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martes, 29 de septiembre de 2020

El zodíaco de la vida.- Eugenio Garin (1909-2004)


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1.-Astrología e historia: Albumasar y las "grandes conjunciones"

  «En otras palabras, mientras que es necesario rechazar decididamente la idea de una clara ruptura entre astronomía moderna y astrología medieval que habría que ubicar en la época del Renacimiento, es indispensable darse perfecta cuenta de la extensísima diseminación, en los orígenes de la cultura moderna, de los temas astrológicos, mágicos y herméticos, y de su continuación por doquiera bajo las formas más diversas, y no sólo en la imaginería del arte, sino también en el seno de la nueva ciencia.
 Y valga la cita, preludio casi de la tentativa de una investigación histórica más adecuada, de un documento singular, sacado de la correspondencia de los alumnos de Galileo. 
 El 14 de julio de 1642, Bonaventura Cavalieri, de Bolonia, escribe a Evangelista Torricelli una carta muy melancólica y muy significativa. Habla del escaso interés del público por las ciencias físico-matemáticas y de la poca fortuna de éstas en el terreno práctico. Mientras que la investigación rigurosa, en particular la matemática, no suscita ningún interés, la astrología judiciaria es siempre enormemente popular. Nacería un nuevo Arquímedes -laméntase Cavalieri- y nadie se daría cuenta, mientras que el más charlatán de los astrólogos obtiene en todas partes honores, dinero y poder. Dice Cavalieri: "los pobres matemáticos, y sobre todo los geómetras, después de infinitos, infinitos e infinitos sudores" ni siquiera pueden soñar con "la gloriosa fama" de los técnicos de la adivinación estelar. La ciencia matemática, en suma, incapaz como es de aplicarse prácticamente a los eventos de la vida, no goza de la menor resonancia. Conviene entonces, por lo menos "para el fin extrínseco", como él lo llama, adaptarse a la opinión y demandas de los más, y hacer horóscopos y vaticinios, conservando para sí, "para los propios fines", y para aquellos "que estiman más el saber que el parecer", la ciencia rigurosa.
 No hace falta caracterizar a los dos personajes, que se encuentran entre los galileanos más celebres, matemático insigne el uno y preclaro físico el otro, interlocutores ambos de un diálogo europeo que tuvo por protagonistas a Galileo y Kepler, Mersenne y Gassendi, Pascal y Descartes, y, más tarde, justamente a propósito de los "indivisibles" de Cavalieri, a Leibniz y Newton. Y, sin embargo, ante la supervivencia de la astrología adivinadora, con lo que ésta comportaba de hermetismo y de magia, y en general de creencias y de concepciones generales, parecían ceder las armas, las armas de ellos, alumnos de aquel Galileo que, no obstante no abrir la puerta a la acción a distancia ni a los influjos lunares, no había dudado en elaborar una teoría de las mareas del todo insostenible. Al leer, en resumen, esta resignada y desconsolada capitulación de científicos de tanto relieve a mediados del Seiscientos, se tiene la impresión de que, cuando menos en el plano de la opinión pública y de las costumbres, y tal vez también en el de las aplicaciones prácticas, las creencias y la vida moral, se cerró con una derrota la polémica