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miércoles, 13 de abril de 2022

Candela.- Juan del Val (1970)

JUAN DEL VAL | Casa del Libro  «Joaquín me ha propuesto un par de planes para este fin de semana. Uno de ellos era viajar juntos a Granada para hacer algo de turismo e ir a los toros, porque al parecer hay allí una buena corrida. Otra posibilidad es irnos a Alicante y desde allí acercarnos a ver el hotelito que quiere montar al lado del mar cuando definitivamente pueda dejar a su hijo al cargo de sus restaurantes. Aunque creo que me va a horrorizar, tengo curiosidad por ir a los toros con él, de tanta pasión que pone al contarlo, y también me apetece ver su proyecto del hotel, que me describe con tanta ilusión. Me cuenta que se trata de un edificio abandonado que hay que renovar por completo, pero que está pegado al mar, en un lugar exclusivo. Me iría con él a Granada, a Alicante o a cualquier sitio, pero me parece demasiado arriesgado pasar juntos dos noches tan pronto. No es por aquello que le pasó, pero considero que debemos conocernos un poco más antes de levantarnos en la misma cama.
 Al final, vamos a ir a la ópera, a la que Joaquín también es muy aficionado. Yo no he ido en mi vida y, a pesar de la ilusión que me hace, siento nervios porque no sé si sabré comportarme, ni siquiera sé qué ponerme. Mi referencia más próxima a la ópera es la escena de Pretty Woman en la que Richard Gere lleva en avión a Julia Roberts a ver La Traviata y ella acaba llorando de la emoción. Las diferencias son notables entre Julia Roberts y yo, entre Joaquín y Richard Gere, el avión, el vestido largo de terciopelo rojo de ella, el esmoquin de él, la joya que Julia lleva en su cuello…, pero hay algo en lo desconocido del plan de esta noche que me hace mucha ilusión y me inquieta. No voy a ponerme un vestido largo, entre otras cosas porque no tengo ninguno, pero tampoco voy a ir en vaqueros. Joaquín no me ha sido de gran ayuda, porque al pedirle consejo sobre cómo debería ir vestida me ha contestado con la siguiente frase: “Tú ponte guapa”, algo que me ha confundido aún más.
 Joaquín tiene dos abonos en el teatro Real desde hace algunos años. Me cuenta que se aficionó a la ópera por su exmujer. A ella le estará siempre agradecido por haberle despertado el interés por los libros, la música, los viajes, la cultura en general. Era una mujer muy sofisticada, de buena familia, que ayudó a Joaquín a relacionarse socialmente y a abrirle la visión tan reducida del mundo que tenía hasta entonces. Luego se separaron y ella se volvió a casar, pero cuando Joaquín me habla de ella siempre lo hace con cariño y se intuye una buena relación.
 Esta noche quería venir a recogerme a mi casa, pero yo he preferido que nos viéramos cerca del teatro.
 —¡Qué guapa estás! —me dice, dándome dos besos.
 —¿Te gusta?
 —¡Es muy elegante!
 No se lo digo, pero todo lo que llevo es de estreno, hasta la ropa interior. Nada de lo que tenía en el armario me convencía, así que me fui de compras. Dudé mucho si proponerle a Araceli que me acompañara, más que nada porque me daba vergüenza, pero me pareció una buena excusa para volver a vernos. A ella le encantó la idea de pasar juntas una mañana como si fuéramos amigas, como si fuéramos hermanas…
 Desayunamos primero y luego me llevó a algunas tiendas por el barrio de Justicia para elegir mi vestido para la ópera. Finalmente me decanté por uno verde muy oscuro, que lleva algo de encaje y que creo que me favorece mucho. También me ayudó a elegir los zapatos negros de tacón alto, muy incómodos pero muy bonitos. Araceli y yo nos abrazamos al despedirnos y me agradeció que me hubiera acordado de ella para mis compras. Creo que hasta se emocionó un poco cuando me decía adiós, y sospecho que alguna lágrima se le cayó al darse la vuelta. A mí también me pasó.
 La ópera es de Wagner y se titula El oro del Rin. Joaquín me explica que seguramente no es la mejor para iniciarse, por su densidad, aunque dura menos de tres horas. Sólo tres, una de las más cortas de Wagner. Pienso que es una broma calificarla de corta, pero Joaquín me aclara que algunas de este compositor duran hasta cinco… Él saluda a los vecinos de asiento y al presentarme les cuenta a todos que es mi primera experiencia. Las señoras, muy elegantes, la mayoría mayores que yo, y casi todos los hombres con traje oscuro. Joaquín lo lleva negro y su corbata es verde oscuro, casualmente casi del mismo tono que mi vestido. Cualquiera diría que nos hemos vestido juntos. Todo el mundo se muestra amable con él y por supuesto conmigo. Al abrirse el telón vuelvo a acordarme de Julia Roberts en Pretty Woman cuando Richard Gere le dice que la música tiene tanta fuerza que no hace falta entender lo que cantan en el escenario. El saludo de la orquesta antes de empezar a tocar con todo el teatro en pie aplaudiendo me llega a emocionar, y eso que todavía no ha empezado…
