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miércoles, 2 de febrero de 2022

La televisión.- Jean-Philippe Toussaint (1957)


Resultado de imagen de jean philippe toussaint  «Fue aquella tarde cuando experimenté la primera manifestación del mono. Había dejado de ver la televisión la víspera, aproximadamente a la misma hora en que acabó el Tour, y no fue hasta al ir a sentarme en el sofá del salón después de la llamada de Delon cuando sentí una sensación de dependencia, una especie de estado de dolor impalpable y difuso, que me atormentó aún varias veces durante el día, siempre que me quedaba un rato en el salón delante del televisor apagado. Se manifestaba por lo general en forma de accesos cortos y violentos, que me acometían y me dejaban un instante sin reacción, aunque en el instante mismo en que sufría sus punzadas podía soportarlas muy bien. Pues la esencia dolorosa de la dependencia no reside en el sufrimiento presente –la dependencia es indolora en el momento-, sino en la perspectiva del sufrimiento, en el dilatado futuro que cabe imaginar. Lo insoportable entonces en la dependencia es la duración, es el horizonte vacío que ofrece ante sí, es saber que permanecerá tanto tiempo como puedas imaginar. Hagas lo que hagas, te hallas a perpetuidad frente a un adversario que no tienes por dónde coger, pues la dependencia, por naturaleza, rehúye el combate y lo aplaza hasta el infinito, impidiéndote para siempre librarte de las tensiones que acumulamos inútilmente para vencerlo.
 Sentado en el sofá del salón delante del televisor apagado, miraba la pantalla frente a mí y me preguntaba qué estarían dando en ese momento. Una de las características de la televisión, cuando no se la mira, es hacernos creer que algo podría pasar si la pusiéramos, que algo podría ocurrir más fuerte y más inesperado de lo que de ordinario nos ocurre en la vida. Pero esta confianza es vana y, claro está, se ve perpetuamente decepcionada, pues no pasa nunca nada en la televisión, y el menor acontecimiento de nuestra vida personal nos afecta siempre más que todos los acontecimientos catastróficos o afortunados que podemos presenciar en la televisión. Nunca se produce el menor contacto entre nuestra mente y las imágenes de la televisión, la menor proyección de nosotros mismos hacia el mundo que ofrece, lo que hace que, sin el concurso de nuestro corazón, privados de nuestra sensibilidad y de nuestra reflexión, las imágenes de la televisión no remitan nunca a ningún sueño, ni a ningún horror, a ninguna pesadilla, ni a ninguna dicha, no susciten ningún impulso, ningún vuelo, y se limiten, favoreciendo nuestra somnolencia y engordando nuestras grasas, a tranquilizarnos.
[…]
 Hace algún tiempo, hice un extraño experimento viendo la televisión. Cuando uno ve la televisión está obligado a construir constantemente su propia imagen mental a partir de tres millones de puntos luminosos de intensidad variada que nos ofrece permanentemente la imagen televisada, completando así sucesivamente nuestra psique el proceso de configuración siempre progresiva de las imágenes que se nos presentan (lo cual parece bastante complicado a primera vista; pero, tranquilícense, el más modesto estudio de medición de audiencia tendería a demostrar que está al alcance de cualquiera). Aquella tarde, pues, haría una o dos semanas, había visto el telediario del segundo canal de la televisión alemana sentado en el sofá con una bandeja de comida como para ver la tele (tiempos dichosos que ya no volverán), descalzo y con la mano en el arco del triunfo, comiendo tranquilamente un muslo de pollo con mayonesa. Luego, con objeto de completar mi experimento con todo el rigor que me caracteriza, dejé el hueso del muslo en la mesita del salón, me limpié los dedos con una servilleta pequeña y, sin apartar la vista de la pantalla, concentrada la mente y alerta los ojos, me dio por contar una veintena de puntos luminosos en la pantalla, aunque, para ser más exactos, tengo que reconocer que no identifiqué ninguno, pero como, a pesar de todo, la imagen de un presentador seguía llegando a mi cerebro, deduje que, a partir de aquella veintena de puntos que debí de haber percibido en la pantalla, mi mente había podido reconstruir la totalidad de la citada imagen completándola lógicamente a partir de los elementos que se le suministraban, y llenando así línea por línea los puntos que faltaban para obtener la imagen completa y coherente de la cara con gafas de Jürgen Klaus, que presentaba el telediario del segundo canal de la televisión alemana aquella tarde, y después mientras seguía descomponiendo aquel rostro grave e impostado constituido por tres millones de puntos luminosos que, a razón de seiscientas veinticinco líneas por imagen y de cincuenta tramas por segundo, seguía presentando el telediario, me dije que no era Jürgen Klaus aquel presentador con gafas, sino Claus Seibel, los confundo un poco a todos esos presentadores de televisión, a pesar de los tres millones de puntitos de todos los colores que los caracterizan.
