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domingo, 9 de abril de 2023

La otra parte.- Alfred Kubin (1877-1959)


Alfred Kubin - Wikipedia, la enciclopedia libre
Perla

Capítulo III: La vida cotidiana
IV

  «Quisiera ilustrar ahora nuestra actividad financiera con ayuda de algunos ejemplos. Uno de los primeros días que pasamos en Perla se me antojó comprar un plano de la ciudad. Me dirigí a una de las grandes tiendas de objetos usados que había en nuestra calle. (Me parece que fue la de Max Blumenstich, que quedaba al lado.)
  —¿Un plano de la ciudad? Los nuevos todavía no han llegado, pero me imagino que una edición antigua le será igualmente útil, ¿verdad? —luego, el dependiente empezó a hurgar y rebuscar entre un revoltijo de cornamentas de ciervo, arañas de cristal y cofres antiguos, pero no encontró absolutamente nada. Por último me trajo un horrible tintero de bronce colado.
  —¡Llévese esto, seguro que lo necesita! ¡Tiene que comprarlo, es una necesidad! Setenta y dos florines solamente —y, con voz zalamera, sacó a relucir todas sus artes persuasivas. Yo le di un florín y recibí una tijera de uñas por añadidura. Los recién llegados querían aprovechar estas circunstancias para hacer su negocio, pero pronto se percataban de que no habían contado con la huéspeda. El Hado de los sueños era implacable: toda riqueza acumulada con avidez se desvanecía en un abrir y cerrar de ojos. Así por ejemplo, los más listos tenían que pagar precios exorbitantes por una serie de artículos de primera necesidad, de lo contrario les llovían los mandatos postales, que, de ser rechazados, traían consigo nuevas calamidades. Enfermedades, por ejemplo, y los honorarios de los médicos eran entonces elevadísimos. Surgían acreedores que nunca le habían prestado nada a uno y, sin embargo, reclamaban su dinero. Y no había manera de protegerse contra ellos, pues presentaban testigos en el acto. De este modo se compensaba siempre una cosa con la otra, y nadie obtenía beneficios ni sufría pérdidas en aquel extraño universo transaccional. El invisible calculador no transigía nunca. En cuanto hube comprendido el insólito mecanismo, las cosas empezaron a marchar bien para mí.
  Catorce días después de nuestra llegada vino a vernos un criado de librea. Su amo —y mencionó un apellido altisonante— esperaba con impaciencia los cinco dibujos que me había comprado: él tenía el encargo de recogerlos. ¿Qué podía hacer yo? Envolví cinco de mis mejores apuntes y además escribí una amable carta, presentándole mis excusas. ¿Adónde se dirigían aquellas cosas? No tenía la menor idea.
  Diariamente visitaba el Café situado en la acera de enfrente. En cierta ocasión, cuando volví a casa, mi mujer me señaló una canasta gigantesca y repleta de espléndidas verduras, espárragos, coliflores, fruta de primera calidad y hasta dos perdices.
  —Lo compré todo en el mercado de verduras. Adivina cuánto me ha costado —me preguntó en tono de júbilo.
  —¿Cuánto?
  —Veinte kreutzers todo.
  Entonces di un respingo y le confesé que, en el Café, había tenido que pagar cinco florines por una caja de cerillas.
  Tan pronto tenía uno miles en los bolsillos, como podía hallarse sin un céntimo. Después de todo, sin dinero tampoco se pasaba tan mal. Bastaba con hacer como si se estuviera dando algo. En algunas ocasiones hasta se podía correr el riesgo de aceptar algo a cambio de nada. Todo era siempre compensado.
 Allí las ilusiones eran simple y llanamente realidades. Lo maravilloso del caso era que aquellas quimeras surgían al mismo tiempo en varios cerebros. La gente acababa por verse seriamente comprometida en sus sugestiones.
  Quisiera citar un caso típico. Un próspero padre de familia se despierta una mañana convencido de estar en la miseria más absoluta. Su esposa se pone a llorar y sus amigos lo compadecen. Ya llega el ejecutor del auto de embargo, se procede a subastar el inmueble y tal vez el nuevo propietario se instale aquel mismo día. Varios mozos de cuerda mudan los enseres más indispensables del ex propietario a una casucha destartalada y paupérrima. Sin embargo, al cabo de un mes todo habrá vuelto a arreglarse, pues no faltarán nuevas circunstancias dichosas.
  Las clases altas llevaban, claro está, un tren de vida lujosísimo. Sus infortunios, tan evidentes como su opulencia, se daban a otro nivel. De ahí que la envidia de clases no prosperase de manera especial. Cada cual vivía consagrado a su trabajo y tenía sus propias alegrías y pesares. Uno podía darse por satisfecho si las cosas marchaban a medias. En todo caso, lo cierto es que los habitantes del Reino amaban su país y su ciudad. Yo trabajaba ya como dibujante del Espejo de los sueños y, en el ínterin, había realizado varios intentos —al comienzo totalmente infructuosos— por hacerle una visita a mi amigo Patera.
  Lamentablemente, toda clase de barreras se oponían siempre a la realización de mi deseo. Una vez me dijeron que el Amo estaba tan ocupado en sus asuntos que tenían orden de no dejar pasar a nadie. En otra ocasión había salido de viaje: realmente, era como si algún duende diabólico hubiese tomado cartas en el asunto. Un día oí decir que en el Archivo daban tarjetas especiales para solicitar audiencia. Allí me dirigí, pues, sintiéndome tan culpable como un sedicioso cuando atravesé el gran portón revestido de escudos de armas. El portero estaba durmiendo. Traté de orientarme por mi cuenta y riesgo y penetré en una espaciosa antesala, donde había entre diez y doce ordenanzas.
  Pasé totalmente inadvertido por espacio de un cuarto de hora, como si hubiera sido invisible. Por último, uno de los empleados me preguntó en tono molesto qué quería, pero en vez de aguardar mi respuesta prosiguió su interrumpida conversación con uno de sus vecinos. Otro, sin duda un poco más condescendiente, se inclinó hacia mí inquiriendo sobre mis propósitos, mientras su rostro ajado y amarillento se cubría de severas arrugas. Luego aspiró unas cuantas bocanadas de su larga pipa y, señalándome con ella la habitación contigua, dijo:
  —¡Ahí dentro!
  Un cartel colgado en la puerta decía: ¡No llamar!, y “ahí dentro” había un hombre durmiendo. Bromas aparte, tuve que toser tres veces hasta que la extrema rigidez de su postura, que evocaba la de una persona sumida en profundas cavilaciones, adquiriera algún signo de vida. Luego fui recorrido por una mirada de solemne desprecio y una voz ronca exclamó:
  —¿Qué quiere usted? ¿Tiene cita con alguien? ¿Qué documentos lleva consigo?
  Allí no eran tan lacónicos como afuera, sino que, por el contrario, las informaciones afluyeron como un torrente:
  —Para obtener una solicitud de audiencia necesita usted, además de sus partidas de nacimiento, bautismo y matrimonio, el certificado de escolaridad de su padre y el de vacunación de su madre. En el corredor de la izquierda, oficina número dieciséis, tendrá que efectuar su declaración de bienes, grado de instrucción y condecoraciones obtenidas. Un certificado de buena conducta de su suegro sería también deseable, aunque no constituya requisito indispensable.
  A renglón seguido hizo un gesto altanero con la cabeza, volvió a inclinarse profundamente sobre la mesa y se puso a escribir, según pude constatar, con una pluma seca. Yo permanecí de pie, totalmente perplejo. “Por suerte no tenía que presentar también todas las facturas saldadas”. En medio de mi confusión acerté a tartamudear:
  —Tal vez me resulte imposible presentar todo lo que me exigen. Sólo tengo aquí mi pasaporte. Yo vine como huésped de Patera. Mi nombre es fulano de tal.
  No bien hube dicho estas palabras, me llevé un verdadero susto; el inflexible empleado se puso en pie de un salto:
  —Le pido mil disculpas. ¡Hace tiempo que le esperábamos! Le conduciré de inmediato al despacho de Su Excelencia.
  Se había convertido en la cortesía misma. ¿Debía creer aquello de los dos corazones latiendo bajo un solo pecho? ¡No lograba entender absolutamente nada!
  Comenzó entonces un interminable peregrinaje por pasillos desiertos, oficinas donde la gente se incorporaba precipitadamente al vernos entrar, como si los hubiéramos cogido por sorpresa, salas vacías y gabinetes repletos hasta el techo de actas y expedientes. Finalmente llegamos a una gran sala de espera, en la que había una variadísima gama de personajes sentados en semicírculo. Mi guía y yo fuimos introducidos al instante a una especie de sancta-sanctorum. Su Excelencia estaba allí sentado, solo, y esperaba. Pese a sus obsequiosas reverencias, el pobre empleado fue reprendido en términos bastante duros y desapareció.
  Su Excelencia era un hombre sumamente distinguido, lo que podía conjeturarse ya por el mobiliario de la estancia. Pero no sólo por esto, no; también había cosas que llamaban la atención en su persona. Por ejemplo, sus vestimentas hallábanse profusamente recamadas de oro y lucían una larga serie de distinciones honoríficas de todo tipo. Una ancha banda roja le cruzaba el pecho en diagonal. No podría decir con seguridad si en otras partes del cuerpo también llevaba condecoraciones. Es probable que sí. En todo caso, yo nunca se las he visto.
  Estábamos solos. A diferencia de los otros funcionarios del Archivo, éste era bastante amable. Me encanto su extrema benevolencia. Después de haberme escuchado, replicó en tono condescendiente:
  —¡Por supuesto que sí, mi estimado señor! La solicitud le será enviada de inmediato —luego se levantó y empezó a hablar mecánicamente, como dirigiéndose a un público:
  —¡Señores! ¡Señores! En interés del bienestar público y en salvaguardia de nuestro propio prestigio, el gobierno ha decidido reconocer vuestra plena y absoluta responsabilidad. No tengo reparo alguno en presentar todas vuestras solicitudes ante la Instancia suprema. En lo que respecta al socorro de la indigencia, siempre encontraréis en mí a un amigo dispuesto a ayudaros. Nuestro próximo objetivo ha de ser el mejoramiento de nuestro mundo teatral, tarea en la que espero contar con vuestra decidida colaboración. Las experiencias por las que hemos pasado al liberalizar ciertas instituciones en el Barrio francés nos garantizan… señores… estoy convencido de dirigirme a ustedes desde el fondo de mi alma. Si… si… si…
  El orador perdió el hilo repentinamente, y me lanzó una mirada fría y de total aturdimiento. Lo ayudé a salir de su atolladero despidiéndome de él entre grandes reverencias y expresiones de gratitud. En el fondo de mi corazón no sentía el menor respeto por el Archivo, y nunca más volví a interrumpir su tranquilidad.
  Lo que me tocó vivir allí sólo les pasaba a los recién llegados. Mientras siguiera aquel camino, no obtendría nunca algo positivo. Las solicitudes más urgentes eran rechazadas por presentar errores formales de escasísima importancia. Por ese lado, uno podía tener la absoluta seguridad de que sus proyectos serían siempre desbaratados. Fue así como la solicitud de audiencia me fue, efectivamente, enviada, pero al día siguiente me informaron de que ya había caducado.
  Todo aquello servía, en el Estado de los sueños, para crear simple y llanamente la ilusión paródica de un cuerpo administrativo organizado. Si hubieran suprimido el Archivo las cosas no habrían marchado mejor ni peor. Aquellas enormes pilas de expedientes —adquiridos en todos los rincones del mundo— no tenían nada que ver con el Reino de los sueños. Para decirlo sin mayores rodeos: esa atmósfera impregnada de papeles polvorientos era necesaria para producir una variedad especial del homo sapiens, que habría de aportar su nota de color a la policromía del conjunto.
  El verdadero gobierno estaba en otra parte. Tras estas experiencias abandoné por un tiempo la idea de la visita, ya que, además, otras cosas acapararon totalmente mi atención.»