 La música es extraña, yo diría que poco rítmica, pero es impresionante la potencia con la que suena a través de la orquesta, tocando a tan poca distancia. Una mujer canta sola en escena y pronto se le añaden otras dos más con las que aparentemente discute; lo hacen en alemán, así que más bien es intuición. A pesar de los subtítulos que van pasando en las pantallas, me parece tan complicada que no me entero. Además, se me olvida leerlos mientras miro los gestos de los cantantes. La verdad es que no sé lo que está pasando, no sé si los hombres son monjes y ellas diosas o si son mujeres normales y ellos soldados… Me agobia no entender nada. Toda la música me suena trágica y las voces muy impresionantes, la verdad, pero también me parecen un poco desquiciantes. El público a mi alrededor parece pintado, absolutamente inerte ante lo que pasa en el escenario. Sin que se me note, miro el reloj y veo que llevamos poco más de media hora. Joaquín me mira y me sonríe y yo le devuelvo la sonrisa, disimulando que El oro del Rin me está resultando efectivamente demasiado densa. Por un momento pienso en las que duran cinco horas y me entra la risa. Un señor con túnica canta junto a una mujer y otros dos hombres, que creo que representan espíritus —yo qué sé—, deambulan por el escenario y de vez en cuando cantan algo parecido a una contestación a los actores principales. Mi risa va en aumento y eso me empieza a preocupar. Estoy a punto de no poder controlarla y es algo que me pone un poco nerviosa, espero que no me dé un ataque en medio de este dramón. Esa reflexión me hace más gracia y empiezo a taparme la cara y a esconderla para que no se me note que no puedo parar. Me lloran los ojos, me entra calor, es imposible contener la risa porque todo me hace cada vez más gracia. Yo vestida de estreno, las mujeres y los hombres del escenario con sus voces privilegiadas cantando o hablando en alemán, algo que aumenta mi desasosiego, el público tan concentrado en la obra y mi risa que cada vez me da más risa. Joaquín se da cuenta del ataque que me ha entrado y al mirarme se pone serio, parece que se enfada conmigo. Es sólo un momento porque al volver a mirarle, él también se ríe.
Candela - Juan del Val | Planeta de Libros —¡Voy un momento al baño! —le hablo al oído, entrecortada por la risa.
 —Y yo contigo —me responde.
 Menos mal que estamos al lado del pasillo y nos marchamos de allí sin molestar demasiado mientras en el escenario continúan cantando en alemán profundo una tragedia que sigo sin comprender.
 —Debería haber visto La Traviata —le digo a Joaquín, un poco avergonzada, nada más salir del teatro.
 —¡La verdad es que ésta es un coñazo! —me reconoce entre risas.
 Nos abrazamos y nos besamos en la misma puerta del teatro y por un momento me veo protagonista de una comedia romántica. Hacía mucho que no me reía tanto, y Joaquín me gusta cada vez más.
[…]
 Creo que en mi familia no se hacen las cosas bien. Ni antes, cuando vivía con mi madre y mi abuela, ni ahora que lo hago yo sola. Algo falla o no está lo suficientemente bien. Es una sensación difícil de explicar, pero siempre me parece que en mi casa todo sale peor que en otras casas. Pienso que mi baño está más sucio que el de los demás, que mi sofá es más incómodo que la mayoría de sofás, que mi tele se ve peor, que debajo del resto de camas no hay pelusas, que nunca se pudre nada en otras neveras, que las sartenes están impecables, que las otras personas no sudan las almohadas, que su wifi funciona siempre y lo hace más rápido… Pienso en esos detalles sin demasiada importancia, pero creo que también hay algo en mi vida que debo esconder. Una parte fea de la que todo el mundo podría reírse y yo me moriría de vergüenza, como cuando las niñas se daban codazos al ver a mi madre con el parche en el ojo.
 —¡Le pasa a todo el mundo! —me asegura Araceli, riendo.
 —¿Tu wifi tampoco va bien?
 —Y mis sartenes también se pegan en cuanto pasan unas cuantas semanas.
 Araceli y yo nos reímos en una mesa al lado de la ventana. Es la primera vez que viene a El Cancerbero. Quería que supiera dónde trabajo y cómo es el lugar en el que he pasado la mayor parte de mi vida.»

