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sábado, 8 de mayo de 2021

El dios del siglo.- Jacinto de Salas y Quiroga (1813-1849)


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Tomo I

XV.- Gracias de la policía

 «Era Otero uno de esos infinitos jóvenes que hay en todas las capitales, cuyos medios de existencia son un misterio para todo el mundo; de esos que se unen a todos los grupos y que inspiran universal desconfianza; que saben las noticias reservadas de los diferentes bandos y que hablan al oído de los conspiradores y de los ministros; que critican mucho y encomian poco; que pasan por temerarios cuando tal vez están ejerciendo actos de servilismo; que gastan como potentados y nada poseen, que juegan, que fuman, que beben, que conspiran, y en suma, que encubren la fealdad de todos los vicios con una especie de barniz elegante y de buen tono. Sabíalo harto don Félix, que estaba acostumbrado a verlo en todas partes, aunque jamás lo había tratado con franqueza.
 -Buenos días, Félix –dijo el joven Ricardo al entrar, sin quitarse siquiera el sombrero y como si fuese un hermano o íntimo amigo-. Vengo molido, no extrañará usted que me siente sin ceremonia –y al decir esto se dejó caer en un muelle sofá.
 -Señor don Ricardo –contestó Félix jovialmente, conociendo cómo debía tratar a aquel personaje-. ¿Usted molido y a las nueve de la mañana? No se maraville usted que me asombre. Grandes novedades debe de haber.
 -¡Y tanto, querido Félix! Pero mayores las habrá. Deje usted correr la bola. Esto no puede durar. Más vale la Inquisición que lo que tenemos.
 Tan lejos estaba Montelirio de pensamientos políticos como asimismo de sospechar que se ocupase aquel joven casquivano de tales cuestiones, que apenas entendió lo que decir quería.
 -Nosotros, querido –dijo Ricardo resueltamente, quitándose el sombrero y los guantes-, contamos con usted.
 -¡Conmigo! ¿Y para qué? ¿Se puede saber?
 -Para dar al traste con esta gente que nos manda. Es preciso que cambie el ministerio; sin eso no hay ni quietud ni prosperidad.
 -Tal creo yo, por lo cual, si usted lee mi periódico, verá que no desmayo en mi propósito de conseguir ese fin.
 -Amigo mío, no bastan ya artículos que se escriben con cañones de aves; es preciso conquistar nuestros derechos con cañones de bronce.
 -¡Diantres! –respondió en tono de broma Félix-. ¡Qué guerrero viene usted! Es lástima que no haya nacido usted en tiempo de Carlos V para asistir a la toma de Túnez.
 -Todos los tiempos son buenos para derramar su sangre por la patria, y yo, amigo Félix, estoy resuelto a jugar mi vida por la libertad. ¿Podemos contar con la de usted por tan santa empresa?
 -Pero ¿quiénes son ustedes, a todo esto?
 -Somos los Amigos del pueblo, que estamos cansados de sufrir, y que hartos de trabajar en las tinieblas, queremos vencer o morir. Mañana es el día señalado para lanzar el grito y yo he venido aquí, en nombre de la sociedad, que conoce sus compromisos de usted y sus buenas ideas, a rogarle que se una a nosotros.
 -Eso quiere decir, en castellano puro, que son ustedes conspiradores, ni más ni menos.
 -Semejante nombre conviene más bien a los protervos que encadenan la voluntad del pueblo y que chupan nuestra sangre con sus leyes vandálicas.
 -Pero, en resumen, ustedes tratan de trastornar el gobierno por medio de una revolución.
