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viernes, 17 de julio de 2020

El misterio del solitario.- Jostein Gaarder (1952)

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Tréboles
Reina de tréboles

   «Mi viejo llamó al camarero para pedir la nota. Yo dije:
 -¿Crees en Dios, viejo?
 Se sobresaltó.
 -¿No te parece un poco temprano? -preguntó. […]
 -Si realmente existe un dios -proseguí-, ese dios es muy hábil jugando al escondite con sus criaturas.
 Mi viejo soltó una carcajada, pero comprendí que estaba totalmente de acuerdo.
 -Quizá se asustara al ver lo que había creado -dijo-. Y luego se marchara dejándolo todo. ¿Sabes?, no es fácil saber quién se asustó más, si Adán o el Maestro. Yo creo que un acto de creación de esa clase asusta igual a ambas partes. Pero admito que al menos podría haber firmado su obra maestra antes de desaparecer.
 -¿Firmar?
 -Por lo menos, podría haber grabado su nombre en una roca o algo por el estilo.
 -¿De modo que tú no crees en Dios?
 -No he dicho eso. Acabo de decir que Dios está en el cielo riéndose de nosotros porque no creemos en él.
 ¿"Acabo de"?, pero si lo dijo en Hamburgo...
 Continuó:
 -Pero aunque no haya dejado ninguna tarjeta de visita, ha dejado el mundo. Creo que con eso basta.
 Se quedó pensando un rato. Luego añadió:
 -Érase una vez un astronauta y un neurocirujano rusos que discutían sobre religión. El neurocirujano era creyente y el astronauta no. "He estado muchas veces en el espacio", presumió el astronauta, "pero jamás he visto ángeles". El neurocirujano se quedó boquiabierto y luego dijo: "Yo he operado bastantes cerebros inteligentes, pero jamás he visto un pensamiento".
 Ahora fui yo el que se quedó boquiabierto.
 -¿Te acabas de inventar eso? -pregunté.
 Negó con la cabeza:
 -Era uno de los chistes malos del profesor de filosofía de Arendal.
 Lo único que había hecho mi viejo para conseguir un certificado de filósofo, fue el "examen philosophicum" en la universidad popular de Arendal. Él ya había leído muchos libros sobre filosofía, pero el año anterior había recibido clases de Historia de la Filosofía, en Arendal.
 A mi viejo no le bastó con escuchar al profesor en la clase, está claro. También se lo trajo a casa. "¡No iba a dejarle solo en el hotel!" Así que yo también lo conocí, hablaba por los codos, y estaba casi tan obsesionado como mi padre por las cuestiones trascendentales.
 Mi viejo se quedó mirando el castillo. Dijo:
 -Dios ha muerto, Hans Thomas. Y nosotros hemos sido sus asesinos.
 Esa afirmación me pareció tan incomprensible y escandalosa que no me digné contestar.
 Cuando dejamos atrás el golfo de Corinto y comenzamos a subir la montaña camino de Delfos, atravesamos extensos olivares. Nos habría dado tiempo a llegar a Atenas ese mismo día, pero mi viejo opinaba que no se podía pasar por Delfos sin hacer una visita al viejo santuario. […]
 Conforme nos íbamos acercando a la zona de excavaciones, mi viejo hablaba cada vez más:
 -Hasta aquí vino la gente durante toda la Antigüedad para pedir consejo al oráculo de Apolo. Preguntaban de todo: con quién se casarían, a qué parte del mundo viajarían, cuándo deberían entrar en guerra con otros estados y por qué calendarios deberían guiarse.
 -Pero, ¿en qué consistía el oráculo? -pregunté.
