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viernes, 16 de agosto de 2019

Al revés.- Joris-Karl Huysmans (1848-1907)

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XI

«Se arrellanó en una butaca y se reconcentró.
Desde hacía años era hábil en la ciencia de husmear. Pensaba que el olfato podía experimentar goces iguales a los del oído y de la vista, porque, a consecuencia de una disposición natural y de un cultivo erudito, cada sentido era susceptible de percibir impresiones nuevas, de duplicarlas, de coordinarlas, de componer con ellas ese total que constituye una obra. Y al fin y al cabo, la existencia de un arte que despidiese odorantes fluidos no era más anormal que la de otros que destacan ondas sonoras o hieren con rayos diversamente  coloreados la retina de un ojo. Claro que, por la misma razón que sin una intuición particular desarrollada por el estudio nadie puede discernir entre una pintura de un gran maestro y un mamarracho, entre un aire de Beethoven y un aire de Chapisson, nadie tampoco, sin una iniciación previa, puede no confundir al primer intento un bouquet creado por un artista sincero con un revoltijo fabricado por un industrial para la venta en droguerías y bazares. 
 En este arte de los perfumes le había seducido, entre todos, un aspecto: el de la precisión ficticia.
 Los perfumes no proceden casi nunca, en efecto, de las flores cuyo nombre llevan. El artista que osara tomar sólo a la naturaleza sus elementos no produciría más que una obra bastarda, sin verdad, sin estilo, pues la esencia obtenida por la destilación de las flores no podría ofrecer sino una remotísima y vulgarísima analogía con el aroma mismo de la flor viva cuando expande sus efluvios en plena tierra.
 Así -con excepción del inimitable jazmín, que no acepta ninguna fabricación artificial ni ninguna similitud y que rechaza hasta los perfumes que se le asemejan-, todas las flores están representadas exactamente por alianzas de alcoholatos y de espíritus, sustrayendo al modelo su personalidad misma y añadiendo a ello esa minucia, ese tono mayor, ese humillo capitoso, ese toque raro que califica a una obra de arte.
 En resumen, en la perfumería el artista remata el olor inicial de la naturaleza, cuya fragancia labra y aumenta cual un joyero purifica las aguas de una piedra y la hace valer más.
 Poco a poco, los arcanos de este arte, el más descuidado de todos, se habían abierto ante Des Esseintes, que descifraba entonces esa lengua varia y tan insinuante como la de la literatura, ese estilo de una concisión inusitada bajo su apariencia flotante y vaga.
 A tal fin, le había sido preciso por lo pronto trabajar en la gramática de los perfumes, comprender la sintaxis de los olores, penetrarse bien de las reglas que lo rigen, y una vez familiarizado con este lenguaje, comparar la obra de los maestros -Atkinson y Lubin, Chardin y Violet, Legrand y Piesse-, desensamblar la construcción de sus frases, pesar la proporción de sus palabras y el orden de sus períodos.
 Después, en este idioma de los fluidos, la experiencia debía apoyar las teorías muy a menudo incompletas y banales.
 La perfumería clásica era, en efecto, poco diversa, casi incolora, y estaba adaptada a un molde fundido por químicos antiguos. Chocheaba, confinada en sus viejos alambiques, cuando el período romántico había nacido y la había modificado, tornándola más joven, más maleable y más dúctil.