antiastrológica a la que tres siglos antes aproximadamente habíase abocado el humanismo naciente en el momento en que, por boca de Petrarca, había reivindicado la libertad y dignidad del hombre en detrimento del hado estelar, y la racionalidad en contra de las supersticiones y creencias mágicas. Había dicho Petrarca con límpida elocuencia clásica: "Dejad libre el camino de la verdad y de la vida... Los globos de fuego no pueden hacer de guías... Las almas virtuosas, confiadas a su sublime destino, reciben la iluminación de una luz interior más hermosa. No tenemos necesidad, iluminados por tal rayo, de astrólogos embaucadores ni de truhanes profetizadores que a sus crédulos secuaces limpian de oro las arcas, llenan los oídos de patrañas, entorpecen con errores el juicio, y la vida presente turban y entristecen con nugatorios temores de lo porvenir". Petrarca dice esto alrededor de 1362, mientras se propaga la peste en Padua y oscuros presagios acompañan a una gran catástrofe. Como siempre, los astrólogos atribuían a extraordinarios influjos de las estrellas los trágicos acontecimientos terrenos: sólo el cielo que con la luz y el calor del Sol anima toda la vida puede ser la fuente de la muerte colectiva. Petrarca, que comprendía toda la insidia del determinismo estelar y temía la destrucción de la libre iniciativa humana mediante la indiscriminada necesidad natural, salía al paso de la que se gestaba y le enderezaba una crítica radical de la causalidad celeste, de un lado, y del otro, un análisis de creencias supersticiosas de origen remoto.
Resultado de imagen de el zodiaco de la vida Por otra parte, la melancólica conclusión de Bonaventura Cavalieri no significa la vanidad de casi tres siglos de polémicas "humanísticas". Que Kepler tuviera todavía que resignarse a hacer horóscopos en Graz después de que Copérnico había revolucionado sin ambages la estructura del cosmos sólo señala que el parto de la ciencia moderna no se realizó ni por ruptura radical ni por generación espontánea, y que para definir los progresos de la astronomía y la crisis de la astrología es realmente necesario abordar todo el entramado de temas que caracterizó la investigación entre los orígenes humanísticos del Renacimiento y la gran etapa científica del maduro Seiscientos. El mismo Kepler, por lo demás, que no creía, es cierto, en la validez de los "pronósticos", sostenía abiertamente -como es bien sabido- la existencia del alma del Sol ("animam quoque… in corpore Solis inesse necesse est"), la animación del Mundo ("mundus totus anima plenus"), por no hablar de las inteligencias celestes. […] El mismísimo Galileo, adversario implacable de la astrología adivinadora, cayó en afirmaciones bastante singulares a propósito del Sol y de la luz. En sus palabras dijérase que resuena el eco de cultos solares; y no es raro encontrar en él creencias o teorías neoplatónicas que se insinúan entre demostraciones matemáticas. La célebre carta a monseñor Pietro Dini, fechada en 23 de marzo de 1615, con amplia utilización del salmo Deus in Sole posuit latibulum suum y con luengo préstamo de la metafísica de la luz del Pseudo Dionisio, consigna la dificultad de separar en el ámbito mismo de la rigurosa astronomía galileana lo que es matemático y físico de lo que es metafísico y místico.»
 
