sábado, 19 de noviembre de 2016

"Vuelo estático".- Jaan Kross (1920-2007)


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  I

 "Sucedió que nuestro maestro Schwarz, un alemán estrafalario, tuvo a bien preguntarnos un día (tenía que estar fuera del programa porque era materia de noveno curso) qué clase de hombre fue y qué escribió un tipo francés llamado Adelbert von Chamisso. Se lo teníamos que decir en la siguiente hora de clase. Yo me lo había estudiado un poco, pero, cuando llegamos al aula, el señor Schwarz me sacó inmediatamente a la pizarra y me empezó a preguntar. Quería saber cuál era el nombre de una condenada isla (yo sabía que era una isla del Pacífico) sobre la cual el tal Chamisso había compuesto un poema entero. Pero el nombre de aquella isla se me había olvidado y no me estaba permitido separarme de la pizarra para ir a mirar los apuntes de mi cuaderno. Y fue precisamente el peso de esta preocupación lo que me condujo a Ullo que, en el recreo siguiente se encontraba arriba, en el salón.
 En ese momento, había en aquel salón unos trescientos chicos de entre el séptimo y el undécimo curso, paseando tranquilamente como una masa apretada que no se movía con ritmo del todo uniforme y maquinal, sino dando lugar a un caos humano que, sin embargo, seguía un cierto orden prestablecido: algunos se juntaban en alegre gresca dentro de un gran corro, mientras que otros se mantenían fuera del mismo como manchitas esparcidas aquí y allá. Mientras tanto, Ullo estaba de pie, dándole la espalda al salón, con las manos cruzadas sobre el trasero, bajo el busto de yeso de Tonisson que quedaba oculto entre las cortinas amarillas, mirando por la ventana. Yo me acerqué, de lo que infiero que sabía que él me podía ayudar a salir del apuro y le pregunté (ahora que lo pienso, creo que fue justo entonces cuando me di cuenta de que a veces bizqueaba con el ojo izquierdo, que se les desviaba hacia la nariz).
 -Ullo, dime, ¿cómo se llamaba esa isla sobre la que Chamisso escribió un poema?
 Él me dirigió una mirada sorprendida y benévola a la vez que condescendiente.
 -¿Os lo ha preguntado el señor Schwarz? ¡Qué pirado! A este paso, dentro de nada, se lo preguntará también a los de segundo, que aún llevan babero. Pues nada, la isla se llama Sala y Gómez. Es el nombre del tipo que la descubrió, me imagino que un español. Pero si me vas a preguntar sobre el tamaño de la isla, cuántos kilómetros cuadrados tiene, o algo por el estilo, no lo hagas. He consultado tres enciclopedias y las tres daban cifras distintas: 0'12, 4 y 3'85. Algo, por cierto, que resulta muy ilustrativo porque da una idea de la credibilidad que merecen las enciclopedias. De cualquier modo, Chamisso fue allí en el año 1816, cuando estaba dando la vuelta al mundo en barco. Era botánico en la expedición de Kotzebue. A propósito, Kotzebue había nacido en Tallin.
 -Le pusieron su nombre a una calle. Paso por ahí todos los días.
 -¡Ah, caramba! -dijo Ullo-. ¿Y dónde vives?
 Le di mi dirección y, si no recuerdo mal (hace ya sesenta años), fue esa noche cuando vino a mi casa por primera vez.
 Nos sentamos en mi habitación, un poco cohibidos. Al menos yo me sentía así, y tuve la impresión de que él también. Se quedó un rato mirando fijamente mis tubos de ensayo, mi lámpara de alcohol, los trozos de pirita que me había traído de la playa de Merivälja y todo el resto de "trastos de laboratorio" que tenía por allí, y finalmente dijo gruñendo:
 -¿Es que quieres encontrar el secreto de la piedra filosofal?
 Me encogí de hombros y quise desviar la conversación hacia otro terreno:
 -Cuéntame más cosas de esa vuelta al mundo en barco de Kotzebue.
 Pero a Ullo no se le daba bien contar historias, por lo menos de viva voz. Sus discursos salían entrecortados, avanzaban como a trompicones. El relato solía quedarse a la mitad y él con la boca entreabierta (aunque de eso yo sólo me daría cuenta bastante más tarde) para acabar preguntando poco rato después: "¿O me estaré equivocando y no sería así sino que...?" Otras veces, según lo que estuviese contando, si venía al caso también podía acabar con: "O quizá tendríamos que hacerlo al contrario, ¿no?..." y añadía a continuación algo que rayaba en el absurdo.
 -¡Oh! ¿Kotzebue? Una camada sorprendente. Cinco hijos. Los cinco aparecen en todas las grandes enciclopedias. El primero: navegante, del cual ya hemos hablado. Descubrió 399 islas. El segundo: periodista, militar y explorador. El tercero: general, pero no un general cualquiera, sino general de infantería de alto rango y gobernador militar de Polonia; más tarde, le darían el título de conde. El cuarto: diplomático, escritor y embajador ruso en Suiza. El quinto: pintor. Pintor de escenas bélicas. y también en su caso no un pintor de batallas cualquiera sino que hizo, por encargo del káiser, la mitad de las pinturas del Palacio de Invierno. Pero, todavía más sorprendente que estos cinco, fue el padre. Un dramaturgo que acabó en Siberia por orden del káiser. Lo mató a tiros un universitario alemán. Aunque vivió durante muchos años en Estonia y escribió doscientas dieciséis obras de teatro. Según muchos, era un intrigante, un bribón y un infiltrado, pero tal vez no... ¿Cómo podría haber tenido, entonces, semejantes hijos?"   

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