Resultado de imagen de jean philippe toussaint la televisison A eso de las ocho, como seguía estando en el salón, me entraron ganas de encender a televisión para ver los informativos (pero no lo hice, es eso lo que admiro en mí). Sentado en el sofá, con las piernas cruzadas, me preguntaba cuántos podíamos ser los que no veíamos la televisión en aquel momento, y hasta, de modo más general, cuántos éramos los que en el mundo habíamos dejado de ver definitivamente la televisión. Dada la falta de toda estadística precisa sobre el tema, el único criterio más o menos fiable para fijar la pertenencia a una categoría estadística tan vaga e indiscernible como la de las personas que no veían nunca la televisión no podía ser sino la ausencia del televisor en el hogar. Y ni siquiera era un criterio definitivo, ya que dejaba aparte a quienes como yo se hallaban en la situación paradójica de tener la televisión y no verla nunca (aunque, en mi caso, sólo había dejado de verla definitivamente desde hacía algo más de veinticuatro horas). Pero, en fin, no compliquemos las cosas, eso no modificaba el aspecto estadístico del asunto. No era descabellado suponer que la proporción de personas que tenían televisión y habían dejado de verla hacía menos de veinticuatro horas debía de ser ínfima. Por lo demás, según los pocos estudios que había podido leer sobre la cuestión, parecería que tan sólo un dos o tres por ciento de hogares en Europa no estaba dotado de televisor. Sumando este número a los atípicos casos de personas de mi especie que tenían televisión pero no la veían nunca, el resultado era, con todo, un total del tres por ciento del conjunto de la población europea absolutamente refractaria a la televisión. Y aun había que matizar este esperanzador número, teniendo en cuenta que nuestra muestra se componía esencialmente de vagabundos, de gente sin hogar, de delincuentes, de presos, de hospicianos y de enfermos mentales. Pues tal parece ser la característica principal de la categoría estadística de los hogares sin televisión: el carecer no tanto de televisor cuanto de hogar.
[…]
 John no tenía televisor, de todos modos. Lo que no le impedía, me explicó durante la cena, consultar regularmente los programas de la televisión en los periódicos, y hasta ver los que le interesaban, pidiendo prestado un televisor. Además, había observado que la gente era bastante reticente a prestar el televisor, los libros vale, tanto como se quiera, los discos, los vídeos, la ropa, ¿por qué no?, pero no el televisor. Era sagrado, y cada vez que le habían prestado uno, me explicó sonriendo, había advertido la angustia de los dueños en el momento en que se disponía a salir con el aparato; los niños, casi llorando en el salón bajo el ala consoladora del brazo de su padre, miraban a John desenchufando el aparato y los diferentes cables de la antena y del vídeo, y lo seguían tristemente por el pasillo cabizbajos, mientras John, con paso lento debido al peso del aparato que llevaba en vilo, salía al rellano y empezaba a bajar la escalera volviéndose para dar las gracias y prometer que devolvería el aparato tan pronto como hubiera visto el programa. Al llegar al patio de la casa, dejaba un instante el aparato en el suelo para recobrar el aliento antes de regresar andando a su casa si los amigos que le habían prestado el televisor no vivían demasiado lejos, o de lo contrario, lo cargaba cuidadosamente en un pequeño remolque enganchado a su bicicleta. Después de sujetar el aparato en el remolque con todo un juego de cuerdas y pulpos, se subía en la bicicleta y se alejaba pedaleando tranquilamente por la calle o por el carril bici, con el voluminoso aparato de televisión bien sujeto detrás de él en el remolque protegido por periódicos viejos y trapos, hasta tal punto que alguien que viera pasar semejante convoy por la calle y no conociera a John, lo tomaría seguramente por un chamarilero, cuando no se trataba, en definitiva, sino de un espectador.»
  