 Mi viejo me contó que el dios Zeus había enviado dos águilas que debían atravesar la Tierra volando cada una desde un extremo. Se encontraron precisamente encima de Delfos, por lo que los griegos pensaron que era el centro del mundo. Luego llegó Apolo y, antes de poder establecerse en Delfos, tuvo que matar al peligroso dragón Pitón. Por ello su sacerdotisa se llamó Pitia. Ya muerto el dragón, se convirtió en una serpiente, que siempre acompañaría a Apolo.
EL MISTERIO DEL SOLITARIO - GAARDER JOSTEIN - Sinopsis del libro ... No entendí gran cosa de lo que me contó, pues aún no me había explicado lo que era un oráculo. Nos estábamos acercando a la entrada del recinto de los templos. Estaba situado en una garganta, al pie del monte del Parnaso. En ese monte vivían las Musas, que concedían a los seres humanos sus habilidades artísticas.
 Antes de entrar, mi viejo dijo que teníamos que beber de una fuente sagrada que estaba a poca distancia de la entrada y en la que todos los visitantes tenían que lavarse antes de entrar en el lugar sagrado. Añadió que, bebiendo de esa fuente, aumentaban la sabiduría y las habilidades artísticas.
 Ya dentro del recinto de los templos, mi viejo compró un mapa donde podía verse cómo era ese lugar hace más de dos mil años. Ese mapa me resultó muy útil, porque lo único que quedaba en Delfos eran unas destartaladas ruinas.
 Primero pasamos por los restos de las cámaras de los tesoros de las viejas ciudades Estado. Para pedir consejo al oráculo de Delfos, había que llevar regalos a Apolo. Esos regalos fueron conservados en edificios especiales que los diferentes Estados tuvieron que construir.
 Cuando llegamos al gran templo de Apolo, mi viejo me explicó por fin lo que era el oráculo.
 -Lo que ves aquí son los restos del gran templo de Apolo -empezó-. Dentro del templo había una piedra tallada que llamaban "ombligo" porque los griegos creían que este templo era el centro del mundo. Pensaban, además, que Apolo vivía dentro del templo, al menos durante ciertas épocas del año. Y a él era al que se pedía consejo. Hablaba por medio de la sacerdotisa Pitia, que se sentaba en una silla de tres patas colocada sobre una grieta de la tierra. De esa grieta, emanaban unos gases alucinógenos, necesarios para que Apolo pudiera manifestarse a través de Pitia. Al llegar a Delfos, había que entregar la pregunta a los sacerdotes, que a su vez la transmitían a Pitia. Lo que ella contestaba era tan confuso y ambiguo que los sacerdotes tenían que interpretar la respuesta a los que habían hecho la pregunta. De esa manera, los griegos podían sacar provecho de la sabiduría de Apolo, porque Apolo sabía todo del pasado y del futuro.
 -¿Qué pregunta vamos a hacerle?
 -Vamos a preguntarle si encontraremos a Anita en Atenas -dijo mi viejo-. Tú serás el sacerdote que ofrece la pregunta y yo seré Pitia, y transmitiré la contestación del dios.
Dicho esto, se sentó delante de las ruinas del famoso templo de Apolo y empezó a sacudir la cabeza y los brazos como si estuviera loco. Unos turistas franceses y alemanes retrocedieron asustados, pero yo pregunté muy serio:
 -¿Vamos a encontrar a Anita en Atenas?
 Al parecer, mi viejo estaba esperando a que obrasen en él los poderes de Apolo.»

