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lunes, 13 de julio de 2020

El llano en llamas.- Juan Rulfo (1917-1986)

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Nos han dado la tierra

  «Cae una gota de agua, grande, gorda, haciendo un agujero en la tierra y dejando una plasta como la de un salivazo. Cae sola. Nosotros esperamos a que sigan cayendo más y las buscamos con los ojos. Pero no hay ninguna más. No llueve. Ahora si se mira el cielo se ve a la nube aguacera corriéndose muy lejos, a toda prisa. El viento que viene del pueblo se le arrima empujándola contra las sombras azules de los cerros. Y a la gota caída por equivocación se la come la tierra la desaparece en su sed.
 ¿Quién diablos haría este llano tan grande? ¿Para qué sirve, eh?
 Hemos vuelto a caminar, nos habíamos detenido para ver llover. No llovió. Ahora volvemos a caminar. Y a mí se me ocurre que hemos caminado más de lo que llevamos andando. Se me ocurre eso. De haber llovido quizá se me ocurriesen otras cosas. Con todo, yo sé que desde que yo era muchacho, no vi llover nunca sobre el llano, lo que se llama llover.
 No, el llano no es cosa que sirva. No hay ni conejos ni pájaros. No hay nada. A no ser unos cuantos huizaches trespeleques y una que otra manchita de zacate con las hojas enroscadas; a no ser eso, no hay nada.
 Y por aquí vamos nosotros. Los cuatro a pie. Antes andábamos a caballo y traíamos terciada una carabina. Ahora no traemos ni siquiera la carabina.
 Yo siempre he pensado que en eso de quitarnos la carabina hicieron bien. Por acá resulta peligroso andar armado. Lo matan a uno sin avisarle, viéndolo a toda hora con "la 30" amarrada a las correas. Pero los caballos son otro asunto. De venir a caballo ya hubiéramos probado el agua verde del río y paseado nuestros estómagos por las calles del pueblo para que se les bajara la comida. Ya lo hubiéramos hecho de tener todos aquellos caballos que teníamos. Pero también nos quitaron los caballos junto con la carabina.
 Vuelvo hacia todos lados y miro el llano. Tanta y tamaña tierra para nada. Se le resbalan a uno los ojos al no encontrar cosa que los detenga. Sólo unas cuantas lagartijas salen a asomar la cabeza por encima de sus agujeros, y luego que sienten la tatema del sol corren a esconderse en la sombrita de una piedra. Pero nosotros, cuando tengamos que trabajar aquí, ¿qué haremos para enfriarnos del sol, eh? Porque a nosotros nos dieron esta costra de tepetate para que la sembráramos.
 Nos dijeron:
 -Del pueblo para acá es de ustedes.
 Nosotros preguntamos:
 -¿El Llano?
 -Sí, el llano. Todo el Llano Grande.
 Nosotros paramos la jeta para decir que el llano no lo queríamos. Que queríamos lo que estaba junto al río. Del río para allá, por las vegas, donde están esos árboles llamados casuarinas y las paraneras y la tierra buena. No este duro pellejo de vaca que se llama el Llano.
 Pero no nos dejaron decir nuestras cosas. El delegado no venía a conversar con nosotros. Nos puso los papeles en la mano y nos dijo:
 -No se vayan a asustar por tener tanto terreno para ustedes solos.
 -Es que el llano, señor delegado...
 -Son miles y miles de yuntas.
 -Pero no hay agua. Ni siquiera para hacer un buche hay agua.
 -¿Y el temporal? Nadie les dijo que se les iba a dotar con tierras de riego. En cuanto allí llueva, se levantará el maíz como si lo estiraran.
 -Pero, señor delegado, la tierra está deslavada, dura. No creemos que el arado se entierre en esa como cantera que es la tierra del Llano. Habría que hacer agujeros con el azadón para sembrar la semilla y ni aun así es positivo que nazca nada; ni maíz ni nada nacerá.
 -Eso manifiéstenlo por escrito. Y ahora váyanse. Es al latifundio al que tienen que atacar, no al Gobierno que les da la tierra.
 -Espérenos usted, señor delegado. Nosotros no hemos dicho nada contra el Centro. Todo es contra el Llano… No se puede contra lo que no se puede. Eso es lo que hemos dicho... Espérenos usted para explicarle. Mire, vamos a comenzar por donde íbamos...
 Pero él no nos quiso oír.
PLIEGO | Numismática y Coleccionismo. Subastas Online y en Vivo Así nos han dado esta tierra. Y en este comal acalorado quieren que sembremos semillas de algo, para ver si algo retoña y se levanta. Pero nada se levantará de aquí. Ni zopilotes. Uno los ve allá cada y cuando, muy arriba, volando a la carrera; tratando de salir lo más pronto posible de este blanco terregal endurecido, donde nada se mueve y por donde uno camina como reculando.
 Melitón dice:
 -Ésta es la tierra que nos han dado.
 Faustino dice:
 -¿Qué?
 Yo no digo nada. Yo pienso: "Melitón no tiene la cabeza en su lugar. Ha de ser el calor el que lo hace hablar así. El calor que le ha traspasado el sombrero y le ha calentado la cabeza. Y si no, ¿por qué dice lo que dice? ¿Cuál tierra nos han dado, Melitón? Aquí no hay ni la tantita que necesitaría el viento para jugar a los remolinos."
 Melitón vuelve a decir:
 -Servirá de algo. Servirá aunque sea para correr yeguas.
 -¿Cuáles yeguas? -le pregunta Esteban.
 Yo no me había fijado bien a bien en Esteban. Ahora que habla, me fijo en él. Lleva puesto un gabán que le llega al ombligo, y debajo del gabán saca la cabeza algo así como una gallina.
 Sí, es una gallina colorada la que lleva Esteban debajo del gabán. Se le ven los ojos dormidos y el pico abierto como si bostezara. Yo le pregunto:
 -Oye, Teban, ¿de dónde pepenaste esa gallina?
 -¡Es la mía! -dice él.
 -No la traías antes. ¿Dónde la mercaste, eh?
 -No la merqué, es la gallina de mi corral.
 -Entonces te la trajiste de bastimento, ¿no?
 -No, la traigo para cuidarla. Mi casa se quedó sola y sin nadie para que le diera de comer; por eso me la traje. Siempre que salgo lejos cargo con ella.
 -Allí escondida se te va a ahogar. Mejor sácala al aire.»