   [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Anagrama, 1999, en traducción de Josep Escué, pp. 81-82, 89-91 y 101-102. ISBN: 84-339-0896-0.]

miércoles, 1 de agosto de 2018

Víctimas de la moda. Cómo se crea, por qué la seguimos.- Guillaume Erner (1968)


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Tercera parte: ¿Por qué marca la moda?
7.-La moda para convertirse en uno mismo

«Para evocar las “buenas razones” por las que nuestros contemporáneos siguen la moda hay que poner entre paréntesis nuestros juicios de valor. Calificar a los fashionistas de seres irracionales es una manera de condenar las tendencias y a quienes las siguen. ¿Hay que estar a favor o en contra de la moda? Es difícil decidir. Por otra parte, algunos no eligen: están contra la moda, muy en contra. Ilustración caricaturesca: Madonna. En su álbum American Life, la cantante denuncia el imperio de la moda, la dictadura de la belleza y de las tendencias. Pero el mundo en el que vivimos no es en el que cantamos: después de todo, Madonna puede criticar un sistema del que ella constituye un mecanismo esencial.
 Para entender las razones que nos incitan a seguir la moda, es importante intentar comprender antes de tratar de juzgar. Desde luego, bajo ciertos aspectos, nuestra relación con los vestidos puede parecer absurda. Las colas en las rebajas, la obsesión por las tendencias, constituyen una representación gregaria y narcisista de nuestros coetáneos. A veces, estos comportamientos no son sólo extraños sino que se convierten en francamente patológicos, como en el caso del síndrome de la compra compulsiva. Sin embargo, las enfermedades de la moda nos reenvían a nuestra propia normalidad y nos muestran ostentosamente que la pasión por los trapos no puede reducirse a una pasión por los objetos.    
 
Enfermos por la moda
 Koba S. tiene una pesada responsabilidad: debe encarnar la locura consumista de sus contemporáneos. Este japonés de treinta años no tiene más que un ídolo y es una marca. Su existencia se resume en coleccionar metódicamente todos los vestidos del diseñador belga Dries Van Noten. Para estar seguro de no perderse ninguno, hace los pedidos por anticipado y se desplaza a Osaka, donde está su boutique preferida. Una imagen le muestra en su minúsculo estudio de Tokio: está estirado sobre la cama y, a su alrededor, dispuestos en corola, los artículos firmados por su creador preferido. Koba forma parte de las docenas de japoneses, fotografiados por Kyoichi Tzusuki, en la serie que consagró a las happy victims, estos individuos convertidos en adictos a una marca.
 Cada uno de los clichés de Tzusuki provoca malestar, como la frase que los acompaña: “Sois lo que compráis”. Evidentemente, al mundo de la moda le encantó. No se trataba de recuperar otra vez el pensamiento crítico: en realidad, la moral que sostiene el trabajo de Tsuzuki está ampliamente consensuada, consistiendo en denunciar a un Occidente enfermo de objetos. De todas las profecías marxistas, la única que tiene sentido hoy en día es la que evocaba el fetichismo de las mercancías. Es también la razón por la que fascina el síndrome de la compra compulsiva (SCC). Esta patología depende de esas enfermedades mentales transitorias descritas por Ian Hacking, que aparecen en “un lugar en una determinada época” antes de desaparecer o de “reaparecer de cuando en cuando”. De alguna manera, el SCC desempeña para nosotros el papel que en el siglo XIX jugó la histeria. Incluso aunque el número de casos de compradores compulsivos sea muy pequeño –al contrario que los histéricos diagnosticados en el pasado siglo-, esta enfermedad habla de la época.
 La fascinación por la víctimas del SCC es tan fuerte que cuando los medios encuentran un ejemplo apetitoso le aseguran la mejor difusión. Un ejemplo: los americanos lo saben todo del caso Elizabeth Roach, acusada de haber robado a su patrón casi 250.000 dólares para llenar su guardarropa. Si esta mujer hubiese sido una modistilla incapaz de encontrar el traje apropiado para una cita amorosa, el hecho no hubiese tenido tal vez tanto eco. Pero no: en la vida civil, esta fashion victim era un cargo superior de Andersen, con un salario anual de 150.000 dólares. La vida de Elizabeth Roach era sorprendentemente simple: cuando no trabajaba, compraba. Vestidos a menudo, zapatos más: setenta pares en una sola tarde. “Comprar” es un verbo demasiado superficial para describir el comportamiento de esta mujer: en realidad, ella se sometía a una exhortación, como si una divinidad superior le diera la orden de llenar el armario. Está claro que no buscaba “algo que ponerse”, sino que engrosaba su guardarropa. La mayoría de las víctimas de este síndrome no conocen más que algunos episodios de crisis a lo largo de toda su vida, pero para Elizabeth Roach estos episodios se sucedían con tal frecuencia que su vida cotidiana se organizaba en torno a estas sesiones de shopping. Mientras los otros vivían, ella saqueaba las tiendas en solitario. En un viaje de negocios a Londres, prefirió seguir con su sesión de shopping antes que acudir a una cita de trabajo. La tarde fue fructuosa: 30.000 dólares de gastos, 7.000 de ellos por una hebilla de cinturón. Tal vez el disfrute proporcionado por estas compras escondía en realidad una llamada de socorro, un intento de romper esta lógica infernal: en ella, la consumidora había matado a la mujer. La justicia escuchó el lamento y la atrapó al bajar del avión.
 Los compradores compulsivos simbolizan el sufrimiento de los ricos en su más pura obscenidad. Frente a ellos, la opinión oscila entre la compasión y la condenación. El debate fue lanzado en Estados Unidos en 2002 por una misteriosa Karyn. Esta treintañera a lo Bridget Jones hizo vía Internet una llamada de socorro: su banquero amenazaba con suprimirle su tarjeta de crédito si no abonaba el déficit provocado por sus sucesivas visitas a Prada y Gucci. También pedía, como si fuera una enferma y no una culpable, ¡que se le hiciesen donativos! Además, también puso a la venta en la web el centenar de vestidos inútiles, responsables de los problemas con su banquero. ¿Una broma? El site savekaryn.com dividió a la opinión y suscitó una respuesta, lógicamente bautizada dontsavekaryn.com.
 El ejemplo de Karyn, como el de otras compradoras compulsivas, atestigua la naturaleza singular de nuestras relaciones con la moda. Sólo los objetos investidos pueden suscitar comportamientos tan extremos. La experiencia de la carencia o del exceso se fija muy a menudo en identidades altamente simbólicas, como la comida o el sexo. Que nuestra relación con los vestidos sea normal o patológica encubre siempre más que una pasión banal por nuestro guardarropa.
 
