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domingo, 25 de junio de 2023

El misterio de los hititas.- C. W. Ceram (1915-1972)


C W Ceram - Alchetron, The Free Social Encyclopedia
III.-El enigma del poder

Capítulo 9: La batalla de Kades y la paz perpetua

    «De todo ello se desprende que los “inventores” de la cría caballar no fueron ni los hititas ni los hurritas. Con toda seguridad no salieron de dichos pueblos los primitivos jinetes, antes bien todo hace suponer que debemos buscar el origen de la equitación más al este, Asia adentro. Y como, por otra parte, el efecto devastador de la nueva arma, el carro de combate, estaba supeditado a la utilización de los caballos bien adiestrados, es obvio que tampoco lo inventaron los hititas.
 Pero una cosa es cierta. En medio de la confusión reinante en aquella parte del mundo, cuando a mediados del II milenio antes de J. C., iniciaron sus correrías los hurritas, los kasitas y los hicsos salvajes —sin que tengamos indicio alguno que nos permita sospechar que el núcleo principal hitita, o sea el asentado en el recodo del Halys, llegara a verse seriamente amenazado—, los hititas asimilaron todos cuantos conocimientos pudieron adquirir en materia de caballos y carros durante sus numerosos contactos con sus turbulentos vecinos.
 No sólo mejorarían los métodos de adiestramiento de los caballos, sino que, fruto de la confrontación de sus propias experiencias con las de los demás pueblos, fue el nuevo artefacto guerrero, gracias al cual iban a poder librar, y ganar, la batalla más trascendental de los tiempos antiguos; el arma cuyo solo ruido, según leemos en la Biblia, hacía templar a los sirios: el carro ligero de combate, precursor del tanque moderno autónomo.
 Es curioso que la primera consecuencia del amansamiento del caballo no fuera la creación de la caballería propiamente dicha, sino que le precediera la formación de un cuerpo de carros de combate tirados, eso sí, por caballos.
 Sorprende asimismo que después de haber empezado por desempeñar un papel tan importante en la estrategia de los pueblos del Asia Anterior, la desaparición de los hititas acarreara la de la equitación como arte y como arma de combate, pues es sabido que ni los griegos ni los romanos conocieron la “caballería” como fuerza montada, sino que tuvieron solamente jinetes.
 El carro ligero de combate, tal como lo perfeccionaron los hititas, debió de constituir una novedad tal, que bien podemos echar mano de la palabra «invento» para designarlo. Es absurdo que los asiriólogos pretendan que los sumerios ya poseían un tipo de carro de combate. Los carros de los “cabezas negras”, o sea los sumerios, claramente descritos en el Estandarte de mosaico exhumado por Woolley en Ur, eran unos vehículos pesados, de cuatro ruedas macizas, arrastrados por bueyes. Suponiendo que estos carros hubieran sido utilizados alguna vez en la guerra, su utilidad debía de ser más que problemática, y hacen pensar en los pesados armatostes de nuestra Edad Media que avanzaban lentamente por el campo de batalla siguiendo los pasos de los lansquenetes, a los que únicamente podían prestar un apoyo “moral”. Lo más probable, sin embargo, es que estos vehículos sirvieran exclusivamente para el abastecimiento de los beligerantes.
 La gran superioridad de los hititas en la guerra radicaba en la velocidad de sus carros ligeros de combate, que no iban provistos de discos macizos, sino de dos ruedas de seis rayos cada una, y cuya elegante apariencia recuerda la de un dogcart inglés del siglo pasado.
 La creación de formaciones de carros de combate de estas características revolucionó la estrategia militar de la época.
 Cada carro de combate hitita transportaba a tres hombres, o sea al conductor con un guerrero a cada lado. Y con este fantástico armatoste enfrente, cuyos caballos lanzaban relinchos salvajes y alzaban nubes de polvo amarillo, y los soldados vociferando y blandiendo armas resplandecientes. Los mejores infantes retrocedían. Si aguantaban el primer ataque, pronto advertían con terror que se encontraban prisioneros en medio de la ronda infernal de los carros de combate. Una lluvia de flechas les alcanzaba desde todas direcciones, y los cascos negros de los caballos desgarraban las filas de sus aguerridas huestes, convirtiendo el campo de batalla en un caos fantástico.
 Cierto que algunos carros se estrellaban y saltaban en pedazos, pero aun así sembraban la muerte a su alrededor, y los caballos que las picas contrarias despanzurraban, arrastraban y aplastaban a los enemigos en su lucha con la muerte.
 El sudor, el olor de sangre de los caballos y el polvo apestaban el aire; los buitres oteando la carroña, tal era el panorama de un campo de batalla de la antigüedad. A quien haya estudiado un poco la historia no se le oculta que, todas las esperanzas aparte, estas escenas se repetirán mientras existan los hombres sobre la tierra.