 Su historia seguía paso a paso la de nuestra lengua. El estilo perfumado Luis XIII, compuesto de los elementos gratos en aquella época -el polvo de iris, el almizcle, la algalia y el agua de mirto, designada ya con el nombre de "agua de los ángeles"-, apenas si era suficiente para expresar las gracias desenvueltas y las tintas un poco crudas del tiempo que nos han conservado ciertos sonetos de Saint Amand. Más tarde, con la mirra, el incienso, las fragancias místicas, poderosas y austeras, el aspecto pomposo del "gran siglo", los artificios redundantes del arte oratorio, el estilo ampuloso, sostenido, frondoso, de Bossuet y de los maestros del púlpito, fueron casi posibles. Más tarde todavía, las gracias fatigadas y sabias de la sociedad francesa bajo Luis XV encontraron más fácilmente su intérprete en la frangipana y la "mariscala" que en cierto modo dieron hasta la síntesis de aquella época. Después, tras el fastidio  y la incuria del Primer Imperio, que abusó de las aguas de Colonia y de las preparaciones a base de romero, la perfumería, en pos de Víctor Hugo y de Teófilo Gautier, se lanzó hacia los países del sol. Creó perfumes orientales, "zalemas" fulgurantes de especias; descubrió entonaciones nuevas, antítesis hasta entonces olvidadas; entresacó y recogió antiguos matices que complicó, que sutilizó, que combinó; rechazó súbitamente, en fin, la voluntaria decrepitud a la cual la habían reducido Malesherbes, Boileau, Andrieux y Baur Lormian, bajos destiladores de sus poemas.
 Pero esta lengua no había permanecido estacionaria desde el período de 1830. Había evolucionado, y modelándose al paso del siglo, había avanzado paralelamente a las otras artes. También ella se había plegado a los deseos de los aficionados y de los artistas, lanzándose sobre el chino y el japonés, imaginando álbumes odorantes, imitando los ramilletes de flores de Takeoka, obteniendo con alianzas de espliego y de clavo el olor de la asarina; con un maridaje de pachuli y de alcanfor, el aroma singular de la tinta china; con los compuestos del acitrón, del clavo y del azahar, la emanación de la hovenia del Japón.
 Des Esseintes estudiaba, analizaba el alma de estos fluidos, haciendo la exégesis de sus textos; se complacía en desempeñar para su satisfacción personal el papel de un psicólogo, en desmontar y volver a montar los engranajes de una obra, en desatornillar las piezas que forman la estructura de una exhalación compuesta, y con este ejercicio, su olfato había llegado a tener la seguridad de una maestría casi impecable.
 Lo mismo que un vinatero reconoce el vino con husmear una gota; que un vendedor de lúpulo, en cuanto olfatea un saco, determina su valor exacto; que un negociante chino puede inmediatamente revelar el origen de los tés que huele, decir en qué granjas de los montes Boheos o en qué conventos búdicos ha sido cultivado, así como la época en que han sido cogidas sus hojas, y precisar el grado de torrefacción, la influencia que ha sufrido con la vecindad de la flor del ciruelo, de la aglea, de la Olea fragrans y de todos los perfumes que sirven para modificar la naturaleza del té, para añadirle un realce inesperado, para introducir en su humillo un poco seco un perfume de flores lejanas y frescas, también Des Esseintes, respirando un asomo de olor, podía al punto descubrir las dosis de su mezcla, explicar la psicología de su mixtura, casi citar el nombre del artista que la había escrito y le había impreso la marca personal de su estilo.
 No hay para qué decir que poseía la colección de todos los productos empleados por los perfumistas; tenía hasta verdadero bálsamo de la Meca, ese bálsamo tan raro que no se cosecha más que en ciertas partes de Arabia y cuyo monopolio pertenece al Gran Señor de Turquía.»
 [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Bruguera, 1986, en traducción de Germán Gómez de la Mata. ISBN: 84-02-10668-4.]

