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domingo, 7 de marzo de 2021

La comunicación.- Mª Victoria Escandell Vidal (¿...?)

 
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Capítulo 1: Algunas reflexiones iniciales
1.6.-¿Cuándo hay comunicación?

   «¿Cuándo podemos decir genuinamente que hay comunicación? Podemos entender esta pregunta en dos sentidos diferentes. En uno de ellos, orientamos la pregunta hacia la recepción, de modo que equivale más o menos a cuándo diríamos que la comunicación se ha producido con éxito; la respuesta obvia es que ha habido comunicación cuando la persona a la que se dirige el mensaje lo recibe e interpreta correctamente. No es este, sin embargo, el sentido sobre el que quiero llamar la atención: el que me interesa es el otro sentido, en el que la pregunta se orienta hacia la producción. ¿Qué requisitos tienen que cumplirse para que podamos hablar propiamente de 'comunicación'?
 Para dar respuesta a esta pregunta, consideremos la siguiente situación. A su centro de trabajo ha llegado un nuevo profesor y se lo presentan. Charlan un rato y él le explica en qué otros centros ha trabajado anteriormente, qué materias prefiere, dónde ha encontrado casa... Por su acento, se ve que es andaluz, y por el modo de relacionarse y la manera de vestir parece un hombre campechano y amante de los deportes al aire libre; en el dedo anular ve la marca blanca que queda al quitarse un anillo: quizá se acaba de divorciar y por eso ha pedido el traslado... Usted no conocía al profesor de antes y no tenía sobre él ninguna información previa, de modo que toda la que ahora posee la ha obtenido en la conversación que acaban de mantener.
 La pregunta es la siguiente: todos los datos de que ahora dispone, ¿le han sido comunicados? Algunos, desde luego, sí: todos los relativos a su trabajo anterior y a sus preferencias docentes, es decir, todas las informaciones que le ha proporcionado explícitamente su colega durante la conversación. Hay otros, en cambio, que ha obtenido sin que su interlocutor haya hecho nada para transmitírselos: son las deducciones sobre su procedencia, sus aficiones o el cambio reciente en su estado civil. Para usted constituyen, obviamente, información nueva. Y, sin embargo, no parece que podamos decir que su interlocutor le haya comunicado esta información; es usted el que la ha inferido a partir de ciertos indicios disponibles.
 Imaginemos de nuevo la situación anterior, pero modificando un detalle: cuando usted lo conoce, el profesor lleva una alianza. Más tarde, usted se entera de que las cosas entre el profesor y su pareja no van bien. Un día, se cruza de nuevo con su colega, y éste levanta la mano y le muestra la marca blanca en su dedo anular. ¿Constituye esto una muestra de comunicación? Los elementos son los mismos que en el caso anterior: usted ve una marca blanca en el dedo anular y de ella deduce que el profesor se ha divorciado. Hay, sin embargo, una diferencia decisiva: en el primer caso, usted simplemente notó la marca de manera casual; en el segundo, su colega le ha mostrado la marca de manera patente, sabiendo que en cuanto la vea, y en función de su conocimiento previo, hará usted la deducción adecuada. En este segundo caso sí podemos hablar de comunicación, porque ha habido una intención manifiesta por parte de una persona de producir un gesto visible para que, a partir de ese gesto, pueda usted inferir los contenidos que dicha persona pretendía transmitirle.