 No es que perdamos de vista el objeto de este libro, que es el de informar sobre el descubrimiento de la civilización hitita, pero antes de ocuparnos nuevamente de la gran batalla que acabamos de mencionar, que fue la más importante de la Antigüedad, y en la cual por primera vez ambos adversarios alinearon carros de combate, es indispensable exponer ciertos hechos para dar al que leyere una idea cabal del origen del conflicto.
 Según las investigaciones más recientes han demostrado, a la muerte de Telebino, el reino de Mitanni era la principal potencia del Oriente Medio. No obstante, parece ser que tres soberanos hititas, Tudhalia II, Hattusil II y Tudhalia III, y finalmente también Arnuanda II, lograron preservar el Imperio de todo cambio fundamental, por más que su gobierno pasara por varias crisis serias durante el reinado del tercero de ellos, que es cuando la presión exterior se hizo sentir con mayor intensidad.
 Esto sucedía alrededor de los años 1500 al 1375 antes de J. C. Es poco lo que de aquella época conocemos, pero esto no es óbice para que se le atribuya una importancia secundaria, pues ciento veinticinco años son muchos años en la historia de un pueblo.
La Cuesta de Moyano: El misterio de los hititas, de C. W. CeramAl tratar de la historia antigua —en la que se cuenta por milenios— hay que saber sustraerse a la borrachera de los números y no olvidar que cada siglo está formado por más de tres generaciones de seres humanos.
 Al rey Arnuanda le sucedió el más grande de los soberanos hititas, el «rey de reyes», el nuevo fundador de un verdadero Imperio, el Carlomagno del Oriente Medio: Shubiluliuma I (1375-1335 antes de J. C.).
 Debe de haber sido un monarca magnífico desde todos los puntos de vista, valiente hasta la exageración, audaz en las grandes ocasiones y sin escrúpulos cuando se trataba de hacer frente a situaciones difíciles.
 Pero por extraño que parezca, sobre todo en un personaje de la época, demostró un gran sentido político al tratar con gran moderación a sus enemigos vencidos. Por una parte era tolerante en materia religiosa, mientras que por la otra se preocupaba por hacer respetar estrictamente la moral y la justicia, según se desprende de los innumerables tratados concluidos durante los cuarenta años de su reinado.
 He aquí un ejemplo: casó a una hermana suya con el rey de Hayasa, y la hizo acompañar de sus hermanastras y de varias damas de honor. En Hayasa prevalecían todavía —por lo menos esta era la opinión de los hititas— costumbres bárbaras, tales como los casamientos consanguíneos y las relaciones incestuosas, de todo lo cual abomina Shubiluliuma, quien escribe así a su cuñado: “Esto no está permitido en Hattusas… y si aquí alguien lo hace le matamos”, y luego cita como ejemplo el caso de un tal Marija, a quien, según parece, su padre cogió in fraganti y lo hizo ejecutar. Y termina diciendo: “Guárdate, pues, mucho de realizar este acto por el cual un hombre ha perdido la vida”.
 La plurivalente personalidad de Shubiluliuma se nos impone porque podemos comprobar que todo lo emprende a gran escala.
 Su acción es eficacísima. Convirtió a Hattusas en plaza fuerte y durante su reinado se erigió la gran muralla para proteger el flanco sur de la ciudad. Declaró la guerra al poderoso Mitanni, cruzó el Eufrates y conquistó y saqueó la capital de los hurritas, pero entonces, en lugar de esclavizar a los vencidos, los convirtió en aliados suyos al casar a su propia hija con el príncipe Mattiwaza, heredero de Mitanni.
 Luego se apoderó de Siria y después de someter a Carquemis y Alepo, eternas manzanas de discordia en aquella región fronteriza, les dio a sus dos hijos por reyes.
 Contribuyó al éxito de sus campañas guerreras la precaria situación egipcia. El adversario egipcio, el único que hubiera podido desbaratar sus planes de conquista en Siria, no opuso sino una resistencia mínima a su política de expansión, pues por aquel entonces el faraón Amenofis IV, «el rey hereje», se encontraba bastante atareado combatiendo el politeísmo e intentando persuadir a sus súbditos a que adoraran al dios Sol. Su sucesor Tutankhamen murió a los dieciocho años.
Gracias a estas circunstancias favorables, Shubiluliuma no solamente llevó a cabo sus numerosas conquistas, sino que aún pudo consolidarlas, practicando una política verdaderamente imperial, en la que sólo entraba en cuenta el futuro de su pueblo.
 Después de una cadena de triunfos, adoptó Shubiluliuma las formas de ostentación propias de los orientales para hacer realzar su grandeza a los ojos de todos. Así, mientras sus predecesores se habían contentando con el título de rey, él se hizo llamar “Labarna, el gran rey del país de Hatti, el héroe, el favorito del dios de la tormentas”, y cuando se nombraba en los tratados, se daba a sí mismo el epíteto de “Yo, el Sol”.»