  [El texto pertenece a la edición en español de Ediciones Siruela, 2008, en traducción de Kirsti Baggethun y Asunción Lorenzo. ISBN: 978-84-7844-516-5.]

jueves, 26 de marzo de 2020

Historia del mundo antiguo.- Chester G. Starr (1914-1999)

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I.-Los orígenes de la civilización
2.-La primera civilización mesopotámica
Los resultados de la civilización

«Nacimiento de las clases sociales (3000-2000 a.C.).- El historiador moderno puede entender fácilmente la razón de que el concepto de la vida en la antigua Mesopotamia tuviera a veces expresiones tan tétricas. No sólo la propia obra de crear una civilización impuso terribles cargas sociales a sus creadores, sino que los posteriores desarrollos, durante el tercer milenio, se produjeron mediante transformaciones que costaron inmensos sacrificios.
 Al describir la antigua civilización mesopotámica hay que considerar, aunque sea brevemente, esta evolución, porque la estructura de la sociedad sufrió grandes transformaciones en tiempos de Hammurabi (1700 a.C.), y por consiguiente también cambió radicalmente el modo de pensar. Aunque hoy no se disponga aún de documentación suficiente para trazar un perfil detallado de la historia política del tercer milenio, es sorprendente -e instructivo- observar, aunque sea confusamente, la aparición de muchas arduas cuestiones sociales que tendrán duraderas y problemáticas consecuencias en todas las sociedades civilizadas posteriores. Las clases sociales, por ejemplo, empiezan a diferenciarse. Las consecuencias inmediatas de esta diferenciación fueron la explotación económica y la agitación social; aumentaron las leyes que regulaban las relaciones sociales y económicas y que reprimían la opresión ilícita; hicieron su aparición los conflictos armados entre los Estados, conflictos que condujeron al imperialismo, que a su vez produjo una clase militar y sistemas burocráticos para gobernar los Estados más vastos nacidos de las conquistas.
 Las primeras ciudades, casi con seguridad, se componían de trabajadores indiferenciados, que componían una sociedad realmente homogénea desde el punto de vista económico y cultural; pero bastante pronto se formaron clases distintas. La más elevada era la de los sacerdotes, que en los tiempos más antiguos trabajaban también, pero que pronto se convirtieron en administradores por cuenta de los dioses. Los templos se transformaron en importantes centros económicos, que poseían vastas tierras y absorbían una gran parte de los productos, ya en pago de arriendos, ya como ofrendas debidas a la divinidad. Las tablillas de arcilla con las cuentas del templo de Baba, consorte divina del dios más importante de Lagash, atestiguan que en el período protodinástico, sus sacerdotes administraban alrededor de una sexta parte de las tierras cultivadas de la ciudad-Estado. La mitad de estas propiedades se entregaba en arriendo a los campesinos, que pagaban de un tercio a un sexto de su producción y debían también entregar sumas de dinero, que obtenían vendiendo en la ciudad otra parte de sus productos. La otra mitad de las posesiones se cultivaba gracias al trabajo de campesinos organizados en asociaciones, bajo la dirección de superintendentes. La diosa poseía también numerosos rebaños y controlaba el trabajo de marineros, pescadores, panaderos, cerveceros, hiladores de lana. El aumento en la producción industrial, que fue notable en el período protodinástico, se hizo en gran medida en beneficio del culto, del ejército, del rey y de sus cortesanos. Las materias brutas que tenían que venir del exterior eran transportadas por los mercaderes, que ejercían sus tráficos con piedras, maderas, metales, incienso o joyas, tanto por mar como por tierra, y a lo largo de los ríos.
Resultado de imagen de historia del mundo antiguo starr akal Además de los sacerdotes, y por encima de ellos, estaba el rey o lugal. En las épocas más tardías, "los reyes eran enviados del cielo por voluntad de los dioses" para garantizar el orden del mundo. Se empezaron a construir palacios; la tumba de una reina de Ur, hacia el 2500 a.C., asombró a los modernos por sus ricas y refinadas joyas, las arpas y el gran número de servidores sacrificados a muerte. Pero sería sumamente injusto llegar a la conclusión de que los reyes y los sacerdotes eran simples parásitos, porque a ellos competía la responsabilidad de la unión del Estado, la custodia de sus reservas, la tarea de ampliar su poderío. Naturalmente, sacaban grandes ventajas de su posición de superioridad y el resto de la sociedad cayó en un estado de absoluta dependencia.
 Una consecuencia de esta situación fue la aparición de la esclavitud. Algunos hombres se convertían en esclavos al verse obligados a venderse a sí mismos o a sus hijos por deudas; otros eran prisioneros de guerra, en especial en las zonas accidentas del Este. Aunque el rebajar a los seres humanos al nivel legal de bienes venales tiene siempre efectos deformadores sobre las relaciones sociales, las costumbres y la mentalidad en general, las consecuencias de la esclavitud han de valorarse con frío espíritu crítico. En el caso que nos ocupa, la institución de la esclavitud no fue sino la última consecuencia del hecho de que el bienestar de la clase superior y las grandes obras de los tiempos más antiguos se basaban en el trabajo obligatorio de la colectividad; de no haber sido así, nunca hubiera podido nacer nada. En otras palabras, la civilización costó un duro precio y no recompensó a todos los hombres en la misma medida. Pero la mayoría de la fuerza de trabajo, en Mesopotamia, igual que en otras sociedades esclavistas del mundo antiguo, estaba constituida por hombres libres. Raramente los esclavos se empleaban en la agricultura, ocupación principal del hombre en todo el mundo antiguo; vivían más bien en las ciudades, donde servían como criados en las casas de los señores, o eran concubinas o artesanos. Como representaban un capital notable, se les garantizaba un nivel de vida mínimo, y  veces conseguían, tras muchos años, reconquistar su libertad.
 Desde un punto de vista político y social, aún más cargada de consecuencias que la aparición de la esclavitud, fue la regresión de los cultivadores de las antiguas tribus a la posición de campesinos dependientes, a quienes la organización estatal y la religión arrebataban la mayoría de sus productos. Tanto si vivían en aldeas como en ciudades, los campesinos compraban, vendían y tomaban prestado en mercados que estaban controlados por otros. La civilización tendía a dividir a los hombres en dos categorías diversas, los pertenecientes a un nivel superior y los pertenecientes a un nivel inferior. Las clases inferiores, iletradas, seguían siendo más conservadoras y sentían una enorme desconfianza por la civilización urbana de los ricos. Las clases superiores tendían a consolidar los sistemas de explotación y adoptaron una actitud de superioridad cultural. También había otro aspecto muy evidente de diferenciación: las relaciones entre los dos sexos. Aunque la situación de las mujeres fuera tan ventajosa en tiempos de los sumerios, que podían vender y comprar bienes inmuebles, su independencia tendía a disminuir, en vez de aumentar, a medida que la civilización avanzaba.»