jueves, 29 de marzo de 2018

La úlcera.- Juan Antonio de Zunzunegui (1900-1982)

«No fue malo el comienzo de la librería. Sus primeras ventas y alquileres entre empleados y obreros fueron numerosos. Tenía la obsesión de la cultura y de la ciencia y hacía gala de tener en sus estanterías las obras maestras del pensamiento y de la literatura universal. En las tabernas hablaba a los obreros y a los pescadores de los beneficios de la cultura y metió entre ellos a veces, sin cobrarles el préstamo, libros de política, de historia y de religión. Albergaba la ilusión de ver en seguida cultas y disertas aquellas pobres gentes que apenas sí sabían leer, y que los que sabían disfrutaban la cabeza enmohecida por tan larga dieta.
 Sin embargo, una cierta preocupación y hambre de lectura cundió entre ellos. El párroco y las fuerzas vivas del pueblo empezaron a intranquilizarse.
 "El americano" les habló en cierta ocasión del origen del hombre, y les hizo leer a algunos El origen de las especies, de Darwin. Bastó esto para que en seguida se empezase a decir por el pueblo que "el americano" aseguraba que todos veníamos del mono.
 Las beatas, al divisarle en la calle, hacían la señal de la cruz y pasaban a la otra acera por no tener con él el menor roce. 
 Su fama de hereje se extendió en seguida. Y su situación en el pueblo empezó a hacerse imposible. Vivía en el primer piso, sobre la librería, una viuda muy beata, y en cuanto estaban reunidos en tertulia los hombres pensantes del pueblo se fundían los plomos de la luz de toda la casa. Tenían que continuar la discusión con velas, y las ventas y alquileres disminuían. Aumentando, en cambio, con los apagones los robos de libros, que luego aparecían despedazados a la puerta de la tienda. Unos días que la viuda se fue al campo, a casa de unos parientes, "el americano" pareció respirar, pero, cuando menos lo esperaba, se encontró con los cielos rasos y los tabiques ablandados por el agua. Tuvo que retirar precipitadamente los libros de las estanterías ante el temor de que se le empapasen como bizcochos. En seguida fue toda la librería un charco. Subieron al piso de la viuda, derribaron la puerta y se encontraron con que al marchar había dejado recogidos los muebles y abiertas todas las fuentes.
 Pero el asunto se le puso francamente mal cuando le culparon de los ataques de enajenación que empezaron a darle a un zapatero de la calle de Castelar, hombre de ideas muy avanzadas, porque le encontraron un robustísimo volumen de la librería de préstamo, titulado El capital, de un tal Carlos Marx. Pero la situación para "el americano" se hizo ya imposible cuando "los niños de San Tarsicio" empezaron a organizar camorras delante de la tienda para, con el pretexto, tirarle en el local proyectiles blandos y odorantes. En dos o tres horas no había quien parase en cien metros a la redonda. Era un olor putrefacto y nauseabundo el de los proyectiles. Los preparaba un químico danés, muy amigo del párroco, para matar ratas en los barcos. Una bolita de éstas y escapaban los intelectuales y el dueño y las ratas..., y no escapaban los libros porque no podían. La tienda quedaba así abandonada y al garete, y en una semana nadie se atrevía a tocar ni un papel.