   [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Destino, 1995, en traducción de Jaime Gascón, pp. 123-126. ISBN: 978-8423325405.]

sábado, 8 de mayo de 2021

El dios del siglo.- Jacinto de Salas y Quiroga (1813-1849)


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Tomo I

XV.- Gracias de la policía

 «Era Otero uno de esos infinitos jóvenes que hay en todas las capitales, cuyos medios de existencia son un misterio para todo el mundo; de esos que se unen a todos los grupos y que inspiran universal desconfianza; que saben las noticias reservadas de los diferentes bandos y que hablan al oído de los conspiradores y de los ministros; que critican mucho y encomian poco; que pasan por temerarios cuando tal vez están ejerciendo actos de servilismo; que gastan como potentados y nada poseen, que juegan, que fuman, que beben, que conspiran, y en suma, que encubren la fealdad de todos los vicios con una especie de barniz elegante y de buen tono. Sabíalo harto don Félix, que estaba acostumbrado a verlo en todas partes, aunque jamás lo había tratado con franqueza.
 -Buenos días, Félix –dijo el joven Ricardo al entrar, sin quitarse siquiera el sombrero y como si fuese un hermano o íntimo amigo-. Vengo molido, no extrañará usted que me siente sin ceremonia –y al decir esto se dejó caer en un muelle sofá.
 -Señor don Ricardo –contestó Félix jovialmente, conociendo cómo debía tratar a aquel personaje-. ¿Usted molido y a las nueve de la mañana? No se maraville usted que me asombre. Grandes novedades debe de haber.
 -¡Y tanto, querido Félix! Pero mayores las habrá. Deje usted correr la bola. Esto no puede durar. Más vale la Inquisición que lo que tenemos.
 Tan lejos estaba Montelirio de pensamientos políticos como asimismo de sospechar que se ocupase aquel joven casquivano de tales cuestiones, que apenas entendió lo que decir quería.
 -Nosotros, querido –dijo Ricardo resueltamente, quitándose el sombrero y los guantes-, contamos con usted.
 -¡Conmigo! ¿Y para qué? ¿Se puede saber?
 -Para dar al traste con esta gente que nos manda. Es preciso que cambie el ministerio; sin eso no hay ni quietud ni prosperidad.
 -Tal creo yo, por lo cual, si usted lee mi periódico, verá que no desmayo en mi propósito de conseguir ese fin.
 -Amigo mío, no bastan ya artículos que se escriben con cañones de aves; es preciso conquistar nuestros derechos con cañones de bronce.
 -¡Diantres! –respondió en tono de broma Félix-. ¡Qué guerrero viene usted! Es lástima que no haya nacido usted en tiempo de Carlos V para asistir a la toma de Túnez.
 -Todos los tiempos son buenos para derramar su sangre por la patria, y yo, amigo Félix, estoy resuelto a jugar mi vida por la libertad. ¿Podemos contar con la de usted por tan santa empresa?
 -Pero ¿quiénes son ustedes, a todo esto?
 -Somos los Amigos del pueblo, que estamos cansados de sufrir, y que hartos de trabajar en las tinieblas, queremos vencer o morir. Mañana es el día señalado para lanzar el grito y yo he venido aquí, en nombre de la sociedad, que conoce sus compromisos de usted y sus buenas ideas, a rogarle que se una a nosotros.
 -Eso quiere decir, en castellano puro, que son ustedes conspiradores, ni más ni menos.
 -Semejante nombre conviene más bien a los protervos que encadenan la voluntad del pueblo y que chupan nuestra sangre con sus leyes vandálicas.
 -Pero, en resumen, ustedes tratan de trastornar el gobierno por medio de una revolución.