      [El texto pertenece a la edición en español de Akal Editor, 1974, en traducción de Esther Benítez. ISBN: 84-7339-032-6.]

miércoles, 24 de octubre de 2018

El enigma de la piedra.- Christian Jacq (1947)


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Primera parte: Al encuentro de los jeroglíficos
2.-¡Sagrados jeroglíficos!
 ¡No toquéis mis jeroglíficos, están vivos!

«Todo indica que el latín y el griego son lenguas muertas. Éste no es el caso de los jeroglíficos.
 Miremos un texto jeroglífico: está lleno de seres animados, hombres y mujeres en acción, aves, mamíferos, peces... Y recordemos que continúan actuando, de la misma manera que el pato.
 Pierre Lacau, egiptólogo francés, ha escrito estas acertadas palabras:
 A los ojos de un egipcio, cada imagen es un ser vivo, una realidad que actúa y que tiene un poder mágico y una eficacia propia. Ahora bien, todos los signos jeroglíficos son imágenes. En tanto que letras, tiene un valor de sonidos, pero como conservan con nitidez su forma precisa y definida, también conservan su poder de imagen.
 Por ejemplo, el león tiene el valor fonético de RU, pero no por ello deja de ser un león y, en cierta manera, conserva el poder de un león.
 Los egipcios estaban tan convencidos de la eficacia de los signos jeroglíficos que en determinados textos tenían la precaución de cortar en dos a los leones y las serpientes para que no hiciesen daño, o de clavar en el suelo a los reptiles peligrosos con cuchillos.
 Así pues, en Egipto no os acerquéis demasiado a un muro cubierto de jeroglíficos y, sobre todo, no los toquéis. Por un lado evitaréis deteriorarlos y por otro no despertaréis al león que duerme ni a la serpiente que hiberna.
 La actitud correcta para acercarse a los jeroglíficos es el amor y el respeto; para los egipcios, sólo la palabra escrita garantizaba la inmortalidad. El buen hijo no era otro que la tablilla de escritura, y no existía mayor felicidad que la de grabar en el propio corazón los escritos de los sabios.
 En Hermópolis, en el Egipto Medio, vivía uno de ellos, llamado Petosiris, gran sacerdote de Tot, el señor de los jeroglíficos.
 Cuando se visita su tumba, se pueden leer estas palabras:
 Vivos que estáis sobre la tierra, que veréis esta morada de eternidad y que pasaréis delante de ella, venid, yo os guiaré por el camino de la vida. Si escucháis mis palabras, si observáis su sentido, esta actitud os será beneficiosa.
 Atentos a este precioso consejo, aproximémonos un poco más a los jeroglíficos.
 