    [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Siruela, 1988, en traducción de Juan José del Solar, pp. 52-57. ISBN:  978-8478440016.]

miércoles, 29 de diciembre de 2021

Armas de destrucción matemática. Cómo el big-data aumenta la desigualdad y amenaza la democracia.- Cathy O'Neil (1972)


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Introducción


 «La crisis financiera dejó bien claro que las matemáticas, que una vez habían sido mi refugio, no sólo estaban profundamente involucradas en los problemas del mundo, sino que además agravaban muchos de ellos. La crisis inmobiliaria, la ruina de grandes entidades financieras, el aumento del desempleo: todo esto había sido impulsado e inducido por matemáticos que blandían fórmulas mágicas. Además, gracias a los extraordinarios poderes que tanto amaba, las matemáticas podrían combinarse con la tecnología para multiplicar el caos y la desgracia, lo que añadía eficacia y magnitud a unos sistemas que entonces comprendí que eran defectuosos. 
 Si hubiéramos estado lúcidos, habríamos dado un paso atrás en este punto para analizar cómo habíamos hecho un mal uso de las matemáticas y cómo podríamos evitar una catástrofe similar en el futuro. Sin embargo, en lugar de eso, justo después de la crisis, las nuevas técnicas matemáticas estaban más de moda que nunca y se extendían a un creciente número de áreas. Funcionaban veinticuatro horas al día procesando petabytes de información, en gran parte extraídos de las redes sociales o de páginas web de comercio electrónico. Y en lugar de prestar cada vez más atención a los movimientos de los mercados financieros mundiales, se dedicaban cada vez más a analizar a los seres humanos, a nosotros. Los matemáticos y los especialistas en estadísticas estudian nuestros deseos, nuestros movimientos y nuestro poder adquisitivo. Predecían nuestra solvencia y calculaban nuestro potencial como estudiantes, trabajadores, amantes o delincuentes. 
 Esta era la economía del big-data, y prometía ganancias especulares. Un programa de ordenador era capaz de procesar miles de currículos o solicitudes de préstamos en un par de segundos y clasificarlos en listas bien ordenadas, con los candidatos más prometedores situados en los primeros puestos. Estos programas no sólo permitían ahorrar tiempo, sino que además se anunciaban como procesos más justos y objetivos. Al fin y al cabo, eran procesos en los que no había seres humanos, con sus prejuicios, escarbando en montones de papel, sino simplemente máquinas procesando números de manera objetiva. En el año 2010 aproximadamente las matemáticas se habían impuesto como nunca antes en los asuntos humanos, y el público en general recibió el cambio con los brazos abiertos. 
 Y, sin embargo, yo veía problemas en el horizonte. Estas aplicaciones fundamentadas en las matemáticas que alimentaban la economía de los datos se basaban en decisiones tomadas por seres humanos que no eran infalibles. Seguro que algunas de esas decisiones se tomaban con la mejor de las intenciones, pero muchos de estos modelos programaban los prejuicios, las equivocaciones y los sesgos humanos en unos sistemas informáticos que dirigían cada vez más nuestras vidas. Cuales dioses, estos modelos matemáticos eran opacos y sus mecanismos resultaban invisibles para todos, salvo para los sumos sacerdotes del sector: los matemáticos y los ingenieros informáticos. Sus veredictos, incluso cuando estaban equivocados o eran perjudiciales, eran indiscutibles e inapelables y solían castigar a los pobres y los oprimidos de nuestra sociedad, al tiempo que enriquecían a los ricos. 
 Se me ocurrió un nombre para este tipo de modelos perniciosos: armas de destrucción matemática o ADM.  […]

