Mostrando entradas con la etiqueta Despedida. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Despedida. Mostrar todas las entradas

martes, 29 de junio de 2021

La escopeta de caza.- Yasushi Inoué (1907-1991)


Resultado de imagen de yasushi inoue
Carta de Saiko


  «Sí, ahora que he dicho tanto, no quiero ocultar nada más. Te suplico que no te enfades. Durante aquella noche en que el viento sopló tan fuerte, en Atami, aquella noche en que, ambos, pusimos a prueba nuestra decisión de ser pecadores y de engañar a todo el mundo al objeto de velar por la seguridad de nuestro amor…
 Luego de jurar que permaneceríamos fieles a nuestro audaz amor, inmediatamente después, no supimos ya qué decirnos. Yo estaba tumbada en la sábana y contemplaba en silencio la oscuridad por encima de mi cabeza. En ningún otro momento, había experimentado tal sensación de sosiego. ¿Duró mucho tiempo aquello? ¿Cinco, seis minutos? ¿Duró media hora o una hora el rato que permanecimos silenciosos, cada cual en su sitio?
 Yo me sentía entonces muy sola. Había olvidado tu presencia a mi lado y abrazaba mi alma solitaria. Acabábamos de establecer un frente unido para defender nuestro amor, pero si íbamos a ser tan felices como es posible serlo, ¿por qué sucumbía yo a aquel acceso de desesperada tristeza?
 Habías tomado aquella noche la precaución de engañar a todo el mundo. Quiero creer que no decidiste engañarme también a mí. Pero yo, por mi parte, en aquel instante no hacía ninguna excepción, ni siquiera contigo. “Mientras viva, engañaré a todo el mundo, no sólo a Midori-san y a todos los demás, sino también a ti y a mi misma. Tal es mi destino”. Este pensamiento ardió apaciblemente, como la llama de un fuego fatuo, en el fondo de mi corazón solitario.
 Antaño, hube de romper totalmente con Kadota. No puedo decir si lo hice por amor o por odio. Aun cuando su falta fuera producto de la inconsciencia, me sentía incapaz de perdonarle su conducta. Y entregada al placer de separarme de él, no me preocupé ni de qué sería de mí ni de lo que tendría que hacer. Más tarde, conocí la auténtica angustia. Busqué con todas mis fuerzas un remedio para ahogarla.
 ¡Qué poco razonable resultaba! Trece años después, todo se presenta bajo el mismo aspecto que antaño.
 ¡Amar, ser amada! Nuestros actos son patéticos. Por la época en que estudiaba segundo o tercero en el colegio de niñas, nos preguntaron en un examen de gramática inglesa la voz activa y pasiva de los verbos. Golpear, ser golpeado; ver, ser visto. Entre muchos ejemplos de esa índole, brillaba esta pareja de palabras: amar, ser amado. Mientras cada alumna examinaba las preguntas meditando con atención y chupando la punta del lápiz, una de ellas, no sin malicia, hizo circular un trozo de papel, y la chica que estaba detrás de mí me lo pasó. Cuando lo tuve ante los ojos me topé con la siguiente pregunta: “¿Deseas amar? ¿Deseas ser amada?” Y bajo las palabras “deseas ser amada” aparecían numerosos círculos trazados con tinta, con lápiz azul o rojo. En cambio, bajo las palabras “deseas amar” no figuraba ningún signo. No me erigí en excepción y añadí un círculo más debajo de “deseas ser amada”. Aun a los dieciséis o diecisiete años, pese a no acabar de saber en qué consiste “amar” o “ser amada”, las mujeres parecemos conocer ya por instinto la dicha de ser amadas.
Resultado de imagen de la escopeta de caza Pero, durante aquel examen, la alumna sentada a mi lado cogió el papel, le echó un vistazo y sin vacilar, trazó un gran círculo, apretando bien el lápiz, en el sitio en que no figuraba ningún signo. Ella deseaba amar. Aun hoy, recuerdo perfectamente que en aquel momento me sentí desconcertada, como si me hubiesen atacado de repente a traición; con todo, en el mismo instante, me invadió un leve sentimiento de rebelión, a causa de la actitud intransigente de mi compañera. Era una de las alumnas más grises de la clase, una muchacha apagada, más bien encerrada en sí misma. Ignoro qué habrá sido de su vida, con su pelo tirando a castaño y siempre sola. Pero hoy, mientras escribo esta carta, ya más de veinte años después, me vuelve el rostro de aquella muchacha solitaria, como si sólo hubiese transcurrido un breve espacio de tiempo.
 Cuando sus vidas tocan a su fin, cuando descansan en paz, vuelto el rostro hacia el muro de la muerte, ¿a cuál de ambas concede Dios el auténtico descanso, la paz eterna, a la mujer que puede pretender haber gustado plenamente del placer de ser amada, o a la que puede afirmar haber amado, por desdichada que haya sido su vida? ¿Pero existe alguna en este mundo que pueda pretender ante Dios el haber amado? Sí que debe de haber. Aquella muchacha de pelo ralo estaba sin duda abocada a ser una de esas escasas elegidas. ¡Pese a su cabello arreglado sin gusto y su ropa poco cuidada, pese a su cuerpo sin atractivo, puede enorgullecerse de haber amado!
 ¡Cómo la odio! ¡Cuánto me gustaría olvidar su imagen! Pero no puedo zafarme del recuerdo de su rostro, que no deja de obsesionarme, por muchos esfuerzos que haga por liberarme de él. ¿Por qué ha de agobiarme esta insoportable angustia en el momento en que me enfrento con la muerte, una muerte que estará aquí dentro de unas horas? Recibo el castigo merecido por una mujer que, incapaz de limitarse a amar, intentó hacer suya la felicidad de ser amada.
 Tras conocer trece años de felicidad porque me amaste, cuán penoso me resulta verme obligada a escribir este tipo de carta.
 El momento, que sabía que había de llegar fatalmente, el momento en que el barco de pesca ardiendo en la superficie del mar debe hundirse sepultado en las llamas, ha llegado por fin. No me quedan fuerzas suficientes para seguir viviendo. Ahora, te he mostrado mi auténtico yo. Con ser la vida contenida en esta carta una vida extremadamente corta –apenas quince o veinte minutos-, es mi vida real, la auténtica vida de Saiko.
 Déjame decirte una vez más, antes de concluir, que estos trece años resultan para mí tan nebulosos como un sueño. Con todo, he conocido la felicidad, gracias a tu inmenso amor. Más que nadie en este mundo.»

