irremediablemente demasiado tarde, así que se lo dije, para continuar siendo sincero con ella; a Bill debí decírselo por no tener más remedio y me pareció que perdía en ese instante toda libertad y todo control sobre mi enfermedad; y también se lo dije a Suzanne, porque es tan vieja que ya no tiene miedo de nada, porque nunca ha amado a nadie salvo a un perro por el que lloró el día en que lo mandó a la perrera, Suzanne que tiene noventa y tres años y cuyo potencial de vida igualaba yo con esa confesión, que su memoria podía hacer también irreal o borrar en cualquier momento, Suzanne que era capaz de olvidar inmediatamente algo tan tremendo. No se lo dije a Eugénie, estoy comiendo con ella en La Closerie, ¿lo ve ella en mis ojos? Me aburro cada vez más con ella. Me da la impresión de no tener relaciones interesantes más que con las personas que conocen mi estado; alrededor de esa noticia todo se ha vuelto nulo para mí, se ha desmoronado, carece de valor y de sabor, en los lugares donde la amistad no trata de ella cada día, donde mi rechazo me abandona. Confesárselo a mis padres sería como exponerme a que el mundo entero me cagase en el mismo momento en la jeta, como que me cagasen en la jeta todos los mediocres de la tierra, como dejar que mi jeta fuese machacada por su mierda infecta. Mi preocupación principal en todo este asunto es morir lo más lejos posible de la mirada de mis padres.»
 
 [El texto pertenece a la edición en español de la editorial Círculo de Lectores, en traducción de Rafael Panizo. ISBN: 84-226-3978-5.]