01.-Partes de una bomba: ¿qué es un modelo?

 Estos son los 3 elementos que conforman un ADM: la opacidad, la escala y el daño. […]

07.-Sudar balas: en el trabajo.

 Los maestros, además de ser los educadores y cuidadores de nuestros hijos, son, evidentemente, trabajadores. En este sentido quiero profundizar un poco más en los modelos que puntúan su rendimiento, puesto que podrían aplicarse en el futuro a los trabajadores de otros sectores. Consideremos el caso de Tim Clifford, un profesor de secundaria que enseña Lengua y Literatura en Nueva York, con 26 años de experiencia. Hace unos años, Clifford descubrió que había suspendido la evaluación de docentes conocida como el modelo de valor añadido, […] la puntuación de Clifford había sido un ridículo 6 sobre 100. […] El modelo de valor añadido le había dado un suspenso, pero ningún consejo sobre cómo mejorarlo. Conque Clifford siguió dando clase como siempre lo había hecho y confío en que saldría bien. Al año siguiente su puntuación fue de 96. 
[…]
 Un análisis realizado por Gary Rubinstein, un bloguero y educador, demostró que uno de cada 4 profesores que enseñaban la misma asignatura en años consecutivos registraba una diferencia de 40 puntos en el modelo. Esto sugiere que los datos de evaluación son prácticamente aleatorios. No era el rendimiento de los profesores lo que variaba de un año a otro, lo que variaba era la puntuación generada por un ADM que era un auténtico fraude.
Resultado de imagen de cathy o'neil armas de destrucción matematica Pese a que sus puntuaciones no tienen sentido alguno, el impacto del modelo de valor añadido es generalizado y muy dañino. “He visto a profesores geniales que, al ver los resultados de esas puntuaciones, empezaron a pensar que podían considerarse mediocres como mucho -dice Clifford-. Dejaron de dar las estupendas clases que solían impartir y se centraron cada vez más en la preparación de las pruebas de final de año. Un profesor joven sufrirá si saca una puntuación baja en el modelo de valor añadido, mientras que, si saca una puntuación alta, puede tener la falsa sensación de haber alcanzado importantes logros que aún no se ha ganado”. 
 Como en el caso de tantas otras ADM, el modelo de valor añadido nació de las buenas intenciones. La administración Obama pronto se percató de que los distritos perjudicados a consecuencia de las reformas de la ley de 2001 denominada “Que ningún niño se quede atrás”, que imponían unas pruebas homologadas muy exigentes, solían ser los más pobres y desfavorecidos. En consecuencia, decidió otorgar exenciones a los distritos que pudiesen demostrar la efectividad de sus maestros y profesores para asegurarse de que dichos centros no resultarían perjudicados aunque sus alumnos se quedaran rezagados. 
 La utilización de modelos de valor añadido nace en gran parte de este cambio legislativo. Sin embargo, a finales de 2015, la moda de la evaluación de los docentes tomó lo que podría ser un giro aún más dramático. En primer lugar, el Congreso y la Casablanca acordaron derogar la ley “Que ningún niño se quede atrás” y sustituirla por una que diese a los Estados mayor libertad para llevar a cabo sus propias estrategias de mejora de los distritos escolares con bajo rendimiento. También se les otorgó un abanico más amplio de criterios que podían considerar, como la implicación de los alumnos y de los profesores, el acceso a trabajo avanzado del curso, el ambiente escolar o la seguridad. En otras palabras, los responsables de educación podían empezar a estudiar lo que ocurre en cada centro individual, y prestar menos atención a las ADM similares a los modelos de valor añadido. O, mejor aún, desecharlas por completo. 
 Aproximadamente en esa misma época, la comisión especial de educación del gobernador de Nueva York, Andrew Cuomo, anunció una moratoria de cuatro años en el uso de exámenes para evaluar a maestros y profesores. A pesar de ser bien recibido, este cambio no marca un rechazo claro a las ADM de evaluación docente, ni mucho menos el reconocimiento de que son injustas. De hecho, la presión provenía de los padres, que se quejaban de que el régimen de pruebas dejaba exhaustos a sus hijos y consumía demasiado tiempo del curso académico. En la primavera de 2015, un movimiento de boicot impidió que un 20 por ciento de los alumnos de tercero a octavo curso (equivalentes a tercero de primaria y segundo de secundaria) realizasen las pruebas. Este movimiento sigue creciendo. Cediendo ante los padres, la administración Cuomo como asestó un duro golpe a los modelos de valor añadido. Al fin y al cabo, si no podía hacer las pruebas a todos los alumnos, el estado carecería de los datos necesarios para alimentar el modelo. 
 Tim Clifford se alegró mucho de esta noticia, aunque sigue preocupado. “El movimiento de boicot forzó a Cuomo a doblegarse –escribía en un correo-. Temía perder el apoyo de los votantes más ricos de los mejores distritos escolares, que fueron precisamente los que más incondicionalmente lo apoyaron. Ha otorgado esta moratoria sobre el uso de las puntuaciones de las pruebas para olvidarse del asunto”. Clifford teme que las pruebas volverán. 
 Y es posible que así sea. Y puesto que los modelos de valor añadido han resultado una herramienta efectiva contra los sindicatos de enseñantes, no creo que lleguen a desaparecer en el futuro cercano. Están bien afianzados: el distrito de Columbia y cuarenta estados en todo el país los usan o desarrollan de una forma u otra. Ésta es una razón más para hacer correr la voz sobre estas y otras ADM. Cuando la gente las reconozca y comprenda sus defectos estadísticos, exigirán evaluaciones más justas, tanto para los alumnos como para los docentes. Sin embargo, si el objetivo de las pruebas es encontrar a alguien a quien echarle la culpa e intimidar a los trabajadores,  entonces, como hemos visto, una ADM que escupe puntuaciones sin sentido saca un sobresaliente.» 
  