    [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Planeta, 1980. ISBN: 84-320-6334-7.]

domingo, 10 de diciembre de 2017

La caza de la sabiduría.- Nicolás de Cusa (1401-1464)


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39.-Epílogo

«Puesto que no se ha hecho nada que no se haya podido hacer y nada se puede hacer a sí mismo, se sigue que hay un triple poder: el poder hacer, el poder-ser-hecho y el poder que ha sido hecho. Anterior al poder que ha sido hecho es el poder-ser-hecho, anterior al poder-ser-hecho es el poder hacer. Principio y límite del poder-ser-hecho es el poder hacer. El poder que ha sido hecho ha sido hecho del poder-ser-hecho por el poder hacer.
 El poder hacer, por ser anterior al poder-ser-hecho, ni es algo hecho ni puede ser hecho otro. Es por consiguiente todo lo que puede ser. No puede por ello ser más grande, y a esto lo llamamos lo máximo; y tampoco puede ser más pequeño, y a esto lo llamamos lo mínimo; tampoco puede ser otro. Es por tanto causa eficiente, formal o ejemplar y final de todas las cosas, por ser límite y fin del poder-ser-hecho y, por ello, del poder ser de lo que ha sido hecho. Así, todas las cosas que pueden ser hechas y las que han sido hechas se encuentran de antemano en el poder hacer mismo, como en su causa eficiente, formal y final. El poder hacer está en todas las cosas como la causa absoluta en lo causado por ella.
 Ahora bien, el poder-ser-hecho es en todas las cosas que han sido hechas aquello que ha sido hecho, ya que nada ha sido hecho en acto sino aquello que pudo ser hecho, pero es bajo un modo de ser diferente: de un modo más imperfecto, en potencia, y de un modo más perfecto, en acto. Por consiguiente, el poder-ser-hecho y el poder que ha sido hecho no son diferentes en su esencia. Pero el poder hacer, aunque no sea otro, sin embargo por ser causa de la esencia no es la esencia. La esencia, en efecto, está causada por el poder hacer.
 Pero dado que el poder-ser-hecho no es el poder que ha sido hecho, el poder-ser-hecho no ha sido hecho del poder-ser-hecho, sino que con anterioridad al poder-ser-hecho no hay nada sino el poder hacer. Por eso se dice que el poder-ser-hecho ha sido hecho de la nada. Así decimos que el poder hacer precede a la nada, pero no el poder-ser-hecho. Por eso decimos que el poder-ser-hecho ha sido creado, ya que ha sido producido, no hecho, por el poder hacer.
 Pero puesto que al mismo poder hacer absoluto lo llamamos el omnipotente, decimos de él que es eterno, no hecho ni creado, y que no puede ser aniquilado ni llegar a ser de un modo diferente de como es, porque es anterior a la nada y al poder-ser-hecho. Y de él negamos todas las cosas que son nombrables, pues son posteriores al poder-ser-hecho. En efecto, lo nombrable presupone el poder-ser-hecho, es decir, presupone el poder ser nombrado.
 El poder-ser-hecho tiene su límite solamente en el poder hacer. Por esa razón no será aniquilado. Pues si esto se hiciera, podría ser hecho. ¿Cómo, entonces, debería ser aniquilado el poder-ser-hecho? Es por tanto perpetuo, puesto que tiene comienzo pero no puede ser aniquilado sino que su límite es su comienzo. Ahora bien, de las cosas que pueden ser hechas algunas son las primeras, otras son posteriores a las primeras y las imitan. Puesto que en las primeras su poder-ser-hecho es en acto y completo, se sigue que son perpetuas, al igual que lo es su poder-ser-hechas. En las cosas que siguen, el poder-ser-hecho no es completo y perfecto, sino que son según el modo que corresponde a la imitación de lo que es completo. Por ello no son perpetuas, sino que imitan a las que son perpetuas. Aquello, en cambio, que no es perpetuo ni estable, sino que lo imita, es inestable y temporal. Esto es una breve repetición de lo que hemos dicho con anterioridad.