 En consecuencia, parece acertado no agrupar bajo la misma denominación los procesos en los que se transmiten contenidos intencionalmente (sea por medios lingüísticos o de otra naturaleza) y aquellos otros en los que los contenidos se obtienen como fruto de la deducción a partir de datos observados más o menos fortuitamente: sólo hay comunicación cuando hay 'intención comunicativa'. Es cierto que se puede obtener información de muchas fuentes (de señales producidas intencionalmente y de la observación de las cosas), pero sólo cuando aquella se ofrece de manera voluntaria es legítimo hablar  de comunicación. Al inicio del capítulo recogíamos la toma de contacto como una propiedad característica de la comunicación; pues bien, ahora estamos en condiciones de refinar algo más aquella idea y de incluir la intencionalidad como un nuevo elemento en nuestra caracterización: una información que no se transmite intencionalmente no es una información comunicada.
Resultado de imagen de victoria escandell vidal la comunicacion  La intencionalidad confiere, además, una dimensión añadida de credibilidad a la información recibida. Efectivamente, cuando un emisor comunica intencionalmente unos datos, se hace responsable de la verdad de la información que proporciona: si lo que dice es falso, siempre podrá ser acusado de haber mentido. Los datos que uno obtiene a partir de fenómenos no intencionales, en cambio, no tienen más garantía que la propia de la deducción que se ha hecho. Uno puede equivocarse, por ejemplo, al confundir el acento andaluz con el acento canario; o atribuir a la ropa que lleva el profesor una significación que no le corresponde: por ejemplo, puede ser que al nuevo profesor le perdieran la maleta en el vuelo de llegada y las prendas que viste son las que le ha prestado otro colega y no tienen nada que ver con su manera habitual de vestir, y la marca blanca del anillo puede deberse a un olvido casual... Lo importante es que, si cualquiera de las deducciones que uno ha hecho por cuenta propia resulta ser falsa, no se puede culpar a nadie de haber proporcionado una información inexacta. Por supuesto, entra dentro de lo posible el que alguien manipule conscientemente algunos elementos para provocar deducciones falsas: el profesor puede imitar un acento andaluz para ocultar su procedencia. Pero tampoco en este caos puede hablarse de comunicación ya que, aunque la modificación es consciente, su éxito depende precisamente de que esa voluntariedad permanezca oculta. 
 La intención es fundamental porque establece una diferencia decisiva entre los actos voluntarios y los involuntarios: los actos voluntarios representan formas de comportamiento; los actos involuntarios son actos reflejos. Si tiene algún interés estudiar la comunicación humana es porque constituye una variedad específica y compleja de comportamiento y no, simplemente, un acto reflejo.
 La comunicación humana contrasta así con la comunicación animal en varios sentidos. Es cierto que se habla del lenguaje de las abejas, para referirse a los mecanismos por los que las abejas exploradoras comunican al resto de la colmena la distancia y la dirección en la que se encuentra una nueva fuente de alimento, utilizando para ello una danza especial. De los monos vervet se dice que cuentan con tres llamadas de alerta diferentes, para advertir al grupo de la presencia de diversos tipos de depredadores: una, para los leopardos, que hace que todo el grupo se suba a lo más alto de los árboles; otra, para las águilas, que hace que todos se vayan a las ramas bajas o al suelo; y otra, para las serpientes, que hace que todos salten, golpeen el suelo y agiten los brazos. Ahora bien, incluso en los casos que parecen más complejos, lo que solemos llamar 'comunicación animal' no pasa de ser, en realidad, un acto reflejo, en el que un individuo reacciona ante un estímulo o una situación (la visión de un predador, o de una presa; la visión de un competidor o de una posible pareja reproductora...) de la única manera en que puede hacerlo; esta reacción consiste en emitir una señal analógica, sin posibilidades de elección o de modificación.»
 