     [El texto pertenece a la edición en español de Capitán Swing Libros, 2017, en traducción de Violeta Arranz de la Torre, pp.10-11, 43, 166-167 y 171-173. ISBN: 978-84-947408-4-8.]

sábado, 20 de febrero de 2021

El club de la miseria.- Paul Collier (1949)

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Primera parte: Definición del problema
I.-Rezagados y fracasados: el club de la miseria
Las trampas y los países atrapados en ellas

 «Imagine el lector que su país es pobre de solemnidad, con la economía prácticamente estancada y muy pocos habitantes con cierta preparación. Tampoco hay que esforzarse mucho para imaginar semejante panorama, pues así es como vivían nuestros antepasados. A base de trabajo, ahorro e inteligencia, una sociedad puede salir paulatinamente de la pobreza…, siempre que no se quede atrapada. Las trampas al desarrollo se han convertido en un  tema de discusión académica muy en boga, con una polarización entre la izquierda y la derecha bastante previsible. La derecha tiende a negar que existan las trampas al desarrollo y a afirmar que todo país que adopte políticas sensatas escapará de la pobreza. Por su parte, la izquierda tiende a considerar que el capitalismo global, por su propia naturaleza, genera una trampa de pobreza.
 Aunque el concepto de trampas al desarrollo lleva mucho tiempo en circulación, últimamente se asocia a la obra del economista Jeffrey Sachs, que se ha centrado en las consecuencias de la malaria y otras enfermedades. La malaria no deja que los países salgan de la pobreza y, como son pobres, su potencial de mercado para una vacuna no es lo bastante elevado como para que las compañías farmacéuticas inviertan las enormes sumas necesarias en su investigación. Este libro trata de cuatro trampas a las que se ha prestado menos atención: la trampa del conflicto, la trampa de los recursos naturales, la trampa de vivir rodeado de malos vecinos y sin salida al mar, y la trampa del mal gobierno en un país pequeño. Como muchos países en vías de desarrollo que ahora comienzan a prosperar, todos los países sobre los que versa este libro son pobres. Su rasgo distintivo es que se han quedado atrapados en alguna de esas trampas. Ahora bien, las trampas no son inexorables: con el tiempo, algunos países las han burlado y han empezado a recuperar terreno. Pero, por desgracia, últimamente este proceso de recuperación se ha detenido. Los países que lograron zafarse de las trampas durante la última década han tenido que afrontar un nuevo problema: ahora el mercado global es mucho más hostil hacia los recién llegados que en la década de 1980. […]   

Quinta parte: La lucha de los mil millones de pobres
XI.-Un plan de acción
¿Qué puede hacer la gente de la calle?

