miércoles, 2 de noviembre de 2016

"Perorata del apestado".- Gesualdo Bufalino (1920-1996)


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     XI.- Aquel domingo, 18 de agosto...
 
“Aquel domingo, 18 de agosto es, entre los días de mi vida, uno de los tres o cuatro que me recito de cabo a rabo, cuando intento buscar el éxtasis de revivirme. Me explico: yo con el pasado tengo relaciones de tipo vicioso, y lo embalsamo en mí mismo, lo acaricio sin reposo, como hacen algunos con los cadáveres amados. Las estrategias para poseerlo son las habituales, y utilizo las dos. Al principio me visito como un turista forastero, cómodamente, deteniéndome delante de cada baratija, de cada antigualla regia; cazador furtivo de recuerdos, no quiero asustar a la caza. Luego dejo a un lado las lisonjas, los buenos modales, me dirijo a mí mismo la mirada cruel de Parto, pronta a atrapar y escapar. De los instantes que desentierro -¡cuántos de ellos los he vivido adrede para poder recordarlos!- no sé extraer pensamientos, yo no tengo una mente vigorosa, y el pensamiento o me asusta o me cansa. Pero resplandores, en cambio… resplandores de luz y sombra, y aquel aroma de lo acaecido, permanecido oculto con millones de otros durante años y años en un engaste invisible, aquí arriba, detrás de la frente… Siento a veces que bastaría nada, una pizca de fuerza de más o un demonio sugeridor… y derrumbaría el muro, obtendría, yo a quien el No Ser indigna y el Ser intimida, el milagro del Bis, el bellísimo Reexistir…
 Reexistir, this is the question. Puesto que no hay gesto o conjuro que no desilusione, y aquel poco que consigue repetirse bajo los párpados, en el acto mismo e que ilumina, ciega. Al final me deja sólo palabras. Y tanto peor si son siempre las mismas, grasas, húmedas, cálidas, con las que me relleno ahora y me rellenaba entonces la boca, indeciso entre la náusea y la glotonería, como quien actúa por primera vez. Apoyándome con ambos codos sobre la reja de mi secuestro, asomándome a mirar hacia abajo el hormigueo, el azogue, la chirriante y seductora jauría de la vida. Alegrías, faustos, estandartes, lágrimas, infamias, y las impunidades inesperadas, las penas desmedidas, todas las guerras y procesos del dolor contra el dolor… Metáforas, tal vez, pero no sabía de qué, y casuales, si ninguna divinidad las había preparado o previsto, si de cualquier accidente o sustancia el cinema se borraba a ojos vista, llovizna de aguacero tan pronta en caer como en secarse… Sólo me restaba abrir la subasta, ofrecerme a cualquiera en venta, como charlatán elocuente y magnánimo: madamina, el catálogo es éste… (Pese a todo, capaz todavía de desear, desvariar, actuar. Dispuesto siempre a distanciarme, incluso con un pie o dos en la sepultura, perseverando en el movimiento con peligro de uncirme al cuello, desde otro punto, el yugo que me habían impuesto…)
 Me afeitaba, pues, en camiseta, aquella mañana de un hermoso domingo, reflejándome aproximadamente en la ventana de la galería, y silbando al mismo tiempo, para molestia de todos, un Verdi de broma o de locura. No había evitado, a lo largo de la noche, despertarme diez veces para consultar el despertador fosforescente sobre la mesilla de noche, y soñarla a ella, en los intervalos del sueño, como la había visto la noche del espectáculo, en aquella figura de elevación que los bailarines llaman ballon, es decir un globo que salta al aire y asciende. Visión que había acabado fácilmente por confundirse con otras mías, de pascuas infantiles en el pueblo: cuando, desde el hombro de mi padre, veía alzarse ondeando en el cielo camellos de colores, mujeres embarazadas, botas panzudas, un escuadrón de papeles de seda velívolos, alimentados de fuego, que un débil viento sorbía hacia una nube, como cometas…
 Me rasuré, decía, no sin derramamiento de sangre y gloriosos tafetanes viriles; luego me dispuse a irme, dedicando apenas un escalofrío despiadado al voluminoso féretro con asas de cobre que sobre una camilla empujaban, a lo largo del pasillo, las suaves manos de Sor Casimira. El muerto que tenía que ocuparlo no era de mi pandilla y lo más rápidamente posible me dispuse, pues, a alcanzar en el pie de la escalinata al grupito con permiso de salida. Demasiado rápido: hasta el punto de chocar de pleno contra los descarnados huesos del Flaco y hacerle caer al suelo las lentes que estaba limpiando con el pañuelo.
 -¿Tienes prisa? –me preguntó, mientras recogía la patilla suelta, insistiendo luego, después de mi confuso gruñido-: ¿Sí o no?
 Atrapado en la tenaza de los dos monosílabos, opté por el más cortés, de mala gana por otra parte, y con la reserva mental de que no permitiría que el médico me retuviera más de unos pocos minutos.
 -¿Puedes hacerme –me dijo- un favor en la ciudad? Basta con bajar al puerto –y se ajustaba mientras tanto en la cabeza el bonete de usurero, de seda, desequilibrado  por el choque.
 -Siempre que no me lleve demasiado tiempo –respondí frío y, sin embargo, engallado por aquella especie de olivo que parecía tenderme, después de tantas semanas de reserva  y de frialdad y lleno de curiosidad, asimismo, por la petición, dado que, en el caso de mi precedente permiso, el encargo había sido de los más raros: hacer de espía, abajo en la Martorana, a la salida de la misa de mediodía, para contarle después acerca de su mujer, cómo iba vestida, y si reía, si daba el brazo al amante “.

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