La escritura jeroglífica, una anciana dama muy joven
 
 ¿En qué época aparecieron los jeroglíficos? Resulta difícil dar una respuesta. Con frecuencia se cita "la paleta de Narmer" o la "maza del rey Escorpión", que conmemoran las victorias sobre las tinieblas de estos muy antiguos faraones que vivieron hacia 3200 a.C. No obstante, es probable que el sistema jeroglífico existiese con anterioridad; así pues, habría nacido hace más de cinco mil años.
 Como señaló Champollion, "la escritura jeroglífica egipcia jamás se nos presenta en su estado de perfección, por muy antiguos que sean los textos en los que podamos estudiar".
 De hecho, la escritura del Imperio Antiguo (hacia 3200-2270 a.C.), la de la época de las grandes pirámides, es de una extraordinaria belleza. Cada jeroglífico es una pequeña obra maestra realizada por las manos de consumados artesanos. La noción de progreso no se aplica a la escritura jeroglífica; perfecta desde sus orígenes, no conoció un proceso de perfeccionamiento. Cuando Egipto entró en decadencia, el grabado fue, aquí y allí, de menor calidad.
 En los muros de los grandes templos grecorromanos, como Edfú, Dandara y Filas, todavía activos en los primeros siglos de nuestra era, se pueden ver ciertos jeroglíficos pesados, borrosos, en ocasiones poco legibles, como si la mano del escultor hubiese perdido su habilidad. Sin embargo, el funcionamiento de los jeroglíficos no ha cambiado.
 Un hecho esencial: hasta su último suspiro, el Egipto faraónico conservó el "sistema" jeroglífico, centro de su pensamiento y de su civilización.
 Un conocedor de la escritura jeroglífica, que hubiese vivido en el siglo IV de nuestra era, todavía habría podido leer y comprender los escritos redactados varios milenios antes; en cambio a nosotros nos resulta difícil leer el texto original de nuestros autores medievales.
 La lengua hablada egipcia evolucionó considerablemente, como cualquier otra; en cambio, los principios de los jeroglíficos permanecieron inalterables desde sus orígenes, lo que supuso un gran elemento de estabilidad, comparable a la institución faraónica, único régimen político de Egipto durante más de tres mil años y que se impuso incluso a los invasores, ya fuesen hicsos, persas, griegos o romanos.
 Al atacar los templos, fuente de la cultura jeroglífica, y al clausurarlos, en ocasiones mediante la violencia, los cristianos impidieron la práctica de la escritura sagrada. La conquista árabe trajo otra lengua, sin relación alguna con la de los jeroglíficos.
 En nuestros días, todos estamos en situación de igualdad frente a los jeroglíficos. Sea uno europeo, asiático, africano, australiano o americano, hay que aprender los rudimentos de esta escritura de los dioses, puesto que nadie nace hablando la lengua de los jeroglíficos.
 La situación era idéntica en el antiguo Egipto; en efecto, los antiguos egipcios hablaban una lengua cotidiana y vehicular que no era la de la escritura jeroglífica, la cual se presentaba como la cima de la cultura; para alcanzarla, había que realizar grandes esfuerzos. La lengua hablada de los antiguos egipcios murió y desapareció para siempre, pero los jeroglíficos sobrevivieron. Y esta escritura de los dioses, anciana dama muy digna, adquiere hoy el aspecto de una muchacha, en la medida en que es cortejada por un número cada vez mayor de enamorados que ven en ella encantos infinitos. Ciertamente, después de haber sido mordidos por el pato, caen en brazos de la maravillosa Seshat, la hermosa diosa de la escritura, que se puede contemplar en los muros de los templos trazando jeroglíficos para la eternidad.
 La última inscripción jeroglífica lleva la fecha del 24 de agosto de 394 d. C., bajo el reinado del emperador Teodosio. El templo de Filas, la "maravilla de Egipto", en el extremo sur del país, se cerró definitivamente en el año 551 d.C.
 Habría que esperar al extraordinario descubrimiento de Champollion en 1822 para que nuevamente se pudiese escribir en jeroglíficos. En la actualidad, numerosos apasionados de los cinco continentes trazan estos signos e intentan traducirlos; incluso se están empezando a utilizar en la informática.
 Al entrar en los ordenadores, los jeroglíficos atravesarán alegremente el cabo del tercer milenio.
 ¿Tiene esta escritura mágica el poder de regenerarse a sí misma?
 De la misma manera que Isis resucita a Osiris, la escritura jeroglífica guarda el secreto de la inmortalidad.
 Una gran dama muy atractiva, ciertamente.»
 