 -Supongo que no será usted de esos tímidos a quienes asusta la palabra revolución, la más santa de cuantas los hombres han inventado.
 -No, señor; lejos de eso, soy de la misma opinión de usted; pero la revolución, para ser santa, como usted dice, debe ser hecha por la voluntad y con la cooperación de todos.
 -En ese caso, ¿contamos con usted?
 -¿Y son ustedes todos los españoles, por ventura?
 -Sí, señor, todos.
 -Entonces no me necesitan ustedes a mí para nada y no llevarán a mal que me quede en mi casa, escribiendo artículos para mi periódico.
 -Eso sería egoísmo y no más, por parte de usted.
 -¿Por qué egoísmo? Generosidad más bien; pues, no habiendo hecho nada, a nada me consideraría con derecho, y podrían ustedes tener un destino más con que contar.
 -¿Abandonará usted en la hora del peligro a sus amigos y correligionarios?
 -¡Qué peligro! Si son ustedes todos, ¿quién se opone?
 -Somos todos… los buenos, se entiende.
 -¡Ah, eso es distinto! –exclamó haciéndose el tonto Félix.
 -Y en prueba de ello, vea usted la lista; aquí la traigo precisamente. Su nombre de usted figura ya en ella; no nos desairará usted borrándole.
 Al decir esto sacó del bolsillo una hoja de papel envuelta misteriosamente en un sobre de carta y la dio a Félix. Recurrió éste los mil nombres allí estampados, de los cuales apenas conocía más que el suyo, sin poder adivinar cómo hay en España tantos López, tantos Pérez, tantos Gómez, cuando vio entrar en su despacho a dos jóvenes con largas melenas y no menores barbas, quienes, sin saludarlo siquiera, cerraron la puerta por dentro y sacaron de los bolsillos del gabán dos pistolas de arzón, un puñal y una daga.
 -Señor de Montelirio –dijo  uno en voz baja, haciendo en tanto que decía-, tome usted las armas que le envía la sociedad de los Amigos del pueblo, para defensa y protección de los derechos del hombre. Tengo encargo de añadir a usted, al propio tiempo, en nombre de los hermanos que, atendiendo a su mérito singular, se le dispensa las formalidades de la recepción, en vista de la cual, aquí traigo el diploma ya extendido. Entre nosotros se llama usted Temístocles. ¡Y quiera el cielo que, como el general ateniense, cuyo nombre le damos venza usted a los nuevos persas que nos oprimen!
 -Caballeros –contestó Félix, sin querer tomar las armas que el de las barbas había dejado sobre el bufete-, yo agradezco esa prueba de amistad que me dan ustedes; pero contra españoles no sé esgrimir más armas que la pluma.
 -¡Traidor también! –exclamaron los dos recién llegados, mirando a don Ricardo Otero-. ¿No saliste tú fiador de este hombre? Si nos han vendido, prepárate a morir.
 Y al decir tan terribles palabras, sacaron nuevos puñales que agitaron como en señal de amenaza.
 Sonó entonces pausadamente y de modo que parecía estudiado la campanilla, y Otero, aparentando una inquietud extraña, puso el dedo ante los labios como si recomendase el silencio.
 -Señores, puede venir alguien, no es bien que nos encuentren en esta posición. Amigos, esconded los puñales; aquí no hay necesidad más que de palabras y aun ésas pocas.
 Oyéronse pasos en la antesala, y Ricardo, con pasmosa velocidad, abrió un cajón del bufete en que estaba puesta la llave y en él echó precipitadamente las armas, cerrando enseguida. Mientras abrían por fuera la puerta del despacho, sentáronse todos, levantándose solamente Montelirio, a quien cuanto pasaba le parecía un fatídico sueño. Varias personas entraron precipitadamente, y al frente de ellas una con bastón de puño blanco y una placa en la levita.