   [El texto pertenece a la edición en español de Espasa Libros, 2019, pp. 128-131 y 164. ISBN: 978-84-670-5553-5.]

domingo, 10 de noviembre de 2019

El amante inacabado.- Gaëlle Guernalec-Levy (1976)

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5

«Los días, incluso las semanas siguientes, fueron bastante duros para mí. No dejaba de rememorar aquel breve instante de intimidad, confiando en que muy pronto habría otros. Cuando D. se sentaba delante de mí, pasaba largos ratos con la vista clavada en la piel mate de su nuca, allí donde el cabello dibujaba una V de conmovedora delicadeza. Cuando lo observaba a hurtadillas era para hacer un zum en su boca. Lo veía mover los labios y tenía la impresión de sentir que rozaban mis senos. Aquellas visiones fugaces de D. podían turbarme durante horas. No obstante, él se mostraba en extremo distante, impasible, no dejaba traslucir nada ni de sus sentimientos ni de sus intenciones. Sólo nos veíamos en el instituto, durante las pausas entre las clases, y nunca a solas. Me parecía inconcebible haber conocido semejante proximidad física y no conservar nada de ella en nuestros encuentros cotidianos. Seguía negándose a poner en peligro su relación amorosa oficial. De hecho, me lo había notificado claramente durante un intercambio de notas en clase de francés; se disculpaba por hacerme sufrir, pero me pedía que no esperase nada de él. Yo intentaba con mayor o menor éxito hacerme la indiferente, puesto que mi juventud no era óbice para que conociera la vieja fórmula "sígueme y te rehuiré, rehúyeme y te seguiré". Me mostraba especialmente cordial con los demás chicos del grupo, me esforzaba en estar alegre. Pero en cuanto me hallaba a solas, me embargaba un humor sombrío y era incapaz de encontrar el menor interés en la vida que llevaba. Como suele ocurrir en la adolescencia, alternaba los estados de exaltación con otros de depresión profunda. Experimentaba cada emoción de forma muy exacerbada. D. no me dirigía la palabra durante una semana y yo a mi vez me volvía muda. Me pasaba la sal en el comedor y volvía a mi casa alegre como unas castañuelas.
 Con frecuencia, por la tarde después de las clases, los de la pandilla nos encontrábamos en el café de la esquina, siempre el mismo, los chicos para jugar una partida de futbolín y las chicas para charlar o jugar a los dados en la mesa de al lado. A veces nos dejaban desafiarlos al futbolín, y se burlaban de nuestra torpeza, de nuestro uso inmoderado y sin embargo formalmente prohibido de las "ruletas", de los grititos agudos que lanzábamos cuando la acción se intensificaba. Unos y otras nos pasábamos el rato provocándonos con las palabras, comunicándonos en modo ironía y doble sentido, la mejor estrategia que habíamos encontrado para camuflar la curiosidad y la mutua atracción que el otro sexo no dejaba de suscitar. Cuando D. se hallaba presente, concentrado en el balón en miniatura, con el cigarrillo en la comisura de los labios, miraba sus manos aferradas a los mandos del futbolín. Veía cómo contraía los nudillos. En ocasiones se arremangaba hasta los codos y podía contemplar sus antebrazos a placer. Los encontraba viriles y poderosos. Si hoy me cruzara con el chico de mis dieciséis años tal como era entonces, ciertamente me parecería un crío. A la sazón representaba para mí un arquetipo masculino fascinante, con su mirada sexualmente explícita y la ambivalencia en su forma de tratarme, alternando desinterés, camaradería y parada amorosa.
 Un día tuvimos un diálogo un tanto vivo. Quería ponerme a prueba, sin verdadera malicia, pero yo estaba a flor de piel tras varias semanas durante las cuales me había ignorado de modo ostensible y no supe mantener la actitud neutra y falsamente desdeñosa que me esforzaba en adoptar frente a él. Me había puesto una falda corta, favorecedora sin ser vulgar. D. subió detrás de mí por la escalinata que llevaba a las aulas del primer piso. Oí que decía a mi espalda: "Medias debajo de unos vaqueros y pantis debajo de una falda... un poco raro, ¿no?" No pude evitar parecer irritada; volví la cabeza hacia él: "¿Y a ti qué narices te importa?" Lo cierto es que nunca he tenido el don de la réplica. Estábamos en lo alto de la escalera, empujados por la oleada de alumnos que subían al mismo tiempo que nosotros. Abrió unos grandes ojos inocentes, me dirigió su más cándida sonrisa y me respondió: "Calma, señorita ultrajada, no te subas a la parra". No me gustaba ser grosera y rara vez decía tacos, pero solté la única réplica que me vino a la mente. "Que te jodan". Giré sobre mis talones y me perdí entre mis compañeros, furiosa, más conmigo misma que con él, por lo demás.
 Y luego bastó un ínfimo detalle, algún tiempo más tarde, para que empezara a albergar esperanzas de nuevo. Éramos cuatro o cinco en el vestíbulo del instituto, después de comer, entre ellos D. y yo. Pedí un cigarrillo sin dirigirme a nadie en particular. D. sacó su paquete y, en lugar de tendérmelo, tomó un cigarrillo, se lo llevó despacio a los labios, lo encendió, dio una calada y me lo pasó. Nadie prestó atención a su extraña manera de proceder. Por mi parte, no aparté la vista de él durante sus manejos, sobre todo cuando a mi vez me puse el filtro en la boca. Me gustó la chispa divertida de su mirada y le devolví el esbozo de sonrisa que él había contenido con dificultad. Era nuestro cigarrillo de la paz.»