 La política de los países desarrollados para el club de la miseria ha fracasado. Muchas de estas sociedades van hacia abajo, no hacia arriba, y, en conjunto, se están alejando del resto de los países. Si dejamos que continúe esta tendencia, nuestros hijos tendrán que vérselas con un mundo víctima de una escisión alarmante, con todas las consecuencias que esto conlleva.
 No tiene por qué ser así. Los países del club de la miseria no tienen por qué estar condenados a sufrir guerras una y otra vez, sino que disponen de un amplio abanico de futuros posibles. Comparado con la Guerra Fría, el reto de impulsar el desarrollo del club de la miseria no resulta tan desmesurado, pero hace falta tomárselo en serio y que el electorado occidental, tanto de izquierdas como de derechas, cambie de actitud.
 La izquierda tiene que abandonar esa manía tan occidental de flagelarse, así como su visión idealizada de los países en vías de desarrollo. La pobreza no tiene nada de romántico. Los países del club de la miseria no están ahí para hacer de cobayas de experimentos socialistas; lo que necesitan es que se les ayude a avanzar por el camino, más que trillado, de la economía de mercado. Las instituciones financieras internacionales no forman parte de una conspiración contra los países pobres, sino que representan un empeño, erizado de obstáculos, por ayudar. La izquierda tiene que aprender a valorar el crecimiento económico. La ayuda financiera no se puede destinar únicamente a las prioridades sociales de más efecto mediático; hay que usarla para contribuir a que los países se incorporen a los mercados de exportación. En la actualidad, el libro de cabecera de la izquierda es el El fin de la pobreza, de Jeffrey Sachs. Por más que esté de acuerdo con la apasionada exhortación de Sachs para que entremos en acción, opino que exagera la importancia de la ayuda. La ayuda por sí sola no va a solucionar los problemas del club de la miseria; hace falta usar un abanico de medidas más amplio.
 La derecha, por su parte, tiene que dejar de pensar que la ayuda contribuye al problema porque sólo sirve para subsidiar a parásitos y ladrones, y desengañarse de la idea de que el crecimiento es algo que siempre está al alcance de las sociedades que se lo propongan. Asimismo, tiene que aceptar el hecho de que estos países están estancados y que les va a resultar difícil competir con China y la India. Es más, tiene que reconocer que a veces la actividad privada en el mercado global puede generar problemas para los países más pobres, y que estos problemas requieren soluciones políticas. Y dado que ni siquiera el gobierno estadounidense es lo bastante poderoso como para arreglar estos problemas por sí solo, dichas soluciones políticas tendrán que lograrse, por lo general, de forma conjunta. En la actualidad, el libro de cabecera de la derecha es La carga del hombre blanco, de William Easterly. El autor hace bien en burlarse de los errores y delirios de grandeza de la troupe de la ayuda al desarrollo, pero, así como Sachs exagera las bondades de la ayuda, Easterly exagera sus desventajas y niega la posibilidad de otras medidas. No somos tan impotentes ni tan ignorantes como creen.
Resultado de imagen de el club de la miseria  ¿Cómo afecta todo esto a los ciudadanos de a pie de los países ricos? En general, la gente tiene los políticos que se merece. Un ejemplo clásico en las democracias desarrolladas es el llamado “ciclo económico político”. Durante años, los gobiernos se dedicaron a gastar dinero justo antes de las elecciones para estimular artificialmente la economía, y sólo una vez reelegidos hacían frente al estropicio resultante. Con el tiempo, los votantes terminaron dándose cuenta de lo que pasaba, la estratagema dejó de reportar votos y los políticos, en consecuencia, abandonaron esa práctica. Un aprendizaje así es lo que hace falta en relación a las medidas necesarias para el club de la miseria. Estos cambios de mentalidad dependen de ciudadanos normales y corrientes, de gente que consigue leerse un libro hasta la última página. Naturalmente, en una obra de este tamaño es imposible presentar todas las pruebas, pero espero haber convencido al lector de tres ideas fundamentales, por desgracia bastante novedosas, que sintetizan cómo debe darse ese cambio de mentalidad.
 La primera es que el problema que afrontamos actualmente en materia de desarrollo no es el mismo de hace cuarenta años; ya no es el de los cinco mil millones de habitantes del mundo en vías de desarrollo cuyo progreso evalúan los Objetivos de Desarrollo del Milenio, sino otro mucho más específico: el de los mil millones de personas que viven en países estancados económicamente. Éste es el problema que vamos a tener que abordar y que, de continuar empleando los métodos actuales, seguirá siendo irresoluble por más que los indicadores genéricos de la pobreza mundial sean cada vez más favorables.
 La segunda es que en el seno de las sociedades del club de la miseria se libra una intensa batalla entre los individuos valientes que intentan cambiar la situación y los poderosos grupos que se les oponen. La política en el club de la miseria no es el proceso reposado y anodino al que estamos acostumbrados en las democracias desarrolladas, sino una contienda peligrosa entre polos morales opuestos. La lucha por el futuro del club de la miseria no es un enfrentamiento entre un mundo rico, pero malvado, y un mundo pobre, pero noble; es la batalla que tiene lugar dentro de las sociedades del club de la miseria, de la cual hasta ahora, en gran medida, no hemos sido más que espectadores.
 La tercera es que no tenemos por qué ser meros espectadores; nuestro apoyo a las fuerzas del cambio puede ser decisivo. Ahora bien, no sólo vamos a necesitar adoptar un enfoque más inteligente en relación a la ayuda sino emplear una serie de instrumentos que no han formado parte del arsenal al uso en materia de desarrollo: políticas comerciales, estrategias de seguridad, cambios en nuestras leyes y nuevas normativas internacionales.
 En resumidas cuentas, tenemos que reducir el objetivo y ampliar los instrumentos: ése debería ser el plan de acción del G-8.»
 