 -¿Quién es el señor de este cuarto? –preguntó con mal gesto.
 -Soy yo, Félix de Montelirio.
 El celador de policía, que no era otra la categoría del personaje, se volvió a los esbirros que le acompañaban, y les hizo seña de que se apoderasen del joven. Mas él los rechazó con rabia, y dirigiéndose al celador, le dijo resueltamente:
 -Si usted trae alguna orden relativa a mí, puede comunicármela. La obedeceré sin resistencia; pero que nadie trate de ajar mi dignidad de hombre.
Resultado de imagen de el dios del siglo jacinto de salas y quiroga -Ustedes los polizontes –dijo uno de los que sentados estaban, con aire de matón- son todos unos canallas.
 -Son ustedes –dijo otro- los perros alanos del Gobierno.
 -Amigos –interrumpió Otero-, esos desgraciados no merecen nuestros insultos, sino nuestro desprecio.
 Empezaron ya a dar síntomas de insurrección los esbirros, si bien con harta calma, cuando el celador los contuvo, mandándoles permanecer tranquilos.
 -¿Quiénes son ustedes, caballero? –preguntó el celador a los deslenguados.
 -Somos –contestó Otero-, amigos del señor.
 -Amigos míos, no –interrumpió Félix-; rechazo esa calificación.
 -Eso no es el caso –dijo el celador-, los cuatro van ustedes presos en el acto al Gobierno político. Su Excelencia determinará. En tanto me quedaré aquí para registrar la casa.
 -¿Y se apoderarán de mis papeles? –preguntó Montelirio con notable ansiedad,
 -Por supuesto, y de las armas; ése es el objetivo principal de mi encargo. ¿Tiene usted armas?
 -Ningunas tenía; estos señores, que no sé quiénes son, han traído ahí pistolas y puñales, que han escondido en ese cajón. Declaro que ni son mías, ni están aquí por mi voluntad.
 -Está bien: ya dirá usted todo eso a Su Excelencia; yo no tengo más encargo que apoderarme de usted, de sus armas y papeles y entregarlos. Luego dará usted sus razones; en eso yo no tengo que meterme; pero, amiguito, aconsejo a usted que busque una disculpa por lo menos más verosímil.
 -Pero mis papeles que no digan relación con la política…
 -Yo no he de leer ninguno, y por lo mismo no he de clasificarlos. Todos se depositarán en manos del Excmo. señor jefe político y Su Excelencia hará de ellos el uso que sea más justo.
 -Pero hay aquí un pliego que no es mío.
 -Corriente, eso no importa, lo reclamará su dueño y se le dará.
 -Pero ¿de qué se me acusa?
 -Yo de nada. El gobierno, el juez o quien sea se lo dirá a usted. Yo soy un dependiente de la autoridad y lo único que tengo que hacer es obedecer y callar. Que le traigan a usted el sombrero; provéase usted del dinero preciso para lo que pueda ocurrir y bajen ustedes prontito la escalera.
 -¿Y he de cruzar así Madrid como un malhechor?
 -No, señor. Irá usted delante con dos de mis dependientes, y nadie sabrá el caso. Procurará usted ir alegre y parecerá que son amigos.
 -Si por lo menos pudiera llevar conmigo este pliego.
 -Mucho parece que le interesa a usted.
 -Sí, mucho, porque no es mío.
 -En ese caso, ya he dicho a usted que su dueño lo reclamará y se le entregará al punto. Vamos, avíese usted que el tiempo es precioso.
 Bajó don Félix la cabeza, en señal de resignación, se cubrió y sin siquiera volver el rostro para ver a Otero y sus amigos, salió del cuarto, acompañado de dos hombres de la policía.»