    [El texto pertenece a la edición en español de Círculo de Lectores, 2012, en traducción de Rosa Alapont. ISBN: 978-84-672-5078-7.]

domingo, 3 de noviembre de 2019

Fingimiento.- Diana Athill (1917-2019)

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Uno

«Hakim Jamal me gustó enseguida, nada más verlo. Era un hombre tremendamente apuesto, y su estilo -ese pavoneo a lo pirata, ese único zarcillo de oro- también me agradó al momento, porque parecía haber en él un cierto elemento autoparódico. El brillo de sus ojos y la anchura de su boca le daban un aire divertido, como si su propia manera de actuar le hiciera gracia.
 Hakim había sido invitado a venir a Londres en 1969 por ciertas personas que pensaban que éste estaba haciendo un trabajo interesante organizando escuelas progresistas para los niños del gueto negro de Los Ángeles. Su labia las había convencido de que debía escribir un libro y una de ellas hasta le había presentado a un agente literario que, a su vez, lo había traído a la editorial André Deutsch.
 En cuanto entré en la habitación, Hakim dejó de prestar atención a los dos hombres que ya estaban allí y se me quedó mirando. Como no estaba acostumbrado a ver ingleses, yo le parecí una persona exótica y refinada; mi voz -según me contó después- le recordó a la de la señora May Whitty (una actriz condecorada por la Reina que había interpretado a viejas damas inglesas en muchas películas) y, al oírme, se dijo a sí mismo que debía cuidar su lenguaje. Yo era un desafío para él y Hakim estaba decidido o bien a observar el espectáculo que supondría verme retroceder o enojarme, o bien a tener la satisfacción de seducirme (a él le gustaba especialmente atraer a las mujeres de mediana edad porque eso le hacía sentirse bondadoso). Me senté junto a él -aunque podía haber elegido una silla más alejada- y al cabo de dos minutos ya me había puesto la mano en el hombro, esperando a ver si yo me encogía de miedo por el hecho de que aquel negro impertinente me tocase.
 Era obvio que aquel hombre me estaba poniendo a prueba, y a mí me hacía gracia que se estuviera equivocando tanto conmigo. Yo no conocía a muchos negros estadounidenses -y menos de un gueto tan violento como ése del que él provenía, por lo que me habían dicho-, pero conocía a los suficientes como para esperar que fueran más recelosos respecto a los blancos que mis amigos antillanos o africanos. Pensé que Hakim se comportaba así debido a su pasado, y también él se convirtió para mí en un desafío. El debió de advertir que yo era "diferente": la clásica reacción de la blanca liberal al conocer a un negro quisquilloso. Yo llevaba aquel día un vestido de lana pero pude sentir la frialdad de su mano en mi hombro a través del tejido, y noté que temblaba levemente. Me entraron ganas de decirle: "Relájate, cariño. No tienes por qué desafiarme ni seducirme, me meteré en la cama contigo en un santiamén, si eso es lo que quieres." Un minuto después, él dejó caer un papel, se agachó para recogerlo, me rozó la rodilla con la mano disimuladamente y dijo: "¡Ah, pero qué he hecho! Le he tocado la rodilla sin querer... Espero que no le moleste." Costaba creer que aquel hombre tan guapo y tan seguro de sí mismo en apariencia pudiera estar tan ridículamente tenso y ser tan torpe; que pudiera suponer que era él quien me estaba poniendo a prueba con su astucia, cuando en realidad lo que estaba haciendo era el tonto. Su actitud me resultó cómica y conmovedora a un tiempo.