 Por entonces empezó a frecuentar la tertulia de "el americano" Pablito. Pablito era hijo único del más importante industrial de la región. Su padre tenía a la salida del pueblo la mejor fábrica de salazón de la provincia. Era un hombre muy rico, tanto como su hijo impertinente. Pablito estudiaba medicina en Valladolid con gran lucimiento. Inteligente y aprovechado, buena figura y un papá con millones, disfrutaba de generales antipatías en el pueblo. Pero es que él se las buscaba con una enfermiza fruición.
 -¡Ah, el placer de la impertinencia! -exclamaba-. En los pueblos pequeños la impertinencia es un deber y una obligación.
 Por eso, en cuanto la gente se puso frente a "el americano" tildándole de hereje, Pablito lo buscó, se hizo su inseparable y durante las vacaciones no salía de su tertulia y de su librería.
 Aquel verano en que los niños de San Tarsicio iniciaron su dolorosa campaña, Pablito cogió de un brazo a "el americano" y se lo llevó a ver al alcalde.
 Entró Pablito pegando gritos:
 -¡A ver dónde está ese baldragas!
 -Por Dios, don Pablo, que es la primera autoridad -le recordó el oficial mayor.
 -Eso es lo que debía ser y no es.
 Al fin, les pasaron ante la primera supuesta autoridad, que, asustada, no se atrevió a garantizarles el orden.
 Pablito salió rugiendo:
 -¡Estamos en manos del oscurantismo más beocio!
 "El americano", ya sin sangre, deploraba el día en que se le ocurrió poner tal chapuza.
 Pocos días después el dueño de la casa le anunciaba que, de seguir los alborotos frente a su tienda, se vería en la necesidad de despedirle.
 Una mañana recibió un aviso del señor párroco para que pasase por su casa. Se presentó en seguida. Era el párroco don Roberto un riojano cachazudo, lleno de merecimientos y virtudes, pero sin pelos en la lengua.
 -¿Qué andas, qué andas por ahí diciendo que si todos venimos del mono? -le soltó de buenas a primeras.
 -Aún hay clases, don Roberto, aún hay clases... Todos, no; algunos, sólo algunos. Pensar que ciertas personas puedan venir del mono es ofensivo para los monos.
 -Si tu pobre madre levantara la cabeza y te oyera estas patochadas...
 Se volvió y sacó un pitillo de una cajita que había sobre la mesa.
 -Anda, ten y siéntate.
 Se pusieron a fumar. 
 -¿Por qué no piensas en otro negocio distinto de ése de venta y préstamo de libros?
 -Ahora ya... después de que he metido ahí todo mi dinero...
 -Eso se podría arreglar..., piénsalo, anda... y me vienes a ver otro día.
 Se levantó, descolgó la teja y la capa de una percha y avanzó hacia la puerta.
 Salieron juntos a la calle.
 La gente les miraba un tanto extrañada. "El americano" iba vendido. Al llegar a la plaza intentó separarse.
 -¿A dónde vas?
 -A la tienda.
 -Acompáñame hasta la playa, que tengo que ver a un enfermo.
 Le hizo atravesar con él todo el pueblo.
 Aquella noche en la tertulia les planteó a los amigos el caso.
 -Tiene razón, don Roberto -le interrumpió Ramonchu-. ¿Qué necesitas tú meterte en libros de caballerías?... Todos los que habéis andado por la otra orilla venís con la preocupación del progreso y de la cultura, y la cultura no es que lo obreros y las gentes humildes lean...; ya ves, es más culto un campesino analfabeto de tierras góticas de Palencia que un obrero de las fábricas de salazón que lee El Capital, de Carlos Marx, y todos esos folletos religiosos y políticos que tú les estás dando para que se los traguen como pan bendito...»

