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sábado, 13 de junio de 2020

Catorce puntos para la paz mundial (Antología del discurso político).- Woodrow Wilson (1856-1924)

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Catorce puntos para la paz mundial   
(8 de enero de 1918, Congreso de los Estados Unidos, Washington D.C.)

  «Una y otra vez hemos presentado con plenitud nuestro pensamiento y propósito al mundo. Hay, además, una voz que pide esas definiciones de principio y propósito que es, a mi entender, más conmovedora y apremiante que cualquiera de las muchas emotivas voces que llenan el perturbado aire del mundo. Es la voz del pueblo ruso. Están postrados y casi indefensos ante la siniestra potencia de Alemania, que hasta ahora no ha conocido aplacamiento ni piedad. Aparentemente, su poder está hecho añicos. Y, sin embargo, su alma no es servil. No cederán en el principio ni en la acción. […] Lo crean o no sus actuales dirigentes, nuestro más sentido deseo y nuestra más sentida esperanza es que pueda establecerse un medio a través del cual tengamos el honor de ayudar al pueblo de Rusia a alcanzar su plena esperanza de libertad y paz ordenada.    
 Entramos en esta guerra porque se produjeron unas violaciones del Derecho que nos afectaron en lo más vivo y hacían imposible la vida de nuestro pueblo. Lo que pedimos es que el mundo sea un lugar apto y seguro para vivir y, en particular, para todo país amante de la paz que, como el nuestro, desee vivir su propia vida, decidir sus instituciones, recibir garantías de justicia y tratos justos por parte de otros pueblos, así como contra la fuerza y la agresión egoísta.
 El programa de la paz mundial es nuestro programa; y este programa, el único programa posible, a nuestro entender es éste:
 1.-Deben alcanzarse acuerdos abiertos de paz, de acuerdo con los cuales no habrá decisiones ni acciones internacionales particulares de ningún tipo, sino que la diplomacia procederá siempre con franqueza y a la vista pública.
 2.-Libertad absoluta de navegación por los mares, fuera de las aguas territoriales, tanto en la paz como en la guerra, excepto cuando los mares queden cerrados de forma total o parcial debido a una acción internacional para el cumplimiento de acuerdos internacionales.
 3.-La supresión, en el mayor grado posible, de todas las barreras económicas y el establecimiento de una igualdad de condiciones comerciales entre todos los países que consienten en la paz y en asociarse entre ellos para mantenerla.
 4.-Se darán y aceptarán las garantías adecuadas para que los armamentos nacionales se reduzcan al nivel más bajo compatible con la seguridad interior.
 5.-Una resolución libre, razonable y completamente imparcial de todas las reclamaciones coloniales, de acuerdo a una estricta observancia del principio según el cual en la determinación de todas esas cuestiones de soberanía los intereses de la población implicada deben tener igual peso que las reclamaciones justas del Gobierno cuyo derecho deba determinarse.