 Sin embargo, puesto que en el oficio propio de esta caza general de la sabiduría nos vemos confirmados mediante casos particulares, apliquemos esta forma de la caza a un objeto sensible, por ejemplo, el calor. Dejemos establecido lo siguiente: hay un triple poder, es decir, poder hacer caliente, el poder-ser-hecho caliente y el poder que ha sido hecho caliente. Y procedamos ahora en la forma que corresponde a la contracción a un caso particular. Podemos entonces decir: el poder que ha sido hecho caliente tiene, con anterioridad a sí, el poder-ser-hecho caliente, pero el poder-ser-hecho caliente no puede hacerse a sí mismo caliente en acto. Por consiguiente, con anterioridad al poder-ser-hecho caliente está el poder hacer caliente. El poder hacer caliente, puesto que precede al poder-ser-hecho caliente, es en consecuencia todo aquello que puede ser caliente, y por tanto no puede ser ni más ni menos caliente, ni de otro modo de como es. Es en consecuencia, en relación con todas las cosas calientes, el creador del mismo poder-ser-hecho caliente y lleva a todo lo que es caliente del poder-ser-hecho al acto. Y es la causa eficiente, formal y final de todas las cosas calientes. Y está en todas las cosas calientes como la causa en lo causado, y todas las cosas causadas están en él como lo causado está en la causa. Y respecto de las cosas calientes no tendrá principio ni fin. Y no será de ningún modo la esencia de las cosas calientes, sino causa de la esencia, y no es nombrable mediante todos los nombres que corresponden a las cosas que son calientes.
 El poder volverse caliente tiene comienzo y no tiene fin. Y hay algunas cosas calientes en las que llega a su plenitud el poder ser hechas. Duran siempre. Hay otras que siguen a estas y son inestables. El calor es en ellas deficitario. Y aunque algunos consideren como lo caliente que es todo lo que lo caliente puede ser a este fuego que arde y es sensible, lo caliente en el sentido indicado no es este fuego, pues todo el calor de cualquier fuego sensible no es el fin de todo poder hacerse caliente, ya que todo calor sensible puede ser mayor. Más bien, lo que denominamos fuego es o bien de índole ígnea -como dice Platón- o bien algo inflamado, y por cierto no tan inflamado como podría ser inflamado. Por tanto, el fuego precede de suyo a todo lo inflamable y lo inflamado. Es causa de lo uno y de lo otro y es, con anterioridad a todo fuego sensible, completamente invisible y desconocido. Es por ello semejante a la causa primera, como expone ampliamente Dionisio. Esto lo vio aquel santo, al afirmar que Dios es un fuego en combustión.
 Anterior, sin embargo, a este fuego sensible es el movimiento y la luz. Pues merced al movimiento lo inflamable se inflama y a este proceso va unido la luz. De lo luminoso cabe decir lo mismo que de lo cálido, y de la luz lo mismo que del fuego. Igualmente cabe decir que ni el sol ni ninguna otra cosa sensible es la luz, que es la causa de todas las cosas luminosas, sino que todas ellas son luminosas y no la luz misma. Y esto mismo vale para lo frío, lo húmedo y todas las cosas, que son participadas en mayor o menor grado.
 Como dice Proclo, la unidad es el principio de toda muchedumbre.»
 