 [El extracto pertenece a la edición en español de editorial Planeta, 1997. ISBN: 84-08-46086-2.]

martes, 25 de abril de 2017

"Doce pequeños huéspedes".- Karl R. von Frisch (1886-1982)


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12.- Garrapatas
 Biografía habitual de una garrapata

«Una vez que han caído al suelo, las hembras empiezan a los catorce días la puesta de los huevos, los que llevan consigo sobre la cabeza y en el lomo. Después de que se han entregado durante algunas semanas a esa ocupación, se van consumiendo poco a poco y mueren cubiertas por algunos millares de huevos.
 Cuando las garrapatas pequeñuelas hacen eclosión de los huevos sólo tienen al principio seis patas, lo que es realmente algo inaudito para un arácnido. El último par de patas crecerá algo más tarde. Durante los dos primeros estadios larvales suelen saciar sus ansias de sangre en las lagartijas y en las culebras, a veces también en los polluelos de las aves que construyen sus nidos en el suelo. Los nidos que se encuentran elevados, en los arbustos y en los árboles, no están al alcance de su esfera vital. Su tercer y último almuerzo de sangre lo hacen por regla general en el cuerpo de un mamífero.
 Todo esto suena muy fácil. Pero imaginémonos por un momento que somos unas garrapatas diminutas y que nos encontramos por la hierba o en alguna hoja cercana al suelo, sabiendo que no encontraremos nada de comer hasta que no nos hayamos encaramado a lo alto de una lagartija o, si es que somos mayores, hasta que no hayamos trepado por las patas de un zorro o de algún otro mamífero...; pienso que se nos irían las ganas de vivir. Cómo se las arreglan las garrapatas más jóvenes para hacerse con su lagartija, eso es algo que no sé. Probablemente no hagan nada más que ponerse a esperar, a ver si una les pasa por encima por casualidad, para poderse aprovechar entonces de la ocasión. Muchas garrapatas jóvenes esperarán en verdad inútilmente; la mayoría morirá miserablemente de hambre. No obstante, dos circunstancias impiden la extinción de las garrapatas.
 En primer lugar, no se mueren tan fácilmente de hambre. Incluso las más jóvenes pueden esperar perfectamente durante un año su primer almuerzo. Una persona bastante incrédula y desconfiada decapitó a sus garrapatas para estar completamente seguro de que no tomarían comida a escondidas. En su descabezamiento vivieron aún cuatro largos años y no murieron tampoco de muerte natural. Pues bien, con esto las cosas se ven algo distintas. Cierto es que no hay demasiadas posibilidades de que hoy o mañana se deslice un reptil por encima de nosotros, si nos encontramos como un puntito diminuto perdidos en la hierba. Pero con el correr de los meses puede ocurrir muy bien tal cosa; y si no ocurre ahora, será el año que viene. Pero si los lugares son los inapropiados y toda la espera resulta inútil, dejando a un lado los destinos individuales, todo esto será compensado por lo numeroso de la prole. Es ley universal de la naturaleza que los animales con bajas esperanzas de vida se caracterizan por engendrar una prole especialmente numerosa. Entre esos millares de retoños de garrapata, alguno que otro, después de haber esperado y pasado hambre durante el tiempo suficiente, será rozado por una lagartija o por una culebra.
 Las garrapatas mayorcitas, por las que somos tenidos en cuenta como posibles donantes de sangre, son algo más emprendedoras. Trepan por los hierbajos y se apostan en las cabezas de los tallos a la espera de algo comestible. Con frecuencia eligen sus asientos en lugares más elevados, para dejarse caer en el momento apropiado. No podré olvidar nunca un descanso que hicimos bajo el tosco tejado de tablas de una glorieta a orillas del lago Wolfgangsee. Poco después estábamos cubiertos de garrapatas. ¿Cómo advirtieron nuestra presencia?

 Animales faltos de gusto

 Nuestras garrapatas no tienen ojos. Las del tejado, por tanto, no pudieron habernos visto. Ellas mismas revelan al observador atento el sentido que están utilizando. Olfatean mientras se encuentran apostadas y al acecho en sus elevados lugares.
 El acto de olfatear, por cierto, reviste formas distintas a las nuestras entre las garrapatas. Y es que sus órganos olfatorios se hallan en pequeñas hendiduras situadas cerca de los extremos del primer par de patas. Es por eso por lo que se sientan con las patas delanteras levantadas y ejecutan una especie de lento pataleo en cuanto son excitadas por algún olor.
 Además de esto, un sentido del calor muy desarrollado significa una ayuda importante para encontrar a su huésped. Si colocamos algunas garrapatas sobre la superficie de un papel y mantenemos un objeto caliente a varios centímetros de ellas, los animales se encaminarán hacia el objeto y se dejarán conducir por la fuente de calor hacia el sitio que uno quiera.
 Si se les va guiando entonces hasta un campo aromático atrayente, hasta las emanaciones de un trozo bien oculto de piel fresca, por ejemplo, empezarán inmediatamente a mover en el aire las patas delanteras, las que mantienen elevadas durante la marcha como si se tratase de antenas, se detendrán y se quedarán clavados en un punto.
 Es evidente que también en la naturaleza serán dirigidas desde sus puestos de acecho hasta el huésped por el calor que despiden los animales y el hombre, a lo que sumarán las percepciones olfativas.
 Con el fin de poder observar mejor su manera de comer, se ha intentado inducir a las garrapatas a chupar de una botellita llena de sangre, a la que se había provisto de una membrana delgada como tapa. Si la sangre se calienta a la temperatura necesaria, serán atraídas por ella, pero no la chuparán. Es muy probable que el sentido del olfato le sindique que no se encuentran en el terreno apropiado. Efectivamente, sólo necesitamos amputarles los extremos de las patas con las hendiduras olfativas y tendremos un éxito completo. En el momento mismo en que la nariz cesa de producir su alarma, el calor cautivante adquiere una fuerza seductora. Taladran entonces la membrana con sus trompas y se llenan el estómago con el contenido de la botellita, importándoles bien poco si el contenido está compuesto realmente por sangre o si un hombre movido por las ansias de saber la ha llenado de sopa, ácido acético o agua salada. Parece ser que carecen totalmente del sentido del gusto. Desde tiempos inmemoriales el calor y el aroma han sido más que suficientes para conducirlas hasta las fuentes de las que manaba el zumo vivificante de sus vidas. La creación no tuvo para nada en cuenta las artimañas de la ciencia.»