   [El texto pertenece a la edición en español de Ediciones Cátedra, 2012, en edición de Russell P. Sebold,  pp. 295-300. ISBN: 978-84-376-3040-3.]

miércoles, 6 de mayo de 2020

Itinerario poético.- Gabriel Celaya (1911-1991)

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Hablando en castellano

  «Hablando en castellano, / mordiendo erre con erre por lo sano,
la materia verbal, con rabia y rayo, / lo pone todo en claro.
Y al nombrar doy a luz de ira mis actos.
Hablando en castellano, / con la zeta y la jota en seco zanjo
sonidos resbalados por lo blando, / zahondo el espesor de un viejo fango,
cojo y fijo su flujo. Basta un tajo.
Hablando en castellano, / el "poblo, puoblo, puablo", que andaba desvariando,
se dice por fin pueblo, liso y llano, / con su nombre y conciencia bien clavados
para siempre, y sin más puestos en alto.
Hablando en castellano, / choco, che, te, ¡zas!, ¿ca? Canto claro
los silbidos y susurros de un murmullo que a lo largo / del lirismo galaico siempre andaba vagando
sin unidad hecha estado.
Hablando en castellano, / tan sólo con hablar, construyo y salvo,
mascando con cal seca y fuego blanco, / dando diente de muerte en lo inmediato,
el estricto sentido de lo amargo.
Hablando en castellano, / las sílabas cuadradas de perfil recortado,
los sonidos exactos, los acentos airados / de nuestras consonantes, como en armas, en alto,
atacan sin perdones, con un orgullo sano.
Hablando en castellano, / las vocales redondas como el agua son pasmos
de estilo y sencillez. Son lo rústico y sabio. / Son los cinco peldaños justos y necesarios
y de puro elementales, parecen cinco milagros.
Hablando en castellano, / mal o bien, pues que soy vasco, lo barajo y desentraño,
recuerdo cómo Unamuno descubrió su abecedario / y extrajo del hueso estricto su meollo necesario,
ricamente substanciado.
Hablando en castellano, / ya sé qué es poesía. Leyendo el Diccionario
reconozco cómo todo quedó bien dicho y nombrado. / Las palabras más simples son sabrosas, son algo
sabiamente sentido y calculado.
Hablando en castellano, / decir tinaja, ceniza, carro, pozo, junco, llanto,
es decir algo tremendo, ya sin adornos, logrado, / es decir algo sencillo y es mascar como un regalo
frutos de un largo trabajo.
Hablando en castellano, / no hay poeta que no sienta que pronuncia de prestado.
Digo mortaja o querencia, digo al azar pena o jarro. / Y parece que tan sólo con decirlo, regustando
sus sonidos, los sustancio.
Hablando en castellano, / en ese castellano vulgar y aquilatado
que hablamos cada día, sin pensar cuánto y cuánto / de lírico sentido, popular y encarnado
presupone, entrañamos.
Hablando en castellano, / recojo con la zarpa de mi vulgar desgarro
las cosas como son y son sonando. / Mallarmé estaba inventado
el día que nuestro pueblo llamó raso a lo que es raso.
Hablando en castellano, / los nombres donde duele, bien clavados,
más encarnan que aluden en abstracto. / Hay algo en las palabras, no mentante, captado,
que quisiera, por poeta, rezar en buen castellano.

La poesía es un arma cargada de futuro

 Cuando ya nada se espera personalmente exaltante, / mas se palpita y se sigue más acá de la conciencia,
fieramente existiendo, ciegamente afirmando, / como un pulso que golpea las tinieblas,
cuando se miran de frente / los vertiginosos ojos claros de la muerte,
se dicen las verdades: / las bárbaras, terribles, amorosas crueldades.
Se dicen los poemas / que ensanchan los pulmones de cuantos, asfixiados,
piden ser, piden ritmo, / piden ley para aquello que sienten excesivo.
ITINERARIO POETICO Coleccion letras hispanicas: Amazon.es: Celaya ...Con la velocidad del instinto, / con el rayo del prodigio,
como mágica evidencia, lo real se nos convierte / en lo idéntico a sí mismo.
Poesía para el pobre, poesía necesaria / como el pan de cada día,
como el aire que exigimos trece veces por minuto, / para ser y en tanto somos dar un sí que glorifica.
Porque vivimos a golpes, porque apenas si nos dejan / decir que somos quien somos,
nuestros cantares no pueden ser si pecado un adorno. / Estamos tocando el fondo.
Maldigo la poesía concebida como un lujo / cultural por los neutrales
que, lavándose las manos, se desentienden y evaden. / Maldigo la poesía de quien no toma partido hasta mancharse.
Hago mías las faltas. Siento en mí a cuantos sufren / y canto respirando.
Canto y canto y cantando más allá de mis penas / personales, me ensancho.
Quisiera daros vida, provocar nuevos actos, / y calculo por eso con técnica, qué puedo.
Me siento un ingeniero del verso y un obrero / que trabaja con otros a España en sus aceros.
Tal es mi poesía: poesía-herramienta / a la vez que latido de lo unánime y ciego.
Tal es, arma cargada de futuro expansivo / con que te apunto al pecho.
No es una poesía gota a gota pensada. / No es un bello producto. No es un fruto perfecto.
Es algo como el aire que todos respiramos / y es el canto que espacia cuanto dentro llevamos.
Son palabras que todos repetimos sintiendo / como nuestras, y vuelan. Son más que lo mentado.
Son lo más necesario: lo que tiene nombre. / Son gritos en el cielo, y en la tierra, son actos.»
 

   [El texto pertenece a la edición en español de Ediciones Cátedra, 1977. ISBN: 84-376-0032-4.]