 6.-La evacuación de todo el territorio ruso y un arreglo de todas las cuestiones referentes a Rusia de un modo que le asegure la mejor y más libre cooperación de los demás países del mundo en el acceso a una oportunidad sin trabas para la determinación independiente de su propio desarrollo político y su propia política nacional, y que le asegure una sincera bienvenida en la sociedad de las naciones libres bajo instituciones de su propia elección; y, más que una bienvenida, también la ayuda de todo tipo que pueda necesitar y desear.
Antología del discurso político - Catarata 7.-Bélgica, según estará de acuerdo todo el mundo, debe ser evacuada y devuelta sin ningún intento de limitar la soberanía de que goza en común con todas las demás naciones libres. Sin este acto reparador, toda la estructura y validez de la legislación internacional queda menoscabada para siempre.
 8.-Todo territorio francés debe ser liberado y las partes invadidas devueltas, y el daño hecho a Francia por Prusia en 1871 en la cuestión de Alsacia-Lorena, que ha perturbado la paz del mundo durante casi cincuenta años, deberá ser corregido con el fin de que la paz pueda estar de nuevo asegurada en beneficio de todos.
 9.-Debería efectuarse un reajuste de las fronteras de Italia siguiendo unas líneas claramente reconocibles de nacionalidad.
 10.-Los pueblos de Austria-Hungría, cuyo lugar entre las naciones deseamos ver salvaguardados y asegurados, deberían tener la oportunidad más libre de desarrollo autónomo.
 11.-Rumanía, Serbia y Montenegro deberían ser evacuados; los territorios ocupados, devueltos; Serbia, obtener un acceso libre y seguro al mar, y las relaciones de los diversos Estados balcánicos entre sí, regirse por el parecer amistoso siguiendo líneas históricamente establecidas de lealtad y nacionalidad; asimismo, deberían darse garantías internacionales de la independencia política y económica y de la integridad territorial de los diversos Estados balcánicos.
 12.-Las partes turcas del actual Imperio otomano deberían recibir garantías de una soberanía firme, pero habría que garantizar a las otras nacionalidades que se encuentran ahora bajo gobierno turco una indudable seguridad vital y una oportunidad de desarrollo autónomo no perturbada por interferencia alguna; y los Dardanelos deberían abrirse permanentemente como paso libre para los barcos y el comercio de todos los países de acuerdo con garantías internacionales.
 13.-Debería crearse un Estado polaco que incluyera los territorios habitados por poblaciones indiscutiblemente polacas, con acceso libre y seguro al mar, y cuya independencia política y económica e integridad territorial quedaran garantizadas por un acuerdo internacional.
 14.-Debe formarse una asociación general de naciones de acuerdo con convenios específicos con el propósito de conceder a los Estados grandes y pequeños, sin distinción alguna, garantías mutuas de independencia política e integridad territorial.
 No cabe duda de que hemos hablado en términos demasiado concretos para admitir ninguna duda o pregunta. Un principio evidente recorre todo el programa que he esbozado. Es el principio de justicia para todos los pueblos y nacionalidades, y sus derechos a vivir en igualdad de condiciones de libertad y seguridad con los demás, ya sean fuertes o débiles. Si este principio no se convierte en parte de sus cimientos, no se sostendrá ninguna parte de la estructura de justicia internacional.»