 -Supongo que no será usted de esos tímidos a quienes asusta la palabra revolución, la más santa de cuantas los hombres han inventado.
 -No, señor; lejos de eso, soy de la misma opinión de usted; pero la revolución, para ser santa, como usted dice, debe ser hecha por la voluntad y con la cooperación de todos.
 -En ese caso, ¿contamos con usted?
 -¿Y son ustedes todos los españoles, por ventura?
 -Sí, señor, todos.
 -Entonces no me necesitan ustedes a mí para nada y no llevarán a mal que me quede en mi casa, escribiendo artículos para mi periódico.
 -Eso sería egoísmo y no más, por parte de usted.
 -¿Por qué egoísmo? Generosidad más bien; pues, no habiendo hecho nada, a nada me consideraría con derecho, y podrían ustedes tener un destino más con que contar.
 -¿Abandonará usted en la hora del peligro a sus amigos y correligionarios?
 -¡Qué peligro! Si son ustedes todos, ¿quién se opone?
 -Somos todos… los buenos, se entiende.
 -¡Ah, eso es distinto! –exclamó haciéndose el tonto Félix.
 -Y en prueba de ello, vea usted la lista; aquí la traigo precisamente. Su nombre de usted figura ya en ella; no nos desairará usted borrándole.
 Al decir esto sacó del bolsillo una hoja de papel envuelta misteriosamente en un sobre de carta y la dio a Félix. Recurrió éste los mil nombres allí estampados, de los cuales apenas conocía más que el suyo, sin poder adivinar cómo hay en España tantos López, tantos Pérez, tantos Gómez, cuando vio entrar en su despacho a dos jóvenes con largas melenas y no menores barbas, quienes, sin saludarlo siquiera, cerraron la puerta por dentro y sacaron de los bolsillos del gabán dos pistolas de arzón, un puñal y una daga.
 -Señor de Montelirio –dijo  uno en voz baja, haciendo en tanto que decía-, tome usted las armas que le envía la sociedad de los Amigos del pueblo, para defensa y protección de los derechos del hombre. Tengo encargo de añadir a usted, al propio tiempo, en nombre de los hermanos que, atendiendo a su mérito singular, se le dispensa las formalidades de la recepción, en vista de la cual, aquí traigo el diploma ya extendido. Entre nosotros se llama usted Temístocles. ¡Y quiera el cielo que, como el general ateniense, cuyo nombre le damos venza usted a los nuevos persas que nos oprimen!
 -Caballeros –contestó Félix, sin querer tomar las armas que el de las barbas había dejado sobre el bufete-, yo agradezco esa prueba de amistad que me dan ustedes; pero contra españoles no sé esgrimir más armas que la pluma.
 -¡Traidor también! –exclamaron los dos recién llegados, mirando a don Ricardo Otero-. ¿No saliste tú fiador de este hombre? Si nos han vendido, prepárate a morir.
 Y al decir tan terribles palabras, sacaron nuevos puñales que agitaron como en señal de amenaza.
 Sonó entonces pausadamente y de modo que parecía estudiado la campanilla, y Otero, aparentando una inquietud extraña, puso el dedo ante los labios como si recomendase el silencio.
 -Señores, puede venir alguien, no es bien que nos encuentren en esta posición. Amigos, esconded los puñales; aquí no hay necesidad más que de palabras y aun ésas pocas.
 Oyéronse pasos en la antesala, y Ricardo, con pasmosa velocidad, abrió un cajón del bufete en que estaba puesta la llave y en él echó precipitadamente las armas, cerrando enseguida. Mientras abrían por fuera la puerta del despacho, sentáronse todos, levantándose solamente Montelirio, a quien cuanto pasaba le parecía un fatídico sueño. Varias personas entraron precipitadamente, y al frente de ellas una con bastón de puño blanco y una placa en la levita.