  [El texto pertenece a la edición en español de Turner Publicaciones, 2008, en traducción de Víctor V. Úbeda, pp. 24-25 y 309-312. ISBN: 978-84-7506-818-3.]
 

sábado, 28 de septiembre de 2019

Panóptico. Veinte ensayos fulminantes.- Hans Magnus Enzensberger (1929)

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Microeconomía

«Lo que los científicos de la economía entienden por economía lo comprenden, en el mejor de los casos, sólo ellos mismos. El resto del universo abriga ciertas dudas acerca de sus ideas y se pregunta si su dedicación constituye siquiera una ciencia. Bien es verdad que disponen de institutos, cátedras y un salario asegurado, pero su actividad tiene poco que ver con la manera de gestionar su economía particular la mayoría de las personas (amas de casa, jubilados o niños, por ejemplo). Los economistas sienten predilección por los grandes conjuntos y trabajan con ingentes cantidades de datos estadísticos. La mayoría tiene apego a una extraña y rancia ristra de teorías que, por la razón que sea, son consideradas neoclásicas. Quien los escucha se ve transportado a un mundo idílico con rasgos de cuento de hadas. Aprende con admiración que el mercado busca siempre, de forma inevitable y pese a algunas oscilaciones, un equilibrio, así como que dicho mercado es eficiente, se corrige y se optimiza él mismo y que todos los que participan en él se comportan de modo absolutamente racional. A pesar de tratarse de meras hipótesis sin demostrar o incluso indemostrables, estas suposiciones se dan por sentadas.
 Después del provisional deceso del comunismo, la teoría neoclásica se ofreció como sustituta de la utopía perdida. Aunque venía bastante pobre de bagaje, no escatimaba promesas ni le faltaban partidarios. Hacia finales del siglo XX se nutrió de elaboradísimos modelos matemáticos de gestión de riesgo. Los economistas tampoco se arredraron a la hora de formular aserciones sobre el futuro y el hecho de que por lo general sus pronósticos los pusieran en ridículo nunca los hizo dudar de su omnímoda competencia.
  Ello no significa que el gremio esté libre de enconadas luchas internas e intestinas, tan habituales también en otras ramas del saber. Keynesianos y monetaristas pelean desde hace décadas por la soberanía interpretativa. Un analista técnico no quiere ser confundido a ningún precio con un analista fundamental o un experto en ciclos. Últimamente incluso hay economistas que se han percatado de que en la teoría clásica la mayoría de los individuos sólo aparecen como magnitudes abstractas. Se reducen, según esa lógica, a su respectivo papel, siendo asalariados o consumidores o asegurados o inversores o accionistas o empresarios o ahorradores y, en cada uno de estos roles, conocen un sólo objetivo: maximizar su ventaja económica y nada más.
  En esto algunos clásicos del pasado habían llegado ya mucho más lejos. Eran completamente reacios a la idea de que las decisiones económicas se basaran en el rational choice, la elección racional. En su Fábula de las abejas del año 1714, Mandeville sostiene que son precisamente los vicios particulares (el engaño, la ostentación y la soberbia, por ejemplo) los que permiten la riqueza pública. Y Adam Smith, menos polémico, lo siguió con su famosa imagen de la “mano invisible”, que se suponía que equilibraba la actuación irrazonable del individuo y la tornaba en el mayor beneficio general.
  Nada quiso saber de ello la imperante doctrina neoclásica. Sin embargo, de un tiempo a esta parte, dicha doctrina viene sufriendo la presión de una nueva tendencia: la economía conductual. La economía conductual ha detectado una laguna abismal en este campo y se propone explorar por qué la gente no se conduce como la mayoría de los economistas presume. Se ha despedido del dogma del Homo oeconomicus razonable, pero no de la ambición de crear modelos lo más sólidos posibles. Para ello se sirve, por un lado, de ensayos empíricos y encuestas y, por otro, de métodos matemáticos como la teoría del juego o de teoremas de biología evolutiva o psicología social.
  Cabe dudar de que de esa forma descubran las triquiñuelas de la enigmática conducta de los imaginarios “sujetos económicos”. La ambición de emular las ciencias exactas hace que las personas figuren en sus cálculos como meros fantasmas estadísticos. A los investigadores, dignos de lástima, siempre se les atraviesa su amor por la abstracción. No son capaces de salir de su propio pellejo, tampoco los individuos a los que analizan.
  Y estos, sabido es, son propensos a toda suerte de caprichos, manías, costumbres y espejismos. Tienden al pánico y a la pereza, al egoísmo y a lo gregario. Con tal de salvar la cara, rescatar sus preferencias eróticas o la bella figura, muchos están dispuestos a hacer cualquier sacrificio. Al economista le tiene que parecer esto lamentable, insensato e ignaro. Por otra parte, cuantificar adicciones y angustias, confianza y frivolidad, rabia y obstinación supone una tarea de Sísifo. Los individuos burlan las entrevistas y los sondeos mintiendo descaradamente no sólo al interrogador sino también a sí mismos. Además, suelen vulnerar las más elementales reglas económicas.