 Hakim había conocido a Malcolm X cuando él era aún un niño y Malcolm un timador y luego éste, pasados los años, lo había convertido a su ideología. Hakim quería escribir un libro sobre eso. Para él, mantener vivo el recuerdo de Malcolm X y difundir su enseñanza era, con mucho, la tarea más importante de su vida, porque, si no lo hubiese conocido, habría muerto hacía tiempo en una cuneta. Sí, era cierto que Hakim había sido un alcohólico y un heroinómano hasta que Malcolm se había cruzado en su camino; sí, era cierto que se había desenganchado de esas dos adicciones con la sola influencia de la enseñanza de Malcolm, sin ayuda médica, al igual que otra mucha gente como él. No, a él no le importaría que yo corrigiera su manuscrito si realmente lo creía necesario; ¿por qué le habría de importar, si él no había escrito nada en su vida salvo unos cuantos artículos breves para algunas revistas minoritarias? Sí, estaba dispuesto a escribir tres capítulos de prueba para que nosotros pudiéramos hacernos una idea al respecto. En un par de semanas me los entregaría.
 ¡Un par de semanas! A veces olvido -pensé yo- que la gente que no sabe nada sobre la escritura realmente no sabe nada. Pero lo cierto es que Hakim entregó esos tres capítulos cuando dijo que lo haría, y que éstos eran directos, ágiles, vívidos. Hakim vacilaba en la puntuación y la gramática, pero su lenguaje era vivaz y fluido, desprovisto de esos efectos amanerados o altisonantes tan comunes en la escritura maleducada. Firmamos el contrato del libro y, a partir de entonces, Hakim fue un modelo de puntualidad, y también de tolerancia, aunque sin caer en la dejadez, a la hora de discutir las sugerencias que yo le hacía. La gente llegó a decir posteriormente que la inglesa con la que vivía, Gale Benson, le había escrito el libro. Pues no. Ella le ayudó a veces con la gramática o el significado de alguna palabra (a él no le importaba reconocer su ignorancia en esos temas), pero nada más, estoy segura. A Hakim, el hecho de escribir le producía un gran placer y, cuando lograba lo esencial, se consideraba a sí mismo el maestro de Gale, no su alumno.
 Al final de nuestra primera reunión, le tendí la mano pero él dijo: "No, no, yo a mis amigos los beso" y me dio un beso en la mejilla mientras los dos nos reíamos. Unas semanas después, le dije que él había hecho eso para fastidiar a los dos hombres blancos que estaban conmigo, pero él me aseguró que no, que el beso había sido genuino porque él ya había decidido que yo le gustaba. Y yo le creí, encantada.
 Hakim me impresionó enseguida por ser un hombre que siempre conseguía a la mujer que quería, aunque no era especialmente sensual: lo que a él le importaba era seducir, no follar. Es probable, en efecto, que eso fuera verdad, que a Hakim le trajese sin cuidado el hecho de follar; y hasta dudo de que alguna vez se interesara a fondo por una mujer. Lo que realmente le agradaba y excitaba era el efecto que causaba en una mujer, no el que ella causaba en él.»