 -¿Quién es el señor de este cuarto? –preguntó con mal gesto.
 -Soy yo, Félix de Montelirio.
 El celador de policía, que no era otra la categoría del personaje, se volvió a los esbirros que le acompañaban, y les hizo seña de que se apoderasen del joven. Mas él los rechazó con rabia, y dirigiéndose al celador, le dijo resueltamente:
 -Si usted trae alguna orden relativa a mí, puede comunicármela. La obedeceré sin resistencia; pero que nadie trate de ajar mi dignidad de hombre.
Resultado de imagen de el dios del siglo jacinto de salas y quiroga -Ustedes los polizontes –dijo uno de los que sentados estaban, con aire de matón- son todos unos canallas.
 -Son ustedes –dijo otro- los perros alanos del Gobierno.
 -Amigos –interrumpió Otero-, esos desgraciados no merecen nuestros insultos, sino nuestro desprecio.
 Empezaron ya a dar síntomas de insurrección los esbirros, si bien con harta calma, cuando el celador los contuvo, mandándoles permanecer tranquilos.
 -¿Quiénes son ustedes, caballero? –preguntó el celador a los deslenguados.
 -Somos –contestó Otero-, amigos del señor.
 -Amigos míos, no –interrumpió Félix-; rechazo esa calificación.
 -Eso no es el caso –dijo el celador-, los cuatro van ustedes presos en el acto al Gobierno político. Su Excelencia determinará. En tanto me quedaré aquí para registrar la casa.
 -¿Y se apoderarán de mis papeles? –preguntó Montelirio con notable ansiedad,
 -Por supuesto, y de las armas; ése es el objetivo principal de mi encargo. ¿Tiene usted armas?
 -Ningunas tenía; estos señores, que no sé quiénes son, han traído ahí pistolas y puñales, que han escondido en ese cajón. Declaro que ni son mías, ni están aquí por mi voluntad.
 -Está bien: ya dirá usted todo eso a Su Excelencia; yo no tengo más encargo que apoderarme de usted, de sus armas y papeles y entregarlos. Luego dará usted sus razones; en eso yo no tengo que meterme; pero, amiguito, aconsejo a usted que busque una disculpa por lo menos más verosímil.
 -Pero mis papeles que no digan relación con la política…
 -Yo no he de leer ninguno, y por lo mismo no he de clasificarlos. Todos se depositarán en manos del Excmo. señor jefe político y Su Excelencia hará de ellos el uso que sea más justo.
 -Pero hay aquí un pliego que no es mío.
 -Corriente, eso no importa, lo reclamará su dueño y se le dará.
 -Pero ¿de qué se me acusa?
 -Yo de nada. El gobierno, el juez o quien sea se lo dirá a usted. Yo soy un dependiente de la autoridad y lo único que tengo que hacer es obedecer y callar. Que le traigan a usted el sombrero; provéase usted del dinero preciso para lo que pueda ocurrir y bajen ustedes prontito la escalera.
 -¿Y he de cruzar así Madrid como un malhechor?
 -No, señor. Irá usted delante con dos de mis dependientes, y nadie sabrá el caso. Procurará usted ir alegre y parecerá que son amigos.
 -Si por lo menos pudiera llevar conmigo este pliego.
 -Mucho parece que le interesa a usted.
 -Sí, mucho, porque no es mío.
 -En ese caso, ya he dicho a usted que su dueño lo reclamará y se le entregará al punto. Vamos, avíese usted que el tiempo es precioso.
 Bajó don Félix la cabeza, en señal de resignación, se cubrió y sin siquiera volver el rostro para ver a Otero y sus amigos, salió del cuarto, acompañado de dos hombres de la policía.»