     [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Anagrama, 2003, en traducción de Javier Albiñana, con la colaboración de Yuna Alier, pp. 92-97. ISBN: 84-339-3122-9.]

sábado, 9 de diciembre de 2017

El papiro de Sept.- Isabel Pisano (1948)


Resultado de imagen de isabel pisano   
Primera parte: Hipatia de Alejandría
45.-Irak, 25 de marzo de 2003

«La primavera y el Tigris habían invadido la ciudad con su infinita variedad de perfumes, indiferentes a la guerra. El presidente de Irak ya ni leía los informes que llegaban por fax del Ministerio de Defensa. ¿Para qué? Daba la impresión de que no tenía control sobre los acontecimientos, ni idea de cómo defender su país.
 Sin armas de destrucción masiva ni de ningún otro tipo, se encontraba a merced de un destino infausto para él y para su pueblo. Estaba seguro de que los soldados defenderían la capital casa por casa, pero ignoraba que los ocupantes hubiesen comprado al jefe de Estado mayor para que entregase Bagdad sin combatir. No se sabe por qué el militar concertó ese pacto, si para salvar la vida de sus congéneres, cosa muy loable, o si para asegurarse un holgado retiro en algún país de Oriente Medio. Si era por lo primero, se había tratado de un enorme error. Por cielo y tierra, los ocupantes tenían una ciega determinación destructiva: matar todo lo posible, destruir las infraestructuras vitales para la población civil y llevar a Irak al medioevo. Como había prometido el ministro de Defensa americano.
 Desde los carros Humvee de combate disparaban a civiles y soldados sin distinción. Se trataba de una matanza en toda regla.
 La prensa internacional no dio las cifras de los muertos de aquel primer día en Bagdad. Tampoco las ONG. Era alto secreto. Los periodistas, que seguían con prismáticos el avance de las tropas al otro lado del Tigris, no podían creer lo que veían sus ojos: dos cámaras de televisión dirigieron el objetivo a la masacre y fue lo último que hicieron en su vida. El cañón disparó sobre ellos, que murieron en pocos minutos.
 La matanza había empezado a las cinco de la tarde hora iraquí, el Ministerio de Defensa recibió el impacto de varios misiles, el suelo tembló en un aterrador terremoto provocado y el presidente comprendió que el tiempo de poder había llegado a su fin. Mandó llamar a su mujer e hijos y les obligó a partir, a alejarse del infierno. Los hijos varones permanecieron junto al padre. De las hijas y de su esposa Safiya tuvo que despedirse entre lágrimas. Ambos sabían que muy posiblemente no volverían a verse. Él, que era la imagen misma de la derrota, sólo pudo decir apretándola contra su pecho: "Ten fe, esposa mía, nadie conoce los designios de Alá." El tiempo de los adioses fue eterno, aunque duró segundos; habría de mantenerlos en su retina hasta el fin de sus días, que presumía cercanos.
 Las mujeres se alejaron en la noche de boato infernal, acompañadas por hombres de confianza. El presidente pidió a Alá que las protegiese en el camino. Desde entonces, el fuego incendiaba el cielo de Bagdad y le abría heridas amarillas y rojas presagiando sangre y saboreándola.
 ¿Cómo se había llegado a esto? Los ocupantes habían sido sus aliados, lo habían apoyado, le habían vendido armas para demoler a los persas. ¡Los persas! ¿Cuánto duraba esa contienda? Desde el principio de la humanidad. Pero sus amigos eran cada vez más ávidos y tenían otros intereses. Él había convertido Irak en el país más avanzado, moderno y culto, junto con Palestina, de Oriente Medio. Y el más laico. El despertar de su conciencia le había obligado a quebrar pactos, no era un títere; si los ocupantes no respetaban los acuerdos, él estaba obligado a cambiar las reglas.
 Los libros sagrados habían escrito ya el final de esta historia, y en la última página él aparecía como rehén de un destino que lo había colocado al frente de la antigua Mesopotamia. ¡Ay, de los sueños de gloria! Ella conlleva siempre el beso en el polvo de la más profunda humillación, cuando no la peor de las muertes.
 Miró una vez más a través del ventanal la ciudad en llamas y, por primera vez desde que era un hombre, rompió en sollozos.
 La voz de su edecán ahuyentó las lágrimas:
 -Presidente, vámonos. Aquí ya no tenemos nada que hacer.
 Asintió. Con paso decidido dejó atrás el pasado y salió afuera, donde la muerte y el dolor arreciaban. Se dirigía hacia una nueva vida, incierta.»

 
 [El extracto pertenece a la edición de Ediciones B, para el sello Zeta Bolsillo, año 2011. ISBN: 978-84-9872-240-6.]