     [El texto pertenece a la edición en español de Ediciones Península, 1981, en traducción de Antonio-Prometeo Moya, pp. 27-30. ISBN: 84-297-1698-X.]
 

martes, 2 de octubre de 2018

Fabliaux: cuentos franceses medievales.- Garin lo Brun (s. XII)


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La grulla

«Aunque he tardado en hacerlo desde que me lo pidieron, ahora quisiera componer un fabliau de una historia que oí contar en Vercelay, durante una partida de dados. Es muy breve y el que me la contó no suele mentir: escuche ahora quien quiera oír.
 Esto cuenta Garin que sabe contar: hubo una vez un noble que no era loco ni villano sino cortés y bien enseñado. Tenía una hija extraordinaria, de gran belleza, pero el noble señor no quería que la viesen demasiado ni que con ella hablase ningún hombre. Tanto la quería y apreciaba que la había encerrado en una torre; con ella sólo estaba su nodriza que no era tonta ni loca sino mujer prudente y de gran sabiduría. Había cuidado siempre de la doncella y la había educado.
 Un día por la mañana, quiso la nodriza preparar la comida de la doncella. Necesitaba una escudilla y se fue corriendo hasta la casa, que no estaba lejos, a buscar lo que necesitaba dejando abierta la puerta de la torre. Mientras tanto pasó por delante de la torre un joven que llevaba una grulla que había cogido: la llevaba en la mano derecha. La doncella, que estaba en la ventana, se entretenía mirándolo. Llamó al joven que llevaba la grulla y le dijo: "Querido amigo, dime, ¿qué pájaro es ése que llevas?" -"Señora, por todos los santos de Orleáns, es una buena y hermosa grulla". -"Por Dios, que es muy grande y gorda, nunca había visto una igual. Si quisieras te la compraría". -"Señora, si ello os place os la venderé." -"Sí, ¿qué te daré por ella?" -"Señora, es vuestra por un polvo." -"Por la fe que debo a San Pedro el apóstol, no tengo ningún polvo para darte a cambio; no te quiero engañar, si lo tuviese, así Dios me ayude, la grulla sería mía." -"Señora, bromeáis; estoy seguro de que si buscase, encontraría a montones; daos prisa y pagadme." Ella jura por Dios que nunca vio un polvo.
 "Joven, le dice, sube. Busca por arriba y por abajo, debajo de los bancos, de la cama, por donde quieras, a ver si encuentras un polvo." El joven era bastante cortés y subió rápidamente; simuló buscar por todos lados: "Señora, sospecho que está debajo de vuestra pelliza." Ella, que era ingenua y tonta, le dijo: "¡Ven y mira!" El joven no se lo hizo repetir: abrazó a la doncella que ya se alegraba con la grulla. La puso sobre la cama, le levantó la camisa y también las piernas. No tardó en encontrar lo que buscaba. La doncella le dijo suspirando: "Joven, buscas con demasiada brusquedad." Él, que estaba muy atareado, se echó a reír y contestó: "Es justo que os dé mi grulla, ya es vuestra." -"Has hablado bien, ahora vete."
 La dejó triste y pensativa. Salió de la torre y no tardó en llegar la nodriza. Vio la grulla y se le estremeció la sangre. Preguntó rápidamente: "¿Quién ha traído aquí este pájaro? Señorita, decídmelo." -"Lo he comprado yo. Se lo compré a un joven que me lo trajo aquí." -"¿Qué le diste?" -"Un polvo, señora, eso fue lo único que le di, por mi alma." -"¡Un polvo! ¡Desgraciada, infeliz! ¡Qué loca fui cuando os dejé sola! ¡Cien veces me siente mal cuanto he comido en mi vida! ¡Ahora sí que tengo un buen plato! Y me temo que por mucho tiempo." Por poco no perdió el juicio la nodriza, cayó al suelo desmayada. Cuando volvió en sí desplumó la grulla y la preparó. No la quería con ajos, le apetecía con pimienta. A menudo había oído decir en muchos sitios: la desgracia que acaba en el fogón vale más que la que no aprovecha. Aunque le pese, prepara la grulla y se va a buscar un cuchillo para vaciarla. La doncella volvió a mirar por la ventana; vio pasar de nuevo al joven muy contento de su aventura. La joven lo interpeló de inmediato: "Joven, venid aquí, mi nodriza se enfadó porque os habíais llevado mi polvo y me habíais dejado la grulla. Por favor, venid a devolvérmelo. No debéis enfadaros conmigo; venid y me dejaréis en paz." -"Con gusto, señorita, ahora subo." Volvió a tumbar a la joven y a meterse entre sus piernas. Cuando hubo acabado se fue, pero no dejó la grulla sino que se la llevó con él. Volvió la nodriza que quería ensartar el ave. "Señora, dijo la infeliz, no necesitáis ensartarla. Se la ha llevado el que sale por la puerta y os aseguro que me ha devuelto el polvo." Cuando la oye la nodriza se desespera y maldice: "¡Maldita sea la hora en que os guardé! Mala guardia hice cuando así estáis empolvada y yo sin grulla; yo misma di lugar a ello: el mal guardián da de comer al lobo."»
 
  [El texto pertenece a la edición en español de Ediciones Cátedra, 2005, en traducción de Felicia de Casas. ISBN: 84-376-1265-9.]