   [El fragmento pertenece a la edición en español de Plural 2000, 1998, en traducción de Carlos Gómez González. ISBN: 84-413-1337-7.]
 

sábado, 9 de septiembre de 2017

"Modernidad líquida".- Zygmunt Bauman (1925-2017)



  
3.-Espacio/Tiempo
 Lugares émicos, lugares fágicos, no-lugares, espacios vacíos 

«Lo que ocurre dentro del templo del consumo tiene poca o ninguna influencia sobre el ritmo y el tenor de la vida cotidiana que se desarrolla "del otro lado de la puerta". Estar en el shopping es "estar en otra parte". La excursión al lugar de consumo difiere del carnaval de Mijaíl Bajtín, que también incluía la experiencia de "ser transportado": las excursiones de compras son primordialmente traslados en el espacio y sólo secundariamente viajes en el tiempo.
 El carnaval era la misma ciudad transformada; más exactamente, un intervalo de tiempo durante el cual la ciudad se transformaba y volvía después a su rutina cotidiana. Durante un lapso estrictamente definido, que se repetía cíclicamente, el carnaval revelaba "la otra cara" de la realidad cotidiana, una cara que estaba siempre presente pero que normalmente era invisible e intocable. El recuerdo del acontecimiento y la anticipación de otros acontecimientos futuros no permitían que desapareciera la conciencia de esa "otra cara".
 Una excursión al templo del consumo es algo muy diferente. Su realización implica la sensación de ser transportado a otro mundo y no, como en el caso del carnaval, la sensación de estar presenciando una transustanciación maravillosa del mundo conocido. El templo de consumo (a diferencia del "almacén de la esquina" de antaño) puede estar en la ciudad (si es que no se lo construye, simbólicamente, fuera de los límites de la ciudad, al costado de una autopista), pero no forma parte de ella; no es el mundo habitual temporariamente transmutado, sino un mundo "completamente otro". Lo que lo convierte en "otro" no es la inversión, el rechazo ni la suspensión de las reglas que gobiernan la cotidianidad, como en el caso del carnaval, sino el despliegue de un modo de ser que la cotidianidad excluye o que trata vanamente de lograr -y que casi nadie puede experimentar en los lugares de residencia habitual-.
 La metáfora del "templo" elegida por Ritzer es muy adecuada: los espacios de compras/consumo son por cierto templos para los peregrinos -definitivamente no están destinados a albergar las misas negras oficiadas anualmente por los celebrantes del carnaval en sus parroquias locales-. El carnaval demostraba que la realidad no era tan dura como parecía y que la ciudad podía transformarse; los templos del consumo no revelan nada sobre la naturaleza de la realidad cotidiana, salvo su opaca tenacidad e impenetrabilidad. El templo del consumo, al igual que el "barco" de Michel Foucault, es "un pedazo de espacio flotante, un lugar sin lugar, que existe por sí mismo, que está cerrado sobre sí mismo y entregado al mismo tiempo a la infinitud del mar"; puede lograr "entregarse a la infinitud" gracias a que navega alejándose del puerto de origen y se mantiene distanciado de él.