Vestir nuestro ser
 La moda afecta a una cuestión esencial para nuestros contemporáneos, tal vez la más esencial de todas: la de su identidad. Por eso, interpretar este fenómeno como un signo suplementario del materialismo de Occidente es lo mismo que hacerlo incomprensible.
 Como hemos visto anteriormente, las tendencias no se aplican sólo a los objetos comerciales: el ejemplo de los nombres basta para persuadirnos. Por otro lado, nuestra época conoce, al igual que las precedentes, formas de moda hostiles a la moda, y el vigor de estas modas alternativas es proporcional a la dimensión tomada por la economía de la moda. Las estrategias que apuntan a vestirse fuera de los circuitos tradicionales se han multiplicado estos últimos años y ya no son sólo propias de los marginales. El vintage saca una parte de su atractivo de este hastío: el exceso de marcas, de novedad, de publicidad ha moldeado las estrategias de respuesta. De esta manera, una parte de la clientela se ha apartado de las marcas tradicionales en provecho de la ropa de segunda mano o de los mercadillos. Desde entonces, el juego cambia sus reglas: ya no consiste en perseguir la última novedad sino, al contrario, en vestirse con viejos modelos de tejanos o zapatillas deportivas. Rápidamente también ahí se han creado distinciones: no se trata de encontrar simplemente un viejo Levi´s, sino un 501 en particular, que estuvo brevemente en el mercado. El vintage tomó mucha importancia en la década de los noventa, acompañado en su desarrollo por movimientos que se singularizaban también por los vestidos recuperados. La trilogía tejano (o pantalón de camuflaje), camiseta, zapatillas deportivas fue igualmente promovida por los adeptos al tecno o tribus urbanas como los rollers o los skates. Evidentemente, desde su aparición, estas tentativas de evitar el sistema comercial no han ido muy lejos: las marcas han sabido explotar hábilmente estos entusiasmos.
 Sin embargo, estas tendencias especialmente populares entre los jóvenes subrayan una vez más que la moda es, ante todo, una manera de moldear su identidad. Por su apariencia, un individuo se sitúa tanto con respecto a los otros como a sí mismo. En estas condiciones, la moda es uno de los medios que utiliza para convertirse en él mismo. Este medio no tiene tal vez la misma dignidad que la religión o el militantismo, pero desempeña la misma función en cierta medida.»

[El texto pertenece a la edición en español de la Editorial Gustavo Gili, 2005, en traducción de Inmaculada Urrea y Marta Camps. ISBN: 84-252-2066-1.]