    [El texto pertenece a la edición en español del volumen "Antología del discurso político", en edición de Antonio Rivera; editorial Los Libros de la Catarata, 2016. ISBN: 978-84-9097-117-8.]

viernes, 31 de mayo de 2019

Lo que aprendí de los otros.- Félix Carrasquer (1905-1993)


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Problemas y horizontes
Período exploratorio

«El discutir casi a diario de proyectos libertarios y criticar con afanes renovadores cuanto sucedía en nuestro entorno nos llevó a la constitución de un grupo de la FAI al que llamaríamos Inquietud, palabra que simbolizaba nuestro estado de preocupación. Lo componíamos Concha Pérez, Mary Jiménez, Prados, Martínez, Robles, Floreal, Vicente, el paisano José Castro y nosotros tres. En el grupo hablamos del proyecto de organizar una escuela nueva y todos se solidarizaron con la idea. Expuse luego el plan en el Ateneo de Sans, donde no fue acogido con verdadero entusiasmo, hallando finalmente en el Ateneo de Las Corts un grupo comprensivo, al que pertenecían Conchita, Robles y Martínez. Conseguimos que se convocaran a tal efecto unas asambleas en las que yo expondría las motivaciones que me inducían a la fundación de esa escuela. Pensábamos demostrar en ellas la posibilidad de una educación auténticamente libre en la que los chicos fueran los artífices de su personalidad.
 Les había propuesto el desarrollo de dos conferencias. En la primera expondría las razones de la creación de la escuela y en la segunda explicaría algún detalle de su praxis. A la primera acudieron muchas personas. Me ocupé de la libertad y sostuve que en las escuelas es donde el autoritarismo y una obediencia ciega van atrofiando nuestro anhelo de libertad y nos convierten en autómatas sin sentido crítico. Si queremos que nuestros hijos sean auténticamente libres, solidarios y que aprendan continuamente, es indispensable que la escuela estimule permanentemente su curiosidad. Y esto sólo podría conseguirse en un ambiente de libertad fraguado por ellos mismos y en una dinámica de cooperación activa y confiada.
 Al terminar la charla percibí que el clima de la sala no era de indiferencia sino que pronto brotaron las preguntas. Me pareció entonces que la escuela de mis sueños ya estaba en marcha.
 El sábado siguiente tenía que dar la conferencia sobre la manera de llevar a la práctica el desenvolvimiento de aquella escuela ejemplar. Esta segunda charla fue más fácil para mí, después de todas mis experiencias en el pueblo y de lo que había visto en las escuelas racionalistas. El argumento central fue la libertad de iniciativa. Los niños orientarían su aprendizaje, serían los investigadores de las materias que deseaban aprender. Su curiosidad sería el motor dinamizador. Todo lo adquirirían placenteramente y, por lo tanto, les quedaría grabado en su mente de forma indeleble. Terminada la exposición, algunos dudaban de que dejándolos en libertad los zagales fueran capaces de desenvolverse y comportarse convenientemente. Otros temían que al trabajar juntos chicos y chicas se produjera un clima desordenado y vicioso. No faltaron quienes se mostraron a favor de mis tesis, aconsejando que tuviéramos más confianza en la juventud. A todas las cuestiones respondí con datos psicopedagógicos, unos extraídos de mi propia experiencia y otros recogidos de la experiencia de quienes trabajaban con la imprenta Freinet en la escuela. Un compañero tomó la palabra y dijo, muy serio, que le parecía extraño que no mencionara a Ferrer Guardia. Su intervención me pareció muy lógica, ya que tratándose de una escuela de tipo racionalista -como eran las que fundaban los sindicatos- resultaba algo incongruente no referirse a Ferrer. Por lo tanto, le contesté haciendo una evocación del fundador de la Escuela Moderna. Sostuve que la pedagogía había avanzado mucho en las últimas décadas y que había que introducir sistemas y actitudes nuevas, susceptibles de dar al niño mayor libertad y a la escuela un funcionamiento más eficaz desde todos los puntos de vista. Aproveché para abundar en la explicación de nuestro proyecto de trabajo en la escuela que íbamos a poner en marcha. En ella los maestros serían auxiliares y amigos de los chicos, pero no sus dirigentes o mentores. Mi insistencia en que teníamos que dar a los alumnos el derecho a ejercer la responsabilidad y la iniciativa prolongó el debate sobre la importancia que tiene en la configuración de la personalidad de los chicos el cultivo de su iniciativa y la práctica de la libertad. Pusimos de relieve que entre la escuela y la familia debían existir vínculos de confianza y de entendimiento. Insistí en la necesidad que tendríamos de realizar asambleas periódicas en las que padres, maestros y amigos de la escuela pudieran exponer sus opiniones acerca del dinamismo escolar. Sólo colaborando en un clima de confianza lograríamos vitalizar una escuela capaz de marcar nuevos senderos hacia una enseñanza libre y alegre. Que defendiéramos la alegría como un componente del aprendizaje también sorprendió a algunos de los presentes, que siempre habían oído decir que "la letra con sangre entra". Defendí que libertad y alegría suelen ir unidas. La primera exigencia del quehacer educativo es la de brindar a los jóvenes el clima de bienestar y de alegría que necesitan para aprender con holgura y entusiasmo y alcanzar por esa vía la plenitud que nuestra dimensión humana requiere.
 Un joven tomó la palabra para decir que le extrañaba que fuera precisamente un ciego quien viniera a proponer un ambiente de alegría y de estimulantes perspectivas. Se prodigó en elogios, aunque de sus palabra se desprendía un cierto sentimiento de duda con respecto a mis posibilidades para desarrollar el plan educativo que les había diseñado. Yo, con la tranquilidad emanada de mi íntima convicción, quise hacerles comprender a todos que, aunque la luz sea muy importante para percibir el mundo físico que nos rodea, la verdadera fuerza del hombre reside, sobre todo, en su imaginación y en su amor a los otros. Para llevar mayor seguridad al ánimo de los congregados, les hice saber que en las clases no estaría yo solo, que los alumnos recibirían en el momento oportuno la ayuda que precisaran.»
 