 Ese "lugar sin lugar", cerrado en sí mismo, es también -a diferencia de todos los lugares ocupados o recorridos a diario- un lugar purificado. No porque esté libre de toda la variedad y diferencia que impregna constantemente a los otros lugares, los contamina y ensucia y pone fuera del alcance de los que los habitan toda limpieza y transparencia; por el contrario, los lugares de compra/consumo deben gran parte de su magnético poder de atracción a su colorida y caleidoscópica variedad de sensaciones sensoriales. Pero las diferencias de adentro -y esto las opone a las que existen afuera- están tamizadas, sanitarizadas, con la garantía de no poseer ingredientes peligrosos... y, por lo tanto, no resultan amenazantes. Pueden disfrutarse sin temor: una vez que la aventura ha sido despojada de riesgos, lo que queda es una diversión pura e incontaminada. Los lugares de compras/consumo ofrecen lo que ninguna "realidad real" puede ofrecer afuera: un equilibrio casi perfecto entre libertad y seguridad.
 Dentro de estos templos los compradores/consumidores pueden encontrar lo que vanamente han buscado afuera: el consuelo de pertenecer -la confirmadora impresión de formar parte de una comunidad-. Tal como señala Sennett, la ausencia de diferencia, el sentimiento de "todos somos iguales" y la sensación de "no hay necesidad de negociar nada, ya que todos compartimos la misma opinión" son los significados más profundos de la "comunidad" y la causa última de su atractivo que, según se sabe, aumenta proporcionalmente a la pluralidad y la multivocalidad del entorno de vida. Podemos decir que esa "comunidad" es el atajo hacia la reunión, una clase de reunión que rara vez se produce en la "vida real": una reunión de semejantes, de "nosotros, que somos de la misma clase", una reunión que es, de este modo, no problemática, que no requiere ningún esfuerzo de vigilancia, verdaderamente preordenada; una clase de reunión que no es una tarea sino que está "dada", y está dada antes de emprender cualquier esfuerzo destinado a darle vida. [...]
 La trampa, no obstante, es que "el sentimiento de identidad común [...] es una falsificación de la experiencia". De este modo, los que han ideado y supervisan los templos del consumo son, de hecho, maestros del engaño y artistas embaucadores. En sus manos, la impresión se convierte en absoluto: no es necesario plantear más preguntas; si se las formulara, quedarían sin respuesta.
 Dentro del templo, la imagen se convierte en realidad. Las multitudes que colman los corredores del shopping se aproximan tanto como es posible a la "comunidad" ideal imaginada que no conoce la diferencia (más exactamente, no conoce ninguna diferencia importante que requiera confrontación, enfrentamiento con la otredad del otro, negociación, esclarecimiento y acuerdo sobre el modus vivendi). Por tal razón, esa comunidad no exige ninguna negociación, ningún trato, ningún esfuerzo por entender, solidarizarse ni conceder. Todos los que se encuentran allí pueden suponer, con cierta seguridad, que todos los demás con los que se encuentran o se cruzan han ido allí con el mismo propósito, seducidos por los mismos atractivos (reconociéndolos, por lo tanto, como atractivos), movidos y guiados por los mismos motivos. "Estar adentro" crea una verdadera comunidad de creyentes, unificados por los fines y también por los medios, por los valores que respetan y por la lógica de la conducta que adoptan. En suma, el viaje a los "espacios de consumo" es un viaje hacia una anhelada comunidad que, al igual que la experiencia de comprar, está permanentemente "en otra parte". Durante los minutos u horas que pueda durar esa experiencia, es posible reunirse con "otras personas como uno", correligionarios, feligreses de la misma iglesia; con otros cuya otredad, al menos en ese lugar, aquí y ahora, puede dejarse de lado, sin tenerla en cuenta. En todos los aspectos, ese lugar es puro, tan puro como las sedes de culto religioso y como la comunidad imaginada (o postulada).»