 [El extracto pertenece a la edición en español de Ediciones Sígueme, en traducción de Mariano Álvarez Gómez. ISBN: 978-84-301-1866-3.]

martes, 25 de abril de 2017

"Doce pequeños huéspedes".- Karl R. von Frisch (1886-1982)


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12.- Garrapatas
 Biografía habitual de una garrapata

«Una vez que han caído al suelo, las hembras empiezan a los catorce días la puesta de los huevos, los que llevan consigo sobre la cabeza y en el lomo. Después de que se han entregado durante algunas semanas a esa ocupación, se van consumiendo poco a poco y mueren cubiertas por algunos millares de huevos.
 Cuando las garrapatas pequeñuelas hacen eclosión de los huevos sólo tienen al principio seis patas, lo que es realmente algo inaudito para un arácnido. El último par de patas crecerá algo más tarde. Durante los dos primeros estadios larvales suelen saciar sus ansias de sangre en las lagartijas y en las culebras, a veces también en los polluelos de las aves que construyen sus nidos en el suelo. Los nidos que se encuentran elevados, en los arbustos y en los árboles, no están al alcance de su esfera vital. Su tercer y último almuerzo de sangre lo hacen por regla general en el cuerpo de un mamífero.
 Todo esto suena muy fácil. Pero imaginémonos por un momento que somos unas garrapatas diminutas y que nos encontramos por la hierba o en alguna hoja cercana al suelo, sabiendo que no encontraremos nada de comer hasta que no nos hayamos encaramado a lo alto de una lagartija o, si es que somos mayores, hasta que no hayamos trepado por las patas de un zorro o de algún otro mamífero...; pienso que se nos irían las ganas de vivir. Cómo se las arreglan las garrapatas más jóvenes para hacerse con su lagartija, eso es algo que no sé. Probablemente no hagan nada más que ponerse a esperar, a ver si una les pasa por encima por casualidad, para poderse aprovechar entonces de la ocasión. Muchas garrapatas jóvenes esperarán en verdad inútilmente; la mayoría morirá miserablemente de hambre. No obstante, dos circunstancias impiden la extinción de las garrapatas.
 En primer lugar, no se mueren tan fácilmente de hambre. Incluso las más jóvenes pueden esperar perfectamente durante un año su primer almuerzo. Una persona bastante incrédula y desconfiada decapitó a sus garrapatas para estar completamente seguro de que no tomarían comida a escondidas. En su descabezamiento vivieron aún cuatro largos años y no murieron tampoco de muerte natural. Pues bien, con esto las cosas se ven algo distintas. Cierto es que no hay demasiadas posibilidades de que hoy o mañana se deslice un reptil por encima de nosotros, si nos encontramos como un puntito diminuto perdidos en la hierba. Pero con el correr de los meses puede ocurrir muy bien tal cosa; y si no ocurre ahora, será el año que viene. Pero si los lugares son los inapropiados y toda la espera resulta inútil, dejando a un lado los destinos individuales, todo esto será compensado por lo numeroso de la prole. Es ley universal de la naturaleza que los animales con bajas esperanzas de vida se caracterizan por engendrar una prole especialmente numerosa. Entre esos millares de retoños de garrapata, alguno que otro, después de haber esperado y pasado hambre durante el tiempo suficiente, será rozado por una lagartija o por una culebra.
 Las garrapatas mayorcitas, por las que somos tenidos en cuenta como posibles donantes de sangre, son algo más emprendedoras. Trepan por los hierbajos y se apostan en las cabezas de los tallos a la espera de algo comestible. Con frecuencia eligen sus asientos en lugares más elevados, para dejarse caer en el momento apropiado. No podré olvidar nunca un descanso que hicimos bajo el tosco tejado de tablas de una glorieta a orillas del lago Wolfgangsee. Poco después estábamos cubiertos de garrapatas. ¿Cómo advirtieron nuestra presencia?

