viernes, 18 de noviembre de 2016

"La silla de Elías".- Igor Stiks (1977)


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  En la misma jaula

 "Después de aquella extraña presentación nos quedamos sin palabras. No me atreví a preguntarle qué hacía en aquel lugar. Si no recordaba mal, cuando el hombre de la comunidad y yo llegamos, todas las puertas estaban cerradas con llave. Pensé que quizá mi guía olvidó comprobar si también lo estaba la puerta de fuera. Aun así no dije nada, sino que levanté la cabeza y dirigí la mirada hacia la galería doble de la sinagoga, admirado por la sencillez y belleza del edificio.
 -Según he oído, se cree que ésta es la réplica de una antigua sinagoga de Toledo -intenté romper el silencio con aquella información que me había comunicado mi guía.
 -Hay muchas réplicas por donde han pasado los sefardíes -continuó Simón en inglés-. No estoy seguro, pero es posible que, decenios después de la expulsión, llegara a Sarajevo algún toledano y desde lo más profundo de su nostalgia construyera esta sinagoga según la imagen que transportaba por los caminos del exilio y que, una vez llegado a estas tierras, ya sería algo turbia. Quién sabe. Je, je.
 El inglés de Simón era único. Es difícil transmitirlo. Estaba claro que se trataba de un hombre culto, que hablaba con facilidad varias lenguas, aunque ninguna de ellas a la perfección, pero al combinarlas creaba los más increíbles giros lingüísticos para hacerse entender, lo que originaba una avalancha de palabras.
 -Sí, sí -dijo Simón-, así como el recuerdo del antiguo Toledo se plasmó en el cuadro del Greco, del mismo modo la imagen del templo toledano para los sefardíes locales, que nacieron marcados por la nostalgia de los lejanos y exóticos lugares, se igualó con su nuevo templo sarajevino. Igual me equivoco, pero la imaginación de los exiliados es capaz de hacer maravillas.
 -Usted también es judío, supongo.
 -Je, je, vaya pedazo de chifut soy yo, cher camarade -era la primera vez que oía la peyorativa expresión turca para los judíos.
 -De los últimos que quedan en la ciudad, según dicen..
 -Aquí se dicen muchas cosas -afirmó Simón mientras paseaba por la sinagoga, y contemplaba su interior que, por lo visto, conocía perfectamente, y su rostro reflejaba cierto interés, como si hubiera descubierto algún detalle nuevo mientras conversaba conmigo-. Der letzte Jude? Non, il y a toujours des juifs dans cette ville. La verdad es que cuando nací, y de eso hace mucho, mon vieux, esta ciudad estaba repleta de judíos. También había askenazíes, pero hoy en día el número se ha reducido a unos cuantos, que pronto la muerte se llevará. Y a medida que disminuye nuestro número, también Sarajevo se parece menos a aquel microcosmos que refleja el estado de las cosas, de la época de los otomanos y luego de los austriacos, y después el reino de Yugoslavia. ¡Qué se la va a hacer! Sarajevo es tan sólo la última de la serie de maldiciones...
 -¿Qué maldición? .pregunté sorprendido por las palabras de Simón-. ¿Quiere decir que este asedio es una maldición? ¿La maldición de la historia o algo así?
 -Mire, amigo, yo no sé nada. Sólo que según envejezco aumenta en mí la impresión de que existe una lógica diabólica, una vieja maldición que no sé por qué nos ha caído encima, que poco a poco borra de la faz de la Tierra las ciudades en las que se mezclaban las religiones, los pueblos, las lenguas, los colores, la piel, como si se tratara de naipes.
 -Usted ha dicho "la última de la serie"...
 -Sí, la última, o quizá una de las últimas ciudades de este tipo, que de todas formas agonizan.
 En aquel punto Simón alzó la mirada y con el dedo señaló la estrella de David del gran ventanal.
 -Hablo de eso. De que si realmente te esfuerzas y miras a través de aquella estrella, desde todos los rincones de la sinagoga, desde las galerías o la planta baja, es posible vislumbrar por sus puntas el tejado de la madraza o algún minarete, a espaldas de los ortodoxos o al alcance de la mano de los católicos, no se trata de una coexistencia pasiva, sino de una mezcla de todo ello en una forma nueva, que constituyen los sarajevinos. Eso es lo que está desapareciendo. La gente desaparece, permanecen únicamente los edificios vacíos, como aquella sinagoga, los museos...
 -Pero aquél todavía no es el fin. Todos mis amigos...
 -No es el fin -me interrumpió- claro que no, pero está llegando. Por eso le digo que Sarajevo es la última o una de las últimas. Además, Sarajevo ha resistido durante tiempo. Su naturaleza es la de acoger: desde la época turca, desde la creación de la Ciudad, nada nos ha sido ajeno: lo musulmán, lo católico, lo ortodoxo, lo judío, aquí se mezclaban eslavos, turcos, armenios, árabes, albaneses y tutti quanti. La monarquía austrohúngara trajo a los austriacos, húngaros, checos, askenazíes, polacos... El reino de Yugoslavia trajo todo aquello que se movía dentro de sus fronteras y luego, con la segunda guerra mundial, empezaron las matanzas y la maldición se puso en marcha. Pero la Ciudad se recuperó de nuevo, continuó la vida casi sin sus judíos pero en cantidad suficiente para mantener viva la memoria. Luego acogió y mezcló de nuevo, fabricó sarajevinos, desde los que nacían aquí hasta los que llegaban a ella. Con aquella guerra, con este asedio, la Ciudad ha caído en una trampa de la que todos quieren huir, sean quienes sean. Pues no huyen sólo los serbios, judíos y musulmanes, croatas, sin olvidar a los ex yugoslavos, sino también los sarajevinos, llevándose consigo parte de la Ciudad. Y es que los que nos bombardean desde las montañas sólo ejecutan la maldición cuya fuente desconozco, pero me parece que hace tiempo que destruye los tejidos de ciudades como ésta, como si fuera una enfermedad de los tiempos modernos, si quiere verlo así".

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