    [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Gredos, 2005, pp. 17-20. ISBN: 84-249-2739-7.]
 

miércoles, 19 de diciembre de 2018

Headhunters.-Jo Nesbo (1960)


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Cuarta parte: La selección
23.-Redacción de tarde

«La sintonía del programa de actualidad Redacción de tarde consistía en un acorde sencillo que evocaba en los telespectadores imágenes de bossa nova, de caderas bamboleantes y bebidas de colores chillones, y no historias duras sobre política y sobre la triste problemática social. O, en el caso de aquella noche, sobre la criminalidad. Con una sintonía breve, se daba a entender que Redacción de tarde era un programa que no hablaba de naderías superfluas, sino que iba al grano, que daba prioridad al contenido.
 Probablemente por esa razón, el programa de hoy en el Estudio 3 empezaba con una cámara encaramada a una grúa. Mostraba a los participantes desde arriba y luego descendía en un movimiento de barrido que terminaba en lo que se llama un plano de la cabeza del presentador Odd G. Dybwad.
 Y como de costumbre, en ese preciso momento, él levantaba la vista de los documentos que tenía delante y se quitaba las gafas de cerca. Tal vez fuese idea del productor: es posible que él o ella pensara que así daba la impresión de que la noticia que iban a tratar era tan de ultimísima hora que a G. Dybwad casi no le había dado tiempo a leerla.
 Odd G. Dywab tenía el pelo recio y corto con aladares grises y una de esas caras que siempre aparentan cuarenta años. Aparentaba cuarenta años cuando cumplió los treinta y los seguía aparentando ahora que había cumplido cincuenta. Era licenciado en sociología, un hombre analítico, de gran inteligencia verbal y de talante verdaderamente tabloide. Seguro que no fueron esas cualidades las que animaron a la dirección del canal a concederle su propio programa de debate, sino el trabajo que Odd G. Dybwad había desarrollado como presentador de las noticias, puesto en el que llevaba media vida. El trabajo consistía principalmente en leer textos ya escritos con la entonación y la expresión facial correctas vistiendo el traje correcto y la corbata correcta, pero en el caso de G. Dybwad, la entonación, la expresión facial y la corbata fueron tan correctas que le otorgaron más credibilidad que a ninguna otra persona viva de todo Noruega. Y para llevar un programa como Redacción de tarde se necesitaba credibilidad. Por extraño que pudiera parecer, el hecho de que Odd G. Dybwad hubiese declarado en varias ocasiones que adoraba las historias de sus telespectadores y que en las reuniones de la redacción fuese él y no el director quien sugería la elección de los casos más comerciales no había conseguido más que reforzar su impunidad. Odd G. Dybwad prefería los puntos de vista que apelaban al calor y a los sentimientos, no quería dudas, ambivalencias y razonamientos, eso era más propio de las crónicas periodísticas. El estribillo que utilizaba cuando los medios le preguntaban sobre este asunto era: "¿Por qué dejar los debates sobre la familia real, los padres adoptivos homosexuales y el uso fraudulento de pensiones a personas poco serias cuando lo podemos hacer nosotros en Redacción de tarde?"
 Redacción de tarde era un éxito rotundo y Odd G. Dybwad, una celebridad. Lo bastante como para poder casarse con una de las estrellas jóvenes del canal después de un divorcio muy desgarrador y muy público.
 -Esta noche tenemos dos casos -anunció con voz trémula de entusiasmo contenido mientras miraba insistentemente desde la pantalla del televisor-. En el primero, haremos un resumen de uno de los homicidios más dramáticos de la historia de Noruega. Tras un mes de intensa investigación, la policía opina que finalmente se han podido atar todos los cabos del llamado caso Greve. Se trata de un total de ocho homicidios. Un hombre estrangulado en su granja, en las afueras de Elverum. Un coche de policía en el que viajaban cuatro agentes, embestido por un tráiler que habían robado previamente. Una mujer asesinada de un disparo en su casa de Oslo. Todo eso, antes de que los dos implicados principales se liquidaran a tiros en una casa de Tonsenhagen, aquí en Oslo. Como ya sabemos, se grabó el drama final, ya que la casa estaba equipada con un sistema de alarma con cámara de vigilancia. Hubo una fuga de información y las copias de esas grabaciones se filtraron. Llevan semanas circulando por Internet.
 G. Dybwad aumentó la dosis de patetismo.
 -Y por si fuera poco, en el centro de este singular caso, tenemos un cuadro mundialmente conocido. La caza del jabalí de Caledonia, de Peter Paul Rubens, estaba desaparecido y se daba por perdido desde la Segunda Guerra Mundial. Hasta que hace cuatro semanas fue hallado en una... -en este punto, G. Dybwad se emocionó tantísimo que tartamudeó ligeramente- ¡... una... una letrina noruega!
 Tras semejante entrada, Odd G. Dybwad se vio obligado a hacer una pequeña escala antes de seguir levitando.
 -Tenemos un invitado que nos ayudará a resumir el caso Greve. Brede Sperre...
 G. Dybwad hizo una minúscula pausa con la que el productor, que aguardaba en la sala de control, recibía la consigna de cambiar a la cámara 2. El productor eligió un plano medio corto del siguiente invitado. Un hombre rubio y guapo. Con traje caro para ser un funcionario público, camisa abierta, botones de nácar, probablemente diseñada por el estilista de ELLE al que se follaba en secreto o casi en secreto. Ninguna de la espectadoras femeninas cambiaría de canal, de momento.»
 
   [El texto pertenece a la edición en español de RBA, 2014, en traducción de Carmen Montes Cano y Ada Berntsen. ISBN: 978-84-9056-145-4.]
 

sábado, 19 de noviembre de 2016

"Vuelo estático".- Jaan Kross (1920-2007)