   [El texto pertenece a la edición en español de Ediciones Cátedra, 2012, en edición de Russell P. Sebold,  pp. 295-300. ISBN: 978-84-376-3040-3.]

sábado, 23 de marzo de 2019

La hija de Celestina.- Alonso Jerónimo de Salas Barbadillo (1580-1635)


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Capítulo 3: La hija de Celestina y demás compañeros prosiguen su camino, y ella cuenta a Montufar su vida y nacimiento 

«Mientras ella andaba en estos ejercicios, el bueno de mi padre acudía a sus devociones, sin dejar ermita que no visitase, en cuya jornada, y como iba a pie y eran tantas, sólo Dios y él saben los muchos tragos que pasaba, haciendo tan largas oraciones, que muchas veces se quedaba arrobado hora y horas, y aun las noches y días enteros.
 Pasólo bien  mucho tiempo, hasta que un muchacho que le andaba a los alcances dio noticia a los demás y, entre otros renombres que le achacaron, el que más le dolió fue "Pierres". A los principios de esta persecución que él padecía del vulgo pueril -que suele ser el más desvergonzado y el menos corregible- valióse de una industria, que fue excusarse de las calles principales; pero él hizo obras tales, que llegaron a conocerle en los últimos arrabales, donde le cantaban la misma musa.
 Estuvo muy determinado -casi, casi resuelto- a tener vergüenza, apartándose de este mal vicio por excusarse de la afrenta; pero, como achaque antiguo y envejecido en la persona con la edad, curóse mal y, por más que afirmó los pies, volvió a dar de cabeza, sin hallarle remedio los médicos, que con esta enfermedad acabó sus días con no poco dolor del pueblo, que con él se entretenía en este modo:
 En una fiesta de toros donde se hallaron los Reyes, entró a romper unos rejones en presencia de los ojos de su dama -por pagarles un singular favor que le habían hecho- cierto príncipe acompañado de más de doscientos lacayos, todos de una librea. Entre los que vistió fue uno mi padre, y como él antes de entrar en la plaza hubiese acudido a sus estaciones y trajese la cabeza trabajosa, tanto, que se había bajado el gobierno del cuerpo a los pies, pensando que huía del toro, le salió al camino y se arrojó sobre sus cuernos. Llegaron aprisa para valerle todos los caballeros, pero ya él había dado su alma a Dios, y a la tierra más vino que sangre.
 A todos les pesó y a su amo más que a todos; al fin, con traerle a casa para que le diésemos sepultura, le hicieron pago. Mi madre y yo le lloramos, como cuerdas, lo menos que pudimos, y aun para esto fue menester esforzarnos. Decían unos vecinos nuestros, gente de no mala capa, pero de ruin intención, considerando la vida de mi padre -que fue pacientísima- y después la muerte en los cuernos de un toro, que se había verificado bien aquel refrán: "¿Quién es tu enemigo? El que es de tu oficio."; y sobre esto glosaban otros, extendiéndose a muy largos comentos. Nosotras hicimos a todo oído de mercader, hasta que el tiempo, que olvida las cosas más graves, sepultó ésta entre las demás.        
 Ya yo era mozuela de doce a trece y tan bien vista de la Corte, que arrastraba príncipes que, golosos de robarme la primera flor, me prestaban coches, dábanme aposentos en la comedia, enviábanme las mañanas de abril y mayo almuerzos y las tardes de julio y agosto meriendas al río de Manzanares. Mirábanme envidiosas algunas de estas doncelluelas fruncidas y decían: "¡Miren con el toldo que va la hija de Pierres y Celestina!", sin acordarse que yo me llamaba Elena de la Paz: Elena, porque nací el día de la Santa, y Paz porque se llamaba así la comadre en cuyas manos nací, que sacándome después de pila quiso hacerme heredera de su nombre.
 Ellas me cortaban de vestir aprisa, y mucho más los sastres; porque como mi madre se resolviese a abrir tienda -que al fin se determinó antes que yo cumpliese los catorce de mi edad- no hubo quien no quisiese alcanzar un bocado, obligándome primero con alguna liberalidad; y fueron tantas las que conmigo usaron, que ya me faltaban cofres para los vestidos y escritorios para las joyas.
 Tres veces fui vendida por virgen: la primera a un eclesiástico rico; la segunda a un señor de título; la tercera a un genovés, que pagó mejor y comió peor. Este fue el galán más asistente que tuve, porque mi madre envió un día, valiéndose de sus buenas artes, en un regalo de pescado que le presentó, bastante pimienta para que se picase de mi amor toda su vida; andaba el hombre loco, y tanto, que habiendo destruido con nosotras toda su hacienda, murió en una cárcel, habrá pocos días, preso por deudas.
 Temióse mi madre de la Justicia y quiso mudar de frontera. Partímonos a Sevilla y en el camino, por robarla, unos ladrones la mataron; y acompañárala yo en esta desdicha si no me hubiera quedado, en razón de venir con poca salud, más atrás dos leguas.
 Supe la triste nueva de su muerte luego y, sin pasar más adelante, me volví a Madrid, donde te encontré en casa de aquella amiga y me aficioné de tus buenas partes, siendo el primer hombre que ha merecido mi voluntad y con quien hago lo que los caudalosos ríos con el mar -que todas las aguas que han recogido, así de otros ríos menores como de varios arroyos y fuentes, se las ofrecen juntas- dándote lo que a tantos he quitado.
 De allí, como tú sabes, pasamos a esta ciudad de Toledo, de donde volvemos tan acrecentados que, si tú no tuvieras más angosto el ánimo de lo que yo pensé, trajeras mejores alientos. Y porque parece que la conversación ha sido salsa que te ha hecho apetecer el sueño, sosegando algún tanto la inquietud de tu espíritu, reclínate un poco y reposa, considerando que todo lo que el miedo es bueno antes de cometer un delito, porque suspende la ejecución de él, es malo después, porque turba al culpado tanto que suele, en vez de huir de quien con diligencia le busca, ponerse él mismo en sus propias manos.»
 
    [El texto pertenece a la edición en español de Ediciones Cátedra, 2008. ISBN: 978-84-376-2434-1.]