    [El texto pertenece a la edición en español de Prensas de la Universidad de Zaragoza, 2017. ISBN: 978-84-16933-45-7.]

domingo, 5 de abril de 2015

“Parábolas para una pedagogía popular”.- Célestin Freinet (1896-1966)

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“Evitad la prueba de fuerza

 La educación escolar siempre ha sido una prueba de fuerza.
 Se dice que los gendarmes ven un delincuente en potencia en cada persona a la que se acercan. Los pedagogos ven primero en los niños al enemigo que los dominará si ellos no le dominan.
 Y como todos hemos sido formados con esta prueba de fuerza, la suponemos natural e inevitable. ¿No es acaso oficial, y los reglamentos que excluyen los castigos corporales no autorizan acaso una variedad infinita de prácticas disciplinarias de las que lo mínimo que se puede decir es que no realzan nuestro prestigio y que no estamos orgullosos de ellas?
 No pretenderemos que la disciplina no sea una necesidad, sobre todo en las clases sobrecargadas, cada vez más numerosas, desgraciadamente. Solamente formularemos la pregunta: ¿la prueba de fuerza en educación es una solución válida o solamente aceptable? ¿O bien es lamentable y por lo tanto habrá que cambiarla por otra lo más pronto posible?
 Y ¿por qué disciplina?
 Sabed desde un principio que, si aplicáis la prueba de fuerza con los niños, habéis perdido de antemano. Salvaréis vuestra autoridad y obtendréis el silencio y la obediencia, con la condición aún de estar siempre en guardia para evitar las burlas y las zancadillas. No habréis hecho ningún trabajo constructivo a fondo ya que, a lo mejor, sólo habréis enseñado costumbres de pasividad y serviles, recubiertas siempre de hipocresía y rencor. El niño, felizmente, escapa a ello, a causa de todos los recursos de su vida desbordante y por su habilidad en franquear los obstáculos que halla a su paso.
 No exagero. No tenéis más que extraer, como lo hago yo, los recuerdos leales y sinceros de la escuela que habéis sufrido. ¡Y erais los primeros de clase!
  No, la prueba de fuerza sólo podría existir en el peor de los casos. Es digno de compasión el educador que está condenado a ello durante los cuarenta años de su carrera.
 Entrevemos, por suerte, una solución: la disciplina cooperativa del trabajo.
 ¿Os habéis dado cuenta de cuán fáciles de soportar y prudentes son vuestros hijos, en familia o en la escuela, cuando están ocupados, totalmente, en una actividad que les apasiona? El problema de la disciplina ya no se plantea: basta con organizar el trabajo de manera entusiasta.
 Mirad a los niños componer o imprimir un texto periodístico, decorar la clase, hacer cerámica, terminar su plan de trabajo, efectuar cortes o montajes eléctricos. Entonces os dais cuenta de cuánto y de qué manera puede cambiar la noción de disciplina. Tal vez haya todavía un desorden excesivo, demasiado ruido pequeñas batallas. Siempre tienen una causa técnica: el aparato no funciona, o bien hay demasiada tinta, falta tal o cual pieza. Más a menudo, todavía, mal entrenados en nuestro nuevo papel de ayudante técnico, no tenemos fichas de trabajo ni modo de empleo. Asistimos al desorden accidental del taller que no está todavía suficientemente organizado. Pero los éxitos de los que nos enorgullecemos nos prueban que, en nuestras clases, la prueba de fuerza está superada para siempre. Accedemos a la disciplina democrática, la que prepara al niño para forjar la sociedad de mañana, que será tal como él la haga”.