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  I

 "Sucedió que nuestro maestro Schwarz, un alemán estrafalario, tuvo a bien preguntarnos un día (tenía que estar fuera del programa porque era materia de noveno curso) qué clase de hombre fue y qué escribió un tipo francés llamado Adelbert von Chamisso. Se lo teníamos que decir en la siguiente hora de clase. Yo me lo había estudiado un poco, pero, cuando llegamos al aula, el señor Schwarz me sacó inmediatamente a la pizarra y me empezó a preguntar. Quería saber cuál era el nombre de una condenada isla (yo sabía que era una isla del Pacífico) sobre la cual el tal Chamisso había compuesto un poema entero. Pero el nombre de aquella isla se me había olvidado y no me estaba permitido separarme de la pizarra para ir a mirar los apuntes de mi cuaderno. Y fue precisamente el peso de esta preocupación lo que me condujo a Ullo que, en el recreo siguiente se encontraba arriba, en el salón.
 En ese momento, había en aquel salón unos trescientos chicos de entre el séptimo y el undécimo curso, paseando tranquilamente como una masa apretada que no se movía con ritmo del todo uniforme y maquinal, sino dando lugar a un caos humano que, sin embargo, seguía un cierto orden prestablecido: algunos se juntaban en alegre gresca dentro de un gran corro, mientras que otros se mantenían fuera del mismo como manchitas esparcidas aquí y allá. Mientras tanto, Ullo estaba de pie, dándole la espalda al salón, con las manos cruzadas sobre el trasero, bajo el busto de yeso de Tonisson que quedaba oculto entre las cortinas amarillas, mirando por la ventana. Yo me acerqué, de lo que infiero que sabía que él me podía ayudar a salir del apuro y le pregunté (ahora que lo pienso, creo que fue justo entonces cuando me di cuenta de que a veces bizqueaba con el ojo izquierdo, que se les desviaba hacia la nariz).
 -Ullo, dime, ¿cómo se llamaba esa isla sobre la que Chamisso escribió un poema?
 Él me dirigió una mirada sorprendida y benévola a la vez que condescendiente.
 -¿Os lo ha preguntado el señor Schwarz? ¡Qué pirado! A este paso, dentro de nada, se lo preguntará también a los de segundo, que aún llevan babero. Pues nada, la isla se llama Sala y Gómez. Es el nombre del tipo que la descubrió, me imagino que un español. Pero si me vas a preguntar sobre el tamaño de la isla, cuántos kilómetros cuadrados tiene, o algo por el estilo, no lo hagas. He consultado tres enciclopedias y las tres daban cifras distintas: 0'12, 4 y 3'85. Algo, por cierto, que resulta muy ilustrativo porque da una idea de la credibilidad que merecen las enciclopedias. De cualquier modo, Chamisso fue allí en el año 1816, cuando estaba dando la vuelta al mundo en barco. Era botánico en la expedición de Kotzebue. A propósito, Kotzebue había nacido en Tallin.
 -Le pusieron su nombre a una calle. Paso por ahí todos los días.
 -¡Ah, caramba! -dijo Ullo-. ¿Y dónde vives?
 Le di mi dirección y, si no recuerdo mal (hace ya sesenta años), fue esa noche cuando vino a mi casa por primera vez.
 Nos sentamos en mi habitación, un poco cohibidos. Al menos yo me sentía así, y tuve la impresión de que él también. Se quedó un rato mirando fijamente mis tubos de ensayo, mi lámpara de alcohol, los trozos de pirita que me había traído de la playa de Merivälja y todo el resto de "trastos de laboratorio" que tenía por allí, y finalmente dijo gruñendo:
 -¿Es que quieres encontrar el secreto de la piedra filosofal?
 Me encogí de hombros y quise desviar la conversación hacia otro terreno:
 -Cuéntame más cosas de esa vuelta al mundo en barco de Kotzebue.
 Pero a Ullo no se le daba bien contar historias, por lo menos de viva voz. Sus discursos salían entrecortados, avanzaban como a trompicones. El relato solía quedarse a la mitad y él con la boca entreabierta (aunque de eso yo sólo me daría cuenta bastante más tarde) para acabar preguntando poco rato después: "¿O me estaré equivocando y no sería así sino que...?" Otras veces, según lo que estuviese contando, si venía al caso también podía acabar con: "O quizá tendríamos que hacerlo al contrario, ¿no?..." y añadía a continuación algo que rayaba en el absurdo.
 -¡Oh! ¿Kotzebue? Una camada sorprendente. Cinco hijos. Los cinco aparecen en todas las grandes enciclopedias. El primero: navegante, del cual ya hemos hablado. Descubrió 399 islas. El segundo: periodista, militar y explorador. El tercero: general, pero no un general cualquiera, sino general de infantería de alto rango y gobernador militar de Polonia; más tarde, le darían el título de conde. El cuarto: diplomático, escritor y embajador ruso en Suiza. El quinto: pintor. Pintor de escenas bélicas. y también en su caso no un pintor de batallas cualquiera sino que hizo, por encargo del káiser, la mitad de las pinturas del Palacio de Invierno. Pero, todavía más sorprendente que estos cinco, fue el padre. Un dramaturgo que acabó en Siberia por orden del káiser. Lo mató a tiros un universitario alemán. Aunque vivió durante muchos años en Estonia y escribió doscientas dieciséis obras de teatro. Según muchos, era un intrigante, un bribón y un infiltrado, pero tal vez no... ¿Cómo podría haber tenido, entonces, semejantes hijos?"