 

viernes, 20 de febrero de 2015

"La casa de las bellas durmientes".- Yasunari Kawabata (1899-1972)


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"¿Qué era, para un hombre de sesenta y siete años junto a una muchacha de una sola noche, la inteligencia, la cultura, la barbarie? Solamente la tocaba. Y, narcotizada, ella desconocía por completo el hecho de que la estaba tocando un anciano decrépito. Tampoco lo conocería al día siguiente. ¿Era un juguete, un sacrificio? El viejo Eguchi sólo había venido cuatro veces a esta casa y, no obstante, la sensación de que con cada nueva visita había un nuevo entumecimiento en su interior era esta noche especialmente intensa.
 ¿Estaría esta muchacha igualmente bien entrenada? Quizá debido a que había llegado a no pensar en los tristes ancianos que eran sus huéspedes, no respondió al contacto de Eguchi. Cualquier clase de inhumanidad se convierte, con el tiempo, en humana. En la oscuridad del mundo están enterradas todas las variedades de transgresión. [...]
 Permaneció un rato con los ojos cerrados, porque la fragancia de la muchacha era inusitadamente fuerte. Dicen que el sentido del olfato es el más rápido en evocar recuerdos; pero, ¿no era este olor demasiado dulce e intenso? Eguchi pensó en el olor a leche de un niño de pecho. Aunque ambos fueran totalmente distintos, ¿no eran en cierto modo básicos en la humanidad? Desde la antigüedad, los ancianos habían intentado usar la fragancia de las doncellas como un elixir de juventud. El olor de la muchacha de esta noche no podía llamarse fragante. Si se decidía a violar la regla de la casa, habría un olor desagradablemente intenso y carnal. Pero el hecho de que lo calificara de desagradable, ¿no sería un signo de que Eguchi ya era senil? ¿Acaso esta especie de olor fuerte y penetrante no constituía la base de la vida humana? Daba la impresión de ser una muchacha con facilidad para quedarse embarazada. Aunque la hubiesen dormido, sus procesos fisiológicos seguían funcionando, y se despertaría en el curso del día siguiente. Si quedaba embarazada, sería sin que tuviera la menor conciencia de ello. ¿Y si Eguchi, a sus sesenta y siete años, dejase tras él a un niño semejante? Era el cuerpo de mujer que invitaba al hombre a los círculos inferiores del infierno.
 Ella había sido privada de todas sus defensas, en beneficio de un anciano huésped, de un triste viejo. Estaba desnuda, y no se despertaría. Eguchi sintió una oleada de compasión por ella. Se le ocurrió una idea: los viejos tienen la muerte, y los jóvenes el amor, y la muerte viene una sola vez y el amor muchas. Era una idea para la cual no estaba preparado, pero le calmó, aunque no se había notado especialmente nervioso. De fuera llegaba el débil susurro del aguanieve. El sonido del mar había enmudecido. El viejo Eguchi podía ver el mar inmenso y oscuro sobre el que la nieve caía y se fundía. Un ave salvaje, parecida a una gran águila, voló rozando las olas, con algo en el pico que chorreaba sangre. ¿Era una cría humana? No podía serlo. Tal vez fuera el espectro de la iniquidad humana. Meneó ligeramente la cabeza sobre la almohada y el espectro desapareció".