  La mayoría de sus transacciones diarias tienen lugar fuera de los circuitos crematísticos y crediticios. Crían niños sin exigir a cambio una remuneración adecuada; traban relaciones laborales sin asegurarse contra posibles impagos o sin hacer siquiera un cálculo razonable de perdidas y ganancias; a veces trabajan gratis, desaprovechan oportunidades excelentes por pura cabezonería, tiran el dinero por la ventana, malgastan un tiempo valioso, se fían de su horóscopo o de la fetua de un teólogo, regalan lo que sea sin recibir contrapartida, y, así, sucesivamente, para desesperación de los teóricos.
  Se abre, pues, en lo que a las prácticas económicas reales de la especie se refiere, una enorme zona oscura. Los conceptos al uso de trabajo negro, mercado negro y dinero negro no cuadran y no hacen justicia a la economía informal. Para arrojar un poco de luz sobre el asunto, necesariamente habría que entrar en detalles, lo que quiere decir renunciar a tesis generalizables y dejar la ciencia a los científicos, si bien al experto eso no le está permitido. Tal microeconomía podría funcionar sin mucha parafernalia y comenzar con investigaciones en el círculo familiar y de amigos. Por lo pronto bastaría con media docena de cobayas para convencerse de que en este terreno reina una fabulosa diversidad.
  Tendríamos, por ejemplo, a la mujer polaca que cada quince días hace un viaje en autobús de doce horas a casa para ocuparse de su madre medio paralítica y que después vuelve, en el mismo autobús, para trabajar en la limpieza en Alemania. Nunca ha rellenado un impreso oficial, no tiene cuenta bancaria, no paga impuestos y sólo acepta dinero en efectivo, pero es de una honradez férrea porque sabe que Jesús desaprobaría todo lo que no lo fuera.
  Existe también el empresario derrochador de ideas que no para de crear empresas y da al traste con todo intento que pretenda encasillarlo, pues, en cuanto afloran beneficios, abandona la boyante empresa porque las rutinas del éxito lo aburren a muerte y porque, según afirma, “no necesita dinero”.
  Sin olvidar al bibliófilo y amante de la belleza que gusta de invitar a sus amigos a buenísimos restaurantes y que confiesa con rostro compungido que ha olvidado la billetera en cuanto el camarero trae la cuenta.
  Está también el médico de cabecera que se entrega muchísimo a un coro pero una vez al año se pierde unos cuantos ensayos porque anda por Burundi o el Congo, donde no sólo presta primeros auxilios para Médicos sin Fronteras, sino que también se enfrenta a niños soldados y señores de la guerra. Y, al parecer, paga los billetes de avión de su propio bolsillo.
  Nadie comprende por qué el jardinero que viene a casa tres veces al año no manda factura, pese a nuestras reiteradas reclamaciones, y eso que el banco le ha cerrado el crédito. Sólo dice, a modo de justificación, que tiene preocupaciones mas acuciantes. ¿Y como es que el renombrado novelista no encuentra editor para su nuevo libro? ¿Y como se explica que alguien no tenga dinero pero sí cocinera y secretaria a las que paga puntualmente y ya no le fían en la tienda de la esquina y, para cenar, se conforma con un huevo frito y un cacho de pan?
  Y la cosa no se detiene ahí: como todo lector de periódicos sabe, la total irracionalidad que con tanta persistencia asombra y aturde a los economistas no se detiene ante los de su estamento, sino que va más allá. Alcanza su máxima expresión en los agentes de los mercados financieros y sus asesores. El economista distinguido con el Premio Nobel se luce con una quiebra que hace sacudir Wall Street. El banquero inversionista cuyo juego de pirámide le ha costado tres años de dulce chirona parte sin demora hacia Singapur o Dubai para crear el siguiente fondo buitre, y el solitario operador de día neoyorquino no puede conciliar el sueño porque la bolsa de Tokio abre a las tres de la madrugada, razón por la cual necesita tener a mano una bolsa de cocaína día y noche a fin de permanecer despierto.
  Fenómenos de esta índole a lo sumo salen en las secciones económicas de la prensa si se trata de agentes que mueven grandes cantidades. De los otros apenas sí se habla en la esfera pública. Es probable que transiten lejos de toda lógica de manual doctrinal, por zonas sobre las que ninguna Facultad de Economía es capaz de brindar información. Sólo de vez en cuando alguna cadena privada ofrece un fugaz vistazo a las tinieblas, a través de series como Saliendo de las deudas. No hay motivo para temer o esperar que tales conclusiones sean susceptibles de una generalización coherente. Por tanto, quien desee saber cómo se conduce la gente y qué es lo que la induce, debería tal vez comenzar por sí mismo. Detectaría bien pronto que su racionalidad económica no es muy superior a la de los locos que una y otra vez le causan tanta extrañeza.»

    [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Malpaso, 2016, en traducción de Richard Gross. ISBN: 978-84-16420-27-8.]