 Animales faltos de gusto

 Nuestras garrapatas no tienen ojos. Las del tejado, por tanto, no pudieron habernos visto. Ellas mismas revelan al observador atento el sentido que están utilizando. Olfatean mientras se encuentran apostadas y al acecho en sus elevados lugares.
 El acto de olfatear, por cierto, reviste formas distintas a las nuestras entre las garrapatas. Y es que sus órganos olfatorios se hallan en pequeñas hendiduras situadas cerca de los extremos del primer par de patas. Es por eso por lo que se sientan con las patas delanteras levantadas y ejecutan una especie de lento pataleo en cuanto son excitadas por algún olor.
 Además de esto, un sentido del calor muy desarrollado significa una ayuda importante para encontrar a su huésped. Si colocamos algunas garrapatas sobre la superficie de un papel y mantenemos un objeto caliente a varios centímetros de ellas, los animales se encaminarán hacia el objeto y se dejarán conducir por la fuente de calor hacia el sitio que uno quiera.
 Si se les va guiando entonces hasta un campo aromático atrayente, hasta las emanaciones de un trozo bien oculto de piel fresca, por ejemplo, empezarán inmediatamente a mover en el aire las patas delanteras, las que mantienen elevadas durante la marcha como si se tratase de antenas, se detendrán y se quedarán clavados en un punto.
 Es evidente que también en la naturaleza serán dirigidas desde sus puestos de acecho hasta el huésped por el calor que despiden los animales y el hombre, a lo que sumarán las percepciones olfativas.
 Con el fin de poder observar mejor su manera de comer, se ha intentado inducir a las garrapatas a chupar de una botellita llena de sangre, a la que se había provisto de una membrana delgada como tapa. Si la sangre se calienta a la temperatura necesaria, serán atraídas por ella, pero no la chuparán. Es muy probable que el sentido del olfato le sindique que no se encuentran en el terreno apropiado. Efectivamente, sólo necesitamos amputarles los extremos de las patas con las hendiduras olfativas y tendremos un éxito completo. En el momento mismo en que la nariz cesa de producir su alarma, el calor cautivante adquiere una fuerza seductora. Taladran entonces la membrana con sus trompas y se llenan el estómago con el contenido de la botellita, importándoles bien poco si el contenido está compuesto realmente por sangre o si un hombre movido por las ansias de saber la ha llenado de sopa, ácido acético o agua salada. Parece ser que carecen totalmente del sentido del gusto. Desde tiempos inmemoriales el calor y el aroma han sido más que suficientes para conducirlas hasta las fuentes de las que manaba el zumo vivificante de sus vidas. La creación no tuvo para nada en cuenta las artimañas de la ciencia.»