   [El texto pertenece a la edición en español de Circe Ediciones, 2006, en traducción de Xoan Abeleira. ISBN: 978-84-7765-244-1.]

viernes, 11 de octubre de 2019

Desconocidos.- David Lozano (1974)


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Capítulo cuatro
McDonald's de Sants. 30 de junio, 21:30 h 

«-¿Y por qué te gustó Las ventajas de ser un marginado?
 Lara ha empezado, por fin, la hamburguesa de pollo. Aprovecha para pensar su respuesta mientras traga el primer bocado con una voracidad nada elegante. Los nervios, otra vez.
 -Por su prota, Charlie -dice, con la boca todavía algo llena, que se cubre con una mano-. Me gustan los personajes poco convencionales, los que no acaban de encajar en el mundo.
 Wilde analiza esas palabras antes de formular su siguiente pregunta:
 -¿No encajan en el mundo porque son poco convencionales?
 -El mundo está diseñado para prototipos. No encajar es buena señal.
 -Interesante. O sea, que para encajar en el mundo hay que ser vulgar.
 -Oye, ¡ahora eres tú quien interroga!
 -Es que tu físico ya lo voy conociendo, por eso quiero asomarme a lo que ocurre ahí dentro.
 Wilde señala la cabeza de Lara, aunque por el modo en que la observa queda claro que también está dispuesto a seguir profundizando en su cuerpo.
 -¿Te interesa lo que pienso? -Lara retoma el pulso-. ¿Ves? Al decir eso acabas de alejarte del prototipo de tío. Muchos sólo se fijan en lo de fuera. A lo mejor porque ni siquiera han descubierto que las chicas también pensamos.
 Wilde suelta una carcajada.
 -Dios, ¡entonces yo no cumplo el prototipo! ¡Corro el riesgo de dejar de encajar en el mundo!
 -¡Idiota! No te quejes, así puedes dedicarte a buscar otros planetas donde quedarte. ¿No te gusta tanto El Principito?
 -Oye, que ese es un peligro que acepto sin problemas si así te gusto más... -susurra.
 "Qué voz".
 -No te hace falta ese esfuerzo -acierta ella a decir, a trompicones-. Tú nunca me has parecido un tío típico.
 -Pero si apenas sabes aún nada de mí.
 -Eso sí lo sé.
 -¿Estás segura? ¿Cómo reconoces a alguien que se aparta del... perfil estándar? ¿Lo intuyes cuando un chico aguanta sin hablar de fútbol la primera hora de la cita?
 Lara se toma unos instantes para decidirlo.
 -Yo creo que es por la mirada. La gente que me interesa tiene una forma distinta de ver el mundo. Eso los hace diferentes, por eso les cuesta más resignarse al rumbo establecido. No se conforman.
 Wilde toma nota.
 -¿Tú y yo somos unos inadaptados?
 Ella dirige sus ojos hacia el exterior, más allá del cristal.
 -Quizá.
 -La normalidad está sobrevalorada -apoya Wilde.
 -La normalidad no existe. Sólo es un excusa.
 Él sonríe.
 -¿De dónde has salido, Lara?
 Ella le enfoca con sus pupilas, de una transparencia suave.
 -Deberías saberlo. Tú me encontraste.
 -Sí -acepta él-, en medio de la inmensidad de la red. Tuvo que ser el destino. ¿Cuántas probabilidades había de que nuestros caminos se cruzaran?
 Lara adopta una expresión maliciosa.
 -Depende del tiempo que llevaras buscando, Wilde.
 -Ni una vida entera bastaría. La red es demasiado grande.
 -También depende de a cuántas chicas enviaras un mensaje como el que me enviaste a mí.
 -¿Ya empiezas con eso otra vez? No ha habido ninguna más.
 -Te creo.
 Él vuelve a acariciarle la mano.
 -Eres una soñadora. Desconfiada, pero soñadora. La mayor soñadora que he conocido nunca.
 -¿Y tú?
 Él la mira con una intensidad que le corta la respiración.
 -Ya te he dicho que estoy dispuesto a renunciar a ese mundo gris de ahí fuera por ti. ¿Te parece suficiente? ¿Te parezco suficientemente raro?
 Lo que no le parece suficiente a Lara es el McMenú de pollo. Va a necesitar pedir algo de postre para prolongar esa cita. Tendría que haber negociado mejor su hora de regreso a casa, aunque sabe que dispone de cierto margen: sus padres van al cine esa noche y siempre se toman algo a la salida.»

     [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Edebé, 2018. ISBN: 978-84-683-3459-2.]